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La Prohibición

The humanity of men and women is inversely proportional to their numbers.
A crowd is no more human than an avalanche or a whirlwind.
A rabble of men and women stands lower in the scale of moral and intellectual being
than a herd of swine or of jackals.
Aldous Huxley

 

La mujer demoraba los dedos sobre el teclado, como si tuviera que pensar el siguiente movimiento. A pesar de la piel tersa, Andrés estimó que tendría no menos de sesenta años. Era verdaderamente difícil determinar la edad de una persona desde que la gente había dejado de envejecer. Se podía calcular por la mirada, no tanto por los movimientos, puesto que ahora todo el mundo tenía tiempo e incluso la gente joven no andaba muy apurada.

Mientras esperaba a que la mujer consultara los datos, observó cómo dos empleados de mantenimiento se trepaban a sendas escaleras y comenzaban a desarmar el aire acondicionado. Había pasado un tiempo desde la última vez que vio gente trabajando con herramientas romas, pero para desamurar el aparato los tipos no tenían más remedio que encastrar una llave inglesa en los bulones oxidados y luego martillarla en el otro extremo para forzar el giro. El ruido era ensordecedor, aunque la mujer no parecía notarlo.

Por fin, cuando ya varios bulones descansaban en el suelo junto al pie de uno de los tipos, ella levantó la vista y dijo:

– Lo lamento, por ahora su solicitud continúa pendiente.

Por un segundo, Andrés sólo vio la cara de Nora inmiscuyéndose entre su retina y su cerebro, toda la decepción codificada en cada línea de su boca, en el arco de las cejas. No podía soportarlo. Sacó fuerzas de donde ya no había e insistió:

– Por favor, hace años que estamos esperando. Por favor.

– Lo entiendo, señor. Pero no hay nada que yo pueda hacer. La ley es la ley.

– Pero la ley no tiene sentido.

– Pero no la hago yo. Hágame el favor, siga esperando. ¿Qué apuro tienen?

Andrés dudó:

– No, apuro ninguno, pero las ganas… Norita está tan ilusionada… ¿Sabe si nos falta mucho?

La mujer volvió a teclear, revisó la pantalla durante algunos segundos y finalmente negó con la cabeza.

– No lo sé, no puedo saberlo. Pero por el tiempo que llevan esperando no ha de faltarles mucho, ¿sabe? Deben estar entre los primeros. Sólo tienen que esperar que alguien muera en la ciudad y se libere la vacante.

Andrés suspiró.

– Hoy en día la gente no se muere tan fácil.

– Ay, no, gracias a Dios. –dijo la mujer, y dio por terminada la consulta.

Andrés salió del edificio. Llevaba la derrota impregnada en la forma de caminar. Al menos esta vez no le habían pedido que consulte por Internet. Si tuviera Internet no se hubiera tomado un tren, pagado boleto por el mismo precio que podía comprar medio kilo de carne y hecho una cola infinita en un edificio húmedo con el aire acondicionado roto, no señor.

Consultó el reloj. Había perdido la noción del tiempo ahí dentro y le sorprendió darse cuenta de que no era el mediodía todavía. Le había dicho a Nora que si se hacían las doce almorzara sin él, así que ahora se proponía perder algo de tiempo, volver a la una y mentir que había comido algo por el camino, para que a Nora le saliera más barato, para que sobrara para la noche.

Caminó al azar por algunas calles y se dio cuenta de que nunca había hecho eso. Nunca había tenido tiempo para caminar al azar. La vida era un continuo desplazamiento del punto A al punto B. De casa al taller. Del taller a casa. De casa al médico. Del médico a la oficina del gobierno. De la oficina a casa. De casa a visitar a los suegros. De los suegros a casa. De casa al taller.

Ya estaba por volver a la estación cuando un tumulto le llamó la atención en una esquina. Había gente mirando hacia arriba, tapándose la boca con las manos. Mientras se acercaba, el gemido de una sirena fue creciendo. Tuvo que hacerse a un lado para dejar pasar el camión de bomberos, pero tan pronto llegó a la esquina pudo divisar la columna de humo negro que salía de un segundo piso y subía como dibujada hasta disolverse en un cielo diáfano.

Mientras los bomberos desplegaban el operativo, Andrés sintió crecer la expectativa culposa e inevitable. Consiguió un punto ligeramente elevado, en el escalón de la entrada de un edificio, donde podía ver con más comodidad, y esperó, aparentemente tranquilo, a que los hombres colocaran la escalera. Algunos ingresaron al edificio. Una manguera creció del camión como un cordón umbilical mientras la policía establecía un perímetro de seguridad.

