Carrito
Subtotal: $0
Cs.-Politicas

IMG:  Lucía Uy  

Notas > Artículos

Mamá, quiero estudiar ciencia política

TXT:

¿Qué es y qué no es la ciencia política?

“En nuestra época no es posible ‘mantenerse alejado de la política’.
Todos los problemas son problemas políticos
y la política es una masa de mentiras, evasiones, locura, odio y esquizofrenia.”

George Orwell, La política y el lenguaje Inglés (1946)

 

Pensar la ciencia como forma de ver, no como área. Como cómo, no como qué. Recortar un pedazo de Universo y comprimirlo, tratar de modelarlo, explicarlo, predecirlo; sin restricciones ni prejuicios.

Cuando leímos ‘Vos, yo, la ciencia, pensalo’ nos sentimos menos solos en este mundo. Nos sentimos queridos. Como si hablara de nosotros, de nuestro día a día. Encontramos en un físico a un colega inesperado. Uno que describe su trabajo desde la regularidades y las cotidianidades que compartimos por sobre las que nos separan. Regularidades que tienen que ver con plantear hipótesis, definir variables, elegir métodos que testeen esas hipótesis, lograr que de los datos emerja discurso y no al revés. Porque resulta que los politólogos también podemos hacer ciencia.

¿Cómo? Buscamos regularidades en los fenómenos políticos y hacemos inferencias sobre sus posibles causas a partir de evidencia empírica, de datos. Datos que pueden ser abordados en términos cuantificables o categorizables. Así, conceptos como ‘tipo de régimen político’ pueden operacionalizarse (volverse ‘observables’, medirse) en una escala que va del 0 al 1, donde 0 es ‘autoritarismo’ y 1 es ‘democracia’. De esta forma, es posible ubicar los países en posiciones relativas unos de otros, tal como realiza el proyecto internacional Varieties of Democracy (V-Dem). También puede abordarse como un fenómeno con categorías ordinales: dictadura-dictablanda-democradura-democracia, lo que nos permite decir que un Estado cuyo tipo de régimen es una democradura es más democrático que una dictablanda, pero menos que una democracia. Para construir estos indicadores, los investigadores tomamos distintas fuentes, datos que provienen tanto de estadísticas oficiales (por ejemplo, electores habilitados para votar en cada provincia, el padrón electoral) como de leyes (podría ser el Código Nacional Electoral de nuestro país, Ley N°19945), discursos o entrevistas (como las que dan los candidatos durante campañas electorales), encuestas (sondeos electorales), o focus groups (entrevistas grupales donde se recogen percepciones, por ejemplo, sobre los candidatos). Información que ordenamos por medio de clasificaciones, taxonomías e indicadores existentes o que vamos construyendo nosotros mismos para encarar fenómenos políticos y sociales.

También estudiamos los casos o unidades donde se expresan o donde interactúan con otros: partidos políticos, gobiernos, congresos, sindicatos, organismos multilaterales, ONGs, votantes, ciudadanos, trabajadores, ministros, activistas, legisladores, presidentes, empresarios, gobernadores, elecciones, clase media, élites, pobreza, guerras, golpes de Estado, revoluciones, democracia. La lista es enorme, y también lo que podemos ver en aquello que la compone. Así, por ejemplo, observamos la distribución en la enorme mayoría de los casos desigual del poder, la forma en la que se toman decisiones, la relación entre unos y otros, la influencia de unos sobre otros, los procesos, los resultados, los impactos. Ordenamos, observamos, describimos y ensayamos explicaciones.

Es importante aclarar que, a diferencia de las ciencias ‘duras’, a nosotros nos toca bailar con un objeto de estudio intrínsecamente subjetivo. Poco se puede debatir sobre cuánto pesa la manzana con la que ensayamos nuestros experimentos de caída libre; sin embargo, bastante puede debatirse respecto a cuán democrático es determinado gobierno. Por eso mismo, el desafío es encarar nuestros estudios con la mayor rigurosidad metodológica posible, y nunca olvidando que a nuestra subjetividad como observadores (que también sufren las ciencias ‘duras’) se suma la propia subjetividad de nuestras manzanas políticas.

 

Ciencia hay una sola

…y método científico también (aunque a veces sea menos metódico de lo que discutimos abiertamente). Esta tarea suele hacerse a través de dos caminos posibles: muchas veces, cuanto más sabemos de un tema, más preguntas tenemos. Estas preguntas tienden a tener respuestas tentativas (hipótesis) que guían la investigación. Cuando esto ocurre establecemos un camino lógico de pasos para poder, con evidencia empírica, testear estas hipótesis y saber si lo que pensábamos del fenómeno se condice con lo que la realidad nos ‘devuelve’. Este es el camino que llamamos deductivo. Pero no es el único. El camino inductivo, por su parte, implica que a medida que observamos y analizamos la realidad, vamos encontrando relaciones entre fenómenos que se repiten una y otra vez hasta generar un patrón y permitirnos postular algún nivel de generalización.

¿Dónde está la diferencia entre la ciencia política y la que practica nuestro colega físico, entonces? Hay una que es evidente: lidiamos con un objeto de estudio compuesto por seres que tienen agencia propia y subjetividad (y que, además, pueden dar cuenta de sus actos y sentimientos). Difícilmente una molécula de hidrógeno pueda estar triste por estar atrapada en un tubo de ensayo; más difícil todavía es pensar que esa molécula es introspectiva y puede dar cuenta de sus propios actos. Como todo científico que estudie personas sus comportamientos, sus interacciones con otros y lo que de esas interacciones emerge, nosotros lidiamos con generalizar actitudes de seres que se explican a sí mismos y están en condiciones de discutir nuestros hallazgos, aun cuando nuestras regresiones tengan el R cuadrado altísimo (cosa que, incluso así, puede fallar).

