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Nosotros y los otros

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¿Cómo se relaciona la grieta y la posverdad? ¿Qué pasa cuando pesa más la opinión de la tribu que una observación fiel de la realidad?

En la primera entrega de este proyecto presentamos el problema de la posverdad: la situación en la que los hechos son distorsionados u ocultados mientras que las emociones o creencias terminan influyendo más en la opinión pública. De los comentarios y charlas surgieron ideas que hicieron que la estructura del libro cambiara bruscamente, siendo una necesidad principal enfocarnos en las dos grandes formas de posverdad.

Una −de la que suele hablarse más en los medios y en la política− es intencional, manufacturada por grupos de interés con el objetivo de enturbiar las aguas y generar dudas. Sobre ésta hablamos en la segunda entrega, donde mencionamos las industrias del tabaco y del azúcar.

Pero hay otra posverdad, más disimulada, que no es intencional y que puede emerger a partir de cómo cualquiera de nosotros actúa (o deja de actuar). Lo que sabemos de cualquier cosa nunca es total. Aun en el mejor de los casos, esa información es incompleta, ruidosa (o sea, mezclada con cosas que no son información) y, además, muchas veces no la sopesamos y evaluamos adecuadamente. Y cuando la difundimos (en internet, en la mesa familiar o en la peluquería) filtrada por nuestra propia opinión, le agregamos ruido adicional y muchas veces contribuimos a la confusión, a la duda irracional. A diferencia de lo que vimos con tabaco y azúcar, a veces la duda se genera como emergente a partir de un comportamiento, no con la intención de engañar. Aun así, sin querer, aumentamos y difundimos cosas que no son ciertas. Cada vez que nos llega un rumor interesante, polémico o divertido que contamos sin confirmarlo, cada vez que en vez de analizar un hecho de la manera más objetiva posible nos influye más quién nos lo hace saber, cada vez que se nos borran los límites entre quiénes son expertos en un tema y quiénes no, estamos contribuyendo con el problema.

En este caso, son nuestras actitudes y comportamientos los que terminan generando y dispersando, involuntariamente, una situación de posverdad. En ésta, somos víctimas y victimarios a la vez. Somos todos un poco responsables, con el riesgo de que, entonces, ninguno de nosotros se siente realmente responsable. Sin nosotros como agentes activos e involuntarios de posverdad, la versión intencional de posverdad, la que hizo la industria del tabaco, por ejemplo, no podría ocurrir. Así, estas dos caras de la misma moneda son inseparables, se retroalimentan y son interdependientes. Si queremos sobrevivir a la posverdad, debemos identificar estos problemas y buscar soluciones. Como un goloso frente a la heladera, vamos hacia lo que nos hace daño sin darnos cuenta, instintivamente. Para salir de la trampa tenemos que entender nuestra propia conducta. Nadie está exento, pero empezar a entender cómo funciona, cómo funcionamos, es el primer paso para lograrlo, y si hay una manera distintiva en la que funcionamos los humanos es juntos, formando tribus.

Parte de nuestro sentido de identidad surge de nuestra identidad social, la que se basa en los grupos sociales a los que sentimos que ‘pertenecemos’. La identidad social hace que, generalmente sin darnos cuenta, tengamos favoritismo por las personas que sostienen ideas que identificamos como las de nuestros ‘grupos de pertenencia’, y prejuicio negativo por las que no.

Esta idea, propuesta por Henri Tajfel y John Turner en 1979 como una manera de explicar el comportamiento que hay entre los grupos, suele considerarse formada por tres elementos: categorización, identificación y comparación. Por un lado, nos categorizamos, nos ‘separamos’, según distintos criterios: clase social, religión, nacionalidad, género, profesión, barrio en el que vivimos, equipo de fútbol del que somos simpatizantes, partido que solemos votar, sistema operativo que elegimos. O inclusive nos separamos por aquello que rechazamos, unidos no por amor sino por espanto: los ‘anticosas’. Así generamos estereotipos, caricaturas de rasgos exaltados cuyas características atribuimos al grupo entero sin considerar las diferencias y matices personales de sus individuos: ‘los inmigrantes son vagos’, o ‘los inmigrantes son la fuerza motriz del desarrollo’, a gusto de quien estereotipe.

A partir de esto, nos identificamos como pertenecientes a un grupo, con el criterio que fuere. Se arma un ‘nosotros’ y, tal vez hasta más importante, un ‘ellos’. Un ‘los otros’. Donde hay un grupo, hay un borde, y del otro lado del borde, está el otro grupo. Si esto no fuera así, si no hubiera un borde que delimita, seríamos un ‘todos’ y no habría grupo ni identidad grupal.

Por último, comparamos nuestro grupo con los demás grupos. En esta comparación, le asignamos valores positivos a nuestro grupo y los resaltamos, mientras buscamos cualidades negativas en los otros. Nuestro equipo de fútbol es el mejor, nuestro idioma es el mejor, nuestro país es el mejor. Que nuestro grupo sea mejor reafirma nuestra autoestima. Como pertenecemos a ese grupo, que es ‘bueno’, y hay otros que quedan afuera, somos ‘especiales’ por pertenecer a ese grupo.

Capitán América: Tribal Wars

Cuando nuestra identidad social con el grupo es fuerte, aparece el tribalismo. En esta situación, generamos un ‘comportamiento tribal’ a partir de nuestra pertenencia a uno u otro grupo que se manifiesta de diversos modos. Protegemos nuestra pertenencia y nuestro grupo.

Lo que viene ahora puede parecer un poco extraño. Por lo menos en mi caso, me costó mucho aceptar que no soy tan ‘librepensadora’ como creía, que el comportamiento tribal no es algo que solo les ocurre a los demás, sino que también está en mí. Cuando vi mi comportamiento tribal, pude identificar mis diversas tribus. O, al menos, pude decir con cierta confianza que identifiqué varias, porque muy posiblemente haya otras que siguen ocultas. Desarrollar la capacidad de ser más introspectivos es esencial para ayudarnos a ver estas cosas.

¿De qué manera se relaciona el comportamiento tribal con la generación involuntaria de posverdad? Principalmente, de esta forma: muchas veces pensamos que para pelear contra la posverdad solo debemos buscar la verdad y encontrarla en medio del mar de desinformación o de información irrelevante. Pero esto no es tan fácil como parece. Las personas interpretamos los hechos, la información, siempre en el marco de lo que ya creemos, y una gran parte de lo que nos influye es la postura de las tribus con las que nos identificamos. Razonamos con una motivación detrás, y esa motivación influye en el proceso de razonar. Si buscamos información sobre un tema, creemos que lo hacemos de manera racional, pero en realidad buscamos y asimilamos de manera preferencial la información que confirma lo que nuestra postura previa. Cuando el tema se asocia a la identidad de nuestra tribu, aunque creemos que lo que nos importa es averiguar la verdad, es muy posible que estemos priorizando, sin darnos cuenta, no desafiar lo que nuestra tribu considera verdad.

Si surge una ‘amenaza’ hacia nuestro grupo, lo protegemos, le somos leales y muchas veces salimos a defender las ideas del grupo a capa y espada, sin reflexionar demasiado acerca del valor de esas ideas. Esa idea viene de un otro, que ya por ser otro está, a priori, equivocado. Si tiene razón, es porque yo me equivoco, pero, peor, no me equivoco yo, nos equivocamos nosotros. Mi nosotros. El que me sostiene. La verdad se convierte en una amenaza para mi tribu, una de la que inmediatamente buscamos defendernos.

Como queremos conservar la red social que nos sostiene y los vínculos que nos unen con los de nuestro grupo, esa verdad puede ser una amenaza, inclusive, para la continuidad de nuestra pertenencia en ese grupo. A veces al punto que aceptarla significa poner en crisis esa pertenencia.

Pocas cosas son más difíciles para un animal social como nosotros que salir de un grupo de pertenencia: dejar una religión, dejar de acompañar a determinada figura política que hasta entonces sentíamos que nos representaba, cambiar de postura frente a temas ‘difíciles’, de los que suelen generar pertenencia.

Este es un buen momento para tratar de identificar cuáles son esos temas difíciles que a nosotros nos generan pertenencia. Para eso, tenemos que mirarnos a nosotros mismos y, además, aceptar que lo que para nosotros es algo muy relevante, para el de al lado podría no serlo.

Dejar nuestra tribu tiene un costo emocional, y a veces también costo de otros tipos, que puede ser bastante grande en términos de vínculos. Y muchas veces priorizamos ‘portarnos bien’ ante nuestras tribus aunque nos estemos equivocando.

En temas fuertemente emocionales, aquellos que más favorecen la posverdad, es donde tenemos que andar con más cuidado. Si alguna de las posturas que define a nuestro grupo de pertenencia se refiere a alguna cuestión fáctica, más que nunca necesitaremos permitir que los datos nos guíen. Esto ayuda, pero a veces no alcanza, porque una vez que tenemos a disposición las evidencias necesitamos ser capaces de aceptar los resultados que no se alinean con nuestra postura o la de nuestra tribu, y esto es extremadamente difícil.

Y algo más. Quizá nos resulte más aceptable identificar que estamos en grupos con grandes ideales y propósitos, pero esos no son nuestros únicos grupos. Muchas veces, nos agrupamos alrededor de cualquier criterio, aun los más triviales, como gustos de música, deporte o comida. Reconocer esto es importante porque quizá creemos que nos separa un abismo insalvable con ‘los otros’, pero es posible que estemos en el grupo en el que estamos por cuestiones que no son tan de fondo como nos parece. Quizá, cuando discutimos con miembros de otras tribus, gran parte de la distancia que percibimos no se deba tanto a que no concordamos en puntos de vista sino a justificaciones que hacemos para nosotros mismos y para los demás, para reafirmar nuestra lealtad al grupo al que pertenecemos.

Tan trivial puede ser el criterio con el que nos separamos en grupos, que se observó que esto ocurre incluso… ¡si se arman grupos al azar! Se hicieron investigaciones en las que, al separar personas en dos grupos tirando una moneda −los cara van acá, los ceca van allá−, se generaron identidades sociales de ‘nosotros vs. ellos’ y de ‘nosotros somos mejores que ellos’. Aun siendo parte de grupos que habían sido definidos al azar, los participantes generaban narrativas que los ubicaban en grupos que, según ellos, eran mejores que los demás.

En mi caso, una idea que reconozco como muy fuerte en mí es la de la ‘familia humana’: somos todos parte de esta gran familia y quizá si intentáramos borrar los bordes que nos separan entre grupos, aumentar el respeto por el otro, y tratar de conocernos y entendernos más, aumentaría nuestro bienestar. Personalmente, no veo mucho los ‘límites entre grupos’ que otros ven. Pero, claro, esta idea no es compartida por todos sino por un grupo bastante pequeño. Lo que implica, por supuesto, que una de mis tribus no es la de todos los seres humanos, como me gustaría, sino la de quienes pensamos que la distinción en grupos no es tan útil. Estoy en el grupo de los que creemos que no debería haber grupos.

Todo esto ocurre sin que nos demos cuenta, y es una característica más de cómo funcionan nuestras mentes. No es algo sencillo de aceptar. Muchas veces la idea de estar formando parte de tribus puede hacernos sentir una oveja en un rebaño. Esto también se investiga: la necesidad de vernos como individuos muchas veces colisiona con la de formar parte de grupos. Hay una tensión permanente entre ambos aspectos pero, igualmente, dado que todos formamos parte de grupos, la idea misma de ‘no pertenecer al rebaño’ suele ser también una idea identitaria que agrupa a algunas personas.

Ahora todos sonrían y digan ‘Think Different’.

Generalmente, nuestro comportamiento social no es ni puramente intergrupal ni puramente interpersonal, sino que se ubica entre ambos extremos. Pero en una situación de alto conflicto entre tribus, como dos ejércitos en guerra, dos “hinchadas” de fútbol o un debate en el Congreso sobre la interrupción voluntaria del embarazo, se observa algo distinto: el comportamiento está tan fuertemente guiado por el grupo al que se pertenece que casi no se afecta por la relación individual entre las personas. En estos casos, el comportamiento interpersonal se desdibuja. A mayor situación de conflicto, mayor comportamiento tribal y menor registro de que, del otro lado, hay personas no tan diferentes de nosotros en cuestiones que consideramos esenciales. O, lo que es más importante todavía, que del otro lado hay ideas que valen la pena o verdades que desafían lo que creemos nosotros y nuestra tribu.

