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Hotel

Día 1.

“Si te sientes solo cuando estás solo,
entonces estás en mala compañía.”
Jean-Paul Sartre

 

Me desperté en la misma silla donde acababa de sentarme. ¿Me había dormido? Según el reloj de pared apenas tres minutos pasaban desde que terminé de escuchar la charla introductoria, firmé los papeles y me dejé guiar hasta la silla, y sin embargo adivinaba un hiato, como un abismo corto pero profundo que acababa de atravesar de un salto. Se suponía que el cambio tenía que ser imperceptible, por eso el viaje comenzaba ahí. Tuve que admitir que el efecto estaba bien logrado.

Los anteojos, la aguja y los demás sensores habían desaparecido. Me miré las manos, los brazos. Parecían los mismos y no tenían marcas. Decidí levantarme. Mi cerebro dio la orden y el mundo alrededor respondió acorde a ella. Tuve la sensación física de ponerme de pie, aunque sabía que mi cuerpo seguía ahí, en la versión real de la sala de partidas y arribos de la Agencia. Noté, satisfecho de mí mismo, como si hubiese descubierto un error de continuidad en una película, que el olor había cambiado. Lavanda cuando me senté, jazmines ahora.

Me extrañó que la asistente hubiera desaparecido también. Me habían dicho que los empleados de la Agencia tenían sus versiones digitales en el mundo que acababa de contratar para que me dieran los boletos de tren y algunas indicaciones finales, pero nadie vino hasta mí. Estaba solo.

Caminé unos primeros pasos, arrastrando una leve sensación de desequilibrio que pronto desapareció. El pomo metálico de la puerta estaba exageradamente frío. En la recepción tampoco había nadie. Encontré mis boletos y la reserva del hotel sobre el mostrador, mi valija junto a la puerta de calle. La había entregado el día anterior para que copiaran mi ropa y algunas otras pertenencias que pretendía llevarme, entre ellas una novela de Douglas Adams. Lo único de valor que había dejado en casa era el celular, que no estaba permitido en la simulación por razones obvias que nunca me explicaron. No lo lamenté.

Afuera me recibió una mañana cálida. Corría un viento moderado que no encontraba demasiados obstáculos: la calle también estaba vacía. Ningún transeúnte, ningún auto en movimiento; una bandada de pájaros veraniegos cruzando el cielo. Me pregunté si eso era parte del programa o si estaba experimentando algún tipo de error. Esperé unos minutos a que pasara un taxi pero terminé por resignarme a caminar. Una de las rueditas de la valija estaba trabada y se arrastraba sobre la vereda haciendo un ruido espantoso. Mi valija original funcionaba correctamente, pero la Agencia publicitaba esas cosas como “detalles de verosimilitud”.

La estación sin gente parecía el doble de grande. Caminé bajo el techo alto y abovedado como un enorme bostezo de cemento. El tren ya estaba en la plataforma, de modo que me ubiqué en cualquier asiento y me dediqué a dormitar hasta que sentí las puertas cerrándose y el salto de la nada a la inercia. Entonces me abandoné al arrullo de las vías y me dormí aún más.

Cuando desperté, el tren esperaba quieto y con las puertas abiertas en la estación de destino. Despegué los ojos como pude y me apuré a bajar, temiendo que las puertas se cerrasen. Ya en el andén me di cuenta de que no había riesgo. Ese tren estaba destinado a cumplir un viaje de ida y ahora quedaría ahí como un trozo de decorado que no se suponía que yo siguiera viendo.

Salí de la estación y arrastré la valija calle arriba hasta el hotel.

La verja era alta y parecía confeccionada en hierro fundido. Se abrió con un mínimo esfuerzo, como si pivotara sobre bisagras de algodón. Ingresé a una explanada delineada por canteros, salpicada de faroles, con una enorme fuente en el centro. Detrás se erguía el edificio de hotel, alrededor del cual se extendían parques, canchas de tenis y un paseo arbolado. No vi la pileta que promocionaba la Agencia, pero deduje que estaría detrás del edificio, donde el terreno se elevaba y emergían las sierras.

