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El interior reconfortante de la noche

And Jesus was a sailor when He walked upon the water,
and He spent a long time watching from His lonely wooden tower,
and when He knew for certain only drowning men could see him,
He said “all men will be sailors then until the sea shall free them”,
but He Himself was broken, long before the sky would open,
forsaken, almost human, He sank beneath your wisdom like a stone.
Leonard Cohen – “Suzanne”.

 

El sol bajaba entre dos torres de departamentos. A la vez, un pedazo de luna blanca flotaba prematura en el Este. Lorenzo agitó el fernet para apurar los hielos, acodado en la baranda, y miró primero el sol, después la luna, después el sol, después el chulengo, la luna, la bolsa de carbón, el fernet, el sol. Trianguló mentalmente la posición Tierra mientras daba otro sorbo. Vicios de astrónomo.

El timbre sonó como un error.

–¿Podés ir vos? –gritó girándose apenas hacia adentro del departamento. La voz de Constanza lo sorprendió por un flanco, cargada de vapor a través de la ventanita del baño:
–¡Estoy en bolas, Lolo! ¿No podés ir vos?
–Tengo las manos llenas de carbón –mintió.

Constanza no respondió. No necesitaba responder cuando sabía que sus argumentos eran mejores.

–Ufa –dijo Lorenzo para sí.

Dejó el fernet y se metió. Adentro el departamento estaba oscuro y olía a desodorante de pisos. Decidió que era más efectivo bajar sin atender por el portero eléctrico. Mientras esperaba el ascensor sintió el timbre de nuevo, seguido por el grito que volvía a renacer desde el baño. Ignoró las dos cosas y bajó.

Vio por el vidrio que Analía tenía la cara hundida en el cuello de una mujer que él no conocía. Se habían perdido en la espera y no se dieron cuenta hasta que el ruido de la llave en la puerta las alertó.

–Buenas.

–¡Lolo! –gritó y lo abrazó con fuerza.

Hicieron las presentaciones correspondientes. La novia de Analía se llamaba Judith. Judith, se repitió Lorenzo, que tendía a olvidarse los nombres propios.

Una vez arriba, mientras esperaban que Constanza saliera por fin de la habitación, preparó dos vasos más de fernet y, estando todos servidos, se dedicó a encender el fuego. El sol ya casi desaparecía y la luna se había desplazado, pero permanecía blanca.

–Che, ¿y hace cuánto que están ustedes?

–Seis meses, ¿no? –dijo Analía. Judith asintió sonriendo.

–Uau, ¿hace tanto que no nos vemos? –dijo Lorenzo acomodando la pirámide de carbón que insistía en desmoronarse.

–Más te diría.

Constanza apareció en el vano de la puerta. Tenía el color rosado que adquiere la gente muy blanca recién bañada. Hubo más abrazos y más presentaciones. Lorenzo multiplicó el fernet otra vez, ahora sí con las manos negras hasta los antebrazos, y hubo una picada. El fuego pasó del papel a la madera balsa y poco a poco comenzó a morder el carbón con un ruido crocante. Por un rato hablaron del futuro. Los planes para el año que venía.

 

Analía giraba sobre sí misma, examinando el entorno. Los años no habían logrado borrarle la expresión de curiosidad permanente que tenía desde chica.

–Me encanta lo que hiciste con el balcón –le dijo a Constanza, que pasaba cargando una bandeja repleta de ensalada.

–¿Te gusta? Las luces las armé yo. Compré las lamparitas, el cable, todo.

–Jodeme, ¿cómo hiciste?

–Te bajo una, mirá.

Dejó la ensalada sobre una silla y se puso en puntas de pie para descolgar una de las guirnaldas. Analía examinó el trabajo minucioso con el que estaban hechas las bolas de hilo endurecido que cubrían cada lamparita.

–Hermosas… pero qué paciencia.

–A mí me gusta hacer esas cosas –dijo Constanza, haciendo un esfuerzo por volver a colgarla. La dejó pendiendo apenas del clavo, balanceándose un poco.

–Te quedó increíble, le da una vida… Y mirá las plantas cómo están.

