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IMG:  Sophia Riviere  

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Si Tom se come a Jerry

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¿Cómo comunicar sobre ambientalismo sin perder rigurosidad ni efecto? ¿Lo estamos haciendo mal?

Uno de los problemas que afrontamos quienes hacemos ciencia suele ser que no nos han entrenado para comunicar lo que hacemos a nadie más que a nuestros pares. Tiene cierto sentido: si todos, independientemente del curso que sigamos, estudiamos tantos años para ‘entender’ ciertas cosas de nuestra disciplina, ¿por qué sería tan fácil entender las de disciplinas ajenas? ¿Cómo digerimos en un ratito lo que a otros les lleva toda una carrera? Pero a muchos científicos nos atrae la idea de contar lo que hacemos al mundo exterior, más allá de nuestras limitaciones, y si bien una simplificación puede ser una falta de respeto tanto para el interlocutor como para nosotros mismos, a menudo tampoco podemos ser todo lo exhaustivos que el tema merece. Qué problema.

¿Qué hacemos, ante esto, científicos y comunicadores? Olvidémonos del hecho de que la mayoría de las veces no se convoca al que conoce de un tema para decir algo, y vayamos al hueso de lo que hacemos cuando nos toca hablar a los que supuestamente sí conocemos.

A fines del año pasado y principios de este, aparecieron varias notas en medios y redes sociales asociando los brotes de Hantavirus (aún no sabemos bien si su presencia, su frecuencia, la mortalidad que produce o su misma existencia) a la hecatombe ambiental de la que el ser humano es ciertamente responsable. He visto con sorpresa la siguiente asociación: los ratones que transmiten el virus tienen depredadores; en algunas zonas del mundo la cantidad de depredadores está disminuyendo; entonces, menos depredadores implican más ratones portadores de virus y, por lo tanto, más brotes de Hantavirus. Y esa lógica en números implica que si un depredador como una lechuza se come 7.000 ratones en su vida, una lechuza menos implica 7.000 ratones más.

¿Es realmente así? ¿Podemos afirmar que los problemas asociados a la población de depredadores (como la pérdida de sus ambientes, la cacería y el mascotismo) son la causa de que haya más ratones? Por otro lado, ¿podemos asegurar que más ratones implique más Hantavirus? Como todo y casi siempre, depende. La realidad suele ser más compleja de lo que a nuestros cerebros les gustaría y, lamentablemente, muchas veces se torna dificultoso diferenciar correlación de causalidad. Así, en este caso hay muchísimos factores en juego.

Pajaritos

Imaginemos un parche de bosque cerca de Bariloche donde hay disponibilidad de alimento para que vivan y se reproduzcan 100 ratones. Si bien ese número puede ser mayor durante ciertos momentos del año (digamos que cuando se reproducen llegan a 1000), lo cierto es que eso no dura mucho tiempo: por ejemplo, puede escasear el alimento y la población volverá al 100 inicial. Esto es lo que se llama regulación de las poblaciones, es decir que los números no crezcan hasta el infinito sino que se mantengan fluctuando en el tiempo alrededor de ciertos valores más o menos estables.

Ahora agreguemos otro elemento: la lechuza. Supongamos que una sola lechuza vive en el mismo lugar y come, durante ese mismo tiempo, 500 ratones. ¿Cuántos ratones hay al final? Los mismos 100, pero producto de distintas fuentes de mortalidad: 500 comidos por la lechuza y el resto ―los 400 que zafen de las garras del ave―, muertos por inanición ya que de todos modos no alcanzaba el alimento.

Demos un paso más: puede haber años con más ratones y a los que podrían acercarse a comer más lechuzas. Sin embargo, dato fundamental, lo que comen las lechuzas no es proporcional a la cantidad de ratones, porque además de que tienen un límite en la capacidad de lo que pueden cazar y comer, las aves rapaces (y la mayoría de los depredadores) son territoriales: excluyen de su territorio a otros de su misma especie, lo que provoca que la densidad de depredadores no pueda crecer tanto como la de sus presas. En este caso, será tanto la cantidad de ratones como la tolerancia de las lechuzas a sus congéneres los factores que determinen la cantidad de lechuzas que habrá en ese lugar, y no a la inversa.

Me pareció ver un lindo ratón.

