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Notas > Cuentos

Como Agujas

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El calefactor estaba al máximo. Omar trató de cerrar la puerta lo más rápido que pudo, pero ya con Lucas se había metido el viento y algunas virutas de nieve que no tardaron en morir.

Lucas se sacó el gorro, una campera demasiado delgada, y puso la laptop sobre la mesa sin ocultar cierta satisfacción. En el sillón de tres cuerpos, Sara miraba sin ver las noticias mudas del televisor. Lo habían silenciado para no tener que sufrir las publicidades que aparecían en la esquina de la pantalla cada pocos segundos, cada una a un volumen distinto de la anterior.

Junto a Sara sobrevivía aún la huella del peso de Omar impresa en los almohadones. Habían estado esperando a Lucas en silencio, conteniéndose sin palabras, pero ahora que estaba ahí, la espera parecía no interrumpirse, como si lo que esperaban fuera otra cosa y en realidad, a la vez, no fuera todo más que un preámbulo, un trampolín que se tensa justo antes del salto, el primer evento de una cadena a la que ya no podrían renunciar aunque quisieran.

–¿Tenés todo? –preguntó Sara.

–Todo. Quedate tranquila. Y apagá eso –dijo Lucas señalando el televisor.

Omar levantó uno de los dos controles que descansaban en la mesa ratona y apretó el botón de encendido. La pantalla se sumió en una ceguera negra.

–¿Querés un té? –preguntó Sara.

–Un whisky –sugirió Omar.

–Agua, gracias. –El sistema operativo había terminado de cargar y Lucas ya empezaba a ingresar comandos.

Omar volvió de la cocina con un vaso de agua y lo dejó junto a la laptop, no demasiado cerca por miedo a que se volcara. Durante unos segundos no se oyó otra cosa más que el ruido picoteado de las teclas. Por último, la pantalla mostró una barra verde y comenzó a cargar un programa, o tal vez a correr un análisis. Sara no sabía bien. La miraba desde el sillón como miran las armas los que no están acostumbrados a su presencia.

–El plan es el mismo que ya hablamos –dijo Lucas. Le dio un trago breve al agua y la abandonó.

–¿Podemos repasarlo? –pidió Omar. Sabía que Sara prefería no hacerlo. Para ella, cada vez que lo hablaban era como si lo estuvieran cometiendo, una y otra vez. Pero a él no se le ocurría otro modo de conjurar el miedo y Lucas estuvo de acuerdo. Lo mejor era no dejar nada al azar.

Los tres se abocaron entonces a la mesa ratona donde, una vez más (la cuarta esa semana) se desplegaba un plano comercial del pueblo. Era uno de esos mapas que diseña la cámara de comercio local para regalar a los turistas, donde el catastro más frío se dibuja con líneas gruesas y coloridos carteles señalan la ubicación de los locales de comidas, las tiendas de ropa, la feria de artesanías. Sobre esa caricatura topográfica, el único mapa en papel que pudo conseguir, Lucas había dibujado un recorrido de varias cuadras con marcador negro.

–Empecemos de cero: ¿qué es lo primero que tienen que hacer?

–Dejar los teléfonos acá –dijo Omar.

–Los teléfonos, los relojes, todo. Si tienen zapatillas inteligentes, también. Cruzan esa puerta siendo analógicos, completamente indetectables. ¿Está claro?

Sara asintió con la cabeza y volvió a mirar la computadora, que seguía trabajando sola, constante y en silencio.

–Presumimos que el auto va a hacer este recorrido, el mismo de siempre –continuó Lucas–. Ustedes se van a ubicar acá. Yo me voy a sentar en este café con la computadora. Necesitamos tener visual porque sólo nos podemos comunicar con señas. Si alguien nos tapa, ¿qué hacemos? –miró a Sara.

–Triangulamos –dijo Omar.

–Dejala responder a ella.

–Nos separamos –recitó Sara–. Yo me quedo ahí, le doy la señal a Omar, Omar te la da a vos.

–Perfecto. La señal es la que ya acordamos: se ponen los anteojos de sol. ¿Tienen ya los anteojos? De los viejos, los que no se conectan a nada.

–Yo no –dijo Omar–, pero compro unos de camino ahora, no te preocupes. Hay como mil lugares donde venden.

