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Engendros_de_raza

IMG:  Juan Elizalde  

Engendros de Raza

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Decidí escribir sobre perros. No es que sea fan de estos mamíferos cuadrúpedos de la familia de los Canidae. De hecho, es probable que si veo a un Rottweiler sin correa me cruce de vereda. De chico les tenía bastante miedo, luego me fueron indiferentes y ahora algunos hasta me dan un poco de pena. Les voy a contar por qué.

Los perros con pedigrí o “de raza” son animales concebidos, en su mayoría, según estándares estéticos determinados para cada una de esas razas. El color de pelo, la forma de la cola y del hocico, la verticalidad u horizontalidad de sus orejas, la cercanía de su abdomen al suelo o la carita triste, feliz o amenazante son sólo algunos ejemplos. Estas características están determinadas por los genes, secuencias de bases nitrogenadas que están escritas a lo largo de dos cadenas de ácido desoxirribonucleico y comprimidas en paquetes sin envoltorio llamados cromosomas.

De acuerdo con la biología, no existen genes buenos o malos, sino que todos participan de la evolución ante un ambiente cambiante y nunca se sabe cuándo uno de ellos va a ser seleccionado y, por lo tanto, heredado durante miles de generaciones. Sin embargo, para nosotros y nuestra efímera existencia, algunas variantes de estos genes pueden resultar pésimas ya que son responsables de malformaciones y enfermedades horribles de todo tipo. El asunto es que para los perros, mascotas y demás seres vivos, también. De acá en más, sugiero que los amantes incondicionales de los animales de raza se bajen en la próxima parada o se atengan al daño emocional que pueda generar llegar a la terminal.

La mayoría de los linajes de cánidos fueron acumulando genes malos durante cientos de generaciones. La responsabilidad de esta cruel manipulación de la naturaleza está repartida entre los criadores, los veterinarios y sí, ustedes, los dueños. Pero, “¿por qué, si me gustan los perros con la colita enrulada, tengo la culpa de todos los males del universo perruno?”. Porque la colita enrulada es sólo la parte simpática que evidencia la función de un gen. Pensémoslo así: si ese gen afecta la forma de la cola, podría ocurrir que lo que produce es que los músculos del rabo tengan una composición diferente, que modifica la forma de las fibras musculares. Como la cola no es la única parte del cuerpo de un animal que tiene músculos, puede que otros músculos del cuerpo también estén comprometidos. La colita con doble rulo del Pug, ese perrito monono que aparece en la película “Hombres de Negro”, pone en evidencia una patología que, muchas veces, termina con una horrible parálisis.

Los canes que están en el “top ten” de defectos heredables son el Ovejero Alemán, el Bóxer, el Golden Retriever, el Dobermann y el Spaniel, entre otros. Hace un siglo, el Ovejero Alemán solía ser un perro ágil que pesaba alrededor de 25 kg. Hoy, con casi 40 kilos, quizás pueda arrear tortugas, si le dieran bola, y sufre numerosos problemas de cadera, deficiencias renales y una alta frecuencia de tumores. Es como un perro de 4 años atrapado en el cuerpo de uno de 10.

Los perros con hocico achatado, como el bóxer, tienen problemas en la regulación de la temperatura y, por lo tanto, sufren riesgo de paro cardíaco cuando el clima es muy caluroso. Un caso interesante para la neurociencia es el del bull terrier. Este animal, además de tener superpoblación de dientes que lo hacen más parecido al peor amigo del surfista que al mejor amigo del hombre, tiene una insufrible compulsión: la persecución sostenida de su cola. A la vista del ciudadano de a pie, puede parecer simpático, pero la realidad es que el miserable perrito posee una patología bastante similar al trastorno obsesivo-compulsivo (TOC). Digamos que de alguna manera los humanos, en particular aquellos que aman a los animales, se dedican a seleccionar criaturas que viven menos y sufren más de lo que deberían. Algo así como pegarle al bebé para que llore y luego poder consolarlo.

