comparaciones_Daniela_Arias

Revolear el pepino

Siempre digo que ‘la vida es por contraste’. No dudo que las comparaciones sean odiosas. Así lo son las enfermedades, los desamores, el comino, el despertador, el vecino aprendiendo a tocar la gaita y muchas otras cosas odiosas, y naturales. Porque por un lado están las cosas naturales, como la Piedra de Rosetta y, por el otro, las cosas naturales, como el iPhone. Todo es natural; porque es, porque existe. Y no estamos hablando de lo que está bien y lo que está mal. Hablamos de lo que está; y lo que está es natural, casi por definición. Incluso la propia muerte, cuando todo lo que odiamos —incluyendo el odio, las comparaciones y el odio a las comparaciones— deja de importar.

El tema es que no todo da lo mismo. No es lo mismo tu novia que la flaca que está al lado de ella. Y, si no, andá y probá meterle un beso a la otra para ver cómo tu novia entiende perfectamente que ella y ella no son la misma persona. Y no me vengas con el tema de las hermanas gemelas porque sabías muy bien cuál era cuál pero te ganó el morbo que venías arrastrando desde que las conociste.

Comparar nos lleva a entender que todos somos diferentes y, lo que es peor, algunos son mejores y otros son peores. Esto no lo digo yo, porque yo soy progre, y un progre jamás diría algo así. Tampoco lo dice algún dictador histórico o contemporáneo. Esta premisa políticamente incorrecta y cruel en realidad la dicta el ambiente, el entorno que vagamos a diario. Pero no quiero meterme mucho con este asunto porque acabo de sacar el jogging de moral de la tintorería.

Las diferencias existen, están ahí. En general son irrelevantes, no joden. Sé que el jacarandá y el palo borracho no son el mismo árbol, pero no me cambia la vida ni puedo distraerme mucho con eso. Es que vivo en una ciudad que tiene más baldosas rotas y productos del metabolismo de un montón de Doggy que árboles. (Todavía estoy esperando que el encuentro con todos esos deshechos animales que atacan desde abajo y desde arriba me premie alguna vez con la buena suerte prometida).

El problema posta aparece cuando A y B no son indistintamente distintos. Gastón, el pibe recursos humanos. – ¿El orejón? -No, ese es Nacho, ese es copado, y tampoco es tan orejón. Pero parece que Gastón se va para arriba. No sé, se liberó un puesto en contaduría, se va Norma. -¡No! -Sí, ya sé, es divina, pero bueno, tiene mil años, algún día se iba a jubilar. Gastón toma el puesto, medio porque sí y, obviamente, Nacho está a las puteadas. Porque, claro, puesto A y puesto B no pagan lo mismo. Y Como Nacho es malo y envidioso se lo quiere comer crudo.

Seguro que esto con los animales no pasa. Porque viste que los animales son buenos, los animales no matan a uno de su misma especie, no hacen chanchadas con uno de su mismo sexo, y un montón de otras de aseveraciones imaginarias de cartuchera rosa de 3 pisos y muchos stickers. Cartuchera que, probablemente, no tenga Frans de Wall, un profesor que diseñó un sencillo experimento para poner a prueba la pureza del corazón de los animales y la solemnidad de su alma. Como en todo laburo, antes de arrancar lo primero que hizo fue pedir dos capuchinos. No de esos de maquinita, que la mitad termina en el suelo porque siempre, siempre te olvidas de poner el vaso. Agarró, puso a dos monos capuchinos uno al lado del otro, y arrancó el juego. Le daba un trozo de pepino al mono de la izquierda y el mono le devolvía amablemente una piedrita. Le daba pepino al de la derecha y este también le devolvía una piedra. Pero como el experimento todavía no era lo suficientemente divertido, a Franz se le ocurrió empezar a darle uvas en vez de pepino al mono de la derecha, y los monos aman las uvas. Al principio todo bien. Franz le daba pepino al mono de la izquierda y el mono le devolvía la piedrita. Franz le daba uvas al mono de la derecha y el mono, más contento, le devolvía la piedrita. El mono de la izquierda (ahora, Nacho) medio que cada vez devolvía la piedrita con menos onda, ya que veía que el mono de la derecha (Gastón) recibía uvas en vez de pepino por la misma tarea. El cuento termina en que Nacho, indignado por toda esta injusticia, deja de realizar la tarea, rechaza el pepino y un poco más lo caga a piedrazos a Franz.

Pero parece que la pica entre Nacho y Gastón venía desde antes, desde que eran más amigos y salían a cascotear minas juntos después del laburo. -Yo pensé que se llevaban bien, tienen la misma onda, hasta son medio parecidos. -Exacto. Y cuando dos cosas son parecidas hay que diferenciarlas, porque si no son la misma cosa y ahí es cuando viene el cachetazo de tu novia. El tema es que cuando una flaca los encontraba juntos, apostados en la barra, siendo cool, más tirando a imbéciles, veía a dos pibes facheros. Ahora, cuando dos cosas son bien diferentes, individualizarlas es un trámite (nunca terminé de entender bien el origen de esta expresión ya que que pocas cosas en la vida llevan más tiempo que un trámite), pero cuando las cosas se parecen, el ojo se afila y ahí nomás tenemos un pibe lindo y otro orejón, y encima petiso, porque además Gastón es un poco más alto que Nacho, quien no es para nada petiso pero, de vuelta, cuando están juntos hay que diferenciarlos. Nacho, un pibe lindo, copado, al lado de Gastón, a simple vista, sin conocerlos y, por contraste, es un petiso orejudo.

