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Pescado podrido

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¿Cómo afectaron las industrias del tabaco y el azúcar la investigación sobre sus efectos? ¿Es la investigación científica vulnerable a la posverdad?

Segunda entrega de Guía de Supervivencia en Tiempos de Posverdad. Orientados por las decenas de comentarios que nos hicieron en el sitio, en redes y en cada mate que cruzamos con colegas y amigos que lo fueron leyendo, diseñamos esta vez una entrega enfocada en visibilizar la mano (ya no) invisible del mercado sobre la investigación científica. Queremos pegarle a la posverdad en todos los terrenos, y el laboratorio no sólo no es ajeno a esto, sino que es un territorio a disputar para aquellos que Naomi Oreskes bautizó hermosamente como Mercaderes de la duda. Sigan dejando comentarios, sigan contándonos qué imaginan de este proyecto. Estamos aprendiendo muchísimo de este proceso. Ahora, un pedacito de lo que será el capítulo 3 del libro. Sonrían, posverdadosos, los estamos filmando :)

Por la ruta de la seda, desde Génova a Catay, a través de los desiertos de Asia, caravanas de comerciantes y aventureros llevaban té, seda y especias. Por la misma ruta por la que viajaban los bienes también pasaba información: cuentos, ideas, tecnologías, formas de ver el mundo. Tanto ir y venir, y un palacio soñado por un emperador chino aparece en un poema soñado, bajo la influencia de un producto del Indostán por un poeta inglés. No es tan sorprendente: la información es un bien como cualquier otro, algo que tiene valor y que cambia el mundo, y que se intercambia, se compra y se vende. Y, contra lo que nos gustaría creer, un bien que también puede adulterarse. Muchos de los cambios de nuestro mundo tienen que ver con la disponibilidad de más y más información para más y más gente. Pero no vamos a hablar de ese buen uso, sino de otro, de cuando un par de industrias buscaron, mediante la falsificación, ocultamiento y generación de información de dudosa calidad, combatir datos reales acerca del daño que causaban. En la primera entrega de este proyecto presentamos a la posverdad como dos miradas distintas: por un lado, la manipulación adrede de la información con el objetivo de confundir, de embarrar la cancha; por el otro, la posverdad que emerge de manera no intencional. En esta ocasión, abordaremos el primero de estos dos aspectos, y dejaremos el otro para más adelante. Llegó entonces el momento de hablar del tabaco y del azúcar.

Las plantas de la familia Nicotiana, que conocemos como tabaco, se cultivan desde por lo menos el siglo XV. Y, aunque Tolkien diga que las descubrieron los hobbits en Longbottom, en realidad lo hicieron los pueblos de América Central y del este de América del Norte, quienes usaban las hojas para fumar y como medio de intercambio. Los colonizadores las descubrieron y llevaron a Europa, donde se volvieron muy populares, y los europeos las llevaron al resto del mundo. Entre el siglo XIX y XX, la producción de tabaco se industrializó, y fue posible que estuviera disponible para todos en todas partes.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud, cada año el tabaco mata a unas 7 millones de personas, y le causa a muchas más cáncer y enfermedades respiratorias y cardiovasculares crónicas. El tabaco es extremadamente tóxico, y es la única sustancia que, usada como se supone que debe ser usada, termina matando a la mitad de sus consumidores voluntarios. Claro que creer que el tabaco provoca cáncer de pulmón es distinto de probarlo fehacientemente. No fue para nada sencillo hacerlo, no solo por la dificultad metodológica en sí, sino también porque hubo manipulaciones de la información en un proceso que hoy consideraríamos típico de la posverdad. Aun con todo esto en contra, finalmente el peso de las evidencias fue tan grande que hoy podemos afirmar con seguridad que fumar tabaco causa cáncer.

La primera pista fue que cuando se masificó el consumo de cigarrillos entre principios y mediados del siglo XX aumentó la incidencia del cáncer de pulmón que, hasta entonces, era una enfermedad rarísima.

Cuando correlación no implica causalidad, pero que las hay, las hay. (FUENTE)

Esta evidencia epidemiológica, que además mostraba una fuerte relación temporal (el aumento en casos de cáncer fue posterior al aumento de las ventas de cigarrillos) despertó la fuerte sospecha de que había una relación causal entre las dos cosas, y no solo una correlación. Para estudiar si esto era así o no, se buscaron evidencias con cuatro enfoques distintos:

1. Estudios poblacionales, observacionales, que mostraron con claridad que la tasa de cáncer de pulmón en los fumadores era muchísimo más alta que en los no fumadores, y más alta en los que fumaban más cigarrillos que en los que fumaban menos, indicando así que el efecto dependía de la dosis. Además, esta relación era algo bastante general que no dependía ni del lugar ni de otras características personales. Por otra parte, el aumento de los casos de cáncer de pulmón era proporcional al aumento en las ventas de cigarrillos. Se llevaron a cabo muchos estudios observacionales distintos, independientes entre sí. En todos los casos la correlación era muy fuerte, pero esto por sí solo no alcanza para probar causalidad.

2. Otra línea de evidencias provino de experimentos con animales de laboratorio. Un argentino, Ángel Roffo, fue uno de los pioneros en estos estudios, y ya en 1931 logró demostrar que el humo concentrado a partir de la destilación del tabaco podía provocar tumores en la piel de conejos. Para 1950 había ya muchos otros experimentos en el mundo que mostraban que el humo del tabaco generaba cáncer en animales.

3. Una tercera línea, más allá de las observaciones epidemiológicas o los experimentos en animales, fueron los estudios celulares. Se investigó, en laboratorio, cómo los componentes del cigarrillo modificaban células en cultivo (células que son crecidas en el laboratorio y con las que se pueden hacer experimentos). Además, se estudiaron, a partir de autopsias, las células del tracto respiratorio y pulmones de personas que habían fallecido por cáncer de pulmón. El daño en las células era claro.

4. El cuarto y último enfoque de búsqueda de evidencias del vínculo entre cigarrillo y el cáncer fue el análisis químico de los componentes del humo del cigarrillo. Se encontraron varias sustancias cancerígenas. Otra vez, Ángel Roffo fue el primero en identificar, en la década del ‘30, que el humo del cigarrillo contiene varios tipos de compuestos capaces de provocar cáncer.

 

Se iban apilando evidencias obtenidas por diferentes metodologías y enfoques, y todas ellas señalaban lo mismo: el tabaco provoca cáncer. Esta convergencia o consiliencia de evidencia es algo extremadamente poderoso, ya que vuelve mucho más confiable una conclusión. Es más que la suma de sus partes. No es una sola la que logra probar causalidad, sino la confluencia de todas ellas.

También se empezó a buscar qué otro ‘factor ambiental’, que no fueran los cigarrillos de tabaco, podría estar provocando el aumento de casos de cáncer de pulmón. Pero no se pudieron encontrar otras sustancias: o la asociación entre ambas variables no era fuerte, o no se ajustaba a lo que se observaba a lo largo del tiempo. No había explicación alternativa convincente y plausible para explicar lo que estaba ocurriendo. Por supuesto, un crítico podría decir que esa sustancia hipotética podría existir, solo que no la estamos logrando encontrar. Pero no podemos probar que algo no existe. Cuando sumamos eso a todo lo que sí sabemos sobre el cigarrillo, lo que se logra es fortalecer la asociación causal entre fumar y cáncer. Sí, podría haber un duende malévolo, indetectable y omnisciente que, cuando ve a alguien fumando, le provoca cáncer.

Así que, o es eso, o es fumar tabaco.

Evidencia en mano, las autoridades sanitarias empezaron entonces a alertar sobre los peligros del cigarrillo y a realizar campañas de información y concientización. Junto a esto, llegó el contraataque de la industria basado en la generación de duda irrazonable.

Uno de los argumentos contra la idea de que fumar causa cáncer es que no todos los que fuman se enferman. Pero, en epidemiología, que algo cause otra cosa no significa que lo hace en la totalidad de los casos sino que aumenta significativamente la probabilidad de que ocurra. Algunos incluso eligen no hablar de ‘causa’ en estas situaciones, sino de que fumar es un factor, entre muchos, que ‘aumenta el riesgo’ de contraer cáncer de pulmón. Para nuestros fines, no entraremos en estas distinciones: hablaremos de causalidad entre dos eventos ya sea que se trate de una relación directa e inmediata, como de una más distante e indirecta. Lo que nos interesa en el caso de una enfermedad es entender los riesgos para poder prevenirlos.

