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Un_bajon

IMG:  Nicolás Castro  

Un bajón

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‘No puedo evitar, que vengan hacia mí, los sandwiches de miga’
Norberto Napolitano ft Snoop Dog

 Salir de un recital de reggae y ver a un jipi vendedor de pan relleno es entender, entre rastas y transpiración, la naturaleza salvaje del capitalismo, encarnada en ese profesional vestido de cordero que entendió la ley de oferta y demanda como pocos (por lo menos hasta que OCB saque su propia línea de alfajores).

Más allá de la discusión sobre los potenciales riesgos asociados al consumo de marihuana y la comparativa respecto de otras sustancias igualmente sustancias donde conviven algunas demonizadas y otras arbitrariamente presentadas como simpáticas, uno de los efectos secundarios más estereotipados del consumo recurrente de cannabis es convertir un jean 34 en un 30 sin siquiera tocarlo (aunque todavía lo que podemos probar sobre ese estereotipo no está del todo claro).

Pot works in mysterious ways.

Lejos de ser trivial, estudiar cómo la marihuana puede abrirle al usuario la puerta a otras sustancias peligrosas como eso que quedó de comida china y que ni vas a recalentar, es entender un poco más cómo se integran procesos de los niveles más diversos en nuestro organismo. Esto implica el reconocimiento químico de moléculas volátiles, pasando por algunos de nuestros sistemas cerebrales más primitivos y llegando a convertir esos efectos en comportamiento. Levántate y anda, que quedaron dos porciones de pizza.

Si bien faltan unas cuantas piezas para comprender la historia evolutiva del THC, lo que sí sabemos, entre otras cosas, es que sería tóxico para algunos insectos. Esto constituye una forma de defensa de la planta frente a la depredación, y desarma la lógica antiintuitiva que supone que una planta se defiende de los depredadores generando un compuesto que hace que esos depredadores tengan bocha de hambre. Pero nosotros no somos lepidópteros y al bicháceo, lejos de agarrarle hambre, le agarra de todo menos felicidad. Igual, la cosa no es con Cocomiel sino con nosotros y, donde hubo fuego, bajones quedan.

Cuando el THC inunda un cerebro de mamífero, se pegotea contra receptores que están ahí y que ya tienen su propio socio local, los endocanabinoides. Dependiendo del mamífero en cuestión, este THC va a pegar más y menos en diferentes partes del cerebro (desde ratones en los que los receptores están muy presentes en el cerebelo, complicando particularmente la función motora, a Walter de Lanús, que tiene el bulbo olfatorio tapizado de moléculas capaces de reconocer el THC y convertirlo en la urgencia de clavarse un sánguche). Lo más interesante es percibir cómo una sola molécula puede actuar a varios niveles, generando una sensación compleja como el hambre.

Por un lado, el THC puede interactuar con receptores que se encuentran en el hipotálamo, el pedacito de cerebro que conecta lo nervioso con lo endócrino y que participa de controlar factores como la temperatura del cuerpo, la sed, los ciclos de sueño y, SORPRESA, el hambre. Cuando un hipotálamo se tropieza con un recital, se estimula la producción de la hormona ghrelina, la responsable de dar una señal generalizada de hambre. De la misma manera, la exposición a THC resulta en la disminución de los niveles de leptina en sangre, que viene a ser una de las sustancias más importantes en la sensación de saciedad.

Una de las acciones de la ghrelina es interactuar con neuronas dopaminérgicas en el núcleo accumbens (área que ya denominamos de entrecasa como Cuartel General de la Manija, dada su importancia en procesos de motivación y recompensa). O sea que ahora no solamente tengo más hambre, sino que la comida me enfiesta más la cabeza, para usar términos académicos estrictos.

Pero todavía hay media sorpresa más, (aunque te odie, Julián Weich, a vos y a todo lo que representás). Este extra tiene que ver con la capacidad del THC de unirse al bulbo olfatorio y convertir a Laura, la amiga de la novia de Nico que te presentaron y que a vos te parecía un 6, en el mejor sánguche de todos los tiempos.

El olfato es un determinante recontra clave de nuestra capacidad de reconocer alimentos, y es donde la última punta del triángulo del bajón se constituye. Cuando estamos expuestos a olores, nuestro sistema olfatorio se va adecuando hasta generar una inhibición. O sea que, mal y pronto, nos acostumbramos hasta suprimir los olores, a menos que finito. El efecto de la marihuana en el bulbo olfatorio se probó muy claramente en la versión recitalera de Faivel, donde expusieron a ratones a THC y después les midieron tanto la sensibilidad ante olores como la cantidad de comida que consumían. El resultado fue claro: un bicho expuesto a THC tiene un bulbo olfatorio que no se calma, que no se inhibe y que sigue respondiendo ante ese último alfajor de la caja de 12 con la misma intensidad que tenía para con el primero. Parecería que por ahí viene la pieza más nueva del cocktail glotón, por evitar que nuestro organismo se regule a sí mismo y nos genere la posibilidad de dejar de disfrutar el dulce de leche cuando el pote se empieza a poner liviano.

Integrar estos sistemas diversos implica entender que una sola sustancia puede desencadenar una respuesta compleja y musical en un sistema tan desquiciadamente intrincado como es un cerebro, donde una sola señal molecular se convierte en bandera para un estado concertado complejo que se parece al hambre. Un sólo interruptor que pega en el lugar correcto y que resulta en ‘Sinfonía nº8, en La menor, para 4 cuerdas y dos docenas de carne cortada a cuchillo’.

Ilustración:  Nicolás Castro