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Cerebro adolescente

Al límite

Definir “adolescencia” es algo bastante difícil, al punto que cada uno de nosotros tiene una idea diferente al respecto, incluyendo maestros, padres/madres y hasta los propios adolescentes. En este contexto, la psicología y las neurociencias aportan elementos que nos pueden ayudar a armar el rompecabezas que representa un adolescente. Esto es absolutamente necesario cuando consideramos que la madurez física, emocional y cognitiva que alcanzamos en la adultez depende, en gran medida, de los cambios que nuestro cerebro experimentó durante la adolescencia. Es por esto que los adolescentes representan un grupo de interés clave en el desarrollo de políticas públicas (UNICEF, 2011).

Antes de abordar los cambios que se producen durante esta etapa, conviene tener presente que en nuestra especie no existen límites claros para definir la adolescencia (frontera que se hace más o menos evidente en nuestros primos mamíferos, dependiendo de cuál observemos). Dicho esto, cabe aclarar que aunque nuestros parientes primates adolescentes no peguen pósters de su mono favorito en la pared de su pieza, sí tienen las mismas rabietas y ganas de explorar el mundo que los adolescentes Homo sapiens. O sea que, aun pudiendo identificar diferencias, compartimos muchas características generales de ese período con otros animales. Así, por ejemplo, Ricardo Pautassi (autor del capítulo “Bases neurofisiológicas de la adicción”) puede estudiar el consumo de alcohol en ratas adolescentes en particular gracias a que este período se encuentra un poco más acotado en ellas.

Debido a que en nuestro crecimiento y desarrollo interviene fuertemente la cultura, quienes trabajamos con humanos nos enfrentamos al problemón que resulta definir con precisión el inicio o el final de la adolescencia. Esto nos complica un poco las cosas a los investigadores cuando queremos realizar estudios psicológicos o neurocientíficos porque la adolescencia puede extenderse o acortarse dependiendo del individuo y de su entorno (Spear, 2013). Más allá de esto, no existen dudas en considerar esta etapa como un período durante el cual se producen modificaciones significativas en la estructura y en la función del cerebro (o inclusive un período definido precisamente por ese proceso) (Crews y otros, 2007).

Cambiamos

Un importante descubrimiento sobre el cerebro adolescente es que, durante esta etapa, se produce una disminución de la sustancia gris en regiones de la corteza prefrontal del cerebro. Este fenómeno se conoce como “poda neuronal” y corresponde al proceso por el cual las conexiones entre las neuronas que no han sido consolidadas son eliminadas. De no ocurrir este fenómeno de manera correcta, podrían generarse trastornos en el funcionamiento del cerebro debido a una excesiva conectividad entre las neuronas (como por ejemplo, la esquizofrenia). Este proceso tiene lugar durante la preadolescencia (entre los 10 y los 12 años) y la adolescencia temprana (de los 12 a los 14 años). Estos cambios del cerebro a nivel estructural se asocian con enormes mejoras en las habilidades cognitivas básicas y en el razonamiento lógico, como evaluar los pros y contras de gastar todo el sueldo en una PlayStation o usarlo para pagar los impuestos.

A la vez, durante la adolescencia se produce un incremento de la sustancia blanca en la misma corteza prefrontal. En este caso, el proceso implicado se llama “mielinización” y consiste en que las neuronas se rodeen de una especie de capa de grasa llamada “mielina”. Gracias a este recubrimiento, las neuronas ganan aislamiento eléctrico y se vuelven más eficientes para comunicar la información entre ellas –lo que nos recuerda que el cerebro es, también, un circuito bioeléctrico (Gogtay y Thompson, 2010)–. Todo esto ocurre hasta la adolescencia tardía (entre los 16 y los 18 años) y la adultez temprana (a partir de los 19 años).

El desarrollo armonioso de esta reingeniería cerebral resultará en una buena comunicación entre las áreas de la corteza prefrontal y, por tanto, la correcta ejecución de sus funciones. Al mismo tiempo, se van reforzando las conexiones La mielinización de las vías nerviosas funciona como una repavimentación de las rutas para que la información pueda fluir de una manera más eficiente. entre la corteza prefrontal y otra zona del cerebro donde se procesan las emociones y que, además, integra el sistema de recompensa. La vinculación entre estas dos partes es importante para la regulación de las emociones y el desarrollo del autocontrol, asunto para nada menor ya que, en líneas generales, a los humanos nos cuesta ser racionales y con frecuencia tendemos a movernos a priori de manera impulsiva.

