196.-Yo-soy-el-mapa

Soy el mapa

Soy el mapa
Soy el mapa
Yo los puedo ayudar
A los sitios encontrar
Soy el mapa

~El mapa – Dora la Exploradora

 

“Al principio pasó todo muy rápido. Asado, mi hija llamando a la ambulancia, mi hija llevándome en su auto al hospital. La verdad es que yo no entendía mucho la situación. Los recuerdo muy nerviosos en la mesa, diciéndome que tenía que ir urgente al médico.

Era la primera vez que me atendían tan rápido la verdad. Me habría alegrado si no hubiera entendido que, con los hospitales saturados como estaban, eso significaba una sola cosa: ¡GRAVE!

Adentro, en una habitación blanca e impersonal con no más de una silla, un escritorio y una camilla, un chango joven de apenas 25 años me enceguecía con una linterna, me hacía sonreír y sacarle la lengua mientras me preguntaba un montón de cosas.

Todo me parecía muy innecesario e incómodo hasta que, luego de que me hicieran cerrar los ojos y subir los brazos, abrí los ojos. Ahí me avivé. Supe por qué mi hija me ayudó a levantarme para ir al auto. Supe por qué me pusieron en una silla de ruedas. Supe qué hacía ahí. Mi brazo izquierdo no estaba lo que se puede decir ‘levantado’, y yo ni cuenta me daba.”

Un ACV, eso tenía Osvaldo. Un accidente cerebrovascular provocado por un coágulo que tapó una arteria que irriga la parte derecha de su cerebro. La falta de fuerza del miembro superior izquierdo, la pérdida de sensibilidad en esa misma zona, la sonrisa irregular, la falta de reconocimiento de su patología. Era obvio ahora, todo cerraba.

Pará, pará, pará… ¿Me estás diciendo que si te agarra un ACV del lado derecho te podés quedar sin movimiento y sin sensibilidad del lado izquierdo de tu cuerpo e incluso no darte cuenta de que estás teniendo un ACV?

Sí, Alejandro, sí. Y repetir lo mismo que dije en tono de pregunta no lo hace una pregunta más interesante.

Cuando taparrabeábamos en el este de África, no teníamos mucha idea de qué hacía cada parte de nuestro cuerpo y la freestyleábamos. Imaginábamos glándulas hipofisarias secretoras de moco, terceros ojos en la nuca, corazones con sentimientos, dualidades, chakras energéticos. Todas cosas del pasado y que la gente superó porque no tienen ninguna clase de sustento científico y, no, que tu tía lo postee en su facebook no es evidencia suficiente. Pero bueno, en algún momento nos empezamos a dar cuenta de que el cerebro cumplía varias funciones, dejando progresivamente sin tareas administrativas al ‘alma’, al ‘espíritu’ y a varias otras cosas que ni chorrean ni se te rompen en un ACV.

Algunas funciones, a su vez, dependían de zonas muy particulares de nuestro órgano fetiche, y eso lo entendimos bien cuando empezaron a llegar personas a las que les faltaba/fallaba un pedazo. O sea, los cerebros rotos sirvieron (y siguen sirviendo) para saber cómo funcionan (en definitiva, cómo funcionamos).

Así fuimos aprendiendo qué partecitas hacían qué cosas, cómo se conectaban y, a modo de rompecabezas y con todas las salvedades que tiene un método así, fuimos armando un mapa del cerebro con piezas funcionales. Le pusimos ‘corteza motora’ al cacho que necesitábamos para movernos, ‘corteza visual’ a la parte que recibe la información proveniente del ojo, ‘área de lenguaje articulado’ a la región que probablemente no le funcionaba a Hodor (la que nos permite armar frases gramaticalmente complejas y no estar destinados a repetir nuestro triste apodo por siempre), y así. El mapa que quedaba, entonces, sólo definía muy bien los lugares a los que llegaban los sentidos y alguna que otra zona como las que participan del lenguaje y cierto tipo de memoria. El resto era cerebro sin funciones particulares. Pero queríamos mapear mejor, y eran varios los que disfrutaban la jodita de abrir cráneos y contemplar lo de adentro.

Para quienes nunca estuvieron mano a mano con un cerebro, permítanme contarles que es bastante tirando a fiero, con forma de pasa de uva gigante, amarilla parda y arrugada. Es mirarlo y sentir al mismo tiempo humildad, desagrado y maravilla. Pero ellos, los históricos exploradores del cerebro, veían poesía en su forma, y sobre sus protrusiones y surcos podían escribir los versos más tristes esta noche.

