El humo entra en tus ojos

¿Qué rol jugó la industria del tabaco en la historia moderna de la posverdad?

Llegamos, finalmente, a la posverdad como se la suele entender, aquella generada intencionalmente por grupos que buscan controlar una narrativa para beneficiarse, que intentan engañar tanto escondiendo la verdad cuando se la conoce como aparentando certezas ante cuestiones que aún son dudosas.

En el primer caso, si hay certeza, instalan una duda. Esa certeza, como ya dijimos varias veces, no podrá ser absoluta, pero incluso si ya es bastante sólida, estos grupos pueden plantear que todavía no se sabe todo, que hace falta investigar más, o pueden intentar distraer de la cuestión principal señalando la necesidad imperiosa de ocuparse de detalles que no son tan relevantes. En el segundo caso, si hay duda, instalan certeza. Vemos esto muy frecuentemente cuando un único estudio, una medición aislada o la postura de un experto se exageran, sin considerar el consenso, y se toman como verdad absoluta. A veces, esto se acompaña por algunos medios de comunicación que, por enfatizar la novedad y buscar sorprendernos, aplican el terrible “según un estudio de la universidad de…”. Este “según la ciencia” es, lamentablemente, una manera muy efectiva de instalar certezas donde no las hay, de justificar decisiones haciendo parecer que están basadas en evidencias cuando en realidad no están basadas en el cuerpo total de evidencias disponibles.

En la primera sección de este libro, vimos cómo podemos llegar al conocimiento. En la segunda, sumamos a esa base el análisis de algunos de los factores que colaboran con la generación culposa de posverdad. Necesitaremos que lo visto en ambas secciones funcione como cimiento firme antes de entrar en esta, en la que veremos de qué manera algunos grupos intentan –con mayor o menor éxito– aprovechar para su conveniencia esos mecanismos que generan posverdad involuntaria. Los usan de anzuelo, y nosotros picamos. Si nosotros no picáramos, ellos no lograrían influenciarnos. Si en la sección anterior éramos victimarios de una posverdad culposa, en esta seremos víctimas de una posverdad dolosa, pero no olvidemos que podríamos no serlo si no estuviéramos nosotros mismos, ya sea por descuido, cansancio, desinterés, distracción o confusión, colaborando con la posverdad.

Nosotros, con nuestras creencias, sesgos, emociones y tribalismo, nos vemos más seducidos por algunas explicaciones que por otras, y es muy frecuente que no logremos priorizar la búsqueda de la verdad. Si un grupo de poder, sea una empresa, un individuo o un Gobierno, quiere expandir ese poder, es posible que intente aprovechar estas características nuestras para su beneficio. Nos transforman en armas de posverdad, en armas que ellos controlan.

Esto ocurre a veces, pero no siempre. No debemos creernos inmunes a estas manipulaciones, ni caer en ideas conspirativas de que detrás de todo hay alguien moviendo los hilos. Esos dos extremos son las posturas fáciles: la confianza ciega y la desconfianza ciega. Si fuera tan fácil, no haría falta seguir pensando cómo solucionar estos problemas. Lo difícil es encontrar el punto justo de confianza, y es eso lo que necesitamos aprender a hacer mejor.

Podríamos hablar de ejemplos de posverdad poniendo el foco en los ejemplos en sí, pero eso no nos prepararía mejor para identificar una nueva amenaza. En cambio, hablaremos de ejemplos destacando el proceso que hay detrás, el esqueleto de la posverdad, la estructura. Esa estructura se repite, con leves variantes, y si logramos reconocerla en situaciones nuevas, tendremos más posibilidades de pelear contra la posverdad, sobrevivir y tal vez hasta desnudar a sus generadores.

