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Los perros

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Creo que se puede afirmar
que las razones para implementar los cambios
en el nuevo diccionario no parecen lingüísticas,
o al menos no parecen estrictamente lingüísticas.

Eulàlia Lledó Cunill

 

I

Costó que los de la mudanza entendieran que sólo quería peones, que no necesitaba el camión. Para el tipo que le hablaba del otro lado del teléfono, la idea de cobrar un extra de cien pesos por cada peón no terminaba de engranar. El problema estaba en la palabra extra, que por necesidad debía provenir de otra cosa. Si no le enviaban un camión, si no le cobraban por el camión, ¿cómo podían cobrarle extra por los peones? Era un despropósito. Como entrar a una pizzería y pedir un poco de queso solo, así, flotando en el aire.

Pedro inspiró. Volvió a explicarle sus necesidades al tipo del teléfono, esta vez procurando expresar de qué forma esas necesidades podían traducirse en un esquema de negocios inusual pero factible para la empresa; y, por sobre todo, teniendo mucho cuidado en no usar la palabra extra. Al día siguiente, dos hombres de brazos fuertes le tocaron el timbre. Habían venido a pie.

Lo miraron de arriba a abajo, dosificando el respeto. Pedro aparentaba en la piel los treinta y ocho años que tenía, pero la espalda un poco encorvada y los hombros más bien juntos delataban que eran años de estudio, vividos en claustros.

–¿Bueno? –le dijeron por fin, cogoteando un poco para adentro, incapaces de ocultar la curiosidad, expectantes ante la promesa de un trabajo fuera de la rutina clásica de heladeras y cajas.

Los hizo pasar y fue encendiendo las luces a medida que avanzaban. Era una casa chica y aunque estuviera ya casi vacía, eso no la hacía parecer más espaciosa. Los peones cruzaron el living, el pasillo que daba a la cocina, el distribuidor con acceso al baño y a la habitación, hasta llegar a un cuarto final con ventana a un patio frío. Ese cuarto estaba, para decepción de los hombres, repleto de cajas. Cajas pesadas. En una pared lateral, la más grande de todas, varios tablones respiraban aliviados de la carga de miles de libros.

Levantaron las cajas, con esfuerzo pero sin protestar, y las fueron dejando en la parte trasera de la camioneta de Pedro, estacionada con ese propósito en la entrada del garaje. Pedro tomaba café y los observaba trabajar. El patio era un cuadrado de tierra removida que tenían que atravesar haciendo equilibrio con las cajas, siempre a punto de tropezar y desparramar el contenido. Era un suelo estéril e indiferente al sol, jamás había crecido ahí pasto alguno, y sin embargo ahora se veía un brote verde, mínimo, solitario.

Cuando el trabajo estuvo terminado, Pedro pagó el importe acordado más dos generosas propinas, se subió a la camioneta y arrancó. Había dejado la taza con un fondo marrón sobre la mesada de la cocina, al lado de la cafetera vieja que ya estaba por pincharse y al lado también de un trapo demasiado sucio. Una capa más espesa de mugre delineaba las antiguas fronteras de los muebles, ahora regalados. Que los de la inmobiliaria se encargasen de limpiar si querían. Les había dejado órdenes precisas de poner en alquiler la casa y enviarle el efectivo por correo tradicional todos los meses. Mientras cumplieran con eso, lo demás podían manejarlo a gusto. Quedaban también un plato, un cepillo de dientes viejo con las cerdas abiertas, una zapatilla solitaria y un pequeño pilón de imanes para heladera con números de pizzerías que, como ocurre con algunos amuletos, fuera de cierto radio específico se vuelven inútiles. Todo lo demás había sido vendido, donado o cargado en la caja de la camioneta. Y todo lo demás por fuera de lo demás, todo lo que no podía agarrarse con las manos, ni verse, ni enterrarse, ni romperse ni guardarse, todo lo que había que intentar olvidar, estaba en la cabina de la camioneta viajando con él, en él, negándose a ser olvidado.

La ruta se abrió amplia y llana hacia el norte. La hizo en dos tramos, parando para dormir en un hotel. Estacionó en un lote de canto rodado y observó el cartel iluminado de naranja por un sol decadente. Decía “Motel”, como en las películas yanquis. Cenó en la habitación un sánguche de estación de servicio envuelto en nylon y durmió poco. Antes del alba había vuelto a la camioneta, a ese andar pesado pero constante, al guiño derecho con el que invitaba a los autos a que lo pasaran, a su rumbo inconmovible.

La vegetación se volvió de pronto más húmeda. El aire también. Era el modo que tenía el río Paraná, pariente del mar según la etimología aborigen, para anunciarse, evaporado, convertido en olor a monte. Porque un río siempre es más que su cauce. Es la orilla y los árboles que alimenta. Y el pueblo que se erige en su costa. Y la gente que lo cruza y lo bebe. Pedro sabía esto. Lo había olvidado con tantos preparativos, pero lo recordó cuando vio el cartel en la ruta que decía “KIRIRI 11 km”, y una flecha. Pedro tomó el desvío. Kirirî significaba silencio.

También significaba una cabaña comprada por poca plata, a la distancia y casi sin trámites. Un terreno amplio alrededor, los límites definidos por una desmalezadora. Quinientos metros de pendiente suave hasta la costa del río en una dirección, un kilómetro de huella hasta la ruta en la otra, no más vecinos que algún carpincho desorientado. Un techo de paja a modo de cobertizo donde guarecer la camioneta. Una pared donde volver a ubicar los libros. Un armario para el equipo de pesca y una mesa sobre la cual descamar el pescado. Una cama, un baño, cocina integrada. Una puerta a la que nadie llamaba nunca.

Costó sacar los pies del barro. Las rodillas ya no respondían como antes. Crujían y se tambaleaban un poco. El balde lleno en una mano, la caña en la otra, la vista que empezaba a fallar. No porque fuera invierno la temperatura bajaba mucho, pero el sol se ponía temprano, había que tener eso en cuenta.

En el balde agonizaban cuatro pescados. Alguno se sacudía todavía un momento, negándose a morir, y después se devolvía a una quietud engañosa. Pedro los dejaba sufrir. Cuanto más les retrasara la muerte, más tiempo iban a durar frescos. Pero ahora el problema era salir del barro. Y salir sin soltar la caña. Instintivamente trataba de apoyarse en ella para darse impulso, pero el mango se hundía también en el barro y el pescado volvía a saltar, el sol se escondía aún más atrás del río y la distancia hasta la casa se alargaba como la sombra.

En la otra punta del cielo, avanzaban nubarrones. Los mosquitos estaban inquietos.

Cuando por fin pudo salir, levantó el balde, la caja de pesca y dio unos pasos hacia tierra firme. Se había vuelto liviano con los años y eso lo enorgullecía. De haberse quedado en la ciudad, seguro habría engordado, como les pasaba a todos los viejos. Siempre algún amigo, algún sobrino, alguien queriendo encontrarse a tomar un café, tocando timbre con facturas, invitaciones a asados, chocolates de regalo. A los viejos que andan bien de salud todo el mundo les regala chocolates. Filomena le había contado una historia al respecto pero no lograba recordarla. Se sonrió al verse pensando en ella después de tanto tiempo.

