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IMG:  Agustina Paci  

Besame Besame Besame

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Todos recordamos la primera vez que hicimos algo. Lo llevamos como un evento especial y único. Pero la realidad es que somos bastante injustos y poco fieles a los hechos que efectivamente acontecieron durante nuestras primeras veces, sobre todo cuando involucran a alguien más. En mi caso, hablar de mi primer beso sería extremadamente pretencioso, ya que de mío tuvo poco. Como cuando decimos ‘Somos una especie increíble, mandamos satélites al espacio’. No, bancá. O sea, sí, somos una especie increíble, en general, en promedio; pero si a mí me dejás un satélite, con bastante tiempo y carbón, doblando una chapita acá y allá, lo máximo que puedo llegar a hacer es un paty.

Digamos que me limité a arruinar lo menos posible la situación, procurando estar a la altura de la circunstancia, o sea, dos escalones más arriba que ella. No digo que no me interesara ni mucho menos, pero ella no era nueva en esto de besar y yo camuflaba mi inexperiencia como podía. La charla avanzaba entre chizitos y coca y de a poco mi inoperancia se iba haciendo cada vez más evidente; al punto que su paciencia se agotó, cruzó los brazos por detrás de mi nuca, y me besó. Re awww todo. O no.

Vista desde afuera debió ser una escena maravillosamente tierna, pero detengámonos un poco en la realidad de lo que estaba sucediendo: dos infantiles bocas llenas de chizitos incrustados entre costosísimos y dolorosos alambres chocando al ritmo de Enrique Iglesias; el abrazo de dos lenguas ingenuas que llevaban y traían saliva entre Aerosmith y Bon Jovi. UN ASCO.

¿Qué nos pasa? Si lo pensás dos segundos te das cuenta de que estamos mal. Mal posta. Besarse está buenísimo, y probablemente por eso lo hacemos cada vez que da. Pero es raro. ¿Por qué cuando nos gusta alguien no tenemos mejor idea que acercarle la cara, colapsar labios e intentar invadir su boca a lengüetazos?¿Cómo puede semejante horror tener carácter legal, estar bien visto y ser algo a lo que aspiramos mientras abrazamos un pote de helado frente a la película del domingo? Este desagradable comportamiento está tan expandido en nuestra especie que quizás exista alguna manera de explicar por qué estamos tan enfermos.

El beso es un acto caprichoso, subjetivo y extremadamente hipócrita, porque la saliva de Jessica Alba no es abismalmente distinta a la de Sofía, la vieja de abajo, que tiene 90 años y que, ojo, es divina, pero medio que prefiero a Jessica.

Por alguna razón nos encanta andar dándonos besos. Si no preguntale a la pareja que tiene el récord de beso ininterrumpido (58 horas y media. Respect). Hay diferentes explicaciones para este hermoso y desagradable comportamiento, algunas más claras y otras más especulativas, que chapar no es una ciencia exacta. La filematología vendría a ser justamente la ciencia que se encarga de estudiar este asunto del beso (técnicamente conocido como ‘ósculo’. Sexy).

Si besar es raro, su origen puede ser aún peor. Chapar no es exclusivamente humano. La cosa podría haber empezado bastante antes de lo que imaginamos. Muchos animales, incluyendo primates como el chimpancé, alimentan a sus crías dándoles comida boca a boca, y puede que nuestros antepasados homínidos más cercanos también lo hicieran (bddd). Dado que ser alimentado es un claro acto de amor incondicional (de esos que llevan a tatuarse ‘Madre’), algunos psicólogos evolucionistas piensan que este comportamiento pudo haberse extendido para mostrar afecto entre madres e hijos en general, y que más tarde nosotros la bardeamos y extendimos la cosa a un todos contra todos. (Tampoco fuimos los únicos. Los bonobos muchas veces hasta transan. Sí, francés, con lengua. Rawr).

