La fábrica de posverdad

¿Quiénes son los clientes en la industria de la posverdad?

LA MANIPULACIÓN DE LA INFORMACIÓN

En la sección 2, dedicada a la posverdad culposa, recorrimos algunos de los problemas que generan distorsiones de la información que nos llega y vimos que uno de ellos es que somos parte del problema. En este capítulo, retomaremos esas ideas, pero cambiaremos un poco el foco: nos fijaremos más bien en la adulteración intencional de la información.

Cuando a la adulteración de la información se le agrega la posverdad culposa, corremos el riesgo de convertirnos también, sin darnos cuenta y sin quererlo, en agentes difusores. Cada uno de nosotros es una herramienta esencial para que las situaciones relatadas en los otros tres capítulos de esta sección hayan podido ocurrir. Quien sepa manipular la información de manera de imponer su mensaje tiene en su poder la fábrica de posverdad. Es una überposverdad, una industrialización de la materia prima culposa que se esconde en cada uno de nosotros, y quien la domina tiene potencialmente la capacidad de implementar la posverdad que desee.

Quien maneja la fábrica de posverdad puede venderse al mejor postor. El Anillo Único, el Anillo para gobernarlos a todos. Estamos hablando de la industria de la adulteración de la información.

Claro que no debemos caer tampoco en ideas conspirativas. Hasta donde sabemos, nadie logró todavía manejar bien este desafío. Hubo y hay intentos, empresas que ofrecen servicios de “distorsión”, pero no queda claro cuán efectivos o influyentes fueron o son. Es una estrategia que en marketing funciona relativamente bien, pero no es evidente, o al menos no todavía, que en política o en otros ámbitos también funcione. De cualquier manera, lo más probable es que esta estrategia (ya industria) se perfeccione, y es mejor que estemos preparados para cuando eso suceda.

Además de distorsionar, la industria de la posverdad contamina y destruye la conversación pública. Si una empresa, un partido, o un lobby contrata a alguien para fabricar posverdad con el objetivo de favorecerlo, también sus rivales pueden hacerlo –lo que, de paso, muestra por qué la posverdad no alcanza–, pero el resultado de esto no es que la posverdad se enfrenta con el intento racional de entender el mundo, sino con otra forma de posverdad. No importa quién gane, perdemos todos.

En la posverdad intencional, no necesariamente se intenta convencer. Muchas veces, se trata solamente de confundir y establecer una duda que parezca razonable. Si hay una verdad, se la disimula o se la cuestiona. Si no hay una verdad, se la sugiere, se la da a entender. Generalmente, no se la afirma de manera contundente.

CUANDO EL PRODUCTO ES LA DUDA

Vale la pena examinar las estrategias de generación de posverdad porque suelen reaparecer en otros temas “posverdaderos”, y recordar que todas estas estrategias logran ser en mayor o menor medida exitosas porque el resto de los interlocutores fallamos en evitar que lo sean.

Por un lado, los grupos interesados financiaron sus propias investigaciones, que muchas veces generaron información sesgada que los beneficiaba. Esto no implica que debamos descreer de toda investigación según quién la financie, pero quizá deberíamos estar más alertas a si hay conflictos de intereses y si se hacen explícitos. Las organizaciones –científicas, industriales, estatales– tienen sus intereses, y hay que tenerlos en cuenta para entender el sesgo de lo que concluyen. No es necesario pensar en que se pague a investigadores para que cometan fraudes, aunque esto también puede ocurrir, por supuesto. A veces, alcanza con dar incentivos y con seleccionar qué información se muestra y qué información se oculta. Ya eso puede sesgar los resultados hacia el lado que beneficia a quien financia. Se analizaron los resultados de trabajos que abordaban la pregunta de si las bebidas azucaradas causan obesidad teniendo en cuenta si eran o no financiados por la industria del azúcar. Se observó que, de 60 estudios sobre el tema, 26 dieron como resultado que no había una relación causal y 34 encontraron una asociación positiva. Si solo vemos esto, podría parecer que hay una controversia científica, que no hay consenso. Pero cuando miramos el financiamiento detrás de las investigaciones, vemos que los 26 estudios que no encontraron asociación fueron financiados por la industria del azúcar, mientras que, de los 34 que sí la encontraron, solo uno había sido financiado por la industria. Los resultados de este análisis muestran, como mínimo, que es mucho más probable que las investigaciones no muestren que las bebidas azucaradas provocan obesidad cuando son financiadas por la industria del azúcar. Tal vez, se trata de un sesgo de selección, o quizás estemos ante una manipulación intencional. De hecho, los autores de este análisis concluyen diciendo: “Esta industria parece estar manipulando procesos científicos contemporáneos para crear una controversia y beneficiar sus intereses a expensas de la salud pública”.