Fumar aumenta muchísimo el riesgo de cáncer de pulmón. No es que los que fuman tienen mucho cáncer de pulmón. Eso sería solo pura correlación. No, los fumadores que tienen cáncer de pulmón lo tienen porque fuman.  Aun si no todos los fumadores terminan con cáncer o no todos los enfermos de cáncer de pulmón son fumadores, para bajar los riesgos de cáncer de pulmón podemos decir, con altísima confianza, que lo que hay que hacer es apuntar a la prevención y no fumar tabaco. Es esa la causalidad que nos importa, y la que elegimos resaltar.

Como vemos, probar causalidad es complejo. Como se dijo en un paper de Jerome Cornfield y otros sobre este tema, ‘Un universo en el que causa y efecto siempre se corresponden uno a uno sería más fácil de comprender, pero obviamente no es el tipo de universo en el que vivimos’.

Pioneros de la posverdad

En la década de los ‘50, la mayor parte de los médicos no aceptaba aún el vínculo entre fumar y el cáncer, pero la sospecha había comenzado a abandonar exclusivamente el reino de lo académico y a llegar al gran público, especialmente cuando publicaciones muy populares, como el Reader’s Digest, empezaron a cubrir el tema. Esto comenzó a afectar la venta de cigarrillos y, como consecuencia, apareció la resistencia y posiblemente el primer ejemplo histórico documentado de un ataque deliberado de posverdad a gran escala contra la ciencia moderna.

En 1953, ejecutivos de seis de las más grandes empresas de Estados Unidos se reunieron en Manhattan con John W. Hill, fundador de una importante empresa de relaciones públicas, para desarrollar una estrategia conjunta. En esa reunión se tomaron una serie de decisiones bien conscientes y planeadas que terminaron logrando que tanto los consumidores como el personal de la salud, el periodismo y funcionarios del Estado dudaran de que los cigarrillos estaban matando personas.

¿Cuántos Emmys ganará la serie del futuro que cuente la historia del manejo de información para la industria del carbón, el azúcar o el petróleo?

Las tabacaleras, conocidas también en conjunto como Big Tobacco, decidieron atacar sistemáticamente las evidencias científicas que iban surgiendo, hacer publicidad más agresiva algo de esto aparece bastante bien representado en la serie Mad Men, y acercarse a periodistas con influencia para que publicaran a favor del cigarrillo. Para las publicidades, muchas veces elegían mostrar a médicos que recomendaban fumar porque era bueno para la salud, o a actores famosos y personas influyentes de la época.

Como hoy sabemos, nada mejor para aumentar el rendimiento de un atleta que fumar dos paquetes de cigarrillos por día (?).

De los estudios observacionales, las tabacaleras decían que correlación no implica causalidad lo cual, dicho así, es cierto. Pero no mencionaban que a veces una correlación sí muestra causalidad subyacente: que no la implique no significa que no exista. De los experimentos decían que lo que le pasaba a los animales no era comparable con seres humanos. Esto también es cierto y, por supuesto, los únicos experimentos que se hacían eran en roedores y animales similares, no en personas. Pero eligieron no destacar que, aunque es cierto que no podemos extrapolar automáticamente resultados obtenidos en animales a seres humanos, la biología de los mamíferos de laboratorios no es tan distinta a la nuestra y justamente por eso son tan útiles en investigación. También plantearon que, en realidad, el cáncer de pulmón, que reconocían que se veía con cada vez mayor frecuencia, podría estar siendo provocado por muchas otras causas, no por los cigarrillos. Es decir, usaron aspectos reales de la investigación científica, como que nunca se puede estar 100% seguro de algo y que siempre puede investigarse más sobre un tema, para distorsionar las conclusiones que se iban obteniendo. Es como decir que como no es 100% seguro morir si uno se tira de un edificio, entonces no podemos decir que tirarse de un edificio sea mortal.

En paralelo, empezaron a financiar sus propios estudios científicos para generar evidencias a favor de los cigarrillos (partiendo de una base tan errónea como hacer estudios para probar algo en lugar de hacerlos para entender si algo es como creemos). Estas investigaciones eran fraudulentas o tenían, mínimo, problemas metodológicos y, máximo, construcciones metodológicas decididamente orientadas a generar resultados convenientes para las tabacaleras. Todo esto no era demasiado evidente en ese entonces, y tampoco llamaba tanto la atención que las tabacaleras financiaran investigaciones sobre tabaco, algo que hoy sería un claro conflicto de interés que, como mínimo, se debe explicitar. Estas empresas financiaron también investigaciones sobre muchos otros temas, lo que las posicionó ante la sociedad como ‘empresas responsables’ que bregaban por el bien común.

La estrategia de Big Tobacco no era convencer a las personas de que los cigarrillos eran inocuos. No buscaban negar lo que se sabía sino confundir el ambiente para generar una supuesta controversia, una duda. Eso fue suficiente para postergar regulaciones, impuestos y responsabilidades, y para mantener alta la venta de cigarrillos. Fue la primera vez que se llevó a cabo una estrategia de estas características. Fueron muy astutos, porque tomaron algo real de la ciencia —que nunca podemos estar 100% seguros de algo — y lo distorsionaron para que pareciera que entonces nunca podemos estar seguros de nada. Antes de que la palabra posverdad existiera, Big Tobacco había generado su manual de instrucciones para que ocurriera.

Con el tiempo, algunos periodistas comenzaron a publicar la información científica sobre el tabaco, a pesar del lobby de las tabacaleras. En el ambiente científico, se empezó a señalar abiertamente qué investigaciones estaban financiadas por esa industria. Tiempo después, comenzaron los primeros juicios contra las tabacaleras.

Pero pongamos fechas para entender la magnitud del éxito de la estrategia de Big Tobacco. Para la década del ‘60 ya estaba clara, desde la ciencia, la relación causal entre fumar y la prevalencia del cáncer. Ya se había difundido este conocimiento entre el personal de salud y algunos funcionarios. Pero hasta final del siglo XX, las tabacaleras lograron manejar la opinión pública, que en gran parte seguía pensando que había una controversia cuando en realidad hacía décadas que no la había.

Se fue sabiendo de a poco que fumar causa cáncer. Modificado a partir de acá.

Desarmar la mentira

Recién en 1994 las tabacaleras fueron llevadas a juicio por el daño a la salud que provocaban. En esos juicios se revelaron documentos secretos que mostraban que sabían perfectamente del daño que causaban, pero lo habían ocultado. Aun así, plantearon una estrategia de defensa que puede parecer extraña: dijeron que como ya era público el daño que causaba fumar, el fumador estaba asumiendo voluntariamente el riesgo. Ésta fue la primera vez que las Big Tobacco reconocieron públicamente lo que estaba ocurriendo. Y no pasó tanto tiempo desde entonces. Pasaron del ‘somos buenos para tu salud’ al ‘no hay evidencia de que seamos malos’ a ‘vos sabías que éramos malos e igual elegiste consumir’. ¿Funcionó esto? Sí y no: si bien las tabacaleras se vieron obligadas a pagar sumas millonarias a los estados y al gobierno federal y se sentó un precedente importante, estas medidas prácticamente no afectaron a la industria, posiblemente porque fueron moviendo el mercado hacia otros países. Sí vale destacar que se aumentaron aún más los impuestos al cigarrillo y se reguló la publicidad que podían hacer, y que no solo se reveló que sabían perfectamente que la nicotina es adictiva  de hecho manipularon los cigarrillos para que llegara más cantidad de nicotina a los pulmones de los fumadores y que la inhalación del humo genera innumerables problemas de salud, sino que también quedó bien claro que existía una estrategia específica de ocultamiento. En un memo interno de 1969, perteneciente a una de las tabacaleras más grandes, decía explícitamente: La duda es nuestro producto porque es la mejor manera de competir con el cuerpo de evidencias que existe en la mente del gran público. También es la manera de establecer una controversia.’ Esto es posverdad antes de la posverdad.

