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Verano_porteño

IMG:  Danilo Innocente  

Verano porteño

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Todos tenemos una estación favorita. No hablo de transporte público. Que sí, podés preferir Plaza Italia porque fue ahí donde te animaste a bajarte y decirle ‘Hola. No sé qué decirte’ a ella, absoluta desconocida con quien venias intercambiando ‘Mirame, mirame, mirame. No me mires’ desde Catedral y con quien hoy comparten a los pequeños Noah y Camila, a Anouk, un perro tan hermoso como torpe, y una hipoteca que te persigue hasta en los sueños, pero qué linda quedó la casa. También podés preferir Adrogué, no tanto por su capacidad de generar historias de amor llenas de lugares comunes, sino por su increíble y singular baño. Pero no, hablo de las estaciones del año.

En el debate respecto de cuál es la mejor época de nuestro recurrente ciclo de 365 días, las aguas se dividen en dos grandes grupos antagónicos: La Banda del Invierno (LBDI) y La Banda del Verano (LBDV). Como autor de esta nota, científico y pregonero militante de la importancia del pensamiento crítico y objetivo, por supuesto que debo abstenerme de tomar una posición definida en esta polarizada trifulca histórica. Sólo me limitaré a decir que los de LBDV son peores seres humanos. Ojo, no tengo nada en contra de ellos. De hecho, tengo un amigo de LBDV. O muchos. O todos. Y todos viven equivocados, según mi ahora no tan científica opinión.

En esta nota me dispongo a tirar toda la ciencia al asador con bastante chimichurri subjetivo para tratar de justificar mi militancia por LBDI, bajo una serie de argumentos que podríamos resumir coloquialmente en ‘LBDV LTA’.

Primero que nada, inspeccionamos un segundo las premisas canónicas de los integrantes de LBDV:

-Tetas: Obvio, aguanten las tetas (o el equivalente de atracción con el que cada uno se sienta identificado). Pero, si tenés que esperar al verano para ver un par de centímetros cuadrados más de pecho femenino, yo revisaría mi comportamiento durante el resto de las estaciones.

-Vacaciones: claro, porque siempre peor es laburar, a menos que te guste tu trabajo. Descansar está buenísimo, pero también procurar ser feliz más de 15 días al año.

Calor: la última, la peor, la más terrible, la que nos compete para esta nota. CALOR, la kriptonita del porteño. ¿Cómo puede un ciudadano de Buenos Aires o de cualquier pedazo gigante de asfalto humeante y cemento erguido disfrutar de las altas temperaturas? Y ni siquiera. Porque cuando aparecen esos días de calor insufrible y empezás a increpar a todo aquel que porta carnet de LBDV, al toque confiesan que también la están pasando mal; dudan de su identidad pro-veraniega y ahora resulta que nadie lo votó. O sea que, al final, en mayor o menor medida, a partir de cierta temperatura externa, todos nos cagamos de calor.

Diferencias aparte, hay algo que siempre me llamó la atención: ¿por qué, si nuestra temperatura corporal es de 37 °C (más precisamente, 36.7), cuando la temperatura ambiente se acerca a ese nivel aparecen los ventiladores, los abanicos (no juzguen), los aire acondicionados, las musculosas, los vestiditos (acá, hay que decirlo, punto para LBDV) y nasganas de estar sumergido en cualquier cuerpo de agua ya sea mar, río, pelopincho, ducha, manguera o fuente? Cuando hacen 33 °C, ponele, ¿no deberíamos tener frío en vez de estar pasándola horrible? ¿O cómo puede ser que nos banquemos temperaturas externas más altas que nuestra temperatura corporal? Y, lo más importante, ¿DE DÓNDE SALEN LOS CAPRICHOSÍSIMOS 36.7 °C?

