De confianzas y consensos

¿Cómo maneja la ciencia la incerteza y la complejidad?

EL CONSENSO CIENTÍFICO

La posverdad es frecuente cuando es difícil encontrar el conocimiento: se aumentan y exageran las dificultades y aparecen confusiones, mentiras y ocultamientos. En cuestiones fácticas, la distinción entre cuál es la verdad y cuál no (siempre hablando en términos prácticos) necesita que entendamos no solo si hay evidencia, y de qué calidad es, en líneas generales, sino también dónde está el peso de la evidencia.

Ese conjunto de evidencias que vamos consiguiendo como humanidad es un cuerpo de conocimiento en permanente crecimiento y remodelación. La evidencia no dice siempre lo mismo, y es natural que así sea: puede haber errores metodológicos o de interpretación, los instrumentos pueden mejorar o fallar, o incluso podría haber cierta variación natural en los hechos. Pero si la enorme mayoría de los experimentos y observaciones dan resultados parecidos, ahí es donde está el peso de la evidencia.

Hoy, no solo la velocidad con la que aparece nuevo conocimiento aumenta cada vez más, sino que su transmisión a la sociedad también. Eso hace que todos nosotros tengamos a nuestro alcance, y cada vez con mayor facilidad, ese conocimiento, o al menos la descripción de ese conocimiento. A primera vista, podría parecer que eso nos protege contra la posverdad: si tenemos más información, entonces es más sencillo averiguar si una afirmación determinada es correcta o no. ¿Es efectivamente así? No mucho, y quizás esté ocurriendo exactamente lo opuesto.

Además de que pueden existir evidencias particulares que se contradicen entre sí, también puede haber influencias interesadas, especialmente, en temas que resuenan más en la política o en la sociedad. En estas situaciones, no es sencillo decidir en qué confiar y en qué no. Entre esa dificultad y nuestros propios sesgos cognitivos, es también cada vez más fácil convertir nuestra postura previa sobre un tema, de manera consciente o no, en una que está aparentemente basada en evidencias. Así, nos enfrentamos a una de las formas más traicioneras (para con otros y para con nosotros mismos) del manejo de la información: en vez de decisiones basadas en evidencias, tenemos evidencias basadas en decisiones: es muy sencillo seleccionar, del cuerpo total de evidencias disponibles sobre un tema, aquel subgrupo que se alinea mejor con nuestra postura.

El conocimiento es más que una mera colección de hechos de la que podemos seleccionar los que nos plazcan. En este caso, como tenemos algunas evidencias, creemos con más firmeza que nuestro juicio es correcto, lo cual vuelve a la cantidad y disponibilidad real de la evidencia un arma de doble filo. Hay algo que no cierra en esto, ¿no? Es tanta la abundancia de evidencias hoy, que al final es cada vez más fácil, y no más difícil, caer en la posverdad si no tenemos cuidado.

Si 100 observadores distintos dicen algo y 2 dicen lo contrario, ¿dónde cae el peso de la evidencia? En principio, parecería que en el primer grupo. Pero esto es solo cierto si los 100 observadores son independientes, o sea, si no están relacionados entre sí y cada uno aborda el mismo problema con su metodología. En cambio, si son apenas canales de difusión que repiten lo que se originó en una sola fuente, no tienen ningún valor adicional, y lo que hacen es generar una ilusión de consenso y conocimiento que no es tal.

Necesitamos, entonces, distinguir el conocimiento real de la ilusión del conocimiento; las voces del eco. No alcanza con conseguir alguna evidencia aislada que sostenga nuestras ideas.

Y esto vale también para este libro –o, al menos, eso intento–. Si cuento una historia o una anécdota, es para ilustrar algo que ya está relativamente validado y no para justificarlo a través de lo que digo. Si algo no tiene muchas evidencias que lo apoyen, o no sé si las tiene o no, cuento las que conozco. Si no tengo ninguna evidencia, o sostengo algo como opinión personal, también trato de aclararlo.

Si queremos sobrevivir a las trampas que la posverdad va poniendo en nuestro camino, hay que hilar más fino. ¿Cómo analizamos el conocimiento? ¿Cómo lo usamos? ¿En cuáles afirmaciones podemos confiar y en cuáles no? Y, sobre todo, ¿en qué grado podemos confiar en ella? No es fácil, porque tenemos que encontrar la justa medida entre extremos que no nos sirven: la confianza total y la desconfianza total.