Nada mal, me dije mientras cruzaba la explanada. Podría haber contratado alguna de las otras opciones: Paraíso Caribeño o Tour Europeo, pero por alguna razón eran más caras. Para unas vacaciones simuladas uno creería que el destino no tendría demasiada relación con la tarifa, y sin embargo ahí estaba yo, respirando el aire serrano, procurando a toda costa olvidar la oficina y el departamento de soltero que me esperaban agazapados a dos semanas de distancia, y albergando con cierta timidez, debía reconocerlo ahora, la esperanza de conocer a alguien.

Detrás de un mostrador de madera sembrado de folletos, cuando ya comenzaba a creer que un error en la simulación me había arrojado a unas vacaciones solitarias, me recibió, por fin, un ser humano. Era joven y delgada. Llevaba el uniforme del hotel y el pelo recogido y peinado con prolijidad geométrica. Me acerqué sonriendo y me presenté. Una tarjeta clavada en su pecho decía “Alicia”.

Me dio la bienvenida y se lanzó a explicarme una serie de cuestiones acerca de mi estadía que no escuché porque me perdí en las particularidades de su tono. Era inconfundiblemente cordobés, pero no de manera exagerada, como si tuviera el control absoluto de cada inflexión. Estiraba las vocales correctas, solamente las vocales correctas, durante una cantidad de tiempo mínima que era siempre la misma. Recién a la sexta o séptima frase comprendí que la empleada que tenía enfrente era lo que el personal de la Agencia llamaba NHA: non-human assistant.

La dejé terminar. Sin borrar la sonrisa me extendió la tarjeta de acceso a mi habitación (otro detalle de verosimilitud, pensé, dando por sentado que la simulación bien podría reconocerme y dejarme entrar al cuarto asignado) y me preguntó si tenía alguna duda.

– ¿La pileta?

– Las instalaciones acuáticas están ubicadas detrás del hotel, cuentan con bar y solárium, así como con una vista privilegiada de las sierras. Están disponibles para todos los huéspedes desde las ocho y hasta las veintitrés horas. Encontrará toallas apropiadas en la habitación.

Me quedé un instante mirándola. Se delataba en los ojos, un poco rígidos, un poco carentes de expresión. Los ojos eran lo más difícil de simular.

– ¿Por qué no hay otros huéspedes?

La respuesta se demoró un segundo:

– El hotel cuenta con capacidad para doscientos cincuenta huéspedes.

– Eso no es lo que pregunté.

– Todos los huéspedes cuentan con acceso a las mismas prestaciones. Podrá encontrarlos en los espacios comunes. Esperamos que disfrute su estadía.

Desistí de seguir preguntando y me dispuse a subir a mi habitación. De pronto, sin embargo, tuve que salir de una duda.

-¿Qué altura tiene el cerro más alto de la zona?

Hubo un instante de silencio. Los ojos se volvieron aún más inexpresivos, como si Alicia estuviese buscando la respuesta adentro suyo.

– El Cerro Champaquí posee una altura de 2884 metros.

– Champaquí… ¿qué significa?

Otra pausa. No pude contener la risa: estaba googleando, no lo mostraba, pero lo estaba haciendo.

– Su nombre deriva de la lengua de los Comechingones y significa “agua en la cabeza”.

Me reí de nuevo. Tenía que hacer un experimento más:

– Sos muy linda, ¿sabías?

Esta vez la pausa fue infinita. Los NHA tenían una cantidad de respuestas posibles.

La habitación era todo lo que se podía esperar. Cama doble, pequeño balcón al lateral con vista a las sierras, ligeramente por encima de la copa de los árboles. Dos juegos de toallas, para baño y pileta, como me habían prometido. Me acerqué a la puerta ventana para mirar el paisaje. Un auto circulaba por la ruta entre la vegetación lejana. Una quemadura de cigarrillo en la cortina aparentaba el paso de otros huéspedes.

Sobre la mesa de luz, en una carta plastificada, encontré toda la información necesaria para una estadía placentera. Horarios, teléfono de recepción, servicio a la habitación, instrucciones para la utilización de la caja de seguridad. Y más abajo, un aviso:

Si desea contactar con la Agencia para conocer el estado de su cuerpo, marque 0.

Miré el teléfono. ¿Valía la pena el intento? A decir verdad, no era mi cuerpo lo que me preocupaba, sino esa simulación despojada de presencia humana. Si se trataba de un error, pretendía que lo reparasen lo antes posible.