Volviendo al caprichoso ascenso de Gastón, esa sensación de querer prender fuego todo que comparten tanto el Nacho depilado y erguido como el ancestral Nacho enjaulado tiene que ver con cómo reaccionamos ante la inequidad. Hay un típico juego de economía experimental, el Juego del Ultimátum, donde se demuestra que muchas veces preferimos no ganar nada a que el otro gane más que nosotros. Preferimos revolear el pepino con tal de que el otro no se lleve las uvas.

La evolución nos dotó con esta primitiva e inevitable capacidad de indignación profunda ante una injusticia, sobre todo cuando nos toca ser Nacho. Esto está relacionado con la manera en la que nos organizamos. Vivimos rodeados de otros, otros que no nos son inertes sino con los que interactuamos permanentemente y de manera cooperativa. Existe el comportamiento egoísta, sí, pero está también la contraparte de reaccionar ante la desigualdad. Una especie de ying-yang de empacharnos con uvas pero a su vez querer compartirle al otro, porque también lo necesitamos.

Y esta no es una final por penales entre el bien y el mal. La evolución no hace juicios de valor ni viste traje de moral. Lo que está, lo que es, lo natural, existe porque de alguna manera favorece a nuestra especie, a sus individuos y, por ende, a la trascendencia de sus genes.

Las comparaciones son odiosas, sí, pero son inevitables. A veces nos dejan del lado de la morocha linda y otras veces del lado del pepino. Así navegamos las vicisitudes del todo esto que nos rodea, con mayor o menor suerte, histeriqueando entre egoísmo y altruismo en un juego complejo ambiciones compartidas que, nos guste o no, es natural.

 

Nota: En realidad los monos del experimento son monas, pero Nacha y Gonzala no son nombres muy atractivos. El video es imperdible: https://www.youtube.com/watch?v=gOtlN4pNArk

http://www.nature.com/nature/journal/v425/n6955/abs/nature01963.html
http://en.wikipedia.org/wiki/Social_inequity_aversion
http://en.wikipedia.org/wiki/Predictably_Irrational
http://mnprogressiveproject.com/decoys-anchors-brands/



Hay 21 comentarios

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  1. Chino

    ¡Muy bueno! Yo, que soy naturalmente zurdo, pienso que la diferencia entre la Piedra Roseta y el IPhone es el capitalismo por cómo existe. Por otro lado, me gustó mucho esta idea:

    “La evolución nos dotó con esta primitiva e inevitable capacidad de indignación profunda ante una injusticia, sobre todo cuando nos toca ser Nacho. Esto está relacionado con la manera en la que nos organizamos. Vivimos rodeados de otros, otros que no nos son inertes sino con los que interactuamos permanentemente y de manera cooperativa. Existe el comportamiento egoísta, sí, pero está también la contraparte de reaccionar ante la desigualdad. Una especie de ying-yang de empacharnos con uvas pero a su vez querer compartirle al otro, porque también lo necesitamos.”

    Abrazo

  2. Andrea

    Ahora entiendo mejor por que esa gente viene de forma muy agresiva, muy enojada, nada amable y nos obliga a entregarles por ejemplo el teléfono de la manzanita, ese que compramos solo para sentirnos diferentes de la gente como esa, que no puede comprarlo, y nos lo afana. Y esa gente, debe sentir satisfacción de ahora tener lo que afanó, creo que no solo por poder usarlo, o venderlo, si no que por que sabe que el otro ahora no tiene nada.

    • Facundo Alvarez Heduan

      mmm soy más de pensar que quizás trata de hacer justicia por mano propia sobre una situación que la sociedad no suele resolver. La tele, la radio, el diario, las películas y las series nos muestran que si tenes un iPhone (o lo que sea) sos mejor, y a nadie le gusta ser peor. La sociedad te exige estar a la moda pero muchos no tienen los recursos para hacerlo. Eso genera una ira comprensible contra los que sí. No lo justifico, sólo creo que las responsabilidades son compartidas. Es un tema extenso y complejo.

      • Camila

        Pobreza relativa. En una sociedad donde el consumo constituye la identidad y la pertenencia, no poder consumir es quedar excluido. Hay un trabajo muy bueno que analiza como, a pesar de las mejoras sociales en los últimos años el delito no disminuyó y tiene que ver con esta desigualdad. Facu sos genial!

  3. Santiago

    Hace poco vi un documental (me parece que era uno de BBC Horizon), que trataba de entender qué es lo que nos hace humanos, y había un experimento interesante con simios. Les presentaban un desafío donde dos simios tenían que colaborar para lograr una recompensa y lo hacían. Pero en cambio, cuando los investigadores arreglaban el juego para que uno obtenga su recompensa antes que el otro, el simio que la obtenía dejaba de colaborar por lo que el otro desdichado se quedaba con las manos vacías.
    Cuando hicieron este juego con chicos de 3 o 4 años, ambos colaboraban para obtener la recompensa, y si uno obtenía más recompensa que el otro, el afortunado le daba una parte al otro. Parece que los humanos (o al menos algunos de nosotros, los progre supongo) piensan que a igual esfuerzo tiene que haber igual recompensa, y que este sentimiento fue un factor importante en la evolución humana.
    Por eso se me ocurre que más que una cuestión de egoísmo o altruismo es una cuestión de injusticia. A diferencia de los simios, nos molesta la injusticia, por lo que tendemos a ser altruistas cuando nos beneficia.

  4. Florencia

    Usted señor, estudió ecología del comportamiento animal o yo soy rata de laboratorio criada en condiciones ambientales pobres de escasos estímulos.


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