Carrito
El carrito está vacío.
Embarrar_la_magia

IMG:  Franco Viglino  

Embarrar la magia

TXT:

Estamos rodeados de cosas increíbles. En un instante podemos armar una larga lista de elementos y sucesos cotidianos fascinantes. Arranquemos por los lugares comunes, bien a lo Woody. Tenemos al sol. Amanecer, atardecer. Divino. Eso nos lleva a la playa. Nos encanta la playa. Los médanos, la arena, el castillito, las bikinis y los guardavidas. Llegamos hasta el mar. Las olas, la masa de agua infinita y el horizonte, esa linita del fondo que siempre te pone reflexivo. Tanto que colgás y te agarra la noche. Ahí aparece el que quizás sea el lugar más común de los lugares comunes: la luna, el astro preferido para todas las canciones, novelas y películas. Qué cosa hermosa pero empalagosa la luna. Cuanto más luna, más cursi. Así y todo, nuestro satélite natural debe hipnotizar hasta al escéptico emocional más fundamentalista en alguna que otra noche subversiva. Porque nadie le escapa a la luna. Y, cuanto más grande, más difícil escaparle. Así funciona la gravedad. Desde donde estamos, la luna no nos hace nada, salvo ponernos hipermelosos. Pero al océano, un cacho de masa de agua enorme, lo menea de acá para allá, hasta apoderarse de tus ojotas.

En la ley de gravedad, Isaac Newton ‒sí, el de la manzana‒ dice que la atracción entre dos cuerpos es directamente proporcional a su masa e inversamente proporcional a la distancia entre ellos. Por eso caminamos raro sobre la luna, porque tiene menos masa que la tierra y entonces nos atrae con menos fuerza. Y por eso el Principito habría durado medio segundo en B612, perdiéndose en el espacio hasta caer quizás en algún planeta mala onda.

Entonces ese momento clásico y maravilloso de mirar la luna desde la playa mientras escuchamos el mar, ahora está todo apestado de conocimiento sobre por qué tengo los pies clavados en la arena y por qué escucho el agua cada vez más cerca. Lo rompí. Perdón, mala mía.

Volvamos al día, que también tiene cosas copadas. El arcoíris, por ejemplo. No existe corazón de telgopor que pueda negar la belleza de un arcoíris. Por supuesto que tampoco faltó erudito con exceso de tiempo libre que buscara explicación a este fenómeno. Para sorpresa de nadie fue el mismísimo Newton, Grinch de la magia de la naturaleza, el que terminó de describir casi por completo los fundamentos de lo que ocurre durante la formación de un arcoíris. Newton vio que cuando un rayo de luz natural atraviesa un prisma de vidrio, la luz se descompone en distintos colores. Así demostró que la luz natural, también llamada luz blanca, está compuesta en realidad por muchas longitudes de onda, que es lo que nosotros percibimos como diferentes colores.

Cuando se genera una llovizna, cada gota funciona como un pequeño prisma que separa la luz natural en todas las longitudes de onda que la componen. A pesar de que el espectro es continuo, por lo que la luz se descompone en infinidad de longitudes de onda, Newton las agrupó arbitrariamente en siete colores, porque superstición mata ciencia. En su época, el número 7 tenía un atractivo particular. Se conocían siete planetas, siete notas musicales, siete todo. El 7 es también el número que se tatuaría cualquier fanático cristiano, como lo era Newton. En la Biblia, solamente en el libro del Apocalipsis, San Juan menciona cincuenta y cinco veces al número 7. Todo muy normal.

Bien. Junto con la ayuda de Isaac ya arruinamos la noche mágica en la playa y el misterio del arcoíris.

La lista de lo que nos fascina es interminable y sus componentes generan ese sentimiento encontrado de querer saber pero de no querer dinamitar la maravilla. La cuestión se vuelve todavía más compleja si nos ponemos antropocéntricos. ¿Qué pasa cuando le buscamos explicación no sólo a los fenómenos que nos rodean, sino también al efecto que provocan en nosotros? Acá es cuando la cosa se pone filosóficamente picante. Porque todo bien con la belleza del universo, pero si no fuese por nosotros, que damos carga semántica y emocional a todas esas maravillas que nos rodean, las auroras boreales sólo serían un par de manchitas insignificantes en el cielo. Intentar entender los mecanismos por los cuales la naturaleza nos afecta implica entendernos a nosotros mismos que somos, básicamente, nuestro cerebro. Amor, odio, miedo, tristeza, alegría. Vivimos de nuestras emociones y hoy contamos con la tecnología para estudiar los procesos neurofisiológicos que las originan. ¿Acaso entender qué pasa en nuestro sistema nervioso cuando estamos alegres o cuando estamos tristes cambia la naturaleza de los sentimientos?

Lo cierto es que necesitamos saber. Necesitamos conocer. Tenemos dudas sobre todo lo que nos rodea y sobre nosotros mismos. Desnudar la naturaleza, ver el backstage, tiene esa cosa de embarrar la magia. Pero la magia también nos angustia, no nos termina de cerrar. Histeriqueamos con lo místico, pero no podemos dejar de buscar ‘la verdad’, o al menos alguna explicación probable para lo que pasa afuera y adentro.

Quizás no deberíamos entender entender como un mecanismo destructor de lo maravilloso. Quizás, entender sea, justamente, un elemento más en nuestra lista de cosas fascinantes.

Ilustración:  Franco Viglino