205.-Jubilaciones

82% mérito

Todos vamos a morir. Todos. O por lo menos todo indica que es lo más probable. Pero, si somos afortunados, antes vamos a ser viejos por un tiempo.

A veces pensamos en la vejez y automáticamente nos vienen a la cabeza ‘otros’. Un abuelo, un vecino, nuestros padres. O esos ‘pobres viejitos’ que vemos en la tele cuando nos cuentan sobre los jubilados. Rara vez nos damos cuenta de que cuando hablamos de vejez hablamos de todos, o casi todos, sólo que algunos en un momento, y otros antes, o después. Por eso las políticas que implementemos para proteger la vejez contienen un interés completamente colectivo.

Hoy, para la gran mayoría de los adultos el acceso al consumo depende del ingreso, y el acceso al ingreso depende de una remuneración laboral. Así las cosas, dejar de trabajar de viejos se vuelve un problemón, tanto más cuanto menos plata tenga nuestra familia (o cuanto más sea de borrarse, que también las hay que tienen plata pero no les pinta compartir). Ahí es cuando un sistema de jubilaciones puede ser una herramienta fundamental para hacernos cargo del problema del acceso al ingreso en la vejez. Y si se trata de hablar de jubilaciones y escenarios idílicos, una de las primeras ideas que viene a la cabeza de un argentino es ‘el 82% móvil’. Pero ¿y si el 82% móvil para los jubilados no fuera más que otra expresión del discurso de la meritocracia?

Cuando decimos 82% hablamos de un porcentaje que, evidentemente, tendrá que ser de un porcentaje de ‘algo’. Ese ‘algo’ es el ingreso laboral que cada uno tuvo antes de jubilarse. Pero lo cierto es que la idea de que la jubilación debe reemplazar nuestro ingreso INDIVIDUAL en un determinado porcentaje es sólo una manera, y definitivamente no la única, de concebir la distribución de los recursos del sistema previsional.

Como toda política, la seguridad social tiene una determinada forma de financiarse y una cantidad finita de recursos. Los recursos se pueden ampliar, claro que sí. Pero sea cual sea el tamaño de la torta, la discusión de cómo repartirla va a llegar tarde o temprano. Bah, no siempre llega. Porque en este caso todos parecieran dar por sentado, de una punta a la otra del espectro político, que las jubilaciones deben cumplir con ‘tasas de sustitución’. ¿Cómo funciona esto?

Para calcular el monto del haber que le corresponde a un jubilado se hace un cálculo basado en lo que ganaba cuando trabajaba. Puede ser el promedio de todos los años que trabajó (en los que haya aportado), o su último sueldo, o el criterio que cada sistema determine. En Argentina, es el promedio del salario de los últimos 10 años de actividad (del salario bruto, no el de bolsillo). Ya en base a ese monto, se aplica un criterio de ‘sustitución’. Puede ser directamente un porcentaje de ese promedio, o uno relacionado con la cantidad de años de aportes. En nuestro país, es 1,5% por cada año que se hayan realizado aportes, aunque después de los 35 años de aportes se deja de sumar. Entonces, si aportamos 35 años, la prestación va a ser el 52,5% de nuestro salario promedio. En el sistema de jubilaciones argentino (SIPA), esta prestación sustitutiva tiene el nombre de Prestación Compensatoria. Si, por ejemplo, un salario promedio fue de $15.000, la Prestación Compensatoria va a ser de $7.800. Para el que ganaba $30.000 en promedio, su prestación va a ser de $15.700.

Los sistemas suelen combinarse con algunos mecanismos que ‘suavizan la desigualdad’. En Argentina, por ejemplo, existe una prestación que se le suma a la compensatoria y tiene un valor uniforme para todos los jubilados. Se llama Prestación Básica Universal (PBU) y equivale a más o menos la mitad de una jubilación mínima (exactamente el 47,2% de la mínima). O sea, en todos los casos, al cálculo anterior le sumamos $3.000. Al ser un monto idéntico para todos, rompe el criterio de sustitución, porque esos $3.000 representan diferentes porcentajes del ingreso laboral individual que tuvieron en el pasado los distintos jubilados: son un porcentaje más grande del salario cuanto más bajo haya sido (para el que ganaba $9.000 le sustituye un tercio del salario, y para el que ganaba $27.000 solo le agrega una novena parte de lo que ganaba).

Otro mecanismo para suavizar las desigualdades es poner piso y techo a los montos jubilatorios. Así, si el monto calculado para tu jubilación (en Argentina, la suma de la PC y la PBU) fuera menor que una jubilación mínima, se te compensa, porque nadie puede cobrar menos de la mínima establecida (hoy $6.394). Si diera más que la máxima (que actualmente está fijada en $46.850), se aplica el tope. Pero que no cunda el pánico, ningún asalariado vip se ve forzado a financiar solidariamente el sistema: si un sueldo está por arriba del máximo monto que puede agregar pesos a su futura jubilación, los aportes y contribuciones sólo se hacen sobre ese monto máximo, y el resto del sueldo lo cobra sin descuentos previsionales.

Pero esta nota no apunta a ser el rincón del jubilado, así que dejemos a un lado los detalles técnicos (aunque haya que omitir algunos), que a lo que venimos es a reflexionar sobre esa idea que de tan naturalizada, a casi nadie se le ocurre cuestionar. Y que en realidad es un poco como un caballo de Troya, porque cuando hacemos consigna con ‘el 82% móvil’ no hablamos ‘simplemente’ de elevar las jubilaciones, sino de hacerlo replicando ese criterio sustitutivo que acabamos de explicar. Estamos ante una de esas pocas ideas políticas que tienen tanto (tanto) acuerdo, que el único problema parecería ser tener los recursos y la voluntad política para implementarla. Sería una pena que, una vez que estamos de acuerdo en algo, alguien se pusiera a buscarle el pelo al huevo. Pero la verdad que, si hay un pelo en el huevo, algunos preferimos verlo que comerlo.

 

La jubilación no es un chanchito

No solemos parar a pensar ni un minuto si está bien que sea como siempre fue (aunque ojo, que ‘siempre’ es apenas menos de un siglo acá en Argentina, y menos de siglo y medio en todo el mundo). Capaz un poco por costumbre, otro poco por esa tentadora idea de que a nosotros de esa forma nos irá mejor, e incluso porque tendemos a pensarlo como un ahorro personal: ‘merezco tanto como pagué’ (en este caso, tanto como coticé). No es menor en este razonamiento la forma en que está diseñado el sistema: como se financia por contribuciones y aportes de los trabajadores y sus empleadores (es decir, por cotizaciones), y para jubilarnos tenemos que cumplir con una mínima cantidad de años cotizando, nos queda la idea de que cada uno paga su propia jubilación.

El primer error es que no es uno el que se paga su jubilación, sino que los más jóvenes se la pagamos a los que son mayores mientras trabajamos. A nosotros nos la pagarán los trabajadores que estén en actividad cuando nos hayamos jubilado (lo que se conoce como ‘solidaridad intergeneracional’), o los robots que hayan tomado control del mundo, lo que sea que pase primero. El siguiente es que en los sistemas de reparto como el nuestro, lo que cobramos no depende realmente de lo que cotizamos. Eso sería lo que, en todo caso, se supone que pase en un sistema de capitalización individual: vos sabés lo que aportás, pero no lo que vas a cobrar. En el sistema de reparto es al revés: los beneficios son ‘definidos’, no inciertos, y se definen como una parte de tu salario. Otro tema peliagudo es el hecho de que el financiamiento por ‘solidaridad intergeneracional’ se basa en que haya muchos más trabajadores que jubilados, entonces con varias cotizaciones financiamos una jubilación. Y esa relación, entre cantidad de trabajadores y personas mayores, ha ido cambiando, un poco por cuestiones demográficas (que suele llamarse envejecimiento de las poblaciones) y otro por cuestiones que tienen que ver con un mercado de trabajo que no se expande ad eternum, y que incluso se puede contraer. La cosa se complica si a eso le sumamos el problema del trabajo informal (que, por definición, no cotiza en el sistema), una marca regional de toda latinoamérica que tiende a elevarse en tiempos de crisis. A fin de cuentas, lo cierto es que las cotizaciones no son las que financian el total de los gastos del sistema. Si el financiamiento no alcanza, para poder pagar esos haberes ‘definidos’ con los que se comprometió, el Estado tiene que buscar OTROS recursos. Y puede no alcanzar por muchas cosas, como que el total de cotizaciones se venga a pique porque los salarios medios bajen, que crezcan el desempleo y/o la informalidad, o que echemos un poquito más de leña al fuego y decidamos combatir el desempleo rebajando las contribuciones patronales (la parte de la cotización que pagan los empleadores). Ni hablar si implementamos un sistema privado de cero y le derivamos todas las cotizaciones, mientras nos quedamos con todos los gastos.