A fuego lento

Como toda historia que vale la pena, la cosa arrancó en un sauna. Allá por 1775, un científico inglés llamado Charles Blagden andaba caliente (risas grabadas) con la idea de entender cómo respondían las cosas vivas a las altas temperaturas. Entonces hizo lo que cualquiera hubiera hecho: agarró un perro, un churrasco, dos huevos y se metió dentro de una suerte de super sauna construído para la ocasión. Durante unos 45 minutos, este singular grupo estuvo sometido a temperaturas de hasta 127 ºC. El tipo salió ileso, y el perro ponele que también. Pero el resto del grupo estaba listo para servirse. Con un experimento simple (y border), Charles había podido verificar que, evidentemente, el pichicho y él, animales vivos, tenían la capacidad de controlar de alguna manera su temperatura para no cocinarse como había sucedido con la carne inanimada.

La carne es débil

Si lo pensás, somos insoportablemente quisquillosos en nuestra tolerancia a la amplitud térmica. La realidad es que el rango de temperaturas en el que la pasamos bien es muy escueto, lo que nos vuelve unos verdaderos termoflojos. Pero ojo que tampoco somos los únicos. Si te ponés a analizar a lo ancho del planeta, la mayoría de lo vivo conocido habita en lugares donde las temperaturas no superan los 50 ºC ni se van muy por debajo de los 0 ºC, en un Universo en el que las temperaturas van desde -273 ºC hasta miles de millones de grados otra enorme razón para cuidar un cacho más casita. Este sutil rango en el que podemos existir tiene que ver con lo que nos forma y nos hace funcionar, y con su historia. Estamos hechos, entre otras cosas, de proteínas. La manera en que estas moléculas se pliegan en el espacio y adquieren su estructura tridimensional depende de la temperatura. Por arriba de cierto umbral, la proteína empieza a ‘desarmarse’ (decimos que se desnaturaliza) y ya no puede cumplir fielmente su rol estructural. Pero el problema arranca antes, porque las proteínas no sólo son los ladrillos fundamentales que nos forman, sino que muchas de ellas son enzimas, jugadoras clave cuya función es catalizar (apurar, digamos) el sinfín de reacciones químicas que ocurren permanentemente en todas nuestras células. La velocidad de estas reacciones enzimáticas también varía drásticamente con la temperatura (aumenta algo así como 2 o 3 veces cada 10 grados), por lo que una pequeña diferencia térmica te puede descalabrar con facilidad todo la jodita de estar vivo.  

Tiene sentido entonces que existan mecanismos por los cuales podamos enfriarnos (liberar calor) para mantener nuestro interior a una temperatura fisiológica copada. ¿Ahora viene la parte en la que develamos por qué ese sutil rango de temperaturas corporales entre 36 y 40 °C que tiene la mayoría de los mamíferos no está ni en el barrio de la temperatura ambiente en la que estamos cómodos? Nop, pero vamos a hablar de transmisión de calor entre cuerpos. RAWR.

Me quemas con la punta de tus dedos

Una consecuencia de la segunda ley de la termodinámica es que el calor se transmite de un cuerpo más caliente a uno más frío (pensemos en el órgano de sentarse buscando estufa durante el invierno o en alguna relación que no recordemos con cariño). Hay diferentes formas en las que nuestro organismo puede perder calor. Cuando estamos en contacto con algo, por ejemplo, el calor se transmite por conducción, y cada material es diferente en su capacidad de transmitir el calor. Por eso amamos andar en patas sobre la cerámica en verano, pero elegimos la alfombra en invierno. La cerámica es mucho mejor conductora de la temperatura que la alfombra y por eso al pisarla le transferimos rápidamente cierta cantidad de calor (porque su temperatura es menor que la nuestra), dando la sensación de frescura. Otro gran conductor térmico es el agua, sobre todo en comparación con el aire. Por eso puede pasarte que afuera de la pile hagan unos hermosos 24 °C, pero una vez adentro ya no se sientan tan hermosos, a pesar de que la temperatura del agua sea la misma que la del aire. Y ni hablar del experimento doble que todo hombre ha transitado alguna vez, ese de comprobar la excelente velocidad de conducción térmica del agua y la capacidad que tienen los cuerpos para modificar su tamaño con la temperatura.