Se preguntarán ustedes por qué aparecen estos defectos en los perros de raza con mayor frecuencia que en los perros marca “perro” o “de la calle”. Una de las razones es que muchas de estas variantes genéticas elaboradas por el diabólico capitalismo son recesivas. Sí, recesivas, como los hermosos ojos verdes o el inusual grupo sanguíneo “0”. Si una de ellas es recesivamente maligna y la otra no, tenemos nuestro ángel de la guarda que nos salva. Si las dos copias son recesivas no hay ángel y sólo queda bailar con la más fea. La mejor forma de expresar caracteres recesivos en un ser vivo es mediante el cruzamiento de individuos portadores de estas variantes recesivas. Cruzar hermanos con hermanas, padres o tíos termina generando individuos tan parecidos que apilar dos copias de la misma información termina casi siempre igual: ese dedo de más que tienen todos los primos, la joroba de los tíos o ese bigote de Cantinflas que poseen todas las damas de la familia. Entonces, si las dos copias del gen son las recesivas, ¡bingo!, vamos por buen camino al desarrollo del engendro mutante.

Para que la característica recesiva siga existiendo a través de las generaciones, es necesario seguir reproduciendo individuos con variantes genéticas lo más parecidas posibles. Y ya se imaginan qué pasa cuando se reproducen este tipo de individuos, porque era lo que hacían las familias reales para mantener la “sangre real”. Digamos que este tipo de unión sanguínea no saca lo mejor de la especie, sino todo lo contrario. Basta salirse un poco de los cruzamientos entre perros de la misma raza para que vuelvan a aparecer el hocico alargado, el color uniforme, las orejas cortas, las patas más largas y otros atributos típicos de un espantoso pero saludable sabueso.

“Pero, si mi intención fue seleccionar la manchita en forma de corazón en el hocico, ¿por qué el perro tiene que sufrir y morir de cáncer prematuramente? ¿Por qué? ¿Por quéééé?”. Para encontrar al proceso responsable de generar este monstruo por dentro, hay que retroceder unos años a nuestras clases de biología del secundario y repasar el concepto de ‘meiosis’, es esa suerte de división celular especial que genera las gametas –óvulos y espermatozoides–, donde cada gameta contiene la mitad de la información genética para fabricar un individuo.

Como dijo el sabio doctor Ian Malcolm en “Jurassic Park”, cuando todo comienza a irse al demonio “life finds a way”. La vida encontró que una manera de aumentar la variabilidad es haciendo que cromosomas con información similar intercambien durante la meiosis pedazos de esta información –algo así como cuando cambiabas figuritas de chico; cambiabas una de Spiderman por una del Capitán América, pero no por una de Francescoli–. Estos cachos de ADN contienen varios genes, y los genes que están físicamente cerca tienen mayor probabilidad de quedarse juntos durante este intercambio de pedazos. Si los genes que determinan el hocico achatado están cerca de genes relacionados con cierta predisposición al cáncer de colon, podemos intuir cuál será el oncológico resultado de ese afán de desarrollar todos esos perritos de country y familias bien. La naturaleza lucha contra la falta de diversidad, y el ser humano dueño de un criadero de perros con pedigrí le da batalla a la naturaleza.

¿A quién le conviene todo esto? Spoiler Alert: al perro, seguro que no. La matemática del asunto es muy sencilla. Si el cánido muere joven, el dueño va a querer otro y es probable que pague por él. Si el engendro se enferma frecuentemente, rellena las arcas del veterinario y de las empresas farmacéuticas que fabrican los medicamentos de precios bastante inflados, porque no los cubre la obra social ni la prepaga. La economía fluye como un río que lleva los cadáveres de estos efímeros engendros mutantes nacidos para sufrir y morir jóvenes. Mientras tanto, los que determinan los patrones de belleza de estos animales disfrutan de sus mansiones con piscina, sus autos de alta gama y sus desayunos continentales. Por ahora, el glotón capitalismo se alimenta de la biología y del inocente amor por las mascotas.

Si tenés un perro de raza, no le pongas “Darwin”, a Charles no le gustaría.

Ilustración:  Juan Elizalde