Vamos con un ejemplo concreto: el gavilán (Accipiter nisus) es una rapaz del hemisferio norte que come casi exclusivamente pajaritos. Durante 30 años, en el sur de Inglaterra, se estudiaron los números de pajaritos de una zona en donde los gavilanes primero estaban, luego se extinguieron localmente y más tarde recolonizaron desde otras áreas (algo así como el experimento perfecto). La cantidad de pajaritos fluctuó, aunque sin relación con la presencia de gavilanes en la zona. Es decir, hubo (más o menos) la misma cantidad de pajaritos cuando había gavilanes, cuando dejaron de haber, y cuando volvieron a estar. Por lo tanto, se concluyó en que ni la presencia ni la ausencia del principal depredador influía en el número de pajaritos. Es decir, el número de pajaritos necesariamente tiene que relacionarse con otra cosa o, en palabras un poco más técnicas, la presencia de su principal depredador no tiene efecto sobre sus abundancias.

La variación en la abundancia de cuatro aves comunes en el sur de Inglaterra separadas por los períodos donde su principal depredador, el gavilán Accipiter nisus, estuvo presente (1950-1960), ausente (1960-1971) y presente nuevamente (1971-1980). Modificado de Newton et al., 1997.

Ahora bien, hay varios casos en donde los depredadores sí controlan y hasta pueden extinguir a sus presas (aunque en general se trata de casos donde hay densidades exacerbadas de depredadores o muy pocas presas). Un ejemplo clásico es la introducción de los gatos domésticos en islas de todo el mundo (viajes en barcos europeos mediante), donde las especies nativas no tenían un historial evolutivo compartido con un depredador de ese calibre. Los gatos, que son una de las 100 peores especies invasoras del mundo, extinguieron en poco tiempo veinte especies de marsupiales en Australia, cuatro especies de mamíferos en Galápagos, diez especies de aves en Nueva Zelanda, seis en islas de México, dos en Hawaii, dos en Japón y han puesto bajo amenaza a muchas más. Pero este es un caso atípico y no debería considerarse la norma. Aún así, el discurso dominante, tanto en la academia como fuera, es que las rapaces (y los depredadores en general) mantienen bajo cierto nivel a las poblaciones de sus presas. Quizá sea porque es fácil asimilar la imagen de una depredador comiendo a su presa, pero las dinámicas en los ecosistemas suelen ser demasiado complejas como para descifrarlas solo usando el sentido común. De hecho, en una  revisión (es decir, un trabajo resumen de todo lo que se sabe sobre un tema en particular) hecha por el biólogo español José Antonio Donázar y colaboradores en el año 2016, se señala que “la evidencia y el número de estudios encontrando relaciones causa-consecuencia son notablemente escasos.” y que “Los estudios experimentales no son conclusivos”.

La simplificación de asombrosos procesos naturales está por doquier, pero tenemos que saber que las cosas no siempre son como parecen. Ni con los cultivos ni con el Hantavirus la solución es añadir un par de rapaces más al sistema. Pero, además, ¿por qué habría de ser tan fácil? ¿No tiene menos gracia una naturaleza tan predecible?

Fuego

Otro ejemplo de este atajo cognitivo es el fuego. El fuego tiene una connotación negativa para la mayoría de los humanos porque quema, entre otras cosas, seres vivos. Es por esto que se lo evita y, si aparece, se lo combate. Esto fue lo que se hizo durante mucho tiempo en la Administración de Parques Nacionales con el objetivo de conservar los ambientes naturales protegidos, bajo la premisa de que el sistema debía mantenerse sin disturbios de ningún tipo. Pero hoy hay mucha y muy buena evidencia de que hay especies y ecosistemas enteros que dependen de la presencia del fuego con cierta frecuencia para existir.

Los bosques de Patagonia y Tierra del Fuego están dominados por especies de árboles del género Nothofagus, como la lenga o el ñire. Eso quiere decir que, salvo en algunos lugares particulares, en cualquier bosque patagónico que observemos, la mayoría de los árboles son de ese género. ¿Cómo explicar esa dominancia? Una opción intuitiva es pensar que son muy buenas competidoras; son más eficaces que otras especies en su utilización de la luz, el agua o los recursos del suelo. Algo de eso hay, al principio. ¿Pero al principio de que? Cuando un nuevo ambiente queda libre de vegetación, por ejemplo, a causa de un incendio, los Nothofagus son muy buenos para llegar primeros e instalarse. Sin embargo, eso no explica que dominen el bosque para siempre. De hecho, las especies de este género crecen muy lentamente y son intolerantes a la sombra. Es decir que cualquier otra especie que crezca más rápido y le haga sombra en algún momento, la domina. ¿Cómo se mantiene el bosque como lo conocemos entonces? Si el fuego o los deslizamientos (en Patagonia continental) o el viento (en Tierra del Fuego) generan esos parches sin vegetación con la suficiente frecuencia, los Nothofagus pueden estar constantemente instalándose en esos lugares nuevos y mantener lo que a nuestros ojos parece un bosque estable. Basta ir a cualquiera de nuestros bosques sureños (chivo personal, recomiendo Tierra del Fuego) y observar qué especies crecen en los claros que se generan con los árboles caídos.

