Hay Tabla

Argón18

De una esquina a la otra de la cuadra, un hombre bajito camina nervioso. Baja la cabeza cada vez que se cruza con alguien. Es de noche, es Londres (así que es niebla) y es mil setecientos y pico. Recorriendo una y otra vez esa cuadra de Court Lane, el hombrecito intenta hacerse de valor para atravesar una puerta en particular: la de la Royal Society de Londres. El hombrecito es lord Henry Cavendish, el científico más tímido de todo Londres.

A pesar de su timidez (hay quien dice que sufría de algún trastorno del espectro autista), Cavendish era un miembro muy apreciado de la Royal Society. Era una época en la que dedicarse a la ciencia, incipiente entonces, era cosa de gente con plata y de nobles (cosa que debería empezar a cambiar). Cavendish, que era las dos cosas y podía usar su tiempo como quisiera, lo usaba para medir todo y de la mejor manera posible. Medía obsesivamente con instrumentos comprados e incluso diseñaba y armaba los suyos propios. En su afán por medir y conocer, se fijó en la electricidad, en la música, en los astros y en los perfumes, incluso quiso pesar el planeta Tierra. Cavendish iba por todo. Pero donde más caló su afán cuantitativo fue en la química, que todavía no terminaba de independizarse de la alquimia.

“Henry Cavendish no es un gentleman, él trabaja” dijo el quinto duque de Devonshire, primo de Henry, mientras tomaba el té levantando el meñique. En ese entonces, el Cavendish que trabajaba quería medir el aire para ver de qué estaba hecho. Todavía se dudaba de que estuviera hecho de algo que no fuera aire (Arquímedes había dicho que era un elemento), pero Cavendish no se iba a quedar sin medir. Daba una descarga eléctrica a un recipiente y hacía que lo que ahora llamamos nitrógeno y oxígeno (los componentes mayoritarios del aire) se combinaran entre sí. Siempre medía las masas y volúmenes antes y después, y siempre le quedaba un restito sin combinar. Había algo que no estaba reaccionando. Hizo lo que se suele hacer cuando pasan estas cosas: lo atribuyó a un error experimental, pero igual anotó todo, porque meticuloso para medir, meticuloso para asentar.

Más de cien años después, la química ya se parecía bastante más a la de ahora. Ya se hablaba de que la materia estaba hecha de átomos, que podían combinarse en moléculas y a casi todo el mundo le parecía una buena idea ordenar los elementos en una tabla muy similar a la que usamos ahora. Similar, pero con una columna menos. En 1894, lord Rayleigh y sir William Ramsay (otros dos nobles con plata y ganas de medir) encontraron que el nitrógeno del aire parecía más denso que el que provenía de compuestos sólidos. Esto no les cerraba y se acordaron de Cavendish. Consiguieron aislar un gas que explicaba la diferencia de densidades y vieron que no reaccionaba casi con nada. Le llamaron “argón”, de la palabra griega argon, que significa “perezoso”. El gas descubierto era, ante todo, perezoso para reaccionar. Rayleigh y Ramsay le agarraron la mano a esto de las cosas que no reaccionan ni a palos y descubrieron casi todos los gases nobles. Que le hayan puesto “perezoso” a un noble me recuerda al primo de Cavendish, me hace cosquillas en el republicanismo y me hace pensar en lo importante que es que el saber no sea un lujo.

 

Tabla
periódica
de los
elementos

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Referencias:

Fisher, D. (2010). Much ado about (practically) nothing: A history of the noble gases. OUP USA.
https://www.chemistryworld.com/features/history-of-noble-gases/1017385.article
Gribbin, J. (2006). Historia de la ciencia. Crítica.
Golinski, J. (2017). The Personality of Henry Cavendish: A Great Scientist with Extraordinary Peculiarities.

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