Saber y saber quién sabe

¿Cómo diferenciamos a un experto de un falso experto?

NO SABEMOS QUE NO SABEMOS NADA

A veces, no reconocemos a un experto como tal, o atribuimos experticia a alguien que no la tiene realmente. Por eso, consideramos verdades cosas que no lo son, o mentiras cosas que son verdad.

Cuando esto se combina con factores como las creencias y las emociones, nuestras equivocaciones al pensar y el tribalismo, tenemos un problema: nos será más difícil reconocer la verdad y valorarla como tal, incluso si acceder a ella es lo que nos motiva.

En la escuela primaria, aprendimos las operaciones básicas de la matemática: sumar, restar, multiplicar y dividir. ¿Había acaso algo más? Cuando salimos de la primaria, tal vez pensábamos que, en el secundario, matemática se limitaría a aprender a realizar operaciones con números más grandes… en vez de centenas, ¡millones! Qué sorpresa cuando aprendimos que hay más números, trigonometría, logaritmos o cómo calcular el límite de las funciones. Y, para los que hacen o hicieron carreras universitarias con matemática, ¿no es sorprendente, cuando uno entra a la universidad, descubrir que todas esas cosas son apenas detalles, aplicaciones particulares de otras cosas más grandes y más generales?

No solo fuimos aprendiendo más contenidos de lo que pensábamos que era la matemática. Fuimos aprendiendo algo más: el campo entero de la matemática resultaba ser tanto más grande de lo que intuíamos al principio.

Es más, es como si, a medida que sabemos más, nuestra percepción acerca de lo que nos queda por saber fuera cambiando. Cuanto más expertos somos en un campo, ¿cuánto creemos que sabemos respecto de la “totalidad” de lo que hay por saber en ese campo?

Muchas veces, se le atribuye a Sócrates la frase “solo sé que no sé nada”. Si bien la atribución es generalmente rechazada, puede servirnos para filosofar respecto de su significado. Una interpretación posible podría ser que Sócrates dice no saber nada, pero que por esto mismo sabe algo más que los demás, que tampoco sabían nada. Ni siquiera sabían que no sabían nada. Ojalá fuera así para todos. Ojalá todos supiéramos que no sabemos casi nada. Pero no es así. En general, no sabemos que no sabemos.

Lo bueno es que podemos saber sobre lo que sabemos y no sabemos, y sobre cómo nos percibimos sabiendo. En 1999, Justin Kruger y David Dunning publicaron un trabajo científico maravilloso y fundacional: “Incompetentes sin saberlo: cómo las dificultades a la hora de reconocer la propia incompetencia llevan a autovaloraciones exageradas”. Quizás, este paper debería ser trabajado en las escuelas secundarias, publicado en los diarios, discutido en la mesa familiar. Es clave. Es esencial.

Dunning y Kruger hicieron lo siguiente. Por un lado, evaluaron en un grupo de personas cuán buenos eran en varios ejes: 1) sentido del humor (habilidades sociales); 2) razonamiento lógico (habilidades intelectuales); 3) gramática inglesa (conocimiento específico). Por otro lado, les pidieron a los participantes que estimaran cuán buenos creían que eran en cada una de las habilidades evaluadas.

Para dar un ejemplo, los resultados que obtuvieron respecto del razonamiento lógico fueron sorprendentes.

A los menos capaces les cuesta más darse cuenta de que son incapaces. Es triste. Como dicen los autores, los más incompetentes sufren de dos problemas: “No solo llegan a conclusiones equivocadas y decisiones desafortunadas, sino que su incompetencia les impide darse cuenta de eso”. Posiblemente, las habilidades que permiten ser competente en un campo determinado sean las mismas que hacen falta para evaluar cuán competente se es en ese campo. Para darnos cuenta de si hacemos algo correctamente o no, necesitamos las mismas habilidades y conocimientos que para hacerlo bien.

Es como si, además de no saber, estas personas tuvieran una dificultad en la capacidad de reflexionar sobre cómo piensan, por lo que podemos decir que son poco introspectivos respecto de esas tareas.

