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IMG:  Juli Farfala  

Con Hambre no se Puede Pensar

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El solo hecho de verme al espejo me hace entender que la desigualdad en la naturaleza sale con fritas, fundamentalmente si me comparo con Brad Pitt. Por fuera de esa manera muy poco efectiva de sentirme potable para el sistema financiero de valores masculinos para el levante nacional (S.F.V.M.L.N), la desigualdad no sólo está relacionada con la frívola anatomía humana sino, en cierto punto, con la identidad. Ser distinto está bueno porque te hace ser vos.

Evitando entrar en el loop filosófico del ser y volviendo al plano evolutivo, podemos afirmar con cierto criterio de verdad que la naturaleza tiende a estabilizar cualquier desigualdad a través de una cadena trófica de poderes casi circular. Cadena en la cual todos morfamos y somos morfados.  Pero por esas cosas azarosas que tiene la vida sobre la faz de la tierra, el organigrama evolutivo se comió definitivamente el apartado sobre el ejercicio del poder en el humano, sobre todo cuando está ligado a la desigualdad dentro de su propia especie.

Cagarse en el otro muy pocas veces está bueno. No tener en cuenta a otro, ya sea de tu especie o de otra (o vegano, también llamada ‘posición intermedia’), resulta absolutamente negativo para una homeostasis colectiva hambrienta de equidad social, educativa y económica.

Bajo esta lógica no muy brillante, casi básica y natural, te voy a hablar a vos. Sí, a vos que tajaí, leyendo el Gato y la Caja, a vos querido lector aficionado por la lógica que ha entendido este concepto políticamente incorrecto. A vos que también entenderás que es imprescindible saber si existen o no fundamentos científicos para justificar que la lucha por la igualdad no es un mero capricho guevarista sino una forma de lograr una sociedad más pulenta.

Para lograr cierta inmunidad del discurso político inminente, pongámonos al lado de ese pedacito de verdad que puede arrojar el conocimiento científico y analicemos la desigualdad social más allá del sistema político de turno. Puntualmente, desde el lado de la ciencia cognitiva que está de moda: la neurociencia.

Todos sabemos que la lista de desigualdades en nuestra sociedad está a la orden del día, fundamentalmente en el plano socioeconómico. Es por eso que la ciencia (progre) puso el foco en las consecuencias que puede tener sobre un sujeto vivir su vida en condiciones marginales. Ya por el año 2009 algunos neurocientíficos nos avivaron de algo que era bastante intuitivo: asociar el buen pasar socioeconómico con una mejora en las funciones ejecutivas, esas que nos hacen más humanos (esas boludeces como razonar eficientemente, resolver problemas, planificar, ejecutar, tener memoria de trabajo, etc.). Si bien es verdad que suena algo escalofriante saber que una carencia profunda de poder adquisitivo pueda marginarnos definitivamente en términos de virtudes cognitivas, les aseguro que lo peor está por venir.

Fue así que unos años más tarde se asomaron para ver qué pasaba en el cerebro (más precisamente en el área metropolitana de la corteza, región famosa por sus quesos, su carnaval y por su capacidad de conferirnos el procesamiento cognitivo avanzado) de las personas con diferentes niveles económicos.  Para sorpresa de nadie, los resultados no fueron para nada felices.

Las imágenes obtenidas a través de resonancia magnética permitieron medir la superficie de esta estructura que funcionaría como una posible área candidata a ser un indicador sensible sobre las capacidades cognitivas. Antes de seguir adelante no quiero dejar pasar un hecho literario histórico: logre armar una oración coherente y de buena fe usando las palabras: candidatos, sensibles y (por puntos extra) con capacidades cognitivas.

Estas fotografías de la realidad social dentro del cerebro mostraron una notable correlación entre la superficie cortical y el nivel socioeconómico y educativo.  Correlación que, triste y obviamente, resultó ser negativa.

Pero antes de abrazar el anarquismo analicemos estos hallazgos por partes. En el plano educativo, se observó que existe un vínculo notable entre la cantidad de años de formación educativa que tuvieron los padres y el tamaño de regiones cerebrales relacionadas con el lenguaje, la lectura y las funciones ejecutivas de sus hijos. En datos, estas diferencias podrían llegar hasta un 3% si se comparan los hijos de padres con secundaria completa (por lo menos 12 años de educación continua) versus los padres universitarios (con más de 15 años de formación). Sí, señor. Lamarck que nos pese, tu formación influye en el tamaño del cerebro de tu pibe.

Para establecer otro factor clave para el disminuído desarrollo cerebral de los hijos, los investigadores hicieron la misma evaluación pero un poco más detallada, separando esta vez a los sujetos según los ingresos familiares. De nuevo, encontraron una correlación entre el tamaño de la corteza y los recursos económicos. Esta vez, con diferencias cercanas al 6% cuando comparamos las cortezas de los hijos de familias pobres con las de las familias de clase media. Cuanto más pobre sos, más jíbaros son tus hijos, y no importa cuan gracioso quiera sonar, no va a ser gracioso nunca.

Entonces, ¿necesito ser rico para tener más capacidades cognitivas? Definitívamente, no. Y no por un capricho anticapitalista sino porque no se observan diferencias entre los cerebros de personas de recursos medios y altos: a partir del clasemediado, tener más dinero no mejora tu cognición. Lo que sí es absolutamente necesario es tener un ingreso mínimo que te libere el ancho de banda mental para poder pensar inteligentemente y tomar buenas decisiones por fuera de las relacionadas con tu supervivencia. Y eso tampoco es un capricho antiimperialista, sino es una verdad científica. Ser un genio respondiendo preguntas de interés general cuando ganas miles de dólares es algo neurocientíficamente no muy sorprendente que digamos, porque a la mente libre de problemas de supervivencia le entran bastante fáciles las cosas.

Pero esa es la parte simple. La parte difícil sin lugar a dudas es saber que lo contrario es tan triste como preocupante: con hambre no se puede pensar.

Entender que tener un cerebro literalmente más pequeño a causa de la marginalidad está vinculado directamente a déficits cognitivos es comprender una parte importante de la condena social. Justificar científicamente que las deficiencias económicas y educativas conllevan un deterioro intelectual corre el enorme riesgo de que se perpetúe y justifique infinitamente la pobreza, pero también incluye la posibilidad de entender la necesidad de que los que pueden tomen las mejores decisiones posibles para acortar esas distancias.

No podemos ignorar más el hecho de que tomar malas decisiones, no tener la misma capacidad para comprender, no poder razonar con la misma facilidad que el otro o tener problemas de aprendizaje, está innegablemente ligado a los terribles niveles de desigualdad. Acortar esa brecha es devolverle a un sector enorme de la población la posibilidad de pensar, imaginar y decidir de la mejor manera posible. Si la ciencia no sirve para mejorar la vida de las personas, tenemos que empezar a repensarla, a ella y a su forma de relacionarse con la sociedad.

Cuando decimos que más ciencia es más libertad, lo decimos en serio.

 

Ilustración:  Juli Farfala