Otra forma de perder calor es por convección, que ocurre con cada brisa salvadora. El aire fresco reemplaza al aire cercano a nuestra piel caliente (todo re 50 Sombras). El aire nuevo vuelve a ser calentado por nosotros hasta la siguiente brisa, y así. Lo que hacen el pelo y la grasa en muchos animales y el pulóver y la mantita en nuestro caso es minimizar ese proceso, cosa de conservar el calor cuando hace frío.

Además liberamos calor en forma de radiación. Como todo objeto caliente, nosotros estamos permanentemente emitiendo energía infrarroja, que es una forma de energía electromagnética; como la luz, pero que no podés ver salvo que tengas una cámara especial, seas una serpiente o un coso horrible tratando de cenar a Arnold. También absorbemos energía infrarroja proveniente del Sol. Los materiales negros absorben este tipo de energía, mientras que los blancos la reflejan, por eso es importante vestirse de blanco si vamos a andar bajo el Sol; tiene sentido y funciona, ¿no? Masomenos, porque la intuición es medio un arma de doble filo, y quizás pueblos nómades como los Tuaregs, habitantes legendarios del Sahara profundo, no usan turbantes negros porque les pinta rostizarse, sino que tiene algún tipo de explicación.  
Es cierto que la ropa blanca refleja la radiación infrarroja del Sol. El problema es que también refleja la radiación que nosotros mismos emitimos por el calor que genera nuestro metabolismo. El blanco, histórico aliado de verano, puede traicionarnos a través de un espejito rebotín termodinámico. ¿Qué onda entonces? ¿Qué me pongo para el casamiento de Luli y Gastón, que decidieron celebrar su amor con una original ceremonia en Atacama? El secreto está en el viento (gran nombre para un disco de Abel Pintos). Si no hay corrientes de aire, conviene usar blanco, ya que en la batalla entre la radiación del Sol que evitamos absorber y la propia que nos vuelve, el saldo da que efectivamente el blanco nos va a mantener más frescos. Pero, si usamos negro y hay una brisa permanente que pueda llevarse el calor que la ropa absorbe (tanto del Sol como de nuestro cuerpo), contra toda intuición, nos va a mantener más frescos la ropa negra. Parece que, al final, el metalero emo darky lavidaesdesgarradoraestátodomal tiene un punto (hay que aclarar de todas formas que la capacidad que tiene un material de absorber o reflejar la radiación infrarroja depende también de otros factores).

La última forma de liberación de calor corporal, que vamos a tratar mejor en la próxima notadenuncia contra LBDV, tiene que ver con la transpiración. Básicamente y por sus características químicas, el agua, cuando se evapora, se lleva consigo una bocha de calor, lo que permite disminuir la temperatura del cuerpo.

Ahora, ¿todos los bichos tienen esta necesidad/capacidad de andar revoleando su calentura?

A sangre fría

En cuanto a su comportamiento térmico, podemos dividir a los organismos en dos grandes grupos: los ectotermos (ecto = afuera), cuya temperatura corporal depende de la temperatura externa; y los endontermos (endo = adentro), que pueden generar suficiente calor metabólico como para no depender de la temperatura del ambiente. La mayoría de los peces, los reptiles y los anfibios son ectotermos. Por eso si agarrás una serpiente (porque es re común ir por ahí agarrando serpientes), la sentís fría. No es que estos bichos tengan sangre fría, sino que su temperatura corporal en general va a ser menor que la nuestra, y por eso los sentimos fríos, como que el cocodrilo ya no te mira como antes. Estos animales, sobre todo los terrestres, tienen que andar de acá para allá buscando el Sol o escapando de él y así mantienen su temperatura dentro de un rango fisiológico copado para sus procesos metabólicos durante el día. La buena es que ahorran bocha de energía porque no necesitan generar su propio calor. La mala es que están a merced de lo que pase afuera y tienen que andar produciendo cambios bioquímicos (por ejemplo, modificar la composición de las membranas de sus células) o comportamentales (más o menos sol) en respuesta.

