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El Gato
y La Caja

“Diseñamos nuestro mundo,
mientras nuestro mundo actúa
sobre nosotros y nos diseña.”

Anne-Marie Willis - Diseño ontológico

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Tres años y tres libros llevamos intentado definir qué somos y qué hacemos.
En algún punto, entendimos que las definiciones no iban a ser ni verdaderas ni falsas, sino que a lo sumo iban a ser transitoriamente útiles o inútiles.
Comprendimos que, como todos, somos lo que hacemos.

Año tras año y proyecto tras proyecto nos encontramos haciendo cosas nuevas, explorando los bordes de lo que sabemos, expandiendo las disciplinas involucradas en el proyecto, hallando nuevos agentes que se suman al equipo o proyectos afines con los que podemos armar emergentes. Ya sea creciendo desde adentro o encontrándonos con otra organización dentro del ecosistema del hacer, estos nodos nuevos nos dan como proyecto la posibilidad de jugar en territorios antes inaccesibles y salir al encuentro de lo inesperado, ya sean personas, lugares o ideas.

Esta forma de pensarnos en términos de organismo que explora y modifica el entorno se fue haciendo más útil al leer una conversación de Stuart Kauffman en la que nos encontramos por primera vez con el concepto de posible adyacente. Kauffman trabaja con sistemas complejos, particularmente en biología teórica. Esto implica tratar de llevar a lugares nuevos definiciones tan esquivas como qué significa estar vivo, y tratar de describir mínimas generalidades que nos permitan decir que los pedazos de Universo se comportan de una manera.

Kauffman dice que “las cosas que actúan por sí mismas, que se reproducen y son capaces de generar por lo menos un ciclo termodinámico” son agentes autónomos, y agrega reglas generales que definen la actividad de estos agentes y la construcción de los sistemas en los que estos agentes se desarrollan. Kauffman esboza cuatro reglas generales: la primera sostiene que los agentes autónomos buscan jugar el juego más complejo que pueden; la segunda y tercera tienen que ver con la construcción de ecosistemas y la criticalidad auto-organizada en esos ecosistemas, y la cuarta se refiere a la idea de lo adyacente posible, a la exploración de la posibilidad inmediata. Él dice que puede ser que las biosferas sigan expandiéndose en lo posible adyacente. Al hacerlo, aumentan la diversidad de lo que puede suceder a continuación. Las biosferas maximizan la tasa de exploración del posible adyacente. Si lo hicieran demasiado rápido, destruirían su propia organización interna. (..) Exploran el posible adyacente tan rápido como pueden salirse con la suya.

La idea de exploración de posibles adyacentes como forma de entender lo que hacemos se vuelve todavía más contundente al ver cómo Steven Johnson (en un ensayo para el Wall Street Journal) tomó esa idea y la extendió a la forma en la que nacen las ideas nuevas. Para Johnson, el posible adyacente es una especie de sombra del futuro que se cierne sobre los bordes del estado actual de las cosas, un mapa de todas las formas en las que el presente puede reinventarse.

La idea de crear a partir de la recombinación, de la exploración de una frontera que se agranda a medida que se explora llegó inclusive a tener una formalización como modelo matemático a principios de 2017, cuando Vittorio Loreto modeló los patrones de innovación de palabras, de dispositivos tecnológicos y hasta de ediciones de Wikipedia usando la idea de posible adyacente como forma de mirar. El posible adyacente es entonces esa frontera en expansión, es el conjunto de todas las ideas, palabras, canciones, moléculas, genomas o tecnologías que están a un paso de lo que existe. Es la creación de algo en particular que colapsa el espacio de posibilidades inmediatas explorables. Con esta idea en mente, es un poco más sencillo (y preciso) comprender y compartir qué es el Gato y qué hace (qué hacemos).

Si partimos de la base de que el Gato es una voluntad, una urgencia y una necesidad de compartir la ciencia como forma de mirar y de verla colarse en tantos espacios como sea posible −tanto los agradables como los útiles−, entonces lo que hacemos va a ser la manifestación práctica de esa voluntad, el colapso de los posibles adyacentes accesibles teniendo en cuenta tanto los agentes que participan del proyecto en el momento como las características del entorno.