No es difícil generar la duda, y debemos ser conscientes de esto porque es algo que sigue apareciendo recurrentemente.

No por esto soy crítica de la duda. Nada está más lejos del espíritu de este proyecto. La duda razonable es motor del conocimiento. Y, en cuestiones de salud tan importantes como los efectos del cigarrillo, quizá cuando aparecieron las primeras evidencias del daño que provocaba fumar se tendría que haber aplicado antes el principio de precaución. Pero sí quiero ser dura contra la duda irrazonable, la que pretende cuestionar consensos pero no se basa en evidencia extraordinaria. Lo único que hace este tipo de duda es ensuciar el agua para que parezca profunda, para postergar acciones concretas escudándose en un ‘no sabemos lo suficiente’, pateando así la frontera de la certeza siempre un paso por delante de los intereses del que pretende definir la vara.

Una vez que se siembra la duda irrazonable, es muy difícil corregirla con hechos. Por supuesto, toda crítica válida a las evidencias y las conclusiones que se extraen a partir de ellas deben ser abordadas y, en lo posible, respondidas. Pero enfaticemos lo de válidas. Si los planteos se enfocan en detalles irrelevantes, en evidencias de mala calidad, o en intentos de demostrar que algo no existe, debemos preguntarnos, como mínimo, si hay buena fe del otro lado o si, en cambio, son intentos de retrasar la obtención de un consenso y la toma de decisiones a partir de él. Puede que en un tema falten evidencias, pero también puede ser que haya evidencias que algunos grupos no quieren tomar en cuenta porque se oponen a su postura previa o a sus intereses. Si faltan evidencias, hay que intentar conseguirlas. Pero, en el otro caso, el problema es otro, no la falta de ciencia. Esta distinción es central también, para sobrevivir a la posverdad.

Una cosa es la descripción más teórica y abstracta de qué información da cada tipo de evidencia y otra distinta es qué ocurre con toda esa información en el mundo real, con las dificultades inherentes a sistemas que son complejos no solo en relación a los problemas científicos que se busca resolver sino a todas las capas sociales, económicas y de valores que se suman.

¿Cómo saber dónde estamos parados? Para ayudarnos a navegar en estas complejidades, podemos plantearnos estas preguntas:

GUÍA DE SUPERVIVENCIA DE BOLSILLO
Cómo saber dónde estamos parados a partir de las evidencias

A medida que los problemas que buscamos entender se vuelven más complejos, quizá necesitemos ordenar un poco más las evidencias que hay, las que no hay, y cómo interpretarlas. A modo de sugerencia, puede ayudar que nos preguntemos esto:

1. ¿Cuáles son las evidencias que hay sobre el tema que nos interesa?

a. ¿Son observaciones? ¿De qué tipo? ¿Cuán confiables son?

b. ¿Son experimentos? ¿De qué tipo? ¿Cuán confiables son?

2. ¿Las evidencias dicen mayoritariamente lo mismo o se contradicen?

3. ¿Qué evidencias faltarían para completar un poco más el panorama? ¿Por qué no están?

4. Mirando las evidencias, ¿parece haber una controversia científica real?

5. ¿Puede haber una distorsión, hecha adrede o no, entre lo que efectivamente se sabe y lo que nosotros sabemos a partir de los medios o personas influyentes?

a. ¿Hay una sobrerrepresentación de posturas minoritarias o una distorsión similar?

b. ¿Hay quienes podrían estar generando dudas negando la evidencia sin argumentos válidos?

c. ¿Hay quienes podrían estar distrayendo nuestra atención del punto central con otras estrategias?

6. ¿Estamos precipitando acciones sin evidencia suficiente? ¿Estamos postergando acciones con evidencia suficiente? ¿Son estas acciones urgentes? ¿Cuáles son las consecuencias de errar haciendo, y cuáles las de errar no haciendo?

Cuando la estrategia de las tabacaleras (mentir, ocultar información, generar dudas injustificadas, financiar investigación sesgada que justifique su punto, etc.) salió a la luz, apareció un nuevo campo de investigación que aborda las preguntas de cómo lograron confundir de esa manera, cómo pudieron manipular la opinión pública instalando una controversia falsa. Robert N. Proctor, un historiador norteamericano de la ciencia que desde hace mucho se dedica a estudiar estos temas, inventó en 1995 la palabra ‘agnotología’ (agnotology) para referirse al estudio de la producción de ignorancia. A diferencia de la ignorancia de cuando no sabemos algo, pero que podríamos aprender, o la ignorancia de hacer a un lado el conocimiento que contradice nuestras posturas previas, o sencillamente no ocuparnos de aprender algo porque no nos llama la atención, la agnotología estudia la ignorancia inducida culturalmente, la producida adrede por alguien a partir de una estrategia determinada. Según Proctor, la agnotología es hoy aun más relevante que cuando la originó, porque ‘vivimos en la edad dorada de la ignorancia’. Y así como tenemos que entender quiénes y cómo producen conocimiento, también tenemos que entender quiénes y cómo producen ignorancia. Como dijimos, la información es un producto, y falsificarla, adulterarla o producir escasez artificial puede ser un buen negocio para algunos.

Si el tabaco viajó de América a Europa, la caña de azúcar fue en el sentido contrario: originaria del sudeste asiático, fue llevada al norte de África por los musulmanes, de ahí fue a España y llegó a América aparentemente traída por el mismísimo Cristóbal Colón. En este continente, alimentada por el clima tropical y el trabajo esclavo, se instaló como uno de los cultivos más importantes del mundo. Aunque para nosotros el azúcar es hoy un granulado (sacarosa) que le agregamos a las comidas para endulzarlas, en realidad se trata de un grupo de sustancias de gusto dulce que incluyen además, por ejemplo, a la lactosa de la leche, a la fructosa y a la glucosa, que es el principal alimento de las células. Nuestros antepasados obtenían azúcar de las frutas, la miel y los lácteos, que casi nunca estaban muy disponibles. Millones de años de evolución nos fueron convirtiendo en animales que saben encontrar el azúcar en la comida. No solo desarrollamos ‘sensores de azúcar’ en la lengua, sino que el gusto dulce es muy atractivo para nuestros cerebros: la evolución hizo que busquemos ávidamente algunas sustancias como los azúcares, las grasas o la sal, necesarias y escasas en la naturaleza. Lo que representaba una clara ventaja evolutiva en un ambiente en el que la comida raramente era suficiente, se volvió una perdición cuando pudimos aumentar la producción de tal modo que hoy son omnipresentes. No solo sacamos azúcar de la caña o de la remolacha, sino que también obtenemos azúcar, en forma de fructosa, del maíz. Y siendo tan deseada y abundante, muchos alimentos procesados tienen cantidades excesivas de azúcar (y también de grasas y de sal), como modo de resultar más atractivos para nosotros, los consumidores. Jugos, gaseosas, panificados e incluso hamburguesas contienen enormes cantidades de azúcar agregada que, muchas veces, está bastante escondida. Puede aparecer como sacarosa, azúcar de caña, jarabe de maíz de alta fructosa (a esto se refiere la sigla JMAF que encontramos en las etiquetas de muchos productos), y otras variantes.

Hasta acá nada parecería un problema sino todo lo contrario. Comida más rica, genial salvo que en las últimas décadas estamos viendo una epidemia de obesidad en el mundo que causa enfermedades crónicas muy serias como problemas cardiovasculares y diabetes.

Hoy hay en el mundo más obesos que desnutridos. Es más, es más probable morir por comer de más que por hambre.

La diabetes y las enfermedades cardiovasculares, junto con diversos tipos de cáncer y enfermedades respiratorias crónicas, son las enfermedades no transmisibles (esto es, que no se contagian) que están entre las principales causas de muerte.