Tolkien ladró.

Ya voy, carajo, quiso decir, pero le salió un graznido.

El día que llegó estuvo hasta la madrugada ordenando los libros en absoluto silencio.

Las cajas eran demasiado pesadas para bajarlas de la camioneta. No quedaba más remedio que abrirlas ahí mismo, sacar los libros de a pilas de diez y meterlos a la casa, al menos hasta alivianar las cajas lo suficiente. En cada viaje se detenía un momento a mirar el cielo enorme virar de color, las estrellas incontables.

Cuando se hizo de noche y sólo quedaba una caja sin abrir, bajó con la camioneta hasta el río. La puso de culata sobre la orilla y desde arriba empujó la caja al agua. La corriente la arrastró unos metros antes de tragársela para siempre. Pedro volvió a guardar la camioneta y se dejó caer en la cama. Durmió un sueño sólido, sin fisuras.

A la mañana siguiente, se acercó a reconocer el pueblo. Caminó sin apuro los cinco kilómetros por el borde de la ruta y cruzó bajo el arco de hierro soldado, un poco rojo de intemperie, que decía Kirirî. En las dos puntas donde el arco se enterraba los pastos crecían más altos.

Una mujer que tomaba mate en la puerta de una casa lo saludó al pasar. Respondió con un gesto de cabeza. Intuía que el saludo era la expresión de una curiosidad impertinente más que la cortesía brindada al extraño. En ese pueblo no podía haber extraños, o su calidad de extraños no podía durar más que unos pocos días. Pero Pedro no pretendía mezclarse con la gente. Su visita al pueblo tenía un único propósito, y era el de encontrar una veterinaria donde adoptar un perro.

Caminó la cuadrícula de punta a punta en ambos ejes mientras el sol se endurecía y dio la vuelta entera a un cuadrado de pasto, delimitado por adoquines, con un busto de Berón de Astrada en el centro que lo validaba como plaza, pero no pudo encontrar nada que se pareciera siquiera remotamente a una veterinaria. Estaba por rendirse cuando decidió preguntar.

Eligió a un tipo de bigote bastante gordo que fumaba en la puerta de la única ferretería. Ante la consulta, el tipo se quedó un momento en silencio, como si repasara mentalmente la guía de páginas amarillas de la zona, y por último le explicó que no, que el veterinario era el Dr. Maure y que ahora estaba en el campo atendiendo una hacienda que andaba parasitada, pero una casa veterinaria así, como quien dice, no. Pedro se desilusionó tan visiblemente que al tipo no le quedó más remedio que preguntarle para qué necesitaba. Esperaba oír la historia de un caballo malherido o una cría de cerdo agusanada, porque cuando Pedro dijo que buscaba adoptar un perro la cara se le contorsionó primero y después se entró a reír sin remedio.

–Hombre, agarre uno de la calle. Si algo sobran acá, son perros –le dijo, tiró la colilla hacia adentro de la ferretería y se metió.

Pedro lo siguió; además necesitaba herramientas. El tipo mantuvo la sonrisa durante todo el tiempo que Pedro estuvo eligiendo y dudando entre dos modelos posibles de generadores eléctricos. Cuando estuvo todo reunido y pagado, y fue evidente que venir caminando no había sido una buena idea, el tipo le dijo que no había de qué preocuparse, que le indicara dónde era su casa y que él se iba a encargar de que Eduardo le llevara las cosas.

–¿Quién es Eduardo?

–Se dedica a esto. Tiene una Ford y lleva y trae cosas, cubre toda la zona. Lo que necesite, si no se quiere mover, se lo pide a él.

Pedro salió de la ferretería feliz con el descubrimiento.

En un almacén compró cosas para comer unos pocos días. Luego acordaría con Eduardo un sistema de entregas tan bien coordinado que no necesitarían volver a verse. Todos los primeros de mes, Eduardo recorría con su camioneta la huella que separaba la casa de la ruta, tomaba el papel donde Pedro había dejado anotado el pedido y se retiraba. Esa tarde pasaba de nuevo a dejar las cosas. Siempre encontraba, donde antes estaba el papel, los billetes necesarios para cubrir los gastos y los honorarios, redondeado hacia arriba. Eduardo se iba sabiendo que debía quedarse el vuelto. A veces, desde adentro de la casa, ni se lo oía.

Pero ese día, el día que llegó, Pedro compró él mismo en el almacén un paquete de fideos, carne, condimentos, un encendedor, papel higiénico y una bolsa de caramelos duros. Cuando ya estaba pagando, se dejó tentar por el aspecto de un salame y la mujer detrás del mostrador tuvo que rehacer las cuentas, ahora también con un trozo de queso y pan.

A la altura del arco de entrada al pueblo, esta vez en dirección de salida, el olor a salame que exhalaba la bolsa fue detectado por dos perros que exploraban las inmediaciones. Se pararon cortándole el paso, la lengua afuera y la vista alternando entre la bolsa y la cara de Pedro, entre la presa y la posible reacción. Lo que más lo asombró, sin embargo, fue que los dos perros eran prácticamente idénticos. De color claro, el mismo pelaje corto, manchado de tierra por la vida vagabunda. Las orejas se les doblaban a la mitad pero no se resignaban a terminar de caer. Y los ojos eran completamente negros.

Pedro se dejó seguir hasta la casa y, recién cuando estuvieron en su territorio, accedió a compartir parte del botín. Comieron los tres y después no los echó. Les colocó mantas bajo el techo de paja y los acarició por turnos hasta que se familiarizaron con el lugar. Por la noche, decidió que tenía que ponerles nombre. Les puso Grimm a los dos. Al fin y al cabo, nunca necesitaría llamar específicamente a uno. Le bastaba decir Grimm para que vinieran ambos y él con eso era feliz. Un poco feliz, al menos. Feliz de a ratos.

Un año después, Grimm cruzó la ruta para dar alcance a una laucha y fue atropellado por un camión. En ese mismo lugar, Pedro lo enterró y, a modo de mojón, plantó un ligustro áureo que crecería verde y fuerte. En cambio Grimm murió de viejo mucho tiempo más tarde.

Dejó las cosas en el cobertizo, excepto el balde con pescado que Tolkien insistía en asaltar. Lo apartó con un pie, sin violencia. Después quiso abrir la puerta. Los nudillos le protestaron. Dejó el balde en el suelo y se ayudó con la otra mano. Tolkien aprovechó la oportunidad. El pescado, una boga no muy grande, sintió los dientes en el costado y recomenzó los espasmos. Tolkien lo tomó como una invitación y se lanzó a correr en círculos y sacudir la cabeza sin soltar la presa.

Pedro lo persiguió, pero el barro en las botas lo hizo resbalar y se fue al piso. El dolor le estalló en los huesos.