Dunning y Kruger obtuvieron resultados similares en los tres ejes que evaluaron (y acá va una aclaración importante: una misma persona podía ser muy competente en uno de los ejes y muy poco competente en otro). Hicieron otros experimentos y pudieron concluir que la metacognición –nuestro pensamiento sobre nuestros pensamientos– no solo tiene que ver con la capacidad de evaluar cuán bueno resulta uno mismo para determinada tarea, sino también para darse cuenta de cuán buenos son los demás. En otros experimentos, Dunning y Kruger vieron que ocurren dos cosas: sus resultados en estas pruebas mejoran, y también mejora su metacognición, como lo evidencia la disminución en la distancia entre su rendimiento real y la percepción que tienen de él. ¡Así que hay esperanza!

Cuando Dunning y Kruger publicaron este trabajo, muchos otros investigadores buscaron replicarlo, y lo consiguieron. Para que un nuevo conocimiento resulte confiable, es esencial que pueda ser reproducible. Este fenómeno se observó desde entonces muchísimas veces y en distintas situaciones. Hoy, el “unskilled and unaware” es aceptado como un sesgo cognitivo particular y se lo conoce directamente como efecto Dunning-Kruger.

Seguramente, cada uno de nosotros puede pensar en muchos ejemplos particulares que parecen seguir esta especie de regla general. La probabilidad de que un negocio nuevo (una cervecería artesanal, una librería, un café, una compañía de Internet) pueda sobrevivir cinco años, por ejemplo, es muy baja. Supongamos, de un 30%. Si se le da esta información a una persona que quiere poner un negocio nuevo, y también se le pregunta cuál cree que es la probabilidad de que su negocio particular tenga éxito en ese contexto, seguramente la va a sobreestimar y dirá un valor más alto, por ejemplo, del 60%. De algún modo, es como si pensaran que la estadística no tiene nada que ver con ellos. A esto se lo suele llamar efecto por encima de la media (above-average effect), y se observa siempre, en mayor o menor medida, en distintas situaciones y culturas. Se trata de un sesgo, porque claramente no puede ser que a todo el mundo le vaya mejor que al promedio, o el promedio no sería el promedio, ¿no es cierto?

Cuando vemos un partido de fútbol y a nuestro equipo no le va bien, sabemos con mucha certeza qué cambios habría que hacer en la formación del equipo o en la estrategia de juego. Todos somos DT. En nuestra ciudad, la mayoría de los conductores manejan muy mal, aunque, si pensamos en cómo maneja cada uno de nosotros, quizá muchos diremos que lo hacemos mejor que el promedio, ¿no? Y nos estamos acercando al problema de esto: la mayoría de nosotros maneja mejor que los demás. ¿Se ve adónde vamos?

Cada vez que estudio un tema nuevo, por curiosidad o necesidad, me pasa lo siguiente: en mi punto de partida, siento que sé bastante, y a medida que aprendo, voy viendo cuánto más hay por aprender y cuán poco sé en realidad. El punto de llegada se aleja progresivamente, como en la paradoja de Aquiles tratando de alcanzar a la tortuga. A medida que avanzo, la “meta” de alcanzar un conocimiento total sobre un tema siempre parece estar un poco más allá.

Ahora, ¿qué pasa si esto, que tantas veces planteamos como algo que les sucede a “los demás”, lo hacemos rebotar sobre nosotros mismos haciendo introspección? El incompetente no es el otro. Somos todos y cada uno de nosotros. Probablemente, no lo seamos en todas las áreas, pero seguro que en muchas sí.

Y si ahora estás pensando que hablemos por los demás, porque a vos eso no te pasa, pensá otra vez. Y otra vez más, si hace falta.

¿Por qué esta especie de agresividad? ¿Por qué esta destrucción aparentemente gratuita de nuestra autoestima? Porque muchos preferimos saber que no sabemos a la ilusión de saber.

Hacer una búsqueda en Internet nos da la ilusión de poder ser expertos con unas horas de “investigación”. Primero, aun si se trata de muchas horas en Internet, tenemos que tener presente el efecto Dunning-Kruger y aceptar que difícilmente les lleguemos a los talones a los verdaderos expertos del campo sobre el que estemos leyendo. Lo más probable es que no tengamos la experticia ni para entender a fondo los temas, ni para evaluar las evidencias por nosotros mismos. Ese “investigar” que podemos hacer con Internet no es comparable a una investigación real, profesional, realizada con metodologías probadas y control de la calidad por parte de los expertos del campo en cuestión.