A la izquierda, Puerto Blest, en el Lago Nahuel Huapi, en 1925 (aprox.) y en 2009. Los bosques de coihue (Nothofagus dombeyi) quemados se regeneraron en menos de un siglo, pero ninguno de los dos estados es estable. Fotos: G. Kaltschmidt (Archivo Visual Patagónico) y C. Naficy, tomado de Raffaele y colaboradores (2014). A la derecha, una frase real con un mensaje simplificador y fatalista: que el bosque tarda muchos años (en escala humana) en recuperarse del fuego es cierto, pero también es cierto que hay paisajes enteros, entre ellos los bosques andino-patagónicos, que dependen de un determinado régimen de fuego para ser como los conocemos.

Esta postura de ‘fuego malo’ cambió hace un tiempo y, por ejemplo, en el Parque Nacional El Palmar, en Entre Ríos, se realizan quemas controladas para mantener el ambiente de sabana con palmeras que tan característico nos parece, pero que también depende de fuegos recurrentes para existir (las palmeras, de hecho, son ignífugas).

Aunque nos puede hacer un montón de ruido prender fuego un ecosistema intencionalmente, ya que no hay forma de hacerlo sin matar organismos vivos, no hacerlo también tiene sus consecuencias. Los pastizales son eventualmente reemplazados por especies leñosas y se genera un matorral impenetrable en muy poco tiempo, cambiando así la configuración característica de ese paisaje, afectando a cientos de especies vegetales y animales. De hecho, el fuego puede ser visto también como un servicio ecosistémico (recurso o proceso de los ecosistemas naturales que beneficia a los seres humanos), y no está resuelto el debate sobre hasta qué punto las dinámicas de fuego pasadas (las naturales y las generadas por el ser humano) interactúan con el cambio global que vemos hoy en día. Por ejemplo, los fuegos de origen antrópico ocurren desde hace miles de años y en la mayoría de los lugares son predominantes por sobre los naturales, pero podría ser que en la actualidad esa frecuencia no sea viable para la naturaleza.

Más concreto: un fuego que hace 1000 años significaba quemar 50.000 hectáreas de pastizales y arbustales nativos del centro de lo que hoy es la provincia de Entre Ríos quizá tenía efectos beneficiosos para la sabana, pero hoy implicaría quemar por completo el Parque Nacional (8.500 hectáreas), que es una isla de ambiente nativo en medio de un territorio completamente intervenido por la agricultura. En resumen, en el contexto de la grave problemática actual del fuego, que es real y está asociada a la frecuencia y origen de los incendios (basta ver el incendio descomunal que azota a la Amazonia ahora y que es una tragedia ambiental y social que bajo ningún punto de vista queda excusada), hay una historia muy interesante para contar, pero por algún motivo gana la simplificación a la hora de realizar comunicación, resumiendo la cuestión en una dicotomía que no existe: fuego sí o fuego no.

La sabana con palmeras de Butia yatay que protege el Parque Nacional El Palmar es un paisaje que no puede mantenerse sin incendios periódicos.

Que incómodo que es decir

Todo lo que ‘sabemos’ o ‘se sabe’ se puede ir al tacho a la hora de contar algo al público en general. ¿Por qué el mensaje es ‘las rapaces hacen que haya menos Hantavirus’ o ‘basta de incendios’? Una opción es que no conozcamos la evidencia disponible. Pero, y si la conocemos, ¿por qué decidimos ignorarla o tomarnos ciertas concesiones? ¿Es que tenemos muy poco tiempo? ¿La ‘realidad’ es muy compleja para ser narrada? Simplificar algo que no es para nada simple, ¿es una buena estrategia?

Cuando nos enfrentamos a comunicar cuestiones de problemática ambiental nos enfrentamos a un problema: el público está generalmente desinformado o peor aún, mal informado. Está insatisfecho, pues tal vez sospecha que su estilo de vida, multiplicado por la población humana, no es viable. Quizá recuerda que en su barrio antes había más mariposas o más sapos. Los científicos siempre andamos cortos de tiempo, así que usamos todo lo que tenemos de la forma más condensada posible, diciendo cosas como: ‘si todos cerráramos la canilla al lavarnos los dientes, ayudaríamos a disminuir el cambio climático’. Con algo de suerte, el público ahora estará satisfecho. Pero igual o más desinformado que antes: lo que acabamos de decir es, seamos sinceros, una mentira. Y decir que el público es ignorante (además de ser una falta de respeto y un error) lo único que provoca es que terminemos simplificando al punto del sinsentido. ¿No será momento de sumergirnos en las turbias aguas de nuestra propia ignorancia para reflexionar sobre por qué no logramos cambiar actitudes personales con nuestros mensajes?