Tiempo de detenernos un minuto para tratar de encontrar en nuestra vida cotidiana algún ejemplo concreto de esta situación. Por supuesto, van a estar los que realmente se detengan acá a reflexionar y los que no, y la tribu de los reflexivos es claramente mejor que la de los no reflexivos porque yo estoy en la de los reflexivos. MOMENTO.

Quizá por esto muchas dictaduras o gobiernos corporativistas intentan mantenerse siempre en conflicto: el conflicto aumenta la cohesión grupal, acalla las voces disidentes, y genera un abandono de las necesidades individuales en favor de las necesidades del grupo, sean estas necesidades verdaderas o imaginarias. Los otros se convierten primero en una masa amorfa a la que asignamos características que los vuelven menos humanos que nosotros. En el extremo más extremo, esto puede conducir al racismo e, incluso, al genocidio de un grupo en manos de otro grupo basándose en criterios como la pertenencia a un grupo étnico determinado o a una religión.

England prevails!

Señales para la tribu

Posiblemente, hace muchos miles de años −cuando vivíamos en pequeñas comunidades que a veces no eran más grandes que el núcleo familiar− era más sencillo identificar a los miembros de nuestro grupo y que los demás nos identificaran a nosotros. Esto estaría inclusive ‘tatuado’ en nuestras mentes, en el llamado ‘número de Dunbar’. Hace ya muchos años, los primatólogos notaron que los primates no humanos tienden a mantener contacto social muy fuerte con su grupo de pertenencia, pero lo más interesante era que la cantidad de individuos del grupo correlacionaba fuertemente con el volumen de neocórtex de la especie. Si esto fuera aplicable a humanos, dado el volumen de nuestro neocórtex, Dunbar hipotetizó que deberíamos tener un grupo social significativo de aproximadamente 150 individuos. Este número se repetía en las organizaciones sociales humanas más primitivas, por ejemplo en el número límite de nómadas en un grupo de cazadores recolectores hasta, por ejemplo, el tamaño de las unidades militares romanas o, inclusive, el número máximo de académicos en la sub-especialización de una disciplina. Hay trabajos que ven repetirse este número en la cantidad de interacciones significativas en redes sociales o en la búsqueda de empleo.

Pero hoy ya no estamos organizados en grupos de 150, y nuestra historia evolutiva ha visto la emergencia de distintas formas de identificación que trascienden ese número, aunándonos y encontrando a los ‘nuestros’ en grupos mucho mayores.

Hoy somos muchos y vivimos ‘mezclados’ en sociedades muy complejas. Seguimos teniendo la necesidad de agruparnos, pero carecemos de grupos obvios o ‘naturales’. En las sociedades en las que vivimos hoy tenemos opciones desconocidas para los Homo sapiens de hace solo 1.000 años, que morían donde nacían, comían lo mismo que su familia había comido siempre, trabajaban de lo que habían trabajado sus padres, y se casaban a lo sumo con alguien de la aldea vecina. En este contexto actual, ¿cómo nos ‘encontramos’ con los miembros de nuestros grupos?

¿Por qué alguien lleva la camiseta de su equipo? ¿La remera de Star Wars? ¿Un crucifijo? ¿La mochila de marca? ¿El pañuelo verde de aborto legal? ¿El último libro de un filósofo de moda? Aun cuando a veces no nos demos cuenta, todo el tiempo estamos enviando señales de a qué ‘tribu’ pertenecemos: pegamos calcos en nuestras computadoras, nos ponemos determinada ropa, alteramos nuestro cuerpo con tatuajes, piercings, ejercicio, dietas.

Las señales no son necesariamente materiales o marcas en el cuerpo. También pueden ser ideas (o memes o videos de gatitos, lo que sea) que exponemos a los demás, por ejemplo en redes sociales. Sí, mostramos esto por nosotros, por supuesto, porque son todas cosas que nos gustan o que representan para nosotros algo muy importante y queremos compartirlo con los demás. Pero también lo hacemos, sin ser necesariamente conscientes, para que los demás vean esas marcas y puedan reconocernos como miembros del mismo grupo, o de uno distinto. A veces, también para mostrar a las demás tribus que la nuestra es una tribu grande, poderosa y decidida, que está peleando por reconocimiento.

Tampoco hay escapatoria a esta situación: no hacer este tipo de cosas (no vestirse ‘a la moda’, no tener las zapatillas que tienen todos, no difundir algo en las redes sociales, etc.) también envía señales tribales. En este caso, son las de ‘yo no pertenezco a esos grupos; soy del grupo de los que no pertenecemos a esos grupos; mírenme, personas de mi grupo’.

Aunque enviar señales tribales no tiene nada de nuevo, sí es relativamente reciente la facilidad con la cual podemos emitir esas señales muy lejos y a muchas personas. Por medio de redes sociales, blogs o foros, internet es hoy un megáfono en el que cada uno de nosotros puede gritar. Una idea puede cruzar continentes al instante, y si se ‘viraliza’ va a llegar a muchas más personas que las que alguien podría haber pensado posible hace solo pocas décadas.

Una pizca de introspección, y veo qué es exactamente lo que estoy haciendo en este preciso momento.

¿Por qué nos interesaría enviar señales a nuestra tribu? ¿Qué ventaja nos da esto? Pensemos en que si nos mostramos como ‘buenos integrantes’, la tribu nos acepta y manifiesta hacia nosotros favoritismo. Por nuestra parte, esa reacción aumenta nuestra autoestima. Cuando lo que compartimos son ideas o puntos de vista, la tribu nos creerá inteligentes −porque decimos lo que allí se acepta como ‘correcto’− y también nosotros la reconoceremos como integrada por personas inteligentes, ya que son capaces de reconocer que lo que decimos es ‘correcto’.

En el mundo de las ideas, uno de los aspectos en los que se manifiesta nuestra identidad es la política y, acá también y tal vez más que en ningún otro lado, nos construimos una identidad social. Si queremos pelear contra la posverdad, esto es algo a lo que necesitamos prestarle atención.

¿Queremos un Estado grande y protector, o un Estado más pequeño y flexible? ¿Favorecemos la inmigración como una manera de enriquecer nuestra cultura, o cerramos fronteras para protegerla? ¿Creemos que estaríamos mejor recuperando tradiciones, o que debemos mirar hacia adelante y abrazar el progreso? ¿Consideramos que ciertos valores religiosos deberían ser más incorporados al Estado, o que deberíamos separarlos aún más? ¿Somos ciudadanos de nuestra ciudad, de nuestro país, o del mundo?

Seguramente, nos sentimos más identificados con algunas de estas posturas y menos con otras. Todos tenemos algún tipo de identidad política, en el sentido primigenio de la palabra. En algunos, la identidad que sienten es tan fuerte que actúan en consecuencia y militan por esa idea o conjunto de ideas. A veces es una identidad que está más encarnada, es más ‘parte de nosotros’, y otras es menos relevante a la idea que nos hacemos acerca de quiénes somos. Pero está, y es un tipo de identidad con un fuerte componente de identidad social.

Cuando pensamos nuestro comportamiento tribal en el contexto de la política, surgen algunos ‘peligros’ adicionales: ¿nuestra identidad social está afectando el discurso público?, ¿cuánto de nuestras decisiones políticas se debe a posturas de fondo y cuánto a lealtades tribales?, ¿nos importa más quién está diciendo algo que el contenido de lo que está diciendo?

Ante este tipo de preguntas, tendemos a creer que los demás están más sometidos a su identidad social que nosotros. Pero no olvidemos: cada persona cree que su postura es objetiva, realista y basada en evidencias, mientras que las de los demás, no (a menos, claro, que coincidan). ‘Yo estoy al derecho, dado vuelta estás vos’. Esto se relaciona con una idea que los psicólogos cognitivos Hugo Mercier y Dan Sperber llamaron la ‘Teoría argumentativa del razonamiento’, según la cual la ventaja evolutiva de razonar no es tanto permitirnos alcanzar el conocimiento y tomar mejores decisiones, sino tener herramientas para justificarnos a nosotros mismos y convencer a los demás. Nuestra manera de razonar nos impulsa a encontrar errores en cómo razonan los demás, mientras nos ayuda a ocultar los nuestros.

En política no nos damos cuenta de cuánto nos influye el contexto tribal, y es así como una misma medida en política pública nos puede parecer adecuada si la propone el partido político con el que nos identificamos e inadecuada si la propone otro.

Hay inflación e inflación.

Dado que todos estos factores están influyendo en definir a quién votamos, qué información que recibimos tenemos en cuenta o, directamente, qué identificamos como verdadero o falso, lo que puede estar en juego es nada más y nada menos que la vida democrática misma.

En Estados Unidos, las tensiones raciales no se aplacan. En muchos países desarrollados, la inmigración se ve como una amenaza. Dado que lo ‘tribal’ está con nosotros desde siempre, ¿quizá la globalización, con la pérdida de ‘bordes’ que acarrea, lo está incentivando? ¿Podría ser que cuanto más el mundo se vuelve uno solo y nos rodea la multiculturalidad, más nuestras mentes tienden a reforzar nuestros lazos de pertenencia con otras personas, en pequeños grupos? ¿Cuánto estará influyendo la globalización en el resurgimiento de los nacionalismos que se observan hoy en algunos países europeos? Según la revista The Economist, la política identitaria fue generalmente dominio de la izquierda, pero ahora la derecha está tomando esa retórica y adaptándola a su estilo: en Europa está surgiendo un activismo de derecha, joven, generalmente nacionalista que, además, muchas veces se fortalece estableciendo lazos de colaboración entre distintos países. Las ideas que llevan adelante son las de proteger una determinada identidad cultural (tradición, idioma, pertenencia, etc.) a veces mediante la propuesta de cerrar las fronteras a la inmigración, enfrentarse a la Unión Europea o excluir al Islam.

Comunicativamente, suelen enviar mensajes extremistas que provocan respuestas fuertemente emocionales, otro rasgo de la posverdad. El rechazo que este estilo genera en algunos sectores solo logra victimizarlos y darles más difusión. Esa comunicación incendiaria y categórica encuentra eco en redes sociales, a través de las que los mensajes logran dispersarse con gran velocidad: otra vez, señales para la tribu, para encontrarse, identificarse y poder crecer.

Cuando la realidad supera los cómics distópicos. ‘El extremismo islámico es una amenaza real hacia nuestra manera de vivir. Actuemos ahora antes de que veamos pronto aquí una atrocidad del estilo de la de Orlando’. Leave EU es una organización que hizo campaña para que el Reino Unido se retirara de la Unión Europea (‘Brexit’).

Se está investigando cómo nuestra identidad social en relación con afinidades partidarias influye en cómo analizamos la información, cuál destacamos y cuál barremos debajo de la alfombra, de qué manera nos afecta lo que un miembro que reconocemos como de nuestro grupo dice en relación a una figura política.

Pensemos en cada material político partidario que compartimos o nos llega a través de redes sociales: ¿cuánto es un real intercambio de información, verificada y confiable, y cuánto una manera de enviar una señal a nuestra propia tribu?

No por esto quiero decir que haya algo de malo en sí mismo en enviar señales tribales. No lo hay. Lo que sí me parece interesante es que podamos darnos cuenta de si lo estamos haciendo o no, y en el caso de que lo estemos haciendo, si es lo que queremos hacer.

 

Una de las señales tribales que podemos encontrar en la calle hoy en Argentina, es el pañuelo verde que señala apoyo por la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo. Para entender la forma en la que se relacionan tanto las personas que forman parte de la tribu que proyecta esa señal (en verde) como las que se encuentran en la tribu que se opone a la legalización (en rojo) e identifica esta señal como de una tribu opositora, se mapearon las interacciones de Twitter que incluyen las palabras ‘pañuelo verde’. Se ve la alta endogamia en ambas estructuras de comunicación, así como los escasos mensajes puente entre ambas tribus. Elaboración P.G.

Estos escasos mensajes entre tribus son, además, en general no apuntados a generar conversaciones sino cruces tribales que difícilmente invitan al intercambio de ideas sobre la temática de fondo y se limitan a la delimitación tribal y el rechazo por el otro por encima de la conversación.