Otra estrategia que se repite –y que vimos en los capítulos anteriores– es la de sostener que la ciencia aún no se expidió definitivamente sobre el tema, pedir que se hagan más investigaciones incluso cuando ya hay un consenso científico extremadamente sólido. De estos dos modos, se genera duda donde no la hay. Cuando esto se refuerza con marketing agresivo, lobby para afectar regulaciones y sesgo en la información que difunden los medios de comunicación, tenemos toda una estructura de distorsión intencional que genera la idea de que aún no podemos estar seguros a pesar de que, al mirar la evidencia, podemos decir que sí lo estamos.

CUANDO EL PRODUCTO ES LA CERTEZA

Otra manera de contribuir con la generación de posverdad es introducir certezas que no están sostenidas por evidencia o que directamente contradicen la evidencia disponible. Vemos esto cuando algunos grupos interesados en vender un producto o en instalar una idea acuden a diversas estrategias para confundir, para difundir como verdaderas posturas para las que no podemos tener certeza, al menos no todavía.

Las empresas farmacéuticas fabrican medicamentos y buscan, comprensiblemente, ganar dinero con su venta. Hasta acá, no es más que el caso de cualquier empresa que fabrica un producto. Pero hay algunas prácticas a las que también debemos estar alertas. Esto, que discutiremos para el caso de empresas farmacéuticas –conocidas en conjunto como Big Pharma–, también permite ilustrar mecanismos y estrategias que pueden aparecer en muchos otros temas en los que se produce posverdad para beneficio de un grupo. Si el producto que una farmacéutica fabrica es uno de varios que tienen efectos similares, pero la empresa provoca una distorsión de la información para que su producto se presente como la solución perfecta, se está generando certeza donde no la hay. Quizás, el medicamento ni siquiera es tan efectivo, pero se lo presenta como la panacea. Esta es otra manera de confundir, de generar una posverdad intencional: debería haber duda, pero se imponen certezas, y la verdad se pierde, se disimula.

Pongámonos por un momento en el punto de vista de un médico que todos los días trata pacientes. Ese médico se propone hacer medicina basada en evidencias, pero, en la práctica, no tiene ni el tiempo ni los incentivos económicos para dedicar decenas de horas por semana a leer todos los papers nuevos sobre su especialidad, además de que le sería imposible estar al día. Una vez que concluye sus estudios, para seguir actualizándose va a congresos, que muchas veces son organizados y financiados por las farmacéuticas, que definen los temas y los oradores que participarán.

Desde el punto de vista de las farmacéuticas, el incentivo está en tratar de que sus productos sean elegidos por los médicos al prescribir medicamentos a sus pacientes. Para eso, hacen publicidad en las revistas especializadas y en los congresos, envían visitadores médicos a los consultorios para “explicar” las ventajas de sus productos y acompañan estas prácticas con obsequios o beneficios para los médicos. Por supuesto, cada médico puede ignorar todo esto y decidir en función de sus saberes y experiencia (que son otro tipo de sesgo), pero no se puede descartar que estas prácticas terminen influyendo en las decisiones que toman.

Hasta acá, es muy fácil –peligrosamente fácil– adoptar la postura de desconfiar completamente de las empresas farmacéuticas y de los médicos, pero ya mencionamos muchas veces los riesgos de la desconfianza irrazonable. Necesitamos los medicamentos efectivos, y necesitamos los médicos que funcionan como expertos competentes. Las alternativas no son mejores. Por lo tanto, necesitamos pelear contra la tentación simple y cómoda de desconfiar de todo, y abordar dos puntos. Primero, ¿cómo encontrar lo confiable en medio de todas esas distorsiones? Segundo, ¿somos nosotros en algún aspecto responsables o cómplices de algunas de estas distorsiones?

