Carrito
El carrito está vacío.
Juzguemos_a_los_otros

IMG:  Juama  

Juzguemos a los otros

TXT:

Hay discusiones más difíciles que otras discusiones y decisiones más difíciles que otras decisiones. Esta es la historia de una discusión de mierda sobre una decisión de mierda.

Hace un par de días me encontré con una nota en la revista Anfibia, una nota hermosamente bien escrita y con ese sartenazo extra de fuerza que tiene la primera persona, especialmente cuando es una primera persona que está triste.

Ahora es cuando el que leyó la nota sigue y, el que no, para y lo soluciona. Al final del día todo el sacudón que vino después de la publicación tenía que ver con una sola decisión: sos una persona con HIV, ¿se lo tenés que contar a una persona con la que vas a mantener relaciones ocasionales usando preservativo?

La sola posibilidad de pronunciarse en una u otra dirección hizo que las redes sociales se mojaran de ansiedad por una opinión que permitiera rápidamente alinearse a uno de dos bandos estrictos y difícilmente reconciliables, unos estableciendo el derecho de la persona a la intimidad y el otro priorizando el riesgo potencial de un contagio, y ni siquiera fue el extremismo que aprendimos a amar en Tuiter, sino que esas opiniones se multiplicaban en el comentario de FB de la tía de todos, mostrando que Tuiter no tiene el monopolio de la postura extrema sino que solamente deja salir esa presión de forma más cruda.

Antes de haber terminado de leer la nota yo ya tenía mi postura, mi bando y una tradición personal de cagarme en la emoción humana y tratar de apuntarle al hecho subyacente, probable y tangible. Lo sorprendente es que mi postura, que yo asumía basada en hechos, no los tenía.

La cuestión era tan compleja que terminaba siendo asombrosamente simple, y más allá de la estigmatización de la enfermedad y del boqueo propio generacional sobre el libre flujo de información y el derecho a la intimidad, la posta se resumía en ‘¿Tiene derecho una persona a omitir información que potencialmente pueda poner en peligro a otra persona?’ y yo, la verdad, no tenía puta idea de eso.

Ahora, por lo que pude leer en Tuiter y Facebook, no era el único. Las opiniones revoleadas desde los dos lados esquivaban esta pregunta pragmática y se escupían desde el absoluto, pero el elefante seguía en el living sin que nadie lo viera, y las posturas seguían siendo lábiles en la medida que los datos no se ordenaran, así que, para innovar, antes de opinar, leí.

Pasé de un rato largo leyendo sobre HIV y SIDA (que ojo que no son lo mismo, uno es un virus y el otro un estadío particular y avanzado de la patología provocada por ese virus). Sorprendido y cascoteado por uno de los campos más prolíficos de investigación humana, fui a dar con un puñado de meta-estudios (o sea estudios de estudios) en los que el número grande acompañaba y ayudaba a que hubiese potencia estadística. En uno me encontré varios de los pedazos de información que buscaba: ‘La evaluación de tres estudios sobre un total de 991 parejas heterosexuales serodiscordantes donde el infectado posee una carga viral indetectable debido a la terapia antirretroviral estimó la transmisión de HIV entre 0.0 y 0.14 por ciento (esto quería decir que si 100 parejas serodiscordantes donde el portador tiene carga viral indetectable tuvieran relaciones durante un año, la tasa de transferencia del virus sería de 0, o un número ínfimo tendiente a cero).’

Es importante notar que los mismos autores del trabajo hablan de las limitaciones, como no incluir parejas del mismo sexo, no discriminar entre sexo vaginal y anal, no establecer la frecuencia sexual de las parejas o no determinar la rigurosidad del uso de preservativos, pero el dato era el mismo, y se apilaba en estudios y estudios confirmando esa misma idea: una persona con HIV que presenta una carga indetectable gracias al tratamiento antirretroviral tiene chances ínfimas de transmitir la enfermedad por vía sexual.

¿Cambiaba esto en algún punto la necesidad de uso de preservativos? NI A RECONTRAPALOS. Es más, la principal reserva de los mismos investigadores a la hora de compartir esta información se centraba en hacerlo de la manera correcta, de forma que esta no fuese interpretada de una manera peligrosa o irresponsable.

Pero ahora empezaban las otras preguntas, las subjetivas que, con este dato enfrente, se hacían significativamente más ásperas: ¿Cambiaba esto algo en la discusión? ¿Qué pasaba si el hecho objetivo de que el riesgo al que se expone al otro pasa de ser enorme a ser infinitesimal? ¿Hay un número mágico, un índice de riesgo donde la intimidad de uno prevalece sobre el derecho del otro a saber? ¿Dónde se pisan? ¿Dónde se hace injusto, y para quién?

Todas esas preguntas son válidas. Igual de válidas ahora que antes, pero ahora con más información, y saber sirve para dar espalda y sustancia a la hora de tomar una decisión, de tomar un riesgo, de hablar, de callarse o de opinar de una u otra manera sobre lo que el otro debería o no hacer, antes de hacerlo de forma determinante y final sobre una enfermedad que afecta al que la sufre, tanto en lo biológico como en lo social.

Ilustración:  Juama