Carrito
El carrito está vacío.
Juan_el_destripador

IMG:  k2man*  

Juan, el Destripador

TXT:

El mundo está lleno de abogados, cajeros, mozos, telemarketers, secretarias, cocineros, taxistas, arquitectos y todas esas profesiones comunes; pero además existen otras formas bastante singulares de ganarse la vida. Hay gente que tiene trabajos raros, como el de face feeler o ‘tocadores de caras’ en empresas de cosméticos (posta). Otros se ganan la vida de manera injusta e increíblemente genial, levantándose cada mañana para salir a probar toboganes de agua. Después están esas profesiones que uno no entiende cómo alguien pudo elegir, como la de proctólogo o ginecólogo (sí muchachos, contrario al pensamiento reflejo, no debe estar bueno ser ginecólogo. Los tipos no sólo ven las cosas que nosotros con suerte vemos en forma más o menos frecuente, sino que además tienen que incursionar desde jóvenes en cuestiones que nosotros recién vamos a tratar dentro de varios años, o al menos eso espero).

Todo esto era para decir que hay gente más común que otra. Y esto no es un juicio de valor sino simplemente una cuestión estadística. A este ciudadano promedio vamos a llamarlo Juan, lo cual tiene bastante sentido ya que, a pesar de todos los esfuerzos que empeñan las madres modernas en ponerles a sus hijos nombres de ríos patagónicos o de cuadrúpedos de la mesopotamia, Juan sigue siendo el nombre más común.

Juan gusta de la playa, los autos, el fútbol y mirar tele, claro. Pero lo que nos va a ocupar los próximos párrafos está relacionado con esa hermosa manía que tiene Juan de tirar todo tipo de postas evolutivas. Esa costumbre de mirar por el espejo retrovisor y asegurar que ‘El apéndice está al pedo, pibe. Era joda y quedó.’ o que ‘El otro día me di el dedo chiquito contra el zócalo. No sabés lo que putié. Decí que dentro de un par de años no va a existir más ese hdp’.

Analicemos un poco estas máximas urbanas. Más allá de estar meando fuera del tarro, si vemos el tarro medio lleno podemos rescatar que Juan al menos está pensando. Mal, pero está pensando, lo que da cuenta de que, por suerte, el colegio laico al que asistió no hizo las cosas tan mal (o que el colegio religioso al que fue no hizo las cosas tan bien). Juan piensa que las cosas cambian; que antes éramos de una manera —o éramos otra cosa— y que seguramente seamos diferentes en el futuro. Esto ya es arrancar con el pie derecho (guarda el zócalo, Juancho).

Pero la naturaleza no anda destripando o mutilando gente porque sí, Jack. Para que un órgano o una característica de un organismo desaparezca, en general tiene que ser desventajoso para él de alguna manera. O sea, tiene que haber una presión de selección contra esa característica. El dedo chiquito del pie va a desaparecer el día que tenerlo implique vivir y/o reproducirse menos. No se registraron hasta el momento episodios de muerte por colisión del quinto metatarsiano, ni mucho menos casos de ‘No, gorda, hoy no quiero; me duele el dedo chiquito’.

El asunto del apéndice es un poco más complicado. Hace rato que venimos preguntándonos qué papel juega esta enigmática achura que a veces nos complica la vida. Resulta que, si lo sacás, no pasa nada, por lo cual no parece brindar una ventaja apreciable; y, si lo dejás, cada dos por tres se infecta. Si te colgás, la jodita puede escalar rápidamente de apendicitis a peritonitis, y ahí ya estás a dos baldosas de que se repartan todas tus cosas, salvo el apéndice.

Pero uno no nace con veintipico de años (por suerte para la salud de todas nuestras madres, al menos para la salud física). Que Juan, abogado, hincha de Atlanta, dueño de un Gol 2009 impecable, pueda rifar su apéndice no quiere decir que el pequeño Juan, incluso antes de asomarse a este mundo de gente común, no haya sacado provecho del olvidado cachito de entraña.

Hoy sabemos que, durante el desarrollo, el apéndice del feto tiene un cargo en la subsecretaría de asuntos inmunológicos. Funciona como un órgano linfoide, madurando linfocitos B y produciendo además ciertos tipos de anticuerpos. O sea que al final (en realidad, al principio) este supuesto inútil órgano de mala fama aguanta los trapos del triperío, metiendo bala contra potenciales patógenos que anden merodeando el intestino.

Lo bueno es que el Plan Apéndice cubre a toda la familia, y más si vivís lejos del primer mundo; muy progre todo. (Si estás almorzando andá pidiendo la cuenta). Enfermedades como el cólera pueden llegar a vaciarte el intestino, eliminando las bacterias que conviven con nosotros y que son indispensables para la digestión de los alimentos. Ante estos casos, el marginal apéndice zafa de la racia y sirve como bunker de bacterias que, cuando pase el alud, van a reponer la flora intestinal.

Tarde y temprano, la naturaleza tiende a demostrarnos que lo que está, por algo está.  Llegó hasta ahí porque otorga a su dueño algún tipo de ventaja, y no se va a ir sin que lo eche algún factor que lo vuelva presa del bullying evolutivo.

Entonces entendés que la vida tiene un poco esa cosa de ‘We are the Champions’. Nosotros, los bichos vivos —y nuestras partes—, estamos acá porque fuimos los mejores de la historia. Aunque a veces nos empecinemos en llamarla sabiendo que ya está con otro o que toquemos bocina como si el ruido fuera a desplazar autos. Así de idiotas y todo, piloteamos eras glaciares, volcanes, tsunamis, meteoritos, tigres voladores y temorfosaurios.

Así que queré a tu apéndice, a tu abollado dedo chiquito y al resto de la banda, porque gracias a ellos llegaste hasta acá. Es decir, ganaste. Bien jugado. Felicitaciones.

Ilustración:  k2man*