Durante unos minutos no ocurrió nada. No se veían llamas; sólo el humo seguía saliendo constante.

Andrés se detuvo a mirar las caras de la gente que se desesperaba como hormigas junto a un hormiguero pisoteado, y se movían y se hablaban sin decirse nada concreto, incapaces de ayudar e incapaces de desentenderse. Igual que con las hormigas, le pareció que esas caras eran todas indistintas. Jóvenes, absurdamente jóvenes para un grupo de transeúntes que necesariamente tenían que tener diferentes edades.

Se oyó una explosión. Los vidrios estallaron y el bombero trepado a la escalera cayó. Varios compañeros corrieron a ayudarlo mientras de la ventana asomaban, ahora sí, las llamas. Hubo un griterío y un momento de desesperación, hasta que por fin otros dos bomberos salieron por la puerta principal trayendo en andas a un hombre inconsciente.

Andrés miró mientras se llevaban a cabo las maniobras de reanimación, y aunque siempre había sido ateo, quiso rezar. No estaba muy seguro de cómo tenía que hacer, de modo que se llevó un puño al pecho, hizo presión y con los ojos cerrados deseó muy fuerte que el tipo no se despertara.

Y el tipo no se despertó.             

Nora no entendía por qué había llegado de buen humor si las noticias eran malas.

– Pronto, Norita, pronto. –decía Andrés cada vez que ella volvía sobre la negativa, sobre los meses esperando, sobre los signos que de a poco mostraba su cuerpo mientras la ventana de oportunidades se iba cerrando.

– ¿Pero te dijeron algo más?

– Que había que esperar, pero que estábamos primeros en la lista.

– ¿Primeros primeros?

– Entre los primeros, al menos.

Nora se agarró la cabeza. Parecía que no se iba a terminar más. La resentía creer que Andrés se contentaba con una respuesta tan pobre por parte del Registro, tan burocrática, como si no se diera cuenta de que le estaban mintiendo para sacárselo de encima, o peor aún, como si en el fondo se alegrara de la demora.

– No entiendo… –dijo.

Andrés se levantó. Rodeo la mesa y le dio un beso.

– Hay que tener fe.

– Es una locura que no podamos tener todos los hijos que querramos. Una locura. El gobierno no pued… –se le quebró la voz y Andrés la abrazó.

– Hoy murió gente –agregó Nora– en un incendio. Lo dijeron en el noticiero. Murieron tres y hay uno en coma. ¿Eso es bueno?

– No pienses más. Yo me tengo que ir a la imprenta, me dijo Walter que llegó un pedido. Pero vuelvo para cenar. Preparate algo rico.

Sacó del bolsillo la plata que no había usado para almorzar y la puso sobre la mesa.

– ¿Todo te sobró? ¿No comiste nada?

– Sí, comí. Eso me lo encontré tirado en la calle.

Nora abrió los ojos. Era hermosa cuando se asombraba.

– ¿De verdad?

– Es lo que te digo: estamos de suerte.

La persiana metálica estaba baja, pero la puertita había sido sacada y se veía luz adentro. Andrés se agachó y entró al local. Sobre la pared del fondo se veía, un poco sucio, un poco roto, el cartel armado con letras macizas que decía: Andrés Giunta – Impresiones 3D.

– Jefe, ¿cómo va? –la voz de Walter le llegó como un silbido entre las montañas de papeles acumulados y modelos a medio terminar, cubiertos de polvo. Andrés tuvo la sensación de que Walter no se había ido nunca del taller, de que estaba viviendo allí, como una rata entre la basura, y que su voz aflautada, su cuerpo flaco y sus movimientos furtivos no eran más que los primeros indicios de la metamorfosis.

– ¿Cómo andás, pibe?

Andrés pateó una impresión del Obelisco que se partió y fue a parar junto a una de las máquinas.

– Bien, leyendo el diario. Dijeron en las noticias que hubo un incendio, que murieron tres personas. Pero acá no aparece nada. Estos siempre traen las noticias de ayer.

– ¿Y qué querés que hagan? Es un diario de papel. No te las pueden imprimir mientras las lees.

– ¿Sabe qué tengo que hacer yo? Conseguirme un teléfono, uno de esos chiquititos pero que si les preguntás te dicen el clima en la Luna.

– ¿Y para qué mierda querés saber el clima en la Luna? –Andrés estaba irritado, pero no por la conversación sino porque no encontraba el mate y se movía de punta a punta del taller revolviendo maquetas a medio terminar y levantando nubes de polvo, sin éxito.