Primero aguantó, respirando despacio y evaluando la situación. Si se había roto la cadera, probablemente esa sería su muerte. No podía esperar que nadie llegara a auxiliarlo. Eduardo había muerto diez años atrás y legado el servicio en su hijo Francisco, pero Francisco había pasado hacía tres días y no volvería hasta fines de agosto. Tolkien tampoco sería de mucha ayuda. Seguía corriendo con la boga en el hocico, completamente ajeno al dolor de su humano. Cabía la posibilidad de arrastrarse, con tiempo y paciencia, los mil metros hasta la ruta y ahí esperar a que pasara un auto. Sin garantías, claro, pero la otra opción era dejarse morir. Inevitablemente, Pedro puso en marcha todo un sistema de aceptación. Había sido una larga vida, bien vivida. En cierto modo, se podía decir que había vivido dos vidas distintas. Una en Buenos Aires, felizmente casado, con un trabajo plácido en la universidad, gozando de la calidez y el respeto de sus colegas. La otra en Corrientes, sin más compañía que la de los perros, un largo periodo de paz, un envejecimiento suave y un final absurdo como todo final.

Tardó en darse cuenta de que el dolor había menguado hasta casi desaparecer. Cuando por fin lo notó, con un esfuerzo moderado se puso de pie y entró a la casa.

Cerró la puerta detrás de sí dejando a Tolkien afuera, por idiota.

Después de Grimm vino Homero, cruza de ovejero alemán y mala suerte. Sabiendo Pedro que el animal tarde o temprano empezaría a sufrir las falencias propias de su raza, desde chico lo alimentó con mucho calcio para fortalecerle los huesos. De todas formas, a Homero la displasia de cadera lo atacó rápido. Desesperado por encontrar algo que le sirviera para combatir la enfermedad, Pedro tuvo que poner en marcha la camioneta y manejar hasta la ciudad de Goya, entrar a un locutorio y esperar pacientemente los tiempos de la computadora para ejecutar cada acción. Así supo que, según el Doctor Ingeniero Ramiro González, español, criador de pastores alemanes, la displasia de cadera, denominada también Displasia Coxofemoral, es y debe ser, si pretendemos mejorar la raza, una gran preocupación, ya que un macho o hembra con esta enfermedad queda automáticamente descartado para la reproducción. Pedro se restregó los ojos. Todo el texto del Doctor Ingeniero Ramiro González se desarrollaba en los mismos términos. Si se eliminaban las palabras pastor alemán, bien podía pasar por el informe de una investigación nazi.

Respecto a cómo atender la enfermedad ya declarada, no decía nada. Y para colmo de males, en ningún lugar se mencionaba el calcio.

Volvió a Kirirî preocupado por Homero, pero a la vez un poco perplejo: acababa de decidir que nunca volvería a conectarse a internet, y eso le producía un alivio inesperado. Si hasta la camioneta parecía avanzar más serena sobre la ruta.

A partir de cierta edad una biblioteca puede volverse infinita.

Pedro miraba la suya y reconocía, uno a uno, los libros que había ido olvidando. Eran casi la mitad. Si empezaba a leer cualquiera de ellos, para cuando terminase habría olvidado la otra mitad y entonces podría releer esos. La idea no constituía más que un juego lógico. Sabía muy bien que no le quedaba suficiente tiempo para llevarla a cabo; por eso había dejado de comprar libros nuevos. Si alcanzaba a releer cien o ciento cincuenta más antes de perder la vista del todo o que se lo llevara la muerte, podía darse por satisfecho. La pregunta era, entonces, cuáles elegir. Cómo hacer la biblioteca finita de nuevo.

Tolkien aulló para dar lástima. Pedro intentó ignorarlo. Vamos a ver cuando se largue a llover, pensó. Las uñas rascaron la madera de nuevo, menos convencidas. La puerta hizo un ruido sordo y se movió un poco. Pedro supo que Tolkien se había echado del otro lado. Ya lo dejaría entrar.

Encendió otra luz para ver mejor. Afuera la noche no terminaba de instalarse pero ya le faltaba poco.

Eligió un libro y se sentó en el sillón. Sobre la mesa junto a él había tres pares de anteojos, con distintas graduaciones, que Francisco le había traído. Todos los años le encargaba comprarlos en la farmacia del pueblo. No había forma de que ninguno le funcionara del todo bien, pero siempre alguno le servía hasta el año siguiente. Cuando pasaban unos meses, si sentía los ojos muy fatigados, volvía a probárselos todos y elegía de nuevo. De ese modo se evitaba tener que ir a la ciudad y consultar con cualquier oculista recién recibido que lo tratara de abuelo o intentara convencerlo de que debía volver acompañado para poder hacerse un fondo de ojo. Además, tenía el registro vencido.

Probó los tres pares y al final se decidió por el primero.

Abrió el libro y se dejó mecer por el comienzo de la historia:

“Se llamaba Gaal Dornick y no era más que un chico de campo que nunca había visto Trántor…”

Huxley fue un cachorro toda la vida.

Pedro lo encontró entre los pastos crecidos y los piríes, corriendo de acá para allá. Primero se asustó y levantó la escopeta. Desde hacía un par de días, cuando salía, salía armado porque le había dicho la censista que andaba un puma suelto. La mujer parecía unos años mayor que él y no estaba asustada en absoluto. Al contrario, la situación le facilitaba mucho las cosas: así era más fácil encontrar a la gente en casa.

Sin embargo, lo que se movía entre los piríes no era un puma. Era un cusco marrón, de patas cortas y cabeza grande. Pedro bajó la escopeta y se acercó. Intuía que había algo providencial en el encuentro. No en términos divinos ni espirituales. Pedro no creía en eso. Pero la aparición de un cachorro perdido, salvaje, a no más de doscientos metros de la casa, cuando la tierra encima de Homero todavía no había recibido la primera lluvia, tenía algo que lo remitía a los ciclos de la vida.

Apenas el perro lo vio, se acercó corriendo y se paró sobre sus patas traseras, tratando de alcanzarlo con las otras, perdiendo el equilibrio y parándose de nuevo. Pedro sacó unas uvas que llevaba en el bolsillo y lo dejó comer de su mano.

Huxley demostró ser un perro fiel y cariñoso, poca cosa para guardián. Pero era vivaz y siempre estaba dispuesto a acompañar a Pedro al río. Mientras él pescaba, Huxley exploraba y marcaba el territorio, trabajo infinito ya que el agua, la lluvia u otros perros volvían a lavar una y otra vez sus marcas, y había que volver a comenzar. Cada tanto llegaba con un trofeo que ofrendaba a Pedro pero después, cuando él se agachaba a agarrarlo, no se lo quería dar.

Una tarde, después de una crecida fuerte que casi alcanzó la casa y que removió mucha tierra, Huxley apareció cargando entre las fauces el cráneo de Homero. A Pedro la imagen lo impactó tanto que al principio no se pudo mover. Se quedó nomás mirándolo a los ojos, en pausa, hasta que lo invadió la furia. Él, que siempre había sido tranquilo, de pronto se encegueció. Tuvo que pegarle con un palo para sacarle el hueso de la boca. Le pegó fuerte, más de lo que hubiese querido.

A partir de ahí, Huxley se convirtió en otro perro. Casi no ladraba, jugaba menos y rara vez exploraba solo. Dejó que otros olores se apoderasen de sus dominios. Seguía a Pedro de cerca y sin molestar; por eso Pedro nunca se veía en la necesidad de llamarlo.

Cuando el tiempo se cumplió y otro censista volvió a golpear a la puerta, Huxley no  ladró. Y Pedro, que andaba por esos días un poco malhumorado, decidió ignorar el llamado. Esa misma tarde, cayó en la cuenta de que hacía tiempo que no hablaba absolutamente con nadie.

