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Luego_existo

IMG:  Mariela Califano  

Luego existo

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Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y ejerza dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los ganados, sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se arrastra sobre la tierra.

Génesis 1:26

 

Adoptar una forma científica de ver el mundo es, por sobre todas las cosas, entregarte de cabeza a la liquidez y la incertidumbre de un abordaje más bien sisífico de la verdad. Lejos de entender esta forma como perfecta o final, la concebís como incompleta, pasajera y en constante construcción. Una gran parte de esa construcción es aceptar lo subjetivo como insuficiente a la hora de tratar de explicar un fenómeno, y es ahí donde intentamos juntar tanta evidencia, repeticiones y actores observando un fenómeno, que los protones deberían ser igual de positivos para mí que para vos.

El problema de elaborar esos modelos increíbles y hermosos son los sartenazos permanentes de humildad. Esa puta costumbre de desplazar al hombre del centro de todo y cascotearle lo divino hasta convertirlo en una parte más de algo gigante. Esa obsesión por sacar a la Tierra del centro del Universo y al hombre de la cima de la creación es dura, pero marca una dirección clara en esa historia universal de la humildad que nos hace menos especiales pero más conectados.

Una parte de entendernos superiores ha sido siempre identificar las propiedades más características del humano y establecerlas como Norte: si lo hacemos nosotros, que somos el bicho más pulenta de la naturaleza, claramente tiene que estar bien y ser el objetivo final de todo, porque podemos escupir que la evolución no está dirigida, pero nosotros hacemos represas y iPhones y eso nos hace mucho mejores que las hormigas, los patos y los girasoles. Porque ser humano es ser inteligente, y claramente ‘inteligente’ es re fácil de definir y no es una palabra terriblemente líquida que intenta todo el tiempo zafarse del recipiente que elijas para contenerla.

Entonces, la evolución siempre va a beneficiar individuos más y más inteligentes, porque la inteligencia es una de las cosas que más nos define. Que algo nos defina implica que tiene que ser intrínsecamente positivo, porque todo lo humano es positivo y ya, y nada de andar poniéndose uno en exactamente el mismo lugar que absolutamente todo bicho que existe. Nada de horizontalidad, ni de establecer que todo lo vivo lleva la misma cantidad de patadas de azar y podas de entorno (o a veces, más azar todavía). Eso sería terrible.

Mirar nuestra ‘gracia’ como un elemento más dentro de un repertorio sería terrible. Nivelarnos con los demás bichos sería terrible. Entender que construir aviones es el resultado de una de tantas formas exitosas de evolución, pero que, bueh, el colibrí también vuela y nunca tuvo que entender a Bernoulli o aprender ecuaciones diferenciales, sería terrible.

Supongamos, aunque sea por ultraprogres experimentales, que ser avispado no necesariamente es bueno, sino que simplemente ‘es’, pero antes voy a hacer algo horrible que es tratar de acotar un cachito ese concepto de ‘inteligente’ y definirlo (más claro aunque más incompleto) como capacidad de aprender del entorno y generar predicciones que me ayuden a encararlo mejor y sobrevivir más genialmente.

Si tan solo pudiéramos ensayar eso en un ambiente controlado. Qué lindo sería poder poner bichos a evolucionar dirigidamente, hacerlos más y más inteligentes y verlos triunfar sobre otros, porque si algo nos demostró la tele es que el inteligente siempre gana y de ninguna manera hay situaciones en las que ser imbécil y tomar decisiones chatas puede tener un beneficio en términos de supervivencia.

El único temita es que existen ejemplos en los que se ensayó la capacidad de aprender del entorno en términos de qué tan beneficioso es para la supervivencia  y medio que la noción de una inteligencia como característica deseable ante todo, tembló. Uno particularmente lindo es el de un experimento con moscas en el que agarraron mosquitas y las pusieron en un entorno donde había dos medios nutritivos, uno de un sabor y otro de otro. Uno de los medios era re piola en términos de nutrientes y el otro horrendo, y lo que los curiosos investigadores hicieron fue ir seleccionando los bichos que eran capaces de aprender cuál era el medio piola y cuál el inadecuado.

