Carrito
El carrito está vacío.
Simple-e-imperfecto_web

Notas > Cuentos

El interior reconfortante de la noche

TXT:

And Jesus was a sailor when He walked upon the water,
and He spent a long time watching from His lonely wooden tower,
and when He knew for certain only drowning men could see him,
He said “all men will be sailors then until the sea shall free them”,
but He Himself was broken, long before the sky would open,
forsaken, almost human, He sank beneath your wisdom like a stone.
Leonard Cohen – “Suzanne”

 

El sol bajaba entre dos torres de departamentos. A la vez, un pedazo de luna blanca flotaba prematura en el Este. Lorenzo agitó el fernet para apurar los hielos, acodado en la baranda, y miró para abajo. La terraza daba al balcón del octavo, donde una mesa para dos había sido dispuesta. Una vela fluctuaba en el centro, sobre un mantel rojo y verde estampado de campanas doradas. La vajilla tenía el brillo que sólo obtiene la vajilla largamente guardada en un armario y sacada para la ocasión. Y junto a la mesa, en otra mesa más pequeña, una maqueta antigua. Un trozo de lienzo verde simulaba la pradera donde descansaban una oveja, una vaca y un joven con cayado largo. Tres figuras altas que se dirigían en fila hacia un establo. Lorenzo no distinguía bien desde su posición cenital, pero parecían de cerámica pintada. Sabía sin embargo, recordaba más bien, que en el interior de este establo había un niño recién nacido, pero esa visión le quedaba vedada.

Una cabeza blanca salió al balcón y Lorenzo retrocedió por miedo a ser descubierto. Volvió a mirar el sol que caía y la luna apenas desplazada. Trianguló mentalmente la posición de la Tierra mientras daba otro sorbo al fernet. Vicios de astrónomo.

El timbre sonó un poco antes de lo esperado.

–¿Vas vos? –gritó girándose apenas hacia adentro del departamento. La voz de Constanza lo sorprendió por un flanco, cargada de vapor a través de la ventanita del baño:

–¡Estoy en bolas, Lolo! ¿No podés ir vos?

–Tengo las manos llenas de carbón –mintió, pero sabía que era una mentira torpe y que Constanza también lo sabía y no necesitaba responderle.

Dejó el fernet y entró. El departamento estaba oscuro y olía a desodorante para pisos. Mientras esperaba el ascensor sintió el timbre de nuevo, seguido por el grito que renacía desde el baño. Ignoró las dos cosas y bajó.

El palier de planta baja estaba fresco. Vio por el vidrio que Analía tenía la cara hundida en el cuello de una mujer que él no conocía. Se habían perdido en la espera pero el ruido de la llave en la puerta las alertó.

–Buenas.

–¡Lolo! –gritó Analía y lo abrazó con fuerza.

Hicieron las presentaciones correspondientes. La novia de Analía se llamaba Judith. Judith, se repitió Lorenzo, que tendía a olvidarse los nombres propios.

Una vez arriba, mientras esperaban que Constanza saliera por fin de la habitación, preparó dos vasos más de fernet y, estando todos servidos, se dedicó a encender el fuego. El sol ya casi desaparecía y la luna se había desplazado, blanca todavía.

–Che, ¿y hace cuánto que están ustedes?

–Seis meses, casi siete, ¿no? –dijo Analía. Judith asintió sonriendo.

–¿Hace tanto que no nos vemos? –dijo Lorenzo acomodando la pirámide de carbón que insistía en desmoronarse.

–Más, te diría.

Constanza apareció en el vano de la puerta. Tenía el color rosado que adquiere la gente muy blanca recién bañada. Hubo más abrazos y más presentaciones. Lorenzo multiplicó el fernet otra vez, ahora sí con las manos negras hasta los antebrazos, y hubo una picada. El fuego pasó del papel a la madera balsa y poco a poco comenzó a morder el carbón con un ruido crocante. Por un rato hablaron del futuro. Los planes para el año que entraba.

Analía giraba sobre sí misma, examinando el entorno. Los años no habían logrado borrarle la expresión de curiosidad permanente que tenía desde chica.

–Me encanta lo que hiciste con el balcón –le dijo a Constanza, que pasaba cargando una bandeja repleta de ensalada.

–¿Te gusta? Las luces las armé yo. Compré las lamparitas, el cable, todo.

–Jodeme, ¿cómo hiciste?

–Te bajo una, mirá.

Dejó la ensalada sobre una silla y se puso en puntas de pie para descolgar la guirnalda. Analía examinó el trabajo minucioso con el que estaban hechas las bolas de hilo endurecido que cubrían cada lamparita.

–Hermosas… pero qué paciencia.

–A mí me gusta hacer esas cosas –dijo Constanza, haciendo un esfuerzo por volver a colgarla. La dejó pendiendo apenas del clavo, balanceándose un poco.

–Te quedó increíble, le da una vida… Y mirá las plantas cómo están.

