04-La-Camara-Rota

La cámara rota

Two wrongs will never make a right.
Marvin Anderson


Entre el calor y la humedad, el juzgado parecía hervir. Había un ventilador de techo que revolvía el aire despacio, como si no quisiera que se queme, pero resultaba insuficiente. Era pequeño y solitario, pensó Martín. Como la justicia. La justicia siempre es pequeña, nunca ocurre a la misma escala que el crimen que viene a compensar. Y casi siempre es solitaria. Ocurre aquí o allá, le ocurre a él o a mí, pero nunca a todos al mismo tiempo.

Se preguntó si no había empezado a desvariar. Una gota de sudor se suicidó desde el filo de su ceja izquierda. Pero no. Estaba lúcido. A su alrededor, la realidad:

Rodrigo estaba muerto. Una bala en la cabeza. El tipo que lo mató esperaba sentado, ahí a pocos metros, que le dijeran si tenía que pagar o no por eso. Y el abogado defensor caminaba de un punto a otro, exponiendo sus argumentos, ahorcado por una corbata roja de doscientos dólares.

Hablaba bien el abogado. Si lo dejaban hablar lo suficiente, era capaz de lograr una absolución, un pedido de disculpas y los costes legales. Pero la querella tenía un arma mucho más contundente que la retórica de un abogado mafioso de corbata importada. La querella lo tenía a él. Y él había presenciado todo.

Escuchó el tiro primero.

Vio la cabeza de Rodrigo estallando contra el monitor, al lado de él. Un estruendo que lo dejó sordo.

Sintió la sangre salpicándole la cara, gotas tibias como perdigones sobre sus manos, sobre el teclado, sobre la pantalla donde todavía se veían otras manos, manos de soldado sosteniendo una ametralladora, de un realismo opaco, antiguo, la época de bronce de los videojuegos.

Todavía aturdido se había dado vuelta y visto al atacante en el momento exacto en el que se giraba, salía entre gritos de espanto, se subía a un auto viejo y gastado, desaparecía para siempre. O en ese momento pensó que era para siempre.

Ahora estaba ahí. En el juzgado. Respirando el aire que el ventilador cansado no dejaba de servirles.

Lo observó. La piel oscura brillaba bajo los tubos fluorescentes, igual que en El Galpón. Sintió un escalofrío. Ahora podía notar también la nariz ganchuda, el cuello quemado de vaya uno a saber qué oscuro accidente, qué coqueteo temprano con la muerte en la infancia de ese asesino. Hijo de puta. Ojalá se pudra en la cárcel.

El abogado terminó de explicar, se acomodó la corbata, descentrada levemente después de tantas gesticulaciones, y cedió el turno al fiscal. Martín pensó en todas las películas de toda su vida.

El fiscal era un tipo barbudo dentro de un traje sintético comprado en la peatonal, pero parecía saber lo que hacía. Caminaba menos que el otro y gesticulaba en un radio más reducido, con las manos, las muñecas y los antebrazos, suficiente apoyo no verbal para sostener, demostrar y defender que el acusado estuvo presente el día del crimen en el centro de juegos conocido como El Galpón, ubicado en la calle tal, intersección tal, a las catorce y cincuenta. Una contracción del dedo índice le alcanzó para subrayar que, además, fue él y no otro quien disparó la bala que provocó la muerte de Rodrigo Buenaventura, la destrucción del monitor donde el fallecido jugaba a un juego de guerra con sus amigos y el pánico general subsiguiente. Con un suave deslizar de la palma dibujó en el aire la ruta sobre la cual, según sus palabras describieron, el acusado huyó a bordo de un vehículo color verde militar. Podía afirmar todo esto, dijo, puesto que contaba con un testigo ocular. Y ahí sí, el codo se le separó de las costillas cuando usó todo el brazo para señalarme, una lanza afilada culminando en un dedo y el dedo convocando a todas las miradas y por fin yo, después de tanta preparación, de repasar la historia tantas veces, de sucumbir a la camisa planchada de mamá que no me iba a dejar testificar en remera, me tuve que levantar, caminar con medias de plomo hasta el estrado y decir la verdad, como corresponde a la gente de bien.