–Ah no, eso es mérito de Lolo. El botánico es él. Yo no me entiendo con las plantas.

–¡Che, Lolo!

Lorenzo luchaba, medio cuerpo metido en el chulengo, con una nube de humo y chispas. Salió parpadeando y buscando oxígeno.

–¿Qué? Ufff, esta mierda. ¿Dónde está mi fernet?

Judith se lo alcanzó.

–Che, Lolo, qué lindas tenés las plantas.

–Gracias. Están bastante robustas.

–Y altas.

–Sí, yo creo que para cuando las coseche van a estar por el metro y medio.

–Epa.

–Y sí, marzo, abril, calculá.

Constanza administró el espacio libre de la mesa para que cupiera la ensalada y una botella de vino. Judith se levantó para ayudarla.

–¿Qué hacés? Quedate sentada, no te preocupes.

–Dejame, me siento inútil.

Constanza sonrió:

–Qué bueno que viniste, Judith. Escuchamos hablar tanto de vos.

–¡Gracias por invitarme! Cuando Ani me dijo esto de festejar la Navidad me pareció tan, no sé, tan anacrónico que no me pude negar.

–No estamos festejando la Navidad –corrigió Constanza. Sus movimientos se volvieron más lentos, repentinamente consciente de cada músculo que necesitaba para depositar el salero o repartir los platos.

–¿Ah no? –dijo Analía.

–Claro que no. La idea era aprovechar el feriado. ¿Quién festeja la Navidad hoy en día? No quiero hablar por los demás pero al menos yo, desde que murió mi vieja no festejé nunca más.

–Por mí no te preocupes, vengo de familia judía y sin embargo siempre se festejó. Supongo que por la comida y los regalos.

–¿Pero, todavía?

–No, no… también, cuando murieron mis viejos, como que ya dejó de tener sentido.

–Claro… –dijo Lorenzo, otra vez para sí mismo –Judith.

Analía lo escuchó y tuvo que hacer un esfuerzo para no escupir el fernet.

–¿Recién caés, nabo?

–No, si te digo que cada día está más viejo y más lento. –sentenció Constanza. Tenía una resignación tranquila en la voz, casi maternal. –En fin, yo me refiero a que ya no hay gente que la festeje en serio. Que vayan a misa y todo. Que recen en la mesa como antes.

–¿Se rezaba en la mesa antes? No me acuerdo –Analía se limpiaba con una servilleta la cara salpicada.

–Mi mamá hasta el último día lo hizo. Y nos contaba historias de Jesús. Parábolas se llamaban.

–¿Por qué creerían tanto en esas cosas me pregunto yo? –dijo Lorenzo.

–En algo hay que creer. La ciencia no puede explicar todo. Menos lo que dice la Biblia.

–¿Ah no?

–No jodas, Lorenzo.

–No te animás.

Constanza lo miró y decidió recoger el desafío. Todos dejaron lo que estaban haciendo. El juego convocaba a una pausa y las llamas de la parrilla ya bailaban solas.

–Yo empiezo –dijo Constanza –explicame la inmaculada concepción de la virgen.

–Partenogénesis.

–¡¿En un mamífero?!

–Bueno, entonces adulterio. ¡Siguiente!

–¿Cómo explicás la creación del universo? –dijo Analía.

–Big bang, fácil esa, vamos con algo más concreto.

–Bueno, yo qué sé. ¿Me ves cara de haber leído la Biblia?

–Las aguas se abrieron para Moisés y el pueblo elegido –disparó Judith.

–Pleamar y bajamar. O un período de sequía.

–¿David y Goliat? –dijo Constanza

–En esa época la gente medía un metro y medio con suerte, cualquiera por encima de eso era considerado un gigante.

–Jesús caminando sobre el agua.

Silencio.

–¿Orígenes prehistóricos del surf? –arriesgó Lorenzo.

Se rieron, más por la oportunidad de reírse que por el chiste en sí mismo.

–Sos un tarado –dijo Analia. –¿Te acordaste de poner a hacer las verduras que te pedí?

–¿Pero con quién te pensás que estás hablando? –respondió, y sin disimulo se levantó a buscarlas.

