Carrito
El carrito está vacío.
Hay_que_ser_torero

IMG:  Ivana Boullón  

¿Hay que ser torero?

TXT:

Dime si hay que ser torero,
poner el alma en el ruedo.
No importa lo que se venga
pa’que sepas que te quiero

como un buen torero,
me juego la vida por ti.

Elmer Figueroa. Te llamás Elmer Figueroa, Chayanne.

 

Uno escucha la letra de una de las obras fundacionales del pop latino y se imagina al Michael Jackson puertorriqueño atrayendo sexualmente a una innumerable cantidad de personas que, muertas por él, buscan insaciablemente a ese torero que se banca todo y siempre va por más. Sí, súper seductor pero, ¿qué pasa con el toro? ¿Quién es el que se la juega en esa y siempre pierde?

Fue hace algunas semanas que un torero, lamentablemente, se jugó la vida y le salió mal. Su otrora inexorable víctima tomó un enfoque proactivo para cambiar la situación y le perforó el pulmón y la aorta. Una defensa por parte del animal que nadie podría haber previsto cuando al poco eficiente victimario se le ocurrió entrar a una arena cerrada con una criatura asustada y amenazada.


El toro de lidia (o bravo) es un tipo de toro especialmente seleccionado para la tauromaquia, que se caracteriza por tener instintivos ataques de defensa acompañados de un difícil temperamento y un potentísimo aparato locomotor. Digamos, no es joda. Pesan un promedio de 650 kg y pueden generar una fuerza de hasta 6500 kgf. Para darse una idea, un Mike Tyson entusiasmado, en el mejor de los casos, puede llegar a generar unos 700 kgf, o sea que es como que 9 Tysons con cuernos se te vengan encima. A pesar de esto, el toro fue la víctima. Lo es siempre. No importa cómo se porte, el bicho siempre la liga.

Pero más allá de esto, que poco le importa al que se copa viendo a un tipo alardeando y paseándose con una oreja serruchada en la mano, la situación despertó al ñoño que llevo adentro como para que se entretuviera investigando algunas cuestiones que, si uno quiere atraer como cantante latino, no da hablarlas en la cola de un boliche.

Resulta que los mamíferos tenemos en la retina de nuestros ojos dos tipos de células fotorreceptoras (o sea, que captan la luz): conos y bastones. Estos últimos son fundamentales para la visión nocturna ya que son muy sensibles a la luz a expensas de una baja resolución, mientras que los conos son el HD que nos permite diferenciar los distintos colores que después queremos andar retocando para Instagram.

Pero los anhelados filtros que trae la famosa app no son percibidos como tales por estas células. Lo que captan es la luz en forma de diferentes longitudes de onda y, mediante más células y señales, llega determinada información a la corteza occipital para que vos termines de decidir con qué atardecer vas a pegar más likes.

¿Y qué onda el color? Tanto los conos como los bastones poseen un segmento que contiene fotopigmento sensible a la luz. La diferencia está en que, mientras los bastones son todos iguales y tienen un único fotopigmento, los conos son de tres tipos ya que difieren en el fotopigmento que contiene cada uno. Cada fotopigmento es sensible específicamente a la luz de distintas longitudes de onda, por eso se los denomina conos azules, verdes y rojos, y por eso la visión humana es tricromática. Es decir, nuestros conos se hacen una paleta de colores con porciones adecuadas de luz roja, verde y azul. Ahora, ¿qué pasa con el resto de los animales? Para empezar, no, tu perro no ve en blanco y negro. La gran mayoría de los mamíferos son dicromáticos porque sólo tienen dos tipos de conos. Éstos suelen contener fotopigmentos sensibles a las longitudes de onda que se corresponden con la luz azul y verde. Por lo tanto, no perciben el rojo como nosotros y su paleta deambula entre azules y verdes. En esas condiciones está el toro, que hace lo que puede con un verde oscuro que otros disfrutan como rojo al grito de ‘ooolé’.

Hay otra cuestión: los toros, al igual que otros mamíferos, no tienen nuestro desarrollo de la corteza visual del cerebro, por lo que les cuesta identificar con precisión algunas cosas. La interpretación de lo que el toro ve está ligada a si efectivamente lo que ve es una amenaza o no, por lo que va a reaccionar en función del movimiento y la distancia de los objetos. Si algo se mueve pero está lo suficientemente lejos, no va a suponer una amenaza para el animal y no lo va a diferenciar del entorno. Lo mismo sucede si uno está cerca del toro pero se mantiene quieto. La gran Jurassic Park.

Por eso, en estas prácticas, lo que desvive al toro (y entretiene al público) no son tanto los llamativos y ridículos colores del capote y del torero, sino las variables de movimiento y distancia que juegan constantemente en la cabeza del pobre animal. En otras palabras, al toro no le cambia mucho el tema del color. La cuestión es que el bicho está re caliente, y a cualquier cosa que se mueva la va a ir a cornear (le pasó a un amigo).

Así funcionan también los famosos encierros de San Fermín, donde sueltan varios toros y la gente corre. Los toros reaccionan al movimiento ya que son animales muy territoriales que responden con bravura ante la presunta amenaza de su área, más aún cuando está adornado con las típicas banderillas (esos arpones que le van clavando). Esta agresividad es causada tanto por un componente genético como ambiental, y ambos son exacerbados en la tauromaquia. Para el momento en el que el toro se encuentra con el torero, ya está más embroncado que Higuaín con el arco.

Pero toda su furia no le alcanza para cambiar la historia, porque lo quieren para eso. Para llevarlo a la agresividad máxima, desquiciarlo y desangrarlo, justificando una tradición absurda y haciendo del animal un espectáculo que siempre termina con su vida, y los aplausos de una cultura ridícula.

El toro no entiende mucho de los irrisorios colores que usan los payasos, sino que ve en el movimiento la amenaza de un territorio que todos sabemos que perdió desde un principio.  

Si el torero es el que mata a traición y el animal es quien enfrenta con valor su destino, todo bien, Chayanne, pero en una de esas no habría que ser torero. Habría que ser toro.

Ilustración:  Ivana Boullón