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Notas > Cuentos

El Mar

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Cosmos is closed and light cannot escape from it, then it may be perfectly correct to describe
the Universe as a black hole.
If you wish to know what it is like inside a black hole, look around you.
Carl Sagan

 

La pileta era grande, pero no tanto. Isabel la miró al atravesar el jardín, protegido por paredones altos, delineado con árboles todavía jóvenes, de esos que se plantan al construir la propiedad y que van creciendo conforme la familia se arraiga y macera. Miró el reflejo del sol en el agua: blanco sobre celeste, brillante y móvil. Sus vacaciones deberían tener esos colores, pensó, pero por lo pronto la palabra vacaciones para ella no involucraba más que un hueco en el calendario: dos semanas de no ir a trabajar. De ahí a planificar un viaje, volver siquiera a Villa Gesell a visitar a su hermana, la posibilidad de cruzarse con Flavio, retomar las cosas donde las habían dejado, todo eso caía por fuera del ámbito de lo real, directo al plano de las fantasías, donde sus deudas estaban pagas y los pasajes de micro en enero no salían tan caros.

Se acomodó el blazer para que el logotipo de la empresa se luciera mejor.

Detrás de la pileta había un cobertizo. Al otro lado del sendero, un juego de muebles de jardín, de hierro blanco, descansaba vacío bajo un fresno. Por último, al final del camino, se elevaba la casa de los Leiva con sus dos plantas. Balcones con pequeñas columnas a modo de baranda. Puerta de doble hoja. Y sin embargo, polvo en la entrada, un poco de humedad en las paredes.

Llamó usando la aldaba, más por placer personal que por convicción de ser escuchada. De todos modos, la estarían esperando; se había anunciado a través del portero eléctrico en el portón de entrada.

El Sr. Leiva abrió la puerta con una sonrisa.

–Pase, pase, buen día, muchas gracias por venir, siéntese, ya la llamo a la cumpleañera, ¿quiere tomar algo?

–Agua, gracias.

Él mismo fue a buscarla a la cocina. Isabel aprovechó el intervalo para mirar alrededor. Muebles de madera oscura, lámparas de pie, mesa ratona con libros de fotos encima. Uno sobre caballos, otro sobre paisajes. Alguien había olvidado sobre el aparador una franela naranja y un limpiador de muebles en aerosol. Ahora que Isabel los había visto, no lograba mirar otra cosa. Eran lo único en esa sala que parecía no pertenecer, lo único corrido de lugar, declarado en rebeldía. Y a la vez parecían ser la huella de un rasgo de normalidad, la ausente presencia de una mucama que había cometido un error y que probablemente sería reprendida mañana. O tal vez eran una franela y un limpiador, un trapo y un aerosol, y ella y sus fantasías, nada más.

Se puso a ordenar sus papeles de manera visible. Parte de su trabajo era ostentar esos papeles de tipo ilustración, de gran gramaje. Daban la impresión de que la empresa podía permitirse lujos, que lo infrecuente y lo exclusivo no le eran ajenos.

El Sr. Leiva volvió trayendo un vaso con agua y hielo encima de una bandeja. Ella agradeció con una sonrisa que se partió apenas el Sr. Leiva se dio vuelta para gritar:

–¡Matilde! ¡Vení que llegó la promotora! ¡Dale!

–Oficial de ventas –intentó corregirlo.

–¿Perdón?

–Que no soy promotora, soy oficial de ventas. –Apenas lo dijo se dio cuenta de que había sonado más áspera de lo que pretendía. Enseguida suavizó con otra sonrisa amplia y relajada.

–Tiene razón, mil disculpas. Yo también fui broker, pero en el negocio inmobiliario. Hace varios años ya.

Ella tampoco era eso pero decidió dejarlo pasar.

Una chica de catorce años apareció en lo alto de la escalera. Isabel sabía que tenía exactamente catorce, necesariamente catorce, pero ahora que la veía parecía mucho más chica. No por el cuerpo, que cargaba algunos kilos de más y por lo tanto generaba, sobre todo en el pecho, una falsa sensación de desarrollo. Era la cara, los ojos, el color de las mejillas, tal vez las trenzas, lo que le daban un aire de infancia demorada.

Bajó los escalones despacio, suspicaz.

–Vení –dijo el Sr. Leiva–, te presento a Isabel. Ella vino a hablar de tu cumpleaños.