–Se había olvidado, lo voy a matar.

–Te  dije que  está viejo –dijo Constanza.

Judith sonrió. Los vasos estaban vacíos de nuevo y la noche se había instalado con comodidad.

 

Los olores subían animados por las brazas, invisibles pero bien mezclados, y se iban de pronto, montados a una brisa que los arrojaba más allá de los límites del balcón. Durante todo el tiempo que la comida duró caliente, la conversación se adormeció. Se hablaba de las ventajas de vivir en un piso alto, de los cubiertos heredados de la abuela, de los cuidados de las plantas, de todo aquello que estuviera a la vista. Y de nada más. Una red de palabras sueltas, colectivas, un cascarón, un campo magnético sumergido en vino, el balcón convertido en el interior reconfortante de la noche, sustraído del tiempo. Hasta que Analía dijo, sin que nadie le preguntara, que no recordaba ninguna navidad. El cascarón se rompió, y alguno de los cuatro probó otro bocado y lo encontró frío.

 

–¿Y vos, Lolo? Perdón que te diga Lolo…

–Decime Lolo.

–¿Tu familia? ¿Festejaban la navidad?

–Mis viejos, a rajatabla. Mantel rojo y verde. Vitel Toné. Lechón al asador. Arbolito. Toda la bola. Yo sé que soy el más viejo acá, así que no se burlen, pero me acuerdo perfecto de las navidades. Un mes antes mi vieja…

–¿Cómo se escribe Vitel Toné? –preguntó Analía

–Con hache –dijo Constanza, segurísima.

–¿Con te hache? ¿Zoné?

–Se escribe como suena. Déjense de interrumpir que estoy contando algo.

–Ay, se puso nostálgico. ¿Querés más vino, Judith?

–Dale.

–Yo me hago otro fernet. Contá, Lolo, contá.

–Bueno, cuestión que mi vieja empezaba a preparar todo como un mes antes. Siempre repetía que los precios se iban a las nubes en diciembre, entonces vos por ahí abrías el freezer en noviembre y ya te encontrabas un bichito congelado ahí, esperando. Y ese día mi viejo encendía el fuego desde las seis, para hacerlo despacito. En la radio pasaban villancicos.

Y cantó:

–Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra pasan los hombres…

–¿No es paz a los hombres? –corrigió Constanza.

–Algo así. Sonaba toda la tarde. Después iban llegando los tíos, los primos, algún amigo que había quedado boyando por ahí. A mí me gustaba ir a abrirles porque pasaba por al lado del arbolito todo decorado, lleno de luces y borlas, que mi vieja armaba en el living. Y después, mientras esperaba que estuviera la comida, mi viejo me daba estrellitas…

–¿Estrellitas? –preguntó Analía.

–Sí, amor –dijo Judith –¿no te las acordás vos? Esas que eran un alambre bañado de no sé qué cosa que la prendías y empezaba a largar chispas. Eran bastante inocentes.

–No, che, ya dije que no me acuerdo.

–¿Cómo se hace el Vitel Zoné? –preguntó Judith.

–Uh, me mataste –dijo Constanza. Era con pescado creo. Carne y pescado.

–Y después de comer –siguió Lorenzo, como si nunca hubiese parado –venía el postre. Pero la mesa de garrapiñadas y turrones y todo eso no, todavía no. Había que esperar a las doce. Diez minutos antes ya empezaban todos a mirar el reloj y alguno que lo tenía adelantado cantaba antes de tiempo. Pero nosotros teníamos la fija, que era la sirena de bomberos. Siempre, a las doce en punto, hacían sonar la sirena del cuartel que estaba a tres cuadras de casa y ahí era como la señal para levantarnos y empezar a brindar y a saludarnos todos con un beso, repartir los regalos, asomarse a ver las cañitas voladoras… pucha, era lindo.

Por un rato nadie dijo nada. Un carbón tardío había empezado a arder y dos o tres chispas salieron disparadas. La guirnalda de luces mal colgada había caído; parpadeaba ahora enredada en la planta más grande.

–Buena noche esta –dijo entonces Judith.