Respecto de la identidad partidaria, el psicólogo Jonathan Haidt discute en su libro The Righteous Mind: Why Good People Are Divided by Politics and Religion (2012) la importancia de lo moral en nuestra identificación política. Él sostiene que no solo consideramos que nuestro partido político tiene razón, mientras que ‘el otro’ está equivocado, sino que creemos que ‘el otro’ está compuesto por personas peligrosas y moralmente sospechosas. Dentro de nuestra tribu nuestros vínculos se sostienen también por la moralidad, y de algún modo necesitamos entonces considerar que ‘los otros’ son personas en las que no confiaríamos para tomar decisiones moralmente adecuadas. Por supuesto, en la otra tribu está ocurriendo lo mismo, pero en ‘dirección contraria’. El problema acá es éste: si el juego empieza a jugarse en el terreno de lo moral o, lo que es peor, de la apariencia de lo moral, hacemos a un lado la información, los hechos, y caemos en la posverdad.

Quizá creemos que somos capaces de darnos cuenta de que nuestra tribu está equivocada y de que podemos cambiar de opinión, pero no es lo que ocurre. En realidad, nos resistimos. ¿Cómo pasa esto? Para entender cómo logramos ignorar o contrarrestar las ideas que contradicen nuestras creencias, se investigó qué pasa en nuestros cerebros en estos casos. Para eso, en una serie de experimentos se les decía los participantes argumentos que les provocaban baja o alta resistencia mientras se identificaba qué circuitos cerebrales ‘se encendían’. Entre ellos, parece relevante una región denominada amígdala, que está involucrada en las emociones, particularmente en el miedo: aquella información que amenaza de alguna manera nuestra identidad, nuestra pertenencia tribal, literalmente nos genera una respuesta de pelea o huída.

Ojalá no se nos dividiera culturalmente entre personas ‘de ciencias’ y personas ‘de humanidades’ (más tribus y más subtribus, todos separados), como si alguien a quien le interesan los temas científicos quedara automáticamente fuera de la posibilidad de interesarse en temas humanísticos, y viceversa. Al dividirnos perdemos todo lo que la otra tribu tiene para ofrecernos. En la investigación de más arriba vemos que un abordaje desde la psicología cognitiva se complementa con nuestro comportamiento social como ciudadanos, que se explica por mecanismos cerebrales concretos. Humanidades y ciencia entremezcladas, tanto en el conjunto de temas (un ‘qué’) como en los abordajes de la investigación (un ‘cómo’). Los problemas que hay para resolver en el mundo no vienen en cajitas con el rótulo de una única disciplina afuera (¡por suerte!).

Hay un fenómeno muy interesante que ocurre en el mundo del chequeo de datos (fact-checking). Cuando hay claras evidencias de que un político del partido A mintió, quienes activamente difunden esa información son los del partido B. Eso es esperable, porque se trata de información que permite justificar la postura de esa tribu. Pero lo interesante es lo que hacen los del partido A: no comparten la información, no hablan de ella. La ignoran porque, de aceptarla, pondría en conflicto su identidad política. La mirada escéptica es más poderosa hacia afuera de la tribu que hacia adentro. Es una especie de ‘esto no debería ser cierto, pero parece serlo, así que para mí no existe’. No nos sentimos a gusto en un mundo contradictorio.

Otro momento para invitar a la introspección.

Hay unos experimentos muy interesantes que muestran esto en acción. Supongamos que queremos que en una elección gane el candidato A. Si ganara el B nos decepcionaríamos. Intuitivamente, si apostáramos dinero a la victoria de B, eso podría compensar de algún modo la desilusión de que A haya perdido (esto es lo que en los mercados financieros se llama hedging). ¿Qué ocurre realmente? En una situación así, las personas prefieren directamente no apostar. Pierden así la posibilidad de ganar dinero, dado que si lo ganaran a expensas de que su tribu perdiera, se interpretaría como traición. Se prefiere no arriesgar la lealtad tribal enviando señales que irían en contra de las aceptadas por el grupo.

Esta lealtad intragrupo es tan fuerte que incluso ‘castiga’ a aquellas figuras políticas del mismo partido que deciden cambiar de postura frente a un tema: supongamos que nos identificamos con un político que sostiene una idea que nos resulta una ‘marca de identidad’. Si esa persona cambia de idea, se lo suele acusar de ‘veleta’, ‘vendido a los otros’, etc. En nuestras mentes pasa algo como esto: ‘No es que ahora él esté equivocado sino que nunca fue realmente uno de los nuestros’. Todos sus actos del pasado se reinterpretan como traiciones. Se lo borra de las fotos del pasado.

No se discuten ideas, se discuten identidades. El ‘nadie resiste un archivo’ muchas veces se usa no para mostrar que todos fuimos pecadores alguna vez, sino para marcar el peor de los pecados: cambiar de postura frente a un tema. Pero si penalizamos actualizar nuestras posturas, ¿qué nos queda? Nuestro secreto no confesado ni a nosotros mismos es que festejamos cuando alguien cambia de postura hacia la de nuestra tribu, pero castigamos a quien lo hace desde nuestra tribu hacia afuera.

Esto nos pone en otro problema cuando salimos de la mirada sobre nosotros y pensamos en un medio de comunicación. Su modelo de negocios requiere que la mayor cantidad posible de lectores, televidentes, etc., los sigan. Algunas personas consumen algunos medios; otras, otros. ¿Puede ser entonces que no haya incentivo para que los medios desafíen la identidad tribal de sus seguidores reportando algunos hechos? ¿Puede ser que lo que hagan sea alimentar el tribalismo, para no perder a los que sostienen económicamente su negocio? ¿Es posible que un medio actúe como un individuo, que calle cuando hay hechos que lo hacen entrar en conflicto y, en cambio, difunda activamente los hechos que benefician a la tribu?

El tribalismo nos rodea en nuestra vida cotidiana, profesional y ciudadana. ¿Cómo hacemos entonces para lograr los consensos que son necesarios en la democracia o, sencillamente, para acordar qué es verdad y qué no? Si priorizamos enviar señales a nuestra tribu de que somos buenos integrantes, aun si estamos equivocados, ¿cómo vamos a poder tomar decisiones informadas y cuidadas? ¿Cómo podríamos cambiar de opinión en un tema si no nos atrevemos a desafiar a nuestra tribu?

Una tensión en este proyecto es que sabemos que los libros que más se venden son los pensados para los extremos de la grieta, los que aprovechan el tribalismo para ser elegidos. Hay una ‘industria de la grieta’. Pero éste es un proyecto ‘antigrieta’ o, al menos, pretende serlo porque apunta a otros ejes. ¿Habrá un ‘mercado’ para esta visión? No sé, pero seguramente me entere. :-)

Tan lejos, tan cerca

Conocemos a alguien que piensa distinto que nosotros en un tema que nos resulta relevante, pero somos amigos, colegas o familiares, nos caemos bien y esa diferencia de opinión no es un aspecto central de nuestra relación. Esto alcanza para identificarnos como dos personas que se encuentran en los lados opuestos de una línea imaginaria dibujada en el piso. Seguramente todos vivimos esto, ya sea en temas de política, economía o cuestiones sociales, o bien en aspectos bien personales y pequeños de preferencias propias. Puede tratarse de si debería haber pena de muerte o no, o si se puede usar medias con crocs, si un partido político o equipo de fútbol es el mejor, si Dios existe o si la existencia de Dios es una pregunta relevante. Nos identificamos como personas de lados opuestos de esa línea. Aparece el borde que nos separa. Nos ‘acercamos’ más a quienes son parecidos a nosotros, nos ‘alejamos’ de los distintos.

Red de Twitter de Diputados argentinos (2018). Las líneas (aristas) representan que uno sigue al otro en Twitter y la red completa pone en imagen la idea de que ‘nada mejor para un peronista que otro peronista’, pero ampliado a todos y cada uno de los espacios políticos. (Nota completa acá).

En política también nos pasa esto. Cuando más arriba hablamos del tribalismo extremo entre grupos en una alta situación de conflicto entre ellos, también aplica a la política partidaria: cuando la ‘grieta’ es ancha, nos es más difícil identificar a los del ‘otro lado’ como personas individuales llenas de características personales, y les asignamos en conjunto las características que le atribuimos al grupo al que, para nosotros, pertenecen. Esto aumenta progresivamente la polarización, y el fenómeno se fortalece.

La polarización extrema, en la que un grupo considera que el otro grupo está lleno de cualidades negativas, se observa en política en muchos países. En Estados Unidos, la campaña de Trump estuvo guiada por la idea de generar identidad social (‘nosotros vs. ellos’). Muchos países americanos tenemos grietas políticas que parecen insalvables, y esto se observa también en algunos países europeos como España o Francia. Las personas que tienen un mayor compromiso identitario con su grupo se movilizan más y suelen ser más ‘ruidosas’, lo que contribuye a polarizar al resto. Y en muchos de estos casos, aunque no seamos conscientes de esto, la polarización no es tanto respecto de cuán distintas son las ideas que se sostienen de uno u otro extremos, sino de cuánto nos gustan los de nuestro grupo y nos disgustan los del otro.

En Estados Unidos la política partidaria viene dominada desde hace mucho por dos grandes partidos: los demócratas, que se identifican como más progresistas, y los republicanos, de tendencia más conservadora y tradicionalista.

Red de Twitter de Senadores de los Estados Unidos (2017), ilustrando que no es cuestión de país o partido, es cuestión de tribus. (Fuente)

Lo que se observa en ese país es que la política identitaria está llevando a una polarización progresiva. Las encuestas realizadas por Pew Research muestran que en estos últimos años se está observando un aumento en la proporción de personas de un partido (demócratas o republicanos) que tienen una opinión muy desfavorable del otro, y este fenómeno se ve acompañado de una creciente polarización.

Actitudes desfavorables de un partido norteamericano acerca del otro partido a lo largo del tiempo. Arriba, la opinión de los demócratas acerca de los republicanos. Abajo, la de los republicanos acerca de los demócratas. Se ve en ambos casos una tendencia hacia el aumento del tribalismo. Adaptado a partir de acá.

Esta separación también es intensa cuando se consideran aspectos ideológicos: la separación entre republicanos y demócratas sigue creciendo en el tiempo:

Distribución de demócratas y republicanos en una escala de valores políticos con 10 ítems en un eje que va desde liberal hasta conservador. (Fuente)

Podemos pensar en dos tipos de polarizaciones: la ideológica, basada en las ideas que sostiene cada grupo, y la tribal, que surge no solo de la actitud propia y de los pares sino también de la actitud desfavorable hacia el otro partido. La ideológica implicaría que las personas que se sienten más cerca ambos extremos son más, y aparentemente hoy hay menos personas moderadas que antes. Pero también podría ser que no haya realmente tanto desacuerdo ideológico inicial como parece, sino que esta polarización creciente esté impulsada mayoritariamente por cuestiones tribales.

Para que no sintamos que nuestra época tiene problemas que antes no existían, Tucídides describe algo exactamente igual entre las facciones que se armaron en Grecia durante la Guerra del Peloponeso: ‘Si alguno había que quería ser neutral, lo mataban o porque no quería ser de su bando o por envidia de verle en reposo y exento de los males que los otros tenían.’ Ya sea en el siglo V a.e.c., o en el Apocalipsis (‘Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca.’), moderados y dispuestos a cambiar de opinión, abstenerse. Si las dos tribus se superponen cada vez menos, muchos moderados que no se ven representados por ninguno de los dos extremos polarizados directamente no van a votar, algo que es particularmente relevante en países donde el voto no es obligatorio, como Estados Unidos. ¿A quién beneficia esto? No a la democracia, ni a la verdad.

Más allá de cuán de fondo es el abismo que separa a estas dos tribus, algo sí está ocurriendo: se perciben entre sí tan diferentes que la posibilidad de conversar se anula, la intransigencia aumenta y se asignan todos los males del mundo a la tribu contraria, que entonces se siente ignorada y acusada falsamente. Todo esto contribuye a embarrar la cancha. Ya no se trata solamente de las distintas visiones del mundo que puede haber en los dos partidos, sino que gran parte de la grieta se basa en emociones negativas como el miedo o el enojo.