Como podemos ver en este gráfico, desde hace ya un montón de años que el sistema previsional argentino no recaudaba con cotizaciones un monto suficiente para pagar las jubilaciones. Fuente: OIT-Cepal (2011).

Acá viene lo interesante, porque en Argentina esa plata que falta la ponemos todos los que pagamos nuestros impuestos. Absolutamente todos. Incluso los que después, al momento de hacer el trámite, no nos vamos a poder jubilar porque no tenemos suficientes años de aportes. El tema es que la informalidad, el desempleo y trabajo no mercantil no sólo complican el financiamiento de los haberes de los que se jubilan, sino que a muchos (muchos) trabajadores los dejan sin posibilidades de cumplir con las condiciones para jubilarse. Y es así como una gran parte de los que cumplen con la edad jubilatoria no pueden jubilarse. El porcentaje de personas mayores que quedan ‘protegidas’ (o sea, que reciben una jubilación) es lo que se conoce como la ‘cobertura del sistema’. En el gráfico de abajo podemos ver cómo venía la cosa hasta el año 2004.

La cobertura, que ya a mediados de los 90 dejaba afuera al 27% de las personas mayores, empeora de forma sostenida y se estanca desde 2002 en los valores más bajos de la serie. Fuente: elaboración propia en base a datos de Calabria y Rottenschweiler (2015), basados en INDEC.

Total normalidad: el Estado cubriendo el déficit con plata que ponemos todos, y un 39% de viejos que también bancaron y bancan el sistema se quedan afuera.

En este punto podríamos abrir una discusión sobre acceso no contributivo y moratoria previsional, pero donde realmente quisiera pinchar con un palito (herrumbrado) es en esa naturalidad con la que pensamos el criterio de distribución de las jubilaciones.

O sea, una vez que definimos quiénes van a recibir una jubilación (y quiénes no) y cuánto vamos a gastar, queda aplicar una ‘pauta distributiva’ para repartir esos X recursos entre esas N personas. Si no les vamos a dar a todos lo mismo, ¿con qué criterio le vamos a dar más a uno que a otros? Tenemos el criterio ‘sustitutivo’ que comentaba al principio, en el que tu jubilación se establece como un porcentaje del sueldo que ganabas cuando trabajabas. Pero también se pueden aplicar otros: por ejemplo, al que tiene más gastos, o más personas a cargo, le damos un poco más. Bueno, en Argentina nada que ver (y para ser justos, en casi todas partes es un poco como en nuestro país). Y ojo que el nudo del problema no tiene que ver con los jubilados super vip, que premian algunos trabajos en particular como ser presidente, juez, diputado o senador. Aunque en esos casos se reproduzca una desigualdad mucho más controvertida, no hacen gran cosa a los números totales.

 

Cuidar más al que menos lo necesita

Más de uno se estará preguntando cuál podría ser acaso el problema de que cada quien, al llegar a viejo, pueda mantener ingresos similares a los que ganaba trabajando y continuar medianamente con su tren de vida. Por qué diabólica razón alguien querría meterse con eso, pobres jubilados. La idea suena de hecho bastante atractiva para los que esperamos llegar a viejos con una jubilación bastante por encima de la mínima. Bueno, problemas, tiene varios. Claro, depende de dónde se lo mire, como todo. Porque para establecer si algo funciona, si funciona bien, si es justo, tenemos que fijar parámetros. Así que empecemos por ahí.

Definamos, para empezar, la ‘calidad de la protección’. Si comparamos dos ingresos de diferente monto, uno va a poder comprar más artículos de consumo que el otro. O sea, cada uno nos garantiza un cierto nivel de consumo. A ese nivel de consumo le vamos a llamar ‘calidad’. Cuanto más consumo nos permita, más calidad tendrá nuestro haber jubilatorio. Entonces, como la referencia es el consumo, es más adecuado evaluar el haber con relación a una canasta de bienes que respecto de un ingreso laboral individual.

Con un sistema basado en el criterio de sustitución vamos a tener jubilaciones de distinto monto porque, todos sabemos, los sueldos de los trabajadores no son todos iguales. Podemos decir entonces que el sistema distribuye jubilaciones de diferente calidad entre personas que hayan ganado diferentes salarios. ¿Quién va a tener la de mayor calidad y quién la de menos? La respuesta más predecible coincide, en este caso, con lo que nos muestran los datos: si el que ganó ingresos más altos toda su vida va a tener una jubilación más alta, la mayor calidad de protección se va a ir a los individuos más favorecidos de la escala de ingresos.

Alguno por ahí me retruque que no, que eso es incorrecto porque si comparamos jubilados y nos abstraemos de la jubilación que reciben, van a ser todos iguales: sin ingresos. O sea, cumplimos 65 años y si dejamos de trabajar, de pronto todos somos igualitos. Pero no. Cuando uno tuvo un sueldo más alto, seguramente se compró alguna cosita a lo largo de su vida, capaz incluso hasta un par de propiedades para alquilar, bienes que bien podría vender para tener una reserva y usar si hiciera falta como suplemento en su ingreso; o juntó una plata que guardó en un plazo fijo; posiblemente crió un par de hijos que ahora están en buenas condiciones para ayudarle, porque pudo mandarlos a la universidad y consiguieron mejores oportunidades de trabajo, o hasta les abrió un negocio con una platita que alcanzó a juntar; o capaz que el negocio se lo abrió uno. El caso es que algunos llegan a viejos con una mano atrás y otra adelante, y otros llegan un poco (o mucho) más cómodos.

Para ubicar en contexto a estas personas mayores, es importante mirar, en primer lugar, todos los ingresos de su hogar y no sólo los de sus jubilaciones. ¿Cómo lo hacemos? Dividimos el total de ingresos en el hogar por la cantidad de miembros que cohabitan, o sea, que dependen de ese ingreso. Lo que se llama ‘ingreso per cápita familiar’. Luego, podemos dividir el total de la población en 10 grupos (que llamamos deciles) con la misma cantidad de personas, ordenadas desde el que menos gana al que más. En el decil 1 está el 10% de la población con los ingresos per cápita familiar más bajos de todos. En el decil 10, el 10% con ingresos más altos.

En cada uno de esos 10 grupos o deciles, localizamos a todos los que tengan edad jubilatoria. De ellos, miramos a los que tienen cobertura (o sea que cobran una jubilación o pensión). Considerando el monto de sus haberes, hacemos un promedio de cada grupo y podemos saber cómo varía la calidad de las jubilaciones de acuerdo al decil al que pertenezca cada viejo. Como calidad es capacidad de consumo, lo que vamos a mirar es cuánto representa ese haber medio de una canasta básica de consumo (para un adulto). Veamos entonces en qué deciles reciben las prestaciones de mayor calidad y en cuáles las más simplonas.

Vemos que las personas mayores que están en los deciles más bajos reciben jubilaciones de menor calidad (en los primeros dos deciles no alcanzan a cubrir la canasta básica de consumo) y en los deciles más altos reciben jubilaciones de hasta 5 veces más calidad. Fuente: Elaboración propia en base a datos de EPH (Encuesta Permanente de Hogares) de  Indec, e IPC San Luis.

Notarán que el gráfico es del año 2003. Elegí ese año porque es el momento previo a que pasaran algunas cosas que distorsionaron lo que queremos analizar (abajo encuentran discutido el período de 2003 para adelante).

En el gráfico anterior sólo hemos considerado a los adultos mayores que se lograron jubilar. En cada decil quedaron viejos que no se jubilaron por esta cuestión de las limitaciones de cobertura. Lo que no sabemos es si el problema de cobertura es igual en todos los deciles; y en caso que sea desigual, si compensa o refuerza la desigualdad que acabamos de ver. Vamos a calcular ahora cuánto desembolsamos, ya no por cada jubilado, sino por cada persona mayor, según el decil al que pertenezca. Para eso calculamos el gasto medio por adulto mayor dividiendo el total de las jubilaciones recibidas en cada decil, por el total de personas en edad jubilatoria que hay en el decil. Sobre este ingreso van a influir ya no sólo las diferencias de calidad de los haberes, sino también las diferencias de cobertura (mientras más viejos no tengan ingreso en el decil, más se nos va a venir a pique el gasto por cada viejo). Esta vez, lo que vamos a mirar es a qué porcentaje de la canasta de consumo corresponde el gasto promedio por viejo en cada decil.