No es por defender a los expertos como una secta inaccesible. No es inaccesible. De hecho, cualquiera de nosotros que quiera volverse experto en algo seguramente podrá hacerlo, e Internet será una herramienta tremendamente útil para esos fines. Pero eso no es suficiente. Hay que agregarle dedicación, paciencia, exposición a múltiples perspectivas, un análisis de qué tan confiable es cada fuente, evaluar qué información fue expuesta al juicio de pares y, muchas veces, de esa investigación saldremos con ideas, conocimiento nuevo que debe ser, como todo conocimiento, validado. Volvernos expertos requiere tanto de formación específica como de experiencia.

La mayoría de nosotros no le diría a un piloto de avión cómo manejarlo, pero sí le gritaríamos al conductor de un auto para decirle que aprenda a manejar. En ambos casos, se trata de habilidades que podríamos considerar técnicas, pero quizá la mayor familiaridad que tenemos con manejar autos hace que nos sintamos con más capacidad de juzgar cuán buen o mal conductor es el otro. Sin embargo, recordemos: no podemos todos nosotros manejar mejor que el promedio.

Entonces, cuando no sabemos algo, no nos damos cuenta de que no lo sabemos. Confundimos el conocimiento con el conocimiento al que podemos acceder. Lo bueno de esto es que, tan pronto como nos damos cuenta de que otros saben más que nosotros, más sabemos nosotros. Ponemos una bandera en este costado, el de “no sabemos que no sabemos nada”, y ahora vamos hacia el otro lado, el de los expertos competentes. Primero, porque existen. Segundo, porque son los que aportan en la generación de los consensos, y validan o descartan las evidencias. Tercero, porque combatir la posverdad implica ser capaces de reconocerlos para poder navegar en mundos que nos son desconocidos.

LOS EXPERTOS COMPETENTES

Volvamos a lo que observaron Dunning y Kruger con el grupo de personas que tuvieron el mejor desempeño. En ese caso, también hay una leve distorsión de cuánto creen saber, pero subestiman cuán bien les va. Lo que falla en este caso es distinto de lo que fallaba con los menos competentes. Mientras que los incompetentes no se dan cuenta de que lo son, porque no se dan cuenta de que están equivocados, los expertos creen que no son tan buenos porque sobreestiman la habilidad del resto de las personas. Creen que lo que es fácil para ellos es fácil para los demás, que lo que ellos saben lo sabe todo el mundo. Este es otro sesgo cognitivo que se conoce como la maldición del conocimiento: a veces, los expertos saben tanto que terminan olvidando lo que era no saber, haciendo que la comunicación entre expertos y no expertos se dificulte. Sumado a esto, está el falso consenso que nace del hermetismo de comunicarse solamente con colegas y que les hace suponer que lo que se piensa dentro de su comunidad es representativo de lo que pensamos los demás.

En los experimentos, a diferencia de lo que ocurre con el grupo de los que no saben, los expertos pueden modificar su postura cuando se les muestra evidencia de que están equivocados: cuando a los que rinden mejor se les dice que los demás rinden peor que ellos, son capaces de corregir su percepción y acercarla más al valor real, mientras que cuando se intenta lo mismo con los incompetentes, no logran corregir su percepción.

¿Estamos de acuerdo en que hay expertos? ¿En que hay gente que es muy competente en campos de conocimiento en los que nosotros no lo somos? Plantemos ahí la otra bandera, la de los expertos competentes.

Entre nuestras dos banderas, la de ser incompetente y la de ser experto, hay un largo trecho. Como con otras cuestiones, no se trata de valores discretos, sino de algo gradual, un continuo, un espectro.

Para volverse experto en algo, hacen falta años de estudio, de experiencia o de ambas cosas. Como dijo el Dr. Stephen Strange, “estudio y práctica, años de eso”.

