pajaros

Pájaros de monte

Certainty #3: We will be blindsided by a new drug phenomenon,
a bolt from the blue, that everyone will pretend they knew was coming.

Max Daly – “The future of drugs according to VICE”

 

El placer uniforme necesitaba interrumpirse para
saberse placer y para tener formas.

Rodolfo Fogwill – “Help a él”

 

Hubo un tiempo en el que casi lo logramos. Ahora, en retrospectiva, le decimos la Era del cometa. No sé bien cómo surgió el nombre. Primero en las redes, después en las calles. ¿O fue al revés? A los más viejos nos encanta recordarla. Narrarla. La vez que se iluminó el cielo decimos, todavía, cargados de metáforas.

Por supuesto que no hablamos de fenómenos astronómicos. Hablamos de drogas.

¿Sensación física?
Difícil de determinar. No hay placer inmediato. Es otra cosa.
¿Temporalidad?
Diría que pasó una hora y media desde la ingesta. Fíjese, hay un reloj atrás suyo.
Noventa y ocho minutos.
Perfecto.
¿Lucidez?
Total. Nada de mareos. Cierta sensación de plenitud pero no hay disolución del yo.
¿Qué es eso?
Quiero decir que entiendo que yo soy yo, y no que usted y yo somos la misma cosa, Capitán.
Usted y yo jamás podríamos ser la misma cosa.
Se sorprendería.

Fue la época en la que casi conseguimos la libertad absoluta. El uso crecía, la gente presionaba. Los gobiernos en todo el mundo iban cediendo terreno. Las voces se multiplicaron. Los empresarios empezaron a disputarles el negocio a los narcotraficantes. Era un mercado en puja, pidiendo a gritos algo de sana competencia regulada, si es que existe tal cosa. Quiero decir que una vez nos sentamos todos en una mesa a discutirlo, a discutirlo de verdad.

¿Colores brillantes? ¿Ira? Deme algo, Balder.
Colores brillantes sí, un poco. Pero no creo… a ver, deme ese espejo. No, no hay dilatación sensible de las pupilas. Mi tez parece normal. Estoy sumamente drogado, pero casi ni se nota. Ira ninguna, desde ya. Risa tampoco.
¿Y entonces qué carajo siente?
Paz. Muchísima paz.
Hipster de mierda.
Creo que usted quiere decir hippies.
De mierda.

Duró poco. Los problemas empezaron a crecer como la peste. Una mujer con calmantes ahogó a su bebé en la pileta de la cocina. Un tipo anfetaminado atacó a mordiscos a un compañero de oficina. Un obrero bajo efectos de un psicotrópico perdió control de una topadora y aplastó al perro de un arquitecto. En realidad no tengo idea de si esas cosas pasaron o no, pero eran lo único de lo que se hablaba en televisión. Los diarios hundían las zarpas en el barro, sacaban una tragedia y la convertían en la historia del mes. Uno mismo empezaba a creerles, sin darse cuenta. A fuerza de repetición. Un gusano iba creciendo adentro de nuestros propios cerebros y se comía todo signo de pensamiento crítico. Para cuando se creó la División Especial todos habíamos entrado en un estado de pánico subcutáneo, permanente pero tolerable. Casi ni nos drogábamos. Prendíamos la televisión y navegábamos cientos de canales con noticias inventadas. Con casos reales que habían sucedido de una forma completamente diferente. Y culpables, culpables por todos lados. De un día para el otro yo era culpable, él era culpable, todos lo éramos. Pero seguíamos mirando los mismos canales y ya ni siquiera nos dábamos cuenta de que ahora era la realidad la que nos evadía a nosotros.

Estoy en casa.
¡Ah bueno! Menos mal que dice estar lúcido. Estamos en el laboratorio, Balder. Usted está más lejos de su casa que yo de ser el Rey de Inglaterra.
Inglaterra no tiene rey desde hace veinte años.
Lúcido para algunas cosas.
–Lo estoy. Pero veo mi casa. Siento que puedo caminar, no, desplazarme. La puerta no tiene llave. Empujo y entro. Avanzo por el pasillo. Ahí están los cuadros. Las fotos de mi tatarabuela. Son en blanco y negro. Era linda la tana para su época. La cocina a la izquierda. Sigo. Las habitaciones. Parece detenida en el tiempo. Esta puerta no la recuerdo.
–¿Me va a describir todo el mobiliario?
–Da a un sótano. Yo nunca tuve un sótano. Voy a bajar.