Vemos que, como pasaba con la calidad del haber medio, la calidad del gasto por mayor es mucho más alta entre personas de los deciles de mayor ingreso, y viceversa. Pero ahora  las brechas entre decil 1 y 10, y entre decil 2 y 9, son mucho más grandes. Fuente: Elaboración propia en base a datos de EPH e IPC San Luis.

Para sorpresa de nadie, el problema de cobertura profundiza la desigualdad que ya veíamos al comparar la calidad. Esto pasa porque los mayores porcentajes de personas sin cobertura están en los deciles más bajos (y entonces cada haber de un mayor jubilado se divide entre más cantidad de personas). Suena todo muy poco lógico para un sistema de política social, pero es una consecuencia bastante razonable cuando las condiciones de acceso son más complicadas para quienes hayan pasado su vida circulando por la informalidad laboral, el desempleo y el trabajo no mercantil. Y claro, pasarte la vida en la parte más precaria del trabajo te encuentra cumpliendo 65 años ahí mismo, en la parte más precaria. A vos y, con mucha frecuencia, también a los tuyos.

En resumen, con este sistema gastamos más en quienes menos lo necesitan, y viceversa. Y no hay que dejar de lado que los que tienen menos ingresos puede que, encima, tengan más gastos: después de pasar gran parte de tu vida en condiciones materiales y laborales más desfavorables, también tu salud llega en peores condiciones; además, algunos de los mayores sin jubilación ni siquiera tienen obra social, y entre los que la tienen hay desigualdades también, porque algunos pueden pagarse una con más y mejores coberturas que PAMI.

 

¿Quiénes pagan el costo de la desigualdad?

Repartir desigualmente de un modo que, en lugar de alterarla o suavizarla, reproduce y hasta refuerza la desigualdad que ya tenemos, puede ser visto como un problema en sí mismo, por las brechas y el patrón anti equitativo que refleja. Pero más allá de eso, hay otra cuestión para nada menor. Esa desigualdad tiene un costo en la calidad mínima de la protección. Y acá se viene lo más interesante, porque es un lugar común que todos estemos de acuerdo en que la jubilación mínima es muy baja, pero es raro que lo relacionemos con el problema de la desigualdad.

Hagamos números, entonces.

Si miramos el total de plata que se distribuye en haberes y la dividimos por el total de personas que los reciben, tenemos el haber medio. Si hay desigualdad, vamos a tener gente que gana más y gente que gana menos de ese haber. Podríamos decir que toda la plata que pagamos por abajo del haber medio a una parte de los jubilados, es la que usamos para pagar el plus de todos los que ganan por arriba del haber medio. Entonces, la calidad mínima que podríamos pagar con los recursos que tenemos se nos va para abajo, para poder pagarles a algunos un poco más. Cual un AntiRobinHood, sacamos de las jubilaciones de los que menos tienen para poder darles jubilaciones más altas a los que más tienen.

En Argentina la jubilación media es hoy de $12.100. O sea que, con los recursos que gastamos, si a todos les pagáramos lo mismo, alcanzaría para pagarles $12.100 a cada uno. Pero, como todos sabemos, un montón cobran la mínima, que está mucho más abajo, en casi $6.400. Podríamos decir que lo que le falta a cada viejo que cobra menos de $12.100 se explica como el costo de pagar las jubilaciones de cada uno que gana arriba de esa suma. A fines del 2016 (según los últimos datos disponibles) había un 82,5% de prestaciones más bajas de lo que el sistema estaba en condiciones de abonar, para que parte del presupuesto pueda destinarse a pagar prestaciones por encima de la media, que eran el 17,5% del total.

 

¿Estamos emparejando para arriba?

Más de uno estará meneando la cabeza al pensar en los escasos $6.394 que reciben tantos jubilados, pero también se plantea que no hay por qué poner el foco en los pobres jubilados que ganan un poco más de la media (en algunos casos hasta casi 4 veces la media). Lo que pasa es que ‘hay que emparejar para arriba’.

Veamos cómo sería eso. Para poder subir la calidad de los haberes más bajos sin tocar los más altos vamos a necesitar poner plata extra (cierto que siempre se puede desahorrar la platita que tenemos guardada en el Fondo de Garantía de Sustentabilidad, total cuando se acabe seguro va a estar gobernando otro). Supongamos que incrementamos el financiamiento como vimos que lo venimos haciendo, con recursos no contributivos.

En Argentina los recursos no contributivos se componen principalmente de impuestos ‘indirectos’. Un impuesto indirecto es uno que no identifica al que lo paga, entonces no puede saber cuál es su capacidad de pago. Todos, ganemos lo que ganemos, pagamos la misma suma (el mismo porcentaje del valor de un objeto tributado). Esto lleva a que el impuesto sea una carga más pesada cuanto menos ganes, y más liviana cuanto más alto sea tu ingreso. Lo que se conoce como ‘impuesto regresivo’. Imaginemos que el impuesto es $1000 por la compra del mes en el super a changuito repleto (el famoso IVA). Ahora fíjense qué distinto es pagar ese impuesto si sos un trabajador informal que gana $5.000 al mes (y pagó $1000 de IVA total), uno formal que gana poco más del salario mínimo con $10.000 al mes (y pagó $1000 de IVA total), o si sos de los (pocos) que cobra $60.000 limpios (y pagó $1000 de IVA total). Cada uno va a pagar, respectivamente, el 20%, el 10% y el 1,67% de su ingreso.

El IVA es, visto así, la antimateria del impuesto a las Ganancias, y los que más tienen son los menos afectados. Todo muy, muy normal.

Primera opción instintiva que se presenta al estar expuestos a una explicación de cómo el sistema opera sobre la distribución de ingresos de los ciudadanos.

O sea que, si esa plata extra para ‘emparejar para arriba’ la ponemos con ‘recursos generales’ de la recaudación, el emparejamiento lo vamos a pagar con un esfuerzo mayor de los que menos tienen. Cuando tenemos eso en cuenta, ya no parece tan obvio que el emparejamiento hacia arriba sea tan hacia arriba, y distributivamente más progre que el emparejamiento hacia el medio.

 

La meritocracia y el 82%

Algunos pueden estar pensando que, aunque financiar como se hace no está bueno, hay otras opciones antes de ir a tocar las jubilaciones mayores a la media. Como, por ejemplo, una idea radical: que esa diferencia la pongan los más ricos, los empresarios y no los trabajadores ni los jubilados que con tanto esfuerzo hicieron una diferencia a su favor, que tampoco es para tirar manteca al techo. O, si vamos a cuestionar las cosas, por qué no modificar directamente el sistema tributario.

Nos animemos a imaginar que sí, que armamos un sistema impositivo súper progresivo, y emparejamos para arriba. Aun así, sin importar cuánta plata agreguemos al sistema, siempre que queden jubilaciones más altas que otras, vamos a estar pagando a unos un privilegio a costa de la calidad que pierden otros. El tema es que con la plata que agregamos al sistema, la media también sube. Y con ese mismo presupuesto total, una distribución más pareja nos permitiría subir aún más la calidad mínima de protección. Y eso va a ser así hasta que le paguemos a todos como el que más gana.

Claro que no es lo mismo este dilema cuando la calidad de la mínima está por el subsuelo que cuando hablamos de pisos más altos. Podríamos pensar que, con una mínima adecuada, no sería tan grave que algunos ganen más y ‘darle más al que más lo merece’. Al que se esforzó, al que pagó sus cotizaciones. Como en toda meritocracia que se precie. Y ahí es donde viene de nuevo esto de naturalizar un razonamiento que de natural tiene lo mismo que los duraznos en almíbar.