Momento de darle la bienvenida a la introspección para tratar de identificar en nosotros mismos, con honestidad, en qué somos realmente expertos. Una vez que hacemos la lista mental, todo lo que no entra en ella pertenece, o bien al campo de aquello en lo que medianamente nos defendemos, o al de aquello sobre lo que no sabemos en absoluto.

Además, esa experticia no es transferible a otros campos. Stephen Hawking, experto físico teórico, llegó a decir en su libro The Grand Design que “la filosofía está muerta”, lo que mostró su ignorancia en al área. Los premios Nobel Kary Mullis y Luc Montagnier, por ejemplo, son expertos que realizaron impresionantes avances en sus disciplinas. Mullis inventó una técnica que revolucionó la biología molecular: la PCR. Luc Montagnier identificó que el virus que causa el sida es el VIH. Pero Mullis también manifestó que cree que el VIH no provoca sida, que existe la proyección astral, que hay extraterrestres que secuestran personas y que el cambio climático no es real. Por su parte, Montagnier ha dicho, por ejemplo, que las vacunas son peligrosas y que el autismo se puede curar con tratamientos alternativos, por lo que ambos comparten el Dunning-Kruger de platino.

Hoy, saber es también saber qué cosas uno sabe y qué cosas no, y, para las que no, saber buscar a quien sí sabe.

Un experto sabe, pero más saben muchos expertos del mismo campo. Y de ahí llegamos, nuevamente, al consenso científico. Como ninguno de nosotros puede aspirar a llegar a ser realmente experto en todas las áreas a lo largo de su vida, tarde o temprano debemos confiar en los expertos en casi todos los aspectos cotidianos. Esa confianza no debe ser de entrega total a lo que dice un experto en particular, pero podemos estar tranquilos, no solo porque el consenso es grande, sino porque esperamos que, dentro de la comunidad de expertos, haya un control permanente por parte de los demás científicos.

LOS FALSOS EXPERTOS

Pero tenemos un problema práctico. Hay personas que simulan muy bien ser expertos y no lo son realmente. Si, además, nosotros no somos expertos en el campo en cuestión, no tenemos el conocimiento necesario para darnos cuenta de si se trata de un experto real o de un falso experto.

A veces, podemos intuir que estamos ante uno de ellos. Por ejemplo, si leemos en un diario una nota sobre un tema que dominamos, en el que un supuesto experto dice determinadas cosas, quizá notemos que está diciendo barbaridades y que es imposible tomar a esa persona en serio. Pero nos damos cuenta… porque somos expertos. Si no lo somos, se vuelve mucho más difícil. ¿Cómo hacer? En la vida real, las personas no vienen con un sello de “certified” que nos diga si son verdaderos o falsos expertos.

En Estados Unidos, hay un cirujano conocido como “Dr. Oz” que se hizo famoso al participar como “experto de salud” en el popular programa de televisión de Oprah Winfrey en 2004. Esto le permitió tener su propio programa, The Dr. Oz Show. Allí, habla de cuestiones médicas y da consejos de salud, y su audiencia es de casi 3 millones de personas por día. Pero ¿es un experto o un falso experto?

Podemos preguntarnos si lo que dice sobre salud acompaña o no los consensos del área. Mucho de lo que Oz sostiene en su programa entra dentro de lo que se conoce como medicina alternativa, así que un grupo de expertos evaluó contenidos de sus programas y vio que la mitad de lo que dice sobre salud está equivocado o no se sostiene en evidencias. Esta investigación fue publicada en una revista cuyos trabajos son revisados por pares, es decir, por otros científicos. Esto respecto de las afirmaciones que comunica en su programa, pero ¿el Dr. Oz es realmente un médico? Sí, es cirujano cardiotorácico. Es una persona formada, pero en una especialidad particular. Sin embargo, sus consejos de salud en su programa televisivo son de todo tipo. Pensar que un cirujano, incluso uno muy bueno, tiene mucho que aportar respecto de otras subdisciplinas de la medicina equivale a pensar que Messi, por ser un espectacular futbolista, bien podría también ser un buen jugador de básquet.

