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Filosofia_a_mordiscones

IMG:  Senshi Antares  

Filosofía a mordiscones

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Finalmente pasó. La moda se fue al carajo. Series, películas, literatura, el plantel de San Lorenzo. Todo plagado de zombies. Esto suma pero también confunde. El tema es que a veces, así como el árbol te tapa el bosque, el zombie te tapa a los zombies. Y cuando ves el Behind the Scenes o leés las notas al pie, te das cuenta de que hay mucho más semi muerto del que a primera vista conocemos y consumimos. Y por ‘consumimos’ quiero decir, por supuesto, ‘nos consumen’.

Siempre está bueno empezar por el principio, y en este caso sería distinguir los tres tipos de zombies a los que uno puede hacer referencia. El primero, el clásico de Hollywood en el cual se muestra un banquete de cerebros y se contagia, mordisquito mediante, lo zombie. El segundo son los llamados ‘zombies haitianos’, los embrujados, los esclavos míticos enfantasmados para cuya existencia se han dado dos tipos de explicaciones, una química y otra social pero, no, tampoco nos vamos a ocupar de éstos. A los que nos interesa menearles el cerebro hoy es a los denominados  ‘zombies filosóficos’, que no son esos que se despiertan tarde, alimentan a sus 7 gatos y no quieren ir a laburar.

Cuando hablan de zombies, los filósofos están pensando más bien en eso que es exactamente igual a una persona normal en cuanto a su cuerpo físico, que se comunica  y comporta de idéntica manera pero que no tiene ninguna sensación fenoménica. Imaginate que estás con uno de estos en la cancha y en eso, los muertos que juegan en tu equipo ganan con un gol de rebote en el último minuto. Vos lo gritás escupiendo las tripas, como si te fueras a hacer reversible, él también, vos llorás, él también, cantás con la hinchada ‘dale campeón’, él también. Agitan el brazo, se abrazan, pero eso que vos sentiste en tu pecho, ese fuego imposible de poner en palabras, esa sensación inefable que te agarró cuando viste que la pelota cruzaba la línea, tu amigo a medio camino entre vivo y muerto no la tuvo. A pesar de pasarle, no le pasó. A estos estados mentales se los ha llamado ‘qualia‘, y vivimos con ellos todo el tiempo mientras tengamos conciencia. Ejemplos clásicos son los que nos hacen sentir cualquiera de nuestros sentidos; colores, olores o sabores.

Podría boquearse fácilmente ‘está bien, ponele que se pueda imaginar esa situación y lo que quieras, pero así como no existen los zombies que se comen humanos,  tampoco éstos’ y quizá sea así, pero el problema para los filósofos no es si existen realmente o no, sino que la misma posibilidad de su existencia es innegable por su propia definición. Todos, absolutamente todos los rasgos físicos y conductuales serían idénticos al punto que sería imposible distinguirlos de la gente como uno (no la ‘gente como uno’ que usa la expresión ‘gente como uno’, la gente como uno posta, la gente). Puedo pecar de tibio pero no te firmo que existen, te firmo que pueden existir.

De lo único que se puede estar seguro es de que uno mismo no es un zombie. Ahora, tus amigos, tu vieja, Angelina Jolie, el muerto que metió el gol, cualquier persona que no seas vos mismo sí puede serlo. Aún si lo metiésemos en un fMRI, le pusiéramos un casco para medir sus ondas cerebrales, jugáramos a Lapegüe viendo exactamente cuáles neuronas se prenden y se apagan, cuáles son los neurotransmisores que circulan de aquí para allá e incluso si ya pudiéramos saber qué es lo que está pensando , aún así, no vamos a poder realmente saber qué está sintiendo.

Es que, no. Que nuestros amigos brasileros jamás podrán decirnos qué se siente, ya que cualquier aparato científico mide entidades físicas, y toda la ciencia sólo puede acceder a aquel conocimiento que se puede compartir, aquel conocimiento que llamamos de tercera persona. Lo que sentimos es conocimiento de primera persona y ya dijimos que es inefable. Podemos ver con claridad, por ejemplo, la diferencia que hay entre analizar el resultado del  fMRI de una persona que ha ingerido una droga y el hecho de experimentarla nosotros mismos. ¿Y qué problema hay con eso? En principio, dos grandes cuestiones. La primera es por qué existe entonces la conciencia. Si podemos visualizar un mundo que funcione exactamente igual sin que nadie tenga la experiencia personal de nada, ¿cuál es la necesidad de que los hechos físicos den lugar a una conciencia? Y por otro lado, a nivel biológico, ¿por qué la evolución seleccionó a agentes con conciencia si los zombies hubieran podido reproducirse igual de bien? Hace poco aquí se dijo que el dolor evolutivamente garpa (y mucho), pero si sostenemos esta posibilidad de que zombies, su valor casi, casi que bajaría a cero.

