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Radio88

Esta historia podría ser una película de misterio: tiene suspenso, muerte, fraude y política social, pero no. Esta historia podría haber sido tapa de la lucha feminista actual, pero no. O bien una batalla obrera entre empleados y empleadores, pero no.  Esta es la historia del radio y es que tiene un poco de todo eso el elemento 88, descubierto por el dúo Curie (Marie y Pierre) el 26 de diciembre de 1898.

Mientras Marie acababa de recibir su segundo Nobel y ganaba popularidad en el mundo de la ciencia, bajo una sociedad en plena Primera Guerra Mundial, en Orange, Nueva Jersey, un grupo de mujeres asistían a diario a sus empleos. La guerra hizo que muchos hogares quedaran con ellas como único sustento económico, un reconocimiento laboral poco habitual para la época. Es así que ensamblaban partes de relojes que tenían la particularidad de brillar en la oscuridad porque estaban pintados de una sustancia blanquecina. Fabuloso, útil, novedoso y oportunista. Todo estaba bien hasta que dejó de estarlo. Las empleadas de la vieja empresa United State Radium Corporation, bajo recomendación de su capataz, afinaban los pinceles con los labios después de empaparlos en un isótopo bastante estable del radio. Algunas de ellas usaban habitualmente este metal alcalino como un cosmético que las hacía brillar en las pistas de los grandes salones de bailes mientras los relojes iluminados se vendían incansablemente.

Así, el glamoroso isótopo de radio con masa atómica 226, y con un poder de desintegración de más de 1500 años, fue utilizado y vendido en formato de pasta de dientes, labial y en diferentes drogas que aseguraban no sólo eliminar las células cancerígenas, sino también alargar la vida.

Las operarias de Nueva Jersey empezaron a sufrir enfermedades que afectaban los huesos, los músculos y les provocaban anemias y tumores (como si brillar fuera señal de que uno está sano). Los dueños y accionistas buscaban desligar esas patologías de la exposición de las “chicas fantasmas” al trabajo en la fábrica; es más, las relacionaban con su vida personal y amorosa (muchas de ellas estuvieron mal diagnosticadas con sífilis).

Para 1927, más de cincuenta chicas habían muerto, “de hecho, hubo que esperar a que el primer empleado varón de la fábrica de relojes de radio muriera para que la empresa se hiciera cargo”,  expresó Mollie Maggia, una de las “Radium Girls” (como fueron bautizadas) y voz campante de las empleadas de las boquitas pintadas del momento. Fue un proceso largo y traumático, y el tiempo pasaba contra reloj. Llegarían a juicio; hasta la mismísima Marie Curie se solidarizó con la lucha de las operarias a través de una carta donde no sólo les ofrecía su ayuda, sino que expresaba que una vez que la sustancia ingresaba al cuerpo, era imposible destruirla.

El caso de las Chicas del Radio fue uno de los primeros en los que una empresa fue declarada responsable de la salud de sus empleados, lo que llevó a la creación de normas y leyes de salud ocupacional en los Estados Unidos. Aunque algunas se fueron quedando en el camino de lucha, inspiraron a muchas otras.

 

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