Hay otras tres cosas que los que estudiamos ciencia política necesitamos tener muy a la vista: la necesidad permanente de conceptualización de los fenómenos, la variedad de formas posibles en que se los aborda teóricamente y la variedad de métodos de control de hipótesis con que contamos.

A esta altura de la humanidad, estamos de acuerdo en que el movimiento rectilíneo uniforme no despierta demasiada controversia respecto de lo que es. En cambio, en ciencia política no hay una única manera de definir todos los fenómenos que estudiamos. No entendemos todos exactamente lo mismo acerca de lo que una democracia es, de si estamos ante un país democrático o de si uno ya dejó de serlo. Tampoco podemos ponernos completamente de acuerdo sobre si ‘lo de Dilma’ en Brasil fue un juicio político ‘a secas’ o un nuevo tipo de golpe institucional.

Definir un concepto, un fenómeno, implica ponerle límites, decir explícitamente qué es y qué no es esto que estamos mirando, y nuestros conceptos evolucionan con la sociedad, están en constante transformación y nuevos datos los ponen a prueba todo el tiempo. Por eso necesitamos ser tan puntillosos en nuestras definiciones, en discutir nuestros conceptos, porque ellos son nuestra guía para ‘bajar’ al campo a observar, nos ‘dicen’ qué casos conviene incluir, qué datos recolectar y qué dejar afuera.

Gran parte de cómo se define un fenómeno tiene que ver con el marco teórico que elegimos para estudiarlo, con la manera en que otros lo han hecho antes y con avanzar a partir de los huecos o inconsistencias que encontramos (las que llamamos ‘lagunas’). Porque la ciencia es también acumulación de saber.

Al igual que en las ‘otras’ ciencias, la validación entre pares es fundamental: replicación de los estudios, evaluación de artículos, congresos y seminarios, proyectos colaborativos entre universidades y centros de estudio. Hola, ¿qué tal? Podemos ser interdisciplinarios.

Ni todas las preguntas que nos hacemos son abordables mediante una misma forma de testear hipótesis ni todos los estudios requieren igual forma de investigación: método cualitativo comparado, método estadístico, process tracing, estudios de caso, análisis de redes, experimentos naturales o cuasi-experimentos. Germán Lodola (2005), Candelaria Garay (2007) y Andrés Schipani (2008), por ejemplo, estudiaron la protesta social en Argentina entre mediados de los ‘90 y los primeros años de 2000. Garay buscaba, mediante un estudio de caso, dar cuenta de las razones de la emergencia de la protesta de los desempleados, quienes sortearon las barreras a la acción colectiva a partir de los planes sociales que brindaba el Estado especialmente el Plan Trabajar, creado en 1996, promoviendo que la gente se junte y se identifique. Lodola y Schipani, con abordajes diferentes, consideraron la protesta como variable explicativa de la aparición de los planes sociales. El estudio de Schipani es una investigación comparada, la cual parte de aplicar el método de las similitudes para seleccionar los casos: estudia Buenos Aires y Santiago de Chile, tomando los elementos que tienen en común para después estudiar las diferencias, las cuales se intuye a priori serán las causas de la diferencia de los outcomes en la movilización social. En cambio, Lodola hace un análisis estadístico del rol de la protesta popular y la política partidaria buscando conocer cuál es la probabilidad del efecto causal de estas variables sobre la distribución de recursos del Plan Trabajar hacia las provincias argentinas. Con este objetivo, el autor presenta evidencia descriptiva de la evolución del gasto social y las políticas de empleo en la década del ’90 en nuestro país.

Mediante experimentos naturales, cuya idea fundamental es que el proceso de generación de datos reproduzca las condiciones del diseño experimental a través de la asignación aleatoria de las unidades de análisis a grupos de tratamiento y control, Guillermo Rosas y Joy Langston (2011) para el caso mexicano, y Rocío Titiunik (2016) para el Senado en Estados Unidos, encontraron que el desempeño de los legisladores varía según cómo estén coordinados o desfasados sus mandatos en relación con los de los gobernadores de sus respectivos Estados.

Siguiendo con los estudios sobre congresos, Ernesto Calvo y Marcelo Leiras (2012) estudian, mediante un análisis de redes, el ‘co-sponsoreo’ de proyectos en ambas cámaras del poder legislativo nacional de nuestro país. Los autores encuentran que, en momentos en que el desempeño electoral de los partidos no es consistente entre los distritos, aumenta la cantidad de iniciativas de ley que los legisladores de una misma provincia firman juntos, siempre y cuando estos proyectos se circunscriban a un área geográfica particular. Otro de análisis de redes: Natalia Aruguete y Ernesto Calvo analizaron la red que se formó en Twitter alrededor del reclamo por la aparición con vida de Santiago Maldonado. Entre muchas cuestiones que abordan, miran a qué medios Clarín, La Nación y Página/12 retuitean los usuarios a partir de dividirlos en dos grupos: cuentas identificadas con el oficialismo nacional y aquellas que no.

El gráfico se basa en 599.762 retuits de mensajes que contenían el hashtag #Maldonado entre el 2 y el 23 de agosto de este año. Las cuentas identificadas con el oficialismo nacional están representados con nodos (circulitos) amarillos, mientras que el resto están coloreadas en azul. Por su parte, las líneas que unen los nodos (aristas) pintadas de rosa son links a Clarín ‘embebidos’ en dichos retuits, las de color amarillo son links a La Nación y las aristas azules describen links a Página/12. 

