05-Como-Agujas

Como Agujas

–¿Existe el Gran Hermano?
–Claro que existe. El Partido existe. El Gran Hermano es la encarnación del Partido.
–¿Existe en el mismo sentido en que yo existo?
–Tú no existes –dijo O’Brien.

George Orwell – 1984

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Omar trató de cerrar la puerta lo más rápido que pudo, pero ya con Lucas se había metido el viento y algunas virutas de nieve que no tardaron en morir bajo el peso de la calefacción. Lucas se sacó el gorro, una campera demasiado delgada, y puso la laptop sobre la mesa sin ocultar cierta satisfacción. En el sillón de tres cuerpos, Sara miraba sin ver las noticias mudas del televisor. Lo habían silenciado para no tener que sufrir las publicidades que aparecían en la esquina de la pantalla cada pocos segundos, cada una a un volumen distinto de la anterior.

Junto a Sara sobrevivía aún la huella del peso de Omar impresa en los almohadones. Habían estado esperando a Lucas en silencio, conteniéndose sin palabras, pero ahora que había llegado, la espera parecía no interrumpirse, como si lo que esperaban fuera otra cosa y en realidad no fuera todo más que un preámbulo, un trampolín que se tensa justo antes del salto, el primer evento de una cadena a la que ya no podrían renunciar aunque quisieran.

–¿Tenés todo? –preguntó Sara.

–Todo. Quedate tranquila. Y apagá eso –dijo Lucas señalando el televisor–; es peligroso.

Omar levantó uno de los dos controles que descansaban en la mesa ratona y apretó el botón de encendido. La pantalla se sumió en una ceguera negra.

–¿Querés un té? –preguntó Sara.

–Un whisky –sugirió Omar.

–Agua, gracias. –El sistema operativo había terminado de cargar y Lucas ya lanzaba sus dedos sobre el teclado, evitando a propósito tocar el mouse táctil para parecer uno de esos hackers prestidigitadores de las películas.

Omar volvió de la cocina con un vaso de agua y lo dejó junto a la laptop, no demasiado cerca por miedo a que se vuelque. Durante unos segundos no se oyó otra cosa más que el ruido picoteado de las teclas. Por último la pantalla mostró una barra verde y comenzó a cargar un programa, o tal vez a correr un análisis,  Sara no sabía bien. La miraba desde el sillón como miran las armas los que no están acostumbrados a su presencia.

–El plan es el mismo que ya hablamos –dijo Lucas. Le dio un trago breve al agua y la abandonó.

–¿Podemos repasarlo? –pidió Omar. Sabía que Sara prefería no hacerlo. Para ella cada vez que lo hablaban era como si lo estuvieran cometiendo, una y otra vez. Pero a él no se le ocurría otro modo de conjurar el miedo. Lucas estuvo de acuerdo. Lo mejor era no dejar nada al azar.

Los tres se abocaron entonces a la mesa ratona donde, una vez más, la cuarta esa semana, se desplegaba un plano comercial del pueblo. Era uno de esos mapas que diseña la cámara de comercio local para regalar a los turistas, donde el catastro más frío se dibuja con líneas gruesas y coloridos carteles señalan la ubicación de los locales de comidas, las tiendas de ropa, la feria de artesanías. Sobre esa caricatura topográfica, el único mapa en papel que pudo conseguir, Lucas había dibujado con un marcador negro el recorrido de la muerte.

–Empecemos de cero: ¿qué es lo primero que tienen que hacer?

–Dejar los teléfonos acá –dijo Omar.

–Los teléfonos, los relojes, todo. Si tienen zapatillas inteligentes, también. Cruzan esa puerta siendo analógicos. Completamente indetectables, ¿está claro?

Sara asintió con la cabeza y volvió a mirar la computadora que seguía trabajando sola, constante y en silencio.

–Presumimos que el auto va a hacer este recorrido, el mismo de siempre –continuó Lucas–. Ustedes se van a ubicar acá. Yo me voy a sentar en este café con la computadora. Necesitamos tener visual porque sólo nos podemos comunicar con señas. Si alguien nos tapa ¿qué hacemos? –miró a Sara.