La División Especial. Ese era el nombre completo. No necesitaban ser más específicos. Especial significaba que podían encargarse de cualquier cosa. ¿Estabas fumando marihuana? ¿Estabas vendiendo pastillas? ¿Estabas haciendo algo ilegal, tal vez legal pero un poco incómodo? La División Especial estaba ahí. Básicamente eran un conjunto de botas con puntas de acero. Culatas de hierro. Cascos. Listos para devolver las cosas a su cauce natural. El orden prístino de la existencia. La Era del cometa se terminó cuando llegaron ellos. De golpe, como un invierno nuclear. Creímos que había que esconderse, tapiar puertas y ventanas hasta que se acabara. Pero nunca se acabó. Nunca se fueron.

Está oscuro, no sé dónde está la luz.
¿Pero usted no me ve a mí, ahora? A ver… ¿cuántos dedos…?
Ninguno. Está oscuro le digo. Tengo miedo de tropezar, no siento los escalones. Bajo porque decido bajar, bajo con la mente, digamos. ¿Qué es la mente?
Concéntrese, Balder.
Ahí lo vi capitán, ahí lo vi. Un segundo, la oscuridad se fue y sentí un cosquilleo en la nuca y le vi la cara, pero ahora todo está oscuro de nuevo y estoy en el sótano. ¿Qué es eso que brilla?
¿Y me lo pregunta a mí?
Siento nauseas. ¿Usted no me habrá envenenado, no?
Si me dejaran hacer todo lo que quiero no estaríamos acá.

Las leyes se aprobaron igual. Hubo incluso quienes festejaron. Pero eran leyes de hierro. Toda actividad por fuera del compendio normativo quedó en manos de la División Especial. Nadie sabía muy bien qué hacían, y a nadie le interesaba. Al final, lo único que habíamos conseguido era que las farmacéuticas ampliaran el menú. Desde antihistamínicos hasta LSD recreativo con una tarjeta de identificación que no permitía comprar más de tres dosis al mes. Pero ¿quién tenía plata? ¿Quién lograba que le dieran la tarjeta? Tardamos demasiado en darnos cuenta de que se habían repartido el mercado. Los ricos compraban las legales, reguladas, diez mil veces auditadas, sanas casi diría. Los pobres seguían traficando en bolsitas de nylon sucio, consumiendo sin saber lo que consumían, muriendo por sobredosis de la sustancia equivocada. Y entonces… entonces pasó algo hermoso: alguien decidió que era hora de hacer las cosas bien. Primero fue uno solo, aunque su nombre sigue siendo un misterio. Luego otros se sumaron. Los subsuelos de las casas se convirtieron en laboratorios. Una tribu urbana entera emergió dedicada a aprender química. Vendían lo que hacían sólo para conseguir nuevos materiales. Ofrecían garantía de calidad. La División Especial no los podía agarrar, estaban en todos lados y en ninguno. Cualquiera podía ser uno de ellos, pero nadie nunca admitía serlo, ni siquiera en el viaje más extrovertido, en el momento de mayor comunión con el otro. Y traficaban entre ellos información encriptada, de modo que no importaba a quién le compraras, siempre obtenías lo mejor. Inventaron nuevas drogas. Las exploraron con otros fines. Eran los nuevos chamanes. Cuando la prensa no los pudo ignorar más, trató de ponerles nombre. Ninguno arraigó. La gente los conocía como Pajaritos de Monte. Es el nombre que, suponemos, se dieron ellos.