Si los diferentes montos de jubilación son una manera de ‘recompensar el esfuerzo’, dado que esos montos dependen de la desigualdad de los ingresos laborales, lo que estamos asumiendo es que las brechas salariales se explican por las diferencias de esfuerzo. O sea, que la diferencia de ingresos es idéntica a la diferencia de esfuerzos cuando comparamos, por ejemplo, a quien consiguió un trabajo en blanco y ganó 3 salarios mínimos por mes toda su vida, con el que laburó por el salario mínimo, y quizás la mitad de los años en el trabajo informal. Asumimos, de algún modo, que es categórica la diferencia de esfuerzo entre dos trabajadores que trabajan las mismas horas en la misma tarea, pero uno es contratado en negro. Y también que las millones de personas (mayoritariamente mujeres) que trabajan fuera del trabajo remunerado porque se ocupan ellas mismas del cuidado de niños, de enfermos, de mayores dependientes, o de autoproducir sus recursos, se esfuerzan en un nivel cero, porque eso es lo que nos indica su nivel de remuneración. Estamos asumiendo que las capacitaciones laborales a las que accedemos y las mejores oportunidades laborales nos llevan a todos el mismo esfuerzo (aunque vivamos en diferentes barrios, vayamos a distintas escuelas, nos podamos codear con distintas personas, nos alimentemos unos mejor que otros, y algunos salgan a trabajar a la salida de la escuela mientras sus compañeros hacen las tareas en casa); que no hay trabajos menos valorados aunque sean igual de esforzados, o incluso igual de valiosos en términos de utilidad; que no hay discriminación de ningún tipo en el mercado de trabajo; y otras varias cosas que, si lo pensamos un poco más, se hacen cada vez más traídas de los pelos. Incluso, cuando la desigualdad en una sociedad aumenta y vemos una acelerada concentración del ingreso, para que cuadre con nuestra idea, tendríamos que suponer un cambio masivo y simultáneo en los niveles de esfuerzo individuales, ya sea que un grupito se puso las pilas con tutti, o que otros se tiraron a vagos en masa. Y con todo el ruido que ya empieza a hacer, pero del que habrá que hablar en una nota sobre meritocracia con su espacio exclusivo, ya no parece tan obvio que ganar $12.000 pesos sea más injusto para el que ganó $30.000 pesos que para el que toda su vida ganó $9.000. Ni hablar si pensamos en las cajas de jubilaciones provinciales y nos preguntamos si un jubilado provincial se ha esforzado mucho más que uno nacional, como para explicar las diferencias en la calidad de sus jubilaciones (en Córdoba, por ejemplo, la media es casi del doble que la de Anses).

 

A estas alturas, ese lema del 82% móvil que podía sonar tan progre, empieza a hacer algo de interferencia. Lo que no requería justificación, lo autoevidente, ahora queda desnudo como objeto de debate. Y la reparación histórica, que nos traía la imagen de un par de viejitos que sonríen a la cámara, nos oculta la foto de los millones de viejos que siguieron ganando la misma monedita, aunque el sistema incrementó sus gastos enormemente (de los 4.7 millones de beneficios en el tramo mínimo según la última información disponible, sólo 400 mil se elevaron arriba de la mínima por el efecto de la ‘reparación’).

Para cerrar me gustaría referirme a una resistencia recurrente que aparece cuando uno se pregunta si no sería más justo, equitativo y socialmente eficaz cambiar las prestaciones que sustituyen ingresos laborales individuales por prestaciones equitativas, que protejan a todos con una calidad similar. Casi vetando el tema para siempre, hay quienes responden que NO SE PUEDE. Porque avanzar en algo así implicaría afectar los ‘derechos adquiridos’ de los que cobran o esperan cobrar una protección mejor que la media. Los derechos adquiridos son una especie de línea, de barrera que protege los derechos ya conseguidos de posibles políticas que pretendan arrebatarlos. Una pauta que se usa desde hace tiempo para garantizar que el cambio y el desarrollo histórico propio de los derechos no vaya nunca ‘para atrás’. Pero si los derechos adquiridos están para que los derechos siempre tiendan a expandirse y no a retraerse, ¿qué pasa cuando se vuelven una traba para democratizar/masificar derechos y redistribuir lo que está apropiado de forma concentrada? Es decir, ¿qué pasa cuando expandir los derechos de algunos, requiere moderar los (privilegios) de otros? Pasa, como mínimo, que hay que abrir el debate.

Y las ciencias sociales tienen mucho que ofrecer para el debate político, empezando por repolitizar lo que a veces olvidamos que es político y por colaborar para clarificar y transparentar lo que hay en juego en cada opción que queramos defender.

Bonus track: si no compensamos a los que más cotizan, ¿cómo hacemos para que coticen?

No quise seguir alargando la nota, que ya está bastante más larga de lo que los tenemos acostumbrados. Pero quedó una cosita en el tintero. Hay otro argumento que defiende las prestaciones sustitutivas ya no porque sean ‘justas’ o tengan algo que ver con los objetivos de la protección previsional, sino porque sostienen que son un incentivo ‘necesario’: recompensar los mayores ingresos, al recompensar los mayores aportes al financiamiento, serviría como un incentivo para que las personas aporten al financiamiento del sistema. Subyace la idea de que si no tienen el incentivo de ganar más cuando se jubilen, las personas no van a cotizar o no van a estar motivadas a incrementar sus salarios. Es decir, si da lo mismo cuánto ganemos trabajando, porque en cualquier caso vamos a jubilarnos con el mismo ingreso, tenemos menos motivación a esforzarnos por elevar nuestro ingreso, y a realizar las cotizaciones que corresponden a cumplir nuestra obligación tributaria de cotizar. Como si las personas buscaran mejorar sus ingresos para que les toque una mejor jubilación dentro de unas décadas, y no por motivos más inmediatos (y, paradójicamente, no es poco habitual que esto lo sostengan los mismos expertos que defienden la obligatoriedad de cotizar porque entienden que las previsiones de larguísimo plazo tienen poca fuerza para conseguir que ‘suavicemos’ el consumo y ahorremos para la vejez). Pero además como si, en los casos de relación laboral de dependencia, la elección de cotizar fuera realmente del trabajador (quien podría especular sobre la conveniencia o no de aportar al sistema) y no de su empleador. Y como si, en el caso de los trabajadores independientes, no fuera evidente que se trata de un incentivo dudoso teniendo en cuenta los enormísimos niveles de evasión y su poca sensibilidad a la evolución de los cálculos de haberes previsionales, o su evidente respuesta a otro tipo de incentivos que resultan mucho más eficaces (como garantizar el acceso a derechos o activar controles y aplicar sanciones al incumplimiento). Y todo eso no es nada al lado del argumento más importante: si el cumplimiento de las obligaciones tributarias dependiera siempre de la conveniencia que el contribuyente encuentre en las contraprestaciones que recibe por su pago, el Estado sólo podría funcionar como el mercado. Y lo cierto es que en los hechos, por mucha evasión que exista, los Estados recaudan. No queda claro por qué el sistema previsional no podría reforzar otro tipo de incentivos al cumplimiento tributario. De hecho, los niveles de evasión de los independientes (que son quienes eligen ellos mismos si cotizan) no son menores a los niveles de evasión en tributos que no tienen ligada una contraprestación.

De cualquier modo, posiblemente repensar los criterios distributivos en las jubilaciones requiera repensar también el modelo de las cotizaciones para financiar jubilaciones. Sólo por mencionar algunas cuestiones, el esquema de financiamiento contributivo encarece la elección de emplear de forma registrada (lo que acarrea una precarización laboral que excede el acceso a la jubilación, así como un desfinanciamiento al sistema cuando se reducen las cotizaciones patronales como política de empleo). Además, penaliza el uso intensivo de trabajo (de hecho, tiende a penalizar las unidades productivas más pequeñas y de menor capital, con relación a las unidades más grandes y tecnologizadas). Y de hecho, si reformulamos la lógica del sistema y dejamos atrás el modelo del seguro, también el esquema de financiamiento podría rediseñarse en coherencia con otro paradigma.

 

Si querés saber más sobre las jubilaciones en el período 2003 a la actualidad, es una discusión tan importante y particular que tuvimos que armar un anexo:

El sistema de jubilaciones después de 2003

 

Minoldo & Peláez (2016). “Discutiendo los criterios distributivos del sistema de jubilaciones”. XI Jornadas de Economía Crítica, UNC.
Minoldo, Zavattiero, Féliz & Peláez (2015). “La equidad como asignatura pendiente de la previsión social contributiva. Reflexiones desde Argentina, Paraguay y República Dominicana”. RELAP.
Minoldo (2014). Inequidades distributivas de la previsión social contributiva. Aproximación al caso argentino. Temas laborales: Revista andaluza de trabajo y bienestar social.
OBSERVATORIO DE SEGURIDAD SOCIAL (2011). Análisis de la cobertura previsional del SIPA: protección, inclusión e igualdad. ANSES.
OIT-CEPAL (2011). Encrucijadas en la seguridad social argentina: reformas, cobertura y desafíos para el sistema de pensiones.




Hay 46 comentarios

Añadir más
  1. Juan Carlos Godoy

    Buenísimo Sol!!! Me encanta la noción de que “las ciencias sociales tienen mucho que ofrecer para el debate político, empezando por repolitizar lo que a veces olvidamos que es político y por colaborar para clarificar y transparentar lo que hay en juego en cada opción que queramos defender.”

    Que vengan más notas tuyas!!!