Levanté el auricular. Presioné el 0 pero colgué de inmediato. Tampoco estaba ansioso por hacer cola en el restaurante o por compartir la piscina con un grupo de turistas sudorosos. Tal vez ni siquiera había ningún problema y era tan sólo mi ansiedad de siempre imponiéndose por sobre toda razón. Vacaciones, me repetí. Vacaciones.

Me metí en la ducha. Costaba creer que el agua caliente que caía con una presión maravillosa fuese irreal, tan sólo impulsos en mi cerebro farmacológicamente predispuesto a recibirlos. Para cuando salí, ya había decidido que toda la simulación estaba perfectamente lograda. Para cuando acabé de vestirme, ya había resuelto no volver a pensar siquiera en que se trataba de un artificio. La ducha me abrió el apetito. Me puse un par de sandalias y bajé dispuesto a entregarme de lleno a la fantasía de una hamburguesa.

Unas mesas pequeñas con sombrilla conectaban la zona de la pileta con el restaurante. Detrás de un mostrador encontré a otro NHA. Se llamaba Ernesto y tenía el pelo rubio, cortado en mechones rígidos y erectos como el fuego corto de una hornalla. Me resultó innecesariamente musculoso, a mitad de camino entre un mozo y un guardia de seguridad. No intenté forzar ninguna conversación. Me limité a gestionar mi hamburguesa, una botella de cerveza, y volví a las mesas de afuera a esperarla. El sol se reflejaba en el agua y lamenté haberme dejado los anteojos oscuros en la habitación. Soplaba una brisa suave. Pensé, con inocencia, que estaba teniendo suerte con el clima. A lo lejos, un jardinero nivelaba la altura de unos arbustos. Cortaba, retiraba las pequeñas ramas y avanzaba un paso. Repetía la operación. Avanzaba otro paso. Demasiado mecánico, demasiado constante, pero a la vez sumamente hipnótico. No pude dejar de mirarlo hasta que Ernesto apareció con mi comida.

¿Cómo seguir el día? Para la pileta convenía esperar a haber terminado con el no pequeño trabajo de digestión que tenía por delante. Pero la idea de una siesta no me seducía. Estaba ansioso por llenarme los sentidos con aquel lugar. Resolví encarar una caminata.

Dejé los residuos de la comida, el plato y la botella tal como estaban para que Ernesto se encargase y salí de la suave protección de la sombrilla. Las extensiones alrededor del hotel eran vastas y las cubría un césped parejo, tan verde que terminé por sacarme las sandalias y caminé sintiendo las hojas delgadas entre los dedos.

Bordeé el perímetro del hotel y pasé junto al jardinero que me devolvió el saludo sin dejar de podar. Reparé en que el frente del hotel, por donde había entrado esa misma mañana, tenía unas verjas altas de hierro, mientras que en la parte de atrás los terrenos se continuaban sin interrupción hasta convertirse en cerros y montes. Era como si las verjas del frente fuesen meramente decorativas, o como si no se temiese una intrusión desde los fondos. Me incliné por la primera opción, pero sin embargo no pude resistir la curiosidad de ver cuán transitable era el terreno que bajaba de las sierras. Avancé en esa dirección, feliz y despreocupado, borracho de oxígeno, hasta que no pude avanzar más.

Algún tipo de pared me detenía. No era visible, ni siquiera era sólida. No podía sentirla con las manos ni golpearme contra ella, pero mis pasos no me llevaban más allá. La sensación contradictoria me mareó y por un momento sentí subir una náusea. Recordé mi cuerpo, conectado a una silla especial en la Agencia, y me dio vergüenza pensar que tal vez vomitaría en la vida real y alguien tendría que limpiarme. Hice un esfuerzo por mantener la garganta cerrada. Traté de empujar con los brazos, pero era imposible. Acerqué la cara. Una extensa textura de polígonos grises, como un panal de abejas metalizado, se volvió ligeramente visible allí donde el sol se reflejaba. Era la frontera de la simulación. Los límites del artificio.

Volví sobre mis pasos con el optimismo diluido, buscando con los ojos alguien con quién conversar. Cayeron las primeras gotas de una lluvia prolongada.

 

Día 3.

