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Notas > Cuentos

Pájaros de monte

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El placer uniforme necesitaba interrumpirse para
saberse placer y para tener formas.
Rodolfo Fogwill – “Help a él”

 

Casi lo logramos. Ahora, en retrospectiva, le decimos “la Era del cometa”. No sé bien cómo surgió el nombre. Primero en las redes, después en las calles. ¿O fue al revés? A los más viejos nos encanta recordarla. Narrarla. “La vez que se iluminó el cielo”, decimos, todavía, cargados de metáforas.

–¿Sensación física?

–Difícil de determinar. No hay placer inmediato. Es otra cosa.

–¿Temporalidad?

–Diría que pasó una hora y media. Fíjese, hay un reloj atrás suyo.

–Noventa y ocho minutos.

–Perfecto.

–¿Lucidez?

–Total. Nada de mareos. Cierta sensación de plenitud pero no hay disolución del yo.

–¿Qué es eso?

–Quiero decir que entiendo que yo soy yo, y no que usted y yo somos la misma cosa, Capitán.

–Usted y yo jamás podríamos ser la misma cosa.

–Se sorprendería.

Fue la época en la que casi conseguimos la libertad absoluta. El uso crecía, la gente presionaba. Los gobiernos en todo el mundo iban cediendo terreno. Las voces se multiplicaron. Los empresarios empezaron a disputarles el negocio a los narcotraficantes. Era un mercado en puja, pidiendo a gritos algo de sana competencia regulada, si es que existe tal cosa. Quiero decir que una vez nos sentamos todos en una mesa a discutirlo, a discutirlo de verdad.

–¿Colores brillantes? ¿Ira? Deme algo, Balder.

–Colores brillantes sí, un poco. Pero no creo… a ver, deme ese espejo. No, no, las pupilas están bien. Mi tez parece normal. Estoy sumamente drogado, claro, pero casi ni se nota. Ira ninguna, desde ya. Risa tampoco.

–¿Y entonces qué carajo siente?

–Paz. Muchísima paz.

–Hipster de mierda.

–Creo que usted quiere decir “hippie”.

–De mierda.

Duró poco. Los problemas empezaron a crecer como la peste. Un obrero bajo efectos de un psicotrópico se desbarrancó a bordo de una topadora. Un tipo anfetaminado atacó a mordiscos a un compañero de oficina. Una mujer con calmantes ahogó a su bebé en la pileta de la cocina. En realidad, no tengo idea de si esas cosas pasaron o no, pero eran lo único de lo que se hablaba en televisión. Los diarios hundían las zarpas en el barro, sacaban una tragedia y la convertían en la historia del mes. Uno mismo empezaba a creerles, sin darse cuenta. A fuerza de repetición. Un gusano iba creciendo adentro de nuestros propios cerebros y se comía todo signo de pensamiento crítico. Para cuando se creó la División Especial, todos habíamos entrado en un estado de pánico subcutáneo, permanente pero tolerable. Casi ni nos drogábamos. Prendíamos la televisión y navegábamos cientos de canales con noticias inventadas. Con casos reales que habían sucedido de una forma completamente diferente. Y culpables, culpables por todos lados. De un día para el otro yo era culpable, él era culpable, todos lo éramos. Pero seguíamos mirando los mismos canales.

–Estoy en casa.

–¡Ah, bueno! Menos mal que dice estar lúcido. Estamos en el laboratorio, Balder. Usted está más lejos de su casa que yo de ser el rey de Inglaterra.

–Inglaterra no tiene rey desde hace veinte años.

–Lúcido para algunas cosas.

–Lo estoy. Pero veo mi casa. Siento que puedo caminar, no, desplazarme. La puerta no tiene llave. Empujo y entro. Avanzo por el pasillo. Ahí están los cuadros. Las fotos de mi tatarabuela. Son en blanco y negro. Era linda la tana para su época. La cocina a la izquierda. Sigo. Las habitaciones. Parece detenida en el tiempo. Esta puerta no la recuerdo.