Para averiguar cómo es algo, para acercarnos a conocer esa verdad, habíamos dicho que podemos buscar e interpretar evidencias obtenidas por medio de observaciones y experimentos. Cuánto confiar o no en cada una de estas evidencias es un asunto más delicado, pero se pueden establecer ciertas reglas generales que, aunque no sean infalibles, sirven como guía, tal como mencionamos en el capítulo sobre medicina. Ahora, complementaremos eso con un nuevo enfoque, una nueva capa de complejidad, que puede ser más general ya que se aplica con mayor claridad por fuera de los temas científicos y médicos.

Empecemos, entonces, por situaciones más sencillas. Muchas veces, la mayoría de los expertos en un tema particular concuerdan, a grandes rasgos, en las ideas centrales de su área. Incluso si discrepan en algunos puntos, estos son detalles frente a lo demás. Ese acuerdo básico se logra porque evalúan el cuerpo total de evidencias disponibles teniendo en cuenta su calidad y cantidad, y ven que señalan en una misma dirección, más allá de si alguna evidencia particular la contradice. Cuando las evidencias son múltiples, independientes, provienen de distintos campos y convergen en una interpretación única y coherente, se habla de convergencia o consiliencia de la evidencia. Esto es algo muy poderoso y para nada sencillo de lograr. Como decíamos antes, es importante que estos expertos generen y evalúen las evidencias de manera independiente y no repitiéndose los unos a los otros. En estos casos, hablamos de consenso científico.

En defensa de la independencia, hay incluso algunas evidencias que apuntan a que la corrección colectiva de la ciencia, la manera en la que cada afirmación está a prueba, en principio, permanentemente, funciona mucho peor entre científicos que están conectados (por ejemplo, que colaboran entre sí) que entre los que no lo están. Esto parece apoyar la idea de que, para producir resultados robustos, es importante que la actividad científica no sea endogámica, que haya grupos de investigación que aborden los problemas de manera independiente, y que esto esté facilitado desde quienes toman decisiones en política científica.

El consenso científico es algo muy distinto del consenso en nuestra vida cotidiana o política. Como ya comentamos antes con la palabra teoría, hay que tener en cuenta que las palabras técnicas tienen a veces un sentido particular dentro de una disciplina y otro, distinto, fuera de ella. Con la palabra consenso pasa algo similar. En el lenguaje cotidiano, la usamos para situaciones en las que un grupo se pone de acuerdo en algo. Quizás hay individuos del grupo que discrepan pero, por situaciones particulares, deciden que, a pesar de eso, apoyarán al grupo en el rumbo que se tome. En estos casos, los acuerdos pueden estar motivados por cuestiones sociales, políticas, etc., y no necesariamente por la búsqueda de la verdad o de la mejor solución posible para algo. En general, en el sentido común de la palabra, la idea de consenso apunta a la de negociación. Si salimos a comer con amigos y unos quieren cenar comida china y otros asado, tal vez terminemos yendo a comer carne asada a un restaurante coreano: consensuamos algo que nos cierre a todos, aunque no sea lo que queríamos originalmente. Pero el consenso científico es otra cosa. Cuando hay temas que en la práctica ya se consideran zanjados, podemos decir que se alcanzó un consenso científico. Acá, la palabra consenso es entendida como consenso en la interpretación de un conjunto amplio, diverso e independiente de evidencias de calidad, y no de lo que un grupo de científicos pueda opinar sin evidencias.

Por ejemplo, acá estoy haciendo lo que decía anteriormente. No hay muchas evidencias sobre esto. Una de las que hay (y que encontré, porque claro que podría haber otras que no conozco) fue citada para que cualquiera pueda buscarla y leerla. Lo otro que hago es usar un “lenguaje prudente”, como “evidencias que apuntan a” o “esto parece apoyar la idea de que”, también como un modo de señalar el grado de certeza que parece tener esta información.

No hay una definición formal de cuándo se alcanza el consenso en un tema, y, por supuesto, incluso cuando se alcanza no es algo estático, sino que sigue cambiando y modulándose a partir de nuevas evidencias e interpretaciones. El consenso va surgiendo gradualmente, y se sostiene siempre en evidencias y en cómo múltiples observadores distintos interpretan esa evidencia: a medida que se suman investigaciones de calidad, que abordan un problema desde distintos puntos de vista y con diferentes metodologías, a medida que las evidencias van apoyando una determinada interpretación, se va generando consenso sobre un tema. A veces, el consenso cambia bruscamente, cuando aparece nueva evidencia que muestra qué es lo que faltaba para entender las cosas de otro modo.

