Carrito
El carrito está vacío.
Esa_estrella_era_mi_lujo

IMG:  Javier Delfino  

Esa estrella era mi lujo

TXT:

La verdad es que no sé bien cómo se ganan la vida quienes se dedican a la historia, pero imagino que intentan reconstruir hechos basándose en evidencia. O al menos eso es lo que uno espera.

Algo así como los programas del History Channel, esos que pasan en Pascuas y Navidad, donde juran y recontra juran que alguien encontró los Evangelios Secretos de la Gran Posta, o el Sudario Bien Sudado de Jesús, o una terrible variedad de ‘evidencia’ que nos permite confirmar que, en algún lugar, en algún momento, vivió un fulano (un revolucionario de la época) que se hizo llamar Hijo de Dios y que lo terminaron limpiando del mapa, como a tantos revolucionarios de la historia.

Lo cierto es que, Hijo de Dios o no, dejó una caterva de gente viviendo de su cuentito, y sino pregúntenle a Panchus I. Y, permítanme el atrevimiento, creo que esto se debe a que toda buena historia se vuelve más y más creíble a medida que en ella aparecen más y mejores detalles; pequeñas cosas confirmables por otros medios que nos hacen sentir que ‘Obvio, esto re pasó y ahora sí tiene un montón de sentido que un chabón muera y vuelva del más allá a los 3 días porque se olvidó algo’.

La realidad es que la historia de Cristo (como la historia de todo ‘mesías’, hay que decirlo), viene medio floja de papeles, pero también tiene mucho material histórico de backup: que los judíos eran los que cortaban el bacalao en los mercados, que los romanos crucificaban gente, que Herodes mandó a limpiar bocha de bebitos y algún que otro etcétera.

También es cierto que mucho de lo que se encuentra de aquellos años mozos (?), como textos, tablillas, manuscritos, etc., son tan truchables como cualquier otra cosa hecha por manos humanas en cualquier época.

Acá es cuando antropólogos e historiadores salen a buscar algo que no podamos tocar, pero sí avalar científicamente; y entonces levantan el teléfono y llaman a su astrónoma de confianza y le preguntan: ‘Che, ¿qué onda eso de la Estrella de Belén?’. Y ahí arrancan las especulaciones sobre qué evento astronómico podría usarse como respaldo científico para bancar la aparición de la famosa Estrella, que supuestamente guió a los Reyes Magos hasta Belén, donde había nacido Shisus.

El primer problemita que encontramos es que, a pesar del tajante a.C-d.C, no hay un acuerdo histórico respecto a la fecha oficial de la Navidad (digamos que el Registro Nacional de las Personas no estaba muy aceitado en aquel entonces), aunque la fecha se estima entre el 7 y el 5 a.C.. Por suerte, como la astronomía es casi tan antigua como Mirtha, hay datos de astrónomos del momento que marcan eventos importantes o destacados que se vieron en el cielo en ese intervalo de tiempo y que, basándose en las referencias bíblicas, podrían identificarse con la Estrella de Belén.

Así… las candidatas estelares son…

SILENCIO DE OSCAR (atención que se vienen un par de nombres Caballeros del Zodíaco style)

a) La triple conjunción (acercamiento aparente en el cielo de dos o más cuerpos celestes) de Júpiter y Saturno: en el año 7 a.C., Júpiter y Saturno estuvieron en conjunción unas tres veces cerca de la constelación de Piscis. La interpretación que, se supone, habrían hecho los Magos sería algo así como que ‘un gran rey (Júpiter) de Justicia (Saturno) nacerá entre los judíos (Piscis)’. La doroga.