Puede notarse que los usuarios de ambas comunidades (oficialismo y no oficialismo) incorporan enlaces a medios cercanos a sus ideas y postura ideológica. Clarín y especialmente La Nación dominan en el espacio oficialista, mientras que Página/12 lo hace en la comunidad opositora.

Todas estas son formas diferentes de hacer ciencia política, testear hipótesis y generar teorías; cada una con sus fortalezas y debilidades, con distinto grado de validez interna y externa, pero igualmente rigurosas a la hora de investigar.

 

Ciencia política (sin ‘s’)

Pero ¿cómo que hay una sola? La reflexión y el estudio acerca del poder y de las instituciones que regulan su acceso y su ejercicio data de muchos siglos atrás: quién gobierna, cómo lo hace, qué características tienen las personas que gobiernan o que pelean por hacerlo, cómo es ese gobierno, qué hace o cuál es la mejor forma para que dicho gobierno sea ‘bueno’. Venimos arrastrando esas dudas desde Sócrates, Aristóteles y Platón, aunque recordemos que Sócrates no escribió ninguna obra y que en parte sus ideas las conocemos a partir de los testimonios de sus discípulos, especialmente Platón, pero también Jenofonte, Aristipo y Antístenes. Sin embargo, al principio esas cuestiones se abordaban desde la filosofía. No fue sino hasta el siglo XX que se desarrolló el carácter científico del estudio de los problemas políticos. Los primeros politólogos empezaron a visibilizar la importancia clave de la rigurosidad metodológica para encarar una investigación. La utilidad del trabajo de campo y de la observación sistemática de la evidencia empírica. Incluso, en algunos casos, la posibilidad de recurrir a la formalización matemática. Anthony Downs es uno de los autores que desde el racionalismo hizo un gran aporte a la ciencia política. A mediados de la década del 50’ del siglo pasado, Downs escribe Teoría Económica de la Democracia, en la que señala que a la hora de decidir por qué partido votar, cada ciudadano/a calcula las posibles rentas de utilidad (potenciales beneficios) que le proporcionaría cada partido.

 

-Miguel, ¿a quién vas a votar? -Pará, lo estoy pensando (me llevo dos, multiplico por la constante de Planck).

Por ejemplo, en un sistema bipartidista, cada ciudadano/a espera (E) una determinada renta de utilidad (U) de cada uno de los partidos del sistema en el período electoral que sigue (t+1) y las resta entre ellas. El/a ciudadano/a votará al partido que crea le va a proporcionar la renta más alta, sea el actual gobierno (A) o el partido de oposición (B).

Hay quienes piensan que las ciencias sociales no pueden aportar conocimiento válido; que son equiparables a un posicionamiento ideológico o a pretender mayor validez para nuestras opiniones, posturas y visiones del mundo social, aunque sólo veamos, como cualquiera, lo que queremos o podemos ver. Es cierto que la ideología, los valores y las opiniones de los que hacemos ciencia política se ponen en juego y afectan cómo miramos lo que miramos, desde dónde, con qué anteojos analizamos la porción de realidad que elegimos mirar y cómo definimos eso que queremos mirar, e incluso con qué métodos elegimos procesar los datos. Pero lo que hace ciencia a lo que hacemos es el rigor y la sistematicidad de nuestras prácticas (que siguen ‘reglas’ de metodología científica), la transparencia que tienen (o al menos deberían tener) nuestras premisas y los conceptos que hay detrás de ellas. Hacer ciencia implica cumplir con reglas determinadas. Y por eso, si te las saltás, podemos (la comunidad científica) reclamar que fue trampa. Que tus resultados no se respaldan en la evidencia, que omitiste la mitad de los datos, que tu método da por sentado algo que se puede medir (y por tanto, no hay por qué asumir a priori), etcétera. Por eso es tan importante que estemos dispuestos a exponernos de manera constante a la mirada y control de la comunidad científica para validar nuestro trabajo individual.

Si bien las reglas pueden cambiar, no es a gusto y piacere de cada uno, sino mediante discusiones epistemológicas y metodológicas en las cuales el motivo que valida esos cambios es que encontremos maneras más eficaces de ajustar nuestras explicaciones a la realidad, de darle más rigor y transparencia a nuestros procedimientos.

¿Todos nosotros hacemos ciencia? No. Aquellos que se desarrollan en el marco de la filosofía política y en algunos casos de la teoría política elaboran sus ensayos en otro plano. Si bien en muchos casos ‘miran’ la realidad, no la utilizan para contrastar hipótesis sino para reflexionar sobre ella. Sin lugar a dudas, su trabajo hace que la ciencia política cuente con mayor diversidad teórica y conceptual. Contribuyen. Mucho. Cubren las ‘lagunas’. Lo vienen haciendo desde los abuelos griegos, Nicolás Maquiavelo y compañía. Pero no hay ciencia donde no hay un método científico, donde no hay hipótesis para corroborar o refutar.

Empatizamos con cada bióloga a la que intentaron hacerle leer un análisis de sangre y cada químico al que le preguntaron cómo sacar una mancha de un pantalón cuando escuchamos ‘Che, vos que sos politóloga ¿quién va a ganar las elecciones?’. Nuestra respuesta en cumpleaños, casamientos y bar mitzvahs, entonces, va para el lado de explicar tendencias; pero siempre en condicional. Los científicos de la política no predecimos eventos particulares del futuro sino que estudiamos eventos del pasado para encontrar regularidades.