Se paró del sillón donde estaba y trató de pronunciar algo. Una oración cualquiera.

–Pirí era una india guaraní, joven y bonita –dijo. La voz le salió ronca y un poco insegura.

A partir de ese momento, cada tres páginas que leía, una la practicaba en voz alta.

Recuperó la voz casi de inmediato, pero la usaba poco. Y todo lo que pensaba tenía la sintaxis compleja de los libros.

No volvió a atender a ningún censista.

Recordó una botella de vino que Francisco una vez le había traído a modo de obsequio. Pedro la había aceptado sin sentirse del todo cómodo y al mes siguiente, en la lista que continuaba dejándole en el cobertizo, había anotado con letras grandes: “no más regalos”. De esto hacía ya algunos años y hasta ahora la botella seguía en la oscuridad de la alacena. Nunca había encontrado el momento oportuno. Esa noche, sin embargo, parecía invitarlo.

Se paró con intención, pero las ganas de mear lo distrajeron. Fue hasta el baño, levantó la tapa y apuntó. La micción le dolía por momentos y pensó que tal vez debía administrarse antibióticos. En ese caso, no tenía demasiado sentido tomar alcohol. Terminó de mear con paciencia, mirándose el miembro arrugado entre los dedos y filosofando vagamente, en el fondo de la cabeza, acerca del tiempo y la nada.

Volvió a su novela sin acordarse de la botella. Tres días atrás, Pedro había cumplido años, pero tampoco se había acordado de eso. En el costado de la heladera envejecía un almanaque que no consultaba.

La perra de Eduardo tuvo cría y el hombre se vio en la necesidad de salir a regalar. Los productos para perros habían desaparecido de los pedidos de Pedro, lo cual sólo podía significar que el cusco petiso había encontrado la paz y que el gesto sería bienvenido. Eligió el cachorro más bonito de todos, negro como el Paraná de noche, y se lo dejó junto a la camioneta, en una caja de cartón acondicionada con trapos.

A Pedro el hallazgo lo conmovió. Por esos días, la soledad lo sorprendía amarga de a ratos.

El único problema que encontró al examinar al animal fue onomástico: no tenía la menor idea de cómo ponerle nombre a una perra. Por supuesto que podía llamarla de cualquier forma, pero se resistía a abandonar el juego que había empezado con Grimm.

Hizo memoria, consultó una y otra vez la biblioteca. Atravesó los estantes de ensayos, historia y ficción. Nada sobresalía particularmente, nada que le generase pasión. Consideró Úrsula, pero se le antojaba un nombre demasiado áspero, y además era un nombre de pila. Por fin, recostado encima de otros volúmenes, fuera de lugar, vio lo que buscaba. Shelley, la llamó. Sonaba dulce en la boca.

Shelley vivió once años y fue, de todos, la más guardiana. A veces, más que nada en verano, elegía dormir bajo el techo de paja como la primera noche, atenta a cualquier movimiento. Si Pedro la oía ladrar, sabía que ahí afuera alguien estaba siendo espantado, sea bicho del aire o roedor, perro o humano. Mientras duró su guardia, nadie pudo acercarse a la casa, a excepción de Eduardo primero y Francisco después, y eso sólo porque conservaba sus olores en la memoria de la primera infancia.

Por esos años, Pedro se volvió más taciturno. Había aprendido todo lo que necesitaba para vivir solo. Sabía atenderse las enfermedades cuando llegaban, reparar lo que se rompía y proveerse alimento. Ya no encontraba motivos para afeitarse como no fuera para combatir el calor. Además, esos fueron los años en los que se arrugó, pero como casi no utilizaba el espejo que revestía la puerta del placard, y como sus músculos todavía eran fuertes, no sintió que el tiempo pasaba. Por el contrario, se creía suspendido en un presente elástico, pacífico, rodeado de olvido.

Un día se percató de eso y sonrió.

Al día siguiente, se levantó y descubrió que Shelley se había ido.

Nunca supo qué fue de ella, y no intentó averiguarlo. Estuvo un tiempo tapando la tristeza con disgusto, indignado, hablando consigo mismo cada tanto mientras cortaba madera o pescaba. Que haga lo que quiera, se decía. O perra de mierda. Si era pescando, trataba de bajar la voz para no espantar a los peces, aunque el Paraná era ancho y las palabras no penetraban en el agua oscura.

Dieciocho meses después, encontró a Tolkien abandonado junto a la ruta. Era un dálmata de raza, un poco torpe, pero excesivamente cariñoso. Y bastante testarudo, tanto que ahora se había puesto a rascar la puerta otra vez. Una zarpa atrás de la otra, como si estuviese intentando abrir un agujero en la madera.

Pedro supo que no iba a poder leer mientras durase la tortura. Se levantó y abrió la puerta. Tolkien entró como un viento, golpeándole las pantorrillas con la cola, que no dejaba de zarandear con una alegría violenta. Entonces Pedro vio, justo antes de cerrar, una silueta que bajaba por la huella desde la ruta, en dirección a la casa.

 

II

Puso la tranca y apagó la luz.

Esperó.

Tolkien dio algunas vueltas impaciente y lanzó un gemido corto. Una mano encima del hocico lo tranquilizó. Ahora que la casa estaba a oscuras, la poca claridad que quedaba afuera resaltaba contra las ventanas y los olores empezaban a dialogar. Pedro respiró despacio el tufo a perro de Tolkien, el pescado fresco que todavía no se había puesto a descamar, el jabón de las sábanas que había lavado esa mañana, el olor a ozono y tierra mojada que anunciaba la lluvia.

Unos pasos rasparon la tierra afuera.

Tres golpes cortos en la puerta. Un silencio y tres golpes más.

–¡Duìbùqi, señer!

Era una voz joven, adolescente tal vez. Pedro creyó sentir una nota de desesperación, pero no podía estar seguro.

–¡Nǐ hǎo!

Tolkien ladró.

–¡Shhh!

–¡Señer! ¡Favor, señer! Sé que está ahí, le vi de lejos.

Pedro dudó. Tolkien se zafó de la mano que lo contenía y se lanzó contra la puerta, haciéndola temblar. Desesperado, empezó a olfatear por debajo.

–Señer, necesito ayuda, favor, favor.

Un instinto citadino le decía que no tenía que abrir. Tolkien opinaba distinto. Por un momento, extrañó la seguridad vigilante de Shelley.

–Hubo un acidente. Sólo le pido un fon, si me presta un fon… y un vaso de agua, y yo me voy, señer, favor.

Pedro no dijo nada. Pasó un minuto entero de silencio, cortado solamente por la respiración ansiosa de Tolkien. Sintió un fogonazo de culpa. Existía la posibilidad de que esa persona realmente necesitara ayuda. Al menos eso era lo que interpretaba, de entre las pocas palabras que había llegado a entender. El resto no tenían ningún sentido, o le remitían a otra cosa.

Se acercó a la ventana para espiar, pero entonces la voz sonó de vuelta, clara, convocante:

– ¿Nǐ hǎo?

–¡Fuera! –gritó Pedro y un relámpago vino a subrayarlo.