Vimos que Linus Pauling, al sostener que la vitamina C prevenía los resfríos, estaba totalmente equivocado. En esa época, no había todavía un consenso porque recién se estaban llevando a cabo las primeras investigaciones, pero hoy el consenso científico es claro en este tema: la vitamina C no sirve para eso.

Hay muchas cosas que el consenso científico no es. Quizá, nos imaginamos que los científicos se reúnen y, mediante una votación, definen si hay consenso o no sobre un tema, pero no es (tan) así. Los consensos son, a grandes rasgos, el resultado de varios procesos. Primero, se debate abiertamente y permanentemente la evidencia disponible sobre un tema, incluida su interpretación. En base a eso, múltiples profesionales diferentes sostienen, con mayor o menor confianza, la idea que parece más acertada en cuanto a las evidencias que la respaldan. Así, el consenso científico representa el agregado de la interpretación de la evidencia disponible por parte de los expertos en el tema.

Aun ya establecido el consenso, puede haber voces que se opongan a él, pero estas voces son en general pocas y suelen provenir de personas u organizaciones que no son expertas en el tema de estudio, o que tienen algún tipo de interés en contradecir el consenso.

Ya dijimos que el consenso no está escrito en piedra, pero para que sea modificado hacen falta evidencias poderosas que concuerden entre sí. Un consenso no va a cambiar porque haya un grupo de personas que no quede conforme con la explicación aceptada y cuya argumentación es algo como “nosotros no estamos de acuerdo, pero todavía no se encontraron las evidencias que apoyan lo que decimos”, ni “nosotros no estamos de acuerdo, y acá hay algunas evidencias que nos apoyan”.

Por ejemplo, hay consenso en que la Tierra es un esferoide, y no un planeta plano. Aunque hay personas que hoy todavía sostienen que la Tierra es plana, ningún astrofísico piensa esto. En el siglo IV a. e. c., se podía pensar en la posibilidad de una Tierra plana (y aun así, Eratóstenes midió su circunferencia en el siglo II a. e. c.), pero seguir pensándolo ahora es ir en contra de todo lo que sabemos. No es que la Tierra haya cambiado. Lo que cambió es nuestro conocimiento del mundo.

Una vez que se alcanzó el consenso sobre un tema, ¿ya está? ¿Se detiene la investigación o la reinterpretación de evidencias anteriores? ¿Qué pasa si un grupo de científicos no concuerda con el consenso en su campo de experticia y quiere desafiarlo? Quizá, tomen en cuenta evidencias que fueron descartadas por otros, o tengan interpretaciones alternativas. ¿Qué ocurre en estos casos? Generalmente, si alguien quiere desafiar el consenso, se le van a pedir evidencias incontestables para fundamentar su postura. Cuanto más fuerte es un consenso, mayor cantidad y calidad de evidencias se requerirán para contradecirlo. Si hay personas que quieren decir que la Tierra es plana, no alcanza con que expresen que todo es un complot, o que cada foto del planeta tomada desde fuera de la atmósfera por los satélites es un fraude. Deberían, además, poder encontrar explicaciones alternativas que realmente sean convincentes y compatibles con una Tierra plana para la existencia del día y la noche, las estaciones, los vuelos en avión, los husos horarios, los fenómenos meteorológicos y las fotos del planeta tomadas desde el espacio exterior.

Vamos a otro ejemplo: en las últimas décadas, se viene observando que la pobreza extrema global está disminuyendo progresivamente. No solo hay un menor porcentaje de personas viviendo con menos de 1,90 dólares por día, sino que cada vez es menor el número absoluto de personas en esta situación. En otro ejemplo de “dato mata intuición”, el mundo quizá no esté tan mal como a veces creemos.

Que la pobreza extrema está decreciendo es un consenso basado en mediciones y estimaciones, no en la opinión infundada de algunas personas. Quizás haya algunas críticas acerca de cómo medirla, e incluso de cómo definirla. Además, el hecho de que esté disminuyendo a nivel global no significa que no pueda estar aumentando en algunos lugares específicos. Pero, incluso considerando todas esas diferencias que pueden aparecer entre los expertos, hay acuerdo en que la tendencia es que observamos una disminución progresiva de la pobreza extrema.