Lo primero tiene que ver con cosas que ya fuimos mencionando: encontrar el consenso, detectar conflictos de intereses, etc. Pero vamos a lo segundo, que nos toca de cerca y nos obliga a mirar nuestros comportamientos críticamente. Las empresas nos dirigen publicidad a nosotros, los consumidores, y no solo a los médicos. Hacen esto porque luego, en el consultorio, nosotros influimos en los médicos cuando nos prescriben un medicamento. De hecho, muchos países prohíben, por este motivo, esta clase de publicidad. Como en cualquier publicidad, aun si no se miente, se exageran los beneficios y se disimulan los efectos adversos que todo medicamento, inevitablemente, tiene.

Se investigó si este tipo de publicidad dirigida a los pacientes logra realmente mayores prescripciones médicas de un producto. En su libro Bad Pharma: How Drug Companies Mislead Doctors and Harm Patients [Mala farma: Cómo las empresas farmacéuticas engañan a los médicos y perjudican a los pacientes], el médico Ben Goldacre cuenta lo siguiente: “Se enviaron actores, que actuaban de pacientes deprimidos, a visitar médicos en tres ciudades distintas (300 visitas en total). Todos dieron la misma historia de base acerca de sus problemas de depresión, y al final de la consulta, actuaron de tres maneras distintas, asignadas previamente de manera aleatoria: pidieron un medicamento específico, pidieron ‘algo que los ayudara’, o no pidieron nada. Fue dos veces más probable que los que pidieron un medicamento específico recibieran un medicamento antidepresivo”. Esto vuelve a poner la responsabilidad, y también la posibilidad de cambiar, en nosotros.

Los medicamentos, como muchos otros productos, están protegidos por patentes que buscan que los generadores de nuevo conocimiento reciban una recompensa económica por él. Estas patentes se vencen en algún momento, y a partir de entonces, cualquier laboratorio puede fabricar la droga sin necesidad de pagar por ella a quien la inventó. Una vez vencida la patente, los medicamentos tienden a volverse más baratos –entre otras cosas, porque los nuevos fabricantes no tienen que pagar los costos de investigación y desarrollo–. Por ejemplo, cuando caducó su patente para el protector estomacal omeprazol, el laboratorio AstraZeneca creó uno nuevo llamado esomeprazol. El esomeprazol era prácticamente idéntico desde el punto de vista clínico, pero, al estar protegido por una patente, era también más caro que el anterior. La empresa ayudó a la transición de un medicamento a otro disminuyendo la publicidad del primero y aumentando la del segundo. Para los pacientes y los sistemas de salud, la situación empeoró: tenían un medicamento tan efectivo como el anterior, pero más caro. Para la empresa, claramente, todo había mejorado.

Otra estrategia de la industria farmacéutica es ayudar a instalar algunas enfermedades o condiciones como especialmente relevantes, y luego, presentar el medicamento que las “combate”. Algo así parece haber ocurrido con el trastorno de ansiedad social, que en 1980 se diagnosticaba en un 1-2% y poco después, en un 13%. En 1999, la empresa GSK obtuvo la licencia para vender y publicitar agresivamente el medicamento paroxetina, que combate este trastorno. Si nos dicen que tenemos una enfermedad que explica eso que nos pasa y nos ofrecen un medicamento que la cura o la controla, ¿no presionaríamos a nuestros médicos para que nos traten? Todas estas son estrategias que apuntan a nosotros, que hackean los mismos mecanismos que hacen que colaboremos en la generación culposa de posverdad para lograr en estos casos aceptar y propagar la posverdad dolosa, aquella generada intencionalmente.

LA MANIPULACIÓN EN LA POLÍTICA

PROPAGANDA

Hay otras situaciones en las que se busca distorsionar la información que le llega al público, y un gran ejemplo, particularmente en la política, es la propaganda. En ella, el objetivo es generar una determinada percepción en la opinión pública y conseguir una determinada respuesta por parte de la sociedad.

Hay varias maneras de lograr esto. Por un lado, muchas veces se busca intencionalmente polarizar las discusiones generando piezas de comunicación con posturas extremistas, basadas más en la emoción que en los hechos, y que por eso provocan nuestra respuesta. A veces, la polarización responde realmente a grandes diferencias. Pero también se alimenta del tribalismo, y, como consecuencia, genera más tribalismo. Esto deriva en personas muy motivadas para pelear por aquello que consideran que es lo correcto, lo cual tiene su faceta positiva. Pero este fenómeno también colabora con la fragmentación de la realidad en pequeñas pseudorealidades, munditos privados, ficciones que cada grupo mantiene vivas. Esto contribuye con la pérdida de vínculos y dificulta el diálogo necesario para lograr soluciones aceptables, estables y coherentes con la realidad del mundo común. Además, el contenido hiperpolarizado suele estar muy distorsionado, y cuando se replica, lo hace con más distorsiones. Esto vale también para las noticias falsas.