Tolkien ladró, entusiasmado con lo que para él era una conversación, pero a su ladrido se lo comió el trueno que seguía, y ya después nadie dijo nada.

Se oía llover. El Paraná estaría creciendo, volviéndose gordo y presuroso. A Pedro le gustaba pensar en eso, en una corriente renovadora que barría con todo y limpiaba el lecho y las orillas, y se llevaba peces y piedras, barro y basura, todo rumbo al mar. Le recordaba vagamente a la escoba que su abuela deslizaba por el pasillo para sacar el polvo a la calle. El recuerdo de esa escoba en movimiento estaba asociado al del estofado que, mientras tanto, solía hervir en la cocina; sólo evocarlo hacía que la saliva de Pedro se espesara. La lluvia había hecho descender la temperatura. El hambre mordía.

Pedro espió por la ventana. Antes de encender la luz, convenía verificar que el visitante se hubiese ido. Primero no vio nada. Supuso que, si no su voz colérica, al menos la lluvia lo habría espantado, y se tranquilizó. La ansiedad nerviosa que le provocaba la posibilidad de entrar en contacto con otro ser humano era algo nuevo para él, algo que había ido creciendo inadvertido dentro suyo durante el largo exilio y que ahora debía aceptar.

–Ya está –le susurró a Tolkien, sin dejar de mirar la cortina de agua que caía–. Ya pasó. Ya se fue.

Entonces otro relámpago iluminó el cielo y la tierra, el agua y los árboles, una instantánea violeta: el visitante tendido en el barro, boca abajo junto a una mochila pequeña, y la oscuridad de nuevo.

Entrarlo fue difícil. Hubo que agarrarlo de las axilas y tironear sin resbalar en la superficie fangosa. Tolkien ayudaba lamiéndole la cara, cosa que cumplía la doble función de intentar despertarlo y de despejarle las vías respiratorias, pero para cuando Pedro pudo poner de nuevo la puerta entre la tormenta y ellos, el visitante seguía desmayado y cubierto de barro.

Lo recostó en el suelo. Ahora que lo veía a la luz, pensó que no era más que un chico. Tendría veinte años con suerte, seguro menos. Dieciocho. Lo suficiente para salir a la ruta solo, aunque los rasgos eran suaves, un poco orientales, y no había rastro alguno de barba. El pelo aplastado por la lluvia y las pestañas largas le daban un aspecto femenino, acentuado por la ropa, extrañamente similar y a la vez distinta a toda prenda que Pedro hubiera visto alguna vez. Se preguntó si debía quitársela para que se secara, pero temió despertarlo y que se llevara un susto al encontrarse semidesnudo dentro de la casa. Mejor esperar. Mientras tanto, rebuscó en el armario hasta dar con la estufa eléctrica que rara vez encendía y la conectó cerca del cuerpo para calentarlo. Tolkien aprovechó y se tendió también a la vera del calor. Pedro salió a recuperar la mochila. Después se cambió su propia ropa embarrada y preparó el mate. Le gustaba hacerlo corto. Liquidarlo de un sorbo, meditar un rato y volver a cebar, como poniéndole puntos y comas al pensamiento. El hambre había desaparecido.

Dejó el mate en la mesa pequeña y levantó la mochila. Pesaba relativamente poco.

Adentro encontró una tableta grande de chocolate negro, cigarrillos de una marca que le resultaba completamente desconocida, un encendedor, un cepillo de dientes con un tubo de pasta corto en un sobre de plástico transparente, un par de anteojos de sol y una manzana. No había billetera ni identificación de ningún tipo.

Dejó la mochila a un costado y se sentó. Bajo el resplandor de la estufa eléctrica, la piel del chico resultaba aún más joven y luminosa, y la contusión en la frente ofrecía una paleta de colores como la del cielo cuando atardecía. La piel de Pedro, en cambio, se veía cobriza y llena de surcos, de sombras arrugadas.

El chico abrió los ojos a medianoche. Pedro dormitaba en el sillón, la escopeta apoyada como al descuido contra la biblioteca pero convenientemente a mano. Tolkien se entregaba a un sueño profundo. La tormenta no cedía.

Intentó incorporarse sin hacer ruido pero las maderas crujieron y la mirada de Pedro lo volvió a clavar al suelo.

–¿Tenés hambre? –La voz le salió ronca. Hacía un tiempo que las prácticas se habían vuelto más esporádicas.

El chico asintió con la cabeza. Pedro se puso de pie y fue hasta la cocina. Encendió el anafe y puso agua en una olla. Lo oyó ponerse de pie.

–Sentate, mejor. Recomponete tranquilo.

El chico lo obedeció. Pedro hirvió fideos, les agregó un trozo de margarina y un poco de pescado a la plancha cortado en cubos. Llevó todo a la mesa con un vaso grande de agua.

–¿Cómo te llamás?

–Aitor, señer. ¿Y usté?

–Aitor… un nombre vasco.

–Sí, señer.

–¿Por qué me decís así?

–¿Así cómo? –Aitor se debatía entre la necesidad de responder al interrogatorio y la de comer el plato que tenía delante. Incluso intentó hacer las dos cosas a la vez, pero sólo consiguió que un trozo de pescado volara de su boca y fuera a parar junto a la nariz de Tolkien, que lo tragó y siguió durmiendo.

–Señer. ¿Por qué señer?

–Perdón, ¿es usté docter? No… no lo sabía.

–¿De dónde sos? Te revisé la mochila y no encontré… –Pedro se interrumpió. No era una confesión muy amable, pero ya la había hecho.  –¿No salís con documentos?

–Sí, en el fon. Lo tenía en el auto pero…

–No sé de qué me hablás. ¿De dónde sos?

–De Buenos Aires.

–¿Pero dónde naciste?

–En Buenos Aires.

–No parecés.

Aitor parecía reanimarse un poco a cada bocado.

–Soy de ascendencia vasca por parte de papá. China por parte de mi mamá. Pero ellos dos también nacieron en Buenos Aires.

–¿Y qué hacías en la ruta?

–Iba a Misiones, pero algo pasó con el automático.

–¿Con qué?

Aitor dejó el tenedor y miró un momento a Pedro. Después devolvió los ojos al plato como si temiera perder un punto fijo.

–Me había dormido a la salida de Entre Ríos, creo. El auto estaba en amarillo y no había tráfico. Oscurecí la cabina y me tiré a ver las estrellas. Yo nunca había visto tantas, esta es mi primera vez fuera de la ciudad. Me debo haber quedado dormido.

–¿Manejando?

–No, estaba en automático, le digo. Pero algo falló. Me desperté porque sonó la alarma, la de pase a manual. Y el auto estaba en rojo. Quise agarrar el mando pero ya era tarde, estaba mordiendo la banquina y… no recuerdo el impato. Lo siguiente que recuerdo es estar caminando. Me dolía la cabeza. No sé, tengo imágenes pero está todo borroso. Sé que vi luz a lo lejos, la luz de usté, de esta casa. ¿Agarré mi mochi cuando me bajé?

–¿Qué querés decir con que el auto estaba en rojo o en amarillo?

