Calor humano

¿Cuán peligroso es negar el cambio climático?

EL CONSENSO EN EL CAMBIO CLIMÁTICO

Ya analizamos la posverdad generada por la industria del tabaco, que es muy clara al día de hoy. Los cigarrillos se siguen vendiendo y las personas los siguen comprando, pero sabemos que Big Tobacco influyó en lo que se sabía sobre la conexión entre fumar y la salud y que esa influencia distorsionó la percepción del público y de los Gobiernos, y de esa manera logró postergar acciones concretas antitabaco. Vimos también que con el azúcar las cosas no están tan claras. Se trata de algo más reciente y que seguimos hoy tratando de dilucidar, tanto desde la relación entre el consumo excesivo de azúcares y la salud como de la influencia de la industria en la percepción pública. Sin embargo, aunque no sabemos cuánto influyó realmente, también la industria del azúcar manipuló lo que se sabía y la manera en la que se difundía la información.

Vamos ahora al cambio climático, algo que es todavía mucho más complejo, y por varios motivos. Primero, está ocurriendo, pero no lo notamos en nuestro día a día. Es difícil para nosotros volver concreta una idea tan abstracta y, a veces, anti-intuitiva. Además, las evidencias son muy complejas, y probablemente solo los expertos en clima pueden comprenderlas a fondo. Como si esto fuera poco, es un fenómeno tan a gran escala que posiblemente sentimos, como ciudadanos, que no hay mucho que podamos hacer, algo muy diferente a lo que ocurre con el tabaco y el azúcar. Cuando se trata del cambio climático, las causas, las consecuencias y las posibles soluciones están muy lejos del ciudadano común.

Por otra parte, en este tema se observa una brecha muy importante entre lo que dice la ciencia y lo que los ciudadanos creen que dice la ciencia. El cambio climático y su percepción pública es un buen ejemplo de un caso en el que la posverdad hace de las suyas, posiblemente por los enormes intereses políticos y económicos en juego. Ya estuvimos hablando del tema lateralmente en capítulos anteriores, pero ahora nos detendremos un poco más en los mecanismos posverdogénicos que hay detrás.

Hay una serie de observaciones que nos llevan a concluir que el planeta está atravesando un cambio climático muy veloz. El Intergovernmental Panel on Climate Change (IPCC), creado en 1988 para facilitar “evaluaciones integrales del estado de los conocimientos científicos, técnicos y socioeconómicos sobre el cambio climático, sus causas, posibles repercusiones y estrategias de respuesta”, es un grupo de expertos que evalúa las evidencias científicas, extrae conclusiones y ayuda a definir rumbos de acción para mitigar los efectos del cambio climático. En el IPCC, participan cientos de expertos en las ciencias del clima que provienen de más de cien países distintos. Lo que hacen para el IPCC es recopilar las investigaciones sobre el tema (no hacen investigaciones nuevas), comprender la confiabilidad de las distintas evidencias, sintetizarlas y, con eso, armar informes detallados de cómo está la situación. En base a eso, se sugieren posibles acciones para moderar el cambio climático.

El IPCC informa, en base a la evidencia acumulada, que el cambio climático existe y que una parte importantísima de él es causada por la actividad humana (por eso lo llamamos antropogénico). Hoy, podemos considerar que esto es un hecho observado. Para empezar, la temperatura global está aumentando. Tanto la NASA como la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA, por sus siglas en inglés), de Estados Unidos, coinciden en señalar el año 2016 como el más caliente desde que empezamos a medir la temperatura en 1880 y, aunque no hay reconstrucciones exactas de temperatura global a tan gran escala temporal, hay quienes estiman que el planeta no había estado así de caliente en los últimos 115.000 años.