– Nombre.
– Martín Ignacio Heredia.
– ¿Edad?
– Dieciocho años.
– Usted está a punto de comparecer ante este tribunal y, una vez prestado juramento, está en la obligación de ser honesto en su declaración. En caso de incurrir en falso testimonio, deberá afrontar las sanciones penales correspondientes, ¿está claro?
– Sí, señor.

El fiscal le acercó un ejemplar de la Constitución forrado en cuero negro y le hizo colocar una palma encima y la otra en alto.

– ¿Jura usted decir toda la verdad y solamente la verdad?

Martín se atragantó con saliva. Los nervios de la situación. Pero juró. ¿Por qué no? De chico había jurado tantas veces ante sus amigos, ante sus padres, en el confesionario de la parroquia. Había jurado diciendo la verdad y había jurado mentiras. No recordaba una sola consecuencia.

– ¿Está usted aquí en pleno uso de sus capacidades, comprendiendo el motivo por el cual se lo ha citado y bajo ningún tipo de extorsión o amenaza?
– Eh, sí… claro.
– ¿Estaba usted presente el día cuatro de febrero del año dos mil veintitrés, en el centro de juegos El Galpón, ubicado en la intersección de la calle Colombres y Camino de Cintura, ciudad de Lomas de Zamora, cuando ocurrió el asesinato de Rodrigo Buenaventura?
– Sí.
– ¿Puede por favor informar al jurado qué es exactamente El Galpón?

Dudó un momento, era una pregunta rara para quienes prácticamente vivían ahí adentro, asimilados a ese ambiente sucio, ese ruido de colmena, sin nunca cuestionar su naturaleza.

– Bueno, El Galpón es eso… un galpón. Grande. Tiene unas doscientas computadoras, de las viejas, conectadas en red. Y uno va y por treinta pesos puede jugar ocho horas. Son todos juegos viejos, con mouse, pero es barato y está siempre lleno de chicos. Vienen de todos lados, hay chicos de la villa y chicos… no sé, como nosotros. Y el gordo que atiende te deja tomar cerveza mientras jugás.

“Qué bocón que soy”, pensó. Lo último que necesitaba era meter al gordo en problemas y que después no lo dejara entrar más.

– ¿Había tomado Ud. cerveza o cualquier otra bebida alcohólica ese día?No, no… yo no bebo –y agregó–: nunca.
– ¿Puede indicarnos dónde se encontraba usted exactamente ese día?
– En primera fila apenas entrás, cerca de la puerta. Sentado justo al lado de él.
– El testigo se refiere a la víctima –aclaró ante el jurado– ¿Puede describirnos lo que pasó?
– Estábamos jugando al Counter Strike. Teníamos los auriculares puestos y el volumen alto, no lo sentí llegar. Se paró atrás de Rodrigo y lo ejecutó. Pasó muy rápido, pero lo vi. Hubo gritos. Me caí de la silla, pensé que me iba a morir. La sangre me salpicó. Mucha sangre. Cuando me incorporé vi al tipo salir con el arma en la mano. Se subió a un Torino verde.
– ¿Alcanzó a ver la cara del asesino?
– De perfil, cuando escuché el disparo y me giré.
– ¿Se siente capaz de identificarlo?
– Totalmente.
– ¿Está en esta sala ahora?
– Sí.
– ¿Puede señalarlo?
– Es ese.

Duró horas, pero por fin el jurado volvió, condenó al tipo y todos nos pudimos ir con el sol todavía en alto. Afuera me esperaba Damián. Había traído su bicicleta y la mía, abandonada en su casa durante la última lluvia.

Me desprendí como pude de mis viejos, que querían saber si estaba bien, que me recordaban el próximo turno con el terapeuta, que se alegraban de poder dejar todo esto atrás, pobre Rodrigo, eso sí, pobre.

Anduvimos sin hablar un rato.

– ¿Te volvieron muy loco? –me preguntó al fin, mientras dejábamos la calle y cruzábamos la plaza en dirección al puesto de panchos que estaba del otro lado.
– No, fue corto. Mi parte al menos. El juicio en sí fue largo.
– ¿Qué les dijiste?
– Lo que pasó.
– Sí, pero qué.
– Vos estabas ahí. Vos lo viste mejor que yo.
– Sí, pero yo no puedo declarar, soy menor.
– Pero igual lo viste.
– Tomá. Traeme una cerveza.

