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Comer_del_bidet

Comer del bidet

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Que muerte rige a vida, humor a muerte.

Si me dieran un peso por cada vez que me dijeron ‘¿te parece hacer un chiste con eso?’ tendría por fin la plata que me supone comprar de una vez una urna como corresponde y mudar a mi abuela del frasco de Nescafé, que debe estar terriblemente incómoda.

El tema es que es realmente difícil saber hasta dónde se puede estirar un chiste, pero la ciencia, que se mete en todos los lugares donde no se tiene que meter, desnuda cualquier intención de mantener un mínimo de encanto en la risa. O capaz que no, que entender no es necesariamente embarrar la magia sino que el mago es más mago porque entendés el arte en el engaño, y eso va muy por encima de la posibilidad de que sí hayan cortado a la adorable asistente a la mitad.

Pero, sí, alguien sí se lo preguntó, en este caso, la gente de la Universidad de Colorado (el catorce) que usó el Huracán Sandy y Tuiter para tratar de entender cuándo algo era o no era gracioso y proponer un por qué.

Momentos después de brindar descontroladamente al grito de ‘¡No puedo creer que metimos un subsidio sobre huracanes y Tuiter!’, eligieron tuits como ‘Acaba de volar el techo del restaurant, comida gratis para todos’, para ponerlos en una escala de 1 a 7, porque nada de uno a diez, eh, si acá vas a puntuar algo tan abstracto como el humor, lo vas a hacer con una escala igual de arbitraria. Pero solamente puntuarlos no era suficiente, el giro Shyamalan aparece cuando esa misma ponderación se fue haciendo en diferentes intervalos de tiempo, antes y después del huracán, y lo que pudieron ver fue el ascenso y el desplome de cuán gracioso era ese comentario.

Antes de la tormenta, los tuits eran ‘graciosos’, pero apenas después, en plena reconstrucción post temporal, los tuits eran ‘de mal gusto’.

Lo sorprendente es que pasaba el tiempo y los tuits volvían a ser graciosos, para después desplomarse y ser eternamente intrascendentes.

EXACTAMENTE EL MISMO CHISTE, pero diferente timing.

Entonces, ¿qué los hacía graciosos o de mal gusto?

Existen muchas teorías sobre el humor, pero una de las más nuevas es la Teoría de la Violación Benigna, que habla del humor como el filo entre dos elementos: por un lado, el comentario tiene que cuestionar la forma en la que se percibe ‘lo bien visto’ pero, por el otro, esa amenaza sobre la forma de entender las cosas tiene que tener buenas intenciones. Nos reímos de lo que está mal hablar, pero no está mal hablar.

Ese filo es el humor.

Esa idea entiende al humor como una forma de contradicción entre lo que nos resulta peligroso, pero no, y cuando empezás a mirar para atrás en la evolución, lo podés llevar hasta una de las más viejas e inocuas formas de pelea: las cosquillas, una transgresión física que nuestros antepasados aprendieron a devolver desde una risa no buscada, contradictoria y a veces hasta sufrida. Un filo entre lo que está bien, está mal, hace bien y hace mal, porque este bidet está tan limpio que se podría comer los fideos ahí y entonces vas y te los comés, y es raro, sí, pero es gracioso.

Antes del huracán, el chiste era gracioso porque no existían repercusiones reales, la violación era percibida como bienintencionada y la casa que potencialmente volaba por el aire, todavía estaba en el piso. Ahora, cuando los chistes sobre dormir en un estadio los leés en un estadio, con frío y zapatillas mojadas, deja de ser gracioso. El equilibrio vuelve a cambiar cuando empieza la reconstrucción, cuando hablar del tema alivia, cuando la tormenta ya pasó, cuando el comentario volvió a percibirse como bien intencionado y, meses después,  el chiste finalmente cae para siempre en el abismo de lo pasado de moda, teoría fundamentada en el ya ubicuo Teorema de Landriscina.

Entonces, el humor termina siendo una mezcla de intención, público y timing. Qué dije, a quién se lo dije, con qué intención lo dije y en qué momento lo dije. Eso explica por qué los microambientes generan reglas particulares y por qué las redes sociales se van de las manos. Una broma que nace en un contexto donde la transgresión es incentivada y entendida como graciosa en ese contexto, deja de serlo cuando tu tía católica de 67 años lee un reposteo de FB de un tuit que reza ‘Podemos conciliar las ideas de un Dios creacionista y un Dios inexistente si pensamos que, al séptimo día, se suicidó.’.

Kuhn decía que el paradigma no cambia, sino que simplemente se muere con sus abanderados y una generación nueva ocupa el espacio. En una de esas, el humor es la zanahoria que tienta al burro a pisar las tumbas.