–¿Me va a describir todo el mobiliario?

–Da a un sótano. Yo nunca tuve un sótano. Voy a bajar.

 

“La División Especial”. Ese era el nombre completo. No necesitaban ser más específicos. Especial significaba que podían encargarse de cualquier cosa. ¿Estabas fumando marihuana? ¿Estabas vendiendo pastillas? ¿Estabas haciendo algo ilegal, tal vez legal pero un poco incómodo? La División Especial estaba ahí para devolver las cosas a su cauce natural. El orden prístino de la existencia. La Era del Cometa se terminó cuando llegaron ellos. De golpe, como un invierno nuclear. Creímos que había que esconderse, tapiar puertas y ventanas hasta que se acabara. Pero nunca se acabó. Nunca se fueron.

–Está oscuro, no sé dónde está la luz.

–¿Pero usted no me ve a mí, ahora? A ver… ¿cuántos dedos…?

–Cuatro. Pero eso es ahí donde está usted. Acá está oscuro, le digo. Tengo miedo de tropezar, no siento los escalones. Bajo porque decido bajar, bajo con la mente, digamos. ¿Qué es la mente?

–Concéntrese, Balder.

–Estoy en el sótano. ¿Qué es eso que brilla?

–¿Y me lo pregunta a mí?

–Siento náuseas. Usted no me habrá envenenado, ¿no?

–Si me dejaran hacer todo lo que quiero, no estaríamos acá.

Las leyes se aprobaron igual. Hubo incluso quienes festejaron. Pero eran leyes de hierro. Toda actividad por fuera del compendio normativo quedó en manos de la División Especial. Nadie sabía muy bien qué hacían, y a nadie le interesaba. Al final, lo único que habíamos conseguido era que las farmacéuticas ampliaran el menú. Desde antihistamínicos hasta LSD recreativo con una tarjeta de identificación que no permitía comprar más de tres dosis al mes. Pero ¿quién tenía plata? ¿Quién lograba que le dieran la tarjeta? Tardamos demasiado en darnos cuenta de que se habían repartido el mercado. Los ricos compraban las legales, reguladas, diez mil veces auditadas, sanas casi diría. Los pobres seguían traficando en bolsitas de nylon sucio, consumiendo sin saber lo que consumían, muriendo por sobredosis de la sustancia equivocada. Y entonces… entonces pasó algo hermoso: decidimos que era hora de hacer las cosas bien. Primero fui yo, creo, aunque hay quienes hablan de una mujer en el sur. De cualquier modo, otros se fueron sumando. Los subsuelos de las casas se convirtieron en laboratorios. Una tribu urbana entera emergió dedicada a aprender química. Vendíamos lo que hacíamos sólo para conseguir nuevos materiales. Ofrecíamos garantía de calidad. La División Especial no nos podía agarrar. Estábamos en todos lados y en ninguno. Cualquiera podía ser uno de nosotros, pero ninguno de nosotros nunca admitía serlo, ni siquiera en el viaje más extrovertido, en el momento de mayor comunión con el otro. Traficábamos información encriptada, de modo que no importaba a quién le compraras, siempre obtenías lo mejor. Inventamos nuevas drogas. Las exploramos con otros fines. Éramos los nuevos chamanes, chamanes renegados, sin dioses, racionales y clandestinos, pero sumamente efectivos. Cuando la prensa no nos pudo ignorar más, trató de ponernos nombre. Ninguno arraigó. Pero en la calle, quien sabía de qué hablaba, nos conocía como Pájaros de Monte.

–Diga lo que ve.

–Es demasiado.

–Diga lo que pueda.