Por otro lado, podemos preguntarnos si publicó trabajos científicos. Al buscar “Oz MC[Author]” en el buscador PubMed, el más prestigioso del área biomédica, vemos que publicó algunos trabajos científicos, pero de su área específica. Algo que también puede servirnos para saber si alguien es o no un experto es ver si los expertos reales lo consideran uno de los suyos, y Oz no es particularmente reconocido dentro de la comunidad médica (aun cuando su programa recibió premios televisivos, incluidos varios Emmy, que poco dicen de su experticia como médico).

El Dr. Oz no es, entonces, ni tan experto como aparenta en su programa, ni un fraude total. No todo lo que dice en televisión es falso. ¿Qué hacemos, entonces, con esta información? Quizá, como mínimo, podemos preguntarnos si iríamos a un médico que el 50% de las veces nos da información certera y válida y, el otro 50%, información fraudulenta, algo que bien podríamos obtener de tirar una moneda. En América Latina, no conocemos mucho al Dr. Oz, pero sí aparecen con frecuencia expertos y falsos expertos en los medios, particularmente en temas de salud.

Para lograr diferenciar un experto competente de un falso experto, podemos fijarnos en los aspectos que mencionamos recién, pero sin olvidar otra cosa que ya comentamos en el capítulo anterior: nuestras creencias y nuestro tribalismo podrían influir en esto, haciéndonos considerar que un falso experto es competente –o viceversa– según si sostiene ideas con las que concordamos o no. Necesitamos estar alertas a esta posibilidad.

Ahora, supongamos que identificamos a alguien como experto y confiamos en lo que dice. ¿Estamos cayendo en una falacia de autoridad? No necesariamente. Depende, en gran parte, de cómo nos relacionamos con ese discurso del experto. ¿Lo tomamos como una guía o confiamos ciegamente? Si se demuestra que estaba equivocado o nos mentía, ¿podremos cambiar de postura o lo defenderemos a muerte, acusando a los demás de querer destruirlo? En esto, mucho depende de nosotros, y no solo del otro.

Igualmente, si volvemos a la posverdad, el tema de los expertos no sería demasiado problema si lo más grave que puede ocurrir es confundir uno falso con uno verdadero. La realidad es que desconfiamos de los expertos, y quizá esa desconfianza esté, por lo menos en parte, justificada.

¿DE DÓNDE PROVIENE LA DESCONFIANZA?

Desconfiamos de los expertos por muchos motivos, y si somos más conscientes de cuáles son, al menos podremos evaluar si se justifican o no en cada caso particular. Esa es la primera barrera que le podemos poner a la posverdad.

Para empezar, muchas veces los expertos competentes sencillamente se equivocaron. Los médicos nos dieron consejos de salud que más tarde quedó claro que no eran correctos, o nos dieron información incompleta; los Gobiernos cometieron y siguen cometiendo errores increíbles, etc. En algunos casos, esto se debió a una mala interpretación del consenso, a considerar que algo “ya se sabía” cuando en realidad todavía no estaba tan claro. O también puede haber habido una mala comunicación, que aparentaba más certeza de la que en realidad había. Pero, concretamente, a veces terminó siendo evidente que los expertos no tenían las cosas tan claras después de todo. Contradicciones, idas y vueltas… todo eso no ayuda a que inspiren confianza.

En otros casos, los expertos mintieron. Son seres humanos, con todo lo que eso conlleva, hasta las miserias de querer llamar la atención, sucumbir a las presiones de grupos de poder o incluso a sobornos.

También, ocurre que los vemos muy lejos de nosotros. Es como si fueran una élite en un castillo de cristal, inaccesible para los mortales. Hablan y no les entendemos. Y ellos, bajo la maldición del conocimiento, no se dan cuenta de que no todos sabemos lo que ellos saben. Así, los sentimos alejarse progresivamente de nosotros.

No ayuda tampoco que, a veces, algunos de ellos se comunican con lenguaje condescendiente y moralmente superior, como si fuéramos estúpidos o ignorantes y los necesitáramos para señalarnos el camino del “bien”, como si fuéramos incapaces de encontrarlo por nosotros mismos. Quizá sentimos que el enfoque de algunos expertos no nos representa, o que no compartimos con ellos el mismo conjunto de valores que para nosotros son esenciales. Puede que los sintamos como otra tribu. Algunos, además, muestran una total falta de empatía con las preocupaciones, sufrimientos o alegrías de las personas. O, también, puede pasar que sencillamente no nos guste que los expertos nos digan lo que tenemos que hacer o no hacer.