 

 “Ponte el Gear VR y conéctate con el momento.
En este cine no hay malos lugares.”
Publicación de Samsung Gear VR Oculus en Mercado Libre

Ningún huésped nuevo. Los NHA continúan con su rutina, sistemáticos y predecibles, y empiezan a cansarme. Me cansa la forma en la que ejecutan un millón de acciones diferentes pero cada una de ellas con total precisión, como si fuese la única cosa que hicieron toda la vida, como si podar esa planta, levantar esa copa, escribir en ese teclado fuese el resultado de años de entrenamiento. Preferiría que no estén, que desaparezcan aunque sea unas horas para poder entregarme a una soledad completa. Pero Ernesto no abandona el restaurante, y Alicia no ha salido jamás de detrás del mostrador de recepción. Sospecho que posee monitores desde donde puede controlar todas las cámaras de vigilancia. De un momento a otro comencé a notarlas. Son simples burbujas negras adosadas al techo o a las paredes en lugares altos. Al principio el ojo las ignora, pero lo cierto es que no han hecho ningún intento por disimularlas. Por el contrario, creo que están ahí para ser vistas. Para que los huéspedes entendamos que estamos siendo vigilados. Detalles de verosimilitud, tal vez, pero ya no funcionan conmigo. La simulación se volvió artificiosa, plástica, y no puedo dejar de ignorarla. Incluso por momentos recupero la conciencia de mi cuerpo, lo percibo sentado en la silla de la Agencia. Caminando por un pasillo o nadando en la pileta, mi cerebro refuta lo que estoy sintiendo y los mareos regresan o me invade una sensación onírica, de irrealidad absoluta, como si las plantas de mis pies ya no se sintieran atraídas por el suelo que pisan.

Además, casi no ha parado de llover.

 

Día 4.

 

“Being virtually killed by virtual laser in virtual space is
just as effective as the real thing,
because you are as dead as you think you are.”
Douglas Adams

Ayer nadé desnudo. Como ya no logro concentrarme en la novela que traje (los de la agencia no la copiaron textual, es evidente que descargaron una versión online mal traducida), me dedico todo el tiempo a observar. Así llegué a comprender que la simulación se controla a sí misma. Una vigilancia externa, por parte de los empleados de la Agencia, supondría una invasión a la privacidad, de modo que por eso existen los NHA y las cámaras. Y, dado que soy el único pasajero que camina por el predio y que no estoy sometido a la mirada de ningún otro ser humano real, no encontré motivo para no hacerlo. Incluso me permití saltar desnudo desde el trampolín, pero cuando llamé a Ernesto para que me trajera una cerveza, no vino. Y cuando quise entrar desnudo al restaurante, la puerta no cedió.

El perímetro del hotel es la única zona –además de las habitaciones– que no tiene cámaras, pero se encuentra bajo la vigilancia constante del jardinero que en ningún momento cesa de podar arbustos en permanente crecimiento, o de cortar el pasto, o de regar un cantero. Incluso bajo el aguacero riega, lo que me ha dado a pensar que la lluvia es un error para el cual no está programado. Sólo se apartó de sus tareas ayer, cuando salí desnudo de la pileta, para mirarme fijo a la distancia. Pero tan pronto la puerta del restaurante me rechazó y volví a vestirme, reanudó lo que sea que estaba haciendo como si nada hubiese ocurrido. Más tarde, cuando el cielo se abrió un momento y hubo algo de sol, lo vi dedicarse a las flores azules de los canteros que decoran la entrada. Me acerqué a hablarle pero no me respondió. De hecho, parecía ignorarme a propósito. Me enfurecí pero no supe qué hacer y acabé por irme. Vi en la tarjeta que llevaba en el pecho que se llama Miguel.

Por la noche intenté una excursión. El sueño me había abandonado. Recostado en la cama, mi cuerpo virtual y mi cuerpo real no entraban en contradicciones, de modo que podía concentrarme en percibir con el resto de los sentidos. Esperé aguzando los oídos, a la caza de un crujir de maderas, un canto de pájaro trasnochado, un inodoro activado en el piso de arriba. Pero nada. Me cubría un silencio tan denso que sólo podía espantar el miedo de haberme quedado sordo haciendo crujir las sábanas.

De pronto sentí el impulso de explorar como un niño la oscuridad del hotel. Es todo una gran farsa, me dije, una enorme e inocente farsa. Y aún sin haberme convencido, me levanté. El piso no estaba frío. Mi ropa tampoco. Toqué el picaporte. Absolutamente todos los objetos parecían haber normalizado su temperatura, una armonía extraña que me espantaba.

