Carrito
El carrito está vacío.
De_eso_no_se_habla

IMG:  Lucas Rod  

De eso no se habla

TXT:

Suele pasarme que encuentro encanto en ideas que a otros les parecen tristes y frías. La inteligencia artificial, por ejemplo, o el hecho de que nuestros pensamientos y comportamientos estén en buena medida determinados por nuestros genes. Esa última me parece una idea encantadora. Siento que me hermana con los otros seres humanos.

No solo soy parte del universo, sino que el universo está en mí.

También me gusta que existan expresiones universales de flirteo. Que vayas a donde vayas puedas chamuyarte una mina y que ella te chamuye a vos, aunque sea sólo a través del lenguaje universal de los gestos. Las similitudes amplifican las diferencias, que se vuelven sutiles, la hierba que da el encanto especial y su aroma distintivo a la receta de la vida de cada uno.

En las milongas porteñas la generalidad de las expresiones de emoción y flirteo se observan noche a noche. A través del abrazo y su infinitud de posibilidades se gesta un lenguaje sutil que va mucho más allá del ‘te quiero dar’.

Miles de personas de todas partes del mundo hablan al mismo tiempo ese lenguaje.

(NOTA DEL EDITOR: Comienza lectura con voz de locutor de documental, yo hago Morgan Freeman, porque me place)

Las milongas porteñas dan nacimiento a un fenómeno único en el mundo: el milonguero. Este particular bípedo puede vivir durante años o décadas muy felizmente, relacionándose serialmente con diferentes pares procedentes de latitudes distantes. En época de cosecha, como ellos dicen, puede llegar a estar con varias por semana. El tango es muy generoso con los hombres, se rumorea en el ambiente.

La asimetría, el hecho de que prácticamente no haya milongueras llevando esa vida, llama a la reflexión sobre la naturaleza de lo femenino y lo masculino.

(Finaliza el espacio de canal de cable)

Le cuento a mi amiga Gaby mi reflexión. Me dice que tengo razón, que a las milongueras no les atrae eso de bajarse a un muñequito extranjero por semana. Pero algo nos hermana, me dice. A todos nos encanta bailar. Somos una banda de enfermitos. Miro alrededor, es domingo, son las 4 de la matina y La Viruta está repleta de bailarines. Gaby tiene razón.

Me pregunto qué influye más en nuestro comportamiento. Si la oportunidad de ponerla o el amor al baile. ¿Cómo estudiarlo? O peor aún, ¿cómo estudiarnos? ¿cómo saber si somos conscientes de cuáles son nuestros sesgos a la hora de decidir que vamos a dormir tres horas para poder bailar una tanda más?

El estudio de nuestras habilidades introspectivas a la hora de evaluar nuestro propio desempeño, o nuestros sesgos en la toma de decisiones, está de moda. Hace un par de años un grupo alemán llegó a un resultado sorprendente: personas con diferentes niveles de precisión introspectiva a la hora de evaluar su propio desempeño en una tarea dada (en ese caso reconocimiento y memorización de letras), tienen diferentes estructuras cerebrales. Más aún, esas diferencias se observan en la corteza pre frontal, región de marcado desarrollo evolutivo en seres humanos.

Nosotros en la UBA trabajamos junto a ilusionistas profesionales para demostrar que somos ciegos, introspectivamente, a los sesgos que nos llevan a elegir por una carta u otra en un acto de magia. Y, para mi propia sorpresa, que me costó creer, mostramos que la dilatación de la pupila de una persona puede informarnos no solamente sobre su elección sino también sobre si se dio o no cuenta de la manipulación psicológica a la que fue sometido.

Sí, sí, muy lindo, pero… ¿y los sesgos en eso que realmente importa? ¿Y si estudiamos nuestra precisión introspectiva a la hora de evaluar nuestras decisiones románticas y sexuales?

Tres gauchos subversivos dieron el primer paso en esa dirección, pero ahí se terminó la caminata y no sabemos si o cuándo continuará. Una investigación relevante, exitosa, publicada y respetada, que caía bajo el peso de una opinión pública que dejó de leer el paper cuando llegó a ‘culos y tetas’, sin terminar de descubrir que el artículo estudiaba nuestra precisión introspectiva a la hora de evaluar nuestras preferencias a la hora de observar y reaccionar ante cuerpos femeninos. El resultado, el de que los argentinos somos culeros convencidos y conscientes, es anecdótico. Lo que no es anecdótico es cómo la forma en la que la ciencia se comunica en términos masivos tiene que ser llevada a cabo de la manera más responsable y menos amarillista posible, y ahí si fallamos todos. En la distancia entre el laboratorio y los medios, un mensaje se degradó hasta su núcleo más vacío, y la discusión se volvió sobre la arista que vendía más diarios, no sobre la tela de fondo, mucho más importante pero menos fluorescente. A los investigadores se los acusó de cómplices de la trata de blancas y fueron obligados a abandonar la investigación.

Es que estudiar qué nos excita parece, por ahora, estar prohibido en la academia argentina. Quien lo haga será sometido al escrache público de una sociedad demasiado pudorosa como para asumir que se gaste tiempo y recursos en estudiar nuestras decisiones sexuales. En la Argentina, uno puede estudiar las plantaciones agrícolas en Tanzania en el siglo XVII, pero nada de estudiar y entender nuestras preferencias sexuales.

Para empeorar las cosas, muchos creen que entender seducción, levante o sexualidad es embarrar la magia, quitarles la gracia. En estas esferas de la vida humana, la ignorancia es mejor al conocimiento. Sepamos todo de todo, menos de lo que nos hace, que el sexo es puertas adentro y la ciencia no se mete ni en la pieza ni en la cabeza, supongo.

Una lástima. Por suerte existe toda una nueva onda de ciencia que intenta recuperar la pulsión más básica de la ciencia: aprender por transgresión. Tratar de entender un poco más eso que no entendemos, aún a riesgo de tocar lugares sensibles para todos, desde el que escribe el paper hasta el que lo lee.

Así como podemos aprender sobre la vergüenza y el pudor, algún día conseguiremos que en Argentina un científico pueda estudiar culos, tetas, pijas y sexo sin que nadie se escandalice.  Seremos, entonces, más libres. Porque hay ciencia en cada charla de café, en cada pregunta que nos hacemos y ya va siendo momento de dejarla florecer.

Ilustración:  Lucas Rod