Al ver la velocidad a la que la obesidad estaba aumentando en el mundo, la pregunta inmediata fue: ‘¿qué está causando esto?’. La primera intuición llevó a pensar que el problema era que las personas estábamos comiendo demasiadas calorías y/o no consumiendo suficientes. Luego, las grasas fueron señaladas como las principales culpables (colesterol, ¿estás ahí?) durante algunas décadas, particularmente entre los años ‘70, ‘80 y ‘90. Sin embargo, luego de analizar y reanalizar las evidencias al respecto, aunque una dieta baja en grasas hace que disminuya el colesterol en la sangre, no parece haber diferencias en la sobrevida de las personas que tienen altos niveles de colesterol, o bajos.

Y acá hay un ejemplo de cómo usamos el lenguaje a partir de lo que nos dicen las evidencias. Digo ‘no parece haber diferencias’, porque eso es lo que se puede concluir de los datos. ¿Podría a pesar de todo haber diferencias? Claro que sí, pero no las estamos viendo. Sería mucho más sexy decir algo más estilo titular de nota de diario, como ‘una dieta rica en grasas no hace daño’, pero también sería estirar las evidencias que tenemos hacia un extremo de certeza que no pueden ofrecer. No a las afirmaciones fácticas categóricas sin evidencia categórica. :)

Hoy, el principal enemigo parecería ser la cantidad de azúcar que comemos en sus diversas y ubicuas formas, y se encontró que está muy vinculada con la obesidad y las enfermedades metabólicas. En el año 2012, se estima que un millón y medio de muertes se debieron a la diabetes de manera directa, sin contar las muertes indirectas debidas a problemas cardiovasculares y de otro tipo. Esto es muy preocupante porque, además, estamos viendo un aumento alarmante de obesidad en niños y jóvenes. ¿Qué pasará con ellos con el correr de los años?

La Organización Mundial de la Salud viene alertando desde hace años sobre el exceso de azúcares en nuestras dietas: ‘Preocupa cada vez más que la ingesta de azúcares libres –sobre todo en forma de bebidas azucaradas– aumente la ingesta calórica general y pueda reducir la ingesta de alimentos que contienen calorías más adecuadas desde el punto de vista nutricional, ya que ello provoca una dieta malsana, aumento de peso y mayor riesgo de contraer enfermedades no transmisibles.’

Hay metaanálisis hechos en base a ensayos controlados y aleatorizados que muestran que disminuir el consumo de azúcares hace que disminuya el peso corporal. También existen evidencias que conectan el consumo de azúcares con la diabetes. En un extenso y muy reciente estudio observacional de cohorte, se vio que una dieta alta en carbohidratos se asocia a una mayor mortalidad y una dieta alta en grasas se asocia a una menor mortalidad y no se asocia con enfermedades cardiovasculares ni infarto de miocardio. A partir de eso, los autores del trabajo sugieren que habría que ajustar las recomendaciones de lo que es una dieta saludable teniendo en cuenta esta información.

Azúcar para adelgazar. Por si los cigarrillos para la mejora en el rendimiento físico no te convencían. (FUENTE)

Una de las mayores fuentes de azúcares en la dieta son las bebidas endulzadas como las gaseosas, jugos procesados o aguas saborizadas (sí, hasta esa inocente botella de agua saborizada que parece ‘saludable’ tiene una enorme cantidad de azúcar agregada). El consumo de gaseosas es muy variable entre los distintos países, y es particularmente alto en Latinoamérica. Según el año que se tenga en cuenta, Argentina es el mayor consumidor per capita de gaseosas del mundo o está entre los 5 primeros países. Estamos hablando de unos 130-150 litros de gaseosas por persona por año, promedio. Es como si entre todos nos tomáramos, cada año, dos pirámides de Keops y media de gaseosa (al margen, ‘Keops’ es un gran nombre para una gaseosa: ¿me das una Keops?).

Si te parece que vos bebés muchos menos litros de gaseosa por año, eso significa que hay alguien que está bebiendo mucho más que ese valor.

Y si en vez de mirar la foto miramos la película, es peor: estos valores van aumentando progresivamente, atacando especialmente a los sectores de menores ingresos.

‘Si el azúcar es tan engordante, ¿por qué hay tantos nenes delgados?’ La respuesta te sorprenderá: ya no los hay. (FUENTE)

Recuperando el espíritu práctico y aplicado de este proyecto, podemos usar el cuadro de preguntas guía que presentamos más arriba con tabaco y revisar cada una de esas preguntas a la luz de este tema particular del azúcar, con una aclaración: pondremos el foco en el azúcar y no hablaremos de las grasas ni de otros posibles factores. Cada cosa que digamos del azúcar no dice nada respecto de temas que no sean el azúcar.

Las primeras preguntas de esta entrega de nuestra Guía de Supervivencia de Bolsillo eran: ‘¿cuáles son las evidencias que hay sobre el tema que nos interesa? ¿Las evidencias dicen mayoritariamente lo mismo o se contradicen? ¿Qué evidencias faltarían para completar un poco más el panorama? ¿Por qué no están?’

Cuando miramos las evidencias, hay tanto observaciones como experimentos que conectan el consumo excesivo de azúcares (especialmente las agregadas artificialmente a alimentos y bebidas) con obesidad y con enfermedades cardiovasculares y diabetes. Las evidencias disponibles están señalando en la misma dirección: estos niveles de consumo de  azúcares parecen estar influyendo fuertemente en el aumento de obesidad, diabetes, y enfermedad cardiovascular.

La relación causal está clara, pero no así cuánto termina influyendo esto en la práctica. Sería útil contar con más investigaciones en humanos, pero son metodológicamente difíciles. También podríamos tener más investigaciones sobre animales y necesitaríamos averiguar cuál es el mecanismo celular detrás del efecto del exceso de azúcar sobre la salud.

Luego teníamos la cuarta pregunta: ‘Mirando las evidencias, ¿parece haber una controversia científica real?’

No parece haber controversia. Quizás, a diferencia de lo que veíamos con tabaco y cáncer, esto es todavía más complejo porque tanto la obesidad como las enfermedades metabólicas son multifactoriales: incluso si la influencia del azúcar fuera enorme, hay otros factores dietarios y comportamientos como el sedentarismo, que son importantísimos también. Con cuestiones tan complejas, no solo es difícil establecer causalidad sino que, aun habiéndola establecido, es muy difícil saber cuánto influye cada factor. De hecho, nada de esto exonera a las grasas, que aparentemente también son dañinas en exceso. La realidad es que hoy no sabemos bien, todavía, el riesgo relativo que representa el consumo excesivo de estas dos fuentes de calorías, pero aparentemente ambas contribuyen a estas enfermedades crónicas. El principal factor de riesgo para enfermedades cardiovasculares y diabetes tipo 2 es el síndrome metabólico, una condición muy frecuente especialmente en países desarrollados, cuyas causas son un consumo excesivo de calorías, azúcar, grasas y sal, sumado a baja actividad física. Gaseosa, chizitos y quedarse todo el día delante de la Play o aprendiendo a tejer crochet.

¿Otra ruta, otras dudas?

Pasamos a la quinta pregunta del cuadro: ‘¿Puede haber una distorsión, hecha adrede o no, entre lo que efectivamente se sabe y lo que nosotros sabemos a partir de los medios o personas influyentes?’

Don Draper, ¿sos vos? En noticias relacionadas, notemos cómo el rostro del niño refleja sospecha de que la industria del azúcar está manipulando la investigación científica. Estamos con vos, niñito.

Esto es lo que sabemos: de manera similar a lo que ocurrió con Big Tobacco, se analizaron documentos históricos de la industria del azúcar o Big Sugar. Si los documentos de tabaco fueron llamados informalmente ‘Tobacco Papers’, en un exceso de imaginación los de la industria del azúcar se conocen como ‘Sugar Papers’. En un trabajo publicado en el año 2016 en la revista especializada JAMA Internal Medicine se expone una serie de documentos internos que muestran que Big Sugar estuvo influyendo en la ciencia relacionada con el azúcar y en las políticas públicas de nutrición de Estados Unidos, al menos por el último medio siglo.

Cuando en los años ’50 se notó un gran aumento de las enfermedades coronarias, se comenzó a sospechar del azúcar. La Sugar Research Foundation, una sección de la industria del azúcar dedicada a la investigación, publicó revisiones (reviews) de trabajos científicos en los años ‘60 y ‘70 que creaban dudas acerca de la influencia del consumo excesivo de azúcares sobre la salud y redirigían las sospechas sobre las grasas saturadas y el colesterol.