Salí al pasillo. Allí la oscuridad se desvanecía gracias a los techos iluminados por fuentes de luz ocultas tras las mamposterías. Me pregunté si se habrían tomado el trabajo de crear lámparas reales o si simplemente habían programado luces que partieran desde esos escondites. ¿Hasta dónde llegaba la realidad si me decidía a agarrar un martillo y la emprendía contra las paredes del hotel? ¿Qué era más poderosa, la verosimilitud o un hacha?

Bajé hasta el hall de entrada. Los escalones permanecían mudos a mis pasos. Al pie de la escalera, pasando el ascensor enrejado, vi el filo del mostrador. Me acerqué despacio. Alicia, sentada detrás, miraba hacia el frente con los ojos inexpresivos. Pestañeaba a intervalos regulares de cinco segundos.

Me pregunté si se activaría al verme, si detrás de ese mostrador contaba con elementos capaces de abrir el portón, de tirar abajo la barrera invisible de los fondos, si podría volver a la estación, a la Agencia, a mi cuerpo. ¿Estaba preso de mis vacaciones? Comprendí, en calzoncillos, en el hall del hotel vacío, que no quería esperar a que transcurrieran los días. Quería irme. Volver a mi departamento pequeño en la planta baja de un edificio húmedo. Encender la televisión. Leer con luz artificial. No me di cuenta de que estaba caminando hacia ella. Quería desconectarme del mundo perfecto diseñado por empleados mal pagos. Volver a una realidad que pudiera entender, porque donde estaba ahora no entendía cómo podía pararme frente a Alicia y levantar el puño con todas las intenciones de estrellárselo en su cara joven y perfecta, en sus ojos inhumanos. Quería despertarme de este sueño lúcido donde mi golpe perdía velocidad en la trayectoria, donde mi brazo caía laxo antes de poder hacer contacto y mis piernas se doblaban bajo el peso de una náusea que regresaba como una locomotora y donde yo vomitaba, bajo la mirada impasible de Alicia, unos restos líquidos que no parecían corresponderse en el color y la consistencia con la cena de esa noche.

– Vuelva a la habitación –me ordenó, la cara salpicada de gotas marrones.

Asentí con la cabeza y un ligero gruñido. Después arrastré mis pies escaleras arriba, derrotado. Sentía que mi cabeza iba a estallar, dividida literalmente en dos. Abrí la canilla del baño y tomé toda el agua que pude hasta borrarme todos los sabores de la boca. Después me abalancé sobre el teléfono y marqué el 0, acurrucado en la cabecera de la cama, rogando que me atendieran, que me dijeran que en algún lugar muy lejos de ese hotel mi cuerpo estaba bien, pero la línea sonó y sonó tantas veces que creí que ya no había conexión posible entre ese lugar y el mundo exterior.

Entonces, cuando estaba a punto de cortar, oí el sonido de la comunicación que se establecía.

– Duérmase – me dijo la voz de Alicia a través del teléfono.

La noche estaba madura y en su interior se nacaró una certeza, la certeza de saberme solo y lejos, encerrado en una prisión arbolada, con carceleros sonrientes y fríos y hermosos. Y dentro de esa certeza, contenido y abrigado por ella, el instinto de libertad. El impulso de salir que sobreviene implacable apenas uno se entera de que no puede. Salir porque sí. Porque la mente es una expansión. Porque el artificio es siempre finito.

Tuve que esperar hasta las cuatro de la mañana, pero por fin las náuseas se calmaron y mi cuerpo dejó de temblar.

Me puse las zapatillas que había abandonado el mismo día que llegué al hotel por un calzado más cómodo. Me abrigué, temiendo que los límites exteriores de la simulación fuesen fríos. El espacio exterior era frío, el vacío era frío. Eso todo el mundo lo sabía. No había razón para creer que esto sería diferente.

Bajé las escaleras sin preocuparme por hacer ruido. Alicia, detrás del mostrador, me miró y me preguntó si necesitaba algo. Le dije que sólo quería salir al patio a fumar.

– Está permitido fumar en su habitación.

– No es lo mismo –dije.

– Por supuesto –acordó, y fingió que acomodaba papeles. Ante la presencia de un pasajero, los NHA se veían obligados a mostrarse trabajando.

Crucé la puerta de entrada y salí a la explanada con canteros. Una tormenta estalló en ese mismo instante. Duró apenas medio minuto y desapareció, dejando lugar a un puñado de estrellas.