b) La doble ocultación de Júpiter tras la Luna: más o menos en el 6 a.C., aparentemente sacaron una tirada de monedas romanas que celebraban el nacimiento de un nuevo Rey con la aparición de Júpiter (en aquella época no se sabía que era un planeta y se la consideraba la estrella de los reyes) sobre la constelación del nuevo rey (Capricornio). Estas monedas ubican una estrella y la imagen de un cordero, que aparece como símbolo del judaísmo. Esta ocultación se habría producido dos veces, con la Luna en fase Nueva (es decir, no se veía) que se encontraban en el este de Aries (‘…vimos su estrella en el este’), lo que sería otro indicio de que la Estrella se refería a este evento.

c) La visión de un cometa cerca de la constelación de Capricornio: la teoría del cometa aparece cuando pensamos en que en toda postal navideña que se precie de tal, aparece una estrella con ‘cola’. Y parece que esto se lo debemos a Giotto que, en 1304, pintó ‘La adoración de los reyes magos’, dibujando un cometa sobre el pesebre. Lo que se cuenta por ahí es que este tal Giotto se impresionó por la aparición del Halley en 1301 y por eso lo agregó a su obra, aunque mucho tiempo después del supuesto nacimiento del supuesto mesías.

d) La aparición de una nova superbrillante en la constelación del Águila: como estamos buscando fenómenos astronómicos vuelapeluca, por supuesto que en la lista no pueden faltar las novas, estrellas que aparecen de golpe en un lugar del cielo donde antes no veíamos nada, debido al aumento de brillo repentino de una estrella que literalmente explotó.

Para las últimas dos opciones enseguida encontramos algunos inconvenientes. En el caso de la nova, si bien hay algunos registros de astrónomos chinos y coreanos de esos años, actualmente no se encontró ningún remanente en la zona del cielo que ellos marcaban. Y resulta que las novas no son de esas que pasan sin pena ni gloria. Al contrario, son de esas que cuando todo explota dejan huella; y no una huella del tipo cepillo de dientes en el baño o bombacha en el cajón, sino más bien una de gas y polvo que emite mucha radiación aunque pase mucho tiempo, y que si hubiera explotado hace dos mil años, todavía podríamos ver. Así que medio que la hipótesis de la nova no puede durar (como esa relación que te dejó el cepillo de dientes).

Para las otras tres hipótesis, esta casiastrónoma que escribe no logró conformarse con los argumentos que circulan en la red y decidió meter la mano en la llaga. Así que abrí el Stellarium (GRAN software totalmente libre y gratuito de simulación astronómica, ideal para jugar en tardes de lluvia o noches nubladas de insomnio, cuando extrañamos el cielo estrellado o a la dueña del cepillo) y modifiqué la ubicación de ‘La Plata, Argentina’ a ‘Belén, Turquía’, y la fecha de ‘Hoy a ‘7 a.C.’, a ver si lograba ponerme en los zapatos de Los Reyes Magos, que deben ser bastante incómodos comparados con el calzado actual.

Sí, así de loco. Tenemos tanto conocimiento sobre cómo se mueven las cosas en el cielo, que no sólo podemos saber dónde están o dónde van a estar, sino también dónde estuvieron en casi cualquier momento de la historia.

Lo primero que traté de hacer fue, tomando las fechas aproximadas que se estiman en distintos estudios históricos, simular el cielo de las noches en las que habrían ocurrido estos hechos candidatos.

Lo que encontré fue esto:

Estrella_01

Eso que vemos ahí como una ‘estrella doble’ son Júpiter y Saturno, que están muy pegaditos. En principio parece que podrían aparecer en el cielo como algo realmente groso, con la Luna muy cerca, haciendo grande el espectáculo. Pero mirando la información que el programa nos da cuando marcamos los objetos, comparando los datos de posición en el cielo, y con un poquito de geometría esférica acá y allá, nos da que la separación angular aparente (qué tan pegaditos los veían) entre estos planetas era mayor que la resolución del ojo a simple vista, que es entre 1′ o 2′; es decir que se veían más separados que lo que el ojo alcanza a distinguir como dos cosas que están cerca pero no se tocan. O sea que lo de la conjunción candidata a) podría ser, pero depende mucho de las condiciones de la atmósfera cuando los Magos la vieron, ya que a veces la atmósfera difumina los objetos celestes aumentando su tamaño aparente y esto podría hacer que los vieran todavía más pegaditos de lo que en realidad estaban. Así que no podemos afirmar ni desmentir nada.