Hablarnos entre nosotros

Uno de los mecanismos posibles para explicar al menos parte de la polarización política progresiva parece tener que ver no tanto con el vínculo −o falta de él− entre distintos grupos, sino con lo que ocurre dentro de un mismo grupo a medida que discute sobre un tema en particular. Varias investigaciones muestran que, cuando un grupo formado por personas de similar postura discute sobre un tema de política, la actitud de cada persona se vuelve más extrema luego de la discusión. Este fenómeno se suele conocer como polarización de grupo (group polarization).

Algunas de estas investigaciones, lideradas por Cass Sunstein (coautor del libro Nudge junto al reciente ganador del Premio Nobel Richard Thaler), examinaron la polarización de grupo en Estados Unidos, ‘aprovechando’ una situación local que permitía hacer experimentos: en el Estado de Colorado, en Estados Unidos, hay dos comunidades muy similares en muchos aspectos, salvo en que una es particularmente liberal (Boulder) y la otra conservadora (Colorado Springs). Se les pidió a personas de estas comunidades que discutieran durante 15 minutos sobre 3 temas que tradicionalmente están ‘asociados’ a la postura política de la persona y despiertan respuestas fuertemente emocionales: política ambiental para reducir gases de efecto invernadero, uniones civiles para personas del mismo sexo y discriminación positiva.

Los resultados fueron muy interesantes: luego de discutir entre personas de opiniones similares (los de izquierda con los de izquierda, y los de derecha con los de derecha), los liberales de Boulder tenían una postura política aún más liberal en los 3 temas propuestos, y los conservadores de Colorado Springs más conservadora, también en los 3 temas. Más allá de si los participantes eran de izquierda o de derecha, el fenómeno que se observó fue el mismo: luego de esa corta discusión de 15 minutos, sus posiciones individuales se volvieron más extremas. Esto también implica que la distancia entre liberales y conservadores, es decir, la polarización, se volvió aún mayor. No solo esto, sino que también la diversidad de posturas, dentro de los liberales y dentro de los conservadores, disminuyó.

Además, esta polarización en general es subestimada por los participantes, que no se dan cuenta de que esté ocurriendo. Si se les hace notar que sus posturas son más extremas, suelen decir que ya lo eran antes de comenzar la discusión.

Al argumentar nuestra postura ante los demás, nos autojustificamos, destacamos las evidencias que apoyan nuestra postura (hacemos cherry picking) o ignoramos hechos que nos contradicen, lo cual, casi inevitablemente, termina fortaleciendo nuestra idea de que nuestra opinión es la correcta. Nos agrupamos con personas que piensan como nosotros, y excluimos del grupo a los que no. Con el tiempo, la única opinión que escuchamos es la de la gente que piensa como nosotros, porque toda la gente que nos rodea piensa como nosotros, y empezamos a creer que ésa es la única opinión correcta, y aun posible. Así, cavamos grietas imposibles de cerrar.
Todo, en un esfuerzo involuntario por no cambiar de opinión, por proteger nuestra creencia previa, nuestra identidad tribal, especialmente en público. Si al principio de este proceso no nos era tan relevante esa pequeña diferencia de punto de vista respecto de la otra persona, al final de este proceso sí lo es. La polarización aumenta progresivamente, el diálogo disminuye y el ‘otro’ se convierte en el enemigo o, como mínimo, en una persona buena pero que está engañada o fue manipulada. Cada tribu se cree dueña de la verdad y desvaloriza a la otra. Las amistades, las relaciones y hasta la democracia se resienten con este mecanismo.

Por supuesto, también es posible que existan distintas opiniones, o que se aprecien de manera diferente cuestiones estéticas, éticas o ideológicas. No todo es atribuible a nuestra identidad social, por supuesto, pero reconocer que este factor también está permite acercar posiciones o, al menos, tratar de construir puentes con los demás para poder entendernos mejor.

Las identidades sociales que tenemos nos llevan a comportamientos tribales que, cuando se manifiestan en la política, hacen crecer la intolerancia y la polarización. Esto lleva a una creciente incapacidad para lograr consensos o, sencillamente, conversar. Todo esto es un caldo de cultivo para la posverdad, un monstruo que se alimenta de informaciones incompletas o mal interpretadas, de cuestiones tan fuertemente emocionales que no logramos desenmarañar los problemas para acceder a las evidencias.

Hasta aquí hablamos de identidad social, tribalismo, el envío de señales para la tribu, cómo esto se observa en política y el fenómeno de la polarización política progresiva. Pero no abordamos una distinción que llegó el momento de hacer. A veces nos separan de los otros nuestros distintos valores, reparos morales, o ideas acerca de cómo se debería actuar ante determinados problemas. Son verdaderas formas distintas de ver el mundo. Posiblemente no nos pondremos jamás de acuerdo, pero estamos en el terreno exclusivo de las ideas, de la atribución de valor y no podemos hablar necesariamente de que un punto de vista sea correcto y otro no.

Pero, a veces, lo que está en juego son los hechos mismos, cosas que ya sabemos cómo son pero que terminan distorsionándose en manos de la política identitaria. Son aquellas cuestiones fácticas que pudieron ser respondidas con confianza y en las que no hay demasiado lugar para el disenso, en donde hay una verdad en el sentido práctico. Sin embargo, a pesar del consenso científico existente, a veces se observa que en la sociedad hay un desacuerdo acerca de cuáles son los hechos. Si la verdad es desafiada, estamos dentro de la posverdad.

Dan Kahan es un psicólogo que estudia cognición cultural. Una de las investigaciones que llevó adelante con su equipo fue la siguiente: les presentaron expertos ficticios en distintos temas a un grupo de personas, generaron distintos textos cortos que estos supuestos expertos habían escrito, y luego se les preguntó a las personas si consideraban que los expertos realmente eran expertos en su campo de estudio.

A la izquierda, experto de cambio climático ficticio presentado a las personas que participaron del experimento. A la derecha, porcentaje que concuerda con que el autor presentado es experto para los individualistas jerárquicos y los comunitarios igualitarios ante dos textos que se les presentan: el experto declara que el calentamiento global es un riesgo alto e inminente (alto riesgo) o el experto declara que el calentamiento global no es un riesgo (bajo riesgo). (Fuente)

Para el experto de cambio climático, todas las personas evaluadas veían la misma imagen de arriba, pero uno solo de dos textos, asignado al azar: uno que sostenía que el cambio climático antropogénico es real y extremadamente peligroso para todos, y otro en el que se decía que es prematuro concluir que los gases de efecto invernadero contribuyen con el cambio climático. Previamente, se habían medido las percepciones de las personas en distintos temas, y fueron clasificados como ‘individualistas jerárquicos’ (conservadores) o ‘comunitarios igualitarios’ (liberales).

Los resultados obtenidos con este experimento muestran que la postura del experto presentada a través de esos dos textos distintos influyó en las respuestas de las personas respecto de si lo consideraban o no un experto. Un 87% de los comunitarios igualitarios dijeron que el autor era un experto confiable cuando sostenía que el cambio climático antropogénico existe, mientras que esto fue apoyado solo por un 23% de los individualistas jerárquicos. Por otra parte, ante el otro texto ficticio, que sostenía que no se podía hablar todavía de un cambio climático antropogénico, un 86% de los individualistas jerárquicos lo consideró experto, mientras que para los comunitarios igualitarios la proporción bajó a 47%.

¿Qué está pasando acá? Si un experto dice algo contrario a lo que creemos, es muy posible que lo consideremos un falso experto.

‘Dejame interrumpir tu pericia con mi confianza’. New Yorker.

Nuestras mentes se las arreglan para eliminar o disminuir la disonancia cognitiva que nos produce que alguien considerado experto cuestione nuestras posturas preexistentes. Protegemos nuestra identidad tribal, y esto no depende de a qué tribu pertenecemos (no hay una tribu que siempre se equivoque y otra que no).

Kahan sostiene que si un tema basado en evidencias se partidiza, enseguida se transforma en una cuestión ‘moral’ y, por lo tanto, tribal. Esto sucede cuando los líderes o referentes de cada partido adoptan una postura que luego se transmite como identitaria para el resto de la tribu, cuando la información nos llega a nosotros primero, o únicamente, de esta manera y después, o quizá nunca, a través de verdaderos expertos. Si un tema fáctico y que se conoce bien es discutido primero por políticos que muy probablemente no saben suficiente de ciencia ni se asesoran adecuadamente, y la sociedad accede al tema a través de la postura que ellos toman, la equivocación (o la mentira) se propaga y la posverdad nos invade. Cuando un tema que previamente no estaba partidizado pasa a estarlo, para quienes tienen una fuerte identidad partidaria pasa de ser algo que se puede razonar en base a evidencias a un tema que funciona como una señalización tribal.

Las evidencias son hechas a un lado, aunque seguimos convencidos de que lo que nos lleva a nuestra postura son acontecimientos incontestables. Algo así ocurrió en Estados Unidos con el tema del cambio climático. En ese país, la postura de una persona frente al cambio climático antropogénico está muy alineada con si se identifica como republicano o demócrata (en líneas muy generales los demócratas aceptan que el cambio climático existe, mientras que los republicanos no). Pero el cambio climático antropogénico es un hecho de la realidad y no hay discusión científica al respecto: los verdaderos expertos en las ciencias del clima concuerdan en que existe y su solución necesita ser urgente.

La tendencia que tenemos a acomodar nuestras percepciones a nuestros valores −o los de nuestros grupos de pertenencia− se suele conocer como cognición cultural. Creemos que nuestro comportamiento, y el de los grupos con los que nos identificamos, son correctos y buenos para la sociedad. Cuando nos enfrentamos a un tema para el que tenemos una postura (cultural), cognitivamente recordaremos más fácilmente aquellas evidencias que la apoyan. Incluso si nos llega toda la información, no la asimilaremos de la misma manera.

En cuestiones fácticas como el cambio climático, lo más probable es que no seamos capaces de evaluar las evidencias directamente porque no sabemos lo suficiente sobre el tema. En esos casos, podemos seguir a nuestros referentes partidarios o al consenso científico. Pero si nuestros referentes partidarios sostienen posturas que objetivamente están equivocadas, nosotros terminaremos haciendo lo mismo. No hacer esto implica poner en duda el liderazgo de nuestros referentes y, por lo tanto, traicionar la tribu, con todo lo que decíamos más arriba. Una vez que empezamos a defender una posición errónea, seguimos defendiéndola porque, de lo contrario, deberíamos reconocer que estábamos equivocados antes. Y enfaticemos esto: en situaciones como la del cambio climático, sí hay una visión correcta y una equivocada. No se trata de un tema del plano exclusivo de las opiniones.

Quizás este es otro buen momento para intentar examinar nuestras creencias y a quienes consideramos nuestros referentes. Ninguno de nosotros es tribal en todos los ejes, pero sí en algunos. ¿Cuáles son mis ejes tribales? ¿Puede estar pasándome a mí algo así? ¿Cuándo fue la última vez que identifiqué un error fáctico en un miembro o dirigente de mi tribu? ¿Y la última vez que alguien de una tribu que detesto sostuvo una postura fácticamente acertada que decidí amplificar y respaldar?

No son los demás los que están equivocados y atrapados por la cognición cultural. Somos todos. Creemos que nosotros somos racionales y los otros no. No vemos nuestras motivaciones detrás de nuestra manera de razonar. Hay muchos temas en los que estar equivocado y seguir a una tribu que se identifica con esa postura equivocada no tiene demasiado impacto en el mundo real ni en nuestra vida diaria. Pero hay otros temas en los que estar equivocados puede ser peligroso para nosotros, para nuestros seres queridos, o para la sociedad toda.

Salir de la trampa

Dado todo esto, ¿qué podríamos hacer para combatir la posverdad? Necesitamos desafiar el tribalismo, o podemos terminar no solo siendo generadores involuntarios de posverdad sino también vulnerables a que otros, capaces de aprovechar el tribalismo para su conveniencia, nos dominen mediante una posverdad arquitecturada. Así, el riesgo de no reconocernos ovejas es hacer a los pastores invisibles.

Si parte del problema es nuestro tribalismo, nuestro propio comportamiento, ¿podemos pelear contra esta posverdad no intencional sin pelear ni entre nosotros ni con nosotros mismos?