¿Qué ventajas puede tener para el movimiento ambientalista plantear un panorama falso, fatalista y Newtoniano-Meritocrático (toda acción tiene su consecuencia, y estamos viviendo las consecuencias de las cosas malas que hacemos en el mundo)? Las publicaciones sobre el Hantavirus que circularon a principio de año no tuvieron como consecuencia que se mataran menos lechuzas. Vale aclarar que la población que mata lechuzas es significativamente baja. La mayoría de las lechuzas que ‘faltan’ lo hacen por carencia de decisiones políticas que son costosas de tomar, como dejar de depender de un monocultivo para el consumo interno de todo un país, y que no suelen modificarse por publicaciones que apuntan a la reevaluación personal de actitudes.

Los últimos nueve piojos

Cuando llega la hora de comunicar la problemática ambiental hay valores en juego. Cuando decimos que es mejor no tener ratones a tenerlos, o que es mejor apagar el fuego a no hacerlo, estamos valorando algunas especies por sobre otras. Y está bien, las especies no valen todas igual para ninguna persona ni ninguna filosofía. De hecho, por ejemplo, el 40% de las especies del planeta son parásitos y me animo a decir con alto grado de certeza que la comunidad de los adoradores de los parásitos debe ser bastante chiquita. En 1982, cuando se capturaron los últimos 22 cóndores californianos (Gymnogyps californianus) de la naturaleza para comenzar un programa de recría en cautiverio, se realizaron, en los zoológicos de San Diego y Los Ángeles, todos los protocolos que implican el ingreso de un animal silvestre a ese lugar, y que son comunes en todos los procedimientos veterinarios. Eso incluye despojar a los animales de sus parásitos para maximizar la probabilidad de sobrevida de una especie al borde de la extinción. Pero otra especie estaba también caminando por la cornisa. Se llamaba Colpocephalum californici, y se trataba de un piojo que parasitaba únicamente al cóndor y que se lo conoce por sólo 9 ejemplares. No se lo ha vuelto a encontrar desde entonces y todo indica que encontró la extinción en los zoológicos californianos. Para salvar al cóndor se han invertido cientos de millones de dólares, mientras que el piojo fue extinto por profesionales de la conservación.

El tipo de valoración dominante en el discurso ambientalista suele estar basado en el valor económico de las especies hacia el ser humano. Como las especies silvestres son menos comercializables (de manera directa) que las domésticas, la idea es buscarle alguna ‘utilidad’ indirecta. Y esto es uno de los conceptos fundamentales de la doctrina del desarrollo sustentable: las especies brindan los ya mencionados ‘servicios ecosistémicos’ y, más aún, como no hay recursos para conservarlo todo, debemos proteger prioritariamente a aquellas especies, ambientes o ecosistemas que nos brinden más y mejores servicios, por sobre los otras. En la práctica, terminamos proponiendo el servicio más que encontrándolo, como en el caso de los depredadores de los ratones. Pero es una estrategia que ha sido muy exitosa para obtener fondos para la conservación y que, en algunos casos, creo está justificada. Pero el tema no es que esta estrategia sea más o menos eficaz, o que discutamos las muchas maneras que hay de interpretar y valorar la naturaleza (me declaro incompetente). El problema que quiero destacar es que la preponderancia de ese discurso nos ha llevado a replicarlo sin siquiera conocerlo ni, menos aún, haber reflexionado sobre si representa nuestra propia valoración de la naturaleza.

Otra opción es pensar que no es relevante si una especie tiene o no valor económico para el ser elegido. Es la forma en la que muchos de nosotros, sobre todo cuando niños, nos conectamos con la naturaleza. Cuando alguien contempla un árbol por primera vez no piensa ‘¡guaaaau, cuánto carbono debe estar secuestrando, debe ser un gran aliado para mitigar los efectos del cambio climático!’. Necesariamente esa valoración nos fue ofrecida en algún momento y la compramos, porque es simple, porque es fácil, porque debería funcionar para cualquiera… pero no funciona.