Una forma de entender la diferencia entre hacer ciencia política y filosofía política es analizar la reflexión sobre la libertad, una discusión que cruza la teoría política desde tiempos inmemoriales. Mientras que la filosofía política analiza la libertad como el ámbito donde un individuo puede desarrollar su potencial como ser humano, respetando esa famosa idea acerca de que ‘la libertad de uno termina donde empieza la del otro’, para la ciencia política el estudio sobre la libertad tiene un matiz operativo, relacionado con la posibilidad concreta de realizar acciones ‘observables’ dentro de un marco institucional determinado: con qué facultades cuenta, por ejemplo, un presidente para girar fondos discrecionales a las provincias, qué puede hacer un partido político en términos de alianzas al momento de una elección, cuánto margen tienen los gobernadores para aplicar una política pública decidida por el Estado nacional. La discusión no es sobre la naturaleza de la libertad sino sobre su alcance, sus características y sus posibles resultados en los hechos.

Otro escenario donde los politólogos metimos la cuchara fue el debate sobre ‘el giro a la izquierda de América Latina’. Cuando finalizaba la década de los ‘90 y comenzaba el Nuevo Milenio, varios países latinoamericanos fueron testigos de victorias electorales presidenciales de partidos y coaliciones ubicados en el espectro ideológico de la centro-izquierda. Ríos de tinta y bytes llenaron el debate sobre el repentino ‘giro a la izquierda’ de la región que venía a corregir los errores humanos del Consenso de Washington y de su pizza con champagne. Algunas primeras percepciones se sustentaron en un cambio de ideas: los latinoamericanos dejamos de ‘bancar’ la centro-derecha y reclamamos más igualdad, más oportunidades, más inclusión. El cambio en el electorado era producto de una revolución ideológica que nos acercaba a los sesentismos y setentismos de cada país. Sin embargo, esta percepción fue precisada y parcialmente corregida por estudios que sustentaron argumentos alternativos analizando bases de datos. Existe una línea de investigación en ciencia política que se concentra en estudiar el comportamiento electoral, afirmando que los votantes hacen un ejercicio de accountability electoral en el que evalúan las políticas para atrás: si los resultados son buenos, los siguen votando; si son malos, cambian de preferencia, en una especie de esperanza de votante bayesiano. Según María Victoria Murrillo, Virginia Oliveros y Milán Vainshav, en un estudio publicado en el año 2010 donde analizan 18 países entre 1978 y 2008, el ‘giro a la izquierda’ se dio por dos razones: la maduración democrática que permite la alternancia entre gobiernos de distinto color y la evaluación negativa de los resultados económicos de los gobiernos de centro-derecha de los ’90.

El gráfico muestra la proporción de votos de los presidentes de ‘izquierda’ y ‘centro-izquierda’ entre 1978 y 2018 para los 18 países que formaron parte del estudio. La línea roja representa la tendencia en la participación promedio del voto a candidatos de ese sector político en cada elección en el período estudiado. La línea azul señala un sostenido pero leve aumento del voto a las opciones presidenciales de izquierda en la región, de modo que si bien hubo un cambio a partir del año 2000 coincidiendo con el crecimiento de las commodities, la diferencia con los años previos no fue drástica.

Este gráfico fue el puntapié del estudio encarado por Murrillo, Oliveros y Vainshav (2010), al que hacemos mención. Una intriga surgida de esa tendencia. Una pregunta de investigación actual. Y una hipótesis bien formulada. Los datos encontrados le dieron sustento. Esta misma línea ha sido muy desarrollada con modelos formales similares aplicados al caso argentino por María Celeste Ratto (un ejemplo acá y otro acá) y María Laura Tagina (el tercero acá). O sea que el motor del voto no fue una cuestión tanto de valores e ideología sino de cómo cierra la planilla Excel de cuentas personales a fin de mes.

Esta disciplina, tal como la describimos, data de mediados del Siglo XX. Somos nuevos, pero no llegamos en cigüeñas teóricas, no salimos de repollos no-científicos. En Argentina, podemos pecar de más jóvenes aún. La primera carrera de ciencia política en el país data de mediados de los años ’70, pero es recién con la democracia que se volvió más visible; no sólo porque se pudo analizar, investigar y ‘decir’ libremente, sino también porque las universidades nacionales comenzaron a abrir la oferta académica para estudiar la política, el poder y sus relaciones. Para estudiar sus actores e instituciones. Para estudiar.

En la década del ’90, cuando las primeras generaciones de politólogos y politólogas regresaron de hacer sus posgrados en el exterior, se abrió la oferta de maestrías y doctorados en el país para que la formación de posgrado no necesariamente tuviera que hacerse afuera. Antes comentamos que la ciencia es acumulación del conocimiento; habría que agregar que también es sumatoria de oportunidades. Somos jóvenes, tenemos mucho trecho para andar, pero vamos por buen camino.

Que la ciencia política sea una forma de desnaturalizar y describir las dinámicas del poder la vuelve no sólo relevante sino indispensable a la hora de describir nuestras organizaciones como son, sino también en pensar cómo queremos que sean. La vuelve un desafío intrínseco en el desarrollo de métodos que describan cada vez mejor su área de competencia, y también un desafío hacia ese pedacito de Universo y los agentes que en él operan, esos que constituyen, precisamente, el poder. Será nuestra, entonces, la posibilidad, pero también la responsabilidad de observar, describir y compartir con todos aquello que muchas veces pasa a puerta cerrada, o que nos tiene tan inmersos que se nos hace invisible.