Como vemos, hay consensos científicos en temas que no son necesariamente identificados como científicos y que lo que tienen de la ciencia es el proceso que llevó a su establecimiento. En el caso de la pobreza, se trata de observaciones realizadas a partir de mediciones muy cuidadosas.

Hasta acá, vimos situaciones en las que la evidencia es generosa, los consensos bastante claros, y que involucran temas que no despiertan respuestas emocionales fuertes o no contradicen directamente lo que beneficia a algunos grupos poderosos. Pero, por supuesto, existen situaciones más complejas.

EL CONSENSO Y LA POSVERDAD

A veces, no tenemos todavía un consenso, y quizá no lo tengamos en el futuro cercano. Esto suele ocurrir en temas en los que las investigaciones son todavía muy recientes y los resultados, aún ambiguos, o en los que son extremadamente complejos de abordar. Por ejemplo, no sabemos bien cómo se genera la conciencia en un cerebro (es un caso de un problema extremadamente complejo y relativamente nuevo en la investigación). Tampoco sabemos cómo los nuevos medios de comunicación y los algoritmos repercuten en la construcción de sociedades. Sospechamos que lo hacen de manera muy dramática, pero puede ser que los dramáticos seamos nosotros, nomás. Es muy difícil todavía sacar conclusiones.

O quizás hay consenso, pero no es demasiado sólido. Además, esto no es algo categórico, sino gradual. Por ejemplo, dentro del campo de la nutrición, aún no hay un consenso demasiado claro en lo que se puede considerar una dieta saludable. Sí, las ideas a grandes rasgos están: hay que comer más frutas y verduras, menos alimentos procesados y, en general, disminuir el consumo de sal y azúcar. Dudar sobre esto no es un ejercicio de posverdad: no hay consenso todavía, o el que hay es aún débil. Pero, en el caso de la nutrición, los que afirman que existe un consenso y hacen recomendaciones muy específicas que, como la marea, van y vienen, afirman lo que no saben como si lo supieran.

Cuando un consenso existe claramente, es sólido, y no hay evidencias de peso que lo estén poniendo en riesgo, pero, aun así, parte de la sociedad no lo termina de aceptar, caemos en la posverdad. La afirmación de que las vacunas son seguras y efectivas se basa en evidencias que vienen de campos bien distintos como la inmunología, la biología molecular, y la epidemiología. Más allá de esto, algunas personas siguen sin aceptarlo. Hay también un consenso incontestable en que las especies evolucionamos por selección natural, con evidencias muy fuertes que provienen de muchos campos distintos del conocimiento. Pero algunas personas rechazan esto en función de ideas alternativas, no sostenidas por la evidencia. Es enorme el consenso alrededor de la existencia del cambio climático y de la gran responsabilidad que la actividad humana tiene en esto. También, hay gran consenso en que es seguro consumir alimentos que provienen de organismos genéticamente modificados. Sin embargo, hay individuos o grupos que se oponen a ello.

En relación con la posverdad, casi siempre, cuando se empieza a hablar de si hay o no consenso, es alrededor de estos temas que son aparentemente controversiales (con énfasis en aparentemente, porque en realidad el consenso es sólido y simplemente hay quienes no lo aceptan).

Estos temas resuenan mucho en algunas personas, al punto que los identifican como parte constitutiva e incuestionable de sus maneras de mirar el mundo, incluso como parte de su identidad. Este es otro riesgo a la hora de intentar conectar con alguien que sostiene posturas no cimentadas en evidencia, pero ponderadas de forma primaria en su construcción del mundo y de sí mismos: cuestionar estas posturas es, de alguna manera, cuestionar una parte de lo que son. Esto hace comprensible la reticencia al cambio.

¿Cuándo fue la última vez que trataste de identificar las ideas que “forman parte de cómo sos”? Me refiero a esas que difícilmente estarías dispuesto a cambiar, sin importar qué evidencias te pongan delante. Entre otras cosas, escribir esto me hizo buscar cuáles son, en mi caso, esas ideas.