– Yo qué sé. Pero usted se lo pregunta al teléfono y le responde una voz de una minita que es para volverse loco.

– ¿Dónde carajo está el mate?

– Ay, no sé… ¿le imprimo uno?

– No, dejá. Escuchame una cosa, me dijiste que había un laburo.

– Ah, sí… pero lo cancelaron.

– ¿Cómo que lo cancelaron?

– Llamaron después y lo cancelaron.

Andrés suspiró. Buscó un banquito impreso hacía años, al que le había quedado mal una pata, y se sentó haciendo un poco de equilibrio.

– Jefe… –dijo Walter. Se notaba que había estado pensando en lo que iba a decir, pero le costaba empezar– Yo no quiero molestarlo. Sé que el negocio anda mal. Pero necesito cobrar, ¿sabe? Si no es el sueldo completo, aunque sea una parte. Si se puede. Si usted puede. Si no es molestia.

Andrés evitó mirarlo. Le dio vergüenza, pero también un poco de bronca que no sabía bien de dónde salía. Walter había sido siempre tan noble.

Sonó el teléfono.

Nora, mi vida, sí, decime. Ajá. ¿Un telegrama? ¿Tan pronto? ¿Lo abriste? ¡Abrilo! Sí, te espero. Sí, yo también estoy nervioso, pero va a estar todo bien. No lo puedo creer, mi vida, no lo puedo creer. ¡Vamos a tener un hijo! ¿Ya lo abriste? ¿Qué…? ¿Cómo que no? Pero si murieron tres personas, ¿me vas a decir que no…? ¿Pero qué dice? Bueno, si somos los siguientes habrá que esperar un poquito más. No, yo tampoco quiero esperar más. No te pongas así. No, no te pongas así. No es mi culpa. No, tampoco estoy diciendo que sea la tuya. Sabés que no es eso lo que quise decir. Lo sabés, dale. No. ¿Y qué querés que haga? Ya sé, pero no podemos hacer nada. Norita, escuchame, escuchame, escuchame, escuch.

Por un rato Walter no dijo nada. Nunca había recibido una educación propiamente dicha, tenía pocos recursos pero ostentaba una intuición extraordinaria para algunas cosas. Por eso, cuando Andrés colgó el teléfono, permaneció alerta, esperando que el silencio se disipara.

– Me tenés que ayudar. –dijo entonces Andrés.

– Para lo que sea.

Trabajaron hasta bien entrada la noche. Andrés diseñaba en la computadora y le daba indicaciones a Walter que iba y venía probando, midiendo, cargando el material en la máquina. A medida que las horas crecían, cierto sentimiento de comunidad fue cayendo sobre los dos, y así Andrés comenzó a hablar. Le contó de Nora, del hijo que no podían tener aún. Le contó su experiencia en el Registro Civil y el incendio que presenció. Le habló del telegrama de pre-aviso informándoles que eran los próximos, del llamado de Nora. Le explicó la legislación actual y por qué el tipo que estaba en coma continuaba usando su cupo poblacional hasta que dejara de respirar.

Walter asintió a todo. El mundo se iba dibujando ante él a medida que Andrés se lo describía. Así había sido por años. De modo que si ahora Andrés le pedía imprimir un arma, él no encontraba objeciones morales; como mucho, técnicas.

– Es que no se trata de un revólver –le explicó Andrés– Sería muy difícil resolver lo del percutor y conseguir municiones. Además habría que tener mucho cuidado en el diseño del caño y la explosión del disparo podría deshacer el polímero y volarme la mano, no, es muy peligroso. Lo que necesitamos es algo más parecido a una ballesta. O a un arpón.

– Y para eso mejor imprimamos una estaca, jefe. Es cuestión de ir, clavársela al tipo y ya.

Andrés lo miró. Walter era joven e inexperto, pero más que nada joven. No tanto como para considerarlo un hijo, pero lo suficiente para que sus modos de ver el mundo fueran diferentes. Walter no conocía el mundo donde la gente envejecía hasta morir. Era uno de los últimos nacidos antes de la Prohibición.

– Llegado el momento, no creo que vaya a tener la fuerza. Necesito algo más limpio.

– No se preocupe. Lo vamos a sacar andando.

Después de medianoche comenzó a hacer frío. Walter se había sentado en el banquito rengo, al lado de la máquina, para aprovechar el calentador que ya secaba la última pieza. Tenía los ojos enrojecidos por el cansancio.

Andrés, apoyado contra la pared, miraba extraviado la pila de basura a sus pies.

