Carrito
El carrito está vacío.
Ni_uno_menos

IMG:  Caro Declerk  

Ni uno menos

TXT:

N.d.E.: Esta nota sale con el peso triste de que hace unos días se produjo la muerte de un nene por difteria en España. La misma difteria que podría haberse evitado gracias a la vacunación, ejercicio que los padres decidieron evitar debido a la influencia de ‘expertos médicos naturistas’. La misma desinformación que entendemos dentro de un discurso políticamente correcto como inocente y como parte de ‘mostrar la otra postura’, termina en una muerte evitable. Esperemos que la última.

 

– Hola, soy Ezequiel y hace 1000 días que no soy mágico.
– Hoooolaaaa, Ezequiel.

Hace unos tres años yo me creía tan cool que decía que la industria farmacéutica tapaba de intereses el mercado para que las terapias alternativas no se conocieran. Porque ya sabés, ellos no quieren que lo sepamos. En ese quilombo de cosas con poco sentido titilaba la fantástica idea de que las vacunas eran algo poco deseable para lograr un buen estado salud en la población.

La idea de no vacunar a los niños no se me ocurrió a mí, que solía ser más iluso que creativo, alguien me la comentó. Seguramente esta flasheada siempre tuvo sus seguidores, quizás desde que Edward Jenner creó la primera vacuna, mucho antes de que un pequeño Einstein empezara a coquetear con la física. Pero no caben dudas que nuestra querida y amada Internet, la que nos deja escuchar temas de Queen gratis, ha tenido cierta participación en la propagación de los delirios anti-vacunas de los últimos 15 años. Quizás también a raíz de la la escasa formación en pensamiento científico que recibimos durante nuestra penosa trayectoria por el sistema educativo.

Uno de los argumentos más repetidos por los anti-vacunas es que ‘las vacunas producen autismo’. A pesar de que nadie sabe exactamente qué produce el autismo, ellos afirman con seguridad que el incremento del número de niños con autismo se debe al aumento del número de vacunados. Esta historia empieza con un paper que publicó un tal Wakefield en 1998 (El Guaiquefil, en anglo-cordobés). A este señor se le ocurrió que el autismo de unos niños que habían sido vacunados con la triple viral tuvo su origen en ésta. ¿Evidencias? ¿Estadísticas? Nah, eso es para la gilada. La tiró así como cuando Hanneman escribió los postulados de la homeopatía. A pesar de que el artículo haya sido retractado y recontraremilrefutado con bocha de estudios, algunos medios de comunicación, una vez más, echaron moco con las noticias científicas.

No hace falta ser periodista cirujano nuclear de cohetes inteligentes para entender que la correlación no indica causalidad. Así como ellos dicen que los niños tienen autismo porque fueron vacunados, también puedo decir que los niños que tienen autismo tienen juguetes y entonces los juguetes son la causa del autismo. Cuidado, Playmobil, que van por vos.

Lamentablemente, tampoco hace falta ser periodista cirujano nuclear de cohetes inteligentes para entender que el amarillismo, vende (y ese lo podés causalizar tranqui con un minuto a minuto de tele).

Pero vayamos más allá. En el medio aparece una de esas sustancias que le pondrías a tu suegra en el postre: el mercurio. ‘El mercurio es neurotóxico y se encuentra en las vacunas’. ¡¡Oh por Batman!! ¿Qué clase de ser maquiavélico haría tal cosa? Si bien es cierto que las vacunas tienen mercurio, la estructura química del mercurio de las vacunas (etil mercurio) no es la misma que la estructura química del mercurio que SÍ es neurotóxico (metil mercurio). Resulta que la química es compleja y las cosas no son solamente de lo que están hechas sino cómo está hecho eso de lo que están hechas, y si no, fijate en la vitamina B12 que tiene una molécula de cianuro en su estructura y sin embargo no andas teniendo paros cardiorrespiratorios cada vez que te tomás un jugo Ades o te lastrás unas facturas con chocolatada (la leche, la harina y el cacao tienen B12).