Diga lo que ve.
Es demasiado.
Diga lo que pueda.
En medio de la oscuridad un punto brillante de luz. Dentro de la luz, un universo. El cielo oscuro. Un cometa pasando en reversa. Hay soldados revisando callejones. Figuras encapuchadas corriendo furtivas bajo lámparas de sodio. Inglaterra tiene rey otra vez. Estados Unidos se desangra en una revuelta. Millones de tablets derritiéndose al sol, convirtiéndose en arena. Hay unos chicos refugiados bajo tierra en una isla helada mientras afuera explotan bombas. Ahora veo las calles de Buenos Aires. Brotan del suelo unos rectángulos azules y verdes con teléfonos adosados, con oficinistas adosados a los teléfonos, poniendo monedas y gritando cosas sobre una masacre en Ezeiza. Una masacre en Trelew. Una masacre en José León Suárez. Pero veo más cosas y no alcanzo a narrarlas. Hay un texto escrito una y otra y otra vez. Mi tatarabuela se pasea entre distintos hombres: uno ciego, uno flaco, uno gordo, otro con aspecto armenio. Están todos en blanco y negro. Ella es joven y muestra un pecho pero esconde el otro. Creo que están drogados. No. No están más. Se apilan cadáveres en un fondo barroso, atravesados por bayonetas. Hay vías de hierro azul, nuevo, resplandeciente, proyectadas hasta el horizonte, y ya no entiendo las fronteras. Suenan espadas y cascos de caballos. La luz estalla en colores a través de los vidrios de catedrales enormes y el agua golpea la proa de madera de los barcos. Todos son más pequeños que yo, que de pronto me siento flotar. El suelo se aleja. Tengo miedo, Capitán. ¿Está ahí? El suelo se aleja. El mundo se aleja. No puedo respirar. Veo los márgenes de las orillas. Los continentes se acercan entre sí, van a colisionar. Estoy en la nada misma. En el vacío oscuro del espacio, en el silencio. No oigo mi voz ni mis latidos. Orbito alrededor del planeta. Oiga, hay una tetera acá.

Por supuesto que tuvimos mártires. No todos sabían esconderse bien. Los accidentes ocurren. Los vecinos siempre vigilan. La División Especial logró partir algunas cabezas y, eventualmente, les dieron su propio laboratorio militarizado donde poder analizar al enemigo. Al tiempo, cuando ya la batalla se empezaba a volver rutinaria y los medios hablaban de otras cosas, anunciaron la vacuna. Era simple, podía aplicarse en cualquier momento de la vida y garantizaba diez años de inmunidad a la mayoría de las sustancias prohibidas. Tardaron menos de seis meses en convertirla en ley y elegir la empresa que la debía fabricar en serie. Con la ayuda de la División Especial agarraron un mapa y marcaron un sinnúmero de zonas. En esas zonas hicieron campañas de aplicación obligatoria. Luego en los hospitales. Para ingresar a cualquier trabajo. Metro a metro cubrieron todo el terreno hasta que no quedó nadie sin vacunar. Los Pajaritos se habían desvanecido en el aire. La guerra entera estaba perdida.

Hace tres meses, sin embargo, algo pasó. Todavía no sé qué, pero me lo puedo imaginar. Unos tipos de la División Especial me golpearon la puerta de casa. Me dijeron que, como antiguo usuario registrado, me necesitaban para hacer unas pruebas. Los acompañé sin discutir. Discutir no es una opción.

El efecto empieza a mitigar.
¿Secuelas? ¿Efectos residuales?
No parece haberlos. Excepto… tal vez un cosquilleo en los dedos. Creo que me cuesta moverlos.
A ver, agarre esta lapicera.
Carajo, tengo la motricidad fina bastante afectada. Espero que no dure demasiado.
Bueno, terminamos por hoy. Descanse.
¿Me va a decir esta vez?
¿Qué cosa?
Cuánto falta. Cuándo me voy a poder ir.
Ah, sigue con eso. Ya le dije, Balder. Tenemos que hacer varios ensayos más. Todo el mundo está consumiendo esta basura y ni siquiera se les nota. Y a juzgar por los resultados de hoy, la vacuna no logra demasiado. Es indignante.
No me importa. Yo tengo derecho a saber cuánto tiempo me piensan retener.
Balder, usted está drogado. No tiene derecho a nada.

 




Hay 51 comentarios

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  1. Fernando

    Me encantó. No solo el texto en sí mismo, sino también la trama.
    La trama es atrapante, casi empelagosa, pero no puedes dejar de leer.
    Hermoso texto.
    Felicidades y gracias por compartirlo.