Sarah Bekessy, una profesora del RMIT en Australia, muestra las falencias del discurso utilitarista en la comunicación de la problemática ambiental. Ella nota que ningún indicador ambiental a nivel global está mejorando pese a que el discurso del desarrollo sustentable existe hace ya casi 30 años, y que el compromiso del público con la causa ambientalista no ha sido cumplido a través del discurso de los servicios ecosistémicos. De hecho, muestra evidencia de que promover la valoración de las especies por su utilidad atenta contra la posibilidad de valorarlas porque sí, por lo que son, porque valen intrínsecamente. Los escépticos, los no convencidos, difícilmente se convenzan con el argumento de los servicios ecosistémicos, dice, ni con otra estrategia comúnmente utilizada: las historias de horror sobre la crisis de la biodiversidad. Este último discurso, qué sorpresa, también está cargado de falsedad.

Otro ejemplo de discurso fatalista basado en la simplificación. No es cierto que se haya extinto el rinoceronte blanco, de hecho, hay más de 20.000 según la máxima autoridad mundial en el tema, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Lo mismo pasa con elefantes africanos. Ambas especies están aumentando sus poblaciones y el rinoceronte ni siquiera está en una categoría de amenaza. Lo que se extinguió es una población local de rinocerontes, y los que se matan son elefantes que no están llevando a la especie a la extinción. ¿Extinguir una población de rinocerontes, o matar un sólo elefante, no está lo suficientemente mal como para estar en contra sólo por eso?

Bekessy no dice que los servicios ecosistémicos deban ser erradicados conceptualmente, pero que hay otras estrategias que pueden ser mejores para muchos públicos y que, en general, cada estrategia comunicacional debería apuntar a un público específico en lugar de a la comunidad global. Hay muchos utilitaristas firmemente convencidos e intelectualmente comprometidos con su causa, pero la cuestión es que otros podemos ser suscriptores tácitos de algo que no creemos ni queremos.

Tenemos que hacernos cargo: los fenómenos naturales son complejos, y no son fáciles de contar. Tenemos que hacer el esfuerzo de revisarnos en nuestras prácticas para ser motores de cambio proactivos. Y tenemos que deconstruir el discurso ambientalista simplista ya que, evidentemente, decir que todo está mal y que las cosas malas pasan porque no cerramos la canilla al lavarnos los dientes, hasta ahora no ha funcionado. Las dinámicas de la naturaleza solamente son simples en los dibujos animados. En la vida real, si Tom se come a Jerry no es una tragedia. Hay un mundo mucho más complejo y fascinante allá afuera: si lo vamos a contar, hagámosle justicia.

 

Ilustración:  Sophia Riviere  

Hay 35 comentarios

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  1. Gyula

    Me encantó! (Lo de la lechuza me hizo acordar a nuestros debates (laborales ex profeso) de Xq hay tantas cotorritas!!!! en provincia de BA )

  2. Ana

    Te aplaudo de pie. Hace rato no leía una nota taaan bien escrita, con explicaciones claras y precisas.
    Además, si tengo que decirle a alguien lo que pienso del tema, le doy a leer tu nota! Yo no podría explicarlo mejor.

  3. Marcos

    Nada de lo que decimos en completamente cierto, todo está lleno de casos particulares, toda afirmación se puede completar para aproximarse más a la verdad. ¿Si me la lavo los dientes no voy a tener caries? Falso, si no dejas rastros de comida, usas hilo dental, no vas a tener caries, ahora si es verdadera? Falso. Si cruzo por la senda peatonal no me va a pisar un auto. Es una afirmación verdadera? Falso. Si cruzas por la senda peatonal y los autos respetan las leyes de tránsito no te van a pisar los autos. Ahora sí, tenemos una afirmación verdadera? También es falsa. Se puede respetar las normas de tránsito, cruzar por la senda peatonal y aun así te pisa un auto? ¿No puede ser que todas las afirmaciones sean falsas? Decir que lavarte los dientes evita las caries y cruzar por la senda peatonal no te pisa un auto son afirmaciones que se podría decir que se aproximan bastante a ser verdaderas y en algún contexto eso es suficiente y con utilidad práctica.

    • Marcos

      Lo que quise decir era que para llegar a la Luna los cientificos usaron la física de Newton aun sabiendo que era falsa. Los cálculos eran más simples y no diferirían mucho de los que se hubieran obtenido usando la teoría de la relatividad. Menos depredadores implican más ratones portadores de virus posiblemente sea falso, haya casos particulares, estará medido por otras causas, pero hasta qué punto hay que buscarle el pelo al huevo.