    ;-)

  2. Nahuel

    Esta nota me pareció genial, sin embargo me dejó 2 incógnitas
    – Por qué nunca escuché acerca de como funcionan todos estos organismos en la secundaria? lo cual creo en mi humilde opinión que es de muchísima importancia (aunque para ser justos hay muchisimas cosas en materia financiera que tendrían que enseñarse y que de todas formas ignoramos).
    – cito ” al recompensar los mayores aportes al financiamiento, serviría como un incentivo para que las personas aporten al financiamiento del sistema. Subyace la idea de que si no tienen el incentivo de ganar más cuando se jubilen, las personas no van a cotizar o no van a estar motivadas a incrementar sus salarios.” existen estudios y evidencia suficientes para determinar que esto es muy probable que sea así? o es otra de las cosas que fueron inferidas en base a un grupo de estudio pequeño y pasado de boca en boca de opinólogos?
    Repito si bien la nota es algo larga para leer un lunes a la mañana, es un muy lindo laburo, y velo por mas notas como estas, Saludos!

    • Sol Minoldo

      Hola Nahuel, gracias por comentar.

      La idea de incentivar para que se cotice surge mas como un ‘razonamiento’ económico usual (basado en premisas liberales/utilitaristas) que como una conclusión a partir de la evidencia. Lo cierto es que la evidencia, como señalo, no respalda esos razonamientos.

      • SANTIAGO f CUNEO

        2 preguntas: no se usa el promedio de los 10 mejores años en lugar de los 10 últimos?
        No están calculadas exageradamente las reparaciones? Adonde se puede ver el calculo?
        Una contribución: no ayudaría a la comprensión social el abolir el sistema y reemplazarlo por un subsidio a la pobreza y vejez? Después de todo los “no pobres” pueden comprar Seguros de retiro.

        • Sol Minoldo

          Hola Santiago. No, se usa el promedio de los 10 últimos (que aportaron). Fijate en el artículo 24 (https://goo.gl/ZKSPQ8). Aunque la norma se hizo con la presunción de que los últimos sueldos tienden a ser los más altos.

          Respecto de las reparaciones, supongo que te referías a las de la ley de reparación histórica ¿será? En tal caso, no se si la forma de cálculo de la reparación se hizo pública con todos sus detalles, pero más bien he leído denuncias de abogados y periodistas que señalaban que, por el contrario, las reparaciones eran menos cuantiosas que las que disponía la justicia cuando se ganaba el juicio contra Anses.

          De todos modos, hay una cuestión. La ley de movilidad previsional ha evolucionado en casi todos los años por arriba del nivel de inflación, porque depende de cómo evolucionan los salarios y la recaudación. Eso implica que cuando se actualiza una jubilación en base a ese índice, y cuando se actualiza un salario para calcular el promedio, resulta en una actualización que supera la inflación. Por ejemplo, alguien que cobró 10 mil pesos el último año, puede resultar con un salario promedio calculado en 12 mil pesos, porque los salarios antiguos, al actualizarse con este indice, terminan inflándose. Eso, la consecuencia que tiene, es que aumenta en los hechos la parte sustitutiva de la jubilación (o sea que puede terminar siendo un porcentaje mayor al 52,5%).

          • SANTIAGO F CUNEO

            Gracias. Si. De todas maneras està mal usar los últimos 10 si se usa un criterio de capitalización. Y el 82% no està mal tambièn? Cuando se lo calculò en 1958 (http://servicios.infoleg.gob.ar/…/2300…/232870/norma.htm) se aplicaba para los sueldos más bajos y disminuía a medida q el haber subía (ver art 4). Y, como decís, la movilidad está también calculada en exceso. De todas maneras, si la lógica es de capitalizaciòn, la jubilación deberìa evolucionar como los rendimientos de los aportes. Como muchos pasaron por el 2001, se les debería aplicar las quitas q sufrieron tanto la deuda pública como el desempeño del resto de los activos.
            Pero insisto en el 3er punto: asì como el imp a las ganancias es en realidad imp a los ingresos, el sistema previsional deberìa llamarse “subsidio a la vejez/pobreza”. De esa manera se acabarìan las confusiones filosóficas. Ni los aportes se guardan en una cajita (por ende no se puede “vaciar”), ni se deberìan invertir en otra cosa q no sea aumentar indirectamente la capacidad recaudatoria futura, o disminuir la necesidad de subsidios (previniendo la ancianidad carenciada). Hay q aumentar los incentivos para blanquear empleo, pero hay q aumentar los impuestos a los ingresos y riqueza (y revaluar las valuaciones fiscales) y disminuir las desgravaciones (a los intereses por ej). Y el que quiera seguro de vida q lo tenga pero después q no se queje, como en Chile, de q gana la mitad de lo q creìa.

  3. Julian

    Gracias. Hacia falta una nota económica-política por acá. El principal problema lo encuentro en aquellos que no ven el costo de la desigualdad. Recomiendo el libro de Stiglitz “El precio de la desigualdad”. La equidad nos mejora las condiciones de vida a todos.

  4. Javi

    De acuerdo con todo…
    suena bastante lógico pensar en repartir la torta de manera igualitaria, de todas formas al que le fue mejor tendra alguna propiedad o algo que le sirva para seguir diferenciadose del que no le fue tan bien.
    Sin embargo hay algo, posiblemente en la naturaleza humana, que hace que los modelos de distribución equitativas no funcionen.

    Me gustaría un anota que intente explicar por que el socialismo ( o como sea que se llame el sistema en que la torta se reparte igualitariamente entre todos) No funciona en la práctica.

    por ultimo y nada que ver: donde dice “Pero sea cual sea el tamaño de la torta, la discusión…”
    queda mucho mejor -Pero sea cual fuere el tamaño…- aunque tal vez las dos formas sean correctas

    • Sol Minoldo

      Hola Javi. No hay elementos para afirmar que “los modelos de distribución equitativas no funcionen”.
      Habría que definir “funcionan” y “modelo equitativo”, porque podríamos decir que en términos sociales los modelos inequitativos no funcionan, o podríamos decir que hay modelos equitativos en países nórdicos que no parecen haber fracasado.

      Analizar por qué no han tenido buen desempeño económico las experiencias socialistas de la URSS no es lo mismo que explicar que “el socialismo no funciona en la práctica”. Digamos que no es menor en los resultados económicos estar en una guerra (fría), partir de una economía industrializada o una dependiente, sumado a una serie de elecciones políticas que pueden tener resultados diversos, aunque todas se propusieran “la equidad”.

      Pero si vamos a la cuestión que discute esta nota ¿Por qué razón pensás que no “funcionaría” un modelo equitativo para distribuir la protección previsional? ¿Pensás que afectaría los “incentivos económicos”? No me queda claro cuál sería el problema al que te referís.

      • Javi

        Hola Sol, que lindo encontrar respuestas a las dudas que a uno le surgen.
        La verdad es que no se si si “funcionaría” o no el modelo, me gusta pensar que si.
        pero la impresión que me da, es que, al menos encontraría mucha resistencia, como ocurre con tantas cosas, aunque la logica o la evidencia dian que es un buen camino a seguir.

        Todo este tema es muy interesante, aunque soy lego (bahh bastante ignorante diría) en cuestiones que tienen que ver con la sociología.
        Como siempre lo bueno es poder aprender.

        • Sol Minoldo

          Si Javi, resistencia, habría. Pero ya sería más consistente la puja política si la gran mayoría que se beneficiaría de un modelo equitativo de jubilaciones, se pusiera del lado del modelo equitativo. Y si los que defienden la equidad y acusan al mercado de distribuir injustamente, no reprodujeran esa lógica en sus consignas políticas. Por eso es tan importante derribar los argumentos erróneos, que en muchos casos son mitos, o son un razonamiento que al tener naturalizado, no nos paramos a reflexionarlo.

          Porque la resistencia, hoy, no es sólo de parte de quienes tienen intereses o ideologías realmente afines con el esquema “sustitutivo”, es también de personas cuyos valores (reales o proclamados) no son del todo consistentes con la idea de reproducir desigualdad y darle mas al que mas tiene, y por personas que, de hecho, salen perdiendo (de primera mano) con ese esquema.

        • Leo

          Claramente, los procesos socialistas que buscaron la igualdad de ingresos siempre fracasaron. Pero no sólo económicamente, sino que derivaron siempre en totalitarismos y violencia por parte del Estado.

          La palabra clave en el capitalismo es ‘incentivos’. Cuando el esfuerzo que hace una persona trabajando, no tiene una contrapartida en su recompensa, entonces esa persona pierde el incentivo a trabajar o invertir más y la productividad de la economía se desploma. La respuesta de los estados socialistas fue obligar a la gente a trabajar; si no trabajás, te meto preso o te mato, y además no te dejo salir del país. (Recordatorio de que el Muro de Berlín se hizo para que los que vivían del lado socialista no se escaparan hacia el otro).