Imágenes exclusivas de una reunión entre los relacionistas públicos de Big Tobacco y Big Sugar.

La industria del azúcar publicaba estos trabajos que sostenían que los azúcares no eran dañinos sin aclarar si tenían o no un conflicto de interés. En realidad, en esa época no era tan común aclarar esto, pero ‘curiosamente’ lo que mostraban sus publicaciones era exactamente lo que la industria quería demostrar.

Al parecer no mintieron en esos trabajos, pero sí seleccionaron para las revisiones lo que era favorable para su postura e ignoraron lo desfavorable. Esto les funcionó para dos cosas: por un lado, el sospechoso era ‘otro’ y, además, la industria del azúcar notó muy pronto que si lograban instalar la idea de que la dieta de las personas debía reducir la fuente de calorías que provenía de las grasas, eso haría que esas calorías fueran ‘reemplazadas’ por un mayor consumo de azúcares. Otra vez vemos repetido el mecanismo de la posverdad, que es distinto del de la mentira: generar dudas, crear ‘hechos alternativos’, mover la sospecha hacia otro lado.

En otro trabajo los autores se basan en evidencias históricas para sostener que la industria del azúcar retuvo en 1967 la información de que ratas que eran alimentadas con una dieta rica en azúcares tenían niveles de triglicéridos (un tipo de grasa) en sangre mayores a los de ratas alimentadas con una dieta rica en almidón. Esto se habría ocultado para instalar la duda de la importancia de los niveles altos de triglicéridos como un factor de riesgo en enfermedades cardíacas, algo que hoy es aceptado como conocimiento firme.

De hecho, esta estrategia aparentemente tuvo éxito: la duda estaba instalada y, de pronto, ya no era tan claro que los azúcares fueran responsables de este daño a la salud. ¿A qué nos recuerda?

En los años 60 había científicos que sostenían que el principal responsable de las enfermedades cardiovasculares eran las azúcares agregadas. Sin embargo, para los años ‘80 la mayoría de los científicos —cuyo consejo ayudó a moldear las guías de nutrición de Estados Unidos— atribuían esa acción a las grasas saturadas y el colesterol. En 1980, las recomendaciones del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA), a partir de recomendaciones impulsadas por la industria, decía: ‘Contrariamente a lo que se cree, un exceso de azúcar no parece causar diabetes’. Por varias décadas las recomendaciones dietarias fueron que había que reducir el consumo de grasas, lo que llevó a que muchas personas pasaran a consumir alimentos bajos en grasa pero ricos en azúcares que hoy se cree que aceleraron la epidemia de obesidad que observamos.

Está confirmado, entonces, que la industria del azúcar manipuló la investigación sobre los riesgos que implica para la salud.

También hicieron lobby y ‘reclutaron’ a funcionarios, periodistas y profesionales de la salud que expandían este mensaje. Big Sugar y, en particular, Big Soda (las grandes empresas de gaseosas), estuvieron aparentemente usando el ‘manual de posverdad’ desarrollado por Big Tobacco. Cuánto afectó todo esto el curso que se habría seguido en relación con las políticas de salud, no lo sabemos. Instalando una duda, quizá lograron postergar por décadas las decisiones sobre salud pública que se debían haber tomado antes. Todo esto estuvo acompañado, por supuesto, de publicidad muy agresiva de los productos azucarados, junto a adjetivos como ‘saludable’, ‘nutritivo’ o algo como ‘da energía’.

Tuvimos que chequear los avisos porque ya parecían irónicos. No lo son.

Quizá no sabemos todavía cuán importantes son las azúcares en estos problemas de salud, pero los manejos de la industria son reales. Tenemos respuesta a la pregunta que nos habíamos planteado acerca de si podía haber una distorsión entre lo que efectivamente se sabe y lo que nosotros sabemos.

Esto no es solo algo del pasado. Aparentemente, es una práctica que sigue ocurriendo: Coca Cola, por ejemplo, financió hace poco programas que promueven hacer ejercicio como una manera de combatir la obesidad: otra vez, la estrategia de ‘¡No miren para acá. Miren para allá!’

Imagen de un video de la Fundación Coca Cola. Nada dice ‘fit’ como tomarse una Coca de litro.

Teniendo esto en cuenta, como mínimo habría que tomar con pinzas las investigaciones sobre la salud humana que provienen de grupos con potenciales conflictos de interés. Hay quienes sostienen incluso que no deberían ser tomadas en cuenta en absoluto, especialmente considerando que a partir de ellas se definen políticas públicas de salud y recomendaciones dietarias. Mientras que las investigaciones que provienen de financiamiento público señalan que azúcares como la sacarosa contribuyen a las enfermedades metabólicas, las financiadas directamente por la industria del azúcar o las de científicos que están conectados de algún modo con esa industria no lo hacen, sino que se enfatizan evidencias e interpretaciones minoritarias que benefician a la industria, generando la sensación de una controversia científica real donde no la hay. ¿Suena conocido? 🤔

Con toda esta información, no puedo evitar pensar si no tendré un sesgo anti industria del azúcar que hace que la información que encuentro y destaco sea la que la perjudica. Los sesgos propios pueden distorsionar mucho no solo qué información nos llega (y qué información no nos llega), sino también cómo la sopesamos. Teniendo esto en cuenta, intenté buscar otros puntos de vista, para evaluar cuán confiable es lo anterior. Esto es lo que encontré:

No todos concuerdan en que hubo una ‘conspiración’ de la industria del azúcar para generar la idea de las dietas bajas en grasa. En un trabajo publicado en la revista Science, los autores sostienen que la industria del azúcar no hizo este plan maquiavélico sino que la idea de las dietas bajas en grasa como un modo de combatir la obesidad y los problemas cardiovasculares ya estaba dando vueltas en la época, principalmente por algunas observaciones como que las personas con altos niveles de colesterol en sangre solían tener estos problemas de salud. En este trabajo, los autores consideran que ‘No decimos que la industria del azúcar no haya tenido influencia en el trabajo de Harvard sobre nutrición, o en el campo en general. Lo que sí creemos es que no existe razón para creer que la Sugar Research Foundation haya moldeado el destino de la ciencia y la política pública sobre dietas’.

En este punto, muchos de nosotros querríamos ya llegar a la parte concreta de ‘entonces, ¿a quién le creo?’. ‘¿Me dicen por favor qué debería comer y qué no, y listo?’. Queremos la solución (y, de hecho, sería genial que la tuviéramos), y no un relato del camino que llevó a ella. Queremos respuestas simples y definitivas. Pero pedirles respuestas simples y definitivas a problemas complejos es también un camino que puede llevar a la posverdad.

Claro que no hay que demonizar sin pruebas sólidas. Esto que vimos con tabaco y azúcar no debería llevarnos a creer que todas las grandes industrias manipulan la información, ni que deberíamos descartar a priori cualquier investigación financiada por una industria. Quizá sí, quizá no. Lo que debemos hacer es buscar pruebas de manipulación y, si aparecen, ahí sí actuar. No invoquemos pruebas de manipulación que no encontramos, porque podemos caer en otra situación de posverdad: desconfiar tanto de todo que no podemos confiar en nada.

Con azúcar hay pruebas de la manipulación. Lo que no tenemos claro es cuánto puede haber influido esto en la definición de políticas públicas. Lo que pasó con la influencia de la industria del tabaco está mucho mejor documentado y el consenso es mucho mayor que con el azúcar. Pero también es algo más lejano en el tiempo. Estas discusiones sobre el azúcar están ocurriendo ahora, y puede hacer falta un tiempo más para poder ver las cosas de modo más claro y completo, y bastante más para que se actualicen las recomendaciones dietarias. Nuestra prioridad en este punto es lograr acortar los tiempos entre que sabemos algo con alto nivel de certeza en un contexto de laboratorio y que aplicamos políticas públicas basadas en ese conocimiento que repercutan positivamente en la vida de las personas.