Esto es bastante perturbador para la visión científica del mundo, pero si hay algo que caracteriza a la ciencia es aceptar los retos y estudiar cómo solucionarlos. Primero, veamos un poco más en detalle qué argumentos se pueden sostener, aparte del zombie intuitivo de la anécdota futbolera, para decir que efectivamente existen esos qualia. Supongamos que alguien en vez de ser un zombie que no siente nada, siente las cosas de una forma completamente distinta a uno. Pensemos en cuando uno ve una cosa de color rojo y le genera la sensación de rojo, bueno, él ve la misma cosa pero le genera la sensación del verde. Podríamos hacer eso con todos los colores invirtiendo el espectro y hasta podríamos hacerlo con todos los qualia.

Ahora imaginemos que hacemos un experimento con alguien a quien, cuando nace, se le implantan unos lentes que lo hacen ver sólo en blanco y negro. NOTA: Los experimentos mentales son buenísimos, están llenos de ventajas, nunca dan malos resultados, no hay riesgo de accidentes, no te los tiene que aprobar ningún comité de ética, no hay que pasar horas en un laboratorio. Retomando, este individuo crece sabiendo de la existencia de lo que los otros llaman colores, y se dedica a estudiarlos en profundidad hasta conocer todo aquello que se pueda física, neurológica y psicológicamente sobre éstos, planteando un futuro distante en el que se ha llegado a un conocimiento completo y acabado de ellos. Si le sacan los lentes y se le devolviera el color, ¿aprendería algo nuevo?

Por último supongamos que te agarran a vos (que lo más cerca que estuviste de saber chino fue cuando te dieron mal un vuelto y tuviste que explicar con lenguaje de señas que los caramelos no son moneda de curso legal) y te ponen en una habitación con sólo una ventana por donde te pasan una hoja escrita con una pregunta en chino. Lo único que tenés adentro de la habitación para responder la pregunta es un manual donde están tipificadas todas las respuestas a las preguntas que te van pasando. Vos copiás los símbolos chinos tal como dice el manual y devolvés la hoja por la misma ventana. Afuera está el chino que atiende el supermercado, que lógicamente va a creer que ahí adentro hay alguien que entiende chino, pero ya sabemos que no es así, que estás vos, confundido, escribiendo como podés y preguntándote si acabás de ayudar a fundar un supermercado o respondido una propuesta matrimonial. Este nos lleva a pensar que cualquier conducta, no importa cuán compleja, podría ser realizada por un sistema sin conciencia. Del sólo hecho de ejecutar instrucciones de forma mecánica no se infiere la necesidad de que éstas sean conscientes.

No sé cuán convincente es el argumento del zombie verde chino, pero lo interesante de la argumentación filosófica no es tanto el convencimiento o las respuestas últimas a una pregunta específica, sino el aporte de otra manera de ver las cosas. Una manera que enriquece nuestra visión del mundo y nos hace replantearnos la solidez de nuestras creencias previas. Ninguna posición en filosofía es unánime, y esta cuestión en particular divide a los filósofos en quienes piensan que los zombies son concebibles pero no metafísicamente posibles, con una mayoría del 36%; quienes sí creen que son metafísicamente posibles, un 23%; los del bando de inconcebibles que sostienen un duro 16%, y el resto, que no sabe/no contesta, con el 25% de la torta.

Hasta ahora no existe una respuesta desde el punto de vista científico a si pueden o no existir así que, como quien quiere la cosa pero no logra dilucidarla, los que trabajan sobre el problema se limitan a descalificarlo como relevante.

Viniendo de una especie que se caracteriza por su sociabilidad y por la capacidad de organizarse en algo más grande que lo individual; entender las limitaciones de lo subjetivo es necesario y, muchas veces, frustrante. La filosofía puede no servir para encontrar respuesta pero, en una de esas, puede ser el camino que encontramos para nunca estar cómodos con la forma de hacernos las preguntas.

Ilustración:  Senshi Antares