          Los países nórdicos fueron históricamente los países más liberales del mundo, con uno de los mayores desarrollos económicos a principios del siglo XX, y con una excelente distribución del ingreso. Alrededor de los 80′ pasaron a tener un tamaño del Estado enorme que los hizo entrar en crisis, y hoy llevan una tendencia de 20 años achicando el Estado. Aún así, siguen teniendo impuestos altos, pero: 1. Se hicieron ricos e igualitarios con liberalismo económico. 2. Hoy siguen en los primeros 20 de puestos de libertad económica. (Argentina está entre los 20 peores de 180 que integran el ranking).

          Yendo a lo importante, el sistema previsional propuesto, no tendría el problema de los incentivos, ya que la persona no tendría opción de dejar de aportar, a diferencia de, por ejemplo, un emprendedor o inversor que si uno le cobra muchos impuestos a las ganancias de su empresa, decidirá abrir la fábrica en otro lado y dará empleo en otro lado. Con lo cual, claro, ‘funcionaría’ ya que el Estado tiene el monopolio de las jubilaciones y la autoridad como para imponerlo. El problema sería la tensión social, ya que algunos individuos verían sus aportes irse a manos de gente que, ellos considerarían, no se la ganaron.

          • Eduardo

            Considero que si habría problemas, todo el mundo preferiría recibir gran parte del sueldo en negro, si total es lo mismo.

          • Sol Minoldo

            Hola Eduardo.
            En realidad trabajar en blanco es mucho más que tener descuentos jubilatorios. Te da acceso a todos los derechos laborales que existen, y las protecciones que conllevan.
            No es tan lineal como lo planteás. No es que si da lo mismo la jubilación, da lo mismo trabajar en blanco. Por otro lado, hay gente que no quiere evadir impuestos. De hecho, como menciono en la parte ‘Bonus Track’, para lograr incrementar la formalidad en el sector por cuenta propia (autónomos y monotributistas) hace muy poco efecto la expectativa de jubilarse con mas ingresos (de hecho hay muchísima evasión y subdeclaración de ingresos, aun cuando existen prestaciones basadas en el nivel de ingresos) y han mostrado ser eficaces otro tipo de medidas (como controles o incentivos basados en acceso a derechos).

            Ni hablar que quien decide si te emplea en blanco es el empleador, al que posiblemente le convenga cumplir con la ley en caso que haya multas por controles, o la posibilidad de juicios laborales. Tampoco es lineal de que al empleador le convenga siempre emplear en negro, te aseguro.

            Por último, financiar con cotizaciones sobre el salario no es la única manera en que se puede financiar un sistema de seguridad social. Nada impide ponerse a pensar cuál es el mejor sistema de financiamiento posible.

  5. Christian

    Pregunto desde la ignorancia. Que pasaria si haciendo el mínimo descuento posible en concepto de jubilación a los que trabajan se asegurara una jubilación exactamente igual para todos, por ejemplo de $12000. Y quién tenga mejores sueldos pueda optar por pagar en forma adicional una cobertura que suplemente esa jubilación inicial. Algo así como un seguro de retiro digamos.

    • Sol Minoldo

      Hola Christian. Primero, para que el haber medio que el sistema puede pagar siga siendo de 12 mil pesos, la recaudación no debe ser menor. Así que, si hacemos “el menor descuento posible” hay que ver cómo financiamos la plata que perdemos al reducir el aporte. Lo que pasaría, depende de cómo respondamos a esa pregunta.
      Por otro lado, hoy quien tiene mejores sueldos y, por tanto, capacidad de ahorro, puede optar por diversas maneras no obligatorias de tomar medidas para su futuro. Una de ellas es capitalizar sus ahorros en fondos de inversión, por ejemplo. Vivimos en sociedades con desigualdad de ingresos en las que el mercado distribuye diferentes oportunidades de consumo. El tema es si desde el Estado repetimos esa lógica, o aplicamos una diferente.

  6. Leo

    El artículo aborda una problemática que surge a partir del sistema de reparto, (el sistema administrado por el Estado en el cual los jóvenes pagan por los mayores) que es que necesita del financiamiento público extra para subsistir en caso de que los aportes no cubran los gastos.

    Ahora bien, pareciera que el argumento principal se centra en el hecho de que los ingresos extra provienen de todos los ciudadanos, incluso de los que no se van a poder jubilar. Pero esto sólo es cierto para una pequeña parte del total del financiamiento de las jubilaciones. Por lo que se ve en el gráfico, 1/6 del total, o un 17%, hoy en día. Es decir que la gran mayoría del financiamiento proviene del aporte que cada uno hizo con su salario; el que más ganó más aportó, y por ende gana más en esa misma proporción. Entonces, ¿por qué no proponer que sólo ese 17% extra sea el que es repartido de un modo que reduzca la desigualdad?

    Incluso si este fuese el caso argumentado, hay más problemas. Sólo una parte de ese 17% provendría de impuestos indirectos; el resto provendría de impuestos directos, los cuales son progresivos. Y aún si provinieran en su totalidad de impuestos indirectos como el IVA, que son planos (misma tasa para cualquier ingreso), el que más gana seguiría siendo el que más aporta nominalmente, con lo cual lo que pagan de IVA los mismos jubilados, y los familiares de jubilados, se ve repartido equitativamente a lo largo del espectro.

    Por supuesto, acá entran las diferencias ideológicas. Yo no creo que quien más gane tenga que *transferir* ingresos a los que menos tienen. Distinto es, aportar para la mejora de las *oportunidades* mediante instrumentos públicos como educación, salud, y seguridad.

    • Sol Minoldo

      Hola Leo, gracias por comentar. Te respondo cada cosa por separado:
      -En realidad, sólo una parte de la nota tiene que ver con el problema de distribuir inequitativamente (según lo cotizado) en sistema de reparto.
      Otras partes aplican al problema de distribuir inequitativamente, a secas, sea con un sistema de reparto o de capitalización. Y lo aborda desde las consecuencias que implica para la calidad mínima de protección, para el interés por proteger a quien más lo necesita y quien más salió perdiendo en la distribución del mercado.
      Todo esto, considerando los sistemas de jubilaciones como instrumentos para garantizar derechos y creyendo en la relevancia de asumir colectivamente, en lugar de dejar en manos del mercado, un problema colectivo.

      -No es una pequeña parte del financiamiento. Lo que pasa es que en el gráfico al que te referís no figura en ningún lado la recaudación total de Anses. En uno de los documentos que figuran en las REFES (https://goo.gl/vKAug7) podés ver (pag 12) cuál era en 2010 la participación de los recursos no contributivos en el financiamiento total de Anses (en torno al 40%). Esos recursos se componen por asignaciones específicas de impuestos indirectos (como el impuesto al tabaco o los combustibles), recursos tributarios nacionales y coparticipables. Y de estos últimos, la gran mayoría también corresponde a impuestos indirectos (lo cual se deduce de la estructura tributaria de nuestro país).

      -Por otro lado, al decir “el que más ganó más aportó, y por ende gana más en esa misma proporción” es describir la lógica sustitutiva, y como descripción de algo específico, es correcta, pero como máxima universal, no lo es. Es decir, no hay intrínsecamente un “deber ser” por el cual el que más aportó DEBE ganar más en esa misma proporción. Pensar que lo hay es no darnos cuenta que una lógica propia del mercado se nos coló en el sentido común cuando intentamos pensar una política pública. Y que no, ni es natural ni es la única posible: es una opción política entre otras (y no parecería tener mucha utilidad si el objetivo de la política es garantizar derechos, calidad de protección y protección de los más vulnerables, entre otros parámetros que podemos emplear para evaluarla). Después de todo, pienso, para actuar como el mercado, ya tenemos al mercado.

      -Para analizar cómo impacta un ingreso sobre los contribuyentes, el criterio adecuado es relacionarlo con su capacidad de pago. En economía las sumas nominales hay que relacionarlas con algo para poder interpretarlas. Así como la importancia de la deuda no depende de su valor nominal sino de su relación con tus ingresos corrientes (capacidad de pago), contabilizar el aporte nominal en el financiamiento no nos dice cuál es el peso de ese financiamiento en cada caso. Por eso, para decir si el efecto distributivo es equitativo o regresivo, no se observa la suma nominal, sino que se relaciona con cada nivel de ingresos. Por eso no es correcto decir que el IVA se reparte “equitativamente” a lo largo de todo el espectro.
      Al decir que el aporte nominal es parejo, en una sociedad desigual, eso es exactamente un caso de inequidad. Porque el peso será mayor para quienes menos tengan. A la inversa, cuando lo que razonamos es la distribución, una distribución nominal pareja tendrá un efecto progresivo (más equitativo), porque tendrá mayor peso entre quienes menos tengan.