El primer capítulo de esta sección está dedicado a mostrar cómo la industria del tabaco sembró dudas sobre el hecho de que fumar causa cáncer. En el segundo, veremos algo similar, pero con la industria del azúcar, con la complejidad agregada de que se trata de algo más reciente, que todavía estamos viviendo y que no conocemos aún con tanta claridad. Luego, veremos que, a pesar de que se sabe que está ocurriendo un cambio climático generado en buena medida por la actividad humana, la sociedad cree que hay más dudas de las que hay, en parte por la influencia de la industria del petróleo, que es una de las que se verían más perjudicadas por tomar acciones para mitigar el cambio climático. En estos tres casos, la duda es el producto, y lo que se sabe se hace a un lado.

Quien controle adecuadamente la información tendrá la fábrica de posverdad. Es el Anillo Único, el Anillo para gobernarlos a todos. Tanto la duda como la certeza infundada se transforman en productos que se venden. La información es, entonces, manipulada, adulterada, y nosotros, los que operamos en base a esa información, no sabemos en qué confiar y en qué no y empieza a parecer todo lo mismo.

A algunos podría preocuparles que esta disección de procesos termine ayudando al “enemigo” al decirle qué debe hacer y qué no, pero hay dos motivos para seguir adelante: primero, quienes saben manejar la posverdad ya conocen estos trucos, y no hay nada acá que pueda servirles; segundo, nosotros podríamos beneficiarnos mucho de tener más presentes estos trucos para no ser engañados o terminar siendo promotores de posverdad sin darnos cuenta.

Adelante.

FUMANDO ESPERO (NO TENER CÁNCER)

Por la ruta de la seda, desde Génova a Catay, a través de los desiertos de Asia, caravanas de comerciantes y aventureros llevaban té, seda y especias. Por la misma ruta por la que viajaban los bienes, también pasaba información: cuentos, ideas, tecnologías, formas de ver el mundo. Tanto ir y venir, y un palacio soñado por un emperador chino aparece en un poema escrito bajo la influencia de un producto del Indostán por un poeta inglés. No es tan sorprendente: la información es un bien como cualquier otro, algo que tiene valor y que cambia el mundo, y que se intercambia, se compra y se vende. Un bien que puede adulterarse.

Muchos de los cambios de nuestro mundo tienen que ver con la disponibilidad de más y más información para más y más gente. Pero no vamos a hablar de ese buen uso, sino de otro, de cuando la industria del tabaco buscó combatir datos reales acerca del daño que fumar cigarrillos causa sobre la salud humana mediante la falsificación, el ocultamiento y la generación de información de dudosa calidad.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud, cada año el tabaco mata a unas 7 millones de personas, y les causa a muchas más cáncer y enfermedades respiratorias y cardiovasculares crónicas. El tabaco es extremadamente tóxico, y es la única sustancia que, usada como se supone que debe ser usada, termina matando a la mitad de sus consumidores voluntarios.

Claro que creer que el tabaco provoca cáncer de pulmón es distinto de probarlo fehacientemente. No fue para nada sencillo hacerlo, no solo por la dificultad metodológica en sí, sino también porque hubo manipulaciones de la información, en un proceso que hoy consideraríamos típico de la posverdad. Aun con todo esto en contra, finalmente el peso de las evidencias fue tan grande que hoy podemos afirmar con seguridad que fumar tabaco causa cáncer.

La primera pista fue que, cuando se masificó el consumo de cigarrillos entre principios y mediados del siglo XX, aumentó la incidencia del cáncer de pulmón, que, hasta entonces, era una enfermedad rarísima.

Esta evidencia epidemiológica, que, además, mostraba una fuerte relación temporal (el aumento en los casos de cáncer fue posterior al aumento en las ventas de cigarrillos), despertó la fuerte sospecha de que había una relación causal entre las dos cosas, y no solo una correlación. Para estudiar si esto era así o no, se buscaron evidencias con cuatro enfoques distintos.