Lucas dudó un segundo. Le molestaba que el detalle quedara suelto. Se preguntó si no deberían postergar todo el plan, pero él también sentía que ya era tarde para eso.

–Cuando esté hecho, voy a cerrar la computadora pero me voy a quedar ahí y voy a terminar mi café. Incluso es posible que pida otra cosa más. Ustedes desaparecen tan pronto me ven bajar la tapa. Si están juntos, se van juntos. Si están separados, se van por separado. Nadie debería siquiera fijarse en ustedes. Lo lógico es que el auto se desvíe, choque contra algo, llame la atención, digamos.

Los dos asintieron. No dejaban de mirar el mapa. Sara pasó el dedo por el papel plastificado, siguiendo la línea negra del marcador. Se detuvo en un punto y dijo lo que hacía días quería decir:

–¿Y si atropella a alguien?

Lucas y Omar se miraron, pero ninguno le respondió. Al final, Lucas admitió:

–Supongo que es algo que puede pasar. Pero voy a hacer lo posible por evitarlo.

Sara se levantó. Fue hasta la pieza del fondo y volvió con una bolsa de nylon enorme. Se la extendió a Lucas sin decir nada.

Lucas miró adentro y se lo devolvió.

–Estás loca –dijo.

–Es para vos.  

–Yo no les puedo aceptar esto, tía.

–Aceptala, ¿querés? A vos te va a quedar bárbara. Y él hubiese querido que la tengas. Además, ¿quién no necesita una campera abrigada con este f… –la voz de Sara se fue diluyendo hasta dejar la frase suspendida en el aire, esperando en vano que alguien viniera a completarla. Perdón –dijo, después de hipar, y desapareció de nuevo por el pasillo.

Lucas miró la campera como un animal muerto en las manos y no supo si seguir sosteniéndola o dejarla en algún lugar. Ninguna opción parecía apropiada. Omar la rescató y la colgó en el perchero.

–Tenele paciencia –dijo–. Es una mujer fuerte y cuando llegue el momento va a estar entera.

–Te creo.

Lucas tecleó algo en la computadora y la cerró por fin, satisfecho.

–Bueno, el programa está listo.

–¿Un café?

–Dale.

Omar fue hasta la cocina. Se oyó el ritmo de las alacenas que se abren y se cierran, hasta que al fin volvió con las manos vacías y la novedad de que ya no les quedaba más café.

–Te acepto el whisky entonces.

–Lo bien que hacés, queda poco.

Lucas se acercó a una ventana y descorrió apenas la cortina para mirar. Afuera, la nieve había arreciado y el sol de la tarde moría sobre la calle blanca y quieta. Parte de ese sol se filtró entonces hacia el interior de la casa y por un momento la madera y los cristales se lavaron, y el retrato de Joaquín colgado sobre la chimenea adquirió un fulgor fantasmagórico. Lucas cerró la cortina.

Recién cuando los vasos estuvieron servidos y los cuerpos dispuestos en los sillones, Omar se decidió a preguntar:

–¿Qué va a pasar?

–¿Con qué?

–A Fernández. ¿Qué le va a pasar?

–Se va a morir antes de doblar la esquina.

–Sí. Pero quiero saber qué le va a pasar exactamente. Nos dijiste que vos te encargabas de todo y a mí me parece bien que Sara se mantenga al margen de los detalles, pero yo quiero saber.

Lucas tragó el whisky y dejó el vaso sobre la mesa.

–Capaz vos tampoco tenés que saber, tío. Es lo más seguro.

­–No podés cargar con todo, Lucas.

–Puedo.

–No, no es así. No es así. Además…

–¿Qué pasa?

–Nada, dejá. Te estamos pidiendo demasiado.

–No, ahora me tenés que decir.

Omar lo miró un momento. Después, para hablar, se sentó:

–Necesito disfrutarlo, ¿me entendés? Necesito saber para poder disfrutarlo.

Lucas se sentó al lado. Él también necesitaba lo mismo.

–Exactamente lo que va a pasar es que yo voy a correr el programa y rastrear todas las bombas de insulina en un radio de cien metros. Como existe el riesgo de que la de Fernández no sea la única, bajo, pero existe, voy a necesitar que ustedes estén atentos y me den la señal apenas vean el auto acercarse. Así voy a identificar la bomba de Fernández entrando en el radio. Y apenas la tenga, antes de que pueda escaparse, le voy a dar la orden de soltar toda la insulina de golpe. Eso le va a provocar una hipoglucemia. Simplemente no le va a llegar azúcar al cerebro. Se va a marear. Y se va a morir.