Cuando empezamos hace unos tres años éramos un equipo mínimo de tres personas, de las cuales dos habían estudiado una carrera científica y la otra diseño. Las herramientas con las que contábamos eran internet y las redes sociales, lo que representaba un soporte extremadamente poderoso en términos de escalabilidad y llegada potencial y que tenía al mismo tiempo un costo inicial de cero pesos (lo que se ajustaba muy bien al presupuesto con el que contábamos). Así, la primera forma del Gato es un intangible: una cuenta de Twitter que comparte pequeñísimas historias de ciencia en forma escrita y que luce de determinada manera, como resultado de un proceso de búsqueda de una identidad. Esos primeros tuits y esos esbozos de narrativa visual pronto se expandieron a sus posibles adyacentes: sin dejar de ser lo que son, esos elementos básicos saltaron a otra red social y así, de pronto, estábamos en Facebook. Esa voluntad de contar historias encontró todavía otro soporte al empezar el sitio web, que representó (y creemos que aún representa) un emergente muy claro de la interacción entre científicos que querían compartir las cosas que los apasionaban y artistas que decidían tomar esas historias de ciencia, apropiárselas y darles una representación en forma de imagen. La patita de comunicación del Gato creció con una exploración de lo cercano, que incluyó desde ciclos de ilustración con temática científica en colaboración con proyectos de ilustración, hasta pósters donde se mezclaban descubrimientos científicos con cultura pop. Al mismo tiempo, ese acto permanente de comunicación y búsqueda de una relación horizontal y bidireccional con los lectores fue generando −y permitiéndonos a nosotros observar y valorar− uno de los elementos más significativos para el proyecto: la Comunidad. Los cientos de comentarios en redes sociales y en el sitio hicieron que empezáramos a ver al Gato también como un contexto, un espacio en el que podían concentrarse y recombinarse ideas. En palabras de Steven Jonhson, estábamos generando una red líquida en la que las interacciones entre personas generaban permanentemente ideas nuevas, remixadas, que nos permitían ver un paisaje de opciones y caminos a seguir. Y en palabras de Anne Marie Willis, estábamos haciendo diseño ontológico. Es decir, construyendo herramientas y diseñando entornos que nos diseñen a nosotros mismos y nos permitan construir las próximas herramientas que modifiquen ese entorno. Probablemente Willis, Johnson, Loreto y Kauffman deberían tomarse unos mates juntos, si no lo han hecho aún, quién sabe.

Pero para poder hacer más cosas y llegar a más lugares, este organismo necesitaba recursos; ese combustible capaz de generar trabajo que los mercados llaman ‘dinero’, y que no suele estar presente en proyectos de comunicación que comparten contenido en forma gratuita. Afortunadamente, una vez más, hubo herramientas a mano que nos permitieron construir el próximo hito, y así fue que durante el segundo año descubrimos el crowdfunding. De la interacción entre el Gato como proyecto de comunicación, la comunidad y la idea de que podemos invertir la lógica de generación de cultura al decidir los consumidores los productos que queremos que existan, nació el primer Anuario. Y del refinamiento de esa herramienta de financiamiento colectivo (incluIdo el desarrollo de un sitio propio de preventa de objetos y experiencias), surgieron los primeros soportes tangibles y los primeros recursos materiales. El organismo crecía en nuevas dimensiones..

Los autores e ilustradores que aportaban contenido se multiplicaban, y también fueron llegando a Gato personas que creyeron en el proyecto y se sumaron al equipo desde diferentes lugares del país. Al mismo tiempo, la actividad de comunicación había conectado a ese equipo con investigadores, desarrolladores y diseñadores, y había empezado a flotar de fondo una idea: ¿podemos, además de hacer comunicación, aprovechar las herramientas que tenemos para hacer investigación? La siguiente estación de posibles adyacentes incluyó un equipo grande y diverso capaz de imaginar e implementar experimentos usando desde teléfonos móviles a páginas web, y que hoy ha madurado hasta un sistema centralizado de adquisición de datos y una comunidad interesada en participar del desarrollo, la experiencia y la discusión de los resultados de esos experimentos.

A medida que crece esta exploración es que se hace más difícil de contar. La narrativa es una línea, y el Gato es un bicho expansivo y multidimensional, un árbol de ganas que se la pasa latiendo ciclos de caos y orden, de exploración e introspección. Cada proyecto nuevo puede recombinarse con un cachito de los anteriores; cada idea y cada persona puede encontrarse con un pedazo faltante que no sabía que existía, y de esa interacción puede emerger un punto nuevo del cual asirse para dar el próximo paso. Una extraña y hermosa verdad acerca del posible adyacente es que las fronteras crecen a medida que se exploran. Cada nueva combinación genera la posibilidad de recombinaciones nuevas, escribe Johnson. Si habrá tenido razón: el diseño de un experimento web (y la costumbre de hablar en público) nos permitieron hacer uno en vivo con miles de personas. Cada adición al equipo permitió no sólo que el Gato haga más cosas, sino que hiciera nuevas cosas, que surgían de contar ahora con conocimientos y habilidades en áreas cada vez más distantes y distintas. Cada experiencia de financiamiento colectivo, combinada con lo que aprendimos de diseño editorial y los investigadores con los que establecimos un vínculo, generaron Un libro sobre drogas. Cada texto de física nos acercó a publicar sobre filosofía, que nos llevó a explorar epistemología, diseño o sociología. Cada nota leída o editada resonó en la forma de plantear el próximo experimento. Cada evento donde nos encontramos, cada conversación, fortalecieron los vínculos internos necesarios para seguir explorando el afuera sin quebrarnos.

Organizamos este libro en Comunicación, Investigación y Diseño, no porque fuese una representación perfecta, sino una útil. Si alguien pregunta qué es el Gato, pueden contar esta historia o decir esas tres palabras. Pero sepan que la voluntad es tener siempre problemas, con suerte cada vez más serios, para ordenar y ampliar esa respuesta.

Si somos lo que hacemos, queremos hacer más. Queremos hacer mejor.

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