Hay bastante por hacer. Algunas de estas sugerencias son solo eso, sugerencias que se desprenden del conocimiento que tenemos sobre cómo funciona nuestra identidad social. Otras están más sostenidas por evidencias, otras menos. Vamos de a poco.

Lo que sigue a continuación es una serie de ‘consejos’ que fui armando orientada por la literatura disponible sobre este tema. No sé si funcionan −nadie lo sabe en realidad porque hay pocas evidencias al respecto−. Pero confieso que me gustaría que funcionaran y creo que, basándome en lo que se sabe de estos temas, tienen alta probabilidad de funcionar.  

Lo primero que podemos hacer, está al alcance de todos y es muy probablemente positivo, es entrenarnos en introspección. Necesitamos analizar qué nos está pasando, en qué medida el tribalismo nos podría estar afectando respecto de la postura que tenemos frente a los temas. Si en algún momento estamos pensando que ‘lo que pasa es que la gente está influida por su identidad social y no se da cuenta’, no nos olvidemos de que muy probablemente somos parte de esa gente que está influida por su identidad social y no se da cuenta. Analicemos si lo que hacemos es o no para enviar señales tribales, si nuestras ideas son en realidad las ideas identitarias de una tribu. Intentemos también buscar respuestas fácticas sin sentir que con eso se diluye nuestra identidad o estamos traicionando a nuestra tribu. En estos casos, quizá podamos bloquear un poco que algunos temas se nos vuelvan identitarios. Pensemos que si permitimos que no haya separación entre lo que pensamos y quiénes somos, es inevitable que interpretemos que el ataque de otras personas a nuestras ideas equivale a un ataque a nosotros. Así, nos ponemos a la defensiva y nuestras ideas, lamentablemente, no podrán ser desafiadas aunque estén equivocadas. Pero si la introspección nos muestra que estamos actuando de manera tribal, podremos evaluar nuestras ideas y permitir ponerlas a prueba por los demás y, si son ‘malas ideas’, podremos dejarlas ir y reemplazarlas por otras que sean mejores.

Si estamos alertas a lo que nos pasa, podemos pelear el tribalismo. Es la introspección la que nos permite estar alertas.
Sería fácil decir: ‘los que logramos estar alertas quizá podamos modificar la manera en la que nos comportamos. El problema surge con los demás, los que no logran hacer introspección’. Pero esto también sería, además de algo tribal, un modo de pensar la introspección como algo que se es, no que se hace. Introspectivo puede nacerse, pero también hacerse, y también puede hacerse para dominios específicos. Es por esto que, así como el peligro de no estar reflexionando sobre nuestros procesos de pensamiento está siempre presente, también lo está la posibilidad de empezar a hacerlo.
La comprensión de que lo que nos pasa a nosotros les pasa a los demás puede ayudarnos a vencer la ‘otredad’ que se basa en lo tribal. Entonces, además de mirarnos a nosotros mismos, podemos mirar a los demás con empatía –esto es, entendiendo lo que sienten– , y decidiendo y explicitando que todas las personas merecen consideración moral y que valen la pena independientemente de sus diferencias con nosotros.

No supongamos que los otros son malos, tontos o ignorantes (a menos que tengamos evidencia de que lo son). Tratarlos como si fueran malos, tontos o incapaces solo es una señal para nuestra tribu, y es una señal para los otros de que no son parte de nuestra tribu. Si hacemos esto, los demás no podrán procesar el contenido de nuestro argumento sino que se quedarán con el tono, con las formas, con la señal tribal. Supongamos que sus intenciones son buenas, que pueden estar actuando de manera tribal sin notarlo. Así como nosotros podemos estar pensando de manera equivocada, o influida por nuestras motivaciones, emociones e identidades, a ellos también les puede estar ocurriendo. No se trata solo de reconocer que les puede estar pasando todo esto, sino tener esto en cuenta a la hora de vincularnos con ellos, de conectarnos. Recordemos que son personas, con vidas tan ricas y complejas como las nuestras. Tratemos de escucharlos y entenderlos, tendamos la mano, aun si esa acción es considerada como una traición en nuestra tribu.

Otro aspecto que podemos tener en cuenta para combatir el tribalismo es la diversidad. Si reconocemos la diversidad estaremos más dispuestos a buscar y escuchar posturas distintas de la nuestra. Cuando solo nos comunicamos con los de nuestra misma tribu, no solo perdemos la riqueza de otras formas de mirar el mundo, sino que somos más propensos al efecto de falso consenso y a la ilusión de objetividad, por ejemplo.

El efecto de falso consenso es el que se observa cuando nos rodeamos de personas que son como nosotros y cuando estamos muy separados de las personas que son diferentes. Si en las elecciones votamos por el candidato A, por el que votaron también las personas con las que interactuamos, y luego gana las elecciones el candidato B, puede que pensemos algo como ‘¿cómo puede haber ganado B si no conozco a nadie que lo haya votado? Creemos que los demás piensan como nosotros porque los que conocemos piensan como nosotros. Esto es un falso consenso. En el fondo, lo que nos sorprende es que, sabiendo lo que se sabe, no voten todos por nuestro candidato. Acá entra en juego la ilusión de objetividad, en la que creemos que cualquier persona razonable tiene que estar viendo las cosas como las vemos nosotros: nosotros somos objetivos, pero ellos están confundidos, son ignorantes, fueron manipulados o caen en tribalismo. Aun si no nos gusta adónde nos lleva esto, necesitamos considerar que otras personas que tienen acceso a exactamente la misma información que tenemos nosotros, pueden llegar a una conclusión diferente. Esto puede deberse al tribalismo de ambos grupos (aun estando de acuerdo en cuáles son los hechos, aplicamos diferentes filtros sobre los datos disponibles y podemos interpretarlos de manera distinta), y también a profundas diferencias ideológicas, tan profundas que devienen en la generación de los hoy llamados ‘hechos alternativos’: verdades fácticas que estamos dispuestos a desestimar y reemplazar con construcciones que no representan más de la realidad que nuestra necesidad de evitar cuestionar nuestras narrativas tribales. Negar que nuestras diferencias existen nos debilita, nos aísla, y no nos permite entender lo que pasa. Somos distintos, pero defendamos la posibilidad de vincularnos.

Algo más que puede ayudarnos es fomentar nuestra flexibilidad y abrazar la incerteza. Defendamos la flexibilidad de aceptar que a veces no sabemos, que no es necesario que nos alineemos con alguna postura si no estamos seguros, que podemos cambiar de opinión, que podemos contradecir, y quizás hasta abandonar, a nuestra tribu.

Remera de ‘está bien cambiar de opinión’. ¿Nueva señal tribal?

Tratemos de no ‘unificar’ todas nuestras diferentes tribus bajo una sola bandera. Si realmente creemos que en un tema tenemos una postura que nos separa en un ‘nosotros’ y un ‘ellos’, que así sea. Pero si nos parece que los extremos no nos representan, defendamos la postura moderada y no permitamos que los demás nos presionen para tomar partido.

Tal vez es hora de formar tribus que tengan en su centro estos valores (la empatía, la consideración por la perspectiva del otro o el cambio de idea ante evidencia que cuestiona nuestras ideas preexistentes). Una tribu que se haga fuerte en su flexibilidad en lugar de en su inmutabilidad. Esta es una señal tribal que estoy enviando, y lo mejor es que si no nos gusta podemos cambiarla.  

Es importante también que habilitemos el disenso como forma de acercarnos a la verdad y sin que eso atente contra nuestros vínculos. Pero para eso primero necesitamos desambiguar las ideas de la identidad, tanto propias como ajenas. Quizás inclusive estamos de acuerdo en cosas que no logramos ver porque estamos sumidos en una mirada tribal. Acá también viene la posverdad no intencional, la no arquitecturada: ya no podemos reconocer la verdad porque no logramos atravesar las barreras tribales. Si no logramos hacer a un lado lo tribal, recordemos que una situación de alta conflictividad induce a que intentemos proteger más a nuestra tribu y nos enemistemos más con las otras, llevándonos al extremismo. Y el extremismo nos lleva a la alta conflictividad. Y así siguiendo, en una espiral catastrófica y funcional solamente a preservar el esquema orwelliano de tribus ficticias en permanente conflicto. En este contexto, somos capaces de defender posturas equivocadas con tal de ser leales.

Pero si sí logramos sacar de la discusión el tribalismo propio y el ajeno, puede que descubramos que concordamos en más de lo que creíamos al principio, o puede que sigamos en posturas contrarias porque nos dividen cuestiones más de fondo. Necesitamos averiguarlo. Y acá tenemos las opciones de ir al conflicto o de evitarlo. Si creemos que ‘todos tenemos derecho a nuestra opinión’, quizá pensemos que tenemos que tolerar las ideas de los demás y queramos evitar la confrontación. El problema con esta actitud es que, aunque todos tenemos en principio derecho a expresarnos, no tenemos por qué aceptar como cierto o acertado lo que los demás dicen. Daniel Patrick Moynihan lo expresó con hermosa contundencia: ‘Todos tenemos derecho a nuestra propia opinión, pero nadie tiene derecho a sus propios hechos’.

Si no nos atrevemos a señalar que las ideas de los demás pueden estar equivocadas, que tienen información incompleta o que sus argumentos son malos, también estamos colaborando con la posverdad. El conflicto puede ser una gran cosa si lo tenemos no con las personas sino con sus ideas. Por eso previamente debemos separar los componentes tribales. Necesitamos permitirnos estar en desacuerdo también como una manera de respetar a los demás –los tomamos en serio a ellos y a sus ideas– y de no dejar pasar cuestiones que nos parecen equivocadas. Si no, las ideas se protegen detrás de su identidad tribal y no podremos nunca separar las buenas de las malas. Por supuesto, habilitar el disenso es una tarea de todos. Si no permitimos que nuestras ideas sean puestas a prueba, no son ideas lo que tenemos sino, otra vez, un cartel de señalización para nuestra tribu. Necesitamos rodearnos de personas que puedan desafiar nuestras ideas con argumentos racionales.

Otra esperanzadora posibilidad de pelear contra el tribalismo es fomentar la curiosidad, manifestada por las ganas de aprender sobre algo que sabemos poco y por disfrutar aprenderlo. Esta idea proviene de algunos experimentos que muestran que las personas que tienen una mayor curiosidad científica tienden a cambiar de opinión más fácilmente. En estos últimos tiempos, el equipo de Dan Kahan encontró que aquellas personas que tienen mayor curiosidad científica −curiosidad, no conocimiento− son más propensas a cambiar de postura en temas como cambio climático o evolución, temas que suelen ser partidizados en la sociedad norteamericana (generalmente un partido político se identifica más con una postura, y el otro con la contraria). Esto está recién siendo investigado y todavía no se puede decir con demasiada certeza que si se estimula la curiosidad se logra que una persona esté más abierta y pueda contrarrestar el procesamiento de la información sesgado por la política. Pero, sin duda, parece algo interesante para tener en cuenta. ¿Quizá deberíamos ‘entrenarnos’ más en ser curiosos? ¿Quizá deberíamos valorar más que una persona sea más curiosa?

Otra herramienta valiosa que tenemos en la lucha contra el tribalismo es impedir la partidización de los temas. Vimos que si una cuestión fáctica llega a la sociedad no a través de los expertos sino a través de referentes tribales de distintos partidos políticos, por ejemplo, se vuelve identitaria. A partir de eso, es muy difícil encontrar acuerdos, consensos o, como mínimo, conversar civilizadamente y en base a argumentos racionales. Ante un tema que es nuevo para la sociedad, es preferible que sea transmitido por expertos adecuados para evitar que la evidencia ‘se contamine’ con lealtad tribal y se genere un ‘nosotros’ y un ‘ellos’. Si el tema ya está partidizado, podemos intentar despartidizarlo, sacarle las marcas tribales, muy especialmente en las cuestiones fácticas.