El beso es una instancia ideal para medir al otro; por ejemplo, a través del olfato. Pocas veces tenés la posibilidad de oler tanto a alguien como cuando te lo estás chapando. El aliento de la otra persona puede dar información sobre su estado de salud. Y no sólo eso. En 1995 se hizo un estudio en el que un grupo de chicas olía remeras que habían sido usadas durante dos noches por diferentes flacos y debían elegir las que les parecían que tenían un aroma más atractivo. Después analizaron genes particulares relacionados con el sistema inmune de ellas y ellos. El resultado fue que las chicas se sintieron atraídas por olores cuyo dueño presentaba mayores diferencias en estos genes con respecto a los de ellas. La hipótesis es que, de alguna manera y a través del olfato, las mujeres tienden a elegir parejas que tienen genes del sistema inmune bien diferentes a los suyos, lo que implicaría una descendencia con mayor variabilidad, es decir, un sistema inmune capaz de reconocer mayor cantidad de patógenos. Todo muy ‘hay química entre los dos’.

Los labios, todo un mundo. Esta zona del cuerpo tiene una densidad de terminaciones nerviosas mayor que casi cualquier otra, y la región de la corteza cerebral encargada de procesar la información sensorial que viene de los los labios ocupa incluso más lugar que la parte de la corteza sensorial correspondiente a los genitales. Interesante. Durante el beso, se liberan diferentes neurotransmisores y hormonas que dan cuenta de las sensaciones típicas del chape: hay un aumento en la actividad y en los niveles de dopamina en regiones del cerebro relacionadas con la motivación, el placer y las adicciones; crecen los niveles de adrenalina (lo cual incrementa el ritmo cardíaco y la transpiración); y aumentan también los niveles de endorfinas. Una fiesta. Además, se incrementan los niveles de oxitocina, una hormona relacionada, entre otras cosas, con el apego social, que aumenta también durante el orgasmo y la lactancia. Por otro lado, disminuyen los niveles de cortisol, una hormona directamente asociada al estrés. Cuando notes un poco tensa a esa persona que te gusta, ya tenés argumentos para encajarle un beso en nombre de la ciencia (consensuado, claro).

No sólo es interesante el por qué del besuqueo, sino también el cómo. Piensen en todos sus besos (si recuerdan todos, tienen que salir más). ¿Para qué lado giran la cabeza en general? La mayoría de las veces (2/3) lo hacemos hacia la derecha (incluso las personas zurdas y los ingleses). Onur Güntürkün, un neurocientífico alemán que se pasó 2 años y medio viendo parejas besarse en la via pública (un ser muy especial), cree que esto tiene que ver con la lateralidad. En general, ya sea para manos, pies, oídos u ojos, la mayoría prefiere usar la parte derecha de su cuerpo. Parece que el desarrollo de la tendencia a girar la cabeza hacia un lado o el otro es anterior al del resto de las lateralidades, aparece durante los últimos meses de gestación y podría ser otro tipo de lateralidad que se mantiene hasta llegar a la edad de los besos. A esto se le suma otra explicación mucho más tribunera. El 80% de las mujeres tienden a sostener sus bebés de manera que ellos deben girar su cabeza hacia la derecha para encontrarse con su mamá, y su teta. La idea es entonces que girar a la derecha queda asociado al alimento, al cuidado y al amor. Ironías de la naturaleza.

Como suele ocurrir, el origen evolutivo y el valor adaptativo del beso no quedan del todo claros. Sabemos más hacia dónde va que de dónde viene. Pero no es descabellado pensar que se seleccionó no sólo como una forma de demostrar afecto, sino también por su poder de condensar un montón de información sobre la potencial pareja en un sólo acto, en un instante.

Saber elegir a alguien para un rato o para una vida no es un tema menor. Conocemos poco sobre el otro, y a veces con verlo y escucharlo no alcanza. Ante tanta incertidumbre, el beso quizás sea la más hermosa, asquerosa y efectiva bolsa de respuestas.

Ilustración:  Agustina Paci