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Notas > Cuentos

La cámara rota

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Two wrongs will never make a right.
Marvin Anderson

 

El juicio ocurría del otro lado de la pared, desde hacía ya un par de horas largas. De este lado, todo lo que había era un banco donde sentarse, un policía custodiando una puerta de madera gruesa y un ventilador de techo revolviendo el aire. Como ventilador era más bien chico, y parecía no alcanzar para los dos. Martín lo miraba girar. Así, en velocidad, se asemejaba a un disco borroso, pero si parpadeaba rápido podía sacar instantáneas de las paletas. Parpadeó una vez. Otra. Eran cuatro paletas. Dejó los ojos abiertos y el disco se formó de nuevo. Martín pensó que podía saber alternativamente dónde estaban las paletas o apreciar la velocidad a la que se movían, pero no había forma de saber las dos cosas al mismo tiempo. Visto de esa manera, resultaba un poco frustrante.

El policía llevaba mangas largas y borcegos, pero tenía el cuello y la frente secos. Martín se preguntó cómo lo lograba. Si habría sido parte de su entrenamiento, si le habían enseñado a no transpirar. Porque Martín transpiraba. De hecho, podía sentir en ese momento una gota deslizándose hasta el filo de su ceja izquierda. La gota se sostuvo un momento, dudó y saltó al vacío. Martín se miró el dorso de la mano. La gota estaba ahí, desparramada, muerta. Como Rodrigo.

Rodrigo tenía una bala en la cabeza. O supo tenerla; los forenses la habían removido. Después, la bala había sido procesada como prueba y había esperado en un depósito hasta ese día en que el fiscal la expuso ante el jurado dentro de una bolsa transparente. Pero eso Martín no lo vio. Martín estaba de este lado de la pared.

El que estaba del otro lado de la pared era el tipo acusado de disparar la bala. Esperaba sentado, ahí a pocos metros, que terminaran de juzgarlo. El fiscal le mostró la bala como si esperase que la reconociera. Por supuesto, el tipo no dio señales de hacerlo.

Después, el abogado defensor se puso a caminar de un punto a otro, exhibiendo sus argumentos, ahorcado por una corbata roja de doscientos dólares. Hablaba bien el abogado. Hacía preguntas retóricas al jurado usando un tono suave pero que no admitía réplica, como si les lamiera la cara con un cuchillo. Cuando se refería al acusado, se acercaba a él, le ponía una mano en el brazo y decía “este hombre”. Automáticamente, dentro de la cabeza de los miembros del jurado, como si hubiese sido plantada, regada, fertilizada y expuesta al sol, la palabra pobre brotaba en el medio de la expresión.

Pero todo eso ocurría del otro lado. De este lado, Martín tuvo vértigo y necesitó agarrarse del banco con las dos manos. En cualquier momento lo iban a llamar. Iba a tener que reconstruir la historia para ellos y después iba a tener que resistir dos sesiones de preguntas. Sabía que su testimonio no era definitivo, sólo uno más en la pila de pruebas. Es decir, su palabra valía lo mismo que una bala usada y una remera manchada de sangre. De cualquier modo, se sentía responsable. Él había presenciado todo.

Escuchó el tiro primero. Después, vio la cabeza de Rodrigo estallando contra el monitor, al lado de él. En realidad sucedió todo junto, pero la única forma de narrarlo era esa: una cosa primero, la otra después. En el medio, un estruendo que lo dejó sordo. La sangre salpicándole la cara, gotas tibias como perdigones sobre sus manos, sobre el teclado, sobre la pantalla donde todavía se veían otras manos, manos de soldado sosteniendo una ametralladora, de un realismo opaco, antiguo, la época de bronce de los videojuegos. Todavía aturdido, se dio vuelta y vio al atacante en el momento exacto en el que giraba, se abría paso entre gritos de espanto, un trayecto corto por el pasillo oscuro, que era la única vía de entrada y salida de El Galpón, y desaparecía para siempre. O en ese momento Martín pensó que era para siempre.

En instantes, iba a entrar y lo iba a ver. Peor aún: iba a ser visto. Pero todavía no. Todavía no habían terminado con el testigo anterior. Mientras Martín esperaba, el abogado le había agarrado el brazo de nuevo al tipo y le preguntaba a un policía, para que conste, si “este hombre” era efectivamente el que había arrestado seis horas después del ataque, a cincuenta kilómetros del lugar de los acontecimientos, a bordo de un vehículo de la marca Chevrolet, color verde, conduciendo en estado de ebriedad.

–¿Específicamente qué tipo de verde? –preguntó al oficial.

–Verde agua, diría yo.

Después, un perito forense declaró que las pruebas de parafina realizadas no eran conclusivas, de modo que Martín tuvo que esperar otra media hora. Por fin, alguien golpeó la puerta de madera y el policía le hizo un gesto para que se acercara. Martín entró al recinto secándose las palmas en el pantalón.