Por último, debemos prestar atención a la comunicación en muchas situaciones. Por ejemplo, ante cuestiones fácticas como la del cambio climático, en donde no solo se puede obtener una respuesta correcta sino que la conocemos, intuitivamente pensamos que si alguien piensa que el cambio climático antropogénico no existe es porque le falta información. Bueno, eso por un lado no es necesariamente cierto y, por el otro, es muy fácil darnos cuenta de que ésa no es la razón: si tratamos de darles información a estas personas, no solo no corrigen su postura sino que muchas veces se observa que refuerzan sus ideas equivocadas. Si nos dan información que contradice nuestras creencias, tenemos muchas maneras de descartarla: negamos que esa información provenga de verdaderos expertos, o la interpretamos de una manera incorrecta o, directamente, la ignoramos. Hay temas en los que contrarrestar desinformación, o mala información, con información correcta, funciona. Y temas en los que no. Qué temas entran en qué categoría depende de nuestra identificación con los grupos respectivos, de cuán importante o relevante nos resultan esas posturas para nuestra visión de nosotros mismos. Si el fútbol no nos interesa en absoluto ni nos identificamos como de un cuadro en particular, si creemos que un equipo está mejor posicionado que otro y nos muestran evidencias de que es al revés, seremos capaces de actualizar nuestra creencia para que se alinee con la nueva información. Pero si el fútbol es uno de los aspectos centrales de nuestras vidas, nuestro equipo es el mejor, llevamos los colores pintados en el corazón, etc., es mucho más difícil que las evidencias de lo que ocurre en la realidad modifiquen nuestra postura previa.

Hay toda una rama de la ciencia relativamente reciente que se ocupa de abordar la comunicación de una manera basada en evidencias, es decir, averiguando primero de qué manera se logra que alguien incorpore información que contradice sus creencias y luego comunicando de esa manera, aun si es distinta de la que nos parecía más evidente. Dar información, en estas situaciones, no sirve. La parte que tiene la información correcta le recomienda a la otra links de internet, trabajos científicos o expertos en el tema, pero la otra siempre encontrará otros links, trabajos o falsos expertos que sostienen lo contrario. Al final de esa guerra de links, que encima no son leídos, nadie cambia de postura. Más bien lo contrario.

Cuando asimilamos esto, entendemos por qué tantas maneras de discutir no funcionan: ateos que tratan a los creyentes de estúpidos, creyentes que tratan a los ateos de inmorales, gente de derecha que le dice a gente de izquierda que son ignorantes, gente de izquierda que le dice a gente de derecha que son dinosaurios. Todo esto son solo señales para la propia tribu, porque a la otra tribu no le hace mella o, incluso, le refuerza su postura (‘lo que decimos es correcto dado que ellos, esos otros, se oponen a nosotros’). Si realmente queremos llegar a los demás, quizá tengamos que usar estrategias de comunicación no intuitivas y probadamente efectivas como, por ejemplo, darles información que provenga de personas que ellos consideran expertos.

Esto en relación con la comunicación entre grupos. ¿Pero qué pasa con la comunicación dentro del mismo grupo? Vimos que al conversar con personas parecidas a nosotros nuestra postura se vuelve más extrema que al principio. Teniendo esto en cuenta, ¿no sería mejor conversar con alguien con quien no concordamos? ¿Seguir en Twitter a alguien que piense radicalmente distinto de nosotros? Quizás así podríamos combatir un poco el extremismo.

No se sabe mucho todavía de comunicación basada en evidencias. Es un campo de estudio que está creciendo muy rápido. Pero, incluso lo que ya se sabe −como que no funciona simplemente darle a alguien información que contradice su postura tribal− muy difícilmente llega a ser implementado en la vida real. La mayoría seguimos actuando de manera intuitiva y poco efectiva, enviando señales tribales a los nuestros y alejando cada vez más a los otros.

GUÍA DE SUPERVIVENCIA DE BOLSILLO
Cómo pelear contra el tribalismo

Nuestro comportamiento tribal puede estar colaborando con que generemos involuntariamente una situación de posverdad. Para ayudarnos a identificarlo y combatirlo, podemos probar con preguntarnos esto:

1. ¿Pueden mis posturas estar siendo afectadas por tribalismo? ¿En qué medida? − Si la respuesta es sí: entrenar la introspección. Si es no, entrenar más la introspección porque lo tribal nos afecta a todos.

2. ¿Las posturas de los otros pueden estar siendo afectadas por tribalismo? ¿En qué medida? − Si la respuesta es sí, tratar de vincularnos desde la empatía, el respeto, la consideración del otro, porque es necesario. Si es no, hacer lo mismo porque es algo hermoso.

3. ¿Podemos estar tan rodeados de personas como nosotros que caemos en el efecto de falso consenso y en la ilusión de objetividad? −Si la respuesta es sí, reconocer el valor de la diversidad y buscarla. Si la respuesta es no, cambiar de canal, seguir gente distinta en Twitter, empezar una actividad radicalmente distinta con un grupo humano inesperado.

4. ¿No estamos seguros y nos presionan los demás?  −Defendamos el valor de ‘no sé’ como postura, y ‘aprendí algo y cambié de opinión’ como positivo.

5. Si corremos lo tribal a un lado, ¿seguimos en desacuerdo? −Si la respuesta es sí, habilitar el disenso. Si no, buscar otro tema en el que no estamos de acuerdo y conversarlo. El disenso nutre.

6. ¿Podemos reforzar nuestra curiosidad sobre un tema? −Si la respuesta es sí, estimular la curiosidad. Si la respuesta es no, no es tan cierto, porque siempre se puede buscar una pregunta nueva.

7. ¿Podemos evitar o disminuir la partidización de temas para que haya menos tribalismo? −Si la respuesta es sí, impedir la partidización. Existen discusiones demasiado importantes para que solamente participen en ella los que sostienen posturas extremas.

8. Al comunicarnos con otros grupos, ¿intentamos hacerlo de manera efectiva? Si la respuesta es sí, recordemos que la comunicación efectiva y basada en evidencia es un camino de dos vías.

9. Al comunicarnos dentro de nuestro grupo, ¿nos cuidamos de no volver más extremistas nuestras posturas y de cambiar de opinión al exponernos a evidencia nueva? −Si la respuesta es sí, somos afortunados de ser parte de una tribu introspectiva. Momento de exponerla a tanta información como sea posible. Si es no, invitar a alguien que desafíe esa postura, escucharlo, conectar y reevaluar la postura con esa información novedosa.

Ojalá no fuera tan importante en nuestras vidas identificar ‘desde dónde’ alguien dice algo, o sea, desde qué tribu, sino ‘qué’ está diciendo y cuáles son las evidencias que apoyan lo que dice, pero lo es. El tribalismo es algo básico de los humanos y está en todos nosotros. No deberíamos ofendernos sino aceptar que existe. Solo de esa manera podremos estar alertas y combatirlo, ya no más unos frente a otros, sino ahora todos juntos frente a la posverdad.

Pensar con otros.

Hay 29 comentarios

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  1. Horacio

    Que gusto leerte Guadalupe

    Me resulta útil y fascinante… me sentí realmente una ratita de laboratorio en cada pausa introspectiva que daba lugar al siguiente paso establecido.

    Espero poder aplicar esa guía par ser parte de la tribu que la usa… naa

    Siempre intente hacer esto pero me resulta muy práctico y legible el modo en que formalizar ese cuerpo intuitivo internalizado en quiénes siempre buscamos al otro como un nosotros

  2. Emilio

    Extraordinario. Me pateaste el hormiguero mal, bah bien, de lo mejor.

    Pedido: ¿podrías adjuntar una lista de referencias o material/autores relacionados ?

    Mil gracias!

  3. ramiro

    insisto: sale el libro y salen las remeras con “las guía de supervivencia”
    muchas gracias por anticipado.

    yendo a la nota. amo juntarme con personas con las que no coincido. a veces me gana el querer convencerlas pero a la larga el obligarme a esas situaciones es genial. el día después cuando se me pasa la calentura ja ! las dudas quedan rebotando en la cabeza !

    saludos !

  4. Martu

    Aclaro que no termine de leer la nota -volveré y ojalá sea millones-. Pero no podía dejar de pensar en dos cuestiones:
    1. El ser humano es un ser social. Cómo podemos estar tan seguros de que pertenecer a una tribu no es una cuestión intrínseca nuestra? Si seguimos un darwinismo a rajatabla no me parece tan extraño suponer que la supervivencia del más fuerte implica la pertenencia a grupos. A la vez, no sé si pienso todo esto porque no puedo evitar que quiero pertenecer. PUEDE ALGUIEN PENSAR EN LOS NIÑOS?
    2. Qué pasa cuando hay una cuestión a decidir que necesariamente está bipolarizada? O estás a favor de legalizar el aborto o estás en contra. O Macri era presidente o Scioli lo era. And so on and so on. No se puede estar en ambos, y pensar que el otro no está 100% errado no nos salva de no estar de acuerdo. Es evitable la tribu?
    Sigo leyendo. Grax x el espacio, la radio está buenísima

    • Francisco M. Gómez S.

      Pasa que el tribalismo SÍ es algo intrínsecamente nuestro. Pero de la misma forma que evolucionamos un gusto por lo dulce y las grasas, que la evolución nos lo haya dado no significa que en el mundo moderno siga sirviendo.
      Con respecto a las cuestiones que están polarizadas, es una lástima llegar a eso. Si es demasiado tarde la cosa se vuelve tan blanco y negro que se pierde la perspectiva de toda la gama de grises que hay al medio. En el caso de Scioli o Macri, eso no quiere decir que no haya habido más opciones antes. En el caso del aborto, eso no significa que un ser humano comience su existencia el día de la concepción o el día del nacimiento.
      De todas formas, nada de eso quiere decir que para evitar el tribalismo haya que tener una opinión necesariamente gris en todos esos temas. Lo único necesario sería creo sospechar en el caso que es que nuestras opiniones coincidan “de casualidad” con las de la tribu en todos o casi todos los casos.

      • Martu

        No, obvio, estoy de acuerdo. El tema es que coyunturalmente a veces se nos exige tomar una decisión entre A y B. Esto no quita que no pueda haber grises (el voto en blanco, por ejemplo), pero necesariamente una de las dos va a ser la elegida. Y, para estos casos, hay casi una responsabilidad por tomar partido (y no tomarlo es con justificación mediante).

  5. Martu

    perdón. había un 3. ohpordioscopito!
    3. Es tremendo que exista la figura del tibio. Porque no es, en terminos hegelianos, visto como una síntesis. Es tibio y está mal.

  6. Pela

    Muy bueno el texto. De esas cosas que uno lee y a medida que lee encuentra que todo tiene perfecto sentido. Me parece que está muy bueno este enfoque para abordar la cuestión de las opiniones porque es sencillo de entender y Occam’s razor-mente.

    Ahora bien, esto está muy bueno para cambiarse uno, pero lo que en seguida uno busca es cambiar al otro. Nada demaisado autoritario, me alcanzaría con poner al otro en la frontera entre las tribus y que de ahí decida a cuál se mueve. Hacerlo con los de la otra tribu; los de la mía están bien, por supuesto. La pregunta es cómo lo hago cuando mostrar evidencia no es suficiente, y la otra tribu está estrictamente contenida en la tribu de la no-introspección. Supongamos, más allá de si yo estoy equivocado o no en este caso en particular, que esto vale (como en el caso de la tribu que no cree en el calentamiento global).

    • Guadalupe Nogués

      Hola. Es que… nosotros somos “el otro de los otros”. La introspección puede ayudarnos a ver cosas nuestras, pero claro que no podemos obligar a los demás a ser introspectivos. En el ejemplo de cambio climático pasan otras cosas (más sobre eso en el libro), pero en cuanto a lo que vos decís, a alguien que no cree en el cambio climático es muy difícil que las evidencias lo hagan reconsiderar su postura. Pero la introspección quizás sí pueda ayudar. No sería lo único, claro, pero puede ser un primer paso. Empecemos por revalorizar la verdad y hacernos más cargo de lo que nos toca a cada uno de nosotros. Después, que se propague. Saludos.

      • Pela

        Es cierto que nosotros somos “el otro de los otros” (¿decís “nosotros” porque me asociás a alguna tribu de tu pertenencia, o por una cuestión de escritura empática?) pero ahora el “otro” es el no introspectivo, más allá de si estoy o no en la tribu que creo estar. No sé hasta qué punto decirme introspectivo, no siendo una variable discreta, pero supongamos por una cuestión argumentativa que tengo introspección estrictamente mayor que cero.