      • Ulises Balza

        Hola Marcos, gracias por el aporte! La cuestión es que, para mí, la doctrina del desarrollo sustentable está mostrando síntomas de desgaste hace mucho. No hay nada que haga pensar que valorar y trabajar la naturaleza desde un punto de vista utilitarista tenga algún tipo de beneficio práctico. Además, creo que es éticamente incorrecta y empobrecedora. Pero respondiendo a tus buenos ejemplos, pensar el árbol como una fábrica de oxígeno no nos está llevando a la luna del ambientalismo. Abrazo

  4. Ulises Balza

    Hola Marcos, gracias por el aporte! La cuestión es que, para mí, la doctrina del desarrollo sustentable está mostrando síntomas de desgaste hace mucho. No hay nada que haga pensar que valorar y trabajar la naturaleza desde un punto de vista utilitarista tenga algún tipo de beneficio práctico. Además, creo que es éticamente incorrecta y empobrecedora. Pero respondiendo a tus buenos ejemplos, pensar el árbol como una fábrica de oxígeno no nos está llevando a la luna del ambientalismo. Abrazo

  5. Martín

    Hola. Genial el artículo!

    – La visión utilitaria en este ámbito es sin dudas bastante insensata, además de que como ejemplificás nos encuentra con contradicciones. Al parecer la organización social actual convence a los comunicadores de que este aplanamiento unidimensional es obligatorio para lograr que se efectúen los cambios de políticas necesarios para cuidar el medioambiente aun si nuestra valoración del mismo sea tan inconsistente a veces. Ojalá el discurso académico pudiera influenciar decisivamente la política, pero en muchos casos no es así. Así que, sin este martillo de tornillos, ¿cómo lograr presión social cuando, por ejemplo, alguien como Bolsonaro quita toda protección a los bosques? ¿Hubiéramos visto el decreto que sacó hoy si no fuera por la presión social? (sin atender a los detalles de lo específico).
    – El hecho de que la comunicación masiva implique la simplificación de los hechos hasta lo incorrecto es siempre un problema, un fenómeno como para discutir un año. Esto me deja pensando en todo (especialmente aquello relacionado al medioambiente) que habré sacado de (múltiples) fuentes de internet y aun así haya sido una burda aproximación. ¿Cómo confiar? ¿En qué?

    • Ulises Balza

      Hola Martín, muchas gracias por el mensaje!

      Bueno, primero que nada, las aproximaciones no tienen por qué ser burdas. Creo que cuando nosotros simplificamos en el ámbito académico (y pasa, ver https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/S0006320718318603) podemos ser más o menos burdos, pero nunca pensamos que lo que estamos viendo es más que una señal que nosotros queremos destacar de un mundo complejísimo.
      Ahora bien, las formas de ‘educar’ estratégicamente están así planteadas. Acá tengo un manual de educación ambiental que dice cosas como “you will need to inspire them to believe that…” o “you can’t assume that your audience knows what biodiversity means” o, más claramente “you can offer people a range of personal activities that will support YOUR long term goals”. De alguna manera, nosotros suponemos estar más cerca de la verdad que ‘la gente’, y no nos interesa que se entrometan en nuestro trabajo sino que lo acompañen pasivamente, en parte porque podrían interpelarnos con fundamento y eso a quién le gusta. Hay una relación de poder que está presente todo el tiempo, y no digo que sea fácil de evitar, pero al menos debería hacernos reflexionar.
      Como dice Bart en Arroyos Cipreses, “somos un grupo atrasado, y vamos a alcanzar a los otros yendo más lento que ellos?” Muy poco de lo que se hace desde la educación ambiental pretende inspirar, la mayoría sólo adoctrinar. Abrazo

      • Martín

        Tardé meses en ver tu respuesta pero… Genial ! ️ Un comentario más: claramente este no es el único ámbito donde ocurre esto, pero puede que sea uno de los más importantes. Éxitos y un abrazo.