Los ojos de Matilde se abrieron un poco, el paso se le aceleró en los últimos escalones, un rapto de entusiasmo que Isabel estaba entrenada para detectar. Sin dudar un segundo, se adelantó, le extendió la mano y expuso al fin su sonrisa permanente, esa que sabía mantener hasta el final de la transacción. Pero ya Matilde había visto el logotipo en el blazer y había mudado de expresión casi de inmediato.

–Sentémonos –propuso el Sr. Leiva.

–No –dijo Matilde. Y después, dirigiéndose a su padre: –Te dije que quería una fiesta.

–Ya hablamos de esto, Matilde.

–Pensé que había sido clara.

–Y yo fui claro con vos. ¿Por qué no escuchás la propuesta, al menos?

–Mamá está de acuerdo conmigo.

–¡Matilde! –la voz del Sr. Leiva se elevó y estalló contra todas las paredes, derramando una autoridad inesperada, acaso rota, pero autoridad al fin. Matilde lo desafió con la mirada un momento, después se sentó y esperó a que Isabel se hiciera cargo del silencio que había quedado.

Entonces Isabel empezó a hablar.

Con delicadeza, corrió los libros de caballos y paisajes y desplegó sobre la mesa todas las posibilidades que la compañía ofrecía para las quinceañeras que querían algo diferente: traslado al lugar del despegue, alojamiento en tierra para los familiares durante las 48 horas que duraba el viaje, comidas especiales, posicionamientos panorámicos, fiesta con música electrónica en gravedad cero. Las imágenes de los folletos mostraban adolescentes divirtiéndose, con grandes ventanales atrás, desde donde se podía ver la Tierra o la Luna, o bien flotando y riendo entre un millar de estrellas de espuma que danzaban ingrávidas y que la cámara había sabido congelar. Eran fotografías sacadas en un estudio y retocadas digitalmente, porque era más barato, pero servían para ilustrar el servicio y, por lo general, despertaban pequeños alaridos de emoción en las futuras pasajeras.

Matilde no emitía sonido alguno. Isabel pasaba las páginas y señalaba los puntos importantes, pero comenzaba a aceptar el fracaso. Ni siquiera el Sr. Leiva la había interrumpido para preguntar algo sobre las medidas de seguridad. Los dos estaban absortos en una batalla muda, para la cual Isabel no constituía más que un telón de fondo; si la miraban, era para no mirarse entre ellos. Aun así, Isabel siguió hablando, consciente del cansancio que se instalaba furtivo en lo más profundo de su cerebro, como el enemigo tomando un territorio de noche. Volvió a pensar en las vacaciones.

–Bueno –dijo el Sr. Leiva–. Convengamos que la propuesta es interesante.

Matilde miraba el suelo, seria. Cuando por fin levantó la cabeza, sus rasgos infantiles se habían endurecido. Cuando habló, le habló a Isabel:

–¿Puedo llevar a quien quiera conmigo?

–La cantidad de acompañantes depende del paquete que contraten, hasta un máximo de doce personas. Desde ya, todos, incluyéndote a vos, tienen que pasar los exámenes médicos correspondientes.

–Me imaginaba. Entonces no hay nada más que hablar.

–Matilde…

Isabel decidió dejar un espacio de intimidad. Su mamá solía repetir que para que el agua hirviera, había que no mirarla.

Pidió permiso para usar el baño.

–Arriba –dijo el Sr. Leiva– Lamentablemente, el toilette de planta baja está fuera de servicio por el momento. Pero suba la escalera. En el ala sur de la casa, es la tercera puerta de mano derecha.

Isabel hizo un gesto de cabeza y enfiló hacia la escalera de la cual Matilde había bajado. Al tercer escalón, la escuchó ordenarle:

–No haga ruido.

No supo a qué volumen debía responderle, así que no le respondió y siguió subiendo.

El piso superior era, en principio, un largo pasillo que se extendía en dos direcciones, con una ventana en cada extremo. La luz del día llegaba amortiguada por cortinas blancas. No alcanzaba para saber dónde quedaba el sur.

Eligió una dirección y caminó. Las puertas de madera se sucedían a intervalos regulares sin que ninguna ofreciera una variante que sirviera para identificar el baño. Sin embargo, un olor se insinuaba e Isabel decidió dejarse guiar. Parecía cobrar materialidad a medida que avanzaba por el pasillo. No era exactamente el olor que podía esperarse; era más bien un aire espeso, ácido. Isabel pensó en frutas descomponiéndose y en plástico quemado.