Dejando de lado algunas variaciones a escalas temporales muy pequeñas, vemos que, en el siglo XX y en lo que va del siglo XXI, la temperatura promedio de la Tierra fue aumentando progresivamente. ¿A qué se debe esto? La principal causa es el efecto invernadero: la acumulación de algunos gases en la atmósfera que provocan que el calor no pueda escapar hacia el espacio. El efecto invernadero es un fenómeno natural y una de las razones por las cuales es posible la vida en nuestro planeta. El problema es cuánto efecto invernadero hay: cuando se acumula un exceso de gases y la temperatura aumenta demasiado rápido, esto se nos vuelve en contra. ¿De dónde provienen esos gases? En gran parte, aunque no totalmente, de la actividad humana. Por ejemplo, desde la Revolución Industrial, a partir de la quema de combustibles fósiles que son parte de los recursos naturales del planeta, nuestros motores y fábricas fueron generando gases que provocan este mayor efecto invernadero, el principal de los cuales es el dióxido de carbono. Se estima que los niveles de dióxido de carbono actuales en el planeta son los más altos de los últimos 4 millones de años.

El aumento global de temperatura del período que va de 1880 hasta ahora se estima en aproximadamente 1 °C, con un margen de error de unas décimas más o menos. Este valor es el promedio del aumento de la temperatura de la superficie tanto de la tierra como de los océanos. Para los que no somos expertos en clima, el aumento de temperatura que se reporta no parece demasiado grande. Y acá aparece una de las dificultades: es muy difícil para nosotros entender cuán grave puede ser un aumento de temperatura global de este nivel. Pero estos valores, que para nuestra intuición parecen bajos, tienen efectos catastróficos en el planeta. Ya mencionamos que la intuición no nos da respuestas muy confiables, y este es otro ejemplo. Ese grado extra alcanza para que, en los océanos, la concentración de dióxido de carbono que está disuelta aumente, la concentración de oxígeno disminuya, y las masas de agua se acidifiquen. Esto daña el delicado ecosistema oceánico y muchas especies mueren o son desplazadas de sus hábitats. Por ejemplo, la gran barrera de coral australiana, el mayor arrecife de coral del mundo y hogar de una gran diversidad biológica, está muriendo rápidamente debido a la acidificación del agua y el aumento de la temperatura. Cuando algunas especies que son base de cadenas alimentarias mueren, esto afecta a aquellas que viven de ellas y, a la larga, también a nosotros, que dependemos de la pesca y actividades relacionadas para nuestra subsistencia. Además de estos cambios, también aumentan los niveles de los océanos. Como las principales ciudades y zonas económicas de la humanidad están en las costas oceánicas, el aumento en los niveles oceánicos pone en peligro la vida humana y produce pérdidas millonarias. El cambio climático también aumenta la probabilidad de algunos tipos de eventos atmosféricos extremos, como olas de calor y sequías.

Este fenómeno es extremadamente complejo, y sus efectos son graduales y progresivos. No es fácil notar su impacto día a día, pero, en la escala de tiempo adecuada, se ve una tendencia clara, y tal vez ya irremediable. Desde que se empezó a investigar sistemáticamente este tema hasta ahora, se hicieron predicciones que fueron cumpliéndose, lo que también muestra que el mecanismo propuesto para el cambio climático muy posiblemente sea correcto.

Las evidencias son muchas, de calidad, y están disponibles en trabajos científicos, sitios de Internet específicos y libros de comunicación pública de ciencia. Es cuestión de buscarlas. Pero hay una dificultad en esto. Hay muchas evidencias científicas disponibles para quien las quiera averiguar, pero, a la vez, muy difíciles de interpretar para el público general, para los que no somos expertos en el área. Como dijimos antes, en estos casos lo que podemos hacer es buscar, y seguir, el consenso científico.

Generalmente, los consensos científicos no se miden. No hay organizaciones independientes que estén evaluando si la comunidad de expertos de cada tema llega o no a consensos. Por supuesto, si inventáramos el “consensómetro” necesitaríamos consenso para saber si funciona, así que no sería muy útil. Y, si no hay aparentes controversias, difícilmente el tema se vuelva una discusión medianamente masiva. Pero el tema del cambio climático es distinto porque, ante los ataques de algunos grupos a la existencia de consenso, finalmente sí se procedió a medirlo y se encontró que un 97% de los expertos en el clima apoya la idea de que no solo existe un cambio climático, sino que una de sus principales causas es la actividad humana. Incluso, se hizo recientemente un análisis respecto de cuál es el consenso entre los científicos del clima, y sus resultados ratifican este valor y muestran, además, que cuanto más experto es el científico en las ciencias del clima, mayor es su acuerdo respecto del papel de la actividad humana en el calentamiento global.