En conjunto, la poda neuronal y la mielinización tienen lugar de manera progresiva en las áreas en las que se alojan los sistemas implicados en el desarrollo de conductas adictivas (sistema de recompensa), en el hipocampo (responsable de la memoria y el aprendizaje espacial) y, finalmente, en la corteza prefrontal (Crews y otros, 2007). Además de la mielinización, durante la adolescencia La exposición a drogas durante la adolescencia puede alterar significativamente el curso del desarrollo cerebral. temprana ocurren cambios en las vías neuronales que tienen la dopamina como protagonista, tanto en la densidad como en la distribución de los receptores de este importante neurotransmisor a lo largo de toda la autopista que comunica el sistema de recompensa con la corteza prefrontal. Estos cambios tienen gran influencia en los comportamientos de búsqueda de placer, los mismos que pueden conducir fácilmente a experimentar con diferentes conductas de riesgo como el consumo de drogas (Van Duijvenvoorde y otros, 2014).

Tomar riesgos

Los cambios generados en el cerebro durante la adolescencia repercuten en una amplia variedad de conductas que compartimos con muchas otras especies de animales (Silverman y otros, 2015). Por ejemplo, los adolescentes se muestran muy interesados en socializar –especialmente con aquellos que les generan atracción sexual, debido a la explosión hormonal que acompaña el proceso–, tienden a desarrollar un apetito que desafía cualquier heladera y duermen todo el día. Pero lo más importante a los fines de este capítulo es que los cambios que ocurren en la vía que va desde el sistema de recompensa a la corteza prefrontal generan una suerte de cortocircuito en la comunicación entre estas zonas. Esto da como resultado un aumento de la sensibilidad a las recompensas y, por lo tanto, una propensión a la toma de decisiones impulsivas.

No es ninguna novedad que los adolescentes hacen cosas que los adultos percibimos como innecesariamente riesgosas ya que sus cerebros trabajan en esta etapa de una manera particular. Efectivamente, las conductas riesgosas de los adolescentes se incrementan cuando están en compañía de sus amigos y disminuyen en presencia de los padres u otros El comportamiento riesgoso, la búsqueda de sensaciones y la impulsividad son características que forman parte del desarrollo natural de los adolescentes, motivo por el cual es necesario educarlos de manera que comprendan dicha fragilidad y acompañar el desarrollo de mecanismos de autocontrol. adultos significativos, lo que podría explicar sus diferentes actitudes ante distintas circunstancias y compañías (Engelmann y otros, 2012). Esto implica aceptar que muchos de los comportamientos riesgosos que vemos durante la adolescencia son una parte absolutamente natural de esta etapa. Este fenómeno puede ser incluso observado desde el punto de vista evolutivo como un momento de transición generacional en el que el individuo busca pares nuevos y explora situaciones de alto riesgo, en una etapa caótica y amplia que es después mesurada y refinada al alcanzar la adultez.

Vulnerables

Tener en cuenta las características del desarrollo del cerebro durante la adolescencia nos permite comprender mejor por qué la comunidad científica considera este período como crítico para la vulnerabilidad a la adicción (Crews y otros, 2007). La hipersensibilidad al placer y la búsqueda de experiencias novedosas forman parte de la naturaleza intrínseca del adolescente. Es decir, su cerebro está cableado para perseguir el placer inmediato y no medir las consecuencias de manera efectiva como lo puede hacer una persona de 30 años de edad (bueno, todos conocemos a algún adulto que también tiene este comportamiento, pero se entiende la idea).