–Sí, ahí habré perdido el fon también. No me acuerdo nada de esa parte, ni de quitarme el cinturón. El auto tendría que haber emitido un S.O.S. pero se ve que falló eso también. Me acuerdo de llegar acá. Su perre ladró. Pero usté no me quiso abrir y se puso a llover y no me acuerdo más, creo que me desmayé otra vez. Y después estaba acá –Los ojos de Aitor se abrieron de pronto, espantados ante una posibilidad: –¿Y si atropellé a alguien?

Pedro sacudió la cabeza. Casi nadie caminaba por esa ruta, era mucho más probable que hubiera atropellado a un carpincho o dado contra un árbol. De pronto, pensó en el ligustro áureo que crecía ya adulto y fuerte sobre la tumba de Grimm. Tan pronto amainara, tendría que ir a cerciorarse.

–No atropellaste a nadie. Comé tranquilo. Cuando pare un poco vemos cómo está tu auto y ahí, bueno, ahí sabremos qué hacer con vos.

–¿Podrá prestarme un fon, favor?

–¿Pero qué carajo es un fon?

–Un fon… –Aitor se llevó la mano a la cabeza, se puso el pulgar en la oreja y el meñique en la boca.

–¡Ah, un teléfono! Por dios. No, no tengo un teléfono. Comé.

Aitor terminó el plato y  lo llevó a la cocina.

–Dejalo nomás.

–No, favor, permítame al menos lavar.

Pedro lo pensó un segundo y decidió que a sus dedos artríticos les vendría bien el descanso. Oyó el agua correr apenas un segundo. Después la esponja frotando la loza y finalmente el agua de nuevo enjuagando todo.

–Vení, te tengo que revisar.

–¿A mí?

–¿No te duele nada?

–Bueno, sí, me duelen un poco las costillas. Y la cabeza.

–¿No tiene airbag el auto tuyo ese?

–¿Airbag? No, lo que tiene es un detetor para evitar colisiones.

–Que muy bien no anda.

–No, claro.

–Vení. Sacate la remera.

Aitor se recostó en el suelo con el torso desnudo y Pedro se dispuso a palparlo. Pensó que sería como con los perros, cuando alguno se lastimaba y él tenía que andar acomodándoles las articulaciones. Pero el contacto de la piel humana lo sorprendió. Una electricidad incómoda, un calor suave. No se parecía en nada a los perros, pero se parecía demasiado a Filomena.

–¿Está bien? –preguntó Aitor, levantando la cabeza.

–Silencio –dijo Pedro. Cerró los ojos y espantó el recuerdo. Conocía la técnica, la aplicaba a veces si las noches se le llenaban de fantasmas: un gesto interior, una pausa mental acompañada de una respiración corta. En ese lapsus, todas las decisiones que había tomado eran ratificadas, volvía a invadirlo la sensación de estar en control de su propio destino y los fantasmas quedaban conjurados por un tiempo.

Con la mente despejada, empezó a examinar el cuerpo relajado de Aitor. Movía despacio las yemas de los dedos, reconociendo músculos y huesos, variando la presión, atento a las reacciones del chico. Aitor, sin embargo, no le prestaba demasiada atención. Sus ojos se paseaban por los distintos lomos de la biblioteca que se erguía a treinta centímetros de su cabeza.

– ¡Āiyā!

–¿Te duele?

–¡Los libros que tiene acá!

–¿Leés vos?

–Bastante. Y me gusta colecionar libros. No es lo mismo que leer del fon.

–Mirá… Yo pensé que eras… bueno, pensé que eras medio bruto.

–¿Brute yo?

–¿Ves? A eso me refiero. ¿Tenés un problema de dicción?

–¡En asoluto!

–¿Y por qué hablás tan raro?

–Usté habla raro.

Pedro se levantó ofuscado. Decidió que, más allá del golpe en la frente, el chico parecía estar bien y esos eran los límites de su responsabilidad. Aitor se levantó a su vez y se puso la remera. Después rebuscó en su mochila y sacó la tableta de chocolate negro. Abrió el papel metálico, cortó un pedazo y le ofreció a Pedro, que negó con la cabeza.

–Yo tenía un profesor que hablaba parecido a usté. Escucharlo era como leer un libro. Pero yo hablo perfetamente normal, eh.

En ese momento Tolkien despertó. Izó las orejas, hociqueó el aire y se reencontró con el entusiasmo de tener visitas. Con absoluta desprolijidad, se levantó y saltó sobre Aitor.

–¡Hola! ¿Cómo te llamás?

–Tolkien –informó Pedro.

–¡Hola, Tolkien! ¡Sos un perre muy hermose, sí, claro que sí, con un gran nombre, sí, hola, hola! ¿Querés qiǎokèlì?

–¡No! –gritó Pedro al ver el brazo que Aitor empezaba a extender hacia Tolkien–. No podés darle chocolate a un perro. ¿No sabías eso? Lo podés matar.

–No, no sabía… –Aitor guardó la tableta de nuevo en la mochila. –Perdón.

Pedro suspiró.

–Mirá, capaz no fue tan buena idea que te quedes acá. Pero ahora ya está. Vamos a esperar. Lo único que te pido es que no toques nada, no le des nada al perro y, de ser posible, no me hables.

Aitor hizo un gesto con la cabeza para indicar que comprendía.

–Ah, y vi que tenés cigarrillos en la mochila. A fumar, afuera.

Para las dos de la mañana la tormenta se había reducido a una lluvia desangelada pero constante. La huella que llevaba a la ruta estaría, con toda seguridad, intransitable. Y si la cosa seguía así, difícilmente iba poder librarse de Aitor para el amanecer. De cualquier modo, no confiaba en él. Era un elemento de caos, una voluntad propia accionando dentro de sus dominios. No podía perderlo de vista, ni perder de vista la escopeta, ni mucho menos dejarse ganar por el sueño.

Aitor, por su parte, se paseaba por el lugar. Miraba los lomos de los libros con metódica paciencia, uno por uno, ambas manos entrelazadas detrás del cuerpo, reafirmando su respeto por las reglas del anfitrión. Examinaba un estante y pasaba a otro. Cada tanto se detenía en un lomo, contenía las ganas de sacarlo de su posición, abrirlo, olerlo.

Un volumen grueso de color claro le llamó la atención.

Tratado de Filosofía Oriental –leyó en una involuntaria voz alta.

Pedro lo miró y no dijo nada. Aitor esperó unos segundos con la esperanza de que Pedro lo invitara a agarrarlo. Finalmente, se resignó a seguir leyendo en silencio los títulos del estante contiguo. Incluso cuando Pedro se levantó, fingió ignorarlo. Lo sintió caminar hasta la cocina, buscar en una alacena.

Pedro volvió limpiándole el polvo a una botella con un trapo. Era un cabernet sauvignon bien estacionado. Lo destapó y dejó airear un par de minutos, mientras Aitor lo seguía con la mirada llena de gula. Sirvió en dos vasos y le alcanzó uno. Aitor agradeció en silencio. El vino sabía a azúcar y a nueces, a frutos rojos, a todo un mundo creciendo al sol y al frío, allá en el sur lejano y seco y montañoso.

Terminó el vaso casi enseguida. Pedro le señaló la botella con la cabeza para que se sirviera de nuevo y apuró su propio vaso para aprovechar la ronda.