–Ah, no, eso es mérito de Lolo. El botánico es él. Yo no me entiendo con las plantas.

–¡Che, Lolo!

Lorenzo luchaba, medio cuerpo metido en el chulengo, con una nube de humo y chispas. Salió parpadeando y buscando oxígeno.

–Me cago en esta mierda. ¿Dónde está mi fernet?

Judith se lo alcanzó.

–Che, Lolo, qué lindas tenés las plantas.

–Gracias. Están bastante robustas.

–Y altas.

–Sí, yo creo que para cuando las coseche van a estar por el metro y medio.

–Epa.

–Y sí, marzo, abril, calculá.

Constanza administró el espacio libre de la mesa para que cupiera la ensalada y una botella de vino. Judith se levantó para ayudarla.

–¿Qué hacés? Quedate sentada, no te preocupes.

–Dejame, me siento inútil.

Constanza sonrió.

–Qué bueno que viniste, Judith. Escuchamos hablar tanto de vos.

–No quiero saber las cosas que te contó esta –señaló con la cabeza a Analía–. Todas mentiras, seguro.

–Ah, si me mintió, no sé. Me dijo que estudiás agronomía. ¿Puede ser?

–¿Ves? Te mintió.

–Ey, yo no mentí –Analía abandonó el examen de las plantas y se acercó a la mesa.

–Estudio ingeniería naval.

Lorenzo levantó la cabeza interesado.

–Ah, entonces no se conocieron en la universidad –dijo Constanza.

–¡No, tenés toda la historia mal! ­–dijo Judith.

–A mí no me mires –se defendió Analía.

Lorenzo recuperó el vaso vacío de la mano de Judith y se dispuso a rellenarlo.

–¡No, que recién nos conocemos! ¡Si me emborracho, empiezo a decir pavadas!

–¿A quién le importa? –dijo Constanza–. Dale, que mañana es feriado. Hacele nomás, Lolo.

–Estoy en eso.

–Cierto que es feriado, me había olvidado. ¿Navidad?

–Sí, Navidad.

Lorenzo le entregó el vaso lleno y fue hasta la baranda. El balcón de abajo estaba a oscuras. La mesa había sido levantada y sólo las figuras de cerámica permanecían a la intemperie. En la escena infinita los animales continuaban pastando, las tres figuras no se habían acercado al establo.

–¿Qué pasa Lolo? –preguntó Constanza.

–No, nada, quería ver. Hace un rato los viejos de abajo estaban festejándola.

–¿En serio?

–Te juro.

–En mi casa siempre se festejó –dijo Judith–. Y eso que vengo de familia judía. Supongo que por la comida y los regalos.

–Pero… ¿todavía?

–No, no… cuando murieron mis viejos como que ya dejó de tener sentido.

–Claro… –dijo Lorenzo, esta vez para sí mismo– Judith.

Analía lo escuchó y tuvo que hacer un esfuerzo para no escupir el fernet.

–¿Recién caés, nabo?

–No, si te digo que cada día está más viejo y más lento–sentenció Constanza. Tenía una resignación tranquila en la voz, casi maternal–. En fin, yo me refiero a que ya no hay gente que la festeje en serio. Que vayan a misa y todo. Que recen en la mesa como antes.

–¿Se rezaba en la mesa antes? No me acuerdo –Analía se limpiaba con una servilleta la cara salpicada.

–Mi mamá hasta el último día lo hizo. Y nos contaba historias de Jesús. “Parábolas” se llamaban.

–Por qué creerían tanto en esas cosas, me pregunto yo –dijo Lorenzo.

–En algo había que creer –sentenció Judith–. La ciencia no puede explicar todo. Menos lo que dice la Biblia.

–¿Ah, no?

–No empieces, Lorenzo –advirtió Constanza.

–No te animás.

Hubo un acuerdo tácito. Lorenzo se acomodó en la silla, Analía corrió una botella para verlo mejor. El juego convocaba a una pausa y las llamas de la parrilla ya se arreglaban solas.

–Yo empiezo –dijo Constanza–. Explicame la inmaculada concepción de la virgen.

–Partenogénesis.

–¡¿En un mamífero?!

–Bueno, entonces adulterio. ¡Siguiente!

–¿Cómo explicás la creación del universo? –dijo Analía.

–Big bang, fácil esa, vamos con algo más concreto.

–Bueno, yo qué sé. ¿Me ves cara de haber leído la Biblia?

–Las aguas se abrieron para Moisés y el pueblo elegido –disparó Judith.

–Pleamar y bajamar. O un período de sequía.

–¿David y Goliat? –dijo Constanza

–En esa época la gente medía un metro y medio con suerte, cualquiera por encima de eso era considerado un gigante.

–Jesús caminando sobre el agua.

Silencio.

–¿Orígenes prehistóricos del surf? –arriesgó Lorenzo.

Se rieron, más por la oportunidad de reírse que por el chiste en sí mismo.