Estaba seguro de que Miguel no estaba ahí un segundo antes, pero de pronto había aparecido con una carretilla llena de flores nuevas y una caja de herramientas para el jardín. Me saludó con un gesto de cabeza y se puso a reemplazar las flores viejas. Cada vez que clavaba la pequeña azada y removía un poco de tierra, sacaba un plantín y colocaba otro, todo bajo la luz de una luna repentina, parecía un sepulturero gigante en un cementerio diminuto.

Me di cuenta de que no tenía cigarrillos. Tuve que moverme para salir del campo de visión de Alicia que me observaba desde el interior del edificio. Me obligué a pensar rápido. Aunque caminara, siempre estaría bajo la vigilancia de alguna cámara.

Miguel se desplazaba pero sin alejarse. ¿Cuánto tardaría en cambiar todas las flores? Si yo seguía parado allí, ¿empezaría de nuevo? Decidí caminar un poco. Bordeé el edificio y llegué a la pileta. El agua estaba calma. Parado junto a la puerta del restaurante, Ernesto me miraba. Decidí ignorarlo y seguí caminando.

No podía perderme en las sierras. Incluso si pudiera atravesar la pared invisible, la realidad era que no había nada allí que me sirviera. Seguí rodeando el edificio. Vi que la luz de mi habitación estaba encendida, pero recordaba claramente haberla apagado al salir. No sabía qué podía significar eso, sólo me incitó a acelerar mis planes.

Reaparecí en la explanada por el otro extremo. Miguel continuaba cuidando las flores, siempre interpuesto entre la verja y yo, pero dándome la espalda. Observé a unos metros su nuca expuesta mientras se agachaba a pocos pasos de la carretilla. En ese mundo, el cuerpo de Miguel era físico. Podía sostener un sombrero, podía agarrar herramientas. No había razón para creer que no podía recibir un golpe. Tampoco había motivo para volver a mi habitación, para intentar cualquier tipo de diálogo con Alicia. Acercarme en silencio, agarrar la pala apoyada en la carretilla, elevarla mientras se volteaba alertado por el sonido o por mi respiración y descargarla en su cara mientras el mareo volvía, era lo lógico. Nada me sorprendió. Ni la sensación de vómito inminente, ni el movimiento desviado un poco por mi cerebro que elegía ese momento para recordar que estaba recostado en una silla, conectado a una simulación. El golpe, sin embargo, fue efectivo. Miguel cayó de cara al suelo, aunque ignoro si experimentó ningún dolor. La tormenta se reanudó, violenta y definitiva.

Una alarma se encendió en el hotel. Sin saber qué más hacer puse las manos en el portón y empujé. Para mi sorpresa el hierro cedió con  la misma facilidad con la que había cedido el día que llegué. Me lancé por la abertura como perseguido por miles de diablos. El suelo se había hecho barro y tropecé varias veces, pero corrí sin parar, sin voltearme a mirar, como nunca en mi vida. Corrí sin transpirar, sin comprender cómo de pronto había salido un sol pleno y un granizo violento, como si todos los dioses de Córdoba se hubiesen ofendido a la vez.  Sentí  un golpe en la ceja pero no dejé de correr, apenas atiné a tocarme con dos dedos y mirar luego mis yemas brillando de sangre bajo la luz del día. Me cubrí la cabeza con los brazos, pero no me detuve.

La estación estaba vacía. En la plataforma, el mismo tren que me había traído esperaba con las puertas abiertas. Me dejé caer en un asiento. El granizo hacía repicar el techo del tren como un tambor de lata. Quise creer que mis perseguidores, si aún los tenía, me habrían perdido el rastro. Procuré tranquilizarme. Procuré no pensar en que tal vez estarían caminando, simplemente caminando hacia mí, inmunes a los castigos que caían del cielo, conscientes de que ese tren era un trozo de decorado que no volvería a moverse por varios días, hasta el final de mis vacaciones programadas. Conscientes de eso, y de nada más. Inconscientes de sí mismos. Como zombis en alta resolución. Errores humanos en el sistema.

 

 




Hay 57 comentarios

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  1. Federico Opfinger

    Uy me quede con ganas de saber cómo sigue…
    Queremos continuación! (pero que no demore 10 meses como GoT)
    Muy bueno!