Tolkien parecía no cansarse del visitante. Se sentaba al lado de él y se dejaba rascar la cabeza. Cuando Aitor se movía hacia otro sector de la biblioteca, lo seguía y volvía a hacer lo mismo. Pedro, desde el sillón, los observaba y bebía. De a poco sintió que los músculos se relajaban y el dolor se retiraba silenciosamente de sus huesos. Entonces, recordó lo que más temprano no había podido, y tuvo ganas de hablar:

–Una vez escuché que Tolkien, el verdadero, el autor, digo, se suicidó con chocolate.

Aitor se dio vuelta y lo miró.

–El médico le había prohibido comerlos a causa de su diabetes, pero Tolkien cada tanto se permitía un lujo. Su propia hija, que sabía esto, le regaló en una ocasión una caja de bombones, bajo la promesa de que sería prudente. Poco tiempo después, Tolkien le escribió una carta de despedida llena de amor y en una única noche liquidó la caja entera. Lo encontraron muerto al día siguiente.

Aitor esperó unos segundos de fascinación antes de animarse a responder.

–¡Āiyā! Es una buena forma de irse.

–Es una forma muy dolorosa de irse. Y por supuesto, no es cierto. Tolkien murió de neumonía. Pero la historia es hermosa. Me la contó mi mujer… mi ex mujer, Filomena, hace muchos años, cuando recién la conocí. Probablemente la escuchó por ahí, o se la inventó para conquistarme.

–¿Y qué fue de ella?

Pedro no respondió. Dio otro sorbo y apagó la estufa eléctrica.

La lluvia era invisible en la oscuridad. Pedro abrió la puerta y entró una brisa fresca que le despejó momentáneamente los sentidos. Cuando saliera el sol, toda esa humedad se evaporaría y el calor volvería a su rutina de agobio. Pero por lo pronto, no podía menos que agradecer el respiro.

Tolkien aprovechó la oportunidad para salir a resolver necesidades que ya no podían postergarse. Pedro palpó el terreno con un pie. Estaba tan inestable como se lo había imaginado. Tolkien volvió a entrar raudo, aliviado pero empapado, y Pedro cerró la puerta. Sirvió más vino. La botella se había terminado, pero tenía otras. Menos especiales, y aun así perfectamente adecuadas.

Desde debajo de la mesa subía olor a perro mojado. Aitor y Pedro, sentados uno frente al otro, lo ignoraban sin esfuerzo. Conversar se había vuelto un poco más fácil. Los términos desconocidos para Pedro se deslizaban entre las frases y se fijaban en significados más o menos precisos, contextuales pero entendibles.

–¿China? ¿De verdad?

–Shì. Tres olas de inmigrantes. Mis abueles llegaron en la última.

–¿Y Estados Unidos?

–Se dividió hace tiempo.

–Increíble.

Aitor sonrió. Nunca se había imaginado que tendría que contar un trozo tan grande de Historia ante un auditorio maravillado. Era demasiado joven para recordar pero haber leído lo ayudaba. Aun así, a menudo Pedro lo interrumpía para pedir más detalles sobre un hecho o para intentar comprender alguna nueva diagramación geopolítica. Entonces Aitor tenía que reconocer que no sabía y se reprochaba no haber leído aún más.

Pedro fue por otra botella.

–Los que inventaron el auto eléctrico de hoy fueron los estadounidenses –explicaba Aitor–, pero después estalló la crisis y se interrumpió el comercio. Los chinos lo perfecionaron por su cuenta. Ellos inventaron la pintura cinecromática, por ejemplo. Y el cinturón de seguridá inteligente.

–Vas a tener que explicar lo de la pintura.

–Bueno, no es una pintura. Es un tratamiento que se le hace al metal. Eso de los colores, un sistema de semáforo: verde, amarillo, rojo. El color del auto cambia según la velocidá a la que se mueve.

–Hablando de eso…  ¿Vos qué hacías en la ruta? ¿A dónde ibas?

–A Posadas.

–¿Por trabajo?

–No, no trabajo. Todavía. Decidí tomarme un año sabático antes de empezar.

–Entiendo. Siempre quise hacer eso pero nunca me dio el cuero.

–Yo tengo unos ahorros. Más el ingreso universal, claro.

–No sé qué es eso pero después me explicás. Contame por qué ibas a Posadas.

El corcho salió con un sonido a burbuja. Los vasos se llenaron de nuevo.

–Yuanfen –dijo sonriendo. Pedro levantó una ceja–. Incluso los amores predestinados necesitan que uno los construya.  

–Ah, qué bien, qué bien, se pone interesante. ¿Cómo se llama ella?

Aitor se rió en voz alta y Pedro lo miró divertido.

–¿Qué pasa?

–Perdón, es estraño hablar con usté… o sea,  usté acaba de asumir el género de mi pareja.

La cara de Pedro se petrificó un segundo. Después sonrió.

–Perdoname vos a mí… tenés razón. Estoy un poco oxidado. ¿Cómo se llama él?

Esta vez Aitor se dejó caer al suelo de la risa. Pedro no entendía, pero se contagió y estuvieron así un rato, hasta que sintió el último trago de vino trepándole por el esófago y se tuvo que contener para no expulsarlo.

Aitor volvió a su silla suspirando. Tenía las facciones relajadas pero los dedos rascaban nerviosos la superficie de la mesa. Pedro lo notó:

–Fumá tranquilo, pibe. Dale.

Aitor exageró a propósito la expresión de alivio, pero sin perder tiempo sacó el paquete de cigarrillos y encendió uno. Pedro agarró el paquete y lo examinó. No reconocía la marca, ni la forma del paquete, ni sus ojos mermados alcanzaban a leer las inscripciones. Pucha que el mundo sabe girar sin uno, pensó. Aitor exhaló una columna larga de humo blanco y, como si le leyera la mente, preguntó:

–¿Y usté? ¿Por qué vive encerrade?

–¿Encerrado yo?

–Bueno, aislade. Lejos de le gente.

–Soy de Buenos Aires yo también. Me vine para acá hace ya… qué sé yo, parva de años.

–¿Y por qué?

–Porque mi mujer no quería tener un perro.

Apenas lo dijo la risa se apoderó de él otra vez. Aitor se rio por la nariz pero sentía más curiosidad que otra cosa.

–Bueno, el asunto ya venía de antes, en realidad. Muchos problemas. Éramos jóvenes, nos habíamos conocido en la universidad. Primer año. ¿Querés más?

–No, no… quiero escuchar.

–¿Seguro? Fue en otra vida esto.

–Favor, no se detenga.

–Sos un buen pibe vos –Pedro se sirvió él y dio un sorbo largo antes de seguir: –Ella nunca conoció a nadie más, viste… yo fui, digamos, su único… Nos casamos. Yo trabajaba mucho. Ella también. Siempre discutíamos por el perro. ¡Por un perro que ni siquiera teníamos! Creo que andaba con alguien. Estoy seguro, o estaba seguro. Son muchos años.

La voz se le volvía soplada por momentos, pero era una sensación agradable hablar de corrido. Hablar mucho, como cuando daba clases. Dejarse hipnotizar por su propia voz. Pronunciaba su relato y a la vez lo escuchaba como si le hubiese sucedido a otro.

Sin querer movió una pierna y pateó a Tolkien, que protestó y se fue a dormir a otra parte.