  7. Mariano

    Simplemente excelente argumento/reflexión. Aunque me parece que, quienes se perjudicarían con estas medidas, lo van a llevar muy fácilmente al terreno de lo utópico lamentablemente. Nuestra sociedad no está en condiciones de poder razonar estos argumentos (xq así nos quisieron: desinformados e ignorantes) , y sin ser demasiado pesimista diría que la mayoría no se preocupó por terminar de leer el informe tan detalladamente redactado.

  8. Ana

    Muy buena nota, muy clara y con mucha información!!
    Es razonable todo lo expuesto con relación a un reparto más equitativo, pero no deberíamos considerar que los que trabajamos y más aportamos, realizamos durante mucho tiempo una mayor y más generosa contribución?
    Por otra parte, es cierto que, mucha gente aporta por menos de lo que cobra, recibiendo una parte de su sueldo en “negro”, situación acordada entre empleado y patrón, ya que ambos consideran que el acuerdo los beneficia.
    Sería muy justo revisar el reparto según esta propuesta, siempre y cuando tuviéramos la seguridad que los aportes de los trabajadores no se desviaran para otros gastos (varias veces se vaciaron las cajas de jubilaciones y pensiones se vieron “vaciadas” y/o malversadas).
    De todas formas, admiro la claridad de Sol. Felicitaciones!!!

  9. Eduardo

    Super interesante la nota, pero la conclusión es triste, si la única forma de distribuir los recursos es volver pobres a todos los jubilados, entonces el problema no esta solamente en como se distribuyen, sino también en la generación de los mismos.

    • Sol Minoldo

      Hola Eduardo, ¿desde qué definición de pobreza concluís que un ingreso individual de 12 mil pesos implicaría “volver pobres a todos los jubilados”?

      Por otro lado, ¿cómo se “volverían” pobres el más de 60% que, con ese sistema, cobrarían un ingreso superior que con un sistema sustitutivo?

      Quizás te referís a que, para los estándares de consumo del menos de 20% de los jubilados que cobran por arriba de la media, 12 mil pesos signifique “empobrecer”, desde una valoración subjetiva. ¿Será?
      En tal caso estaríamos comparando un escenario de empobrecimiento “subjetivo” del 20% y des empobrecimiento objetivo del 60%, contra un escenario que supone mantener la situación actual del 20% a costa de que el 60% restante quede, ya no en la “pobreza subjetiva” sino, en términos de ese parámetro subjetivo de pobreza, en algo menos que la indigencia.

      • Eduardo

        Considero pobre a una persona que no puede pagarse una obra social, mantener un auto, regalarle algo a sus nietos, hacer un viaje, comprar un libro, etc (siempre hablando de un jubilado)
        Vos tomas una población de x individuos, distribuidos en distintos ingresos y volves pobres a todos, quizás para tratar de hacer todo mas “justo”, pero el resultado es el mismo. tenes x cantidad de recursos y fracasas al distribuirlos, considero que no es tu culpa, ya que los recursos son pocos, y el problema en argentina no es como se distribuyen las jubilaciones, sino el trabajo, no hay empleo de calidad (a mayor empleo de calidad, mayor aporte) culpa de las políticas llevadas a cabo por el partido justicialista. (que no son medidas justicialistas).
        Como matemático, me gustaría poder aislar este problema a números, pero es un problema social, que no tendrá solución en argentina, somos un país disfuncional, nunca habrá suficiente para todos mientras lo sigamos habitando las mismas personas.

        • Javi

          Eduardo:
          Este último comentario tuyo, no deja mucho margen para el debate, ni la propuesta de ideas…
          Según tu lógica, ya está, ya no se puede hacer nada y la única salida posible sería que los OVNIs abdujeran a toda la población del país…

          “… pero es un problema social, que no tendrá solución en argentina, somos un país disfuncional, nunca habrá suficiente para todos mientras lo sigamos habitando las mismas personas.”

          Dejame decirte que yo, en lo que puedo y me sale, trato de estar en el sector que intenta buscar una solucion a las cosas para no ser un pais disfuncional.

          Si vos te consideras dentro de las “mismas personas” que no pueden lograr siquiera debatir soluciones, alla vos…

          Un saludo

        • Ezequiel

          Eduardo:
          Podés considerar pobre al que quieras, pero esa no es la definición de pobreza: una persona es pobre si sus ingresos no superan una línea de pobreza (que se calcula a partir de una canasta básica de consumo y un par de técnicas que no vienen al caso) o si está incluido en alguno de los indicadores de pobreza que mide el INDEC (que no viva hacinado, que los menores a su cargo vayan a la escuela, etc; son cinco en total y, aunque son discutibles, son relativamente razonables). O sea, definir la pobreza en términos de “no puede viajar” o “no puede mantener un auto” es bastante simplista. No da entrar acá a discutir la distribución personal y funcional del ingreso, pero re da para un futuro artículo en El Gato.
          Por otro lado, te comento que, como podés ver en el gráfico de esta misma nota, de 1975 en adelante NUNCA hubo excedente: siempre se recaudó mediante cotizaciones menos de lo que se gastaba en el sistema previsional. Estamos hablando de un período que incluye el gobierno de Isabel, la última dictadura militar, Alfonsin, Menem, De La Rúa, los presidentes del 2001/2002, Duhalde y los Kirchner. Ahí tenés dos radicales y varios militares, el partido justicialista puede tener parte de a culpa pero claramente no es el único responsable. Fijate también que durante el primer período de Perón en el gobierno aumenta el gasto (porque aumenta la cobertura) pero no hay déficit: el problema no es un partido político, ni siquiera es un problema exclusivo de la Argentina.
          Que no haya empleo, o que éste sea de mala calidad, informal (40% aprox del mercado laboral), estacionario, o incluso esclavo (no te olvides que hay 30.000 trabajadores esclavos en CABA) no es un problema solamente argentino: pasa en casi todo el Tercer Mundo, y en algunos países del Primer Mundo también.
          Por supuesto que los partidos políticos de nuestro país (entre ellos, cómo no, el peronismo) tienen responsabilidad y se pueden implementar políticas económicas para “generar empleo de calidad”. Y por supuesto que estaría buenísimo que se haga. Pero estamos hablando de un problema global, no solo argentino, y claramente no solo peronista.

  10. andres_cass

    Excelentisima nota. Evidencia una vez más la necesidad imperante de tomar en cuenta la ciencia para tomar decisiones desde los gobiernos.
    La verdad que me impulsó a pensar y repensar cosas que nunca había tenido en cuenta sobre el tema.
    Prácticamente un manual para entender la distribución de la riqueza.
    Y me quedo con una de las frases que más me gustaron: “Y las ciencias sociales tienen mucho que ofrecer para el debate político, empezando por repolitizar lo que a veces olvidamos que es político y por colaborar para clarificar y transparentar lo que hay en juego en cada opción que queramos defender”. Más aún en un momento en que se intenta cosntantemente despolitizar todo como si fuera algo malo

  11. Alfredo

    Estimada,

    Aunque no comparto varias cosas, muy buena nota.
    Soy economista y liberal. Me parece que el problema fundamental de tu razonamiento es que un sistema previsional no es un buen instrumento de redistribución de ingreso.

    La redistribución se debe dar en el plano impositivo. Soy friedmaniano y pienso en la idea de una renta universal y un impuesto a las ganancias progresivo.

    Saludos desde rosario.

  12. Julian

    Es muy interesante el informe, y quería preguntar si está estudiado, analizado o pensado como sería el impacto en la sociedad si se diera que hay gente que se jubilara con un ingreso MAYOR a su sueldo? Suponé una empresa vertical, con escalafones, podrías llegar a tener el caso de que alguien se jubile sin haber ascendido nunca en toda su carrera con un sueldo por debajo de una jubilación “equitativa” y el mismo día se jubile su jefe con un sueldo mayor, obviamente, y que la primera jubilación de ambos sea igual.
    Por otra parte, el informe habla de una cierta obligación implícita de parte de quien tiene un ingreso “alto” de garantizarse su futuro ya sea adquiriendo propiedades o con fondos de inversión o con ahorro, y si no pudo o no quiso? Tenemos una persona acostumbrada a un ritmo de vida producto de un ingreso elevado, que se ve obligado a dejar de lado muchísimas cosas (viajes, auto, lo que sea) porque su aporte de toda la vida, va a ser redistribuido de forma equitativa.