La piel del acusado brillaba bajo los tubos fluorescentes, igual que en El Galpón. Martín podía ahora notar también la nariz ganchuda, el cuello quemado de vaya uno a saber qué oscuro accidente, qué coqueteo temprano con la muerte en la infancia de ese asesino.

El fiscal era un tipo barbudo dentro de un traje sintético, pero parecía saber lo que hacía. Caminaba menos que el abogado defensor y gesticulaba en un radio más reducido, con las manos, las muñecas y los antebrazos, suficiente apoyo no verbal para sostener, demostrar y defender que el acusado había estado presente el día del crimen en el centro de juegos conocido como El Galpón, ubicado en la calle tal, intersección tal, a las catorce y cincuenta. Una contracción del dedo índice le alcanzó para subrayar que, además, había sido él y no otro quien disparara la bala que provocó la muerte de Rodrigo Buenaventura, la destrucción del monitor donde el fallecido jugaba a un juego de guerra con sus amigos y el pánico general subsiguiente. Con un suave deslizar de la palma dibujó en el aire la ruta sobre la cual el acusado huyó a bordo de un vehículo color verde militar. Pero todo esto lo dijo antes de que entrara Martín. Ahora sólo esperaba quieto mientras el testigo se sentaba. Esperaba paciente, liberado de todas las miradas, que convergían en Martín, finalmente en Martín, después de tanta espera, de tanta preparación, de repasar la historia tantas veces, de sucumbir a la camisa planchada de mamá, que no lo iba a dejar testificar en remera.

–Nombre.

–Martín Ignacio Heredia.

–¿Edad?

–Dieciocho años.

–Usted está a punto de comparecer ante este tribunal y, una vez prestado juramento, está obligado a decir verdad. Tenga presente que se castiga el falso testimonio con pena de prisión de un mes a cuatro años.

–Sí, señor.

El fiscal le acercó un ejemplar de la Constitución forrado en cuero negro y le hizo colocar una palma encima y la otra en alto.

–¿Jura usted decir toda la verdad y solamente la verdad?

Martín juró. ¿Por qué no? De chico había jurado tantas veces ante sus amigos, ante sus padres, en el confesionario de la parroquia. Había jurado lealtad a la bandera. Había jurado diciendo la verdad y había jurado mentiras. No recordaba una sola consecuencia.

–¿Está usted aquí en pleno uso de sus capacidades, comprendiendo el motivo por el cual se lo ha citado y bajo ningún tipo de extorsión o amenaza?

–Eh, sí… claro.

–¿Estaba usted presente el día cuatro de febrero del año dos mil veintinueve, en el centro de juegos El Galpón, ubicado en la intersección de la calle Colombres y Camino de Cintura, ciudad de Lomas de Zamora, cuando ocurrió el asesinato de Rodrigo Buenaventura?

–Sí.

–¿Puede, por favor, informar al jurado qué es exactamente El Galpón?

Dudó un momento, era una pregunta difícil de responder. Quienes prácticamente vivían ahí adentro, asimilados a ese ambiente sucio, a ese ruido de colmena, no acostumbraban cuestionarse sobre la naturaleza del lugar y, por lo tanto, no encontraban palabras para describirlo en toda su dimensión. Martín optó por dar una versión reducida de la verdad:

–Bueno, El Galpón es eso… un galpón. Grande. Tiene unas doscientas computadoras, de las viejas, conectadas en red. Y uno va y por cien pesos puede jugar ocho horas. Son todos juegos viejos, con mouse, pero es barato y está siempre lleno de chicos. Vienen de todos lados, hay chicos de la villa y chicos… no sé, como nosotros.

Era mucho más que eso, ¿pero cómo lo iba a explicar? Sentado en esa silla, tan lejos de todo, ante esas caras inexpresivas, ¿cómo podía hablar de las lealtades, las traiciones, los códigos? Cuando le preguntaban qué era El Galpón, ¿esperaban que contara de la vez que se quedaron dos días de corrido terminando un torneo? ¿Tenía que explicar el sistema que habían ideado para que todos pudieran jugar, incluso cuando alguno andaba corto de plata? ¿Bastaba con decirles que dos meses atrás se habían agarrado a palazos con la patota del intendente, que los quería clausurar para quedarse el terreno? No. Todo lo que pasaba en El Galpón debía, en teoría, quedar en El Galpón. No había ahora más remedio que testificar, y sin embargo, confiaba en tener que decir lo menos posible.

–¿Había ingerido usted alguna bebida alcohólica ese día?

–No, no… yo no bebo –y agregó:– nunca.

–¿Algún estupefaciente?

–No.

–¿Puede indicarnos dónde se encontraba usted exactamente ese día?

–En la primera fila apenas entrás, cerca de la puerta. Sentado justo al lado de él.