A diferencia del cerebro maduro, las drogas que interactúan directamente con el sistema de recompensa (alcohol, cocaína, marihuana, nicotina) son percibidas por el cerebro adolescente como extremadamente placenteras, lo cual causa una atenuación en la capacidad de percibir las consecuencias negativas del consumo, algo fundamental en el aprendizaje de la moderación (Spear, 2013). Los adolescentes presentan una mayor sensibilidad a los efectos deseados del alcohol (como sus aspectos euforizantes y de “lubricación social”), mientras que son menos sensibles a las consecuencias negativas que resultan claves para aprender a moderar el consumo (como la sedación o la descoordinación motora). Además, son más susceptibles a los efectos del alcohol sobre la plasticidad cerebral. De hecho, se ha señalado que el consumo de alcohol y otras drogas durante la adolescencia, incluso de manera moderada, deriva en alteraciones de la corteza prefrontal, afectando los comportamientos implicados con esta estructura. Esto podría explicar, al menos en parte, por qué los adolescentes soportan la resaca mejor que los adultos y son capaces de aguantar jornadas semanales de gran demanda física (como los viajes de egresados o las noches maratónicas en vacaciones), consumiendo de manera sostenida una sustancia como es el alcohol (aunque sabemos que hay otras en juego).

El inicio temprano del uso de sustancias genera cambios en las redes neuronales que participan de la motivación y la búsqueda de placer y puede causar modificaciones persistentes en el funcionamiento del cerebro, afectando la cognición y el comportamiento de las personas. Si bien la gran mayoría de los adolescentes se convertirán en adultos sanos, algunos cerebros vivirán experiencias que de a poco irán marcando el rumbo hacia un desarrollo anormal que puede conducir a enfermedades mentales como la adicción.

Aun cuando las sustancias mencionadas anteriormente siempre generan cambios en el cerebro al ser consumidas de manera abusiva, se ha demostrado que aquellas personas que se inician en el consumo durante la adolescencia tienen mayores probabilidades de caer en la adicción que aquellos que lo hacen después de la finalización del proceso de maduración del cerebro (a partir de los 21 años, aproximadamente). En el caso del alcohol, quienes empiezan a consumirlo a los 11 o 12 años tienen más del doble de probabilidades de tener dependencia que aquellos que comienzan a los 15 o 16 años y casi diez veces más que aquellos que se iniciaron pasados los 19 años (DeWit y otros, 2000). Con respecto a las funciones neurocognitivas, los estudios han demostrado que los adolescentes que toman alcohol tienen peor rendimiento en tareas de memoria (como recordar palabras) y en la capacidad de tener pensamiento complejo (como la toma de decisiones económicas).

Mucho se habla de algunas drogas como “puerta de entrada” a otras más complejas. Por ejemplo, se afirma que sustancias como la marihuana son un paso previo a consumir drogas más pesadas, como la cocaína o la heroína. Sin embargo, esta no es la única teoría propuesta para explicar por qué los adolescentes pueden iniciarse en el consumo de una droga y luego pasar a otra. Aun así, recientemente se ha sugerido que el inicio del consumo de sustancias que generan adicción y daño a la salud no comienza usualmente con la marihuana sino que lo hace con el alcohol y continúa con el tabaco. (Barry y otros, 2016)

Políticas públicas para adolescentes

Es necesario formular políticas públicas basadas en evidencia que cuiden a toda la sociedad, por supuesto, pero es fundamental entender que los adolescentes representan sin dudas un grupo de riesgo muy particular.

En algunos países (Estados Unidos, España, Hungría y Uruguay, entre otros) se están desarrollando políticas públicas muy peculiares, orientadas al cuidado de los adolescentes. Una de ellas, por ejemplo, es retrasar 3 horas (de las 7 u 8 am hasta las 10 am) el inicio de las clases durante la escuela secundaria con la finalidad de disminuir los problemas de aprendizaje y salud de los adolescentes, debido a que –como mencionamos– la manera en la cual funciona el cerebro a esta edad es diferente de la de los adultos, y es necio forzarlos a cumplir con ritmos que no son propios de sus cerebros –en este caso, el ritmo circadiano– (Kelley y otros, 2015). En Argentina, por ejemplo, existe un proyecto similar en curso de la mano del colega Diego Golombek.

Además de considerar los ritmos biológicos de los adolescentes, resulta importante señalar que podemos recurrir a otras “intervenciones” sencillas para mejorar las capacidades cognitivas de los adolescentes. Por ejemplo, la práctica del fútbol, el uso de videojuegos y el entrenamiento musical pueden mejorar las funciones ejecutivas.