Frente a la última puerta, el olor se volvía innegable.

Dos golpes suaves, sin respuesta. Abrió apenas una hendija, como pidiendo permiso, por miedo a que un posible ocupante hubiese respondido sin llegar a hacerse oír. Pero lo único que le llegó fue el susurro de un motor y las luces titilantes de algunos aparatos, una habitación fresca, en penumbras, las sábanas blancas de una cama ortopédica.

–¿Mario?

La voz sonó soplada, como si perdiera aire.

–Perdón –dijo Isabel, retrocediendo.

–Agua.

–¿Cómo?

–Agua.

Isabel dudó. Después dio otro paso y entró entera en la habitación. El olor la cubrió por completo, irremediable.

Cerró la puerta detrás de sí.

Junto a la cama había una mesa pequeña y un jarro de agua. La sirvió en un vaso y se la alcanzó a la mujer (ahora la veía, era una mujer), que no hizo ademán de agarrarlo. Tenía los ojos hundidos y un pequeño tubo de plástico asomándole de la tráquea.

Hubo que meterle la mano detrás de la cabeza, sentir los pelos secos y delgados, para ayudarla a incorporarse apenas un poco, sostener e inclinar el vaso con la otra mano, todo para un trago mínimo, breve, necesario. Tan pronto reposó la cabeza de nuevo, la mujer pareció recuperar el habla. La voz seguía siendo silbada y débil, pero fluía.

–Parece difícil, pero vas a ver que no doy mucho trabajo.

–¿Perdón?

–La parte de bañarme no es la más agradable. Pero por lo demás, no doy mucho trabajo.

–No, pero yo no…

–¿Cómo te llamás?

–Isabel.

–Hermoso nombre.

La mujer pareció quedarse dormida de pronto. El murmullo del motor venía de alguno de los aparatos que rodeaban la cama con ese aspecto de frágil precisión que tienen los equipos hospitalarios. El hecho de que no estuvieran en un hospital, sino en la planta alta de una casa de familia, los volvía aún más robóticos, más extraños.

–Agua –dijo la mujer, de pronto despierta.

Isabel repitió la operación.

–No soy una enfermera –se animó a decir.

La mujer no hizo caso. Parecía darle lo mismo si era enfermera o no.

–¿Me dormí?

–Creo que un poco.

–Duermo mucho últimamente. Creo. El tiempo pasa y no pasa. Hay luz en las persianas o no hay. Es como estar flotando en el océano.

Isabel temió que el Sr. Leiva empezara a preguntarse por qué tardaba tanto.

–Me tengo que ir. Disculpe si la desperté.

–No hay que tomar agua del mar.

Isabel no atinó a decir nada.

–Da más sed. Te vuelve loca.

–¿Usted navegó? –preguntó Isabel, sin saber qué otra cosa decir.

–¿Sabés qué es la locura?

Isabel no tenía la menor idea. Había un tío, hermano de su padre, del que se decía que había pasado sus últimos años en un instituto mental. En algunas navidades, la familia hacía alguna referencia a esa historia, pero jamás la contaban. Fuera de eso, Isabel nunca había usado la palabra como no fuera de forma figurativa. El concepto de locura para ella, como para toda persona cuerda, era en última instancia impenetrable.

La risa de la mujer interrumpió el silencio. Sonaba como una canilla escupiendo aire.

–Más agua.

Isabel repitió la operación, pero cuando quiso sostenerle la cabeza e inclinar el vaso, volcó parte del líquido. La mujer protestó.

–Sos una pésima enfermera.

–No soy enfermera.

–¿Y para qué me servís entonces?

–Yo vine por otra cosa. Soy oficial de ventas. Estaba ofreciéndole un viaje a su hija. Por su cumpleaños.

–Matilde.

–Eso, Matilde.

La mujer no dijo nada y el susurro del motor volvió a llenar la habitación. Isabel se preguntó si debía irse, simplemente. Su sola presencia en ese lugar suponía una transgresión que no podía ser buena para el negocio, y en caso de ser descubierta implicaría la aniquilación de la última posibilidad que tenía que concretar la venta, por remota que fuera. Además, ahora tenía ganas de orinar en serio.

–Matilde quiere una fiesta –dijo entonces la mujer, como adivinándole las intenciones.

–Eso dijo.

–¿Sabés por qué?