Dejé mi bicicleta de nuevo bajo su custodia y me acerqué al puesto. Al tipo que atendía le importaba tres carajos qué edad tenía. Damián sabía eso, pero igual se hizo traer la cerveza por mí, como si todo aquel día tuviera que estar regido por algún tipo de legalidad, la vida de mármol y madera de los tribunales.

Se la alcancé y nos sentamos en el pasto. El siseo de las latas al abrirse me relajó.

– ¿Y?
– Me pidieron que lo identifique. Estaba ahí el flaco.
– Jodeme. ¿Te hicieron señalarlo?
– Sí.
– Como en las películas.
– Igual.
– ¿Y lo reconociste?
– Por la nariz sobre todo.
– ¿La nariz?
– Sí, tremenda nariz. ¿No te acordás?
– Lo único que me acuerdo es del arma.
– Una Glock.
– Una Glock, exacto.
– En el Counter con esa no le podías hacer ni cosquillas a Rodrigo. Y mirá…

Hicimos unos segundos de silencio, pero no supe si pensábamos en la muerte o en los videojuegos.

– La cuestión es que tenía tremenda nariz el negro –zanjé.
– Era más bien blanco.
– ¿No que lo único que te acordás es del arma?
– Me acuerdo que era blanco. ¿O era chino?

A veces Damián no se callaba. Me pregunté si no tendría que haberme ido con mis viejos. Estaría tomando helado y viendo alguna peli en casa.

– Bueno, vos lo habrás visto mejor –dijo.
– Lo vi todo. Cuando se fue se subió a un Torino verde. Me acuerdo porque mi viejo tenía un Torino verde de pibe. Lo vendió durante la crisis.
– Tu viejo tenía un Torino azul.
– ¿Y vos qué mierda sabés? Estás hecho un pelotudo, por favor.
–  Bueno, che, no te pongas así. No me acuerdo. ¿Cuál crisis?
– La anteúltima.
– Ah, no, ni idea.
– Exacto. Ni idea.

Le di un trago a la cerveza pero me supo a nada.

– ¿Por qué alguien querría matar a Rodrigo? –pregunté en voz alta pero sin esperar que Damián pudiera responderme.

Por supuesto, me respondió:

– Yo creo que el que está atrás de todo esto es el enfermito de Javier.
– ¿Javi? ¿El petisito?
– Está loco ese pibe –dijo con la voz sombría.
– Estás delirando. Lo que pasa es que se agarraron a trompadas una vez y no te olvidás. Ellos lo superaron, vos todavía no.
– Se agarraron a trompadas porque Rodrigo lo tenía de hijo en el Counter. Cada vez que asomaba la cabeza le hacía un headshot y el forro ese no se banca perder. Eso pasa.
– Cualquiera.
– Entonces fue el gordo.
– No te banco más hoy.

Damián volvió a guardar silencio. Lo hacía a propósito, a ver si me lograba calentar. Terminé la cerveza y me levanté.

– Che, y si estás tan seguro, ¿por qué no lo denunciás?
– Porque no tengo pruebas. No puedo ir y decir cualquier cosa sin estar seguro.
– Claro.
– Claro.

Agarré la bicicleta.

– Me voy –dije.

Volvió a casa un tanto ofuscado. A veces no entendía por qué se seguía juntando con Damián. Lo único que hacía era contradecirlo. Anochecía y el sudor pedaleado empezaba a enfriarse. Supuso que tenía fiebre, pero mejor no decirlo. Mamá se ponía particularmente cargosa cada vez que lo veía enfermo.

Lo recibió un vaho a fritura. Papá daba vuelta milanesas en la cocina mientras mamá miraba las noticias. Apagó el televisor tan pronto lo sintió llegar. Estaba claro que se hablaba del juicio.

– ¿Cómo estás, mi cielo?
– No me digas así. Me molesta que me digas así.
– Bueno, no podés hacer nada al respecto.
– ¿Todo bien, mi cielo? –gritó papá desde la cocina, estirando las palabras a propósito.
– Muy gracioso.
– Andá a lavarte que en diez comemos.