En primer lugar, se hicieron estudios poblacionales, observacionales, que mostraron con claridad que la tasa de cáncer de pulmón en los fumadores era muchísimo más alta que en los no fumadores, y más alta en los que fumaban más cigarrillos que en los que fumaban menos, lo que indicaba que el efecto dependía de la dosis. Además, esta relación era algo bastante general que no dependía ni del lugar ni de características personales. Por otra parte, el aumento en los casos de cáncer de pulmón era proporcional al aumento en las ventas de cigarrillos. Se llevaron a cabo muchos estudios observacionales distintos, independientes entre sí. En todos los casos, la correlación era muy fuerte, pero esto por sí solo no alcanza para probar causalidad.

Otra línea de evidencias provino de experimentos con animales de laboratorio. Un argentino, Ángel Roffo, fue uno de los pioneros en estos estudios, y ya en 1931 logró demostrar que el humo concentrado a partir de la destilación del tabaco podía provocar tumores en la piel de conejos. Para 1950, había ya muchos otros experimentos en el mundo que mostraban que el humo del tabaco generaba cáncer en animales.

Una tercera línea, más allá de las observaciones epidemiológicas o los experimentos en animales, fueron los estudios celulares. Se investigó en laboratorio cómo los componentes del cigarrillo modificaban las células en cultivo (células que son crecidas en placas de vidrio y con las que se pueden hacer experimentos). Además, se estudiaron, a partir de autopsias, las células del tracto respiratorio y los pulmones de personas que habían fallecido por cáncer de pulmón. El daño en las células era claro.

El cuarto y último enfoque de búsqueda de evidencias del vínculo entre el cigarrillo y el cáncer fue el análisis químico de los componentes del humo del cigarrillo. Se encontraron varias sustancias cancerígenas. Otra vez, Ángel Roffo fue el primero en identificar, en la década del 30, que el humo del cigarrillo contiene varios tipos de compuestos capaces de provocar cáncer.

Se iban apilando evidencias obtenidas por diferentes metodologías y enfoques, y todas ellas señalaban lo mismo: el tabaco provoca cáncer. Esta convergencia o consiliencia de evidencia es más que la suma de sus partes: no es una sola aproximación la que logra probar causalidad, sino la confluencia de todas ellas.

También, se empezó a buscar qué otro factor, que no fueran los cigarrillos de tabaco, podría estar provocando el aumento de casos de cáncer de pulmón. Pero no se pudo encontrar otras sustancias: o la asociación entre ambas variables no era fuerte, o no se ajustaba a lo que se observaba a lo largo del tiempo. No había explicación alternativa convincente y plausible para explicar lo que estaba ocurriendo. Por supuesto, un crítico podría decir que esa sustancia hipotética existe, solo que no estamos logrando encontrarla. Pero no podemos probar que algo no existe. Cuando sumamos eso a todo lo que sí sabemos sobre el cigarrillo, lo que se logra es fortalecer la asociación causal entre fumar y el cáncer.

Evidencia en mano, las autoridades sanitarias empezaron, entonces, a alertar sobre los peligros del cigarrillo y a realizar campañas de información y concientización. Junto a esto, llegó el contraataque de la industria, basado en la generación de duda irrazonable.

Uno de los argumentos contra la idea de que fumar causa cáncer es que no todos los que fuman se enferman. Pero, en epidemiología, que algo cause otra cosa no significa que lo hace en la totalidad de los casos, sino que aumenta significativamente la probabilidad de que ocurra. Algunos incluso eligen no hablar de causa en estas situaciones, sino de que fumar es un factor, entre muchos, que aumenta el riesgo de contraer cáncer de pulmón. Para nuestros fines, no entraremos en estas distinciones: hablaremos de causalidad entre dos eventos, ya sea que se trate de una relación directa e inmediata, o de una más distante e indirecta. Lo que nos interesa en el caso de una enfermedad es entender los riesgos para poder prevenirlos.