“A él (Sancho) le vino en voluntad y deseo de hacer lo que otro no pudiera hacer por él”, dijo Quijote.

Entonces, politólogos, seamos Sanchos.

Ilustración:  Lucía Uy  

Hay 44 comentarios

Añadir más
  1. Pupy

    Me parece que el artículo presenta una vión obsoleta y reduccionista de ciencia, que directamente desestima -o desconoce- las críticas hacia ese positivismo lógico que ensalza todas esas formas de pensar a la ciencia como objetiva, impoluta, neutral e infalible. Muchas de esas premisas que ya han sido criticadas, reformuladas y superadas se vuelven a alzar en este trabajo bajo el fantasma del “método científico”-entre otras perlitas- volviendo hacia atrás alrededor de 60 años de trabajo arduo dentro de la filosofía de la ciencia. Los científicos “ordenamos, observamos, describimos y ensayamos explicaciones”, “ciencia hay una sola y método científico también”. Feyerabend se arrancaría los pelos de leer tremendas falacias. Por suerte, luego mejoraron un poco esta idea haciendo mención al concepto de “metodología” y no de método. También se cuidaron de poner la palabra “reglas” entre comillas -una vez-. Pero la idea de ciencia a lo largo del artículo sigue siendo la misma, y me arriesgo a decir que contradice incluso algunos artículos previos del Gato y la Caja, habría que chequearlo. La realidad no es algo que está ahí afuera, estática, esperando para ser descubierta: los científicos no están aislados de esa realidad y también la construyen en el mismo proceso de investigación y de indagación. La observación afecta la medición y no se trata ésta de una premisa únicamente válida para la mecánica cuántica, sino para todas las áreas que se precien de “científicas”. Es imposible separar la humanidad de quienes hacen ciencia del contexto en donde viven porque esas hipótesis y premisas no vienen de la nada, de la simple observación de datos sin más. Otra: “Es importante aclarar que, a diferencia de las ciencias ‘duras’, a nosotros nos toca bailar con un objeto de estudio intrínsecamente subjetivo. Poco se puede debatir sobre cuánto pesa la manzana con la que ensayamos nuestros experimentos de caída libre; sin embargo, bastante puede debatirse respecto a cuán democrático es determinado gobierno”. Esto es completamente FALSO y refuerza una vez más el prejuicio de que las ciencias naturales son objetivas y que la sociedad y la historia son variables que no afectan su producción y su interpretación de ninguna manera, como si los que investigan no formaran parte de esa misma realidad que analizan. No es tan simple la cosa, o al menos, no se deberían decir estas cosas con tanta ligereza porque esta forma de ver a la ciencia es nociva, sobre todo pensando en que estas ideas luego son transmitidas a aquellos que están aprendiendo. El artículo no está mal, tiene muchas cosas piolas, pero me parece que deja entrever una forma de pensar a la ciencia que debe ser superada -creo-. También creo que un paso que debemos realizar en pos de nuestra propia evolución como especie es dejar de creernos que los científicos realizamos una actividad que es superior de algun modo a las actividades del resto de los mortales y lo digo porque esa visión se ve reflejada bastante en el artículo.

    • Paula Clerici

      Hola Pupy, gracias por tu comentario.
      Justamente, coincidimos con vos en esto que decís: “la realidad no es algo que está ahí afuera (…), los científicos no están aislados de esa realidad y también la construyen en el mismo proceso de investigación…”. Y al igual que vos, estamos convencidos de que “las hipótesis y premisas no vienen de la nada, de la simple observación de datos sin más”. Por esto mismo, en el artículo decimos que “la ideología, los valores y las opiniones de los que hacemos ciencia política se ponen en juego y afectan cómo miramos lo que miramos, desde dónde, con qué anteojos analizamos la porción de realidad que elegimos mirar y cómo definimos eso que queremos mirar, e incluso con qué métodos elegimos procesar los datos…”.
      Y en ningún momento creemos que del artículo se desprende que “los científicos realizamos una actividad que es superior de algún modo a las actividades del resto de los mortales”, tal como decís. De hecho, pensamos que “sin lugar a dudas (la filosofía política, por poner un ejemplo), su trabajo hace que la ciencia política cuente con mayor diversidad teórica y conceptual…”.
      Agradecemos que hayas leído la nota y que nos cuentes tus opiniones. Nos parece que intercambiar ideas sobre estos temas nos hace bien.

      • Maxi

        Si bien la discusión siempre es sana, la opinión de Pupy, si bien viene de una persona que claramente tiene un background en el tema (porque sino no podría hacer muchas de las referencias que hace) proviene de una lectura de la nota profundamente sesgada. Felicitaciones por la nota y bajo ningún punto de vista entendí de la misma nada de lo que leí en ese comentario!!

  2. Ezequiel

    De los creadores de ‘Che, vos que sos politóloga ¿quién va a ganar las elecciones?’ llega “Che, vos que sos economista, ¿el dólar va a subir o va a bajar?” Y no sé, soy economista, no futurólogo ni astrólogo.

  3. Agustina

    Me gusto mucho el artículo chicos. La única de la promoción que estudio Ciencia política, la única de la oficina con esta profesión que crece dia a día en mi provincia, Tucuman. Saludos

  4. Ana

    Muy buenas las explicaciones a cerca de la investigación que realizan.
    Yo que pertenezco al otro palo (matemática), creo que las ciencias duras son más claroritas y simples.
    Felicitaciones por la nota!!!
    También por la ilustración: muy linda.