    • juan cruz

      Mil gracias Federico! Ya es demasiado largo, si encima lo continúo va a ser interminable. Mejor lo dejamos con final abierto y cada uno se imagina lo que quiere. A mí me gusta imaginar que todos mueren y que la simulación entera era un sueño que estaba teniendo María Kodama bajo efecto de psicotrópicos.

      • Federico Opfinger

        jajaj mi interpretacion es que el tipo no leyó la letra chica, donde decía que no podía cancelar la simulación antes del tiempo acordado, y que encima, cuando lo despierten le van a cobrar un extra por haber dañado a miguel xD

  2. Ana

    Bellísimo tu cuento. Supongo que esperás que te pregunten y te doy esa satisfacción: ¿por qué no hay día 2?
    Me encanta el suspenso de tu relato, gracias por tan bella literatura.

    • juan cruz

      Muchas gracias Ana!
      No hay día 2 porque no había nada relevante para contar ese día y construirlo hubiese alargado innecesariamente el texto.
      O… la ausencia de día 2 es otro error en la simulación.
      Elija y gane =)

  3. Olga

    Sinceramente me aburrió. Esperaba algún desenlace. Quizás sea el contexto en el que estoy leyendo o el momento de mí vida que estoy transitando…pero mucha descripción, mucha lectura y nada…ya entendí que estaba solo, ya entendí que nadie lo escuchaba…y?

    (O quizás esa era la idea, quedarme con nada)

    • juan cruz

      Lamento mucho que te haya aburrido, Olga.
      La idea no era esa en absoluto, sino ver si se podían doblar o romper los límites de la realidad virtual. En todo caso, repensar la soledad en ese contexto. Pero el texto tenía que ser entretenido. En tu caso fracasé estrepitosamente =)
      Gracias por la lectura!

  4. Filomena

    Ufff !! Inquietante… Creo que me dieron las náuseas del prtogaonista.

    Me gustó cómo está escrito, y las frases al principio de los días. Gracias.

  5. Diego

    Interesante, en mi caso hubiera empezado con la duda recien al día 145, cuando me hubiera cansado de intentar ser Neo o Ezio Auditore, pero interesante igual

    • juan cruz

      Hacer escalar al personaje y que salte de un punto elevado a una carretilla llena de paja es un gusto que no me permití aún. Gracias!

  6. Jazmín

    Me quedé fascinada con ese final así de abierto, y el replanteo sobre la soledad que va haciendo el personaje, como la necesita a veces, pero no tanto, mucha soledad duele. Más si se vuelve su prisionero. Y como lo lleva a forzar los límites incluso de una realidad virtual!

    Gracias :)

  7. Federico

    Muy bueno Juan, un gran homenaje a Ubik de Dick con un piola estilo argento!
    (Y si alguien lee esto y les gusto este cuento leanselo :P)

  8. Pau Hernández

    En realidad porque si yo hubiera escrito el cuento lo hubiese hecho con esa intención. Me parece más real (desde mí realidad, obvio) pagar para tener una experiencia que de otro modo sería extremadamente difícil de experimentar que pagar para una experiencia no tan lejana.

    • juan cruz

      Maravilloso punto de vista.
      Honestamente, no se me ocurrió. Pensé más bien un futuro donde uno consume vacaciones virtuales por comodidad (o por las mismas razones que uno consume agua embotellada teniendo ahí la canilla, según Steve Jobs), y el reverso siniestro que se puede dar a partir de fallas en el sistema.
      Desde tu punto de vista no habría tales fallas y la Agencia le estaría dando un servicio de “viví una situación límite”. Muy bueno.

  9. Julián

    Comenzó algo lento, y a veces tenía que releer varias frases para entender ciertas partes, pero cuando los signos de locura por la monotonía que vivía el sujeto aparecen, realmente no hay vuelta atrás, al menos a mí me atrapó fuertemente.
    Detesto los finales abiertos, pero al menos me dejó con ganas de seguir leyendo, muy buen laburo!

  10. Ana

    Excelente, che. Merece ser continuado. Si tenes borrador de cómo sigue, cof cof..
    Me di cuenta que estaba bien escrito cuando sentí lo que sentía el personaje. Te felicito

  11. Pablo

    Ya venía leyendo todos tus cuentos que publican acá, pero hoy con la frase de Douglas Adams me convertiste en fan. Encima justo ahora estoy leyendo Mostly Harmless, que, si no me equivoco, es donde está la frase de los lásers. Considerando esto, me esperaba un poco más de extravagancia en el cuento, pero igual me parece que está muy bueno.
    Me quedo esperando el próximo!