–Triangulamos –dijo Omar.

–Dejala responder a ella.

–Nos separamos –recitó Sara–. Yo me quedo ahí, le doy la señal a Omar, Omar te la da a vos.

–Perfecto. La señal es la que ya acordamos: se ponen los anteojos de sol. ¿Tienen ya los anteojos? De los viejos, los que no se conectan a nada.

–Yo no –dijo Omar– pero compro unos de camino ahora, no te preocupes. Hay como mil lugares donde venden.

Lucas dudó un segundo. Le molestaba que el detalle quedara suelto, el peligro chicoteando en el aire. Se preguntó si no deberían postergar todo el plan, pero él también sentía que ya era tarde para eso.

–Cuando esté hecho, voy a cerrar la computadora pero me voy a quedar ahí y voy a terminar mi café. Incluso es posible que pida otra cosa más. Ustedes desaparecen tan pronto me ven bajar la tapa. Si están juntos se van juntos. Si están separados se van por separado. Nadie debería siquiera fijarse en ustedes. Lo lógico es que el auto se desvíe, choque contra algo, que llame la atención, digamos.

Los dos asintieron. No dejaban de mirar el mapa. Sara pasó el dedo por el papel plastificado, siguiendo la línea negra del marcador. Se detuvo en un punto y dijo lo que hacía días quería decir y no se animaba:

–¿Y si atropella a alguien?

Lucas y Omar se miraron, pero ninguno le respondió. Al final, Lucas se animó a decir:

–Supongo que es algo que puede pasar. Pero voy a hacer lo posible por evitarlo.

Como si se hubiera acordado de algo, Sara se levantó. Fue hasta la pieza del fondo y volvió con un paquete envuelto en una bolsa de nylon enorme. Se lo extendió a Lucas sin decir nada.

Lucas miró adentro y se lo devolvió.

–Estás loca –dijo.

–Es para vos.  

–Yo no les puedo aceptar esto, Sara.

–Aceptala, ¿querés? Era de Joaquín. A vos te va a quedar bárbara. Y él hubiese querido que la tengas. Además, ¿quién no necesita una campera abrigada con este f… –la voz de Sara se fue diluyendo hasta dejar la frase suspendida en el aire, esperando en vano que alguien viniera a completarla. Perdón. –dijo, después de hipar, y desapareció de nuevo por el pasillo.

Lucas miró la campera como un animal muerto en las manos y no supo si seguir sosteniéndola o dejarla en algún lugar. Ninguna opción parecía apropiada. Omar la rescató y la colgó en el perchero.

–Tenele paciencia –dijo– Es una mujer fuerte y cuando llegue el momento va a estar entera.

–Te creo.

Lucas tecleó algo en la computadora y la cerró por fin, satisfecho.

–¿Un café?

–Dale.

Omar fue hasta la cocina. Por un momento se oyó el diálogo de las alacenas que se abren y se cierran, hasta que al fin Omar volvió con las manos vacías y la novedad de que ya no les quedaba más café.

–Te acepto el whisky entonces.

–Lo bien que hacés, queda poco.

Mientras Omar preparaba los tragos, Lucas se acercó a una ventana y descorrió apenas la cortina para mirar. Afuera la nieve había arreciado y el sol de la tarde moría sobre la calle blanca y quieta. Parte de ese sol se filtró entonces hacia el interior de la casa y por un momento la madera y los cristales se lavaron, y el retrato de Joaquín colgado sobre la chimenea adquirió un fulgor fantasmagórico. Lucas cerró la cortina.

Recién cuando los vasos estuvieron servidos y los cuerpos dispuestos en los sillones, Omar se decidió a preguntar:

–¿Qué va a pasar?

–¿Con qué?

–A Fernández. ¿Qué le va a pasar?

–Se va a morir antes de doblar la esquina.

–Sí. Pero quiero saber qué le va a pasar exactamente. Nos dijiste que vos te encargabas de todo y a mí me parece bien que Sara se mantenga al margen de los detalles, pero yo quiero saber.

