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Hacelo_por_mi

IMG:  Federico Avella  

Hacelo Por Mí

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2015. Un investigador mundialmente reconocido en el estudio del cerebro deja de laburar con el modelo experimental que más potencial tiene a la hora de ayudar a entendernos: los monos. Esa decisión no fue fruto de un debate filosófico abierto y racional entre representantes de las diversas posturas al respecto, sino la resolución de una historia que comenzó con un miembro de una sociedad que procura terminar con toda experimentación animal que se infiltró en el instituto Max Planck de Alemania. Ahí, en uno de los centros de investigación más importantes del planeta, el espía filmó videos de maltrato animal que las autoridades gubernamentales, después de investigar, no reconocieron como una representación fiel de la vida de esos animales, dando a entender que tales comportamientos anormales habían sido inducidos, editados y recontra sesgados por el muchacho. Toda la jodita implicó meses de ataques personales y amenazas que el investigador y su grupo se fumaron hasta que no aguantaron más. Gente que trabaja toda su vida para que entendamos con cada vez mayor precisión la naturaleza de lo vivo, para conocernos mejor a nosotros mismos y, en definitiva, dejando de lado el hermoso romanticismo de la ciencia y poniéndonos pragmáticos, para poder vivir más y mejor.

Aclaremos de entrada que hay dos tipos de experimentos que pueden hacerse en animales. Uno en el cual se busca entender en profundidad la biología que los y nos compone, lo que en algunos casos implica probar una sustancia nueva para ver si tiene efectos positivos sobre una condición; y otro en el que se busca saber si determinada sustancia le hace daño al animal, como suele ser el caso de la industria cosmética. El primer tipo, que tiene como fin la comprensión del funcionamiento de los organismos y en algunos casos mejoras a la salud, es el que intenta discutirse acá. El segundo, que refiere a la estética humana, por suerte está en declive y cada vez son más los países que prohíben este tipo de pruebas. Esta aclaración, que parece evidente, es el epicentro que identificamos para evitar lo que denominamos ‘Falacia de mezclar peras con manzanas’, también conocida como ‘Mezclar todo con todo hasta que nada tenga sentido’, y evita que terminemos en alguna postura 0% grasas trans, políticamente correcta y pragmáticamente inútil.

Probablemente, la postura más segura sería asumir que en lo único que nos vamos a poner todos de acuerdo es en que el asunto es súper complejo, lo que implica que hay mucha tela para cortar para llegar a un consenso. Como con los índices de inflación, pero igual. Entonces empecemos por la idea que supone que nadie hace experimentos en animales para satisfacer un sadismo personal. Los investigadores no abren una birra, se tiran en el sillón y disfrutan de ver sangrar cobayos bebé. Estas prácticas de laboratorio se basan en protocolos claros, estrictamente controlados por comités de ética, y se realizan porque son la mejor manera (si no la única hasta el momento) de obtener ciertas respuestas. No es casualidad que, para aprobar una nueva droga, la ley dicte que antes tiene que verificarse su efecto en animales.

Dentro de las críticas a la práctica se suelen escuchar cosas como que, dado el estado del arte de la tecnología, lo que se hace en animales podría hacerse mediante simulaciones computacionales. La idea es hermosa pero, sobre todas las cosas, es fruta. No es posible ni siquiera simular una célula con la rigurosidad necesaria en las escalas temporales en las que debería hacerse para testear una droga.

Hay otra postura que propone que los experimentos en animales sean reemplazados por pruebas en cultivos de tejidos humanos. Suena bárbaro, pero tiene otro problema: no brinda información clave sobre cómo se comporta un compuesto en un organismo entero, lo cual es un poquito importante ya que, como podrán comprobar quienes tengan un espejo a mano, somos organismos enteros.

Otros dicen que los animales tienen fisiología diferente a la nuestra y por lo tanto las conclusiones sacadas de esos estudios no son aplicables a humanos, y generalmente se cita el famoso fiasco de la talidomida. Más fruta. Esa droga se desarrolló a mediados del siglo XX y fue la causa de que miles de bebés nacieran con malformaciones. Pero el problema fue que se empezó a prescribir el medicamento a embarazadas sin haber testeado cuál era su efecto en animales preñados. Y sí, cada especie puede tener ciertas diferencias fisiológicas, razón por la cual, luego de que una nueva droga pasa la etapa de experimentación animal, comienza a ser evaluada en humanos de forma muy controlada antes de liberarla al público.

Hasta ahí va la simpática y próxima ciencia aplicada. Esa que nos da medicamentos y televisores que suponemos que surge de la nada, hasta que entendemos que para que algo ande, primero tenemos que entenderlo, y para entenderlo necesitamos ciencia básica. Algunos experimentos en sujetos animales vienen de esta rama de la investigación, y no tienen como objetivo principal mejorar la calidad de vida humana (por lo menos no en el plazo más inmediato).

Ahí la cosa se pone un poco más peluda, porque desde un punto de vista netamente utilitario para la vida humana, estos experimentos carecerían de justificación. Pero, si hace cuarenta años Evans no hubiera estudiado el oído de gatos y descrito cómo se discriminan las frecuencias, hoy no podríamos devolverle la audición a sordos mediante implantes cocleares. Si hace cincuenta años Hubel y Wiesel no hubieran hecho estudios en gatos y monos detallando meticulosamente áreas de procesamiento visual, hoy sería imposible pensar en implantes para que los ciegos vuelvan a ver. Y si hoy en día no se estuvieran investigando células germinales de ratones, no estaríamos discutiendo la posibilidad de desarrollar órganos humanos en animales. Así, hay muchos ejemplos más.

Si se hubiera prohibido la experimentación animal hace cien años, probablemente hoy los diabéticos no tendrían insulina inyectable, ni contaríamos con un montón de antibióticos y vacunas. Una parva de gente seguiría sufriendo innecesariamente de difteria, poliomielitis, tuberculosis, hepatitis, tétano, sarampión, viruela, rubéola y muchas otras. Sufriendo, por no contar a los que hubieran muerto.

Seguir aumentando la expectativa y la calidad de vida, al ritmo que se viene haciendo y sin el aporte de la experimentación con animales, no es una opción. Por suerte, vivimos en democracia, lo que implica que cualquiera tiene derecho a rechazar los beneficios y militar en contra de estas prácticas, pero al mismo tiempo le impide llevar a cabo acciones violentas como las que perpetró el grupo que forzó a los científicos a renunciar a su investigación.

Pero todavía podemos ponerlo más en perspectiva. En Estados Unidos, principal nodo de avance científico mundial, se utilizaron aproximadamente 25 millones de animales de experimentación en todo 2013. A simple vista parece una cifra astronómica, pero eso significa sólo un animal utilizado por cada trece habitantes del país. De los cuales el 95% fueron ratones, ratas, peces y aves; y menos del 1% gatos, perros y primates. Aún más, por cada animal usado en investigación ese año, sólo en EE.UU, aproximadamente 6 fueron cazados (150 millones), 14 fueron atropellados por autos (365 millones), y 360 pollos fueron usados en la industria alimenticia (9 mil millones).

Dicho todo esto, aún queda la crítica moral de si nosotros tenemos derecho a decidir sobre la vida de otros animales. Pregunta megaválida que debería ser el eje de cualquier debate al respecto. Pero, en contrapartida, también deberíamos preguntarnos si tenemos derecho nosotros, con nuestros ochenta años de expectativa de vida basados fuertemente en investigación animal, a negarles a los que sufren de lo que hoy en día aún son enfermedades terminales, la chance de una cura o de, al menos, aliviar el sufrimiento.

Ilustración:  Federico Avella