Hace falta tiempo, pero no tenemos tiempo. Estos problemas de salud están matando hoy a millones de personas por año. La evidencia quizá sea incompleta, pero llegó el momento de plantearnos el último punto de nuestra Guía de Supervivencia de Bolsillo: ‘¿Estamos precipitando acciones sin evidencia suficiente? ¿Estamos postergando acciones con evidencia suficiente? ¿Son estas acciones urgentes? ¿Cuáles son las consecuencias de errar haciendo, y cuáles las de errar no haciendo?’

¿Cuál es el consejo de salud respecto de nuestra dieta que podríamos tener en cuenta con la evidencia disponible hoy? Posiblemente, algo muy sencillo: dieta equilibrada, evitar excesos de azúcares agregadas, grasas saturadas y sal. El autor Michael Pollan lo resume como ‘Comé comida. No demasiada. Principalmente plantas’.

Pero hay un problema muy serio en todo esto: aunque muchos sabemos cómo deberíamos comer para ser saludables, pocos logran (logramos) efectivamente hacerlo. ¿Deben intervenir los estados para intentar modificar los hábitos de los ciudadanos? Los más libertarios dirán algo a favor de la libertad individual, como ‘una vez que se difunde la información de qué hacer, está en cada uno decidir si la sigue o no’ o pensarán que no hay que tomar medidas que van en contra de las industrias, o se opondrán a pagar todavía más impuestos. Los más paternalistas lo plantearán como ‘el Estado debe controlar qué alimentos están disponibles a la sociedad y qué alimentos no’ (y tenemos la graciosa paradoja de que, cuando pasamos de alimentos a otras cosas, como por ejemplo drogas ilegales, algunas personas invierten sus preferencias con respecto a la intervención estatal, lo que nos tienta a preguntarnos qué pasaría si se presentase argumentalmente al azúcar como una droga). ¿Hay que limitarse a educar e informar a la población? ¿O hay que hacer leyes? Teniendo en cuenta lo que sabemos de tabaco y azúcar, ¿los prohibimos, los permitimos sin controles, o los regulamos? ¿Se puede desestimular el consumo sin prohibir del todo? ¿Cuánto está ‘bien’ interferir desde el Estado y cuánto no? Si la información es suficiente, ¿por qué se penaliza, por ejemplo, que los motociclistas circulen sin casco? Tanto el tabaco como el exceso de azúcar en la dieta son probadamente dañinos y adictivos: ¿los tratamos del mismo modo, como sustancias peligrosas? ¿O incorporamos a las decisiones el hecho de que el daño del azúcar es solo para quien la consume, mientras que el tabaco daña también a los no fumadores que inhalan el humo de los cigarrillos como fumadores pasivos?

Y, pasando de la moral a la evidencia, ¿alguna de estas intervenciones es efectiva? ¿Qué sabemos hasta ahora acerca de si se puede modular o no el comportamiento de las personas a través de intervenciones pequeñas que no implican ni permitir sin control ni prohibir y volver ilegal? En el medio entre ambos extremos, hay mucho por hacer.

Se sabe que las personas consumimos más comida y bebida si nos son presentadas en porciones grandes, en platos grandes y vasos grandes. Las personas tomamos menos vino si se sirve en copas pequeñas, comemos menos si se sirve la comida en un plato pequeño que entonces parece ‘lleno’. Sí, uno racionalmente quizá sepa que está siendo ‘engañado’ de algún modo, pero esto es lo que se observa, una y otra vez. Se puede controlar el ‘ambiente’ que nos rodea y eso influye sobre nuestro comportamiento. Y lo sabemos no por una idea intuitiva, sino porque tenemos evidencias concretas al respecto. Conociendo esto, ¿consideramos que está bien o no ‘ayudar’ a las personas a consumir menos modificando el entorno? Hoy muchos especialistas hablan de que nos rodea un ambiente obesogénico. Nuestra fuerza de voluntad no alcanza, la información no es suficiente. Tenemos que modificar el ambiente para proteger nuestra salud.

El tabaco es generalmente menos conflictivo que el azúcar, en el sentido de que su status de sustancia tóxica está mejor comprendida y su efecto dañino sobre personas que no son fumadoras se conoce bien. Además, al no ser algo necesario para la supervivencia como sí lo es la comida, su regulación suele estar más aceptada por la sociedad. Un poco de tabaco ya hace daño. Un poco de azúcar hace bien; lo que hace daño es su consumo excesivo.

Las medidas que toman los Estados se conocen como políticas públicas. Además de tener en cuenta el bienestar de los ciudadanos, hay razones económicas para definir políticas públicas. En temas de salud, la prevención muchas veces es menos costosa que el tratamiento de los enfermos, lo que inclusive podría significar una aproximación donde tanto libertarios como paternalistas encuentren acciones que los satisfagan, al mismo tiempo logrando efectos mensurables sobre el bienestar de las personas mediante la intervención del Estado, pero minimizando dicha inversión. ¿Se pueden pensar políticas públicas de salud que ayuden a prevenir la obesidad y las enfermedades metabólicas? Algunos países intentan resolver esto mediante impuestos a los productos dañinos, disminución de la disponibilidad poniendo trabas al acceso como horarios reducidos de venta, edades mínimas para poder comprar los productos, disminución o prohibición de la publicidad, etc.

Respecto del tabaco, hace mucho que esta industria es regulada mediante impuestos bastante altos y una disminución en la disponibilidad y la publicidad. La Organización Mundial de la Salud considera al tabaco una sustancia extremadamente dañina, y sugiere medidas para controlarla. Tímidamente, empiezan también a aparecer evidencias de qué políticas son efectivas y qué políticas no en el control del tabaco.

Hay países que implementaron el ‘impuesto al azúcar (sugar tax), que encarece levemente los productos azucarados. Así, las comidas y bebidas ricas en azúcar no están prohibidas, pero su consumo se desestimula.

México es uno de los países con mayor obesidad del mundo: en 1980, el 7% de los mexicanos era obeso, pero para el 2016 ese valor ya se había triplicado (20,3%). Debido a esta situación alarmante, México estableció en 2014 un impuesto del 10% y en los pocos años que pasaron ya se ven efectos: hubo una disminución de bebidas azucaradas (gaseosas, jugos) del 5,5% ese primer año, y del 9,7% durante el año 2015, mientras que la venta de bebidas sin este impuesto aumentó en promedio un 2,1% durante esos dos años. Por supuesto, no pasó suficiente cantidad de tiempo para saber si estos cambios modifican la tendencia que se observaba con obesidad, pero por ahora hubo un efecto en las ventas.

Esto también es importante: comprender qué evidencias ya tenemos y qué grado de confiabilidad tienen, ser exigentes con qué evidencias todavía faltan y cómo intentar obtenerlas y, además, decidir con qué nivel de certeza estamos dispuestos a actuar (o a no actuar), definiendo políticas públicas en este caso. No es fácil. Hay intereses entremezclados, y sesgos propios y ajenos. Pero creo que en cuestiones de salud es importante que los Estados tomen decisiones informadas por las mejores evidencias disponibles.

Es pronto para saber si esto es un éxito o un fracaso, pero se estima que en México ese impuesto pudo prevenir como mínimo 189.300 casos de diabetes de tipo 2, 20.400 casos problemas cardíacos y unas 18.900 muertes prematuras en una década. Esto es una estimación. Todavía no podemos saber si es correcta o no. En Berkeley (California)—la primera ciudad norteamericana que estableció un impuesto similar en 2014—, se está observando aproximadamente lo mismo. Al año 2018, unos 30 países instalaron el impuesto al azúcar. El Reino Unido lo hizo muy recientemente, hace apenas días (el de 6 abril).

En Argentina se intentó durante el 2017 establecer este impuesto, pero luego de una fuerte oposición de parte de provincias del NOA, liderada por Tucumán, se dio marcha atrás al proyecto. Sin embargo, hay quienes consideran que, debido a la cantidad de calorías que provienen de las gaseosas, Argentina encabeza los países que ‘necesitan con urgencia’ este impuesto.

Los beneficios potenciales que podría tener este impuesto en Argentina fueron estudiados. Un trabajo del CEDES indica que ante un aumento del 10% en el precio de las bebidas azucaradas, su demanda caería un 11,2%. Se estima que una reducción de un 10% del consumo de bebidas azucaradas en la población argentina evitaría cada año unas 2.639 muertes por causa cardiovascular; unos 13.385 casos de diabetes; y cerca de 4.000 eventos cardíacos y cerebrovasculares.