Lucas tragó el whisky y dejó el vaso sobre la mesa.

–El tipo tiene una bomba de insulina, ¿verdad? Esa es la excusa que dio en el juicio. Dijo que perdió el control del auto por un fallo en la bomba. Se lo verificaron los peritos oficiales y…

–Peritos comprados.

–No importa, oficiales al fin. Y así quedó asentado. El veinticinco de diciembre a las dos y catorce de la mañana la bomba falló, liberó demasiada insulina, Fernández perdió el conocimiento primero, el control del auto después y atropelló a Joaquín. Esa es la historia oficial. Y ahora nos conviene que lo siga siendo.

–¿Qué va a pasar exactamente? –Omar no había probado siquiera su propio vaso.

–Exactamente lo que va a pasar es que yo voy a correr el programa y rastrear todas las bombas de insulina en un radio de doscientos metros alrededor mío. Como existe el riesgo de que la de Fernández no sea la única, bajo, pero existe al fin, voy a necesitar que ustedes estén atentos y me den la señal apenas vean el auto acercarse. Así voy a identificar la bomba de Fernández entrando en el radio. Y apenas la tenga, antes de que pueda escaparse, le voy a dar la orden de soltar toda la insulina de golpe. Eso le va a provocar una hipoglucemia. Simplemente no le va a llegar azúcar al cerebro. Se va a marear. Y se va a morir.

–Sin sufrimiento.

–Así lo pidieron ustedes.

–Y así tiene que ser. No somos sádicos.

Omar se puso de pie y se acercó a la ventana.

–Está oscureciendo –dijo– Voy a chequear a Sara. Necesitamos estar todos lúcidos.

Durante unos minutos el living permaneció en silencio, apenas arrullado por las pequeñas vibraciones que mantenían el mundo en funcionamiento: el ventilador de la laptop, el motor de la heladera que llegaba de la cocina, imperceptibles campos electromagnéticos, señales que cruzaban de un punto a otro de la casa comunicándose entre sí, tejidas con ondas de radio lejanas, más veloces que el viento, el idioma universal de los números, voces que suben y bajan del espacio exterior, coloquio de todos los objetos hablándose en lenguajes inhumanos, secretos, como agujas atravesando invisibles el cuerpo solitario de Lucas que, parado en el centro del cuarto, se convencía de que estaba haciendo lo correcto.

Cuando Sara apareció por el pasillo, seguida de Omar, tenía los ojos hinchados y un cigarrillo sin encender en la boca.

–¿Tenés fuego?

–No fumo, Sarita.

–Dejá, no importa. Pasa que se me agotó el encendedor. Traeme los fósforos de la cocina, ¿querés?

–Yo voy –dijo Omar. Cuando volvió traía además una botella de sidra, brillando de fría, con un tapón blanco en la punta. –¡Miren lo que encontré! El último sobreviviente de la Navidad.

Omar le arrojó la caja de fósforos a Lucas para que se encargase de encender el cigarrillo de Sara y volvió en busca de vasos. Los repartió en la mesa, sobre el mapa desplegado, y empezó a arrancar el precinto.

–Por Joaquín –brindó a destiempo mientras todavía empujaba el corcho.

Se oyó un estampido y la lámpara de techo estalló con un fogonazo mientras la botella empezaba a vomitar una espuma dulce. La sala quedó completamente a oscuras, cercada por la noche.

–Me cago en…

–Estás tomando mucho vos últimamente –dijo Sara, y subrayó la frase con un suspiro de humo. A simple vista, la brasa de su cigarrillo era la única luz que quedaba. Pero había un rectángulo donde otra luz se producía o donde, por lo menos, la oscuridad parecía retroceder, y Lucas no podía dejar de mirarlo. Un rectángulo enorme, negro, pero menos negro que todo lo demás. Una oscuridad resplandeciente, agazapada.

–Te dije que apagaras el televisor –balbuceó.

Omar se dio vuelta. A medida que sus ojos se acostumbraban el brillo era cada vez más evidente.