Otro posible motivo de desconfianza generalizada es el desconfiar de todo, del sistema, de quienes están en el poder, no importa quiénes sean. Esta actitud “antisistema” a veces termina haciendo no solo que quienes la adoptan no puedan considerar como válido lo que dice un experto, sino, lo que es quizá todavía más grave, que si algo es dicho por un experto, “entonces la verdad es exactamente lo opuesto a lo que dijo”.

Todas estas pueden ser razones para desconfiar, pero necesitamos preguntarnos adónde nos lleva esa desconfianza si se dirige a todos los expertos por igual. Si no confiamos en nadie, entonces deberemos confiar en nuestra intuición, en nuestras creencias irracionales o en lo que dice nuestra tribu, y si realmente nos motiva identificar la verdad, esta no es una aproximación efectiva.

DESCONFIANZA Y POSVERDAD

Si estamos efectivamente hartos de los expertos –y aun si decidiésemos asumir que es completamente su responsabilidad–, vamos a tener que encontrar la forma de reparar esta relación porque los necesitamos para luchar contra la posverdad. Aunque algunos expertos puedan traicionarnos, no todos lo harán. En efecto, el hecho de que sepamos que hubo expertos que se equivocaron, o que fueron corruptos, o que mintieron, muestra que nuestros mecanismos de control pueden funcionar. Sí, es un riesgo, pero “lo perfecto es enemigo de lo bueno” y las alternativas son peores. Recuperemos la confianza en ellos, siempre con cuidado y estando alertas.

A veces, me incomoda mucho confiar en la experticia de alguien. Pero después noto cuántas veces estoy confiando tácitamente y no me doy cuenta, a veces incluso poniendo mi vida en juego: cada vez que cruzo una calle, confío en que los conductores frenarán porque me vieron y saben manejar, confío en que sus autos fueron revisados por mecánicos que saben de su trabajo, confío en que los autos fueron fabricados por empresas que saben hacerlo. Son todos expertos “sin cara”, que no puedo identificar. Y, sin embargo… ahí me animo. Cuando veo que me está surgiendo la incomodidad respecto de un experto en particular, trato de reevaluar si efectivamente es un experto, y no un falso experto, y si entonces puedo confiar en su criterio.

En estos últimos tiempos, además, las redes sociales favorecen que cualquiera opine sobre lo que sea. Es como si, de pronto, estuviéramos llenos de expertos, que encima son expertos en todo. Esto no es más que una manera de colaborar con la generación de posverdad culposa, porque los consensos se confunden, las posturas se equiparan y se normaliza la sensación de que tiene la misma validez quien habla desde su opinión personal, sin evidencias, que quien lo hace desde una extensa formación.

De hecho, ¿cuán seguro estás de tus conocimientos antes de opinar sobre un tema determinado? Así como mansplaining es la palabra que se inventó para cuando un hombre da a una mujer una explicación sobreestimando su competencia debido únicamente al género de los hablantes, podríamos hablar de dunningkrugersplaining cuando una persona sin conocimientos le explica a un experto cómo son las cosas debido únicamente a la esquiva relación que hay entre la confianza que tenemos en nuestras opiniones y la competencia real que tenemos para opinar.

En la desconfianza hacia las vacunas, además de creencias, emociones, sesgos cognitivos y componentes tribales, también tenemos desconfianza hacia los expertos competentes y confianza en falsos expertos e, incluso, en páginas anónimas de Internet, blogs o foros. Alguien que ya tiene una duda instalada respecto de la seguridad de las vacunas buscará en Internet y encontrará muy fácilmente material que parezca justificar su postura. De hecho, muchas veces estas personas le dicen al resto que “investiguen por su cuenta” (“do your own research”). Al hacerlo, caen de lleno en el sesgo de confirmación, siguen actuando en función de sus creencias previas, no toman en cuenta la calidad y cantidad de evidencias, las certezas e incertezas, y también hacen lo que se considera apropiado dentro de la tribu de quienes dudan de las vacunas.

