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Probala vos

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¿Cómo sabemos lo que sabemos? ¿Cómo se justifican las afirmaciones científicas? ¿Tienen las personas libre albedrío? ¿Qué es la verdad? ¿Por qué ‘vos no podés probar que Dios no existe’ es una afirmación flojísima de papeles?

La filosofía es el campo de estudio de preguntas ásperas y conceptos fundamentales. Es la nena que le sigue insistiendo a sus padres con los ‘por qué’ hasta que se cansan y la mandan a dormir. Pero esta nena, en su afán de darle sentido a estas preguntas, desarrolló una costumbre aún más interesante que responderlas: descartar aquellas que no tienen sentido. No se trata solamente de regodearse en la abstracción, sino de cultivar la capacidad de razonar acerca de nuestro propio pensamiento. TKM, instrospección.

Cortito y al pie, la filosofía se dedica a promover la claridad en los razonamientos y las discusiones. Por eso a menudo se mete con problemas que son dejados de lado por otras disciplinas. Es por ese mismo motivo que muchas veces los filósofos son generalistas, estudiosos que se dedican a entender un poco cómo funciona cada parte constituyente de la realidad.

Aunque, siendo justos, esta es sólo una manera de entender a los filósofos. Como en cualquier disciplina, los filósofos también vienen en todas las formas y colores. Y tal como le sucedió a cada campo de estudio a partir del advenimiento de la ciencia moderna, la filosofía también sufrió la hiperespecialización.

Así, en el afán de comprender un poco mejor cómo funciona el Universo —o, si nos agarran un día aventurados, comprender qué es el Universo— Bertrand Russell (<3) se destaca como uno de los últimos grandes generalistas. Nuestro pensador estrella nació en 1872 en el seno de una familia aristocrática británica, tan liberal para su época que su padre explícitamente consentía el romance de su madre con el tutor de sus hijos, el biólogo Douglas Spalding (ay, qué tendrán los biólogos). Y tal era el ateísmo de sus padres que le pidieron al mismísimo John Stuart Mill que fuera padrino del neonato Bertrand. Mill no sólo era amigo de la familia sino que fue un reconocido filósofo que defendió una ética utilitarista a partir de criterios racionales en vez de dogmas. Un empujador de gordos detienetranvías, digamos.

A los filósofos siempre nos molesta un poquito que los mejores filósofos hayan sido, en realidad, matemáticos. Russell no sólo no es la excepción, sino que casi establece definitivamente la regla. Otra regla válida para algunos filósofos, pero más floja de papeles, es que pasó su adolescencia muy angustiado e incluso contemplando el suicidio. Porque OBVIO que si estás comprometido con hacerte todas las preguntas, en algún momento llegás a la de ‘¿por qué no me pego un tiro?’.

En su autobiografía, Bertie cuenta que su hermano le mostró la obra de Euclides cuando tenía 11 años y que finalmente fue su deseo por saber más de matemáticas lo que le salvó la vida.

“La matemática posee no sólo verdad, sino también belleza suprema; una belleza fría y austera, como aquella de la escultura, sin apelación a ninguna parte de nuestra naturaleza débil, sin los adornos magníficos de la pintura o la música, pero sublime y pura, y capaz de una perfección severa como sólo las mejores artes pueden presentar.”

Bertie Russell, bombachero.


Pero no fue únicamente la matemática lo que cautivó a Russell, ni donde
dejó su única impronta. Como aventurado polímata, Russell no sólo aportó a la lógica y las matemáticas, sino que colaboró con la filosofía política, la ética, la historia, la crítica social, el activismo político, e incluso el pacifismo: Russell le presentó la problemática de la guerra a Paul McCartney, que luego se la comentó a John Lennon, y el resto fue todo all we are saying is give peace a chance.

Su obra tuvo una tremenda influencia en el desarrollo de la lógica, la matemática, la teoría de conjuntos, la lingüística, la inteligencia artificial, las ciencias cognitivas, las ciencias de la computación, y dentro de la filosofía en la filosofía del lenguaje y en la metafísica (la que se pregunta por la naturaleza de cuestiones como los números, la identidad, el tiempo, el conocer y el ser, entre otras cosas, y no la que ponen en los cartelitos que te dan en la boca del subte al lado de ‘Tarot’).

Como de 4 a 4:15 tenía tiempo, ganó además un Nobel de literatura.

Este carácter de intelectual público es lo que a muchos nos inclinó hacia la ciencia y la filosofía. En su pensamiento no hay mayores diferencias entre ellas, en tanto que para Russell se necesitan mutuamente: una filosofía que niega los avances de la ciencia no es sensata, del mismo modo que una ciencia que ignora las críticas que hace la filosofía no está bien encaminada.