–Apagaste el decodificador, pero dejaste el televisor encendido. Escuchando. Transmitiendo. Todo el tiempo. Andá a saber a dónde.

–No, no, no… –empezó a repetir Sara, como si pudiera exorcizarse.

Omar corrió hacia la ventana, instintivamente, esperando ver las luces azules de los patrulleros subiendo por la calle de un momento a otro. Pero la calle estaba quieta. Volvió al sillón y tanteó en la oscuridad en busca del control remoto. Cuando lo encontró, apuntó hacia el televisor y apretó el botón. La pantalla se iluminó de golpe en una explosión de colores, y tanto él como Sara se dibujaron de frente, se pintaron de luz y se ahogaron de miedo mientras a un costado Lucas empezaba a reirse. Estúpida, incomprensiblemente se reía, y la risa no lo dejaba explicar que el plan se había arruinado por completo, cierto, pero que no habría sirenas azules esa noche. Tan sólo esos recuadros publicitarios que se superponían unos a otros en la pantalla del televisor, todavía mudo, y anunciaban con insistencia maniática las últimas ofertas en camperas de invierno, tres opciones de whiskys doble malta, los mejores modelos de anteojos de sol para hombres, el inigualable aroma del café torrado intenso, la ubicación de los dispensarios de insulina más cercanos, el lanzamiento de los nuevos Camel suaves y el sobrio teléfono de contacto de Alcohólicos Anónimos.

 




Hay 63 comentarios

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  1. ramiro

    habría que ajustar un poco el algoritmo del señor televisor no ? salvo que lo único que les importe a las autoridades sea que compremos compremos compremos compremos je !

    • juan cruz

      Gracias!
      Yo hubiese creído que el final no era taaaaan de libre interpretación, pero lo interesante de publicar un texto es que una vez publicado lo que uno piensa no importa en absoluto.

    • claudia

      A mí tampoco me pareció que el final fuera “libre interpretación”. Me parece evidente que van a tener que “abortar” el asesinato porque el riesgo de que los descubran es alto.
      Lo que sí me parece abierto, es el motivo que tuvo la chica para “olvidarse” de apagar el televisor. Quizás en el fondo no quiere cometer un asesinato.

  2. Pablo Kulbaba

    Buenas.
    Gracias.
    Me gustó la forma en que está armado el relato. Me gustó el final. Donde quedó, abierto. Hace un par de años me preguntaba si Google (y yahoo, y FB y todos esos) sería en algún momento la Multivac de Asimov. Ya no.
    Preocupante el cerco que se está construyendo.
    Capusotto lo pone claro en el minuto 03:30 de la peli del 2012: https://youtu.be/5XQLV5FbG7I?t=3m31s
    Hay un montón de gente alerta de esto que está sucediendo y está haciendo cosas, pero hay otro montón muchísimo mayor que no.
    Futuro incierto. (cuándo no lo fue?)
    Abrazo.

  3. Mel

    Espectacular!!! Creo que me copó mas lo del asesinato por la bomba de insulina…eso no habla muy bien de mi jaja Repito, excelente cuento y muy bien pensado!! Saludos!

      • Wan

        Siempre tuve reparo por el de fragancia “bebé”. Hasta pensaba en una época que tenía pañales licuados (por eso no me gusta, lo relaciono directamente con pañales. Puaj!)

  4. andrescass

    Muy buen cuento. Una vez más, el estilo brilla por si mismo y el relato es excelente.
    Me gusta mucho la forma en que llevás adelante la historia, contando las cosas sin contarlas directamente, y otro final para ponerse a pensar.
    Además me parece muy interesante ese futuro no tan futuro tan bien descrito en pocas menciones.
    No creo que el final haya sido tan abierto, pero tiene esa cosa de dejarte pensando más en la realidad nuestra que en el destino final de los personajes

  5. Andrés

    Muy bueno y muy frustrante que todo termine en la nada a causa de un error. Me pasa seguido. Espero que no se les dé, de forma arrebatada, de terminar el trabajo a las apuradas y a como de lugar. También me pasa seguido.
    Gracias por el cuento.