Por otro lado, también tenemos a aquellos que aman la falacia naturalista y dicen que ‘la infección natural es más segura’. Yo pregunto… ¿cómo podría ser más seguro que tu hijo se contagie de poliomielitis y tenga altas probabilidades (1 en 200) de quedar con parálisis irreversible que tomar un vacuna inofensiva por vía oral que claramente no hace eso? Explicame, por el amor de Thor, ¿cómo una infección con sarampión, cuya mortalidad llega al 10%, es mejor que una vacuna que como máximo causa una reacción alérgica severa en 1 caso cada 1 millón de vacunados?

Voy a intentar ser más comprensivo, porque yo también me creí esas ideas (¡y tantas otras!), aún siendo estudiante de medicina, lo cual no sé si habla mal del sistema educativo médico o de que yo era medio boludo (N.d.E.: Las opciones no son mutuamente excluyentes). Supongo que una parte de todo esto puede tener algo que ver con que los padres que niegan la vacunación suelen ser personas con un buen nivel educativo (cosa todavía bastante ligada a un nivel socioeconómico sin demasiadas carencias) y que probablemente no convivieron con los niños paralíticos de la polio, con encefalitis y neumonías por sarampión, con muertes por tos convulsa y difteria, o incluso con las sorderas y retrasos mentales que aparecen después de una meningitis. Todas, evitables por las vacunas.

‘Bueno bueno bueno, acepto todo eso. Pero las vacunas no deberían ser obligatorias y cada uno debería elegir lo que le parece mejor’. Ajám, tenés razón, dejemos de hacerle caso a los investigadores y expertos en salud pública que exponen camiones de evidencia, ¿qué saben ellos que no sepas vos o el autor del blog de conspiraciones?

Ante ese cuestionamiento, válido por cierto, quizás sea necesario explorar la característica más altruista, importante y menos conocida de las vacunas. Algunos creen que las vacunas sólo sirven para salvarte el culo a vos nomás, pero en realidad tiene una función colectiva fundamental que se pone en peligro cuando aumenta el número de no-vacunados. Se trata de la inmunidad colectiva (o de grupo). Este halo no mágico de maravilla vacunal ocurre cuando cerca del 95% de la población está vacunada ante ese bicho que nos caga la salud (población protegida) y que le ofrece a los no vacunados la posibilidad de estar en un ambiente limpito y con baja probabilidad de contagio. Pero, para qué proteger a los no vacunables, si total los inmunosuprimidos, los ancianos y los bebés no son taaaaaan importantes, más si no se pueden cuidar solos.

¿Qué pasa si está por debajo del 95%? Bueno, las vacunas no funcionan. Si hay un brote epidémico, la enfermedad se propaga como el rumor de que tu hermana está más fuerte que la tercera casa de los chanchitos, cosa que no ocurriría en una población protegida.

Ya hay ejemplos en los países donde esta irracionalidad tiene más adeptos. Hace poco hubo un brote de sarampión en Disney que se dispersó un montón, llegando a más de 600 casos en Estados Unidos, y el caso de difteria en España con el que empezó la nota.

Y, antes de la objeción fundamentalista, esto no quiere decir que hay que vacunarse contra absolutamente todo absolutamente siempre. La vacuna de fiebre amarilla no le sirve a tu nene de 1 mes y la vacuna de la gripe tiene un target específico. Pero sí hay que seguir, Sres. Padres, el calendario de vacunación de tu región validado por profesionales que estudiaron precisamente eso y que se basan no tanto en su título sino en la evidencia histórica acumulada, enorme y hermosa, que nos dice vale la pena correr pequeñísimos riesgos para evitar riesgos enormes.

El pensamiento crítico es una herramienta poderosísima que puede ayudarnos a no comernos cualquier verso y a cambiar de idea cuando se nos presenta evidencia nueva. Esa misma ciencia que muchos acusan repetidamente de soberbia es la que muta y cambia su postura cada vez que aparecen observaciones sólidas que cuestionan nuestra forma de ver el mundo. Como el pensamiento mágico, pero exactamente al revés.

Por tus hijos, por tu familia y por la sociedad, vacuná a tus chicos y vacunate vos también. No seamos tan necios ni tengamos tanto miedo, porque más peligroso que mono con navaja es el humano alimentado de magia, paranoia, tiros, líos y cosa golda.

Ilustración:  Caro Declerk