  2. 1000io

    Balder, usted está drogado. No tiene derecho a nada.
    Balder, usted es pobre. No tiene derecho a nada.
    Balder, usted está preso. No tiene derecho a nada.
    Balder, usted es puto. No tiene derecho a nada.
    Balder, usted es zurdo. No tiene derecho a nada.
    ya asi….

  3. Joaquin Maria Tagle

    Espectacular loco. Me encanta que siempre leo tus cuentos sabiendo que no tengo la más mínima idea cómo termina la cosa, para donde agarra la historia. Siempre que llego al punto final, abro lojojo y se me pone la piel de gallina. Es fantástico lo que hacés!

    • juan cruz

      Gracias!
      Voy a admitir públicamente que aún no leí Farenheit. En mi defensa, lo compré el otro día y lo tengo en la pilita de libros que me llevo a la playa este verano.

  4. Romi

    Me recordó a la saga adolescente (y no tan) Delirium, de Lauren Oliver, donde no hay drogas químicas pero el enamoramiento es la droga a erradicar. Con unos tintes de la sensación que me daba leer cuando era más piba el tomo de La Edad de Oro de la Ciencia Ficción que había en mi casa. ¡Muy bueno!

  5. andrescass

    Excelente, una vez más, excelente.
    Lecturas a parte, que hay varias, la narración es exquisita. No se pueden sacar los ojos de la pantalla ni unsegundo hasta llegar al final. Admiro la forma en que podes relatar tanto en los diálogos.
    Ahora si, lecturas adentro (esto de poder hablar con el autor se va haciendo menos raro cuento a cuento) me encantó ese parecido entre esa droga extraña y el conocimiento

    • juan cruz

      Gracias Andrés! Esto de hablar con los lectores me sigue produciendo el mismo nivel de terror que el primer día. Por suerte me tratan bien y me hacen esas lecturas profundas como la tuya. Gracias mil veces más.

  6. Eduardo Galindo

    Es el primer relato que leo de usted señor Juan Cruz y debo decir que me fascinó, mis más sinceras felicitaciones por su creatividad y talento!

  7. Luciano Rodríguez

    Hola Juan Cruz. Me encantó este cuento (como todos los otros que has subido).
    Es excelente esa narración al estilo Memento. Muy bien lograda. Un final para aplaudir.
    Me fascinan los temas que tocás en cada relato. Te sugiero que veas Black Mirror. Supongo que ya la has visto, pero me siento obligado a recomendártela por las dudas. También juegan con esto de la ciencia ficción que nos tan ficción.
    Un gusto leerte. ¡Abrazo!

    • juan cruz

      Hola Luciano, muchas gracias con tu comentario! Vi Black Mirror (me encanta) y banco la recomendación por las dudas. Sin ir más lejos en otro comentario me hablaban de Farenheit 451 y no lo leí (mea culpa), así que nunca está de más.
      Te devuelvo el favor: Si no lo viste, mirá Rick & Morty. Está en Netflix. Es ciencia ficción de la más divertida, y con guiones indescriptiblemente buenos.
      Abrazo enorme!

  8. Cynthia

    Yo rescato esta como la mejor línea:
    –Si me dejaran hacer todo lo que quiero no estaríamos acá.

    Genio, me encantó este cuento… se lo voy a leer a mis sobrinos antes de dormir (?)… Aguante esto y lo otro.

  9. Chino

    –¿Y entonces qué carajo siente?
    –Paz. Muchísima paz.
    –Hipster de mierda.
    –Creo que usted quiere decir hippies.
    –De mierda.

    Genio Juancho. La última línea del cuento es droga pura, me encanta. Más allá que te sigo desde Cemento me emociona encontrarme con lo que escribís.

    Pd. Por favor, lee Fahrenheit 451 (y mirá la película de Truffaut)

    • Juan Cruz

      Antes de fin de año habré leído Farenheit! Ya me lo compré y lo tengo listo para llevármelo de viaje. La pelí deberá esperar a que vuelva =)
      Gracias por tus comentario!
      Qué buenas épocas las de Cemento…

  10. Guido

    Una historia muy chiflada. Yo esperaba un artículo en línea con los otros de el blog, pero me terminé sorprendiendo y para bien. Felicitaciones!!


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