  6. Rocio

    Genial. Me hiciste acordar un poco a Black Mirror y otro poco a Mr Robot. Lo preocupante es que no sabés que podés hacer para no caer en eso, porque ya todos caímos y somos partes. Acá estamos todos compartiendo esto en Internet.

    PD: cuando decís “no demasiado cerca por miedo a que se vuelque” se me hace que está mal dicho y que debería ser “por miedo a que se volcara”. Capaz estoy mal yo eh, me re confunde ese tipo de oraciones. Si alguien corrige mejor, así aprendo.

    • juan cruz

      Gracias! Y coincido en lo preocupante del asunto.
      Respecto a tu duda, yo tuve la misma cuando lo estaba escribiendo. Entiendo que lo correcto sería “no demasiado cerca por miedo a que se volcara”, sin embargo al final me decanté por “vuelque” porque me pareció que al ser un texto de ficción pueden operar ciertas licencias. En este caso, el presente del subjuntivo me acercaba más al temor del personaje que coloca el vaso, como si el riesgo pudiera compartirlo uno en ese momento, mientras que el pretérito imperfecto me seguía colocando la acción en un plano más lejano.
      Desde ya que esto es completamente subjetivo y tiene que ver con ciertas sensaciones que uno quiere transmitir y los martillazos que le da al lenguaje para lograrlo, después que funcione es otro tema.
      Súmamente válido tu comentario.
      Saludos!

  7. Sole

    Vine buscando una gatinota llena de chistes fáciles (y otros no tanto), y me voy con la idea de encontrar el final de este relato en alguna novela llena de tierra que hay en mi biblioteca…
    Voy a leer por placer después de mucho tiempo y te lo debo a vos. Gracias

  8. Ana

    Excelente cuento!! Tu relato sencillo, con lenguaje fluido, me encanta; pero como muchas veces, me produce cierto “miedito”.
    Felicitaciones!!

  9. Santiago

    Una genialidad, cuando comencé a leerlo no pude evitar recordar 1984 de Orwell, no solo por la trama sino por la manera de escribir, de mantener ese misterio. Es un tema muy interesante, felicitaciones por la nota!

  10. Sofi

    Buenisimo! Hace rato que vengo con la idea paranoica de que gooogle o alguna entidad vaya uno a saber cual nos escucha a traves de los microfonitos de los telefonos y lo loco es que no es tan disparatado, o la manera en que de casualidad te podes encontrar en una foto de google earth.. es todo muy Orwell. Genial tu relato!!

  11. Giuliano Basso

    Muy bueno che, me encantó! Muy del estilo Farenheit 451, pero con un enfoque claramente personal. Quedo a la espera de más historias ;)

  12. Vicki

    Terrible!!! Ayer me compre un celu y ahora me bombardean con publicidades de eso. La próxima desenchufo todo!
    Me voy a dormir después del cuentito, como en las viejas épocas. Gracias!!!

  13. Rodri

    Excelente relato, diría que solo la parte de reconocimiento de Voz del televisor es la que lo vuelve ficción.
    No te das una idea la cantidad de información que me piden trackear en algún desarrollo.
    Sería lindo discutir sobre el Internet de las cosas y de que manera se va a utilizar la información, o como se va a transformar la publicidad a ese ambiente. Pero esto es un campo de comentarios.
    Excelente relato!

  14. Ezequiel

    Muchas gracias Juan, me atrapo completamente tu relato.
    Ahora se que voy a estar todo el día dándole detalles a la historia, hasta que este completamente dentro protagonizandola en algún sueño no muy lejano.

  15. Jero

    Muy bueno el relato!
    Y sí, la privacidad es coisha du pasadu. Mientras escribo esto tengo una camarita (cuyo uso autoricé a quién sabe cuántas aplicaciones) apuntándome a la jeta. De hecho te tiro una idea: una app de cuentos de El Gato y La Caja donde tengas acceso a la cámara y puedas ver la cara que ponemos al leerte.
    Aim sou squerd.