Uno de estos ñoños románticos sádicos imprescindibles fue el gran Korbinian Brodmann. Él, médico al momento, gustaba junto a sus colegas de agarrar cerebros, cortarlos en muchos cubitos y mirarlos al microscopio. Cerebros de personas, monos, gatos, leones, zorros, topos, ratones. Digamos que todo mamífero que sus amigos zoólogos le brindaran iba a parar al laboratorio.

Mal momento para ser mascota de un neurocientífico el siglo XX.


Tanto iba el mamífero a la mesa de disección, que en un momento se percataron de varias cosas. Primero, de que el cerebro era una mezcla de grises amarillentos no siempre muy definidos (con un par de manchones negruzcos y otros más azulados). Había grises amarillentos más oscuros y grises amarillentos más claros. Al gris más oscuro que estaba en la parte externa del cerebro y en varias zonas del centro, lo llamaron
sustancia gris. Y al gris más claro que rellenaba el espacio entre la sustancia gris lo llamaron sustancia blanca (digamos SÍ a las denominaciones obvias e intuitivas que podemos recordar fácilmente). Al acercarse más (microscópicamente más), vieron que la sustancia gris estaba compuesta por la parte de las neuronas que tiene el núcleo y toda la maquinaria para hacer proteínas: el cuerpo (soma) de las neuronas. En cambio, la sustancia blanca estaba compuesta por las extensiones que utilizan las neuronas para poder comunicarse a distancia con otras neuronas: los axones.

Otra cosa que vieron es que, en la sustancia gris cortical o sea en la corteza, la parte exterior del cerebro , los cuerpos neuronales se disponían en capas (¡Como los ogros!). En lugares donde las funciones eran diferentes, las capas cambiaban de grosor y estructura, y las neuronas que las componían cambiaban de formas y tamaños. Entonces no sabíamos cómo funcionaba ese entramado de cuerpos y conexiones, pero sí que el cambio de forma se correspondía en muchos casos con cambios de función. También había un montón de estructuras nuevas sin función, pero bueh, problema para los científicos del futuro.

Así, para 1909, luego de cortar más sesos que el hijo imaginario de Narda y Hannibal, Brodmann sacó su mapa de la corteza cerebral definiendo como límites los cambios agudos de estas variables arquitectónicas. Un golazo, tanto que incluso es el sistema que se usa hoy en día.

Vista externa (izquierda) e interna (derecha) del mapa del cerebro según Brodmann. Usted está (y es) aquí.

Sí, usamos un mapa cerebral que se basa principalmente en la descripción arquitectónica que hizo un tipo hace 100 años. Cool, vintage. Un clásico. Un mapa que, aunque simple, comprime de alguna manera nuestra complejidad y nos ayuda a comprendernos mucho mejor.

Muy lindo, muy históricamente relevante tu Ford T, abuelo, pero ¿no tendrás algo más nuevo? Digo, ahora seguro existen formas mucho más copadas de conocer los cerebros. Algunas inclusive sin tener que recurrir a personas con déficit parcial o total de sus funciones cerebrales (y con ‘total’ me refiero al que mira las flores crecer desde abajo). No sólo pasamos del irreversible ‘entra el cuchillo, sale el cerebro’ al incómodo pero aparentemente inofensivo ‘metete en ese claustrofóbico electroimán rotatorio gigante’ para poder apreciar el cerebro en HD (Resonancia Magnética Nuclear o MRI), sino que aparte pasamos a poder ver en vivo y en directo las partes del cerebro que están funcionando sin tener que taladrar el cráneo y meter cables. Es decir, mediante la comparación del riego sanguíneo local objetivado por resonancia magnética, podemos inferir la actividad de esa zona cerebral mientras la persona realiza alguna actividad. Al realizar una determinada tarea, algunas zonas del cerebro consumen más oxígeno, entonces aumenta el flujo sanguíneo de esas zonas para suplir esa necesidad. Ese renovado flujo de sangre trae más hemoglobina oxigenada para suplir la demanda local, y es esa relación entre hemoglobina oxigenada que llegó y hemoglobina desoxigenada fruto de la actividad neuronal (gracias a sus propiedades magnéticas) la que podemos medir. A esta resonancia la llamamos Resonancia Magnética Nuclear funcional (RMNf o fMRI).

El velo de misterio finalmente se descubrió (bah, un cachito al menos) dejando entrever lo que pasa adentro nuestro, convirtiendo a muchos de nuestros neurocientíficos del equipo ’carniceros’ al equipo ’paparazzi’. Pero aún seguíamos con el mismo papiro de mapa cerebral.