Desde afuera del mundo de los expertos, a veces podemos confundir una controversia acerca del consenso con una discusión lateral que no lo pone en duda. Por ejemplo, hay pequeñas disputas entre los expertos que investigan la evolución acerca de si en algún caso particular una especie evolucionó de una u otra manera, si el mecanismo por el que algo ocurrió fue este o aquel, si la ramificación de una especie en dos especies diferentes ocurrió antes o después. Pero se trata de detalles que aún quedan por definir y que de ninguna manera amenazan el enorme consenso sobre el hecho de que el gran mecanismo de la evolución es la selección natural. Como parte de las falacias de la posverdad, la discusión sobre detalles se interpreta, a veces, como crisis de la teoría. Esto no es así: en 1972, Stephen Jay Gould y Niles Eldredge propusieron la teoría del equilibrio puntuado en evolución y polemizaron fuertemente con otros evolucionistas. Aun en el medio de una conversación apasionada que incluía a gran parte de la comunidad del área, ninguno de los participantes estaba discutiendo la explicación ofrecida por la teoría de la evolución basada en la selección natural, sino que el punto álgido era si ocurre a velocidad constante o si de tanto en tanto se acelera y desacelera. La evolución a partir de la selección natural, lejos de sufrir una crisis en sus cimientos, estaba atravesando todo lo contrario: una construcción ahora refinada y sutil, solo posible gracias a cimientos firmes. Sin embargo, algunos de los que se oponen al consenso sobre la evolución utilizaron la discusión para mostrar que no hay consenso. Esto es completamente falso, y es un típico mecanismo de la posverdad: confundir el hecho de que haya una conversación con el contenido de esa conversación.

Discutiremos particularmente el caso del cambio climático más adelante, pero antes: ¿por qué nos importaría a nosotros, la sociedad, entender cuándo hay consenso en un tema y cuándo no, o cuán sólido es un consenso? Porque es una brújula que nos permite responder rápidamente si se sabe o no algo en particular. Esta es nuestra primera línea de defensa frente al ataque de la posverdad.

Nuestro conocimiento es siempre tentativo, siempre está en desarrollo: es cierto que no sabemos todo, pero esto no quiere decir que no sepamos nada, ni que todos los discursos sobre el mundo sean apenas relatos equivalentes, opiniones sin un correlato objetivo en el mundo. Esto puede provocarles angustia a los que añoran la seguridad de un conocimiento absolutamente cierto. Es como enojarse con el mundo porque no es un cuento de hadas. Poder separar la paja del trigo se vuelve, en este contexto, indispensable. Como decíamos antes, necesitamos encontrar la justa medida entre extremos que no nos sirven: la confianza ciega y la desconfianza paralizante. No podremos estar totalmente seguros de algo, pero tampoco debemos dejar que nuestro escepticismo nos lleve a pensar que entonces no podemos actuar sobre el mundo. Como dice David Hume: “Sabremos más tarde si tu escepticismo es tan absoluto y sincero como dices, cuando terminemos esta reunión: veremos si dejas la habitación por la puerta o por la ventana”.

No es fácil lograr un consenso sobre un tema, y eso, justamente, lo vuelve más valioso. Vamos a eso.

ES MÁS COMPLEJO

Generalmente, dentro de la comunidad científica (o de las comunidades científicas, si quisiéramos separarlas según los espacios que investigan, pero aunarlas por sus métodos) se busca destruir las ideas propias y las ajenas en un proceso bastante agresivo. Esto no es necesariamente un acto altruista de honestidad intelectual: los científicos son humanos, y por lo tanto, son tan competitivos, envidiosos, y deseosos de figurar como el que más. ¿Quién no querría probar que Einstein estaba equivocado y que la teoría propia sobre el tema es mejor?

El mecanismo normal de publicación científica es lo que llamamos peer-review, o revisión por pares: los científicos escriben lo que han descubierto en un artículo, o paper, se lo envían al editor de una revista, quien se lo reenvía a otros científicos expertos del mismo campo, que funcionan como revisores y suelen permanecer anónimos. Los revisores pueden hacer preguntas a los autores, sugerirles cambios, decirles que faltan evidencias, que hay errores y, con muchísima frecuencia, considerar que el artículo no tiene méritos para ser publicado. Cualquiera que haya pasado por el proceso puede dar cuenta de su ferocidad. Y las evidencias en las que la comunidad científica se basa para llegar al consenso son este tipo de publicaciones. De hecho, las revistas tienen un puntaje que depende de su calidad y se relaciona, a su vez, con cuán exigentes son con la relevancia del trabajo y la calidad de las evidencias que se muestran. Poner a científicos de acuerdo es extremadamente difícil. Por eso, cuando sí se logra un consenso, es algo valioso. Por supuesto, una vez que llegamos a un consenso, no es inapelable, ya que de serlo no sería un consenso, sino un dogma. Puede haber nuevas evidencias, o nuevas interpretaciones de las evidencias, que permitan dar con una teoría más abarcativa, o más simple. No cerramos nuestra mente ante nuevas evidencias que podrían refutar ese consenso. Esa es casi la definición de ciencia. Pero así como para crear consenso necesitamos una gran calidad y cantidad de evidencia, para abandonarlo también. La exigencia, en este sentido, es equivalente tanto para formar como para modificar un consenso.