Fumar aumenta muchísimo el riesgo de cáncer de pulmón. No es que los que fuman tienen cáncer de pulmón. Eso sería solo pura correlación. No, los fumadores que tienen cáncer de pulmón lo tienen porque fuman. Aun si no todos los fumadores terminan con cáncer o no todos los enfermos de cáncer de pulmón son fumadores, para bajar los riesgos de cáncer de pulmón, podemos decir con altísima confianza, que lo que hay que hacer es apuntar a la prevención y no fumar tabaco. Es esa la causalidad que nos importa y la que elegimos resaltar.

Como vemos, probar causalidad es complejo. Como dijo Jerome Cornfield en un paper sobre este tema: “Un universo en el que causa y efecto siempre se corresponden uno a uno sería más fácil de comprender, pero obviamente no es el tipo de universo en el que vivimos”.

PIONEROS DE LA POSVERDAD

En la década del 50, la mayor parte de los médicos no aceptaba aún el vínculo entre fumar y el cáncer, pero la sospecha había comenzado a abandonar exclusivamente el reino de lo académico y a llegar al gran público, especialmente cuando publicaciones muy populares, como el Reader’s Digest, empezaron a cubrir el tema. Esto comenzó a afectar la venta de cigarrillos, y, como consecuencia, apareció la resistencia y el que posiblemente haya sido el primer ejemplo histórico documentado de un ataque deliberado de posverdad a gran escala contra la ciencia moderna.

En 1953, ejecutivos de seis de las más grandes empresas de Estados Unidos se reunieron en Manhattan con John W. Hill, fundador de una importante empresa de relaciones públicas, para desarrollar una estrategia conjunta. En esa reunión, se tomaron una serie de decisiones bien conscientes y planeadas que terminaron logrando que tanto los consumidores como el personal de la salud, el periodismo y funcionarios del Estado dudaran de que los cigarrillos estaban matando personas. Había nacido la posverdad intencional, dolosa: una serie de acciones dirigidas a generar dudas en donde no debía haberlas.

Las tabacaleras, conocidas en conjunto como Big Tobacco, decidieron atacar sistemáticamente las evidencias científicas que iban surgiendo, hacer publicidad más agresiva –algo de esto aparece bastante bien representado en la serie Mad Men– y acercarse a periodistas con influencia para que escribieran a favor del cigarrillo. Para las publicidades, muchas veces elegían mostrar a médicos que recomendaban fumar porque era bueno para la salud, o a actores famosos y personas influyentes de la época.

Con respecto a los estudios observacionales, las tabacaleras decían que correlación no implica causalidad, lo cual, dicho así, es cierto. Pero no mencionaban que, a veces, una correlación sí muestra causalidad subyacente: que no la implique no significa que no exista. Y con respecto a los experimentos, decían que lo que les pasaba a los animales no era comparable con seres humanos. Esto también es cierto; por supuesto, por razones éticas, los únicos experimentos que se hacían eran en roedores y animales similares, no en personas. Pero eligieron no destacar que, aunque es cierto que no podemos extrapolar automáticamente resultados obtenidos en animales a seres humanos, la biología de los mamíferos de laboratorios no es tan distinta de la nuestra, y justamente por eso son tan útiles para la investigación. También plantearon que, en realidad, el cáncer de pulmón –que reconocían que se veía cada vez con mayor frecuencia– podría estar siendo provocado por muchas otras causas, y no necesariamente por los cigarrillos.

Es decir, usaron aspectos reales de la investigación científica, como que nunca se puede estar 100% seguro de algo y que siempre puede investigarse más sobre un tema, para distorsionar las conclusiones que se iban obteniendo. Es como decir que, como no es 100% seguro morir si uno se tira de un edificio, entonces no podemos decir que tirarse de un edificio sea mortal.

