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Eco_Báez

IMG:  Cristian Báez  

A mí me rebota

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En sentido contrario al que supongo común (y clínico), siempre pensé que había algún indicio de sanidad en, cada tanto, hablar solo. Creo que es una cosa así como el jugar solo de la adultez; sólo que no sólo solo, sino solo, estresado y jaquecoso. Pasa que crecemos, nos ponemos camisa en vez de remera, tomamos café en vez de chocolatada, sumamos de memoria en vez de dedo por dedo y, aferrándonos a cualquier pedacito de inocencia que encontramos, nos zambullimos en “ser grandes”.

Hablar solo es tan hermoso como, dependiendo de la persistencia acústica (ese silencio que necesitan dos sonidos para ser dos y no uno), incorrecto. Sí, a mí también me fastidian los tecnicismos, pero dejan más plata que las licencias poéticas y, siendo grande, eso pesa. El tema es que a veces no estás hablando solo sino con vos mismo, y lo lindo de esta especificidad caprichosa es que acaricia por la tangente a ese mundo de barbudos felices que es la poesía. Resulta que, cuando vos emisor y vos receptor en vez de vos emisor y el trillado sonido de tres o cuatro grillos, tiene lugar el eco.

En papeles, el eco es la repetición de un sonido por la reflexión de ondas sonoras. Algo parecido a tirar una piedra al río y que haga “sapito”, saltando una y otra vez; sólo que en este caso, la piedra es la palabra, la mano es la boca y el río, bueno, sobre el río el rebote. Pero hay una diferencia todavía más sustancial que aquella entre la piedra y la palabra o la boca y la mano y es que, en el sapito, el rebote no hace que la piedra vuelva, sino que avance, que siga. Además, la piedra es una, y los sonidos son dos o más. O sea que el eco se parece al sapito pero en nada.

Existe, sin embargo, una historia más linda, terrible y compleja sobre el por qué del Eco. Así, con mayúscula, como nombre propio, como nombre de canción. O de ninfa. Cuenta el mito que en la Antigua Grecia, esa de sexo, dioses y cabelleras larguísimas, Eco era un mujer muy bella y simpática de cuya boca salían las palabras más hermosas jamás nombradas. También puede que eso haya estado teñido de subjetividad, ya que tenía una voz que hacía que todo sonara a sumergirse en algodón de azúcar. Cuestión que Zeus, como un mortal cualquiera, cayó en los encantos de esta ninfa de montaña y la cortejó. Hera, reina de dioses, primera dama del Olimpo y, lógicamente, su legítima esposa, descubrió el engaño y castigó a Eco impidiéndole iniciar una conversación. Ahora sólo podría repetir la última palabra que dijera aquel con quien estuviera -no- hablando. Limitada a duplicar, Eco decidió dejar de interactuar con humanos.

Volvamos a la persistencia acústica, que las ninfas son muy seductoras y, como las sirenas, van a intentar desviarnos de la explicación principal. Para que aparezca el eco y haga su magia debe haber cierta distancia, que cambia dependiendo de si es o no voz humana. Cuando no, con 17 metros estamos, cae el árbol, hace ruido, se escucha, refutamos el proverbio zen y nos ponemos a todo el existencialismo en contra. Pero cuando se trata de una voz humana, la distancia agarra un ‘doble tanto de palabra’ y se requieren como mínimo 34 metros para oír claramente lo reflejado.

En un segundo pueden oírse una determinada cantidad de sílabas. Y el sonido, que en ese tiempo recorre 340 metros, demorará un décimo en chocar con aquello sobre lo que se reflejará y otro décimo en volver. Se necesitan por lo menos 34 metros para que los sonidos no se superpongan y se confundan. Se necesitan para que, superada la persistencia acústica, sonido original y sonido reflejado sean percibidos como distintos. Entonces, la distancia y el tiempo hacen de hablar solo un hablar con otro, con vos, con eco o, si tenés una máquina del tiempo y sos de los que eligen creer, con Eco.

Existe en este fenómeno otro costado para los más blanditos de emociones (y el que quiera hacerse cargo, que lo hago). Varios soñamos alguna vez con irnos bien lejos, casi siempre cuando terminamos de ver la peli sobre el chico que, con todo servido para ser el próximo dueño de occidente, salta de la cadena de montaje que llamamos Sociedad y se hace un viajecito por el mundo. Y durante los créditos, uno reflexiona sobre largar todo y encarar para ningún lugar, a hablar solo a donde haya montañas, ciervos y mucho, mucho musgo. Pero, si la cuestión principal es el rebote, ¿por qué no puedo pararme en casa frente a la pared y conversar conmigo? ¿Por qué tengo que irme hasta allá? Bien, retomemos. El sonido viaja muy rápido y en tu living el reflejo sería casi instantáneo, por lo que ambos sonidos no se distinguirían. Además, los objetos amortiguan la vibración y hacen que se extinga pronto. Pero quizá, si querés jugar al exiliado, podés irte al cuarto o quinto piso, asomarte cautelosamente por el hueco de las escaleras y hablar(te). Es algo chiquito, algo tonto que no hace desaparecer tu corbata ni te prepara la merienda con galletitas surtidas pero que, por lo menos por un ratito, te saca de ese espiral que implica “ser grande”.

Así que ya sabés, si te propasaste con tu jefe, revelaste la rinoplastía de tu amiga o se te escapó un “te amo” a destiempo; sólo tenés que pararte a 34 metros de un objeto grande que haga rebotar el sonido, te lo devuelva a la boca y aquí no ha pasado nada. Ah no, pará, ¿cómo era?

Ilustración:  Cristian Báez