–El testigo se refiere a la víctima. ¿Puede describirnos lo que pasó?

–Estábamos jugando al Counter Strike. Teníamos los auriculares puestos y el volumen alto. No lo sentí llegar. Se paró atrás de Rodrigo y lo ejecutó. Pasó muy rápido, pero lo vi. Hubo gritos. Me caí de la silla, pensé que me iba a morir. La sangre me salpicó. Mucha sangre. Cuando me incorporé, vi al tipo salir con el arma en la mano. Se subió a una camioneta verde.

–¿Puede identificar el modelo?

–No, la verdad que no.

–¿Qué tono de verde?

Dudó. El fiscal esperaba una respuesta rápida y el silencio de Martín lo incomodaba, le hacía perder ritmo, capacidad de convicción. Se acercó y repitió:

–¿Qué tipo de verde?

Martín hizo memoria. Veía El Galpón, veía al tipo huyendo por el pasillo y saliendo a la calle, a través de la puerta abierta lo veía subirse a un auto que resplandecía al sol. Pero por sobre todas las cosas, veía sangre.

–No sé. Verde.

Por un momento, el fiscal no dijo nada. Lo miró y Martín supo que en su cabeza se estaban sopesando estrategias, postulando jugadas, a toda velocidad, en un nivel en el que ya no operaba ningún sentimiento de justicia sino el impulso más primitivo de ganar. Duró dos segundos. Después, el fiscal tragó saliva y sin perder tiempo, siguió preguntando:

–¿Alcanzó a distinguir la cara del asesino?

–De perfil, cuando escuché el disparo y me giré.

–¿Se siente capaz de identificarlo?

–Totalmente –dijo Martín, decidido a no dudar.

–¿Está en esta sala ahora?

–Sí.

–¿Puede señalarlo?

–Es ese.

*

Afuera lo esperaban papá y mamá. Querían saber si estaba bien, recordarle el próximo turno con el terapeuta, decirle que se alegraban de poder dejar todo esto atrás, pobre Rodrigo, eso sí, pobre. Se deshizo como pudo de ellos y caminó hasta encontrarse con Damián, que lo esperaba subido a su bicicleta y sosteniendo la de Martín al lado.

Anduvieron sin hablar un rato.

–¿Te volvieron muy loco? –preguntó al fin, mientras dejaban la calle y cruzaban la plaza en dirección al puesto de panchos que estaba del otro lado.

–No sé.

–¿Cómo no sabés?

–No sé. Pensé que fueron diez minutos desde que me empezaron a preguntar y cuando salí, me di cuenta de que había sido más de media hora.

–¿Qué les dijiste?

–Lo que pasó.

– Sí, pero qué.

–Vos estabas ahí. Vos lo viste mejor que yo.

–Sí, pero yo no puedo declarar, soy menor.

–Pero igual lo viste.

–Tomá. Traeme una cerveza.

Martín dejó la bicicleta de nuevo bajo la custodia de Damián y se acercó al puesto. Al tipo que atendía le daba igual la edad del cliente. Damián sabía eso, pero igual se hizo traer la cerveza, como si de algún modo ese día también él tuviera que estar regido por algún tipo de legalidad, la vida de mármol y madera de los tribunales.

Compró dos.

Le alcanzó la suya a Damián y se sentaron en el pasto. El siseo de las latas al abrirse lo relajó.

–¿Y?

–Me pidieron que lo identifique. Estaba ahí el flaco.

–Jodeme. ¿Te hicieron señalarlo?

–Sí.

–Como en las películas.

–Igual.

–¿Y lo reconociste?

–Obvio. No me lo olvido más.

–Yo lo único que me acuerdo es el arma.

–Una Glock.

–Una Glock, exacto.

–Pensar que en el Counter con esa no le podías hacer ni cosquillas a Rodrigo. Y mirá…

Hicieron unos segundos de silencio, pero Martín no supo si Damián estaba pensando en la muerte o en los videojuegos. Antes, solían ser la misma cosa.

–Tenía el costado de la cara quemada. Voy a soñar con eso, la puta madre.

–¿La cara quemada? No me acuerdo de eso.

–Dijiste que lo único que te acordás es del arma.

–Sí, claro, me cagué todo. Ruido, sangre, gritos, fue un quilombo eso. El arma es lo único que vi bien.

–Bueno, yo vi todo. Y cuando se fue, se subió a una camioneta verde. Me acuerdo porque mi viejo tenía una camioneta verde. La vendió cuando lo echaron del laburo, yo tendría nueve o diez…

–Tu viejo tenía una camioneta azul.

–¿Y vos qué mierda sabés?

–Bueno, che, no te pongas así. No me acuerdo.

–Exacto.

Martín le dio un trago a la cerveza pero le supo a nada.