–En medio de la oscuridad, un punto brillante de luz. Dentro de la luz, un universo. El cielo oscuro. Un cometa pasando en reversa. Hay soldados revisando callejones. Figuras encapuchadas corriendo furtivas bajo lámparas de sodio. Inglaterra tiene rey otra vez. Estados Unidos se desangra en una revuelta. Millones de tablets derritiéndose al sol, convirtiéndose en arena. Hay unos chicos refugiados bajo tierra en una isla helada mientras afuera explotan bombas. Ahora veo las calles de Buenos Aires. Brotan del suelo unos rectángulos azules y verdes con teléfonos adosados, con oficinistas adosados a los teléfonos, poniendo monedas y gritando cosas sobre una masacre en Ezeiza. Una masacre en Trelew. Una masacre en José León Suárez. Pero veo más cosas y no alcanzo a narrarlas. Hay un texto escrito una y otra y otra vez. Mi tatarabuela se pasea entre distintos hombres: uno ciego, uno flaco, uno gordo, otro con aspecto armenio. Están todos en blanco y negro. Ella es joven y muestra un pecho pero esconde el otro. Creo que están drogados. No. No están más. Se apilan cadáveres en un fondo barroso, atravesados por bayonetas. Hay vías de hierro azul, nuevo, resplandeciente, proyectadas hasta el horizonte, y ya no entiendo las fronteras. Suenan espadas y cascos de caballos. La luz estalla en colores a través de los vidrios de catedrales enormes y el agua golpea la proa de madera de los barcos. Todos son más pequeños que yo, que de pronto me siento flotar. El suelo se aleja. Tengo miedo, Capitán. El suelo se aleja. El mundo se aleja. No puedo respirar. Veo los márgenes de las orillas. Los continentes se acercan entre sí, van a colisionar. Estoy en la nada misma. En el vacío oscuro del espacio, en el silencio. No oigo mi voz ni mis latidos. Orbito alrededor del planeta. Oiga, hay una tetera acá.

Por supuesto que tuvimos mártires. No todos sabían esconderse bien. Los accidentes ocurren. Los vecinos siempre vigilan. La División Especial logró partirnos algunas cabezas. Hubo gente que dejé de ver de un momento para el otro. ¿Si estuve enamorado? Claro, pero ella se exilió. Yo quise quedarme. No la acompañé al aeropuerto, por prudencia. Dejé de escribirle cuando noté que su segunda carta había sido abierta y vuelta a pegar. Por esa época, cuando ya la batalla se empezaba a volver rutinaria y los medios hablaban de otras cosas, anunciaron la vacuna. Era simple, podía aplicarse en cualquier momento de la vida y garantizaba diez años de inmunidad a la mayoría de las sustancias prohibidas. Tardaron menos de seis meses en convertirla en ley y elegir la empresa que debía fabricarla en serie. Con la ayuda de la División Especial agarraron un mapa y marcaron zonas. En esas zonas hicieron campañas de aplicación obligatoria. Luego, en los hospitales. Para ingresar a cualquier trabajo. Metro a metro cubrieron todo el terreno hasta que no quedó nadie sin vacunar. Los pájaros se habían desvanecido en el aire. La guerra entera estaba perdida.

Hace tres meses, sin embargo, algo pasó. Todavía no sé qué, pero me lo puedo imaginar. Unos tipos de la División Especial me golpearon la puerta de casa. Dijeron que me necesitaban para hacer unas pruebas. Los acompañé sin discutir. Discutir no es una opción. Hacía mucho tiempo que sabían quién era yo.  

–El efecto empieza a mitigar.

–¿Secuelas? ¿Efectos residuales?

–No parece haberlos. Excepto… tal vez un cosquilleo en los dedos. Creo que me cuesta moverlos.

–A ver, agarre esta lapicera.

–Carajo, tengo la motricidad fina bastante afectada. Espero que no dure demasiado.

–Bueno, terminamos por hoy. Descanse.

–¿Cuánto falta? ¿Cuándo me voy a poder ir?

–Ah, sigue con eso. Ya le dije, Balder. Tenemos que hacer varios ensayos más. Todo el mundo está consumiendo esta basura y ni siquiera se les nota. Y a juzgar por los resultados de hoy, la vacuna no logra demasiado. Es indignante.

–No me importa. Yo tengo derecho a saber cuánto tiempo me piensan retener.

–Balder, usted está drogado. No tiene derecho a nada.

 

 

***