Sabiendo que el consenso entre los expertos es tan alto, incluso si efectivamente no fuera del 97%, sino algo menor, podemos usar esta información como un proxy, como una especie de indicador, y, de esa manera, tener una respuesta aun si nos resulta imposible comprender las evidencias científicas debido a su complejidad.

Pero todo esto nos pone, como sociedad y como individuos, en un lugar incómodo. Es difícil apelar al consenso. Sentimos que perdemos libertad, que cedemos ante otros. Seguir los consensos que nos gustan no es difícil. El problema es seguir aquellos que no. Y aquí está la importancia de la introspección, que nos permite desarmar nuestras ideas al menos un poco para ver cuánto de nuestras posturas se basan en evidencias y cuánto no.

Era para poder abordar este tipo de sutilezas que en los capítulos anteriores traté de contar cómo sabemos lo que sabemos, incluido el valor del consenso científico. Con ese mismo objetivo, incluí la descripción de factores que pueden generar posverdad culposa al distorsionar la verdad ante nuestros ojos.

Pero no debemos perder el norte: es la investigación científica, y el consenso de los expertos en un área particular, lo que nos puede guiar. En el caso del cambio climático, el consenso científico es realmente enorme. Aun así, se siguen escuchando –y destacando– opiniones que se oponen a la idea de que el cambio climático existe y es provocado por la acción humana. ¿Qué dice el 3% restante de los científicos del clima? Curiosamente, entre ellos no hay demasiado acuerdo en una postura, sino que sostienen distintos puntos de vista: algunos creen que no hay cambio climático, y otros que sí lo hay, pero que no es causado por el hombre. No hay una explicación alternativa coherente que permita agrupar a este 3%, y esto es otro aspecto de ese “disenso” que, al final, termina fortaleciendo al consenso.

En base a las evidencias disponibles, casi la totalidad de los expertos coinciden en que el cambio climático antropogénico es un hecho. Por lo tanto, nosotros deberíamos aceptarlo también, y todos los planteos que hicimos respecto de si un consenso puede estar equivocado valen también aquí: es más probable que el consenso acierte o, al menos, que esté más cerca de la verdad que la alternativa, que en este caso es la opinión de algunos ciudadanos no expertos y esta postura de una minoría muy pequeña de científicos.

DISTORSIONES Y MANEJOS

Como todo acto que realiza un ciudadano, hacer ciencia contiene aspectos políticos que determinan mayormente qué ciencia hacemos y cuál no. Sin embargo, esto no quiere decir que las manzanas caigan distinto para los republicanos de Estados Unidos, el agua hierva a diferente temperatura para los peronistas en Argentina o la ley de conservación de la masa aplique de manera especial para los votantes del PT en Brasil. Incluso si la ciencia del clima estuviera influenciada por aspectos políticos, se espera que, a la larga, las conclusiones generales, las más consensuadas, sean confiables, dado que la investigación se basa en la revisión por pares de los trabajos y en el constante desafío por parte de los demás científicos. Pero esto es la ciencia. ¿Qué pasa con la percepción pública de la ciencia?

En 2016, el Pew Research Center investigó cuidadosamente la percepción del público estadounidense frente al cambio climático antropogénico. Los resultados mostraron que existe una clara diferencia de actitud ante cuestiones relacionadas con el cambio climático según se trate de republicanos o de demócratas: los republicanos manifiestan mucha menor confianza que los demócratas en los científicos del clima y en la existencia del consenso. Además, la postura de cada grupo es diferente según cuánto conocimiento científico tenga la persona. Mientras que la mayoría de los demócratas con conocimiento alto en ciencia concuerda en que el cambio climático se debe a la actividad humana, entre los demócratas con bajo nivel de conocimiento científico, este valor es de menos de la mitad. Lo curioso es que, entre los demócratas, la postura respecto al cambio climático y sus consecuencias es diferente según el nivel de conocimiento en ciencia, pero este fenómeno no se observa entre los republicanos, entre quienes las posturas frente al tema parecen ser equivalentes independientemente del conocimiento general en ciencia.