  5. Analia

    Muy bueno el artículo, soy politologa recién recibida (UBA) y tengo tres hijas. Vivimos en España desde hace 14 años. Mi hija mayor (12 años) hace poco me preguntó qué es ciencia política. Compartiré el texto con ella porque considero que está muy bien explicado. Felicitaciones!

    • Paula Clerici

      Hola Analía, seguro a tu hija se le abrirán más dudas que certezas, pero hay artículos acá que van a poder ayudarla.

      Gracias por el comentario!

  6. Facundo

    De parte de un estudiante de ciencia política en la UBA (Alumno de Lara), les doy gracias por la nota porque resume básicamente la mayoría de las ideas que tengo dando vueltas en la cabeza cuando me preguntan “Y que hace un politólogo?” y que no alcanzo a explicar fácilmente como sí lo hacen acá. Hace tiempo que venía sin leer notas de El Gato pero no podía dejar pasar esta. Muy buena y obvio que va entre mis favoritas del sitio.

  7. Paula Clerici

    A todos nos costó explicar a amigos y familia qué hace quien hace ciencia política. Qué bueno que esta nota te ayude con algunos argumentos! Gracias por leer y comentar la nota.

  8. veronica

    Les faltó decir que en realidad el papá de la ciencia política es Karl Popper… jaja. Siempre habrá disidencias sobre lo que una cosa es o mas o menos, lo bueno es tomarse el trabajo de pensarlas y después de volverlas a pensar…
    ¡Saludos!
    (Politóloga y Mg)

  9. Akel

    PREGUNTEMOS entonces dos cosas al pasar, desde el campo mismo, sin mirar desde arriba:

    “Si bien las reglas pueden cambiar, no es a gusto y piacere de cada uno, sino mediante discusiones epistemológicas y metodológicas en las cuales el motivo que valida esos cambios es que encontremos maneras más eficaces de ajustar nuestras explicaciones a la realidad, de darle más rigor y transparencia a nuestros procedimientos”

    1.- ¿De qué modos se pretende hacer “ciencia” de la política si se renuncia a problematizar, criticar, nuestro propio campo de producción? ¿Qué tipo de conocimiento político prometen si parece que podemos politizar todo, a condición de no tocar el “método”, de no preguntarnos si el poder pasa también por ahí? ¿Cómo explicar el cambio del método? ¿Qué son esas “discusiones
    epistemológicas? ¿Puede un politólogo pensar que están exentas o inmunizadas de poder? ¿No estamos realmente escondiendo el problema entre saber y poder?
    2.- ¿Que nos aporta una “teoría económica” (sic) de la DEMOCRACIA que fueron estrictamente construidas para un mundo (1957) que no existe más?
    ¿A qué aporta (y a quiénes) el citado “gran aporte” a la ciencia política por parte de un ECONOMISTA norteamericano que considera que “cada ciudadano/a calcula las posibles rentas de utilidad (potenciales beneficios) que le proporcionaría cada partido”? Des/racializado, des/generizado (dada la hipótesis la “a” está de más) y desterrado de la materialidad del mundo práctico, ¿es posible que ESO sea llamado un ciudadano? ¿ESO hacemos? ¿En serio? ¿Que clase de “método” certifica que esta pálida figura ciudadana sea una ajustada “explicación de la realidad” en la que viven, desean, matan y mueren millones de latinoamericanos?

    saludos

    • Paula Clerici

      Hola Akel,

      Gracias por haber leído la nota. Respondo a tus inquietudes:

      1. Quisimos transmitir, justamente, que no hay UNA forma de hacer ciencia política siempre que nos apoyemos en evidencia para decir lo que decimos. De ahí los múltiples ejemplos de trabajos de colegas a partir de distintos enfoques teóricos y de acercamiento a la cuestión, de métodos de control de hipótesis y levantamiento de información. Creemos que la subjetividad (ideología, valores, tensiones) y, eventualmente, las relaciones de poder, como decís, se ponen en juego cuando miramos de una determinada manera lo que miramos, desde dónde lo hacemos, “con qué anteojos analizamos la porción de realidad que elegimos mirar y cómo definimos eso que queremos mirar, e incluso con qué métodos elegimos procesar los datos”. En este sentido, pensar que lxs politólogxs miramos de costado la puja por y la desigualdad en el poder (incluso en el hecho de hacer ciencia), sería negar, justamente, nuestro objeto de estudio.

      2. Respecto del comentario sobre la teoría económica de la democracia, apunta a lo que te manifestaba antes, es otro ejemplo de la diversidad de formas de hacer ciencia política. Y si bien compartimos con vos que fue delineada en un contexto de segunda posguerra mundial para mirar Estados Unidos y Europa, es indiscutible el aporte que el racionalismo, al igual que el conductismo, han hecho a la ciencia política. Fueron estas corrientes las que nos legaron la importancia de contar con teorías que guíen una investigación, la relevancia de la rigurosidad metodológica y del trabajo de campo, independientemente de sus supuestos teóricos. De todas formas, hace rato ya que en la ciencia política los postulados del racionalismo fueron matizados con el enfoque institucional, entendiendo así, que los actores con su agencia y las instituciones con su “trayectoria de la dependencia” se influyen mutuamente todo el tiempo.