Mamá le apretó un poco el brazo, gesto inútil arrastrando el peso de las buenas intenciones. Martín intentó una sonrisa y encaró las escaleras. Antes de subir se frenó. Necesitaba preguntar. Levantó la voz:

– Pa, ¿de qué color era el Torino que tenías vos?
– Azul. Un caño. No pasa un día en que no lamente haberlo vendido.
– En el dos mil dos, ¿verdad? –dijo mamá.
– No, en el dos mil uno. Me acuerdo porque fue el mismo año que se nos rompió la cámara, y entre eso y la crisis ya no tenía sentido ni planear las vacaciones.
– Estoy segura de que fue en el dos mil dos.
– Estás equivocada entonces.
– No señor, el equivocado sos vos. En el dos mil uno murió Oscar y fuimos al velorio en auto.
– Pero claro, si eso fue como en enero. El auto lo vendimos después.
– Fue en el dos mil dos te digo. ¡Se te queman las milanesas!
– Gracias –dijo Martín, y aprovechando el hueco se escabulló.

Subió la escalera mucho más aliviado. Es lo que él había dicho: azul. Se acordaba perfecto. Damián era un pelotudo por hacerlo dudar.

Azul.

Abajo la discusión crecía pero cuando abrió la ducha dejó de oírla.

 

NdR: Si te copó leer sobre memoria y falsos recuerdos, no te pierdas esto: https://elgatoylacaja.com.ar/mentime-que-me-gusta/




Hay 23 comentarios

Añadir más
  1. Fede

    Muy bueno, estaría bárbaro que lo acompañen con una nota sobre cómo trabaja la memoria, y sobre cómo los recuerdos empiezan a fallar y a ser rellenados con historias y anécdotas de otras personas, me acuerdo que vi un documental sobre esto en la tele.. o lo leí? (me acuerdo, pero no).

    Muy entretenido el cuento, saludos!

  2. Ana

    Genial!! muy bueno el cuento y el tema de la memoria que trae aparejado.
    Me gusta tu estilo y tus finales abiertos.
    Gracias, Gatos, por esta hermosa sección literaria.

  3. Tomás

    Me encantan los cuentos que publican, me encanta que crucen la barrera (más bien la rompan de una patada) entre la ciencia dura y las artes. Son geniales, sigan así por mucho más!

  4. Bosnio

    Es buenísimo. Las escenas en el tribunal son perfectamente vívidas, con el calor pegajoso del verano lomense en un edificio público. El mérito está en lo no dicho, en la certeza de un futuro-presente más avanzado, donde el avance puede medirse a través de referencias como “todos juegos viejos, con mouse, pero es barato”.

    Internet es tan genial que estas cosas son gratis.

  5. andrescass

    Muy buen cuento. Muy interesante tema y la forma de abordarlo es genial. Tuve que subir y verificar que había sido Damián el que dijo que el Torino del viejo era azul, lo recordaba y lo suponía a la vez, pero no estaba seguro, porque bueno, la memoria.
    Me gustó mucho la redacción, se lee y se disfruta.

    • Juan Cruz

      Graciás Andrés! La idea era jugar justamente con eso! Obligar al lector a plantearse su propia memoria, pero creo que sólo funciona con gente muy desmemoriada como vos y yo.

      ¿De qué estábamos hablando?

  6. Chino

    ¡Qué lindo Juan! La tensión al declarar ante un juez está tan bien explicada que ese solo hecho explica el por qué del problema de memoria. Gracias por el buen momento.

  7. FRANCO

    Me encanta.
    Al final del cuento quedé como “wat” pero releí un poco atrás y casi me explota la cabeza.
    Hermoso.
    Me debo comprarme tu libro.

    Espero sigas subiendo cuentos.
    ¡Abrazo!

    • juan cruz

      Muchas gracias Franco!
      Sobre el libro, creo que quedan 3 ejemplares repartidos entre librería Borges y librería Mendel, pero vienen resistiendo hace tiempo así que no creo que tengas que apurarte =)

      El mes próximo sale otro cuento.

      Abrazo!

  8. Sebastian

    Puede ser que en el cuento cambie de primera persona protagonista a tercera persona espectador a la hora de relatar o no entendí nada?

  9. Katja

    Me encantó el cuento! Y si, es cierto, llegado un momento de la historia, tampoco sabemos si los recuerdos son algo que realmente vivimos o soñamos, un flash, no?!!!
    Saludos


Publicar un nuevo comentario