Otra de las estrategias es cansarnos, generar un ambiente en el que se vuelve imposible, o muy costoso, pelear todas las batallas a la vez. Como sostiene Garry Kasparov: “El propósito de la propaganda moderna no es solamente desinformar o promover una agenda. Es agotar tu pensamiento crítico, aniquilar la verdad”. Después de haber dedicado horas de atención a desechar diez mentiras, tal vez estemos demasiado cansados como para seguir peleando cuando nos digan la decimoprimera.

DESINFORMACIÓN DIGITAL PROFESIONAL

Muchas veces, los aparatos de propaganda intentan aprovechar no solo nuestras falencias para identificar la información manipulada, sino también, las herramientas y los algoritmos de los buscadores y las redes sociales.

Un hecho reciente en el que se vio esto en acción fueron las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016, en las que hubo abundancia de noticias falsas y hasta una interferencia rusa en el contenido que veían las distintas tribus. Esta interferencia rusa se realizó mediante bots (por robots), que son programas que difunden mensajes en redes sociales simulando ser personas reales.

Pero sacar el máximo provecho de los buscadores y las redes sociales como herramientas que ayudan a realizar propaganda no es una tarea demasiado sencilla. En los últimos tiempos, surgieron empresas que realizan este tipo de acciones a gran escala. Claro que no lo hacen abiertamente, pero entre sus clientes suelen encontrarse partidos políticos de varios países, que tratan de influir en el electorado antes de una elección.

Recientemente, el escándalo más grande en este sentido se produjo cuando se conoció que la empresa Cambridge Analytica ofrecía este servicio y que había utilizado información sobre los usuarios de la plataforma Facebook. El escándalo fue por partida doble. En primer lugar, resultó evidente que estos servicios profesionales de distorsión intencional de la información no solo existen, sino que están en actividad desde hace un tiempo (Cambridge Analytica, Palantir y otras empresas). En segundo lugar, quedó claro que la información sobre nosotros que tienen las redes sociales, basada en qué interacciones hacemos y dejamos de hacer en la plataforma, es un bien de cambio, tiene valor y, por lo tanto, se puede comprar y vender.

En el caso de Cambridge Analytica, a partir de la información que provenía de Facebook, podían saber con cierta confianza qué usuarios eran posibles votantes de cada uno de los candidatos presidenciales de las elecciones estadounidenses de 2016 o de cada una de las posturas (remain o leave) respecto a la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea durante el Brexit. En base a eso, elegían qué mensajes hacerles llegar para intentar que votaran aquello para lo que los habían contratado.

EL ROL DE LA POSVERDAD CASUAL

Se sabe desde hace mucho que controlar qué información llega, a quién llega y cómo llega es, muchas veces, una fabulosa herramienta para modular la opinión pública. Pero, para ser efectiva, la manipulación de la información se apalanca en varios factores mencionados en la sección 2: nuestras creencias, nuestro tribalismo, nuestros sesgos y la dificultad para distinguir expertos competentes de falsos expertos.

Intuitivamente, suele considerarse que los grupos que buscan beneficiarse generan esta información distorsionada y luego la difunden entre nosotros, que caemos inocentemente en sus trampas. Pero el investigador Dan Kahan plantea otro modelo. Él sostiene que no es que somos crédulos, sino que estamos previamente motivados en determinada dirección, y quien logra identificar esa motivación puede usarnos para su beneficio.

Nuestro tribalismo es uno de los principales factores que hacen que la manipulación de la información tenga éxito. Nada de esto es nuevo, pero Internet, y en particular las redes sociales, nos facilitaron mucho la tarea de encontrarnos con miembros de nuestra tribu que no conocemos, que no viven en nuestra ciudad, que quizás estén en otros países y hablen otros idiomas. Estas comunidades virtuales son tierra fértil para quienes buscan manipularnos dirigiendo hacia nosotros un mensaje preparado para que lo aceptemos, uno que se apalanque en nuestros sesgos individuales y en los de nuestra tribu. Si tenemos una idea conspirativa o negacionista, enseguida encontraremos en Internet algún sitio que tenga la misma narrativa. Está, con seguridad. Solo espera a que lo encontremos. Basta con que alguien quiera engañarnos en la dirección en la que queremos ser engañados para que aceptemos su explicación.

