El-Mar

El Mar

Kids, help your parents if they
don’t know how to use a smartphone.
Buzz Aldrin

La pileta era grande, pero no tanto. Isabel la miró al atravesar el jardín, protegido por paredones altos, delineado con árboles todavía jóvenes, de esos que se plantan al construir la propiedad y que van creciendo conforme la familia se arraiga y macera. Miró el reflejo del sol en el agua y pensó en las vacaciones que todavía no podía tomarse.

Detrás de la pileta había un cobertizo. Al otro lado del sendero por el que avanzaba, un juego de muebles de jardín, de hierro blanco, descansaba vacío bajo un fresno. Por último, al final del camino, como el castillo de Oz, se elevaba la casa de los Arruchi. Dos plantas. Balcones con pequeñas columnas a modo de baranda. Puerta de doble hoja. Y sin embargo polvo en la entrada, un poco de humedad en las paredes, prioridades de una economía doméstica fluctuante.

Encontró un portero eléctrico también en esa puerta, a pesar de que ya se había anunciado a través de otro similar en el portón de entrada. Isabel lo ignoró y llamó usando la aldaba, más por placer personal que por convicción de ser escuchada. Sabía que la estaban esperando, así como sabía, a fuerza de ir a tantas casas vendiendo el servicio, que no sería atendida por un mayordomo.

El Sr. Arruchi abrió la puerta con una sonrisa. Pase, pase, dijo, buen día, muchas gracias por venir, siéntese, ya la llamo a la cumpleañera, ¿quiere tomar algo?

Isabel aceptó un vaso de agua que el Sr. Arruchi en persona fue a buscar a la cocina. Aprovechó el intervalo para mirar alrededor. Muebles de madera oscura, lámparas de pie, mesa ratona con libros de fotos encima. Uno era sobre caballos, el otro sobre paisajes. Decidió que lo mejor sería ordenar sus papeles. La gente amaba los papeles. Aprendían todo lo que necesitaban por Internet antes de siquiera hacer el primer clic que disparaba el alerta en su oficina. Pero una vez que eso sucedía, ella tenía que responder al pedido, establecer una cita y acercarse para una charla personalizada. Y tenía que llevar papeles. Folletos. Formularios. Elementos físicos que generasen la sensación de que el viaje espacial que estaban a punto de contratar era real, era algo material que entraba a sus casas y que no podía invisibilizarse con sólo apagar la computadora.

El Sr. Arruchi volvió trayendo un vaso con agua y hielo encima de una innecesaria bandeja de plata. Ella agradeció con una sonrisa y enseguida la voz del Sr. Arruchi la aturdió, gritando en dirección a la escalera:

– ¡Matilde! ¡Vení que llegó la promotora! ¡Dale!

Odiaba la palabra promotora.

Dos segundos después, una chica de catorce años bajó como un alud. Estaba un poco excedida de peso pero presentaba todos los cuidados que se esperaban de una mujer de su edad y su condición.

– ¡Hola! –dijo Matilde. Si estaba así de emocionada ahora, no quería imaginársela el día del despegue.

– Hola Matilde, ¿cómo estás? ¿Con ganas de viajar?

– ¡Sí!

– Bueno, vení que te cuento qué opciones tiene Space Events para vos.

El Sr. Arruchi tomó posición en el sillón largo junto a su hija, Isabel en el sillón individual enfrentado. Con delicadeza corrió los libros de caballos y paisajes y desplegó sobre la mesa todas las posibilidades que la compañía ofrecía para las quinceañeras que querían algo diferente.