¡AZÚCAR! (Modificado a partir de acá)

Una de las críticas que a veces se le hace al impuesto al azúcar es que impactaría especialmente en las personas de menores recursos, pero recientemente se publicaron varios trabajos científicos en la prestigiosa revista The Lancet en los que se muestra que esta idea es incorrecta: en realidad, los más pobres se benefician más con estas medidas.

Por otra parte, la presión de la industria ante el impuesto al azúcar suele ser feroz. A modo de ejemplo, en países que buscan establecer este impuesto como Reino Unido y Argentina, Coca-Cola ha sostenido que reduciría inversiones. En Colombia, personas que proponían instaurar el impuesto fueron directamente amenazadas.

En el caso del tabaco, una de las medidas más efectivas en términos de disminución de las ventas como modo de proteger la salud pública es obligar a las tabacaleras a que los paquetes de cigarrillos no señalen fuertemente la marca y sean todos en colores poco atractivos y similares entre sí. Pero la industria del tabaco tampoco se quedó de brazos cruzados ante esto: Philip Morris demandó a Australia (¡un país entero!) por tomar esta medida, y (por suerte) perdió el juicio.  

No sabemos aún si el impuesto a las bebidas azucaradas efectivamente puede provocar una reducción en la obesidad. El descenso en las ventas ocurre, pero quizá no es suficiente para tener impacto en una enfermedad multifactorial y compleja como es ésta. Pero puede ser algo a tener en cuenta.

Así pasamos por la posverdad en dos industrias. ¿Cuáles son las lecciones que podemos sacar? Primero, que tenemos que distinguir la posverdad del error y también de la mentira. El que está equivocado, cree francamente que lo que dice es verdad. El que miente sabe que está mintiendo. El mecanismo de la posverdad a veces se limita a la mentira (‘fumar es bueno para tu salud’) pero, cuando eso no es sostenible, muta a otros modos: la asociación a otras cosas (‘fumá y vas a lucir increíble’), la confusión (‘hay un par de estudios pagados por nosotros que muestran que fumar no provoca cáncer, o que no solo fumar provoca cáncer, así que los científicos no están de acuerdo’) y, finalmente, la desviación de la responsabilidad a terceros (‘todo el mundo sabía que fumar provocaba cáncer, así que la culpa es de los fumadores’). Vamos a ver que este esquema se repite en otros casos y en los ámbitos y temáticas más diversos. Lo bueno es que ahora todos podemos gritar que el Emperador está desnudo.

Volvamos una última vez a las preguntas de nuestra Guía de Supervivencia de Bolsillo, tal vez a la más difícil de las preguntas: con evidencia incompleta como ésta, ¿deberíamos actuar o no? Si el impuesto al azúcar no alcanza, ¿sería mejor no hacerlo?

En el informe de 2015 de la Organización Mundial de la Salud sobre ‘Políticas fiscales para la dieta y la prevención de las enfermedades no contagiosas’, se recomienda un impuesto al azúcar que encarezca al menos un 20% el precio de las bebidas azucaradas y un subsidio a frutas y verduras que los abaraten. Estas sugerencias pueden informar a los países para que cada uno decida si las adopta o no, o en qué medida. La experiencia en México se toma hoy como caso testigo en relación con el efecto del impuesto a las bebidas azucaradas como estrategia de salud pública. Necesitamos más evidencias, sí, pero existe una tensión entre generarlas y dejar que siga pasando el tiempo. Ya muchos países, aun con evidencia incompleta de si un impuesto al azúcar es efectivo o no, eligen ensayar ésta y otras medidas de protección de la salud.

Existen estados más y menos cómodos con la idea de enfrentar las políticas públicas como problemas de diseño en los que es clave la idea de establecer ciclos de ‘hacer, medir, aprender y repetir’, aceptando que cada intento proveerá información para que el próximo sea más exitoso. La tensión entre esperar a obtener más evidencias antes de tomar una decisión en política pública y la urgencia de resolver algunos problemas se resuelve de manera diferente en cada país. Algunos esperan para actuar, otros prueban y aprenden. Llevó unos 40 años empezar a probar legislación que mitigase los efectos negativos del tabaco. En ese caso, seguramente habría sido mejor comenzar antes. Quizá con el azúcar estemos en una situación similar. Quizás esta vez podamos hacer las cosas de otra manera.  

Pensar con otros.

Hay 31 comentarios

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  1. Carlos

    Muy bueno.
    El caso de las vacunas. No seria al reves?. Pensando que son inventos de los megalaboratorios, se deja de vacunar a los chicos.

    • Guadalupe Nogués

      Hola! Algunos podrían creer eso, sí. Pero la situación es bien distinta. En el caso de tabaco, el daño era cada vez más claro, el consenso acerca de esto aumentaba, y desde la industria e trabajó en generar dudas irrazonables para postergar acciones. En el caso de las vacunas, el beneficio de las vacunas es claro (dejamos de ver enfermedades que antes eran frecuentes, por ejemplo) y el consenso en esto es enorme. Los que creen que las farmacéuticas que hacen vacunas hacen un complot para engañarnos no tienen evidencias del supuesto daño, e ignoran las evidencias del claro beneficio.

      • Martin

        Hola Guadalupe. Excelentes ambos articulos. El punto de contacto esta en la duda irrazonable, que en el caso de las vacunas esta generado por “la gente” o no se sabe quien, incluso después de que tenemos el consenso sobre el tema. Me recuerda a algo que esta pasando ahora, grupos que promueven mentiras sobre la Educación Sexual Integrada y su ley en la Argentina, a fin de crear una duda y abrir una brecha que les permita voltear la ley. Gracias por el trabajo, espero el próximo.

  2. Cristian

    Pregunta, por lo que veo en el artículo, el problema del azúcar es la propensión a la obesidad con todo lo que eso conlleva, ahora, en personas que mantienen su peso en orden, ¿Cuáles serían los perjuicios de comer azúcar? pregunto acá antes que leer que tengo que comprar “azúcar cuántica” porque esa es la única que es sana.
    Muchas gracias.

    • Guadalupe Nogués

      Lo complicado del azúcar es el consumo excesivo, no el consumo per se. En la nota hay varios links, pero por ejemplo la OMS llama a controlar el consumo excesivo como una manera de prevenir obesidad, diabetes y problemas cardiovasculares, principalmente.

  3. Guadalupe

    Que difícil extrapolar el “paso a paso” a la inmensidad de noticias que nos llegan por día. En mi caso, hago un gran esfuerzo en seguir los razonamientos necesarios y llegar al nivel de veracidad de cada artículo que leo. Veo, en líneas generales, que hay una tendencia creciente en consumir (y dar valor) a noticias falsas, solo porque respaldan un movimiento/partido político/filosofía de vida/pensamiento propio; desestimando los medios que no gustan o atentan contra propios ideales.
    Creo que hoy la lucha es, no solo con la posverdad, sino también con el deseo del lector de llegar al quid de la investigación, perdón, de la cuestión. Este último, clave (para mi) a la hora de hacerle frente a la agnotología.

  4. Fede

    Excelente. Sin embargo la industria tabacalera hoy sigue siendo redituable a pesar de tener los efectos negativos de su consumo en cada marquilla y de haber sido obligados a dejar de anunciar en grandes eventos. Con el conocimiento de los efectos no basta para cambiar las actitudes de consumo, es mucho más complejo el ser humano. No hay “magic bullet” en educación para la salud.

    • Guadalupe Nogués

      Totalmente de acuerdo. No hay magic bullet. Big Tobacco sigue dando vueltas y ninguna de las grandes compañías tuvo demasiados problemas cuando saltó todo esto. Una de las estrategias que parecen seguir es apuntar a sus “mercados emergentes”, que suelen ser países en vías de desarrollo en los que tienen bastante éxito. Cof cof.

  5. Osvaldo

    Muy bueno. Una duda, en la tabla de bebidas y contenido de azúcar dice que una cucharadita son 35 gr y parece exagerado. 3,5 gr tal vez?