Es muy fácil desacreditar lo que ya se sabe pidiendo más investigaciones, desconfiando de los resultados que ya se tienen, poniendo un manto de duda sobre conocimiento que es sólido. Pedir más ciencia cuando la ciencia ya habló es una estrategia muy utilizada dentro de la posverdad intencional: si algo ya se conoce bien, mostrarse escéptico es una manera muy sencilla de intentar tirar abajo lo que la ciencia ya logró dilucidar. Pero, como dijimos, esto no es ser escéptico: es ser negacionista. Y la industria del tabaco fue quizá la primera en adoptar esta estrategia de manera sistemática.

En paralelo, empezaron a financiar sus propios estudios científicos para generar evidencias a favor de los cigarrillos (partiendo de una base tan errónea como hacer estudios para probar algo en lugar de hacerlos para poner a prueba si algo es como creemos). Estas investigaciones tenían, como mínimo, problemas metodológicos y, como máximo, construcciones metodológicas decididamente orientadas a generar resultados convenientes para las tabacaleras. Todo esto no era demasiado evidente en ese entonces, y tampoco llamaba tanto la atención que las tabacaleras financiaran investigaciones sobre tabaco, algo que hoy sería un claro conflicto de intereses que se debería explicitar. Estas empresas financiaron también investigaciones sobre muchos otros temas, lo que las posicionó ante la sociedad como “empresas responsables” que bregaban por el bien común.

La estrategia de Big Tobacco no era convencer a las personas de que los cigarrillos eran inocuos. No buscaban negar lo que se sabía, sino confundir el ambiente para generar una supuesta controversia, una duda. Eso fue suficiente para postergar regulaciones, impuestos y adjudicación de responsabilidades, y para mantener alta la venta de cigarrillos. Fue la primera vez que se llevó a cabo una estrategia de estas características. Antes de que la palabra posverdad existiera, Big Tobacco había generado un verdadero manual de instrucciones.

Con el tiempo, algunos periodistas comenzaron a publicar la información científica sobre el tabaco a pesar del lobby de las tabacaleras. En el ambiente científico, se empezó a señalar abiertamente qué investigaciones estaban financiadas por esa industria. Tiempo después, comenzaron los primeros juicios contra las tabacaleras.

Pero destaquemos esto. Si la estrategia de Big Tobacco fue exitosa, fue también gracias a que nosotros, como sociedad, caímos en sus trampas. Primero, no entendimos la ciencia ni buscamos el consenso científico, confundimos expertos competentes con falsos expertos, no notamos que nos llegaba parte de la información y no toda, y que la que nos llegaba estaba distorsionada por la publicidad y por la acción del lobby de las tabacaleras. Además –y esto pasa muchas veces con sustancias o situaciones que son placenteras y/o adictivas–, hubo mucha negación de la sociedad a aceptar las evidencias del daño que causaba fumar. Como el cáncer aparece muchos años después de comenzar a fumar, la asociación causal no resultaba del todo evidente desde la intuición, y la evidencia científica no era tenida en cuenta por los ciudadanos.

Pero pongamos fechas para entender la magnitud del éxito de la estrategia de Big Tobacco. Para la década del 60 ya estaba clara, desde la ciencia, la relación causal entre fumar y la prevalencia del cáncer. Ya se había difundido este conocimiento entre el personal de salud y algunos funcionarios. Pero hasta finales del siglo XX, las tabacaleras lograron manejar la opinión pública, que en gran parte seguía pensando que había una controversia cuando en realidad hacía décadas que no la había. Veremos esto repetirse en los ejemplos que mencionaremos luego, junto con otro de los rasgos de la posverdad intencional: la certeza que está en el mundo académico es diluida para cuando llega a la sociedad.

DESARMAR LA MENTIRA

Recién en 1994, las tabacaleras fueron llevadas a juicio, en Estados Unidos, por el daño a la salud que provocaban. En esos juicios, se revelaron documentos secretos que mostraban que sabían perfectamente del daño que causaban, pero lo habían ocultado. Aun así, plantearon una estrategia de defensa que puede parecer extraña: dijeron que, como el daño que causaba fumar ya era público, el fumador estaba asumiendo voluntariamente el riesgo. Esta fue la primera vez que las tabacaleras de Big Tobacco reconocieron públicamente lo que estaba ocurriendo. Y no pasó tanto tiempo desde entonces. Pasaron del “somos buenos para tu salud” al “no hay evidencia de que seamos malos”, y de ahí al “ustedes sabían que éramos malos e igual eligieron consumirnos”.