Un auto petardeó afuera. Constanza miró el reloj.

–Uy, son las doce y diez.

–¿Ya?

–Ni me enteré –dijo Judith.

–¿Podemos brindar? –pidió Analía. –Por favor.

–¡Brindemos! –Constanza levantó su bebida.

Las otras hicieron lo mismo y las tres copas se encontraron en el aire, sin llegar a tocarse, fantasmas bajo una luna amarilla.

–Pero pará –dijo Judith–¿Por qué brindamos?

Lorenzo tenía el vaso vacío y lo miraba sin decir nada.

 

 




Hay 17 comentarios

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  1. Ana

    Bello cuento que me deja un sabor amargo: cambian las costumbres y se pierden las tradiciones.
    Pero así es la vida y lo contás muy lindo. Gracias por seguir publicando hermoso cuentos.

  2. Loló

    Muy bueno!
    Me agarró la melancolía navideña, a mi me gusta la navidad porque es una escusa para juntarse cenar turrón con sidra con gente que no ves nunca.
    En mi casa se celebraba la navidad como en la de Lolo (a mi me dicen Loló), me acuerdo que eramos como quince primos en lo de mi abuela cada uno con un arsenal de virulana y estrellitas, esas cosas, y que mi abuela escuchaba un cd con villancicos en alemán.
    También me acuerdo que mi tarea era armar el árbol en casa con la cartita al papañuel y decorar el negocio (teníamos una juguetería), y yo que era fana del señor que me traía regalos me parecía un bajón que en lo mi amiga no sino que se armaba el pesebre porque ellos si iban a misa y festejaban el cumple de jesus.
    Buenos, después se fueron separando los tíos, muriendo los abuelos, mudando la gente y ahora es más quien puso a enfriar las birras que quien colgó las luces :P
    Creo que tiene que ver con que tampoco hay chicos en la familia y toda esa cosa de la magia de la navidad se hace mas para ellos, a mi me quedaron buenos recuerdos.
    Saludos!

  3. p

    Muy bueno Juan Cruz….lindo cuento (o historia quien sabe)….siempre las minas, tratándonos mal…abusan porque saben que uno las quiere…..

  4. Moni Cres

    En mi casa se sigue festejando Navidad a rajatabla, por mas que la mitad de la asistencia somos ateos militantes, agnósticos o católicos con fiaca nomás. Toda la parafernalia: arbolito, regalos, vitel tone (vitello tonnato del original italico: finas fetas de carne con una salsita de atún y anchoas) ensalada de fruta, sidra, turrón y pandulce. nos juntamos, comemos, nos divertimos, nos reímos. La pasamos bien. Mi madre todos los años desde que fue abuela se fotografía junto al árbol y los nietos a medida que fueron viniendo y esas 34 fotos muestran la evolución de la familia. Este año, estrenará bisnieto, está mas contenta que astrónomo con telescopio nuevo. Nos emborracharemos y el 25 comeremos las sobras con el placer del deber cumplido. A mi me gustan las fiestas, si no es por una tradición religiosa, es por un tiempo dedicado a recuperar afectos, barajar y dar de nuevo. Felicidades!

  5. Luciano Rodríguez

    Personalmente, el cuento no me hizo sentir nada (quizás porque la navidad no significa nada para mí). Ojo, no es bardeo. Es más, a juzgar por los otros comentarios, se nota que tu calidad literaria logra cumplir siempre con tus objetivos. ¡Te felicito por lo bien que escribís!

    No entiendo esta línea del diálogo:
    «–Claro… –dijo Lorenzo, otra vez para sí mismo –Judith.»
    ¿Me podrías explicar, porfa?

    Espero que sigas escribiendo. Leerte es un deleite.

  6. Leonardo De María

    Me encantaría que en un futuro se pierda ese sueñecito navideño que a a partir de diciembre les agarra a una buena cantidad de personas.
    Basta de la farsa religiosa y el cartero con los parientes que solo ves para esa fecha.
    Ojalá el proximo 24 de diciembre sea solo una cena más, pero eso si QUE NO DESAPAREZCA EL VITEL TONE!!!


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