  6. Graciela

    Hola Ulises. El planteo no sólo es muy interesante, sino francamente polémico. Acuerdo con vos en la explicitación acerca de la complejidad del tema. No obstante hay varias afirmaciones naturalizadas como tales que no deberían ser así. A modo de ejemplos: concepción del Utilitarismo. Es imprescindible definir con exactitud esta corriente filosófica, ya que de lo contrario corremos el riesgo de caer en una indignante simplificación. El Utilitarismo no sólo refiere a “lo útil” desde el sentido común, sino que se vincula con el “mayor bienestar para la mayor cantidad de individuos” lo que conlleva a la felicidad. Si bien el más conocido es el Utilitarismo de los actos, también hay Utilitarismo Normativo. Y este último justamente se vincula con el Imperativo categórico de Kant.
    El conocimiento del sentido común puede contener mucho valor, pero en gran parte de los casos tiene más de común que de sentido.
    Veo también otras cuestiones como la “idea” de naturaleza cuyo tratamiento es bastante complejo.
    Sin olvidarnos de las cuestiones de clase que, como suele afirmarse, atraviesan también esta temática.
    Como en tantos otros casos y una vez más es fundamental el trabajo interdisciplinario.
    Sostengo además que es de importancia extrema generar y sostener actitudes de solidaridad y convivencia en lo cotidiano porque confío plenamente en asumir cada uno la responsabilidad que le compete en la sociedad. Así deberíamos educar y además “cerrar la canilla mientras nos lavamos los dientes”

    • Ulises Balza

      Hola Graciela, gracias!

      Totalmente de acuerdo en que la utilización del lenguaje es la cuestión fundamental que hay que trabajar para una nueva manera de hacer conservación. Hay un libro de Claudio Campagna, “Bailando en tierra de nadie” que se ocupa justamente de eso. Una cosa que me parece interesante es ver cómo desde el ámbito de la gestión se habla de que desde la Academia no se pueden entender ciertas cosas que supuestamente pasan en el mundo de lo cotidiano, y al mismo tiempo se utiliza un lenguaje ecológico surgido del mismo seno de la ciencia para validar la concepción del mundo que tiene esa organización. Esto tiene como trasfondo la idea de que existe una verdad en alguna parte, y que desde el ámbito científico se está más cerca de esa verdad. Yo no creo que eso sea así, y hace rato estoy tratando de ganar herramientas para justificarlo de manera más formal. En ese sentido, me parece que un enfoque de tipo constructivista (y muchos constructivistas son kantianos, así que vamos en la misma dirección), en el que se reconozcan los distintos mundos que cada uno ve, puede ayudar a dialogar con personas que no vienen del ámbito académico.
      Sí a lo interdisciplinario! Es necesario reconocer donde está el límite de lo que sabemos y lo que podemos abordar. Sin embargo, me parece importante nutrirse de distintas disciplinas aunque uno siga reconociendo sus límites, de nuevo, para propiciar el diálogo. A mí me pasa eso con la filosofía y la epistemología en particular. Ni hablar de las ciencias sociales.
      No abogo contra dejar de hacer cosas en lo cotidiano. Sólo creo que no tirar un papel en la calle debería hacerse porque sí, y no algo que desde una organización ambientalista se pretenda de alguien para poder participar de la cuestión ambiental.

      Gracias!

  7. Leandro

    Ulises, muy interesante la nota! Siempre nos pone en perspectiva ver la “cocina” de la comunicación.

    Dos preguntas (soy ambicioso):
    1) Poniéndote el gorro de los utilitaristas: ¿Cómo crees que te refutarias en tu argumento sobre la comunicación? ¿Qué parte del planteo es más “endeble”?

    2) Habiendo nacido en Tierra Del Fuego, me queda en la memoria grabada cada vez que vuelvo la situación de los castores y el ecosistema en deterioro(?). ¿Me recomendas alguna bibliografía sobre el caso? Sobre todo en el impacto que ha tenido.

    Muchas gracias.

    • Ulises Balza

      Hola Leandro,

      A ver…qué difícil lo que me planteás, pero lo voy a intentar…

      1) Creo que hay una cuestión de escala temporal que es difícil sortear. El problema es urgente, complejo y muy grande, y quizás un reconocimiento ético de que la naturaleza tiene derecho a existir en sí no cambie nada en el corto plazo (así ocurre con la pobreza por ejemplo, aunque también está el muy exitoso ejemplo de la esclavitud). Sin embargo, de nuevo, tampoco se están cumpliendo las metas cortoplacistas que pretenden atacar la urgencia de la situación. Yo tal vez estaría dispuesto a dejar (parte de) mis ideales de lado si una aproximación utilitarista funcionara, pero no logro dar con el caso.
      También se podría argumentar que desde la academia uno está muy alejado de los problemas ‘reales’, y que desde las ONG, por ejemplo, se debe actuar día a día poniendo parches a un barco que sabemos que se hunde. Yo creo que eso no es así, y nuevamente, no está cambiando nada. Además, no hablo sólo desde la academia: yo trabajo en ONGs ambientalistas/conservacionistas desde 2007. De las grandes y de las chicas.