      Hacia el final de tu comentario, pareciera que hay una confusión entre conceptualización y metodología. Tu crítica señala un desacuerdo con la definición de “ciudadano” del racionalismo, sin embargo, esto no tiene relación con la metodología. Cada cual entiende los fenómenos y los conceptos como su subjetividad le permite y los discute con cómo los colegas lo han hecho antes, pero este escalón en una investigación es un paso muy anterior al momento de su abordaje. Precisamente, si no sabemos qué es, no podemos llegar a “eso”. Si la idea racionalista de ciudadanía de Downs, o la noción desde el liberalismo de Marshall, no satisfacen lo que vos entendés por ciudadanx, podés explorar la visión democrática e inclusiva de Carole Pateman o de Carol Gillian, quienes la abordan desde el feminismo. O avanzar con Will Kymlicka a partir de una ciudadanía multicultural. Lo mismo, pensar en una ciudadanía diferenciada con Iris Marion Young, quien entiende que tanto el modelo liberal como el comunitarista se quedan “cortos”. Resumo, ninguna herramienta metodológica “certifica”, como vos decís, ningún concepto, porque ahí juega la subjetividad de quien investiga.

      Muchas gracias por los comentarios. Sin duda, nos enriquecen.

      • Sol Minoldo

        Creo que la última parte del comentario de Akel apunta a que, para decir que los ciudadanos actúan de tal o cual forma, debemos basarnos en datos, puesto que es algo observable. No sería lícito, entonces, asumirlo como premisa y darlo por sentado, mucho menos cuando se trata de algo clave en las conclusiones a las que arribamos, como en el caso en cuestión. Por tanto, el cuestionamiento de Akel me parece pertinente cuando señala que algo debe fallar en la metodología, o bien el la rigurosidad de un análisis, cuando se “asume” o “concluye” que las personas actúan de manera utilitaria (ciudadanos racionales) en sus elecciones políticas y se sostiene, en esa supuesta realidad, el resto del análisis. Algo que, como menciona Akel, implica suponer que la etnia, cultura, género, clase, nada básicamente, tiene demasiado peso como variable explicativa. De hecho, la propia psicología , incluso en sus abordajes conductuales y cognitivistas, aportan cada día elementos para matizar el peso mecanismo puramente racional en la toma de decisiones

        • Manu

          Sol, no era que dentro de la funcion de utilidad el orden de las canastas ya de cierta manera reflejan esos elementos que mencionas al final?

          Porque hasta donde entendi, el supuesto era en forma “AS IF” de la misma manera que en la teoria de la firma se dice que las empresas actuan “COMO SI FUESEN” maximizadoras de beneficios.

          Igual el aporte es de 1957. Si mal no me acuerdo, hoy en dia se usan otras maneras de reflejar la actitud de los consumidores/ciudadanos/empresas (Vectores con distribuciones de probabilidad era una, puede ser?).

        • Paula Clerici

          Hola Sol, gracias por el comentario.

          El “primer” racionalismo de la segunda posguerra pone en un pie de igualdad a todos los objetivos de los actores para explicar por qué actúan. La motivación economicista no implica perseguir objetivos económicos solamente, sino cualquier tipo de objetivos, sabiendo que para intentar alcanzarlos, se “pierden” cosas en el camino. Y esto incluye, por supuesto, la motivación a actuar en términos de género, etnia, clase, cultura, religión, lengua, etc. De todas formas, hay que contextualizar sino parece que lxs investigadorxs y académicxs laburan en el vacío ajenos a la época, la coyuntura y a las diferencias en el ejercicio del poder. Para el primer racionalismo, como para la gran mayoría de las corrientes teóricas predominantes del momento, la etnia, la cultura o el género no eran una preocupación.

          Pero como comentaba antes, este enfoque puro del racionalismo fue matizado en la ciencia política desde hace más de 30 años. Hoy quien es/actúa como ciego a las diferencias y opresiones de género, etnia, etc., lo hace de manera consciente, generalmente. Vos incluso señalás que existen abordajes conductuales y cognitivistas que matizan el peso racional en la toma de decisiones. Pero esto viene teniendo lugar en las últimas décadas, está ocurriendo hoy. Pero ¿cómo era el conductismo de la segunda posguerra? Totalmente ajeno a los grupos minoritarios al igual que el racionalismo.

          Por último, quisiera volver al punto que señalás sobre la cuestión de la definición. Mencionás que “para decir que los ciudadanos actúan de tal o cual forma debemos basarnos en datos, puesto que es algo observable”. Pero yo insisto con que el problema es la conceptualización y esto está relacionado con las teorías (ideología, valores, etc.) de las cuales hacemos desprender el análisis. El clásico ejemplo para ilustrar esto es la discusión en torno al concepto de democracia: según cómo se entienda lo que es democracia, será cómo se lo aborde y se lo “observe”. Para quienes entendemos a la democracia desde una visión maximalista, los requisitos de la democracia procedimental (poliarquía) se quedan cortos, y de ahí que vayamos a buscar evidencia acerca de las diferencias de género en la posibilidad de llegada a los cargos, el acceso a la prevención en la salud, el estado de las viviendas, etc.

          Te agradezco un montón los comentarios y la posibilidad de intercambio.

  10. Fabián Pressacco

    Gracias colegas por el artículo. Entré a estudiar ciencia política en 1982 (qué año!) en la Católica de Córdoba y me demoré casi cinco años en lograr que mis padres entendieran que no iba a ser (ni quería serlo) diplomático. Jajajaja.
    Que importante insistir con nuestros estudiantes para que asuman la disciplina y la profesión con seriedad, aceptando que hay métodos y herramientas y con genuino respeto por esa diversidad; con humildad, reconociendo el aporte de esa larga caravana de colegas que antes que nosotros ha contribuido a construir nuestra querida ciencia política.
    Un abrazo desde Santiago de Chile.

  11. Paula

    “Los científicos de la política no predecimos eventos particulares del futuro sino que estudiamos eventos del pasado para encontrar regularidades.” Me voy a hacer una remera con esta frase, GRACIAS!