  6. Magui

    Muy bueeeeenooo!
    (En un momento tuve que dejar de leer porque no podía dejar de pensar en la canción de Mary Poppins “A spoonful of sugar” y en la idea de Mary funcional a los intereses de “Big Sugar”. )

  7. Mercedes

    Qué interesante, Guadalupe. Gracias por tomarte este trabajo. A los lobbies de las industrias alimenticias habria que sumar los de las industrias farmacéuticas. Se invirtió mucho dinero y hoy se gana con los medicamentos contra el colesterol. Y los medicos los recetan! En lugar de recomendar dietas bajas en carbohidratos.

    • Franco

      Yo no creo que no receten dichas dietas, sino que confían más en que el paciente va a tomar esos “medicamentos” antes que cuidarse. Lo veo hasta en mi familia. Es difícil en un entorno en el que estamos bombardeados ya sea por marketing o por la propia cultura.

      Hoy en día lo más práctico gana. Vivir una vida sana, en estos tiempos a veces no lo es.

  8. Martin Ezequiel Farina

    Interesantísimo. Sin embargo me queda una duda sobre el rol de los científicos -en este caso los que trabajaron trabajaron para las tabacaleras- que realizaron y manipularon datos. Las Big Tobacco tuvieron que pagar sumas millonarias ¿Y los científicos tuvieron alguna consecuencia por su conducta ética? ¿No son responsables acaso de sus estudios?

    • Guadalupe Nogués

      Hola, Martín. Hasta donde sé, no tuvieron demasiado problema. Lo que sí se sabe bastante bien es que varios de los PR que se encargaron con tanto éxito de crear posverdad en el caso del tabaco fueron luego contratados por algunas petroleras para hacer algo similar en relación con el cambio climático. Mucho de eso está documentado en el libro de Naomi Oreskes “Merchants of doubt.

  9. Maria Paula Ariza

    Estaría buenisimo tocar temas aún más “controversiales” como la relación entre el cancer de colon y el consumo de carnes rojas y el impacto de los productos, y sobre todo de origen animal en nuestra salud. Aún hay mucho lobby para instalado en favor de que no se traten estos temas, especialmente en un país ganadero como es la Argentina, pero la realidad, para mí es que la controversia actual, presión de los medios, etc recuerda mucho a la historia de las tabacaleras. Sería bueno que en algún momento caiga el telón. Gran nota y gracias

  10. Paula

    ¡Muy buen capítulo! Me atrevo a sugerir una corrección en la redacción: en vez de decír que el “tabaco es tóxico”, o que “el tabaco mata”, me parece más apropiado referirse en ese sentido al cigarrillo. Creo que lo que realmente resulta tóxico y cancerígeno proviene de agregados al tabaco y de la quema del papel que contienen los cigarrillos, y no necesariamente del tabaco en sí mismo.
    Además, quería comentarte, Guadalupe, que en Chile es obligatorio etiquetar los productos con un hexágono negro que los identifica como altos en calorías, grasas saturadas, en azúcares, o en sal http://www.minsal.cl/ley-de-alimentos-nuevo-etiquetado-de-alimentos/. Además, no se puede hacer publicidad de estos alimentos dirigida a los niños y no está permitido vender ni regalar juguetes con la comida (adiós Kinder sorpresa y cajita feliz). Habrá que esperar para ver los resultados, pero parecen medidas interesantes.
    Por último, no sé si sabes que en Cuba se dio un curioso experimento epidemiológico durante el período especial de los años 90. Ante la profunda crisis económica, el peso promedio de los cubanos descendió unos 5 kg, y concomitantemente se redujeron de modo drástico la diabetes tipo II y la incidencia de las enfermedades coronarias https://www.bmj.com/content/346/bmj.f1515.

    • Guadalupe Nogués

      Gracias por toda la info que sumás, Paula.
      El tabaco es tóxico, pero es cierto que podría haber aclarado que acá generalmente me estaba refiriendo a fumar cigarrillos. Igualmente, cuando se popularizó fumar tabaco en pipa, antes de los cigarrillos industriales, ya empezaron a verse casos de cáncer.
      Lo de Chile es muy interesante como propuesta… hay que ver cuánto funciona en la práctica pero, como decís, luce interesante. Muy bueno el paper sobre Cuba también. No lo conocía.
      ¡Muchas gracias!

      • Marcos Feole

        ¿Pero fumar tabaco en pipa no es equivalente a fumar tabaco en cigarrillo? Digo, en ambos casos el tabaco se enciende con una llama lo que produce un proceso de combustión, y el que fuma se termina tragando no solo el tabaco sino el humo producto de la combustión.

        La pregunta sería fumar cigarrillo (o pipa) versus “fumar” tabaco vaporizado, por ejemplo con dispositivos electrónicos. Me parece una pregunta interesante: cuánto del efecto es del tabaco y cuánto del humo que se ingiere.

  11. Lucas

    Sería muy interesante saber si no estamos viviendo una situación similar a la del tabaco y al azucar con los agroquímicos. Creo (no me tome el trabajo de investigar mucho y seguramente tenga un sesgo en el acceso a la información) que hay cada vez más evidencia del daño a la salud que están generando las fumigaciones.
    Alguno de los discursos pro agroquímicos apuntan al uso responsable (algo así como que no fumes mucho y capaz que no te pasa nada) y otros a la necesidad de aumentar la producción de alimentos (vinculando de forma directa la producción de granos con el hambre en el mundo).

  12. Ada

    Hola :). Hay un tema que me gustaría sugerirles tratar desde está perspectiva, disculpen el atrevimiento :P. Es el del falso (creo yo) conflicto ciencia vs. feminismo, y la tendencia de los antifeministas de escudarse en la testosterona para decir que el ambiente o la educación no pueden hacer nada frente a “la biología”; además de que parecen creer que, sobre este tema, los únicos datos científicos verdaderos son los que apoyan éste determinismo biológico y que los acercamientos desde otras áreas de la ciencia, no son sino pseudociencia

    • Paula Cramer

      Sobre este comentario tuyo, Lucas, “Alguno de los discursos pro agroquímicos apuntan …a la necesidad de aumentar la producción de alimentos (vinculando de forma directa la producción de granos con el hambre en el mundo).”, puedo aportar como argumento en contra que es falaz porque la mayor parte de la producción mundial de cultivos con valor alimenticio lo producen pequeños agricultores. En el caso de Asia y Africa sub-sahariana, asciende al 80%. Son datos de la FAO http://www.fao.org/3/a-i7658e.pdf

  13. Victor

    excelente artículo, son cosas que uno sabe, intuye, y por las que trata de estar atento, incluso a veces trata de transmitir y no es fácil, así que también por eso viene bien.
    me parece que ADEMÁS de todo lo que se expuso hasta ahora, las “campañas” se aprovechan de una característica del ser humano que es la de no querer replantearse todo el tiempo costumbres, estructuras, etc… si siempre comimos esto, si siempre hicimos esto, qué me vienen a decir que está mal!!!, hablando de dudas…. bueno es más bien una duda esto último que digo…
    saludos

  14. Francisco

    Muy buena! Y cuántas preguntas!
    Quizá el artículo mismo sirva como disparador de alguna política pública. Hace unos años el documental Supersize Me hizo que Mc Donalds redujera los combos supermedida y levantó mucha polvareda sobre la comida chatarra, grasas y azúcares incluidas.

    Uruguay también ganó un juicio a las tabacaleras. http://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-36752509 y adoptó medidas para desestimular el consumo: prohibición en lugares públicos y espacios cerrados, no más propaganda, mucha menor imagen de marca (que de todos modos es lo mismo porque son todos fabricados por PMI) y unos precios altísimos a base de impuestos.

  15. Mariana

    ¿Hay alguna razón para que en la ilustración de “Contenido de azúcares agregados en bebidas” se comparen distintos volúmenes de bebidas? Porque, por ejemplo, a golpe de vista da la impresión que las bebidas energizantes tuvieran el mismo contenido de azucar que las aguas saborizadas cuando en realidad tienen el doble de concentración. No sé si se me está escapando algo…
    Espectacular y necesario el artículo. ¡Aguardando impaciente el libro!


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