Después de unas cuantas generaciones, los investigadores habían empujado la creación de moscas re capaces de aprender del entorno y generar mejores estrategias de acuerdo a esa información, y moscas absolutamente imbéciles que iban y ponían huevos donde fuera, que total el veneno no me va a hacer nada. Un par de generaciones más tarde, PUM, los tipos habían logrado crear moscas superinteligentes capaces de aprender rápidamente dónde poner los huevos y moscas que le gritaban a la tele. Lo interesante fue ver qué pasaba cuando agarrabas estas dos poblaciones de bichos y las ponías juntas en un entorno donde esa capacidad de aprender no significase una ventaja. Para terror de los intelectuales, las moscas inteligentes básicamente pierden frente a laZ EZPEZIALEZ.

Resulta que ser capaz de aprender en un ambiente que no lo requiere termina siendo una desventaja, porque esa misma capacidad implica un desarrollo nervioso diferente (que ni siquiera es que tuvieran cerebrotes enormes, sino que parece que había diferencias en la forma en la que estaban conectados). Esto suena menos raro cuando pensamos que ser inteligente

sale carísimo, por lo menos en términos energéticos. Para tener una idea, un cerebro humano, ejemplo último de la plasticidad y la capacidad de aprender, se come el 20% de las calorías diarias del cuerpo entero, lo que representa una bocha para una pelota de gelatina de kilo y monedas.

Este patrón de capacidad de aprender como ventaja solamente bajo determinadas circunstancias se repite en la naturaleza. Uno de los ejemplos más divertidos viene con una especie de aves en las que los machos que son capaces de recordar dónde guardan semillas tienen parejas hembra que son incapaces de hacerlo. En este caso, la idea de fondo es que la hembra no está presionada para sostener una capacidad áspera en términos energéticos, cuando la ventaja adaptativa es poner toda su inversión en toda su inversión, que viene a ser cuidar huevos, mientras el macho sostiene en su cabecita de pájaro el lugar donde escondió la comida unos meses antes.

En la mano de enfrente, tenemos roedores capaces de recordar qué cosas comer y qué cosas no comer. Estos últimos ratones de dieta delicada son otro ejemplo claro. Ellos utilizan esta memoria de rechazo hacia determinados sabores porque comen de todo, entonces estar aprendiendo qué se meten en la boca y qué no, es importante (guiño, guiño). Mientras tanto, unos primos bastante cercanos, los murciélagos vampiro, no necesitan andar aprendiendo nada porque comen solamente una cosa. Todo esto parece señalar en una dirección: en el contexto de la evolución, aprender o no aprender se vuelve un arma más.

Un arma particularmente cara y que, como toda capacidad de enfrentar el ambiente, a veces sirve un montón y a veces no sirve absolutamente para nada.

Parte de esta historia de humildad es entender que lo que nos sirve a nosotros, precisamente nos sirve a NOSOTROS, y que eso no es extrapolable a cualquier bicho. En todo el abanico de respuestas ante el ambiente, la evolución se expresó entre dos extremos: por un lado, el instinto completo, sin plasticidad. La incapacidad de aprender, pero la  efectividad de repetir una conducta de generación a generación, algo simple, energéticamente barato y sujeto a eventos que no cambian de padres a hijos a nietos. Por el otro, la plasticidad, la capacidad de aprender de un ambiente que cambia durante la vida del bicháceo en cuestión y reajustar estrategias dentro del ciclo de vida. Hacerlo le otorga una ventaja enorme, pero a un precio firme: el del cerebro gastador.

El instinto es un arma sencilla y recontra efectiva que acompaña a pájaros y salmones a que migren sin andar preguntándose por qué lo hacen, cuál es el sentido de la vida o si la realidad es un evento objetivo o una construcción incompleta y a cachetazos que hacemos usando una mezcla de los sentidos que nos da la evolución y revueltos a través de nuestras experiencias y expectativas. Hay mucho bicho exitoso incapaz de aprender, y por más filosofía que le pongas, no para todo bicho ser inteligente suma; el único pollo existencialista que se pasa la vida girando en torno a un concepto central es el pollo al spiedo.

Saber que la capacidad de aprender y cambiar de idea para encarar mejor el ambiente es una de las características más distintivas del humano debería hacernos mirarla de otra manera, resignando la idea de que es intrínsecamente bueno elegir una serie de principios y moverse por la vida defendiéndolos en lugar de mantenerlos en ajuste, aprendiendo y modificando la conducta en presencia de evidencia nueva.

Lo importante es recordar el costo y saber que aprender implica incurrir en un gasto de energía, en zambullirse en la incomodidad y en encarar la terrible batalla contra la paja que nos da cambiar de idea.

Ilustración:  Mariela Califano