¿Qué hacemos si nuestro médico de cabecera no es un experto? ¿Si, por ejemplo, nos dice que las vacunas son peligrosas, o que una vida saludable alcanza para estar sano? Cuando elegimos a un médico no solemos tener en cuenta ni su formación académica ni su experiencia. O, si consideramos estos aspectos, quizá priman otros, como si nos “inspira confianza”, si nos “sentimos cómodos” de compartir nuestras dudas o si fue recomendado por personas en quienes confiamos. El vínculo con el médico se reafirma y, llegado un momento, es difícil que dudemos de lo que dice.

Un profesional particular puede estar equivocado, o puede ir en contra del consenso en su área. Generalmente, estos son casos excepcionales, pero existen. ¿Qué hacemos si pasa eso? Otra vez, lo importante es nuestro comportamiento frente a esta situación. Tenemos que elegir si seguir el consenso o seguir a ese profesional. Si lo que nos mueve es la búsqueda de la verdad, la respuesta es clara: debemos seguir el consenso. Si, a pesar de que, por ejemplo, se sabe que las vacunas son seguras, seguimos lo que nos dice el médico que las rechaza, ahí estaríamos cayendo en la falacia de autoridad: seguimos lo que nos dice la autoridad aun en contra de las evidencias.

Por supuesto, si se pretende adelgazar, puede que estemos eligiendo médicos que piensan como nosotros, pero buscar un nutricionista hasta encontrar uno que recomiende una dieta basada en chocolate y galletitas resultará en muchísimas cosas, salvo en pérdida de peso.

RECONOCER Y VALORAR A UN EXPERTO

Estuvimos hablando de la importancia de los expertos y de la dificultad que existe tanto para reconocerlos como para valorarlos. Este aspecto colabora con la generación de posverdad casual porque “ensucia la cancha”: la verdad puede parecer menos clara de lo que es, y la duda, más poderosa.

Hay dos puntos centrales que elegimos no tratar acá. Uno es que, a veces, los expertos sí están sometidos a algún poder o interés o, al menos, a quien financia su investigación. El otro es que, más allá de lo que nosotros hagamos o dejemos de hacer, y del cuidado y la reflexión que pongamos, está claro que otras personas podrían no hacer lo mismo. El primer punto será tratado en la próxima sección. El segundo, hagámoslo a un lado por ahora, porque aplica en realidad a todos los temas tratados hasta este momento, y será retomado al final.

Necesitamos reconocer a los expertos competentes porque es a través de ellos que podremos acceder, aunque sea indirectamente, al conocimiento sobre un tema. Esta nueva Guía de Supervivencia de Bolsillo pretende ofrecer algunas pautas prácticas nuevas para desentrañar todo esto:

 

GUÍA DE SUPERVIVENCIA DE BOLSILLO N° 7
¿Cómo reconocer y valorar a un experto?

1. ¿Somos realmente expertos en el tema? ¿Podríamos estar bajo el efecto Dunning-Kruger?

2. Si no somos expertos y desconfiamos de los expertos, ¿entendemos de dónde proviene ese sentimiento? ¿Podemos hacerlo a un lado en este tema?

3. Quien creemos que es experto, ¿está sosteniendo una postura que va a favor o en contra del consenso?

4. ¿Tiene formación y/o experiencia en el campo específico sobre el cual habla?

5. ¿Es reconocido dentro de su comunidad de expertos o está avalado por instituciones académicas reconocidas? ¿Tiene publicaciones revisadas por pares o reconocimientos específicos?

Este capítulo sumó la falta de confianza en los expertos y la dificultad de identificar cuáles son competentes y cuáles son falsos a los fenómenos individuales y colectivos que ya conocíamos, y cuando combinamos todo, tenemos una bomba de tiempo de posverdad. Vamos ahora al último de los capítulos de esta sección para analizar nuestra relación con la información, desde qué conocimiento nos llega a cuál aceptamos y si lo compartimos con los demás. Como con las creencias y las emociones, los problemas al razonar, el tribalismo o la desconfianza hacia los expertos, nuestra relación con la información es la que va a determinar en gran parte si seremos o no agentes difusores activos. Amplificadores de la posverdad.

 

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