        Ahora, si bien el camino de hacer de alguien más introspectivo y que a partir de ahí ese alguien pueda cambiar su postura está bueno, trae otro inconveniente. Imagino que si agarro a tres o cuatro personas cuyas opiniones en algún tema considero peligrosamente posverdaderas y les mando un mensaje invitándolos -por ejemplo- a leer tu libro, ninguno me va a dar bola (acá podemos hacer un experimento).

        La cuestión es que veo un problema recursivo: que para que alguien elija el camino de la introspección a la manera de interiorizarse sobre qué es esto y cómo lo afecta, necesita el deseo de introspección que sólo la introspección puede darle. Eso… o lo atraemos con alguna otra carnada.

        Para que no sea todo pesimismo, te cuento que yo me enganché con una idea de racionalidad que se parece mucho a todo esto de la introspección con el siguiente ejemplo (la idea es contestar por instinto y sin calcular): “Un grupo de policías tiene alcoholímetros que detectan la embriaguez incorrectamente en 5% de los casos en que el conductor está sobrio. Sin embargo, el alcoholímetro nunca falla en detectar una persona verdaderamente ebria. Uno de cada mil conductores está conduciendo ebrio. Suponga que los policías detienen a un conductor al azar, y le hacen la prueba del alcoholímetro. El resultado de la prueba es que el conductor está ebrio. Asumiendo que no sabemos nada más del conductor, ¿qué tan probable es que esté realmente ebrio?” (y acá el link a wikipedia https://es.wikipedia.org/wiki/Falacia_de_la_frecuencia_base)

        • Guadalupe Nogués

          ¡Buenísimo! A ver… retomo algunos de los temas. Mi primera persona plural es solo narrativa. Confieso que no le di tanta vuelta. En cuanto a un “otro” que no es introspectivo, por supuesto, supongo que los habrá. Pero no creo que esos otros sean necesariamente los que uno considera “posverdadosos”. Por supuesto, todo esto está flojo de papeles, y son creencias no sostenidas por evidencias. Mi propuesta es que la introspección es un camino (uno de los caminos, tampoco el único) para evaluarnos a nosotros mismos, y en base a eso analizar si no estamos colaborando involuntariamente con la generación de posverdad. Cuando antes dije que somos “el otro de los otros” me refiero justamente a esto. Vos suponés, sin evidencias, que un “otro posverdadoso” no sería introspectivo. Yo supongo, también sin evidencias, que sí lo sería o, mejor dicho, que no tendría por qué no serlo. Supongo que deberíamos evaluar de algún modo más power qué hipótesis es correcta. Pero, incluso si no funcionara en todos los casos, creo que funcionaría en algunos, y ahí recorrimos al menos parte del camino. ¡Saludos!

  7. Marcos

    Había leído hace un tiempo un experimento con el cual se podía cambiar las opiniones de las personas.

    A los sujetos que participaban en el experimento primero se la hacía un cuestionario para saber cuáles era las opiniones sobre algún tema.

    Luego se los obligaba a escribir un artículo sobre las ventajas de la otra posición, la posición contraria a la opinión del sujeto. Creo que se le pagaba el artículo que escribía.

    Al final, cuando se volvía a tomar el cuestionario de opinión se observaba que los sujetos habían modificado sus opiniones, eran más favorables a la postura sobre las cuales habían sido obligados a escribir.

  8. Ana Rosa Cantiello

    Excelente nota, sumamente clara y didáctica. Ojalá pueda tener efectos positivos en todos nosotros, especialmente en los más extremistas que no pueden aceptar una idea u opinión diferente de las suyas.
    Felicitaciones!! Espero ansiosa el libro.

  9. Francisco M. Gómez S.

    Excelente, Guada! Tengo que decir que fue la entrega que más me gustó de las 3, lejos.
    Voy a intentar poner las críticas de la manera más constructiva posible (y si llegan a parecer no constructivas, sabé que la intención es que lo sean porque de verdad me me gustó mucho).

    El primer tema y el más importante es que me veo que la idea central pueda no llegar a destino por la falta de identificación personal, la diferencia entre lo que contás y la forma de pensar que vemos subjetivamente en nosotros mismos. Al ser tan grande la diferencia, existe es probable que choque contra la “““realidad””” del lector. Hay un eslabón que se puede poner ahí al medio, y puede comenzar describiendo las cosas desde la forma que tenemos de ver nuestro propio mecanismo de pensamiento, un mecanismo mucho más visible y consciente con el que el lector se puede identificar y que puede servir para engancharlo con lo que estás contando.
    Todos nuestros pensamientos están basados en la “evidencia” que creemos tener. Y todos creemos que somos buenos validando esa evidencia (a esto creo que lo describís muy bien). El problema viene cuando se presenta la idea al lector de que las cosas que creemos en realidad las creemos porque la tribu las cree y no porque tengamos evidencia real. Lo que probablemente termina pasando es que se piensa algo como “yo creo lo mismo que cree la tribu pero en este caso sí estamos en lo correcto porque mirá toda esta evidencia!”.

    Personalmente no conozco a nadie que no crea tener pensamiento crítico, todo el mundo cree tenerlo y al mismo tiempo son pocos los que realmente lo tienen (desde mi perspectiva subjetiva, obvio). La razón de esto es la propia idea del pensamiento crítico y la forma en que pensamos. Creo que estaríamos todos de acuerdo en que una buena señal sería poder cambiar de opinión en base a nueva evidencia. Obviamente eso implica analizar la información nueva y tomarla o dejarla según lo válida que sea (en realidad, lo válida que nos parezca). Y ahí es cuando empieza el autoengaño… porque la validez de la propia evidencia está medida con lo que creíamos antes. La única opción que tenemos es aceptar la información que encaja o tiene sentido con lo que conocemos y descartar la que no tiene ningún sentido con la idea que tenemos del mundo (hola sesgo de confirmación!). Cómo evaluar información nueva y aceptarla o rechazarla según tenga o no sentido para nosotros es el proceso que todos hacemos siempre, todos creemos que somos críticos. Creemos que somos buenos valorando la validez de la información nueva. ¿La consecuencia de todo esto? Que tenemos la idea de que nuestras creencias son consecuencias a las que llegamos al analizar el mundo con nuestro propio razonamiento, no el de la tribu. (Y es que realmente lo hicimos así, aunque siendo influenciados por la tribu sin saberlo en el mecanismo de descartar o no la información que nos llega – si es que nos llega – pero en cualquier caso sentimos que llegamos nosotros mismos a la conclusión, por nuestra cuenta, no por lo de la tribu). Y ahí es cuando va a ser un problema que llegue el mensaje central de que estamos influenciados por la tribu: si creemos lo mismo que cree la tribu, no es porque estemos bajo su influencia sino porque de casualidad llegamos nosotros mismos a la misma conclusión por caminos separados. Y el hecho de que ellos también hayan llegado a la misma conclusión “me confirma que somos muchos lo que nos damos cuenta de cómo son las cosas en realidad”, por lo tanto “si todos nosotros llegamos a la misma conclusión, tiene que ser verdad”.
    En ese sentido creo que la introspección no es un buen método (en realidad puede ser un buen método o no, pero depende exclusivamente de cómo funcione la introspección de cada uno) porque las conclusiones que se lleguen con ella van a depender de cada persona en particular. Así que la introspección puede confirmar que “tenemos razón” al ver “toda esta evidencia que nos apoya” y nunca salir de la trampa. Incluso si se analiza la creencia puntual, vamos a llegar a la misma conclusión que habíamos llegado antes, con lo que no se cambia nada.
    Que la introspección sirva o no depende mucho de qué nivel de “meta pensamiento” usemos, qué tan profundo vayamos acerca de cómo funcionamos nosotros mismos (y eso cambia mucho de persona a persona). Y sobre todo depende de qué tan dispuestos estemos a derrumbar nuestra identidad con tal de corregir nuestros errores, algo que se hace cada vez más difícil de encontrar a medida de aumenta la pasión por un punto de vista y nos movemos hacia los extremos.
    Por poner un ejemplo, si un flaco sin éxito con las mujeres le pide un consejo al amigo que es carismático, fachero y que las hace reír, y el amigo le responde “sólo tenés que ser vos mismo”, no sería un consejo muy útil. Ese consejo le funciona a él por la forma de ser que el tiene, pero el otro flaco tiene mucho que aprender todavía, y “ser el mismo” no lo va a ayudar para nada. Creo que con la introspección puede pasar algo parecido. La introspección puede servir muchísimo (de hecho, posiblemente sea el único camino), pero depende cómo sea la introspección de cada uno, y para que sea más útil necesitaríamos por lo menos una referencia o guía que nos diga qué tan bien vamos.

    El otro tema que me preocupa es más por formato de artículo que de futuro libro. En general la gente prefiere no leer cosas largas (por ejemplo, no espero que este comentario sea leído ni por el 50% de la gente que lo vea). Escucho de mucha gente “si es muy largo no lo leo”. Obviamente no estoy hablando de resumirlo pero sí me hubiese gustado que sea partido en varias entregas en vez de haber aparecido el capítulo todo junto de una vez (capaz una entrega por cada una de las 3 secciones principales), creo que de esa forma hubiese llegado a más gente (y, posta, necesitamos que llegue).
    Esto que digo de la longitud es aplicable a cualquier nota, no sólo exclusivo de ésta. Pero en ésta el efecto es peor por un tema puntual: generalmente cuesta leer cosas con las que no estamos de acuerdo. Por poner un ejemplo, a mi me pasó de darme cuenta que cuando leo algo con lo que no estoy de acuerdo, la primera cosa que sale es decir “no voy a perder el tiempo con esta boludez” y el primer impulso es dejar de leer y hacer otra cosa, así que tengo que hacer esfuerzo para llegar hasta el final a ver si encuentro algún argumento que valga la pena (posiblemente ya condicionado por creer que es una boludez, aunque metiendole pilas para dejar eso de lado). Leer cosas que nos chocan requiere esfuerzo. Imagino que al leer cosas que apuntan a cuestionar nuestra propia identidad, el esfuerzo que se requiere debe ser todavía más grande. Si a eso le sumamos que es largo, se complica todavía más. De todos modos esto es sólo una crítica al formato de artículo en borrador y no al libro en sí ni al contenido.

    El tercer tema no es tan crítico, es más un punto de vista personal sobre el problema (y además un comentario “intra tribu”, si es que la tribu existe). En todo el texto mostrás cómo te autocuestionás las cosas, y cómo aplicás lo que decís, eso es excelente porque mostrás la clave de todo: centrarse en uno mismo y no en los otros. Ahora, el mayor auto machaque que hacés pasa por un lado de que las cosas que hacés son para “mandar mensajes a la tribu”. Y con eso no me puede sentir identificado, a pesar de ser también “anti tribu”. Existe esa tribu? Cuántos seríamos, cuatro? Personalmente me sobran los dedos de las mano para contar “miembros de la tribu”. A lo que voy es que, todo apunta a que “la tribu de los anti tribus” está todavía demasiado lejos de ser un factor importante para nada. Es casi inexistente. Eso no quiere decir que estemos libres de problemas. Si tengo que hacer introspección, no veo la posibilidad de estar siendo afectado por una tribu inexistente, quedando la única conclusión que si hay algo que afecta es justamente el mecanismo opuesto, la diferenciación (que imagino puede llegar a ser igual de peligroso), y es algo que nos afecta a todos.

    En realidad creo que puede pensarse la diferenciación y el tribalismo como parte de la misma cosa (acá algo sobre el que me gustaría escribir algún día), todo depende del tamaño de lo que entendemos como grupo. En el “tribalismo clásico” vemos a nuestro grupo y a otros, y tenemos la unión y pertenencia al grupo propio y la diferenciación que hacemos entre nosotros y el resto de los grupos. Cuando el grupo es super extenso incluyendo a todos los seres humanos lo único que queda es la diferenciación interna. Incluso también se puede pensar exáctamente lo mismo viéndolo desde el ángulo opuesto: podemos olvidarnos del grupo gigante de todos los humanos y pensar en el grupo más chico de todos, “el grupo de un sólo individuo”. Y en ese caso también queda sólamente la diferenciación con los otros. Termina siendo un sistema donde la idea en todos los casos es la misma y lo que se expresa diferente dependiendo de en qué nivel estemos parados, o sea, en qué nivel consideramos que existe un “grupo”. La propia idea de grupo implica juntar lo que creemos que es parecido, y cuando llegamos a juntar todo lo que existe, ese grupo se convierte en una categoría que deja de tener sentido, y entonces lo que comienzan a contar son las diferencias individuales. Y es que la raíz de los 2 mecanismos, el de diferenciación y el tribalismo, es en realidad la misma cosa: la autodefinición de identidad, más conocida como el ego.