LOS PELIGROS DE LA MANIPULACIÓN

Para que una sociedad abierta funcione, necesitamos algo que damos por sentado y cuya importancia solo notamos –como sucede con tantas cosas que damos por sentadas– cuando lo perdemos: una realidad compartida, una serie de hechos que no discutimos. Sobre esos cimientos firmes, podremos deliberar, identificar nuestros acuerdos y desacuerdos, y encontrar consensos políticos y sociales que nos permitan convivir, y la primera víctima de la posverdad es la realidad. La posverdad fragmenta esa realidad, perdemos tanto el pasado que nos une como el futuro que tendremos juntos, y cada grupo, cada tribu, se mueve dentro de su burbuja. Esa fragmentación rompe vínculos, y con ellos el acceso a información que podría desafiar nuestras posturas. Si no vemos que en esta pelea estamos todos juntos, si no vemos que necesitamos comportarnos como una única tribu, seguiremos separándonos cada vez más y, en consecuencia, perdiendo la capacidad de tener conversaciones significativas sobre cómo manejar nuestro mundo común.

Quizás acá algunos piensen que serían perfectamente capaces de vivir sin esa otra tribu, la que sea, esa tribu que detestan, que consideran que amenaza a las demás. Por supuesto, puede haber posiciones extremistas que no podemos aceptar. Pero si no es el caso, si estamos pensando en tribus con las que no concordamos desde los valores, las tradiciones o demás cuestiones que no son del ámbito de lo fáctico, ahí no hay verdad ni posverdad, ahí sí necesitaremos aprender a convivir.

Dejar que la posverdad avance no solo amenaza los vínculos internos de nuestra familia humana. También es tierra fértil para el totalitarismo. Como escribió Hannah Arendt en The Origins of Totalitarianism [Los orígenes del totalitarismo]: “El sujeto ideal del dominio totalitario no es el nazi convencido o el comunista convencido, sino las personas para quienes la distinción entre hecho y ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (es decir, las normas del pensamiento) ya no existe”.

No solo los procesos políticos se ven amenazados. También, la salud pública, entendida de manera amplia. Lo que vimos en los capítulos anteriores muestra que, al menos en algunas ocasiones, hay industrias o grupos que son capaces de distorsionar intencionalmente la realidad en la que vivimos. Detectar y combatir la posverdad se vuelve, entonces, literalmente una pelea por nuestra supervivencia.

Hay además otro peligro, quizá menos trágico, pero, a la vez, más real, cotidiano y progresivo: la erosión de la credibilidad y la confianza a fuerza de gotas que caen de a poco y horadan la piedra.

Cuando salen a la luz los intentos de manipular la opinión pública por parte de algunos grupos de poder, uno de los daños colaterales es que todos los políticos pierden credibilidad ante nosotros, y todas las industrias, todos los medios de comunicación, todas las instituciones y todos los científicos, también. Según el diario The New York Times, lo que Donald Trump hizo durante la campaña electoral y sigue haciendo desde la presidencia al lanzar acusaciones falsas y crear ideas conspirativas es provocar una erosión de la credibilidad con el objetivo de que sus ciudadanos pierdan la confianza en los medios de comunicación y crean la narrativa que él produce.

Pensemos que, cuando nos enteramos de un caso de manipulación, hay cien más que desconocemos. Esto es muy grave, porque en medio de aquellos que pretenden manipularnos para confundirnos y así beneficiarse, hay muchos otros que no hacen eso. No solo no hacen eso, sino que, al ser expertos en sus tareas, lo más probable es que los necesitemos como aliados para combatir la posverdad. Aunque a veces la desconfianza esté justificada, la desconfianza generalizada nos daña.

Y posiblemente esté pasando algo más: la posverdad genera posverdad, es una situación que se retroalimenta positivamente. Ante la sensación de que todos mienten, pensamos que no podemos confiar en nada ni nadie. Y, si no podemos confiar en nada ni nadie, seguimos lo que nuestra intuición nos dice, sumidos en todos nuestros sesgos y distorsiones. Esto, por supuesto, contribuye a profundizar el problema. Cuando empieza a parecer todo lo mismo, nuestra desconfianza excesiva, o incluso nuestro cansancio o desinterés en averiguar si algo es verdad o no, pueden colaborar en generar más posverdad.

