Carrito
El carrito está vacío.
La_prima_lejana

IMG:  Federico Merkel  

La Prima Lejana

TXT:

Los mecanismos biológicos que regulan la memoria se encuentran en un área muy primitiva del cerebro, la misma que, no casualmente, regula procesos emocionales. Hace decenas de millones de años, a nuestros antepasados (que por ‘antepasados’ me estoy refiriendo a sangre fría, panza al piso y vista pobre) les empezaba a crecer un cerebro que iban a ir construyendo de adentro para afuera, hasta llegar a la aparición de las regiones corticales que nos dieron los procesos mentales, que hoy nos hacen ser lo que somos. Ese cerebro recontraprimitivo, ese núcleo de memoria, emociones y demás cosas elementales, funcionaba básicamente aprendiendo cosas sencillísimas y grabándolas en la memoria, que funcionaba mucho mejor cuando había una estimulación emocional. Digamos que era más importante aprender algo que generaba placer, dolor o miedo que algo beige. Era, no. Es.

Todo esto no es más que una introducción para establecer lo BIEN que estaba mi prima, la del interior, la que conocí como a los 12 años y se constituye hoy como el único recuerdo realmente patente de esa época. Cuestión que, la prima estaba más rica y más fuerte que un sánguche de unicornio entre dos láminas de grafeno, pero el imperativo social me decía ‘es tu prima’, argumento dudosamente eficaz para un organismo puberto en eclosión hormonal generalizada.

Esta historia de amor y transgresión preadolescente, parece haberme sido más difícil a mí que lo que le fue a otros menos preocupados por la genética, como ser Johan Sebastian Bach, Albert Einstein, Mao Zedong o el mismísimo Charles ‘En la piel llevás el mar’ Darwin, todos orgullosos comeprimas, y es que la principal justificación para mantener a la pariente platónica es la manifestación por endogamia de desordenes genéticos recesivos.

¿?

Básicamente, los bichos grandes como nosotros tenemos dos copias para cada gen, una que viene de papá y una que viene de mamá (y alguna excepción para patitas cromosomales sexuales que tampoco vienen tanto al caso), pero la cosa es que, si un gen falla, probablemente el otro pueda salir a bancar la parada y cubrir la función que nos falta. Somos organismos delicados y complejos llenos de planes B (DATAZO: el piloto y el copiloto de un avión están obligados a comer menúes distintos, cosa de que si la comida está contaminada siempre por lo menos uno de los dos, zafe), pero ese plan B se basa en la diferencia.

Los humanos tenemos múltiple alelos para cada gen, o sea que tenemos múltiples variables genéticas con ligeras diferencias pero que básicamente cubren (o deberían) una misma función, y ahí es donde nacen los ojos marrones, verdes, celestes, o inclusive variables alélicas raras como el violeta. Pero, ¿qué pasa si, de todo el menú de opciones, te tocan dos iguales? Normalmente: NADA. Mientras más distintos son dos organismos, menos posibilidades hay de que tengan problemas en el mismo gen, salvo que, de nuevo, endogamia (endo, ‘interno’; gamia ‘comerte a tu prima’).

Ahora, si JUSTO te vino a tocar un gen que no anda, o que anda mal, lo más probable es que tengas una copia que viene de una raíz distinta, SALVO QUE TUS PAPÁS SEAN PRIMOS.

O, por lo menos, eso es lo que mi viejo quería que yo pensara. La cuestión es que en 2002 se publicó un estudio sobre hijos de primos (porque hay subsidios para eso), y descubrieron que los hijos de primos tienen entre 1,7 y 2,8 % más de riesgo de tener algún defecto de nacimiento que los hijos de no primos. 2,8. DOS COMA OCHO, o puesto en términos más interesantes, aproximádamente el mismo incremento de riesgo que trae un embarazo después de los 40. Pero, ¿quién piensa en un embarazo a los 40 cuando tenés 12 y lo único que querés es acercarte a la chica de vestidito blanco, mayor que vos, y decirle que querés tener sobrinosprimoshijos? ¿Cómo argumentás (acá le agregaría algo estilo “el temita de la promiscuidad”) contra una sociedad y una figura paterna cuando no tenés los datos? Porque la ciencia a veces sirve para cambiar el mundo, sí, pero otras veces, algunas de las más maravillosas, sirve solamente para ganar pequeñas discusiones cotidianas. No es el momento ni el lugar de empezar a hablar de pan lactal adentro o afuera de la heladera, pero podríamos, y es la ciencia la que trae también revanchas, porque la Tierra no es plana, el fuego no es mágico y la Luna no está hecha de queso, mal que nos pese.

La ciencia sirve para que podamos proyectar en búsqueda de  romper el tiempo. Cuestión de agarrar un transporte adecuado, alcanzar velocidades cercanas a la de la luz, y listo, solamente para después (antes) encontrarme adolescente y decirme que papá es la Inquisición, que no entiende nada, que ‘Eppur, si mouve’, darme un primer argumento correcto pero no por eso menos sobrador, ideal para un ladrido de macho chico a macho grande.

Mal y pronto, cuando nací, mi mamá tenía 41 años. O sea que mi viejo, el omnisciente, el socialmente adecuado, trató de explicarle a un hijo de primos por qué los primos no deberían tener hijos.

Ilustración:  Federico Merkel