    En fin, no sé si el impacto del libro va a ser grande o chico, lo que sí sabemos es que va a ser positivo. Seguí adelante, lo que estás haciendo es un empujoncito para arreglar a la humanidad. Mi sesgo de confirmación te manda muchos aplausos.

    • Pela

      No leí todo porque es demasiado largo, pero la cuestión es que… no, mentira. Sí leí, pero es que justo pertenezco a la tribu de los que leen cosas más largas que tuits (o como se escriba). El otro día le comentaba a mi novia de esto, protestando por lo mismo que vos, y me dijo “está bueno, pero al final los que analizamos las cosas somos siempre los mismos”. Y me parece que tiene razón, y que lamentablemente el diagrama de Venn de la gente que analiza las cosas y los que van a leer este artículo es prácticamente un círculo.

      Con respecto a la individialidad, si me pienso, por ejmeplo, en la tribu de racionalidad bayesiana, es como decís vos y me tengo que matar a pajas porque estoy bastante solo. Pero hay un círculo más grande, de gente que me trae información ya masticada desde su pericia y que yo elijo aceptar porque esa gente ha coincidido conmigo en ciertos puntos importantes habiendo analizado las cosas desde otras perspectivas. Y la tengo que aceptar, porque yo sólo no puedo con todo, y creo que ahí se genera la tribu.

      Más aún, estoy convencido de que si pudieramos cuantificar las opiniones de la gente y las pusiérasmos en un espacio vectorial, veríamos dos nubes de puntos bien claras. Y que en el foco de mi cluster (tribu) estarían las opiniones racionales formadas a partir del análisis, y en el otro foco las opiniones arraigadas en el sentido común colonizado… pero por supuesto no tengo forma de comprobarlo.

      • Francisco M. Gómez S.

        jaja gracias por haber leído todo! Entiendo lo que decís y estoy de acuerdo en varias cosas. En lo que yo escribí quedaron algunos huecos de información que aprovecho ahora para llenar en esta respuesta.
        Estoy de acuerdo en que siempre hay gente con la que coincidimos y de la que aceptamos información aunque no creo que eso signifique que conformamos una tribu o un grupo con ellos. Incluso si conformaramos un grupo, hay una diferencia grande entre grupos con comportamiento tribal y grupos que no lo tienen. Podemos tener infinitas clasificaciones en grupos según opiniones comunes o intereses compartidos. Podríamos hasta hablar del “grupo de gente que nos encanta el helado de dulce de leche”, pero eso no significa que eso sea una tribu. O por lo menos no provoca comportamiento tribal. Creo que lo mismo aplica para “el grupo de los que creemos que no debería haber grupos” que nombra Guadalupe. En estos casos no veo que se identifiquen a grupos externos como enemigos o que se comience a compartir opiniones alineadas en cada tema polémico (desde economía hasta la despenalización del aborto).
        Parte del problema de las tribus surge cuando se comienzan a alinear las opiones y se forma una identidad común que nos separa de “los otros”. Cuando aparece un grupo externo la cosa se potencia muchísimo, aumenta la unidad interna y se tiende a ver a los grupos externos como a un enemigo (generalmente centrando la atención en el grupo externo más grande si es que hay más de uno).
        Incluso la cosa va más allá, donde además de compartir opiniones, formas de pensar, enemigos en común, identidades, también se comparte la crítica externa y la dificultad de ver los defectos propios (que es una característica humana que todos tenemos a nivel individual, pero que cuando hay tribalismo se hace grupal). En realidad, todas estas cosas son características de un individuo, lo que parece indicar que cuando surge el tribalismo, el grupo entero se comporta cada vez más como individuo.
        Pero todo esto no se percibe tanto a nivel individual si estás dentro del grupo, donde cada uno piensa que llegó a sus conclusiones por cuenta propia, con pensamiento crítico, y que los del bando del frente son estúpidos, están manipulados por los medios de comunicación o directamente tienen malas intenciones. (Curiosamente, es el mismo pensamiento que tiene el grupo del frente).
        Ahora, nada de esto pasa en otros grupos con los que los seres humanos nos podamos identificar, ya sea los que comparten su interés por la física y las matemáticas, los del helado de dulce de leche, o los ejemplos donde Guada se identifica, como la “tribu de los reflexivos” o “el grupo de los que creemos que no debería haber grupos”.

        Con respecto al tema de la audiencia del libro comparto totalmente la preocupación. De todas formas, sea como sea, creo que lo que está haciendo Guadalupe es valiosísimo. El tema en sí necesita muchísima más divulgación del que tiene y que se divugle más le hace un bien al mundo. (Incluso creo que no vendría nada mal que de todo esto salga una materia obligatoria en el secundario)

        En fin…
        Guada, me gustaría conocer tu opinión en todo esto. (Van de nuevo aplausos, por más que no estemos de acuerdo en todo)
        Pela… No sé si “Pela” viene por “Pelado” pero suena posible, así que si querés armamos una tribu.

        • Pela

          No sólo soy pelado, sino que además me llamo Francisco (tribalism intensifies).

          Esto ” incluso si conformaramos un grupo, hay una diferencia grande entre grupos con comportamiento tribal y grupos que no lo tienen” me hizo pensar en otra cosa. Yo me considero un tipo poco tribal en el sentido de mis opiniones, y más aún, me animo a decir que mi tribu política local hace mucha autocrítica. Y sin embargo, me han venido con planteos de la “otra” tribu ante los cuales yo he elegido tener un comportamiento tribal “a propósito”. Concretamente, he pensado que si yo llegara a admitir X, este pelotudo se va a agarrar de X para atacar mis argumentos, aún siendo obvio que X no tiene peso significativo en este contexto. Es decir que la tribalidad del antagonista me “obliga” (entre comillas, porque en algún sentido parte de una limitación mía) a adoptar un comportamiento tribal yo mismo.

          • Francisco M. Gómez S.

            “Pelado”… “Francisco”… Interesantísima combinación jaja
            Creo que en los casos en los que describís la respuesta más probable del otro lado es algo como “es evidente que está equivocado y no se da cuenta o no lo admite. Entonces, por lo tanto, si él está equivocado… yo estoy en lo correcto” (Es evidente que es una falacia lógica pero no deja de ser algo probable que solemos pensar) No conozco el caso concreto pero pareciera que sería más útil admitir X y aclarar que X es algo de lo que tenés conocimiento y aún así hay razones para mantener tus argumentos. (“Mis argumentos no se caen por X, al contrario, están en pie a pesar de X”). A la larga creo que no sólo ayuda a evitar tribalismos sino que hace fluir más los argumentos y el diálogo entre tribus. (Obviamente vale la aclaración de que estoy hablando sin tener la más mínima idea del problema concreto y capaz que lo que digo no aplica, hablo sólo una generalidad sin conocimiento real de la situación)
            Volviendo al tema, para nada digo que los que queremos escapar del tribalismo seamos inmunes. (Lejos de eso, habría que tener más cuidado de lo normal). A lo que me refería es que no todos los grupos en los que clasificamos a las personas van a generar un comportamiento tribal. (como por ejemplo “el grupo de los que creemos que no debería haber grupos”)

          • Pela

            Claro, estoy de acuerdo en que “el grupo de los que creemos que debería haber grupos” no tribaliza por sí mismo, pero creo que puede aportar. La cabeza está programada para que uno se sienta bien cuando el otro está de acuerdo, porque supone una ventaja evolutiva. Entonces me aparece que ante la ausencia moderna de la cuestión territorial, es a partir de esas cuestiones de creencias uno termina construyendo la estructura social tribal que de alguna manera lo guía, al menos en algún primer impulso en algunas cuestiones.

            Con respecto a X, creo que tu propuesta podría ser válida en ciertos contextos, pero en este presupone una hipótesis de humanismo en los gorilas de la otra tribu que en la realidad no se termina de cumplir.

  10. Francisco M. Gómez S.

    Casi me olvido de compartir esto que viene justo para la ocasión: https://youarenotsosmart.com/2011/08/21/the-illusion-of-asymmetric-insight/
    Un podcast que vale la pena, donde se habla de un experimento moralmente dudoso pero que aportó mucho sobre cómo formamos tribus, la tendencia innata de ver a otros grupos como el enemigo y la solución al problema con la que se logró al final que los 2 grupos lograron unirse y trabajar juntos con un objetivo en común (spoiler alert: la solución que encontraron no arregla realmente el problema, solo lo desplaza a otro nivel)

  11. Adrian

    Muy interesante la nota, se disfruta y se aprende mucho. Con esta y con las anteriores.

    Sin embargo, no logro hacerla encajar con algunos conceptos que traigo desde otras lecturas y experiencias políticas, principalmente con los de poder y hegemonía, sin los cuales me cuesta mucho imaginar cualquier procesos de cambio significativo en términos sociales. Tomando el criterio de “clase”, por ejemplo, donde claramente existen distintos intereses de clases, cualquier movimiento que busque alterar el status quo implica un avance de los intereses de unos por sobre los intereses de los otros, y en ese punto la tribu se vuelve necesaria, porque no alcanza con los individuos.

    Por otro lado, todo el asunto de la posverdad (y sobre todo el de la verdad) es algo que no termino de procesar, aunque estas notas ayudan. No deja de darme vueltas por la cabeza una definción de Branko Milanovic que es la que más me ha gustado de todas: “Post-truth world” is the world that suddenly appeared when those who manipulated information before were no longer, thanks to the web, the only ones abble to do it.
    Muy interesante esta entrada de su blog también: http://glineq.blogspot.com/2018/02/fake-news-reaction-to-end-of-monopoly.html

    Saludos,

  12. Gabriel Paissan

    Arranqué la lectura con expectativas. Sin embargo poco se tarda en ver que el ensayo no se apoya en una base material sería. No supera el mínimo test ácido de la realidad….ej.: ante el reciente acuerdo del gobierno con el FMI sería imposible relativizar el lugar de clase de cada uno -como subtendería la nota- cuando, claramente habrá beneficiados :los que ganan en el festival financiero; y los que pierden : trabajadores fundamentalmente. Más allá de algunos sentidos comunes que pueden compartirse, me resultó imposible rescatar una idea o dato de valor. No terminé de leerla, no creo que hubiera sido diferente. Qué lástima! Perdí el tiempo en una lectura pseudo-científica ”chamuyo” típica y extemporánea de….una tribu posmo.

  13. Francisco Germán

    Qué grandioso artículo! Muchas gracias.
    Todavía no he terminado de leerlo, pero no quería dejar pasar algo que se da cada vez más seguido.

    “Cuando hay claras evidencias de que un político del partido A mintió, quienes activamente difunden esa información son los del partido B. Eso es esperable, porque se trata de información que permite justificar la postura de esa tribu. Pero lo interesante es lo que hacen los del partido A: no comparten la información, no hablan de ella. La ignoran porque, de aceptarla, pondría en conflicto su identidad política.”

    Lo que enrarece aún más el aire, es que los de A retrucan con que tal político del partido B también mintió/robó/es corrupto. Como si lo que uno hizo en el pasado justificara plenamente lo que hace este en el presente. En Uruguay lo vemos casi a diario y es horrible, porque se va el foco del tema central: alguien violó la ley/ética/confianza y la discusión degenera rápidamente en un ir y venir de recriminaciones, que a su vez se hacen cada vez más genéricas hasta terminar en que A y B se gritan que TODOS los del partido contrarios son mentirosos/ladrones/corruptos.

  14. Jerónimo

    Es muy interesante esto. Sin ir mas lejos, lo podemos ver en ese odio y rivialidad que hay entre abortistas y providas. Aquí hay un ejemplo de un pro vida bardeando y no hace falta buscar mucho para enontrar el ejemplo opuesto. Se puede observar fuertemente la creación de estereotipos (provida= religioso,de clase media-alta, meristócrata que no hace nada por los pobres y abortista=gente ignorante, holgazana, visiosa y egoistas), la cual, tiene como objetivo reafirmar la posición de casa uno y rebajar cualquier opinión del otro.


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