Por eso, aun si todo nuestro conocimiento científico desapareciera, si cada afirmación de las ciencias fuera contradicha por evidencia descubierta en el futuro, lo más importante de la ciencia seguirá con nosotros: su metodología basada en hacer hipótesis y después contrastarlas con el mundo real (las conjeturas y refutaciones de las que hablaba Popper). Eso, que parece una debilidad de la ciencia, es en realidad su mayor fortaleza. Cuando una afirmación científica es refutada, la ciencia no ha sido refutada. Más bien, ha sido utilizada en toda su potencia para acercarnos un paso más a una descripción fiel del universo. La refutación de una teoría científica se logra usando la misma metodología. Por este motivo, si queremos poner una bandera para señalar el lugar en el que está la verdad, siempre dentro del marco más amplio de querer luchar contra la posverdad, seguir el consenso científico ayuda.

Pero seguir el consenso nos hace preguntarnos si, a pesar de todo, no podríamos estar equivocados. La posibilidad existe, por supuesto. Hay dos críticas recurrentes a la idea de seguir el consenso. Una de ellas sostiene que la ciencia ya se equivocó muchas veces. Vamos a dos ejemplos: la idea de que había razas humanas superiores a otras, y la de que la talidomida, un medicamento para embarazadas, era inofensiva para los fetos.

La idea de que había razas superiores a otras era promovida por algunos filósofos, escritores, personas influyentes y también por algunos científicos. Esto derivó en conceptos como la eugenesia y fue tomado, por ejemplo, por el nazismo. Esta idea nunca tuvo el estatus de idea científica porque nunca se obtuvieron evidencias convincentes que la sostuvieran. Esta idea era solo eso: una idea impulsada por algunas personas. Otra vez, las opiniones de los científicos que no tienen evidencia son solo opiniones infundadas, y tienen tanto, o tan poco valor como las de cualquier otra persona.

Lo de la talidomida fue distinto. Este medicamento se comercializó a fines de los años 50 para disminuir las náuseas en las embarazadas. Muy poco tiempo después, se empezó a notar que muchos bebés nacían con problemas congénitos gravísimos. Se retiró la talidomida del mercado y se entendió, luego, que el problema se debía a que se comercializaba una mezcla de dos variantes de la molécula: una de ellas generaba daño a los fetos, mientras que la otra sí era efectiva contra las náuseas y no tenía efectos dañinos. Acá sí hubo un error terrible. En esa época, todavía no estaba tan instalado como ahora que había que evaluar la seguridad y la eficacia de los medicamentos, particularmente para embarazadas y niños, ni había los estándares metodológicos que hay ahora. La medicina avanzó mucho en estas últimas décadas, y es muy difícil que algo como eso pueda volver a ocurrir. Muy difícil, pero no imposible. Claro que esta no es una crítica al consenso, sino al hecho de que la evidencia, en este caso, no fue lo suficientemente estricta.

Otra crítica que suele aparecer cuando se siguen los consensos sostiene que estos están generados por poderes ocultos que se ven beneficiados por eso. Veamos, por ejemplo, la asociación entre el cáncer y fumar. Las evidencias de que fumar tabaco provocaba cáncer de pulmón tardaron en generarse y acumularse. La investigación científica es meticulosa y, a veces, precisamente debido a esa meticulosidad, lenta. Además, en este tema, era particularmente difícil desde el punto de vista metodológico. En las primeras décadas del siglo XX, una de las muchas estrategias de las grandes empresas tabacaleras (Big Tobacco) para comercializar más cigarrillos fue tratar de influir en la ciencia financiando investigaciones que, curiosamente, mostraban que fumar no hacía daño o, incluso, que era bueno para la salud.