Así, después de muchos ires y venires, llegó el update. Rompieron todo y lo hicieron como Zeus manda. Pasamos de cortar un cerebro a verlo vivo y en vivo. Pasamos de hacer todo el laburo a mano a enseñarles a las computadoras cómo debían procesar las imágenes (en realidad estamos aprendiendo, pero parece que venimos bastante bien). Pasamos de estimar sólo variables anatómicas a sumarles las funcionales. Pasamos de las 50 y tantas áreas de Brodmann a 180 áreas.

Ahora, lo interesante es el cómo: para lograrlo, metieron a centenares de personas en resonadores magnéticos, hicieron imágenes funcionales en reposo y en actividades particulares, y otras imágenes que designaban el grosor de la materia gris y la cantidad de mielina (una sustancia que recubre los axones). De esta forma y según estos parámetros, se dividió la corteza del cerebro en 180 parcelas. Pero para saber que un modelo se corresponde con la realidad y es robusto, tenemos que tirarle con todo, cascotearlo mucho. Si aún así sigue en pie, va a haber demostrado que no era sólo una bella casualidad (o, bueno, que hay muy pocas probabilidades de que lo sea).

Ahí fue cuando lo atacaron, en primer término, replicándolo. Para hacerlo, realizaron todo el proceso de vuelta, de cero, con la misma cantidad de cerebros. De vuelta poner centenares de personas en supermagnetos, ayudar a las computadoras y enseñarles a delimitar el cerebro. Y dio exactamente el mismo mapa, lo cual significaba que era consistente. Listo, cerremos todo acá. Fiesta fiesta, fuegos artificiales, ciencia y rock ‘n roll.

Pero ‘consistente’ no significa que este mapa resultado de juntar un montón de imágenes y promediarlas nos sirva para parcelar el cerebro de cada persona con sus particularidades individuales. Así de especiales y diferentes somos cada uno de los humanos. Entonces, como viene la mano, se imaginarán cómo termina la cosa: probaron el mapa individualmente en varios sujetos para ver si se ajustaba bien. Y, no… el mapa no se adaptó.

¡Menteeeeera! No sólo se adaptó, sino que pudo identificar zonas que no estaban en un lugar común.

O sea que un modelo predictivo derivado de una muestra que se reprodujo en otra muestra, podía usarse de forma individualizada.

One map to rule them all.

Un mapa que seguramente aún está verde, sí, pero que es un gran trabajo. Una gran ayuda que nos permite conocer un poco más sobre cómo somos y cómo funcionamos, no sólo muertos sino vivos, no sólo estáticos sino en movimiento. Porque está bueno saberse un poco más, y hacía demasiado que no dábamos un salto enorme en hacer un mejor mapa de nosotros mismos.

Y ahora sí, lo prometido: mapa, los chicos; chicos, el mejor mapa del cerebro humano hasta el momento.

 

http://www.nature.com/news/1.2028
http://dx.doi.org/10.1038/nature18933
Brodmann, K. (1909). Localisation in the Cerebral Cortex. doi: 10.1007/b138298
http://psychcentral.com/lib/what-is-functional-magnetic-resonance-imaging-fmri




Hay 20 comentarios

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  1. Ana

    Muy buen artículo!! Muy sencillo y claro de comprender, aunque nunca pueda replicar algún nombre de una zona del cerebro.
    Muy divertido, también, un párrafo desopilante:
    “El velo de misterio finalmente se descubrió (bah, un cachito al menos) dejando entrever lo que pasa adentro nuestro, convirtiendo a muchos de nuestros neurocientíficos del equipo ’carniceros’ al equipo ’paparazzi’. Pero aún seguíamos con el mismo papiro de mapa cerebral.”
    Felicitaciones!!

  2. Eric

    Ta muy bueno, bo!!!
    Muy interesante la historia y las posibilidades potenciadas.
    Ahura…, soy masajista y créase o no hay partes diferentes del cuerpo que a través de la digitopresión se conectan y alivian (cierto punto del estómago, maso dos dedos debajo del ombligo con el resfrío, algunas partes de la planta del pie con los órganos procesadores de desperdicios…). Disfruto mucho del realismo mágico en su contexto, la literatura y la política (bueh, digamos que más la primera), pero creo que esto va más allá. Seguramente debe haber conexiones en nuestro cuerpo que unen diferentes lugares. De medicina y biología no entiendo nada, pero es como tirar el cuerito, a algunos le hacen bien, ¿debe la ciencia avanzar un poco más, o son mitos a desarticular?
    Abrazo