Ya hablamos en otros capítulos sobre este tema y sobre cómo puede haberse generado esta diferencia asociada a posturas partidarias. Mencionamos que una de las hipótesis era que el tema hubiera llegado a la sociedad a través de referentes político-partidarios, quienes, de esta manera, le habrían asignado a la postura un componente tribal.

Pero más allá de las cuestiones partidarias, en Estados Unidos, uno de los países cuya actividad impacta más en el cambio climático, existe una enorme brecha de consenso, o grieta, entre lo que la ciencia dice y lo que la sociedad en su conjunto cree que la ciencia dice. Las personas no expertas consideran que el desacuerdo entre los científicos es mucho mayor de lo que efectivamente es, y esto es lo peligroso, porque acá entra la posverdad. Esta grieta que aparece entre la postura de los expertos, basada en evidencias, y la de un sector de la población se ve también en otros temas, como la seguridad y eficacia de las vacunas, la seguridad de los alimentos provenientes de organismos genéticamente modificados, la eficacia de políticas de control de acceso a armas de fuego o la evolución por selección natural de los seres vivos.

La información está disponible. Es mucha y es confiable. Sin embargo, aparece de manera recurrente, como si fuera válida, la postura de que no hay cambio climático antropogénico. ¿Por qué ocurre esto? Hay varias posibilidades. Por un lado, puede ser que los ciudadanos no estemos adecuadamente preparados para comprender la complejidad de las evidencias que sustentan esta idea. Después de todo, casi ninguno de nosotros es científico del clima. Pero también hay otras posibles causas, como que la sociedad se vea afectada por el modo en el que los medios de comunicación tratan el tema, o que exista un lobby de empresas que activamente esté influyendo en la opinión pública.

Las más grandes empresas petroleras o las que basan su industria en el uso de combustibles fósiles que contribuyen al cambio climático tienen presencia en los medios y sostienen la idea de que generan energía “limpia” o manifiestan dudas respecto de la existencia del cambio climático antropogénico. Este tipo de afirmaciones son rebatibles con evidencias científicas. Por supuesto, las empresas tienen todo el derecho de hacer publicidad. La pregunta es si tienen derecho a mentir.

Las empresas que sacan provecho del petróleo, generalmente conocidas en conjunto como Big Oil, son poderosísimas. Hay pruebas de que intentaron manipular investigaciones científicas, ocultar resultados contrarios a sus intereses y hacer lobby ante políticos y personas influyentes. Incluso con todo esto a su favor, no lograron torcer el consenso científico. Así de fuerte es el consenso. Lo máximo que lograron fue instalar cierta duda en algunos sectores, particularmente en aquellos que ideológicamente ya estaban predispuestos. Otra vez, la generación de duda irrazonable como mecanismo detrás de la posverdad.

Lo interesante –y lo preocupante también– es que es posible analizar la estrategia de sembrar dudas, que no varía cuando uno pasa de Big Tobacco a Big Oil. Naomi Oreskes y Erik Conway, historiadores de la ciencia, escribieron en 2010 el libro Merchants of Doubt: How a Handful of Scientists Obscured the Truth on Issues from Tobacco Smoke to Global Warming [Mercaderes de la duda: Cómo un puñado de científicos ocultaron la verdad sobre el calentamiento global], en el que exponen algunas de las estrategias que utilizaron con el objetivo explícito de instalar dudas donde hay consenso. No hace falta convencer: la duda alcanza para postergar decisiones y acciones, y a veces, es suficiente para sus intereses. La duda como producto que se genera y se propaga.

Como dice el Gran Maestro de ajedrez Garry Kasparov, “Rara vez dicen ‘Esto es falso. Esto es la verdad’. Eso requiere evidencias y debate. Así que dicen ‘Esto es falso. Nadie sabe la verdad'”.