¿Funcionó esto? Sí y no: si bien las tabacaleras se vieron obligadas a pagar sumas millonarias a los estados y al Gobierno federal y se sentó un precedente importante, estas medidas prácticamente no afectaron a la industria, posiblemente porque fueron moviendo el mercado hacia otros países. Sí vale destacar que se aumentaron aún más los impuestos al cigarrillo y se reguló la publicidad que podían hacer, y que no solo se reveló que sabían perfectamente que la nicotina es adictiva –de hecho, manipularon los cigarrillos para que llegara más cantidad de nicotina a los pulmones de los fumadores– y que la inhalación del humo genera innumerables problemas de salud, sino que también quedó bien claro que existía una estrategia específica de ocultamiento. Un memo interno de 1969, que pertenecía a una de las tabacaleras más grandes, decía explícitamente: “La duda es nuestro producto porque es la mejor manera de competir con el cuerpo de evidencias que existe en la mente del gran público. También es la manera de establecer una controversia”.

No es difícil generar la duda, y debemos ser conscientes de esto porque es algo que sigue apareciendo recurrentemente.

No por esto soy crítica de la duda. Nada está más lejos del espíritu de este libro. La duda razonable es el motor del conocimiento. Y, en cuestiones de salud tan importantes como los efectos del cigarrillo, quizás en cuanto aparecieron las primeras evidencias del daño que provocaba fumar se tendría que haber aplicado el principio de precaución: ante un riesgo tan alto, es mejor actuar con precaución, suponiendo que hace daño, y, si después resulta que el miedo era exagerado, revertir la decisión. Pero sí quiero ser dura contra la duda irrazonable, la que pretende cuestionar consensos, pero no se basa en evidencia extraordinaria. Lo único que hace este tipo de duda es ensuciar el agua para que parezca profunda y postergar así acciones concretas escudándose en un “no sabemos lo suficiente” que corre la frontera de la certeza siempre un paso por delante de los intereses del que pretende definir la vara.

Una vez que se siembra la duda irrazonable, es muy difícil corregirla con hechos. Por supuesto, toda crítica válida a las evidencias y las conclusiones que se extraen a partir de ellas debe ser abordada y, en lo posible, respondida. Pero enfaticemos lo de válidas. Si los planteos se enfocan en detalles irrelevantes, en evidencias de mala calidad o en intentos de demostrar que algo no existe, debemos preguntarnos, como mínimo, si hay buena fe del otro lado o si, en cambio, son intentos de retrasar la obtención de un consenso y la toma de decisiones a partir de él. Puede ser que en un tema falten evidencias, pero también puede ser que haya evidencias que algunos grupos no quieren tomar en cuenta porque se oponen a su postura previa o a sus intereses. Si faltan evidencias, hay que intentar conseguirlas. Pero, en el otro caso, el problema es otro, no la falta de ciencia. Esta distinción es central para sobrevivir a la posverdad.

Una cosa es la descripción más teórica y abstracta de qué información da cada tipo de evidencia, y otra distinta es qué ocurre con toda esa información en el mundo real, con las dificultades inherentes a sistemas que son complejos no solo en relación con los problemas científicos que se busca resolver, sino también con todas las capas sociales, económicas y de valores que se suman.