Acá lo que tenemos es la posible ocultación de Júpiter tras la Luna candidata b):

Estrella_03_ocultacion-escala

Toqueteando la fecha y la hora, lo más cerca que los pude poner fueron unos 2°, que es mucho más que la resolución del ojo, o sea que no logré reproducir la ocultación. Pero, otra vez, esto puede tener que ver con condiciones del cielo, o quizás con algún ajuste del software; hay que ver que en la pantalla de la compu todo muy rico, muy fino, pero cuando miramos el cielo los tamaños aparentes de las cosas juegan un papel central, y es posible que la escala del programa nos engañe y a simple vista sí se viera a Júpiter ‘desaparecer’ detrás de la Luna. Lo cierto es que si se vio la ocultación, se vio en Capricornio, al Este de Aries, tal como dice la moneda romana (WOWOWO, ¿tenemos acaso una candidata?).

En esta otra imagen lo que está marcado con el puntero rojo es la posición del Cometa Halley candidato c):

Estrella_02_halley

‘Eeeeh yo no veo nada, ¿¿qué onda??’. No se asusten, no son ustedes, somos todos: no se ve porque la magnitud es muy alta (somos gente rara, así que para nosotros magnitud alta es brillo bajo, bien antiintuitivo). Así que, por lo menos para el programa, habría sido imposible verlo. Porque si, como dice la ficha técnica que el Stellarium nos da del Haley, su magnitud era de 25.58, y el ojo detecta, con toda la furia, objetos de hasta magnitud 6 o 7, está claro que el cometa jugaba en el mismo equipo que la Mujer Invisible.

En su ensayo ‘La Estrella de Belén’, Asimov plantea otra posibilidad y es que el cometa Halley era algo muy visible (cosa que no coincide con los datos del programa), y bien identificable (por lo menos antes de desintegrarse en partecitas después de su última pasada hace muy poquito, en el ’86). Por lo cual todo el mundo tendría que haberlo visto, y si los Magos llegaron de oriente hablando de una estrella que representaba el nacimiento de un Mesías, a nadie se le habría escapado de qué se trataba y Herodes no se habría visto obligado a preguntarlo, como dicen que tuvo que hacer.

Para el amigo Asimov hay otras cuantas alternativas que incluyen meteoritos, datos falsos y engaños varios; pero estas cuatro parecen ser las que más dudas generan, por la cantidad de gente que registró estos eventos tanto en occidente como en oriente, así como también por la posibilidad de verificar su existencia a través de predicciones sobre el pasado (loco, ¿no?) que se pueden hacer con simuladores astronómicos.

Lo importante es que algo pasó. Que el cielo algo mostró. Que los Magos (o al menos quienes escribieron esa parte de la historia) lo vieron y que hoy la ciencia nos permite investigarlo, tratar de hallar evidencia que lo avale.

Quizás no lleguemos a un acuerdo sobre qué fue la supuesta Estrella de Belén, pero por lo pronto nosotros podemos seguir jugando con las herramientas de investigación, tratado de hacer nuestro propio estudio con los datos disponibles.

Es hermoso que todo lo que sabemos hoy nos permita también saber cosas sobre el ayer; estudiar los hechos históricos para entender que, si los Reyes Magos divisaron un evento singular en el cielo de Belén aquella supuesta noche, debe existir un correlato astronómico que lo explique y que dé cuenta de que, de haber ocurrido realmente aquel episodio, mal que le pese a toda una tradición masiva y milenaria, no fue magia.

Ilustración:  Javier Delfino