¿Y ENTONCES QUÉ?

NO SABEMOS SI REALMENTE INFLUYEN TANTO

La manipulación intencional de información parece realmente peligrosa. Sin embargo, ¿en qué medida logra realmente modificar percepciones y alcanzar los resultados que se propone? La industria del tabaco y algunas otras lo lograron muy bien. Pero ¿cuán replicable es esto? ¿Hay realmente una serie de estrategias de posverdad intencional que garantizan el éxito? Todavía no está claro si los bots, fake news y demás herramientas de distorsión de la información por redes sociales son hoy por hoy realmente tan influyentes como sus propios generadores dicen. Cambridge Analytica promete a sus clientes resultados muy concretos, pero, por lo que parece, no los alcanzan con tanto éxito. Es posible que estemos exagerando el poder de estas herramientas y cayendo en la idea conspirativa de que hay alguien detrás de bambalinas controlando todo, cuando lo único que sí podemos –y debemos– atender es que estamos seguros de que hay alguien intentándolo, y de que somos tanto potenciales víctimas como potenciales victimarios involuntarios. Igualmente, aun si hoy no logran virar la opinión pública en el sentido que desean con tanta eficacia, no podemos descartar que en un tiempo se vuelvan mejores.

El doctor en Ciencias Políticas Brendan Nyhan es uno de los que consideran que se está exagerando la influencia real de todas estas maquinarias de desinformación, y hace un llamado a la búsqueda de evidencias para averiguar esto: “Ninguno de estos hallazgos indica que las noticias falsas y los bots no sean señales preocupantes para la democracia. Pueden confundir y polarizar a los ciudadanos, minar la confianza en los medios y distorsionar el contenido del debate público. Sin embargo, quienes quieran combatir la desinformación en línea deben dar pasos con base en evidencias y datos; no en exageraciones o especulación”. Casi paradójicamente, la efectividad de la estrategia de generar posverdad para cambiar la opinión pública en base a las redes es todavía parte de la posverdad que estas empresas venden.

SOLUCIONES QUE SE ESTÁN ENSAYANDO

Aun sin tener acuerdo acerca de cuán relevantes son estas manipulaciones en el día a día, se están pensando soluciones posibles, que podríamos separar en dos grandes enfoques que colisionan. Uno, más paternalista, propone regular a los medios y penalizarlos si difunden noticias falsas. Facebook y otras empresas están probando herramientas para detectar noticias falsas y bloquear su distribución dentro de la plataforma. También, hay organizaciones de fact-checking que trabajan para discriminar las noticias falsas de las verdaderas. Algunos medios de comunicación están intentando chequear mejor sus noticias, algo que todos dábamos por sentado que hacían, además de que parece haber mayor interés por parte de los lectores respecto de la confiabilidad de los medios. Pero la realidad es que, a veces, las herramientas de distorsión y ocultamiento de la información son tan sofisticadas que se vuelve muy difícil saber qué es real y qué no. Hay muchos juegos de poder que se juegan simultáneamente, y el periodismo sencillamente no da abasto para chequear todo en tiempo real, además de que, o bien no suelen contar con los recursos –de tiempo, dinero o contactos– para hacer bien esta tarea, o bien sus incentivos no están en la búsqueda de la verdad, sino en la búsqueda del click: deben ser los primeros en reportar una noticia, o esta no tiene valor. Hoy, el periodismo tiene un fuerte incentivo para dar la primicia, un alto incentivo para ahorrar recursos, y un bajo incentivo para no equivocarse. La única salida para este ciclo es que nosotros, como usuarios, les hagamos saber que tienen también un alto incentivo para ser creíbles. Que nos opongamos activamente a medios y profesionales orientados por el click y premiemos la credibilidad y la consistencia.

Otra visión, más libertaria, ve con preocupación las medidas anteriores. Quis custodiet ipsos custodes? ¿Quién vigila a los vigilantes? ¿Qué pasa si los medios para chequear la posverdad son ocupados por los generadores de posverdad y se convierten en meros medios de censura? Dejamos el control de la información fuera del ámbito de la ciudadanía, en grupos de poder que también tienen su agenda detrás. Esta postura considera que el hecho de establecer regulaciones se basa en la idea algo abstracta de que quien la implementa está fuera del juego de intereses y tiene un “posverdadómetro” objetivo que le permite distinguir sin equivocaciones lo verdadero de lo falso. Alternativamente, se proponen herramientas y guías para que los ciudadanos evaluemos si las noticias son confiables o no. Dentro de esta visión se suelen alinear los mismos medios de comunicación, que no desean ser regulados y estar bajo el control de otros.