–Sos un tarado –dijo Analía–. ¿Te acordaste de poner a hacer las verduras que te pedí?

–¿Pero con quién te pensás que estás hablando? –respondió Lorenzo, y sin disimulo se levantó a buscarlas.

–Se había olvidado, lo voy a matar.

–Te dije que está viejo –dijo Constanza.

Judith sonrió. Los vasos estaban vacíos de nuevo y la noche se había instalado con comodidad.

Los olores subían animados por las brasas, invisibles pero bien mezclados, y se iban de pronto, montados a una brisa que los arrojaba más allá de los límites del balcón. Durante todo el tiempo que la comida duró caliente, la conversación se adormeció. Se hablaba de las ventajas de vivir en un piso alto, de las luces de la ciudad, de los cuidados de las plantas, de todo aquello que estuviera a la vista y de nada más. Una red de palabras sueltas, colectivas, un cascarón, un campo magnético sumergido en vino, el balcón suspendido en el interior reconfortante de la noche, sustraído del tiempo. Hasta que Analía dijo, sin que nadie le preguntara, que no recordaba ninguna Navidad. El cascarón se rompió, y alguno de los cuatro probó otro bocado y lo encontró frío.

–¿Y vos, Lolo? Perdón que te diga Lolo…

–Decime Lolo.

–¿Tu familia? ¿Festejaban?

–Mis viejos, a rajatabla. Mantel rojo y verde, como tienen los vecinos de abajo. Vitel Toné. Lechón al asador. Arbolito. Toda la bola. Yo sé que soy el más viejo acá, así que no se burlen, pero me acuerdo perfecto de las navidades. Un mes antes mi vieja…

–¿Cómo se escribe Vitel Toné? –preguntó Analía

–Con hache –dijo Constanza, segurísima.

–¿Con te hache? ¿Zoné?

–Se escribe como suena. Déjense de interrumpir que estoy contando algo.

–Ay, se puso nostálgico. ¿Querés más vino, Judith?

–Dale.

–Yo me hago otro fernet. Contá, Lolo, contá.

–Bueno, cuestión que mi vieja empezaba a preparar todo como un mes antes. Siempre repetía que los precios se iban a las nubes en diciembre, entonces vos por ahí abrías el freezer en noviembre y ya te encontrabas un bichito congelado ahí, esperando con el cuero escarchado. Y ese día mi viejo encendía el fuego desde las seis, para hacerlo despacito. En la radio pasaban villancicos.

Y cantó:

–Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra pasan los hombres…

–¿No es paz a los hombres? –corrigió Constanza.

–Algo así. Sonaba toda la tarde. Después iban llegando los tíos, los primos, algún amigo que había quedado boyando por ahí. A mí me gustaba ir a abrirles porque pasaba por al lado del arbolito todo decorado, lleno de luces y borlas, que mi vieja armaba en el living. Y después, mientras esperaba que estuviera la comida, mi viejo me daba estrellitas…

–¿Estrellitas? –preguntó Analía.

–Sí, amor –dijo Judith–. ¿No te las acordás vos? Esas que eran un alambre bañado de no sé qué cosa que la prendías y empezaba a largar chispas. Eran bastante inocentes.

–No, che, ya dije que no me acuerdo.

–¿Cómo se hace el Vitel Zoné? –preguntó Judith.

–Uh, me mataste –dijo Constanza–. Era con pescado, creo. Carne y pescado.

–Y después de comer –siguió Lorenzo, como si nunca hubiese parado–, venía el postre. Pero la mesa de garrapiñadas y turrones y todo eso no, todavía no. Había que esperar a las doce. Diez minutos antes ya empezaban todos a mirar el reloj y alguno que lo tenía adelantado cantaba antes de tiempo. Pero nosotros teníamos la fija, que era la sirena de bomberos. Siempre, a las doce en punto, hacían sonar la sirena del cuartel que estaba a tres cuadras de casa y ahí era como la señal para levantarnos y empezar a brindar y a saludarnos todos con un beso, repartir los regalos, asomarse a ver las cañitas voladoras…

La voz de Lorenzo se fue apagando sin rencor y por un rato nadie dijo nada. Un carbón tardío había empezado a arder y dos o tres chispas salieron disparadas. La guirnalda de luces mal colgada había caído; parpadeaba ahora enredada en la planta más grande.

–Buena noche esta –dijo entonces Judith.

Un auto petardeó afuera. Constanza miró el reloj.

–Uy, son las doce y diez.

–¿Ya?

–Ni me enteré –dijo Judith.

–¿Podemos brindar? –pidió Analía–. Por favor.

–¡Brindemos! –Constanza levantó su bebida.

Las otras hicieron lo mismo y las tres copas se encontraron en el aire, sin llegar a tocarse, fantasmas bajo una luna amarilla.

–Pero pará –dijo Judith–. ¿Por qué brindamos?

Lorenzo tenía el vaso vacío y lo miraba sin decir nada.

 

 

***