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Flúor9

Si Georgius Agricola se hubiera dedicado a la siembra de maíz, otro habría sido el destino de la metalurgia. Para beneficio de la industria, este químico se inclinó por la mineralogía y describió por primera vez un mineral que llamó su atención porque brillaba intensamente. Sin embargo, el mayor atractivo que tuvo para los señores a cargo de la explotación minera del siglo XVI era que podía fundirse más fácilmente que otros compuestos al ser sometido al calor, y comenzaron a  usarlo para arrastrar impurezas en el proceso de extracción del hierro. Esto último hizo que se lo bautizara con el nombre fluorita, derivado del latín fluere, que significa “fluir”.

Más de un siglo después, en 1670, un vidriero alemán se percató de que, al combinar la fluorita con ácido sulfúrico, se desprendía un líquido que corroía los lentes que fabricaba. Heinrich Schwanhardt vio rápidamente el potencial artístico en este descubrimiento, y se dedicó a perfeccionar la técnica de grabado sobre cristal para hacerse unas monedas extra. Como suele ocurrir con la curiosidad humana, las peculiares propiedades de este mineral y sus derivados despertaron interés por lograr entender su composición. Así fue como comenzaron los intentos de aislar el ácido de fluorita (actualmente llamado ácido fluorhídrico), los cuales se vieron rápidamente boicoteados por el mismo equipamiento de laboratorio de esa época: balones, columnas de reflujo y recipientes para destilación eran todos susceptibles al ataque de este ácido come vidrio. Después de muchas idas y vueltas, que vidrio sí, que vidrio no, hacia finales del siglo XVIII, finalmente fue posible embotellar ácido fluorhídrico. Entonces empezaron las tareas de investigación para develar la identidad química de su componente principal, el flúor.

La historia muestra que muchos científicos intentaron aislar el flúor con poco éxito; en parte debido a su naturaleza inquieta, que reacciona con todo lo que se le cruza, pero también porque la materia prima de estudio, el ácido fluorhídrico, intoxicaba a quienes lo utilizaban, sentenciándolos a forzosos descansos (en algunas ocasiones, eternos). Sin embargo, esta serie de eventos desafortunados tuvo un giro favorable en 1886 a manos de Henri Moissan, quien, en su laboratorio de París, fue capaz de obtener flúor gaseoso aplicando corriente al ácido fluorhídrico, en condiciones sumamente controladas. Lo gracioso es que cuando lo convocaron a presentar el descubrimiento frente a sus maestros en la Académie des Sciences, el experimento salió mal y no logró obtener flúor en el momento. Igual se ve que algo de fe le tenían, porque una vez solucionado el inconveniente con el dispositivo experimental, demostró su hipótesis y veinte años después le dieron el Premio Nobel por su descubrimiento.

Moissan no vivió mucho tiempo para disfrutar de los beneficios del galardón, y tampoco llegó a enterarse de que un cráter en la Luna lleva su nombre. La moraleja que acompaña su hazaña está vigente: lo importante de equivocarse es aprender, llegar lejos −tan lejos como la Luna− y, sobre todo, dejar que fluya.

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Referencias:

Mary Elvira Weeks. (1956). Discovery of the Elements. Recuperado de https://archive.org/details/discoveryoftheel002045mbp
Jamie Wisniak. (2002). Henri Moissan. The discoverer of fluorine. Educación Química. Vol 13, No 4. Recuperado de http://revistas.unam.mx/index.php/req/article/view/66285/58196

Hay 3 comentarios

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  1. Silvia

    Me encantó, cuánta información en pocas líneas, lenguaje claro y simple (no ordinario) que lleva, igual que el elemento descripto, a inquietarse por saber más sobre el tema. Desde la frase “a brillar…” Que me motivó a abrir el link ( pura curiosidad musical) hasta el último párrafo, me encantó.


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