Las redes sociales también están intentando disminuir la cantidad de bots y cuentas falsas mediante la certificación de que quien escribe es una persona real con nombre y apellido. Pero esto también presenta problemas, porque en el camino se pierde la posibilidad de participar desde el anonimato, algo que algunos consideran un derecho inalienable y que, en algunos países en los cuales el Estado controla el contenido o en sociedades donde la disidencia se paga con cárcel o muerte, implica que los ciudadanos pierden la posibilidad de expresarse.

Hay otro punto a tener en cuenta en relación con la idea de regular a las redes sociales como Facebook: en algunos países, esta es la vía por la que la mayoría de los ciudadanos se informa y se comunica. Regular esta plataforma equivaldría a regular Internet, y no está del todo claro si esto es deseable, ni hablar de si es siquiera posible. Si la historia nos sirve como guía, probablemente no lo sea.

Lo cierto es que, hoy por hoy, difundir noticias falsas, sea de manera intencional o accidental, no suele estar muy penalizado, lo que hace que no haya demasiado incentivo para modificar esa práctica. Cuando los medios se equivocan, la retracción de la noticia falsa aparece con suerte unos días después, y con una difusión mucho menor que la noticia original. El proceso todavía es poco transparente, y nadie nunca dejó de leer un diario porque haya difundido una noticia falsa, sobre todo si estaba de acuerdo con ella.

CÓMO IDENTIFICAR INFORMACIÓN ADULTERADA

En la lucha contra la posverdad, uno de nuestros principales enemigos es nuestro propio cansancio, el agotamiento que produce estar alertas todo el tiempo, esa especie de “fiaca cognitiva” que nos aleja del esfuerzo. Pero si pretendemos ser personas informadas e independientes, necesitamos intentar analizar si puede haber adulteración intencional de la información. No hacer esto nos deja en un lugar más complicado, un lugar en el que cada grupo maneja su “realidad grupal”, y la “realidad común” es la del grupo más poderoso, que logra imponer la suya a los demás gritando más fuerte.

De hecho, a veces difundimos noticias falsas sin saberlo. Pero hay quienes lo hacen sabiendo, y en este caso parte de la intención es “invadir el territorio ajeno”, mostrar poder, tratar de controlar la narrativa, especialmente si es falsa. No podemos mirar para otro lado si esto ocurre.

Y acá hay un problema de difícil solución. Algunos querrán y podrán combatir en esta batalla por averiguar la verdad. Otros no. Es posible que algunos, sumidos en las preocupaciones de su vida cotidiana, no tengan resto para ocuparse de estos asuntos, y debemos entenderlos. También, puede ser que otros se autoexcluyan de esta lucha, sintiendo que no son capaces de entender las sutilezas y de distinguir lo real de lo ficticio. Pero pelear por la verdad no es una acción elitista, sino todo lo contrario. Pensémonos como una única tribu, como una gran familia humana. Así como algunos integrantes de la tribu se especializan en una tarea, otros lo hacen en otra. Si trabajamos por el bien común, nos cuidaremos mejor entre todos. Cada uno tiene algo que aportar.

Agreguemos, entonces, nuevas herramientas a nuestra caja, herramientas que nos ayuden, junto con las anteriores que estuvimos explicitando, a identificar información manipulada.

 

GUÍA DE SUPERVIVENCIA DE BOLSILLO N° 10
¿Cómo identificar información adulterada?

1. ¿Dónde está el poder? ¿Cuáles son sus motivaciones?

2. ¿Estamos desafiando la narrativa que nos llega con una actitud de sano escepticismo? ¿Confiamos demasiado? ¿Desconfiamos demasiado?

En este último capítulo, cerramos la sección 3, dedicada al análisis de la posverdad dolosa. Diseccionado el problema, vamos a cuestiones más concretas. ¿Qué podemos hacer nosotros, cada uno de nosotros, para pelear por la verdad? ¿Qué pueden hacer los comunicadores o los tomadores de decisiones? ¿Hay esperanza?

 

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