      Un comentario más: fijate que las metas del desarrollo se corren día a día. Ahora están hablando de que sin corregir las cuestiones del cambio climático el desarrollo será más lento (para los países pobres, porque los desarrollados ya se desarrollaron de forma no-sustentable y no van a cambiar sus hábitos de consumo). Toda la carga/culpa está puesta en los países que sufren profundas privaciones, y en última instancia, en el señor/a que calienta la pava del mate cada vez en vez de tener un Stanley. Las soluciones no están contextualizadas, por ejemplo para el caso latinoamericano, porque se presentan mayoritariamente problemas globales.

      2) Uhhh, hay mucho, pero creo que este es un lindo y reciente resumen: http://www.sarem.org.ar/wp-content/uploads/2016/12/SAREM_MastNeotrop_23-2_07_EI-Schiavini.pdf

      Saludos!

  8. andres_cass

    Muy buena nota. Me dejo replanteándome un par de cosas.
    Es muy loco que un discurso/campaña se mantenga tanto tiempo sin mostrar resultados reales, y sin cuestionamientos a su eficacia.
    Igual el desafío es enorme

    • Ulises Balza

      Hola Andrés, muchas gracias!
      Sí, el desafío es enorme. El libro de Campagna que cité en un comentario anterior habla justamente de algunas facultades del discurso que lo han hecho prevalecer y que valdría la pena copiar, en particular su intransigencia. Justamente, el discurso del desarrollo sustentable es más bien una doctrina, y actúa sin dar explicaciones. Es esa misma intransigencia que se plantea debería existir en un discurso alternativo en el que las especies y procesos se conserven sin dar ninguna justificación más que el ‘porque así debe ser’. Campagna da el ejemplo de la esclavitud, que se abolió por razones éticas más allá de ser económicamente rentable para el sistema. Pero todo esto probablemente requiera reconocer que la crisis de las especies es el problema más grande y complejo que enfrentamos hoy, y de eso estamos lejos.

      Saludos!

  9. Nicolás

    Excelente nota! Estoy empezando a interiorizarme con la temática del ambientalismo y más específicamente sobre la relación entre los procesos y representaciones sociales y la naturaleza (hay una diplomatura al respecto que se esta dando online en la Facultad de Filosofía y Letras – UBA)

    Me gustaría citar esta nota o algunos ejemplos que mencionas si se presenta la oportunidad! O leer más material tuyo si dispones!

    Saludos!

  10. Nadia

    Ulises! yo recuerdo mi infancia y mi adolescencia con el parque del fondo de mi casa lleno de luciernágas. Hace poco caí en la cuenta que hace años que no veo una. ¿Sabés algo del tema? saludos!

  11. Lia

    Hola, me gustó mucho tu presentación, dejas la puerta abierta a la reflexión y a la búsqueda, y en el punto de esta búsqueda pude ver una ventana relacionada con los pueblos originarios y la convivencia con su propia naturaleza, que en definitiva tiene un efecto claro en el orden y en el medio ambiente en el que habitan, se destaca en ellos una síntesis de sentido con eficiencia y efectividad cuando se han asentado fuertemente unos principios inamovibles para la comunicación y las relaciones en general, canalizando su complejidad hacia el arte y sus costumbres que son reflejos de su formato mental. Cada pueblo tiene un fragmento de verdad en el camino de nuestra soberanía en el S.XXI.
    Desde mi punto de vista nuestro principal obstáculo que genera todo tipo de efectos psico-ambientales es por el cúmulo de interferencias que impiden relacionarnos completamente con nosotros mismos en el desconocimiento de nuestra propia naturaleza y así evadimos encontrarnos con el sentido y propósito original, vacío compensado y a merced de las interpretaciones culturales y técnicas convenidas en la que cómodamente delegamos nuestra responsabilidad. De aquí surge para mí una concepción educativa sobre una economía y ecología mental para generar salud y abrir puertas a la participación en el servicio social para conocer y comprender esa realidad que hay que transformar.
    Los enlaces que logran consumar una comunicación y relación es la afinación de la empatía mediante la experiencia del saber sentir y por consecuencia saber pensar, lo que mueve al cuerpo está más allá del relato, y el proceso inverso es el simulacro limitado por los enlaces cerrados. Un solo enlace cerrado es suficiente para distorsionar todo un comportamiento. Es evidente la diferencia entre vida mental y vida en la realidad, el problema se encuentra en la causa original no en sus infinitos efectos y hay que considerar que las lógicas causantes intentan dirigir el movimiento adecuándolo a sus propósitos.
    La prioridad ahora son las dictaduras democráticas en nuestro continente, las comillas son a gusto del consumidor.


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