Traslado al lugar del despegue, alojamiento en tierra para los familiares durante las 48 horas que duraba el viaje, comidas especiales, posicionamientos panorámicos sobre un lugar del mundo a elección (abonando una tarifa extra un poco abultada pero bien invertida), fiesta con música electrónica en gravedad cero para la agasajada y once acompañantes. A medida que enumeraba las prestaciones los ojos de Matilde se abrían más y más. Las imágenes de los folletos mostraban adolescentes divirtiéndose con grandes ventanales atrás donde se podía ver la Tierra o la Luna, o bien flotando y riendo entre un millar de estrellas de espuma que danzaban ingrávidas y que la cámara había sabido congelar. Eran fotografías sacadas en un estudio y retocadas digitalmente, porque era más barato, pero servían para ilustrar el servicio y despertaban pequeños alaridos de emoción en las futuras pasajeras. Isabel pasaba las páginas y señalaba los puntos importantes mientras el cansancio se instalaba furtivo en lo más profundo de su cerebro, como el enemigo tomando un territorio de noche. Pensó en las vacaciones.

– Muy bueno, muy bueno –repetía sin cesar el Sr. Arruchi, tratando de mostrarse como un cliente interesado pero criterioso –Aunque, antes que nada, tengo algunas preguntas concernientes a la seguridad. –Miró a Matilde, indicándole que ahora se hablaría de asuntos serios y que era conveniente que se mantuviera callada.

Isabel corrió un folleto y tomó otro, mecánicamente. Ni siquiera necesitaba pensar lo que tenía que decir. Su voz brotó natural, sin ceder entusiasmo.

– La seguridad es la primera y principal preocupación para Space Events. Como puede ver aquí, los procedimientos que la empresa establece para garantizar la integridad física y emocional de los pasajeros están verificados internacionalmente. Las aeronaves cuentan con todo tipo de medidas de seguridad, el despegue, órbita y aterrizaje se monitorean permanentemente desde la base terrestre, el descenso controlado a tierra es siempre la primera opción ante cualquier indicio de peligro.

– Ah, muy bueno, muy bueno –decía el Sr. Arruchi.

– Claro que –Isabel aplicó el tono preciso, sabía que era el momento más delicado de la venta –se les exigirá firmar un documento eximiendo de responsabilidades a la compañía por cualquier accidente que no sea producto de un mal proceder por parte del personal, error de diseño o falta de mantenimiento de la nave.

– Ajá…

– Ay, dale papá. Es obvio que esas cosas no pasan.

– No han pasado nunca desde que abrimos al público –confirmó Isabel, fingiendo estar muy orgullosa de eso.

– Bueno, siendo así, nos quedaría hablar de las formas de pago –dijo el Sr. Arruchi.

– Bueno, las tarifas para un pasajero comienzan en…

– No –intervino Matilde– Somos doce pasajeras. O sea, yo, Mica, Flor, las mellis, Romina…

– Pero cada una se pagará lo suyo –Arruchi quiso sonar asertivo, pero a Isabel no se le escapó el ligero temblor de párpado que acompañó sus palabras.

– Cata, Marian… –siguió Matilde– ¡Y si la invito a Marian tengo que invitarla a Anita! No me queda otra. O sea, no me la banco, pero no puedo no invitarla.

– Pero Matilde, yo no puedo pagar doce pasajes –La voz del Sr. Arruchi descendió a medida que avanzaba en la frase, amortiguada por la vergüenza que le daba pronunciarla en frente de una representante de tan prestigiosa compañía multinacional. Isabel olió el fracaso de la venta como pescado podrido.

– Si quieren puedo volver otro día… –aventuró, sabiendo que ya no volvería.

– Un momento, señorita –el Sr. Arruchi le hizo un gesto para que se quedara sentada, dando rienda suelta de pronto a esa autoridad emergente del hombre-que-provee. –Matilde, podés elegir una amiga. Hasta dos pasajes pago, más no.

Pero la autoridad del Sr. Arruchi, como su cuenta bancaria, se erguía sobre la arena y Matilde, que ya lo intuía, empezaba a corroborarlo. Y con la corroboración sobrevino el llanto, y con el llanto los gritos acerca de lo inapropiado de invitar gente a un cumpleaños y pedirles que se paguen el pasaje. El Sr. Arruchi gritó a su vez, pero sobre la economía y las costumbres parasitarias de las familias amigas.