Cuando el zumbido de la máquina se detuvo y los calentadores se apagaron, Walter se levantó. Agarró la pieza con dos dedos, como si se tratara de algo sagrado, y se la alcanzó.

– Ya está, jefe. Ya está.

Una sonrisa loca le atravesaba los labios.

Andrés la tomó en sus dedos con una lentitud ceremonial pero involuntaria. Era un proyectil largo, de unos veinte centímetros, con la punta tan afilada como la máquina permitió hacerla. La puso en el soporte del arma y sopesó el conjunto. Tenía que funcionar, no había manera de que no funcione, pero estaba resultando tan fácil que casi le daba náuseas.

– ¿Cuándo va a hacerlo, jefe? ¿Hoy? ¿Lo acompaño? ¿Sabe dónde está el tipo?

– ¿El tipo?

– ¡El tipo! El que está en coma. El que necesita… matar –Bajó la voz en última palabra, como si temiese que alguien los escuchara.

– Ah –dijo Andrés, volviendo en sí.– En el hospital. Pero es muy difícil meterse en un hospital. No puedo hacer eso. Necesito saber que vuelvo, que no me agarran, que puedo estar con Nora.

– ¿Y entonces?

Andrés levantó el arma y apuntó. Era perfecta. Ni ruido hizo.

 

Nota de los editores: Siempre hablamos de ocupar espacios nuevos, de entretejer la ciencia con el resto de la cultura. Hoy abrimos una nueva pestaña en esa dirección.

¿Qué pasa si, además de hablar de ciencia, la ciencia se vuelve parte del entorno habitual? ¿Qué pasa si la aceptamos ya como escenario puesto, como base sobre la cual construir?

Hoy vamos por una parte de ese segundo paso. Esta vez, pudimos convencer a Juan Cruz Balián (‘Juancho’ para nosotros, un escritor de puta madre para todos) de escribir relatos basados en un evento científico sorprendente, y en un tiempo tan difícil para la literatura como es esa zona gris entre el futuro incierto y el presente inmediato que se genera al incorporar al cotidiano cada avance científico.

Queremos explorar qué le pasa a las personas cuando la ciencia modifica el entorno y, como en todo ejercicio hipotético, usamos la imaginación. Este es Juancho imaginando, usando la ciencia como combustible de su vuelo literario, relatando y creando a partir de los colores nuevos que abrimos cada vez que iluminamos con ciencia lo que no conocemos.




Hay 69 comentarios

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  1. andrescass

    Excelente. Empecé a leerlo como para ir leyéndolo durante la mañana y no pude parar hasta terminarlo.
    Me dejó pensando, y eso hace que me guste más

  2. Mica

    Entre las poquísimas cosas que se le podían agregar al Gato, creo que esta es de las mejores. Aguante!!! Excelente el relato, aplaudo las descripciones que dejan lugar a la imaginación y gracias a los gatos literarios:)

  3. Santiago

    Felicitaciones. Este es el miedo que me persigue cada día en el que me paro a pensar. Cada vez que se inventa una forma nueva de prolongar la vida, hay alguien que se alegra, sin darse cuenta del inevitable final; peor aún, hay gente que sigue buscando nuevas formas de hacerlo. Espero no tardemos mucho en darnos cuenta que prolongar la vida es muy parecido a quitarla.

  4. Ana

    Excelente, atrapante, imposible de dejar y con una prosa tan bella y fluida que no deja de despertar admiración.
    Aparte: muy duro y difícil de digerir. Por cuántos lugares se dispara la imaginación y cuántas cosas pensamos a lo largo de cada párrafo.
    Me encantó que decidieran darle un espacio a la literatura y que empezaran con Juan Cruz, un espectacular escritor.
    Felicitaciones para todos.

  5. Tomás

    Han juntado dos pasiones mías: las letras y la ciencia. Ya habían hecho un avance en ese sentido cuando hace ya algún tiempo publicaron un artículo sobre lingüística chomskiana (enfoque con el que no acuerdo, pero acercamiento al campo al fin), pero con esto se han superado. Mis más sinceras felicitaciones por este nuevo terreno que comienzan a pisar. ¡Nunca dejen de crecer!

  6. Ezequiel

    Gracias por regalarme un ratito de lectura, ya no acostumbro.
    Quizás yo sea mala persona, en cuanto apareció Walter pensé en amasijarlo.

  7. Ariadna

    ES EXCELENTE, me sentí leyendo a un bradbury muy argento, me encantó. Más de esto! más ciencia por todos lados! qué bueno que se haya abierto una brecha literaria en el gato, realmente genial.