–Sin sufrimiento.

–Así lo pidieron ustedes.

–Y así tiene que ser. No somos sádicos.

–Él sí.

Omar suspiró.

–No te quepa duda –dijo. Después se puso de pie y se acercó a la ventana. –Está oscureciendo. Voy a chequear a Sara. Necesitamos estar todos lúcidos.

–Andá tranquilo.

–Ah, y Lucas… gracias.

Lucas asintió. Después se levantó y dio algunas vueltas. El living estaba ahora demasiado silencioso, apenas arrullado por las pequeñas vibraciones que mantenían el mundo en funcionamiento: el ventilador de la laptop, el motor de la heladera que llegaba de la cocina, el calefactor digital; imperceptibles campos electromagnéticos, señales que cruzaban de un punto a otro de la casa comunicándose entre sí, tejidas con ondas de radio lejanas, más veloces que el viento, el idioma universal de los números, voces subiendo y bajando del espacio exterior, coloquio de todos los objetos hablándose en lenguajes inhumanos, secretos, como agujas atravesando invisibles el cuerpo solitario de Lucas que, parado en el centro del cuarto, se convencía de que estaba haciendo lo correcto.

Cuando Sara apareció por el pasillo, seguida de Omar, tenía los ojos hinchados y un cigarrillo sin encender en la boca.

–¿Tenés fuego?

–No fumo, tía.

–Dejá, no importa. Pasa que se me agotó el encendedor. Traeme los fósforos de la cocina, ¿querés?

–Yo voy –dijo Omar. Al volver traía además una botella de sidra, brillando de fría, con un tapón blanco en la punta–. ¡Miren lo que encontré! El último sobreviviente de la Navidad.

Omar le arrojó la caja de fósforos a Lucas para que se encargase de encender el cigarrillo de Sara y volvió en busca de vasos. Los repartió en la mesa, sobre el mapa desplegado, y empezó a arrancar el precinto.

–Por Joaquín –brindó a destiempo mientras todavía empujaba el corcho.

Se oyó un estampido y la lámpara de techo estalló con un fogonazo mientras la botella empezaba a vomitar una espuma dulce. La sala quedó completamente a oscuras, cercada por la noche.

–Me cago en…

–Estás tomando mucho vos últimamente –dijo Sara, y subrayó la frase con un suspiro de humo. A simple vista, la brasa de su cigarrillo era la única luz que quedaba. Pero había un rectángulo donde otra luz se producía o donde, por lo menos, la oscuridad parecía retroceder, y Lucas no podía dejar de mirarlo. Un rectángulo enorme, negro, pero menos negro que todo lo demás. Una oscuridad resplandeciente, agazapada.

–Te dije que apagaras el televisor –balbuceó.

Omar se dio vuelta. A medida que sus ojos se acostumbraban, el brillo se volvía cada vez más evidente.

–Apagaste el decodificador, pero dejaste el televisor encendido.

–No, no, no… –empezó a repetir Sara, como si pudiera exorcizarse.

Omar corrió hacia la ventana, instintivamente, esperando ver las luces azules de los patrulleros subiendo por la calle de un momento a otro. Pero la calle estaba quieta. Volvió al sillón y tanteó en la oscuridad en busca del control remoto. Cuando lo encontró, apuntó hacia el televisor y apretó el botón. La pantalla se iluminó de golpe en una explosión de colores, y tanto él como Sara se pintaron de luz y se ahogaron de miedo mientras a un costado Lucas empezaba a reírse. Estúpida, incomprensiblemente se reía sin poder dejar de mirar esos recuadros publicitarios que se superponían unos a otros en la pantalla del televisor, todavía mudo, y anunciaban con insistencia maniática las últimas ofertas en camperas de invierno, tres opciones de whiskys doble malta, los mejores modelos de anteojos de sol para hombres, el inigualable aroma del café torrado intenso, la ubicación de los dispensarios de insulina más cercanos, el lanzamiento de los nuevos Camel suaves y el sobrio teléfono de contacto de Alcohólicos Anónimos.

 

 

***