Quizás, sea un buen momento para acotar el poder de la evidencia. La evidencia, como ladrillo del pensamiento científico, tiene límites, y uno de esos límites son nuestros valores. Como concepto, la idea de la existencia de razas no se basa en evidencias, sino que se trata de algo con, a lo sumo, raíces culturales e históricas. De hecho, las evidencias disponibles indican que las razas humanas directamente no existen. Pero supongamos que aparecieran evidencias de que determinadas poblaciones fueran “mejores” que otras en algún sentido (y podríamos discutir qué quiere decir mejor en este contexto). Lo que me pasaría a mí –y es algo personal– es que seguiría creyendo que todas las personas tenemos los mismos derechos y obligaciones. Sé que, en este ejemplo, yo pondría esos valores por encima de la evidencia sin por eso negarla. Quizás, otros actuarían de modo diferente. Si tuviéramos que armar la selección de básquet, no me parecería inadecuado que eligieran a Manu Ginóbili antes que a mí. En cierta forma, esto implica entender que la evidencia no es más que información sobre el mundo como es, pero no necesariamente sobre el mundo como queremos que sea.

Pero una vez que la evidencia del daño que provocaba fumar fue creciendo gracias a una enorme cantidad de investigaciones independientes que provenían no solo del “consultorio”, sino de la epidemiología (el cáncer de pulmón casi no existía antes del siglo XX), la bioquímica, los estudios en animales de laboratorio, etc., el consenso se fue generando.

El consenso nunca fue que fumar no hacía daño. Y, justamente, fue ese consenso, y el descubrimiento de que las tabacaleras lo sabían desde hacía décadas, pero lo habían ocultado, lo que poco tiempo después permitió obligar a estas empresas a pagar más impuestos, advertir en los paquetes que fumar es dañino, y pagar indemnizaciones millonarias a particulares y a Estados (solo en Estados Unidos, los pagos suman unos 200.000 millones de dólares en 25 años). Si algo nos protegió de los intentos de las “dañinas corporaciones” de manipular la verdad, fue ese consenso generado de manera descentralizada e independiente. Si las corporaciones quieren influir sobre el consenso, no bastará con que tengan dinero y poder, porque el mecanismo que sostiene el consenso no solo se construye en base a evidencias presentes y un puñado de personas, sino que sigue autocorrigiéndose con evidencia nueva que cualquiera puede generar, en la medida en que acepte jugar el mismo juego y lo haga con métodos adecuados. Pensar en complots, en estos casos, implicaría pensar en que miles y miles de expertos en cada campo están ocultando un gran secreto. Pero, cuidado, el hecho de que acercarnos a la verdad a través de la experimentación rigurosa y la discusión con otros sea casi inevitable no quiere decir que los intentos de estos grupos no dificulte o retrase la construcción de consensos.

Cuando vemos lo difícil que es mantener el más mínimo secreto, entendemos que la idea de una comunidad descentralizada y diversa ocultando la verdad por largo tiempo es ridícula. Al mismo tiempo, al ver cómo la estrategia para el manejo de la opinión pública ha pasado, en algunos casos, de ocultar la verdad a taparla con verdades a medias, argumentos falaces y francas mentiras, comprendemos el verdadero avance y el profundo peligro de la posverdad como estrategia para dificultar tanto la creación de consensos como su comunicación a las personas por fuera de las comunidades científicas.

Los consensos pueden estar equivocados porque no son certeza absoluta, sino que se basan en la mejor evidencia disponible hasta el momento.

“Solo un Sith piensa en absolutos”: el camino hacia la verdad es no solo empinado, sino también complejo y lleno de matices. Existe la posibilidad de que el consenso cambie. Pero seguir el consenso de cada época es casi siempre la mejor decisión posible. La otra posibilidad es desafiarlo francamente, y tratar de justificar ese desafío mediante experimentos, interpretando evidencia previa de forma novedosa y construyendo un nuevo consenso. Pero no es una actitud válida no seguir el consenso porque no nos gusta y pararnos afuera de la cancha a quejarnos de que el juego no es como queremos.