En cuanto al territorio que es de interés para este libro, se pueden mencionar diversas estrategias dirigidas a prevenir el consumo de alcohol, tabaco, marihuana y otras drogas durante la adolescencia. La regulación impositiva, el establecimiento de una edad mínima de consumo, la prohibición del consumo en lugares públicos y las restricciones al sector publicitario parecen generar efectos positivos en la reducción del consumo de alcohol y tabaco en adolescentes. La educación de toda la sociedad también es muy importante, ya que permite la posibilidad de erradicar mitos como que el consumo de alcohol adolescente supervisado por los padres disminuye el consumo y los problemas futuros con el alcohol. También hay datos que apoyan la importancia de mantener estilos parentales que se orienten a la inhibición y prevención del consumo durante la infancia y la adolescencia como factores de protección (Zehe y Colder, 2014).

La comunidad científica realmente ha avanzado mucho en la identificación de los múltiples cambios estructurales y funcionales que experimenta el cerebro adolescente. Sin embargo, no se observa la misma tendencia en lo que concierne al uso de esta información por parte de quienes deben diseñar políticas públicas dirigidas a esta población de riesgo. El nuevo desafío radica en la elaboración de plataformas multidisciplinarias donde investigadores y expertos puedan contribuir al diseño de políticas públicas efectivas que integren adecuadamente los requerimientos de la sociedad con la mejor evidencia disponible. Pero para lograr esto es necesario que los políticos y las personas en general reconozcan la ciencia como un ingrediente fundamental para el desarrollo de una sociedad que quiere hacer las cosas bien. Quienes trabajan en el ámbito de las políticas públicas pueden (y deben) tomar en consideración los aportes de las neurociencias y de la psicología. En ese sentido, la obligación de quienes integramos la comunidad científica es la de proyectarnos desde nuestros laboratorios y sumarnos a la discusión, el diseño y la ejecución de políticas públicas con la mejor evidencia empírica disponible.

Referencias
Bibliográficas

Barry, A. E. y otros (2016). “Prioritizing Alcohol Prevention: Establishing Alcohol as the Gateway Drug and Linking Age of First Drink with Illicit Drug Use”. J Sch Health, 86(1): 31-38.

Crews, F. y otros (2007). “Adolescent Cortical Development: A Critical Period of Vulnerability for Addiction”. Pharmacol Biochem Be, 86(2): 189-199.

DeWit, D. J. y otros (2000). “Age at First Alcohol Use: A Risk Factor for the Development of Alcohol Disorders”. Am J Psychiatry, 157(5): 745-750.

Engelmann, J. B. y otros (2012). “Differential Neurobiological Effects of Expert Advice on Risky Choice in Adolescents and Adults”. Soc Cogn Affect Neurosci, 7(5): 557-567.

Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) (2011). Adolescence: An Age of Opportunity. Nueva York: Naciones Unidas.

Gogtay, N. y Thompson, P. M. (2010). “Mapping Gray Matter Development: Implications for Typical Development and Vulnerability to Psychopathology”. Brain Cogn, 72(1): 6-15.

Kelley, P. y otros (2015). “Synchronizing Education to Adolescent Biology: ‘Let Teens Sleep, Start School Later’”. Learn Media Tech, 40(2): 210-226.

Silverman, M. H. y otros (2015). “Neural Networks Involved in Adolescent Reward Processing: An Activation Likelihood Estimation Meta-analysis of Functional Neuroimaging Studies”. Neuroimage, 15(122): 427-439.

Spear, L. P. (2013). “Adolescent Neurodevelopment”. J Adolesc Health, 52(2S2): S2-S13.

Van Duijvenvoorde, A. y otros (2014). “A Cross-sectional and Longitudinal Analysis of Reward-related Brain Activation: Effects of Age, Pubertal Stage, and Reward Sensitivity”. Brain Cogn, 89: 3-14.

Zehe, J. M. y Colder, C. R. (2014). “A Latent Growth Curve Analysis of Alcohol-use Specific Parenting and Adolescent Alcohol Use”. Addict behav, 39(12): 1701-1705.

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Juan Carlos Godoy

Juan Carlos Godoy

Licenciado en Psicología, Máster en Neurociencias y Doctor en Psicología. Investigador del CONICET y Profesor en la Universidad Nacional de Córdoba.

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