Algunas petroleras dijeron públicamente que su objetivo es transformarse en compañías de energía limpia, y empezaron a diversificar sus inversiones en energías limpias. Desde este punto de vista, y siendo extremadamente generosos, el intento de sembrar dudas es una herramienta para ganar tiempo. Pero tiempo es una de las cosas que no tenemos.

¿Y qué está ocurriendo a nivel político, particularmente en Estados Unidos, uno de los países que más gases de efecto invernadero generan? Aun antes de ser presidente, Donald Trump se refirió al calentamiento global como “un fraude”. Ahora, como presidente, varios miembros de su Gobierno se manifiestan opositores al consenso científico sobre el cambio climático antropogénico, y los que no lo hacen, terminan alejándose de su Gobierno. Uno de los problemas de que desde un Gobierno se sostengan posturas contrarias a la evidencia es que se trata de un grupo de personas muy poderosas que, por lo tanto, tienen mayor probabilidad de instalar su opinión, que, en este caso, es claramente infundada.

Esta es otra de las razones por las cuales debemos combatir la posverdad: si no lo hacemos, quien tiene el poder –tenga razón o no– puede, gracias a ese poder, dispersar su opinión de manera desproporcionada a su calidad.

POSVERDAD EN EL CAMBIO CLIMÁTICO

¿Podemos hablar de posverdad intencional en el caso de cambio climático? Retomemos las preguntas de la Guía de Supervivencia N° 9 y analicemos brevemente cada una.

El primer punto era acerca de lo que sabemos: “¿Qué se sabe sobre el tema y con qué confianza? ¿Hay consenso científico?”. Esto parece estar claro. El consenso científico no solo existe, sino que es particularmente grande, y las voces disidentes no tienen una explicación alternativa única ni considerada de “buena calidad” desde la ciencia.

El segundo estaba vinculado con aspectos que generan posverdad casual: “¿Puede haber factores de posverdad casual influyendo, como creencias, emociones, sesgos, tribalismo, confusión sobre quiénes son los expertos y/o adulteración de la información?”. Mencionamos que, al menos en Estados Unidos, la sociedad considera que hay más controversia a nivel científico que la que realmente hay, y aparecen cuestiones tribales en relación al partido político con el que cada uno se identifica y su postura frente al cambio climático. Este es un ejemplo de cómo, aun estando ante una posverdad dolosa, intencional, su efecto sobre nosotros no sería tal si pudiéramos estar más alertas a los factores que hacen que colaboremos con esa posverdad sin buscarlo, sin darnos cuenta, sin hacernos cargo. Hay creencias personales en juego, de personas cuyas intuiciones les dicen que el cambio climático no puede ser real si en su localidad no es evidente que haya temperaturas mayores. También, hay sesgo de confirmación y tribalismo, como con la alineación de la postura a la preferencia político-partidaria, y tanto desconfianza en los expertos del IPCC como confianza en lo que dice el Gobierno o algunas partes interesadas. Por último, la información nos llega distorsionada. El consenso claro se “pierde en el camino”, y si nos informamos sobre el cambio climático por las noticias, es posible que parezca que hay una controversia cuando no la hay.

Pasemos, entonces, a temas más sensibles. “¿Puede haber conflicto de intereses en la generación del conocimiento y su comunicación? ¿Quiénes financiaron las investigaciones? ¿Quiénes financian la transmisión de la información? Si hay publicidad, ¿quién la hace?”. No parece haber habido demasiado conflicto de intereses en la generación de conocimiento, pero algo ocurre en la transmisión hacia la sociedad. A veces, aparece una distorsión del consenso, publicidad de las empresas más involucradas en la generación de efecto invernadero, y el Gobierno estadounidense no parece estar demasiado comprometido con combatir el cambio climático.

“¿Hay asociaciones independientes u organizaciones de expertos que revisen sistemáticamente la información para buscar el consenso?”. En el caso del cambio climático, el IPCC es una organización independiente que hace esto. Formada por científicos de todo el mundo, expertos en analizar el clima, está permanentemente revisando las evidencias y analizando posibles problemas y soluciones. Además, los países suelen tener instituciones científicas que hacen, a menor escala, análisis similares.