  12. Facu

    En una de esas el futuro es tan lejano (o cercano) que Córdoba, el Hotel y el cerro Champaquí ya no existen hace rato. Y la única manera de experimentar ese viaje, es viajando virtualmente al pasado. Como quien viaja a una polis griega o a ver la construcción de la muralla china. Y en definitiva, todas las agencias de servicios turísticos cometen errores….

  13. Rodrigo

    Brillante! Me atrapó ya en las primeras líneas… tenía pensado dormir una siesta en este viajecito La Plata-Buenos Aires que estoy haciendo pero ya mismo me pongo a buscar otros cuentos tuyos (porque este es el primero que leo)

  14. andrescass

    Muy lindo cuento, una vez más.
    Casi que me emociona cuando publican tus cuentos.
    Y una vez un final abierto y cerrado a la vez. No voy a repetir que me encanta como escribís porque sería repetitivo, pero no por eso menos cierto. Me gustan los detalles, como el del libro descargado, genial.

    Es raro leer un cuento y poder interactuar con el escritor, y eso un poco que me inhibe a la hora de hacer interpretaciones, pero me gustó esa especie de paradoja sobre la necesidad de interacción con gente de verdad en una realidad artificial y la sensación de soledad en un mundo hiperconectado.

    Me hizo acordar a una película (si, esa, la de Arnoldo) y a un manga (si, ese del nombre de serpiente), pero porque comparten la patada inicial digamos.

    Espero con ansiedad el que sigue. Y si me tomara unas vacaciones virtuales pediría acceso a internet para leer esta página

    • juan cruz

      Gracias Andrés! Me halaga (y me da vergüenza) todo lo que decís.
      Me dejaste recalculando con el manga… no lo conozco. No es que sea un experto en el género tampoco, que me gusta pero lo exploré poco.

      Abrazo enormísimo.

  15. Julia

    Guau. Simplemente guau. Asi con onomatopeya y todo. No se si tiene sentido decirlo pero siempre q llega un mail del gato y la caja y leo q sos el autor me lo bajo al celu al toque y empieza la espera del momento perfecto para leerte. Hasta ahora nunca decepciona. Me encanta lo que escribis. Con este en particular tuve muchas visitas mentales a peliculas y libros del genero. Haces un coctel perfecto siempre con algun ingrediente nuevo, atrapante y sombrio. Me intriga saber el disparador de tanta magia. Gracias por llevarme de visita a esos mundos, es increible lo q un par de palabras bien acomodadas pueden generar. Un aplauso virtual!

  16. Martín

    Muy bien escrito y bellisimo como todo lo que escribis, Juan! Me quede con ganas de que busque mas errores en el sistema, ver que pasaba si se ponia a plantar con Miguel, si intentaba venderle sustancias extrañas a alguien, si terminaba de encararse a la recepcionista o intentaba suicidarse. Supongo que eso es lo que hace lindo al cuento. Felicidades y gracias!

  17. jose

    Me encantó, muy interesante y atrapante, con toques de humor y sarcasmo y zonas de real intriga y suspenso. Creo que mas que final abierto te deja ahi en el nudo del tema, pero mejor quedarse corto que largo. Lo que si esta cerrado es lo que este mundo ficticio te hace descubrir sobre el mundo real.
    A mi me causa curiosidad pensar que parte de un universo ficticio estaria creada por la empresa de simulacion, y que parte en realidad seria creada por la propia mente.
    2 pelis: “eterno resplandor de una mente sin recuerdos” y “el inadaptado”.

    • juan cruz

      Peliculón Eterno resplandor!
      La otra no la vi.
      Respecto a que parte de la realidad sería creada por la propia mente, lo primero que me sale es responderte que eso es efectivamente así en la medida en la que también ocurre con nuestra realidad concreta de todos los días. La realidad como construcción social. La realidad como construcción de la mente y de los sentidos. Etc.
      Pero es ingresar a un debate en el que no sé si me la banco.
      Abrazo y muchas gracias!

  18. Jana

    12 de diciembre y caí en este cuento, gracias calor inminente que me obligás a estos placeres. Esa náusea que aparece siempre fiel a Sartre, me encantó ese giro.


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