    • Camilo

      Me quedó rebotando esta frase… Se renuncia en la ciencia política a la capacidad de predicción? Es sólo un relato de las “regularidades” del pasado?

      • Paula Clerici

        Hola Camilo,
        Gracias por haber leído la nota. La cuestión de la “predicción” se aborda desde la probabilidad de ocurrencia de un fenómeno, de un aumento o disminución. Evitamos usar la palabra predicción, justamente, porque no predecimos , sino que a partir de regularidades, vislumbramos escenarios posibles.
        No creo que estudiar regularidades sea hacer “solo” un relato. No es para nada simple encontrarlas ni saber por qué ocurren o qué implica eso que viene ocurriendo de determinada forma.
        Gracias de nuevo.
        Saludos!

        • Camilo

          Se ve que “predicción” no es la palabra justa, entiendo que en cuestiones tan complejas no podrían decir exactamente qué va a suceder, sobre todo en cuestiones políticas donde las “predicciones” juegan como un elemento más al momento de su enunciación. Tampoco quise usar “relato” despectivamente, es mi parte posmoderna que me hace hablar así. Simplemente me dio la impresión de que se abdicaba en el sentido de hablar sobre el futuro, en pos de dedicarse a construir una explicación del pasado.
          Mi parte positivista espera que algún día la ciencia pueda “pararse delante” de ciertos sujetos para decirles “no, papu, así no llegás a ‘pobreza cero’ ni a gancho.”, no importa cuán convincentemente lo prometa ni cuántas horas de tv le dediquen a transmitir su mensaje. Ponele.

  12. Manu

    Pucha que la UTDT esta de boga!

    Muy buen articulo gente!

    Siempre me pregunto cuando va a aparecer alguien que pase a usar neural networks y ML para analisis politicos y economicos. Hay alguien en ciencias de la computacion esperando ese llamado.
    Las regresiones ya estan como muy quemadas no?

    • Paula Clerici

      Hola Manu, hay laburos interdisciplinarios muy piolas entre los cientistas sociales y los de la computación, y cada vez hay más espacios de encuentro. Quizás la clave está en salir a buscar el contacto. Por nuestra parte, más que dispuestos a aprender.

      Gracias por el comentario.

  13. José

    Felicitaciones a los autores por arriesgarse a meterse en la masa de una visión de la ciencia política. Muchísimas gracias a Pupy y Akel. Me hicieron sentir menos ajeno.

    • Paula Clerici

      Hola José, gracias por leer la nota.

      ¿Cuál es esa supuesta “masa” de la ciencia política? ¿Y cuál es la tuya que te hacía sentir ajeno mientras leías el artículo?

      • José

        Me quedé pensando en O’Donell (Modernización y autoritarismo, 1972). Entiendo que su estudio refleja que para superar el ‘atraso’, a nivel de despegue económico, una modernización de nuevo tipo, el ‘modelo burocrático autoritario’, debía excluir (simbólica, económica y políticamente) a los trabajadores incorporados a esas sociedades hasta la década del cincuenta. Por ello, su trabajo, sólo describe realidades? Sólo compara para establecer regularidades? No expone, además, que la única manera de desarrollar el capitalismo en América Latina era la implantación de coaliciones golpistas que ejercieran la pura y dura represión?
        La masa de la ciencia política podría ser la gran mayoría de profesionales honestos que trabajan para consolidar una identidad profesional, bajo el canon de la ciencia positiva. Para mí, sin embargo, la ciencia política está más allá de mis posibilidades.
        Muchísimas gracias por el intercambio!!

  14. Armando Damian Ruiz

    Hola me gusto mucho la nota. Considero que es util tanto para conocer el rol del politólogo como para el abordaje de la epistemología de la ciencia política.
    Si el planteo es que existe una ciencia política y una metodológica (teniendo en cuenta la pluralidad de enfoques y paradigmas), ¿porque hay carreras que se denominan Licenciatura en Ciencias Políticas y otras Licenciatura en Ciencia Política?
    Por último consultarles sobre el Libro de César Cansino “La muerte de la ciencia política”. Contiene un planteo disruptivo con la ciencia política actual (positivista, mayoritariamente cuantitativa y dominada por la academia norteamericana). ¿Qué posición tienen respecto a la transdisciplinariedad que plantea el autor del libro para evitar la muerte de la ciencia política?

    Saludos desde Santa Maria, Catamarca.

  15. Paula Clerici

    Hola Armando,
    Gracias por leer la nota. Nos alegramos de que te haya parecido útil.
    Por un lado, mi impresión es que hoy no hay ni un dominio de la academia norteamericana ni de abordajes metodológicos cuantitativos. Sí, es cierto, que el inglés como idioma de trabajo tiene mayor impacto. Pero esto no significa que ese impacto sea hecho solamente desde Estados Unidos. Con la multiplicación de consorcios y redes de investigación internacionales, proliferación de grants, congresos y seminarios, journals, todo cada vez más segmentado por tema de estudio, hay para todos los gustos y con académicos de todas las latitudes picando en punta.
    Por otro lado, sobre lo multidisciplinar, no pasa solamente en la ciencia política. Es una tendencia en todas las ciencias, porque mirar desde distintos lados un mismo problema, favorece la creatividad en la búsqueda de respuestas. De hecho, gran parte de los laburos que se leen aquí en El Gato y la Caja, son producto de investigaciones que involucran cerebros que provienen de formaciones diferentes.
    Un gran abrazo!


Publicar un nuevo comentario