–Supongo que porque a una fiesta usted podría ir.

–¿A vos te parece que yo puedo ir a una fiesta?

–No sabría decirle. Yo la verdad… no sé.

–No seas estúpida.

Isabel cruzó los brazos y dio un imperceptible paso hacia atrás.

–Convencela del viaje. Es lo mejor. Tenés que convencerla.

–Ella dijo que usted estaba de acuerdo con la fiesta. Tal vez sería mejor que la convenza usted.

–Es tu trabajo ese.

–No puedo competir contra el consejo de una madre.

–Matilde es joven. Muy joven. Ella no entiende.

–Creo que deberían hablar entre todos antes de tomar una decisión.

–Sos peor vendedora que enfermera.

Isabel sonrió.

La mujer volvió a toser, esta vez con más fuerza. La cama crujió bajo los espasmos de su cuerpo y por un momento Isabel pensó que tendría que salir corriendo a alertar a la familia. Sin embargo, la crisis amainó y después de otro sorbo de agua volvió una calma precaria pero sostenida.

–Decíselo vos.

–¿Yo?

–Sí, por favor. Decíselo vos. Cualquiera que sea tu comisión, mi esposo te va a pagar el triple por las molestias.

Isabel tuvo que pensarlo, pero la horrorizó descubrir que tenía que pensarlo y se apuró a responder:

–No puedo, señora, no. ¿Cómo me va a pedir eso?

–Cuatro veces tu comisión. ¿No necesitás plata vos? Todo el mundo necesita plata.

–Basta, por favor, no sé qué hacer, no sé qué decirle…

–Ah, eso es la locura.

El Sr. Leiva la observó bajar las escaleras y tuvo la impresión de que Isabel, por el aspecto que traía y el tiempo invertido arriba, no podía menos que estar descompuesta. Se acercó y le ofreció otro vaso de agua, que ella rechazó con aprensión.

Matilde ya no estaba.

–¿Quiere sentarse?

–No, gracias.

–Le pido disculpas por mi hija. Es un poco difícil ella y bueno, es difícil también el momento que está atravesando.

–No se preocupe. Vuelvo en una semana. O lo llamo. O mejor me llama usted.

–Sí, por supuesto. Vamos a pensarlo y hablarlo en familia.

Isabel pensó en decir algo pero no supo qué. Después juntó sus cosas, incluso los folletos que se suponía debía dejarle al cliente, y encaró hacia la puerta. Durante todo ese tiempo, el Sr. Leiva la siguió de cerca, empezando gestos que quedaban a mitad de camino: alcanzarle el portafolios fue un agacharse apenas, abrirle la puerta un ademán, saludarla con un beso una intención.

La puerta que cerró atrás de ella no hizo prácticamente ningún ruido. El parque, adelante, también guardaba silencio. En su cabeza, sin embargo, sonaba persistente el murmullo del motor como si viniera de lo más profundo del caparazón de un caracol.

Ya veía de nuevo el reflejo del agua en la pileta, cuando oyó que la llamaban:

–¡Pst!

Bajo el fresno, en una de las sillas blancas de jardín, Matilde se abrazaba las rodillas y vigilaba la casa. Desde ese punto se distinguía con perfecta claridad la ventana del pasillo de la planta alta.

Isabel se acercó.

–¿La viste?

–¿Cómo?

–A mi mamá, cuando subiste.

–No.

–Sí la viste. ¿Qué te dijo?

Isabel dejó el portafolios en el suelo y se secó las manos transpiradas en el blazer.

–Me pidió agua.

–¿Y le diste?

–Por supuesto.

Matilde soltó el abrazo con el que contenía sus propias piernas y se sentó erguida.

–No voy a viajar.

–Bueno.

–¿No me vas a intentar convencer?

­–¿Debería?

–Es tu trabajo.

–Preferiría estar de vacaciones.

–¿En el espacio?

­–En Villa Gesell.

–Ah… el mar. No sé qué puede tener de interesante el mar.

–¿Fuiste alguna vez?

–No, pero lo vi en películas.

–No es lo mismo. Hay que estar ahí para conocerlo –dijo Isabel, y volvió a levantar el portafolios. Empezaba a irse cuando Matilde le dijo:

–El espacio tampoco me interesa. No hay norte ni sur ni nada. No sabría qué hacer ahí. Además es frío y oscuro.

–Todo es frío y oscuro –respondió Isabel.

 

 

***