CÓMO ENCONTRAR POSVERDAD INTENCIONAL

Cuando la estrategia de las tabacaleras –mentir, ocultar información, generar dudas injustificadas, financiar investigación sesgada que justifique su punto, etc.– salió a la luz, apareció un nuevo campo de investigación que aborda las preguntas de cómo lograron confundir de esa manera, cómo pudieron manipular la opinión pública e instalar una controversia falsa. Robert N. Proctor, un historiador norteamericano de la ciencia que desde hace mucho se dedica a estudiar estos temas, inventó en 1995 la palabra agnotología (agnotology) para referirse al estudio de la producción de ignorancia. La agnotología es el estudio de las acciones que se hacen para generar duda, engaño y confusión con el objetivo de obtener un beneficio.

No se trata de la ignorancia de no saber algo que podríamos aprender, ni de la ignorancia de hacer a un lado el conocimiento que contradice nuestras posturas previas, ni tampoco de no ocuparnos de aprender algo porque no nos llama la atención. La agnotología estudia la ignorancia inducida culturalmente, aquella producida adrede por alguien a partir de una estrategia determinada. Según Proctor, la agnotología es hoy aún más relevante que cuando la propuso, porque “vivimos en la edad dorada de la ignorancia”. Y, así como tenemos que entender quiénes y cómo producen conocimiento, también tenemos que entender quiénes y cómo producen ignorancia. Como dijimos, la información es un producto, y falsificarla, adulterarla o producir escasez artificial puede ser un buen negocio para algunos.

¿Cómo podemos, a partir de lo que ocurrió con las tabacaleras, prepararnos mejor para poder identificar situaciones similares en otros campos? Presentamos una nueva Guía de Supervivencia de Bolsillo, una que se ancla en las anteriores, que nos ayudaban a encontrar el conocimiento y que nos permitían identificar posibles factores de posverdad culposa. En esta guía de bolsillo, partiremos del supuesto de que estamos hablando de un tema fáctico, o que al menos tiene un aspecto fáctico, y para el que queremos encontrar la verdad. Será un conjunto de sugerencias nuevas para agregar a nuestra caja de herramientas, y las retomaremos en los dos próximos capítulos.

 

GUÍA DE SUPERVIVENCIA DE BOLSILLO N° 9
¿Cómo encontrar posverdad intencional?

1. ¿Qué se sabe sobre el tema y con qué confianza? ¿Hay consenso científico?

2. ¿Puede haber factores de posverdad casual influyendo, como creencias, emociones, sesgos, tribalismo, confusión sobre quiénes son los expertos y/o adulteración de la información?

3. ¿Puede haber conflicto de intereses en la generación del conocimiento y su comunicación? ¿Quiénes financiaron las investigaciones? ¿Quiénes financian la transmisión de la información? Si hay publicidad, ¿quién la hace?

4. ¿Hay asociaciones independientes u organizaciones de expertos que revisen sistemáticamente la información para buscar el consenso?

5. ¿Podría estar instalándose una duda donde parece haber certeza? ¿Podría estar instalándose una certeza donde parece haber duda? ¿Podrían estar distrayéndonos de lo central con cuestiones secundarias? ¿Cómo encajan los intereses político económicos en todo esto?

6. ¿Quiénes se benefician con postergar determinadas acciones? ¿Quiénes se benefician con definir determinadas acciones? ¿Podrían nuestras creencias, emociones, sesgos, tribalismo o selección de la información estar influyendo en las respuestas a las preguntas anteriores?

Hablar de la generación de posverdad intencional por parte de las tabacaleras es relativamente sencillo en el sentido de que hoy tenemos muy claro que fumar cigarrillos es muy dañino para la salud. También ayuda que esté muy bien documentado lo que hicieron las empresas de tabaco con el objetivo de que los Gobiernos y la sociedad creyeran que existía una controversia que en realidad no era tal. Además, esto se sabe desde hace ya varios años, por lo que tenemos la ventaja de poder analizar los hechos del pasado de manera más completa y a la distancia.

Los capítulos que siguen abordan situaciones más complejas, sobre las cuales todavía no sabemos tanto y cuyos problemas son actuales. Empecemos por la industria del azúcar.

 

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