Matilde intentó un comentario fulminante que apenas se oyó y desapareció por la puerta que daba a la cocina mientras Isabel terminaba de juntar los papeles. El Sr. Arruchi, deshecho en disculpas, la acompañó a la salida y le prometió que la llamaría tan pronto hiciera entrar en razón a su hija. Isabel le dijo que sí, que por supuesto, y pensó en comprar el primer boleto a la costa.

Se despidieron rápidamente, sin terminar de coordinar el saludo.

Mientras recorría el sendero camino al portón, vio algo que se agitaba en los sillones de hierro blanco bajo el fresno. Se acercó a Matilde que lloraba, divorciada a la fuerza de sus ilusiones.

– Tranquila –le dijo.

Matilde levantó la cabeza.

– Vos no entendés, yo ya les dije a todas las chicas, voy a quedar como una tarada. Les dije que íbamos a ir al espacio. Y ahora, ahora no sé a dónde… –se sorbió los mocos– Cualquier lado va a ser un asco en comparación con ir al espacio.

– Bueno, pero tampoco te pienses que es la gran cosa, eh. No podés hacer mucho todo el viaje. Tenés que mirar por un vidrio muy grueso, y el ratito que te dan para festejar es media hora nomás. Son puros protocolos. Te vas a divertir más en otro lado.

– Vos decís eso porque debés viajar siempre al espacio, claro.

Isabel se rió honestamente.

– No, yo no fui nunca. Yo me voy de vacaciones a Mar del Plata.

– ¿En serio?

– Bueno, un par de veces viajé al sur, pero por lo general…

– ¿Y es lindo Mar del Plata?

– Claro que es… ¿Qué? ¿Nunca fuiste?

– No.

– Bueno, me imagino, tu papá te debe llevar a Punta del Este. No es lo mismo, pero…

– No, no conozco el mar –dijo Matilde.

Después se dio vuelta y siguió llorando a solas bajo el árbol.




Hay 18 comentarios

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  1. Enrique Alfonso

    Muy bueno el cuento. Pensé que en cualquier momento ibas a empezar a plantear alguna postura científica… ¡Genial hacer literatura sin procuparte demasiado por cumplir con ciertos “cánones”!
    No me lo esperaba y me encantó.

  2. Joaco

    Me esperaba que en algún momento Isabel sacaría un arma y mataría al boludo de Arruchi. El otro cuento me dejó tocado!

    Muy bueno!

  3. Ana

    Buenísimo e inesperado final. Me gustó mucho.
    Aprecio mucho este regalo literario de los Gatos.
    Felicitaciones, Juan Cruz, me encantan tus cuentos.

    • Juan Cruz Balian

      Y la ibas a seguir buscando jaja. En estos cuentos lo científico es el punto de partida, el telón de fondo, la óptica desde donde se piensa el futuro, el marco para los conflictos humanos que son, en definitiva, lo más interesante (si no lo único) que puede abordar la literatura.
      Me alegra muchísimo que lo hayas disfrutado =)

  4. Luciano Rodríguez

    Hola Juan Cruz. En primer lugar, felicitaciones por el cuento. En segundo lugar, quiero hacerte una pregunta de índole personal: ¿cómo hacés con los tiempos para escribir, trabajar y estudiar simultáneamente? Desde ya, gracias por tu atención. Un abrazo.

    • juan cruz balian

      Hola Luciano. ¡Muchísimas gracias por el comentario!
      Respecto a tu consulta específica, es muy simple: nunca estoy haciendo bien las tres cosas al mismo tiempo.

  5. Matías

    Me encantó. Adhiero a que está bueno por un rato dejar tanta explicación científica y priorizar lo lindo que es el relato.
    Ahora que ya hay dos cuentos tipo Black Mirror: queremos, pedimos, y necesitamos más.


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