“¿Podría estar instalándose una duda donde parece haber certeza? ¿Podría estar instalándose una certeza donde parece haber duda? ¿Podrían estar distrayéndonos de lo central con cuestiones secundarias? ¿Cómo encajan los intereses político-económicos en todo esto?”. Y acá empiezan las dificultades. Vemos que, de un lado, está toda la evidencia, y del otro, hay una incertidumbre exagerada.

Un modo de justificar el hecho de no llevar adelante políticas tendientes a disminuir la emisión de dióxido de carbono es, directamente, negar la necesidad de hacerlo. Hay posturas negadoras del cambio climático: algunos científicos, miembros del Gobierno estadounidense actual e industrias que dependen del petróleo son quienes las sostienen. A veces, como en ejemplos anteriores, la estrategia que usan es la de poner en duda el conocimiento ya logrado y decir que todavía no se sabe, que todavía la ciencia no se expidió con certeza sobre el tema. Como ya dijimos, no hay mejor manera para desacreditar la ciencia que empujar maliciosamente la barrera de la evidencia requerida para actuar y “pedir que haya más ciencia”.

No parece haber mucha duda acerca de que no hay una postura alternativa, válida, para explicar lo que observamos respecto del cambio climático. La discusión está, quizás, en si esta exaltación de la falsa controversia que se sigue observando es solo la duda inocente de algunos actores o si incluye una generosa dosis de duda creada adrede con la intención de instalar en la opinión pública la idea de que hay todavía un debate posible, de modo que la sociedad no se comprometa demasiado con exigir que se actúe para mitigar el cambio climático. No es fácil resolver esto. La manipulación intencional de la opinión pública luce a priori bastante similar a un sencillo sesgo de confirmación. Esto se ve también en el tipo de medios de comunicación que cada uno de nosotros elige consumir: lo más frecuente es que sigamos aquellos que muestran posturas ideológicas o políticas afines a las nuestras.

“¿Quiénes se benefician con postergar determinadas acciones? ¿Quiénes se benefician con definir determinadas acciones?”. Postergar acciones para combatir el cambio climático protege a algunas industrias en particular que se ven amenazadas por las políticas que deberían tomarse para mitigar sus efectos. Para pensar el beneficio de combatirlo, en cambio, necesitamos entender qué implica aceptar o rechazar el cambio climático antropogénico. ¿Por qué importaría? Porque sin acuerdo, no hay acción posible. Desde el 4 de noviembre de 2016, está en vigencia el Acuerdo de París, que fue firmado a fines de 2015 por casi doscientos países. El acuerdo representa un compromiso por parte de los países de mantener el calentamiento global por debajo de los 2 °C y de intentar mantener ese valor por debajo de 1,5 °C. Para lograr ese plan ambicioso, se deben fijar políticas estrictas con el objetivo de lograr disminuir la emisión de gases de efecto invernadero, como regular las industrias que generan este tipo de gases mediante impuestos sobre el carbono o medidas similares. A la larga, el compromiso tomado en el Acuerdo de París incluye que se elimine por completo la emisión de estos gases, lo que claramente implica migrar de una economía basada en combustibles fósiles a una que utilice energías que no produzcan emisión de gases de efecto invernadero, como la solar, la eólica o la nuclear.

Considerando este marco, es más comprensible la razón por la cual en este tema se ve una brecha de consenso mayor entre los republicanos que entre los demócratas. Hay razones ideológicas, políticas y económicas involucradas, lo que nos lleva al último punto: “¿Podrían nuestras creencias, emociones, sesgos, tribalismo o selección de la información estar influyendo en las respuestas a las preguntas anteriores?”.

Probablemente, uno de los grandes desafíos de nuestro presente sea diferenciar cuándo nuestro sesgo de confirmación opera de manera interna de cuándo lo hace alimentado por agentes externos. De cualquier manera, ya sea que la influencia venga de uno mismo o de un otro, necesitaremos estar atentos para prevenirlo.

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