  16. Daniel

    Genial Juan Cruz, simplemente genial. Describiste a la perfección la conncepción de un crimen por gente “normal” dentro de ¿un par? de añitos.
    Da cosita pensar que estamos a un par de saltos de la tecnología neesaria para cualquier cosa descripta aca, elijo quedarme con la positiva de la bomba de insulina, y dispositivos inteligentes en todo, porque sino nos ponemos todos paranoicos. Espero que mis colegas y yo vayamos poniendo mas atencion y encontrando la vuelta a las cuestiones de seguridad con el tiempo.

    • juan cruz

      Muchas gracias Daniel.
      La gente normal planea crímenes desde siempre. Y como dice El Padrino, si algo nos ha enseñado la historia de la humanidad es que todo el mundo puede ser asesinado =)

      Abrazo.

  17. Luciano

    El otro dia un viejo me dijo que si queria escuchar musica en youtube me tenia que bancar la publicidad “porque alguien tenia que pagar”. La publicidad mezclada con el asesinato planeado asemeja al sponsor del momento no?. Muy bueno!, saludos!

  18. Claudio

    Increíble Juan!!! me encanta como escribís, sos un genio!!! ya voy a empezar a evangelizar (curiosa palabra no?) gente para que lea tus cuentos!

    • Juan Cruz

      Jajaja muchísimas gracias!
      Solo te pido, como favor personal, que los evangelices haciendo un gesto con la mano y diciéndo “estos no son los droides que estás buscando”.

  19. Oscar

    Ahora entiendo porque a veces recibo llamadas de gente-empresas-entes a los que nunca habia realizado contacto o solicitud alguna
    Muy bueno el cuento (o realidad) – yo tengo mi final……

  20. PabloK

    Buenas. Acabo de ver este video acerca de Wechat en China, vía un post de Federico Pistono. Está en sintonía con la temática, y es un pantallazo de lo que se viene:

  21. claudia

    Antes de que se inventaran las computadoras, un juez podía dar orden de intervenir una línea telefónica (fija). Aún antes de eso, supongo que un juez podía investigar la correspondencia de alguien. Todo, claro, por decisión de un juez imparcial que tiene motivos sólidos para sospechar de alguien, y que va a utilizar de modo ético la información obtenida. Todo el mundo sabía que esto funcionaba así, y sin embargo nadie se consideraba invadido en su privacidad.
    En el futuro que plantea el cuento, el audio de cualquier persona iría a un gran archivo. Si un juez tiene motivos para sospechar de alguien (por ejemplo, sospechar que un accidente pudo haber sido un asesinato por venganza), daría orden de extraer de ese archivo la información relacionada con el sospechoso. Y en el caso del cuento, los escucharía describir detalladamente el plan de asesinato.
    Si no hubiera un motivo para buscar esa información, ésta quedaría inerte en un archivo; difícilmente alguien podría escuchar millones de horas de grabación para ver si de casualidad encuentra algo interesante. Los escuchadores “automáticos” identifican palabras (cigarrillos, whisky, campera) para disparar publicidades. Seguramente también identificarían palabras como “bomba”, “atentado”, etc. (esto último, según dicen, es una realidad hoy en día en el correo electrónico, y los terroristas lo eluden con el simple método de escribir “el paquete ha sido despachado, repito el paquete ha sido despachado”).
    Quizá en el futuro los escuchadores automáticos serán suficientemente inteligentes como para entender que alguien planea un asesinato, y dar parte a la policía (si ibas a ensayar Hamlet en tu casa, mejor olvidate).
    El problema aparece cuando esos datos dejan de ser “inertes” y alguien tiene acceso a ellos para extorsionar a una esposa infiel o a un tipo que escucha a Arjona cuando está solo. Creo que cualquier cosa se puede hackear, si la recompensa monetaria es interesante.
    Por otro lado, disponer de modos mejores de prevenir atentados o de investigar crímenes es algo deseable.
    En fin, que hay una puja cada vez mayor entre privacidad y seguridad. No tengo una opinión formada, pero tampoco creo que nuestra posición influya: este proceso es inevitable.


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