–Un día discutimos tanto por el tema que una cosa llevó a la otra y… –hizo un gesto de revés con la mano. –Me mandé una cagada ahí. Se fue de casa ahí. Por dos días no vino. Yo estaba preocupadísimo, te imaginarás. Pensé que la había perdido para siempre, y adiviná qué. Resultó que ella andaba con otro. ¿Podés creer? Lo sé porque volvió con la misma ropa. No fue a lo de la madre ni a lo de una amiga. La misma ropa. El día que volvió hacía un sol tremendo. Mirá las cosas que uno se acuerda. De esas cosas uno se acuerda. Del sol y lo transpirada que estaba. Hasta olor tenía.

Aitor estaba serio, pendiente de cada palabra.

–¿Y qué pasó?

–¿No tomás más?

Aitor negó con la cabeza. Pedro se sirvió medio vaso y lo bebió de un trago casi sin interrumpirse.

–¿Sabés qué hice yo cuando la vi así? ¿Sabés qué hice? Le preparé la cena. Es lo que hace un buen esposo cuando su mujer vuelve transpirada de estar con otro. Le pide perdón y le hace la cena, je. Hidrato cloral le puse. ¿Vos sabés lo que es eso? ¡Qué vas a saber vos! –una tos profunda lo atacó pero se recompuso antes de que Aitor pudiera asistirlo. –Es un sedante, lo vas a encontrar en cualquier tratado pediátrico. Y si leés algo de química, aprendés cómo hacerlo. A mí me pareció lo más humano. Un tiro es una cosa sucia.

Un silencio sólido cayó sobre la mesa. Aitor no atinaba a decir nada, miraba los ojos vidriosos de Pedro y esperaba. Pedro viró de humor, como si hubiese empezado a contar un chiste y el remate se le hubiese podrido en la boca. La voz se le volvió más pausada.

–Por un tiempo la tuve enterrada en el patiecito de casa. Ni una vez vino un policía a tocarme la puerta, ¿podés creer? Ni una. Acá tampoco. Mirá que si venían yo les decía la verdad, eh. Estaba listo para decirles la verdad, si ni forma de ocultarla tenía. Pero no vinieron. –suspiró un vaho etílico, un mal espíritu que se expandió por el ambiente. Después, agotado, agregó:  –Qué país de mierda.

Por la ventana entraba una claridad pálida. El alero chorreaba todavía pero la lluvia había amainado.

–Bue, ya amaneció. Mejor voy a ver lo de tu auto. Vos esperame acá que no conocés el terreno, pibe. Estos pibes… pintura cinecromática… Qué bárbaro.

Aitor lo observó agarrar la escopeta, tambalearse un poco. Antes de salir, se dio vuelta y lo miró:

–¿No me vas a decir nada de mi historia?

–No sabría qué decirle.

–Sos medio lerdo vos, al final.

–Los tiempos cambiaron mucho desde lo que usté me cuenta.

–¿Sabés qué cosas no cambian? Los perros. Los perros no cambian –dijo Pedro, y salió. Dejó la puerta abierta y encaró la huella a pie. Tolkien no quiso seguirlo. Desde adentro de la casa, Aitor contempló la imagen que el marco le ofrecía: un viejo resbalando en el barro.

Se hacían largos los mil metros y se había olvidado de ponerse las botas. ¿Para  qué había traído la escopeta? La miraba sin comprender. Como sea, servía al menos de punto de apoyo. El caño se clavaba en el suelo y la mano arrugada y repleta de nudillos se aferraba a la culata. Daba un paso inseguro y desclavaba el caño, que salía taponado de barro. Así una vez y otra, bajo un cielo de mármol.

La ruta apareció primero como una línea gris que se fue ensanchando. Ya sobre la banquina, el terreno se hacía más transitable. Miró a ambos lados antes de cruzar, un gesto automático que no requería ensayo. Con cada giro de cabeza, el cerebro le rebotaba contra las paredes del cráneo. Del otro lado de la ruta, un auto con la trompa apoyada en el tronco del ligustro. Tal vez porque estaba quieto, tal vez porque estaba roto, pero no se veía ni rojo ni verde ni nada. Era de un plateado opaco, apagado.

Pedro se acercó. El árbol estaba prácticamente intacto, pero el frente del auto se había abollado un poco. No encontró un logo que identificara la marca o el modelo. Incluso costaba discernir los faros o las divisiones de la chapa entre un sector y otro, como si toda la carrocería fuese una única pieza de matricería. La puerta no tenía manija, tan sólo un cuadrado negro y liso del tamaño de un pulgar, pero tampoco estaba del todo cerrada. Una mínima luz la separaba del resto. Pedro introdujo las puntas de los dedos e hizo fuerza. Las articulaciones se quejaron pero la puerta cedió.

El interior olía a nuevo. Soltó la escopeta en el asiento del acompañante, dejando un rastro de barro. En el piso yacía el teléfono de Aitor, pero no lo vio. Hacía mucho que ni siquiera se subía a su propia camioneta. Esto era completamente otra cosa.

El volante parecía más el mando de un avión que un volante, y estaba rajado ahí donde la cabeza de Aitor lo había impactado. Todo lo demás, aunque indescifrable para Pedro, parecía estar en orden. Tenía que volver y decírselo a Aitor, para que se fuera por fin, para recuperar la normalidad. Pero el asiento ergonómico lo invitaba a recostarse.

Cerró los ojos.

Lo despertó el sol del mediodía abriéndose paso entre nubes que huían a toda velocidad. Parpadeó. Le dolía la cabeza y por la boca reseca exhalaba un aliento espantoso.

Abrió la puerta. La humedad se metió en la cabina, sofocándolo, y sintió el corazón que se le aceleraba. Despacio, agarró la escopeta y bajó. Desanduvo la huella protegiéndose los ojos para ver dónde pisaba y espantando gorriones con las puteadas que largaba ante cada resbalón.

Un aguilucho volaba solo allá en lo alto.

La puerta de la casa estaba abierta. ¿La había dejado él así? Aitor no estaba. Tolkien tampoco. Revisó el baño y después el cobertizo. La mochila también faltaba, sólo las botellas vacías, las colillas apagadas en un plato y el fondo púrpura de los vasos acusaban que la noche había ocurrido.

Un par de huellas lo guiaron en dirección al río. Las márgenes habían crecido y el agua todavía bajaba furiosa, cargada de lluvia.

En la orilla, un bulto blanco.

Se acercó recordando de a partes, sin poder recordar el todo. Lo suficiente para entender esa mancha de chocolate en el hocico, ese vómito espeso, el cuerpo tieso, los músculos contraídos con los signos de la agonía. Un ojo muerto apuntaba al cielo, el otro flanco se hundía en la orilla donde las olas venían por turnos a tocarlo y despedirse.

Las huellas se reanudaban más allá. Se alejaban hacia al pueblo siguiendo la línea de la costa.

A esa misma hora, un barquito de papel metálico, cuidadosamente plegado, bajaba raudo en dirección opuesta, subido a lomos del río. Lanzaba destellos bajo el sol y se demoraba en remolinos, pero no iba a parar hasta llegar a Buenos Aires primero, y luego al mar.

 

 

Simple e Imperfecto.

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