Ahora bien, lograr cierto nivel de comprensión de cualquier área específica toma algunos años. Alcanzar un gran dominio toma una vida de dedicación. Los ciudadanos no tenemos la formación que tienen los expertos de cada área (y los expertos de cada área son, a su vez, ciudadanos que no tienen la formación que tienen otros expertos en otras áreas). Entonces, es posible que no solo seamos incapaces de comprender cabalmente los conocimientos, sino que tampoco podamos evaluar la confiabilidad de cada uno de ellos. Pero queremos entender, y queremos tomar decisiones informadas. ¿Cómo hacemos? Buscar el consenso, y seguirlo, ayuda: la Tierra es redonda, las vacunas son eficaces y seguras, potabilizar el agua previene enfermedades, la pobreza extrema está disminuyendo en el mundo.

SEGUIR EL CONSENSO

En este capítulo presentamos el consenso científico, con los beneficios que trae como bandera que marca dónde está la verdad y algunas de las dificultades y limitaciones que trae aparejadas. Seguir el consenso nos permite tomar decisiones que se basen en las mejores evidencias disponibles, aun en campos en los que no somos expertos y, por lo tanto, carecemos de la capacidad de juzgar por nosotros mismos la validez y certeza que ofrece cada evidencia particular.

A algunos podría parecerles que seguir el consenso es una variante de falacia de autoridad, en la que se le atribuye veracidad a algo basándose en la autoridad de quien lo sostiene, pero hay una diferencia: cuando no somos expertos en el tema, es inevitable seguir a una autoridad, pero esta autoridad debe efectivamente serlo, es decir, debe saber los hechos de su disciplina que son relevantes para el tema en cuestión y no debe tener sesgos o intereses personales en juego. De esta manera, nos estamos basando en realidad en las evidencias a través de la autoridad que las conoce y entiende bien. En este caso, no se trata de una falacia, porque no se invoca como parte del argumento a alguien que no es experto.

Pero, aun queriendo seguir el consenso, en la vida real, las afirmaciones no vienen con sello certified, que aclara si están alineadas o no con la visión más consensuada del tema. Entonces, ¿cómo darnos cuenta de si algo tiene o no un consenso, y de cuán sólido es? Los expertos de cada campo saben cómo hacer esto, pero ¿los demás cómo hacemos? Queremos actuar, y para eso debemos saber.

Llegó el momento de presentar la tercera Guía de Supervivencia de Bolsillo para que nos oriente, al menos un poco, en cómo navegar en la complejidad de los consensos con la idea de definir si confiamos o no en una afirmación, y en qué medida lo hacemos. Se suman, entonces, nuevas herramientas a nuestra caja: una serie de preguntas que ayudan a señalar el consenso, especialmente para aquellos temas de los que sabemos poco y nada.

 

GUÍA DE SUPERVIVENCIA DE BOLSILLO N° 3
¿Cómo reconocer y evaluar el consenso científico?

1. ¿Hay evidencias independientes, en cantidad y con calidad, que sustentan la afirmación?

2. ¿Se publicaron estas evidencias en revistas con sistema de peer-review, u otros sistemas que aseguren que su calidad está avalada de manera equivalente?

3. ¿Están estas evidencias disponibles para ser interpretadas por otros?

4. ¿La afirmación está alineada con la postura de la mayoría de los expertos del área o de organismos reconocidos?

5. ¿Hay ideas alternativas que tengan apoyo importante de los expertos o de organismos reconocidos?

6. Si parece que no hay consenso, o que es muy débil, pero necesitamos tomar una decisión, ¿cuáles son las mejores evidencias disponibles?

Con este capítulo, cerramos esta primera sección, en la que el foco estuvo puesto en mostrar varios puntos importantes en nuestra lucha contra la posverdad: podemos saber, hay mecanismos concretos para saber, y también mecanismos concretos para evaluar y reevaluar permanentemente eso que ya sabemos. Conocer, al menos de manera muy aproximada y general, algunos de esos mecanismos nos permite a los ciudadanos navegar en medio de la confusión con una brújula que funciona. Esto no significa que no nos perderemos más. El mundo es complejo de por sí, y lo que sabemos sobre él no es todo. Pero estaremos mejor preparados para abordar las trampas que la posverdad pone en nuestro camino.

Con estas herramientas en nuestra caja, vamos, entonces, a la segunda parte de este libro, en la que señalaremos algunos de los factores que pueden generar una posverdad culposa, sin intención, y propondremos herramientas concretas para reconocerlos y hacerlos a un lado.

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