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Desarma_y_sangra

IMG:  Juliana Cuervo  

Desarma y Sangra

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Mariana tiene 17 y está en el último año de la secundaria. La piba anda obsesionada con la Evolución y con saber cómo es que las cosas llegaron a ser como son, así que le está tirando bastante la idea de estudiar biología. Su papá, ávido lector de Stephen Jay Gould (para quienes no lo tienen, Gould is the new Darwin), la llevaba al campo cuando era chica y le daba ejemplos de evolución biológica cada vez que tenía la oportunidad, desde el color de las flores hasta la forma del pico de los pájaros (y cualquier otro ejemplo que esquivara la pregunta ‘Papá, ¿qué le está haciendo ese caballo al otro?’).

Ella suele hacer pleno uso de sus facultades ñoñas y quemarle la cabeza con preguntas a su profesor de biología, quien aprovechó la pequeña contextura física de Mariana para encajarle el papel de Australopithecus (primera especie de homínido que vivió hace más de 4 millones de años) en un acto de fin de año de la materia. Además, ese mismo año el profesor les brindó unas clases sobre educación sexual. En la primera se habló del ciclo menstrual y ella no perdió la oportunidad de hostigarlo una vez más:

Mariana: —¿Por qué las mujeres menstruamos?
Profesor—La menstruación es el sangrado que tienen las mujeres por la vagina para expulsar el óvulo (ovocito tipo 2 en realidad) que no fue fecundado por un espermatozoide.
M: —No, no entendió profe, ¿por qué menstruamos?
P: —Emm, bueno. Cuando la mujer llega al día 28 de su ciclo menstrual se le “acaba” la hormona que hace que el tejido que está dentro del útero crezca. Esta hormona (progesterona) también permite que ese tejido se nutra, porque ayuda a que le llegue la sangre. Así, cuando se “acaba” la hormona también se acaba el suministro de nutrientes para el tejido y éste se desprende, cayendo por la vagina en forma de sangrado.
M: —Uh, qué loco. Pero esa no era mi pregunta, profe. Mi papá me dijo que la evolución nos hizo como somos ahora y que la Selección Natural fue dejando los rasgos (a través de los genes) que nos benefician en la supervivencia. Yo creo que sangrar no es algo que nos beneficie. Me da dolor de panza y de cabeza y me imagino a los pobres primeros humanos desnudos, sangrando y dejando rastros por todos lados, mezcla de Hansel y Gretel con El Juego del Miedo. Debemos haber sido comida fácil para más de un colmilludo. Entonces, de nuevo, no entiendo. ¿POR QUÉ MENSTRUAMOS?
P: —Buena pregunta, Mariana. No tengo idea.

Lamentablemente, el profesor no conocía la respuesta. Aunque hay que rescatar que le dijera que no sabía y la estimulara a buscar en vez de tirarle fruta. La pregunta de Mariana es realmente genial. A diferencia de lo que se puede inferir, la mayoría de los mamíferos no menstrúan. Es cosa de los primates superiores, algunos murciélagos y la musaraña elefante (los perros tienen sangrado vaginal pero no menstrúan). A primera vista, menstruar es algo totalmente inútil e incapacitante; una pérdida de nutrientes que además te convierte en presa fácil, tanto para los lobos como para las marcas de productos femeninos que invierten millones en eufemismos para que nosotros no dejemos de creer que la menstruación son los Reyes (¿Trajiste las entradas, guiño guiño?).

El análisis de la distribución filogenética (o sea, el caminito histórico de lo que está o estuvo vivo) de las especies que menstrúan no muestra conexión con ancestros comunes que hayan compartido esta característica. Esto quiere decir que el sangrado vaginal asociado a la disminución de la hormona progesterona apareció de manera independiente en los 3 grupos mencionados (esto se llama evolución convergente, como es el caso de las alas de los pájaros y de los insectos).

Para echar luz a todo esto, primero tenemos que entender el endometrio (‘Entender el endometrio’ bien podría ser nombre de canción berreta, pero a nadie se le ocurrirìa hacer un tema sobre la menstruación). Este tejido, que se desprende del útero y es responsable de cada ‘uno de esos días’, tiene la finalidad de proporcionar una especie de nido para la implantación del embrión (blastocisto). Actúa como bunker, protegiendo al feto del sistema inmunológico de su madre, que parece que no recuerda bien aquella noche y se lo quiere comer crudo como si fuera un extraño (que, en realidad, es). No sólo eso, sino que también restringe la invasión fetal. Sí, ‘invasión’ es una palabra fuerte que solemos asociar con el modelo pacifista de EE.UU, pero la realidad es que los fetos se comportan como tumores que salen de un recital de reggae y lo único que encuentran son los nutrientes de tu vieja. Y acá ya nos vamos acercando a la respuesta de por qué la evolución seleccionó a ese flaco que ellas tanto odian cuando llega, pero cuya impuntualidad afecta a todos. Porque más vale tarde que ‘¡Es un varón!’.

Si bien aún no sabemos con certeza porqué menstrúan las mujeres, la respuesta parece venir de la mano de esa idea subversiva que propuso Darwin hace unos 150 años: la Selección Natural. A pesar de que el embarazo nos pueda parecer algo tierno, por dentro es un conflicto de intereses fisiológicos recontrabélico entre el feto y la madre. El interés de la madre por sobrevivir al embarazo y criar a su descendiente la lleva a intentar conservar la mayor cantidad de nutrientes posible. Por su lado, al feto le interesa tomar todos los nutrientes que pueda, aún en detrimento de la salud de su madre (evitemos cualquier tipo de razonamiento pseudocientífico que nos lleve al freudismo embrionario).

Es una pena que Arjona no tuviera a mano toda esta información para incluir en su tema alguna frase tipo ‘Cuando no te cuidás, la evolución te cuida’. Lo cierto es que parecería que el crecimiento cíclico del endometrio (ciclo menstrual) es, al menos en parte, un mecanismo seleccionado para proteger a la madre de ser devorada por ese protonene angurriento que, para crecer, es capaz de entregar hasta a su vieja.

Ilustración:  Juliana Cuervo