Arde, puppy

Más tarde aparecimos nosotros, los endotermos. Y cuando digo ‘nosotros’ me refiero no sólo a los mamíferos sino también a las aves (y muy pocas especies de reptiles, peces e insectos). Lo loco es que mamíferos y aves tenemos antecesores diferentes. Nosotros (ahora sí, los mamíferos), pertenecemos al grupo de los sinápsidos, mientras que los pájaros pertenecen al grupo de los arcosaurios (que incluye a los cocodrilos y los dinosaurios). Esto quiere decir que todo el asunto este de generar calor propio apareció en la evolución al menos dos veces de manera independiente.

Pero tiene que haber alguien (bueno, algo) que corte el bacalao de la regulación térmica, que diga ‘Está infumable afuera. Movete, cuerpo’, y es un movete literal, en términos de modificar un comportamiento (salir del Sol, hidratarse, etc.); pero también implica desencadenar una batería de respuestas para eliminar calor. Este termostato es el hipotálamo, una región fundamental del cerebro que controla un montón de cuestiones, entre ellas, la temperatura del cuerpo. El hipotálamo recibe e integra información de los receptores de temperatura distribuidos por todo el cuerpo y la compara con un valor de referencia para activar (o no) las respuestas correspondientes. Pero además el hipotálamo mismo tiene células capaces de sensar la temperatura de la sangre que circula cerca suyo. Si ponemos a un bicho (o a una persona) en una habitación con una temperatura elevada y le enfriamos de alguna manera sólo el hipotálamo, el tipo va a dejar de transpirar. Sería un golazo tener esta posibilidad durante esas fulminantes mañanas de verano en el subte para no llegar impresentable al laburo (imagino que la gente de LBDV nunca laburó en microcentro, si no, no se explica). También sería bastante peligroso porque, claro, nos sobrecalentaríamos. Cuando el valor sensado por el hipotálamo es mayor a el valor de referencia, aumenta la transpiración y la irrigación de sangre hacia la superficie de la piel, de manera que haya mayor intercambio de calor con el exterior y así lleguemos al laburo colorados y empapados, pero vivos.

Los caballos y nosotros transpiramos a través de todo el cuerpo. Pero los perros, por ejemplo, lo hacen a través de las patas y además expulsan calor de su cuerpo evaporando saliva a través del jadeo. Todos alguna vez fuimos víctimas de una mascota que nos demuestra su amor y calor a través de su exquisito aliento.

Hay una correlación interesante y frecuente entre la cantidad de superficie expuesta de un animal y el clima en el que habita. Una mayor superficie expuesta implica un mayor intercambio de calor con el exterior. Un ejemplo hermoso es el del zorro fenec, con domicilio en el desierto del Sahara y posible hijo no reconocido de Yoda, en comparación con el zorro del ártico.

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El tema es que a los endotermos no nos regalan nada. Producir calor hace que tengamos una tasa metabólica mucho mayor que los ectotermos. Y, cuanto más chiquito el bicho, más caro le sale, porque tiene una mayor relación superficie/volumen, lo cual lo hace más susceptible a perder calor. Es por eso principalmente que mamíferos chiquitos como los roedores tienen un metabolismo super manija, a diferencia de los mamíferos más grandes como nosotros, y ni hablar un elefante. Una alta tasa metabólica implica un mayor requerimiento energético, razón por la cual tu cobayo come como si no hubiera mañana.