Quizás una de las definiciones que mejor le cabe a Russell es la de humanista. Si bien dio el puntapié que puso en marcha el desarrollo de la lógica simbólica, estaba muy preocupado por las consecuencias prácticas de la filosofía. Como humanista, Russell argumentó toda su vida que el pensamiento crítico y su fundamentación en las pruebas empíricas deben anteponerse a los dogmas o la superstición (<3 <3). Somos los humanos, después de todo, los únicos que podemos discutir sobre cómo debemos vivir y no vale tomar la palabra de amigos imaginarios o espíritus, por más populares que sean. Esto se alinea con la concepción de la filosofía como una práctica de vida:

“Incluso si las ventanas abiertas de la ciencia primero nos hacen temblar luego del cómodo calor de los mitos, finalmente el aire fresco nos vigoriza y los grandes espacios logran su propio esplendor.”

De su humanismo se desprende su secularismo, la idea de que las instituciones religiosas deben estar separadas del Estado. Es por esto que Russell, reconocido como un vocal promotor de la descreencia, dedicó gran parte de su vida a elaborar los argumentos para que la religión quede descartada como fundamento moral, político o científico.

Russell se describía como agnóstico para el público lo suficientemente letrado en filosofía como para entender los matices, pero como un ateísta para el público popular. Esto tiene que ver con que no podemos probar la inexistencia de, bueno, prácticamente nada. Afirmar con total certeza que Dios no existe resulta tan irracional como afirmar con total certeza que de hecho está en el cielo. Como buen filósofo, Russell optó por estrellar esta idea con una fabulosa analogía que ilustra la ‘carga de la prueba’. Este concepto filosófico apunta a señalar que es responsabilidad del que afirma algo infalsable presentar pruebas de su existencia, y no responsabilidad del escéptico presentar ‘pruebas de inexistencia’. Pero como además de todo Russell escribía tan lindo, lo mejor es leerlo a él directamente:

“Muchas personas hablan como si fuera asunto de los escépticos refutar los dogmas recibidos en vez de que sean los dogmáticos quienes los prueben. Por supuesto, esto es un error. Si yo sugiriera que entre la Tierra y Marte hay una tetera de porcelana girando alrededor del Sol en una órbita elíptica, nadie podría refutarme, siempre que yo tuviera la precaución de aclarar que la tetera es demasiado pequeña como para ser vista incluso por alguno de nuestros más poderosos telescopios. Pero si luego yo dijera que como mi afirmación no puede refutarse no sería tolerable por parte de la razón humana dudar de su existencia, pensarían de mí, con toda la razón del mundo, que estoy diciendo sinsentidos. Sin embargo, si en los libros antiguos se afirmara la existencia de esa tetera, se la enseñara como la sacra verdad cada domingo, y se la instalara en las mentes de los niños en la escuela, la duda a la hora de creer en su existencia se convertiría en una señal de excentricidad y se haría que el dubitativo reciba atención psiquiátrica en una era ilustrada, o la atención de un Inquisidor en una era anterior.”

Una remera que diga.


Claro que esto es una analogía y no un argumento filosófico exhaustivo. Algunas críticas que le han hecho es que a los religiosos esta analogía no les aplica porque la “””””””evidencia religiosa””””””” (comillas comillas)  es experimentada a través de la revelación personal y no puede verificarse objetivamente. Pongamosle que sí (es clave alargar la ‘a’ en pongámosle y achinar un poco los ojos), que es cierto.

PONGAAAAAAAAAAMOSLE

PONGAAAAAAAAAAMOSLE

Aún así, hay muchas afirmaciones religiosas que tocan en lo empírico y bueno, en la evidencia se ven los pingos; que si la tetera es de porcelana pero no se vé y no sabés por qué, no me vengas a decir que te tengo que creer, María Elena.

Para Russell la religión no es mucho más que superstición, y aunque pudiera tener algún pequeño impacto positivo a nivel individual, es mayormente nociva y peligrosa para las personas. Si bien nunca se definió como antiteísta, su postura coincide bastante con esta. Christopher Hitchens (<3 <3 <3) decía que el antiteísmo no sólo sostiene que las religiones son versiones de la misma falsedad, sino que la influencia de las iglesias y el efecto de las creencias religiosas son claramente dañinos.

Algunos años después de haber escrito sobre su tetera, Russell la vinculó explícitamente con su ateísmo:

“Debería definirme como un agnóstico, pero para los fines prácticos soy un ateísta. No creo que la existencia del Dios cristiano sea más probable que la existencia de los dioses del Olimpo o Valhalla. Para ponerlo de otro modo, nadie puede probar que entre la Tierra y Marte no hay una tetera de porcelana girando en una órbita elíptica, pero nadie piensa que de esto se desprenda que tengamos que pensar que sí la hay. Pienso que la existencia de un Dios cristiano es igualmente improbable.

La figura de Russell incluso hoy se nos presenta como un indispensable; como esa voz insoportable, pero bien, que cuando podríamos quedarnos cómodos con alguna respuesta, nos recuerda que siempre podemos seguir preguntando ‘¿por qué?’, y que por más que muchas preguntas parecieran tener sentido, no todas merecen una respuesta. O, como diría Hitchens, aquello que puede sostenerse sin evidencia, puede dejarse de lado sin evidencia.