  8. joaquin

    Excelente viejo, una joya! Me mantuvo intrigadísimo hasta el final, hasta que el flechazo me lo comí yo porque no me lo esperaba ni en pedo.
    Excelente!!!

  9. Javier

    Me encantó, empezé a leerlo com una nota más y cuando me dí cuenta estaba metido adentro de la historia.
    Ecelente! Otra forma diferente de ponernos a pensar

  10. Gaston Alejandro

    Im pre sio nan te final !!

    Muchas gracias, Julian & Team GatiCaja :)

    ( Este anuncio literario Nos dio el mejor inicio de semana posible!!

  11. Martin Ezequiel Farina

    ¡Excelente…! Gatos, ojala se haga costumbre, aunque sea una vez por semana haya una seccion de relatos. Este cuento fue increíble, un gran comienzo. Felicitaciones Juan Cruz ¿Tenés web?¿Algo para curiosear otros trabajos?

  12. sonicyouthster

    Increíble, muy bueno. El vuelo en la cabeza te pone en una atmósfera tipo Brazil, de Terry Gilliam, todo lleno de tubos y lugares oscuros hiperindustrialistas. Y el final: si pensamos en que el tipo hace todo ese plan para matar a alguien sin el menor remordimiento, no debería sorprender tanto, y aun así uno no cae hasta el ultimo párrafo, muestra de que no comprendemos el pensamiento por estar en nuestro contexto de relaciones afectivas. Muy bien redactado

    En relación al contexto parecería salirse de la linea, pero que parte importante de la ciencia (como influencia al menos) es la ciencia ficción. Las consecuencias llevadas al mundo de lo que puede o no puede hacer la ciencia, como afecta al ser humano y a todo lo intrínseco al mismo. Es como cuando hablaban de la filosofía y la ética aplicada a la ciencia, no pueden no existir.

    Cada día sorprenden mas muchachos, felicidades a todos.

  13. Pablo

    Espectacular el relato!
    La única crítica que le puedo hacer es que está tan bueno que más de uno se va a comer el viaje y va a salir a protestar contra La Prohibición :P

  14. Nicolas

    No sé con qué final quedarme…
    Si creer que Andrés le apuntó a Walter o se apuntó a él mismo.
    Ambas dos me resultan FABULANTÁSTICAS.

    Realmente los banco UNA BOCHA con sumar esto a las notas.
    Aplausos. Muchos. Empezando en uno y sumándose en el tiempo.

  15. Marcela Rosales

    Excelente!!! Me atrapó hasta el final!!! No esperaba otra cosa del gato y la caja. Lo comparto con mis colegas y amigos. Gracias Fabricio por abrirme esta ventana y proponer estos textos en educación. Marcela desde Córdoba

  16. Sebastian

    Tremendo. Dejé el cuento por ahí un par de días esperando un momento propicio. Lo empecé a leer sabiendo que éste no lo era, y al tercer renglón sentí que ya no había salida del túnel en que había entrado… que “estaba pasando de nuevo”.
    Hace mucho que no leo a Bradbury, a Vonnegut o a Huxley, pero enseguida supe que estaba pasando “eso”. Se enrarece el aire, cambia el paisaje, el cielo se vuelve ámbar, la temperatura ambiente sube algunos grados, y las personas se vuelven máquinas… (oh wait!).

    Felicitaciones, y esperamos ansiosos los siguientes.

  17. D@

    Puta madre, xq lo tuve que leer justo hoy… hace mas de dos años que estamos buscando…, estudios de acá, estudios de allá, los dos, me encuentran quilombo a mi, me opero, esta todo bien y nada, en 48hs vamos x la primer IIU y este cuento me atravesó… y al igual que andres, yo hoy mataría. .. ufff, perdón por la catarsis

  18. María de los Ángeles Pellegrini

    Excelente!! No pude parar hasta el final que terminó con una inspiración de asombro. Quiero mas!!

  19. Daniel

    Juan Cruz es simplemente excelente! Adivine el final no bien Andres llego al taller, pero aun asi segui enganchado lo cual es doblemente dificil, bien ahi.

    • juan cruz

      Me parece que quisieron hacer el link a “El mar”, no a este cuento.
      O tal vez quisieron hacerlo a este cuento.
      No sé. Ustedes son científicos y sus mentes son insondables y están llena de magia cósmica y enanos de jardín para mí.

  20. David Salas

    Hay que caerle a la OMS con todo!, basta de vacunas y de , hasta por ahí, transhumanistas !!
    Yo no quiero esa longevidad en el mundo… J.C Usted es perverso …


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