Los pájaros la tienen todavía más jodida ya que su temperatura corporal normal es más alta que la nuestra (40-42 °C) y encima no pueden andar llevando mucho morfi encima porque acá no vuela nadie. Por eso tienen que comer todo el tiempo, para luego arruinarte la camisa apenas salías del subte, que de todas formas ya tenías que lavar. Un pájaro come por día algo así como el 30% de su peso. Es como si nosotros comiéramos unos 20 Kg de comida por día. No llegaríamos al verano ni a palos, lo cual, a juzgar por su hostilidad, no parece tan grave.

36.7

Ahora, siendo el calor del día tan barato y con lo lindo que es tirarse a lagartear al Sol como buen ectodermo, ¿por qué la evolución habría seleccionado a estas angurrientas máquinas de generar calor? Bueno, hay varias ventajas, pero probablemente la más importante sea justamente la capacidad de poder prescindir del calor del día y salir a romper la noche (o sea, comer y reproducirse) sin temor a que te cene un reptil, bicho predominante en la época en la que aparecieron los primeros mamíferos. Además, no depender exclusivamente de la temperatura externa permitió conquistar climas menos copados, con temperaturas bajas durante casi todo el año.

Una posible explicación evolutiva que justifica el sutil rango de temperaturas corporales de la mayoría de los endodermos actuales (entre 37 y 40 grados) es que, en una ancestral Tierra hot, los ectodermos tenían temperaturas corporales que andaban por ese barrio y que, cuando apareció la endotermia, los organismos capaces de mantener esa temperatura corporal se vieron favorecidos, ya que toda la maquinaria de enzimas y las membranas celulares estaban adaptadas a esas temperaturas. Otra posibilidad es que tener una temperatura corporal más elevada en un clima más cálido implicaba tener que eliminar menos agua a través de evaporación.

Pero todo esto sigue siendo bastante especulativo, y encima no nos dice mucho del por qué, POR QUÉ, nuestra temperatura corporal normal está tan finamente sintonizada cerca de los 36.7 °C. Por suerte, en 2014 unos muchachos de EEUU publicaron un estudio que le quita bastante misterio a este asunto. A partir de un trabajo suyo previo en el que vieron que la cantidad de especies de hongos que podía crecer en un animal disminuye un 6% por cada grado de temperatura, decidieron generar un modelo de cómo se relacionaba esa característica con el costo de mantener distintas temperaturas corporales (en términos de consumo de alimento), y EL RESULTADO TE SORPRENDERÁ:

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Los tipos encontraron que la mejor relación entre la cantidad de especies de hongos eliminadas y la cantidad de calorías consumidas (lo que llaman fitness), se da cuando la temperatura es de, adivinen, 36.7 °C. O sea que nuestra temperatura corporal es lo suficientemente alta como para eliminar un montón de especies de hongos potencialmente patógenos, pero lo suficientemente baja como para no tener que andar todo el día atacando la heladera. Ahora entendemos un poco mejor por qué defendemos a capa y ventilador esos dichosos 36.7 °C.

Capuletos y Montescos

Somos el resultado de millones de años de prueba y error, de iteraciones que se fueron seleccionando a partir de cambios en el ambiente, en el clima, en lo que comemos y en lo que nos come. Llegamos a ocupar más lugares que cualquier otra especie y también modificamos ambientes y climas como ninguna otra.

Hoy estamos acá, abrumados de cemento caliente, húmedo, usando todas las herramientas que nos dio la evolución –y la tecnología, aire acondicionado TKM– para enfriar a estas máquinas complejas, delicadas y meticulosas que somos. Un equilibrio tan frágil y sutil que cuesta entender, al menos en una ciudad como Buenos Aires, cómo podemos estar rodeados de seres que cada año esperan ansiosos la llegada de esta termotortura estival.

Estimados amigos de LBDV, los quiero mucho pero, posta, no logro comprenderlos.

PD: ¿Alguno con pileta? ¿Sale asadito el domingo?

Ilustración:  Danilo Innocente