    • Carlos Andrés Mateos

      Primero que nada, me hizo muchísimo ruido el “crease o no”. No hay por que creer en nada ciegamente, por eso es que los científicos son tan rigurosos en necesitar las pruebas y en caso de no que aun no existan, experimentar/observar hasta llegar a tenerlas. La única forma de saber si ese tratamiento realmente funciona es si, por ejemplo, comparamos a dos grupos de personas muy parecidas con dolor abdominal, a un grupo les hacemos masajes en los pies y a los otros digitopresión propiamente dicha. Y después de recolectar resultados de si alivio el malestar u otros aspectos que queremos ver, comparamos los grupos. Sólo después de eso podemos tener una información de si es la digitopresión mejor para ese malestar particular y no es otra cosa. Porque son muchísimos los elementos que pueden estar haciéndole bien a la persona y que nos ensucian la cancha queriendo saber si es lo que nosotros hacemos lo que lo está mejorando o no. Desde haber empezado a cuidarse en algunos aspectos de su vida al mismo tiempo que empezaba con el tratamiento, tal vez es estar relajado por un tiempo, cosa que antes no hacía, o a lo mejor coincidió el inicio del tratamiento con a evolución natural de su malestar que ya iba a terminar ese día de todas maneras, y muchísimas otras razones que desconocemos.
      Por el momento las pruebas de que la digitopresión realmente haga lo que dice hacer, no tienen esa rigurosidad necesaria para recomendarla.

      Con respecto a lo de las conexiones entre las partes de nuestro cuerpo. Si, todo nuestro cuerpo se conecta de diferentes maneras TODO el tiempo. Sea por medio de moléculas que viajan por la sangre de un lugar a otro o por medio del sistema nervioso. Lo que no significa que una región externa tenga un poder de sanación sobre algún órgano particular. O que puedas desbaratar todo el funcionamiento normal solo tocando algunos puntos.

      Me alegro que te haya gustado la nota. Gracias!

  3. Cande

    Y de repente te encontras mirando, con la misma cara que pone tu sobrina de dos años con House of Mouse, un mapa funcional del cerebro.
    Gracias por hacerlo posible.

  4. Jose

    Se los quiere banda.
    Estaría muuuuy bueno que hagan algo con respecto a si podemos dejar de ser nosotros, es decir, si debido a un acv/lesión/enfermedad/what ever se puede perder algo en nuestro cerebro que se nos pueda considerar una persona diferente, no se si se entiende, pero ¿cuáles serían los límites de nuestro ser como nosotros mismo? Capaz divago. Como sea, como siempre impecables ustedes, un abrazo y sigan así.

    • Yael

      Buen José, le recomiendo el libro “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero” de Oliver Sacks, si acaso no lo leyó, dónde se narran 20 historiales médicos de pacientes con enfermedades neurológicas y se ve en muchos cómo afecta a su personalidad y hasta a su historia personal que los hace ser sujetos desconocidos. Saludos.
      Gran nota de neurociencia, una más a la biblioteca.

    • Charles

      Si entendí bien tu pregunta, la respuesta sería Sí, podemos “dejar de ser nosotros”. Está como ejemplo el paradigmático caso de Phineas Gage, un trabajador ferroviario que allá por 1848 una vara de hierro le atravesó el cráneo dañando su lóbulo frontal. Físicamente quedó diez puntos pero sufrió un tremendo cambio de personalidad y temperamento, al punto de decir que se trataba de otro Gage.

    • Carlos Andrés Mateos

      Tal cual dijeron Yael y Charles. Nosotros SOMOS nuestro cerebro y la forma en el que este funciona. Entonces cualquier cambio que hagamos en alguna de sus partes va a repercutir en mayor o menor medida en nuestra forma de funcionar, pensar, sentir o relacionarnos con el mundo.
      Los ejemplos de los chicos son fantásticos, aunque debo decir que aun me debo ese libro de Oliver Sacks. Shame on me.

      • Federico

        Es interesantísimo esto que decís, porque de esta afirmación de que “somos el cerebro” se han colgado pseudociencias como el coaching o el PNL. Parten de decir “cambiando tu pensamiento cambiás tu cerebro y así cambiás tu ser”, mezclando avances concretos de la neurociencia con un discurso new age y falto de evidencia que, por mostrarse como “ciencia para la gilada” vende en lugares insólitos.
        Les gusta hablar del “mapa mental” y de que “somos el mapa” pero lo toman desde un paradigma de realidad lingüística donde todo lo que hay es discurso… De decir que “somos nuestro cerebro” a afirmar que “podemos cambiar el cerebro con nuestras palabras” hay un salto abismal, pero no interesa mucho percatarse de ello.
        Muy buen artículo!!

  5. Enrique

    Excelente….me hace acordar a la locura que habia hace algunos años cuando empezabamos con el tema del genoma y se entraron a destrabar infinitas preguntas mas.

    Los banco mucho man!! Despues de años de haber dejado la medicina como opcion de vida, es un lujo ver que hay gente joven poniendole huevos a la divulgacion cientifica.


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