–¿Pasaste por El Galpón? –preguntó. Damián se tomó su tiempo para responder.

–Sigue cerrado. Ni noticia de los pibes. Están todos desaparecidos.

–¿Y el gordo?

–También. ¿No lo mencionaron en el juicio?

–No mientras yo estuve. Debe andar por la frontera ya.

–Ni en pedo, debe estar comiendo milanesas y pensando cómo carajo recupera las doscientas computadoras que hay ahí adentro.

–¿Por qué alguien querría matar a Rodrigo? –preguntó en voz alta pero sin esperar respuesta. Damián igual respondió:

–Yo creo que el que está atrás de todo esto es el enfermito de Javier.

–¿Javi? ¿El petisito?

–Está loco ese pibe –dijo Damián con tono de advertencia.

–Estás delirando. Lo que pasa es que se agarraron a trompadas una vez y no te olvidás. Ellos lo superaron y vos todavía no.

–Se agarraron a trompadas porque Rodrigo lo tenía de hijo en el Counter. Cada vez que asomaba la cabeza, le hacía un headshot y el forro ese no se banca perder. Eso pasa.

–Cualquiera.

–Entonces fue el gordo.

–Vos querés que te echen a la mierda del Galpón, ¿no? ¿Eso querés?

Damián sonrió. A veces podía tener los gestos más tenebrosos.

–No hay más Galpón, Martín. No hay más. Olvidate. Vamos a tener que encontrar un lugar nuevo.

Martín cerró los ojos en busca de oscuridad, un momento de oscuridad donde refugiarse.

–Da igual, no podés estar acusando gente así a lo bestia.

–No es a lo bestia.

–¿Y qué pruebas tenés, eh? ¿Qué pruebas tenés? –le puso el dedo en el pecho y presionó, haciéndole doler. Una parte de él no participó del gesto. Una parte de él se desgajó, miró el gesto desde afuera y se preguntó si no tenía talento como fiscal. Martín no tenía una respuesta para darse. –No hay pruebas, así que callate.

–Yo sólo digo que el gordo anda en cosas turbias.

Martín se levantó y agarró la bicicleta.

–Me voy –dijo.

–Pará, pará. Pensalo: capaz fue para cagarle el negocio al gordo. Yo escuché que debe mucha plata.

–¿Y si pierde el negocio cómo la va a pagar? Pensá un poco, Damián.

*

Volvió a casa un tanto ofuscado. A veces, no entendía por qué se seguía juntando con Damián. Lo único que hacía era ponerlo nervioso. Anochecía y el sudor pedaleado empezaba a enfriarse. Supuso que tenía fiebre, pero mejor no decirlo. Mamá se ponía particularmente cargosa cada vez que lo veía enfermo.

Lo recibió un vaho a fritura. Papá daba vuelta milanesas en la cocina. Mamá miraba las noticias, donde un periodista entrevistaba al intendente acerca del lanzamiento de un nuevo proyecto inmobiliario. “Vamos a poner en valor esta zona para todos los vecinos”, decía el intendente con la sonrisa trabada, pero Martín no lo vio porque mamá apagó el televisor tan pronto lo sintió llegar.

–¿Cómo estás, mi cielo?

–No me digas así. Me molesta que me digas así.

–Bueno, no podés hacer nada al respecto.

–¿Todo bien, mi cielo? –gritó papá desde la cocina, estirando las palabras a propósito.

–Muy gracioso.

–Andá a lavarte que en diez comemos.

Mamá le apretó un poco el brazo, gesto inútil arrastrando el peso de las buenas intenciones. Martín asintió y encaró las escaleras. Antes de subir, se frenó. Necesitaba preguntar. Levantó la voz:

–Pa, ¿de qué color era la camioneta que tenías vos?

–¡Dodge RAM 1500, año 2014, azul! Un caño, una pieza de museo. No pasa un día en que no lamente haberla vendido.

–En el dos mil diecinueve, ¿verdad? –dijo mamá.

–No, en el dos mil dieciocho. Me acuerdo porque fue el mismo año que se nos rompió la cámara, y entre eso y la crisis, ya no tenía sentido ni planear las vacaciones.

–Estoy segura de que fue en el dos mil diecinueve.

–Estás equivocada, entonces.

–No, señor, el equivocado sos vos. En el dos mil dieciocho murió mi tío y fuimos al velorio en la camioneta.

–Pero claro, si eso fue como en febrero. La RAM la vendimos después.

–Fue en el dos mil diecinueve, te digo. Hay olor a quemado.

–Gracias –dijo Martín, y aprovechando el hueco se escabulló.

Subió la escalera mucho más aliviado. Es lo que él había dicho: azul. Se acordaba perfecto. Damián era un pelotudo por hacerlo dudar.

Azul.

Abajo la discusión crecía, pero cuando abrió la ducha dejó de oírla.

 

 

***