    • Sol Minoldo

      En Argentina existen casos de personas que se jubilan con ingresos mayores a su sueldo. Por ejemplo, al tratarse de personas que trabajaban menos de la jornada completa, con el salario mínimo. Supongamos que alguien trabaja media jornada y cobra medio salario mínimo (menos de $4000 en mano). Al jubilarse, y cobrar la mínima ($6400), su ingreso jubilatorio va a ser mayor a su ingreso laboral. También hubo casos en personas que se jubilaron por moratoria (que fueron muchas).
      En cambio, que yo sepa, no es tan posible el caso (en Argentina, siempre) en que personas que elevan su ingreso al jubilarse tengan un ingreso similar al de su ‘jefe’. Aunque, aún si esto ocurriera y ambos pasaran a tener el mismo ingreso por jubilación, difícilmente el jefe, en una economía capitalista y cobrando un sueldo mayor toda su vida, haya llegado solo con ese ingreso a la vejez. La gente con capacidad de ahorro generalmente invierte (sea en propiedades, sea en oportunidades, a veces para sus hijos, o en diversas cosas) o simplemente ahorra. No solo eso, sino que a veces se procura bienes que le reducen gastos (como puede ser tener una casa propia). Así que, aun con ingresos idénticos, es posible que se mantuviera algún nivel de segmentación en la calidad de vida de ambos.
      y si suponemos que no, que ambos tienen casa propia idéntica, que el jefe gasto su capacidad de ahorro en viajes y fiestas y que llegaron a la vejez con idénticas condiciones materiales, lo que pasará es que quien toda la vida estuvo muy limitado, tendrá mayor bienestar y su jefe tendrá que adecuarse a un estándar de consumo menor.
      No estoy segura de haber entendido a lo que te referís con ¿Qué pasaría? Te referís en términos políticos? económicos? a nivel psicológico de los individuos?

      Respecto de lo segundo que mencionás, mi intención no es hablar de una obligación, es decir, de un deber ser, sino describir lo que son los hechos. Pero si vamos a hablar de ‘deber ser’, no estaría mal preguntarnos, y debatir políticamente, si quien tiene tres, o cinco, o diez veces más oportunidades de tomar previsiones para sus ingresos futuros, debería tener derecho a desaprovecharlas todas y pedir la misma protección que una persona sin ninguna de esas oportunidades. O sea, quizás no sería lo mismo si no pudo que si su preferencia fue dilapidar. Pero ya son otro tipo de debates, que desbordan lo que propongo y se meten en discutir criterios de justicia.

      Por otro lado, me gustaría discutir esta frase: “Tenemos una persona acostumbrada a un ritmo de vida producto de un ingreso elevado, que se ve obligado a dejar de lado muchísimas cosas (viajes, auto, lo que sea) porque su aporte de toda la vida, va a ser redistribuido de forma equitativa.” Podemos presentarlo al revés: en la actualidad, tenemos millones de personas que pasaron carencias toda su vida y se ven obligadas a seguir pasando carencias para que un privilegiado pueda mantener su tren de vida. Es decir, de un lado el costo es millones que SIGUEN pasando carencias. Del otro, el costo es una minoría teniendo que renunciar a algunos lujos, luego de toda una vida de privilegios (y ojo, adecuándose a un nivel de vida no menor al de los demás, ni un nivel de pobreza. Quizás, quien sabe, incluso adecuándose al nivel de consumo medio que sería deseable que mantengamos como humanidad para no reventar el planeta). La respuesta a cuál escenario nos parece digno de apoyar más, ya es política. Pero el escenario hay que presentarlo completo.

    • Ezequiel

      Julián:
      “Por otra parte, el informe habla de una cierta obligación implícita de parte de quien tiene un ingreso “alto” de garantizarse su futuro ya sea adquiriendo propiedades o con fondos de inversión o con ahorro, y si no pudo o no quiso? Tenemos una persona acostumbrada a un ritmo de vida producto de un ingreso elevado, que se ve obligado a dejar de lado muchísimas cosas (viajes, auto, lo que sea) porque su aporte de toda la vida, va a ser redistribuido de forma equitativa”.
      Ojo con una cosa: uno de los objetivos de los sistemas jubilatorios es mantener el consumo intertemporal. O sea, que durante toda tu vida tu nivel de consumo se mantenga más o menos estable. Hay algo implícito en esto, y es que la jubilación reemplaza tu salario: si vos cobrabas $100.000, es más que razonable suponer que tenías un consumo bastante más alto que una persona que cobra $6500, por lo que tu jubilación también va a ser más alta. Hay distorsiones, pisos, techos, etc pero la idea de fondo (según la teoría neoclásica) es que vos cobrás para mantener tu consumo.
      Dicho eso, y sin entrar en cuestiones políticas partidarias, el Estado tiene una función social: como mínimo debería asegurar a sus habitantes no morirse de hambre. Si para eso tiene que hacer que alguien no viaje a Miami, que así sea. Lo ideal sería que pasen las dos cosas juntas pero, puestos a elegir, creo que nadie duda que el hambre es más importante que Miami.
      Por otro lado, acá hay dos cosas que no estás teniendo en cuenta:
      1) Son los asalariados los que aportan y reciben jubilación. Originalmente, ni los cuentapropistas o autónomos entraban en sistema.
      2) Por lo tanto, la jubilación está pensada para los trabajadores, no para un empresario. Obvio que muchos empresarios, dueños de Pymes, se inscriben como autónomos pero, en los papeles, si vivís del capital, no deberías cobrar un mango. Dicho de otra manera, los ricos más ricos no aportan directamente al sistema jubilatorio (si lo hacen, lo harán con el impuesto a las ganancias u otros impuestos, que se usan para “tapar agujeros” pero que no forman parte de la caja original de la Anses).
      No es que la población de altos ingresos tenga la “obligación” de ahorrar, invertir en propiedades o comprar bonos. Es un hecho empírico que lo hace: si le sobra plata (y acá estamos hablando de números que no podés gastarte en un mes), es razonable que la ahorre. Para poner un caso extremo, Trump no se gasta todos sus ahorros ni aunque haga campaña presidencial solo con su plata, sin recibir un dólar de nadie. ¿Qué va a hacer con su plata? ¿Quemarla? No, la invierte en algo para tener más mañana: ahorra.

      • Sol Minoldo

        Me parece que estaría bueno desnaturalizar objetivos de los sistemas de jubilaciones. Estos sistemas son producto de la historia y nacieron en contextos y nociones sobre los derechos que pueden cambiar.
        Al momento de su surgimiento histórico, la idea de seguro era sumamente restrictiva como política social, ni hablar en sociedades con informalidad y trabajadores fuera del mercado, o con desempleo. Ya unas décadas después apareció la idea de la seguridad social desde otra perspectiva, con Beveridge, pensando en la idea de que debía ser una protección para todo ciudadano, y que debía distribuirse de forma solidaria. Y hoy ya pensamos en derechos de la vejez, que no es lo mismo que pensar en derechos solo de los trabajadores formales.

        Saber que la razón de que las pensiones sustituyan salarios tiene que ver con esa idea de mantener el nivel de ingresos (en el momento en que aparecieron los primeros sistemas), y que venía dentro del paradigma del seguro, no implica que esa idea no se pueda discutir y que no pueda quedar atrás. Precisamente, con la experiencia acumulada, puede discutirse a la luz de su fracaso como política social, tanto mas cuanto más avanzan los derechos de la vejez, y la importancia que le damos a que todos tengan seguridad económica y participen del desarrollo económico.

        En definitiva, la función social de los sistemas de jubilaciones la decidimos socialmente, no es natural ni inmanente, y por eso puede perfectamente ser objeto de un debate social y político.

        • Ezequiel

          Sol:
          Estoy 100% de acuerdo con lo que decís. Por eso lo que yo planteaba es que justamente el hecho de que la jubilación sustituya al salario (y que, por lo tanto, reproduzca las desigualdades del mercado laboral) no es un “problema” para quienes lo idearon en su momento. Es un problema para nosotros, que pensamos que tendría que alivianar la desigualdad, no reproducirla. A lo que voy es que la desigualdad no es un accidente, está inscrita en la misma base del sistema. Es más, un neoclásico te diría que el sistema previsional tiene que ser neutral en términos del mercado laboral, cuando obviamente si lo que pretendes es disminuir la desigualdad eso no pasa. Para cambiar eso, hay que modificarlo teniendo en cuenta otros criterios (Beveridge o derechos de la vejez, por ejemplo).
          En resumen, no se trata sólo de debatir si un jubilado cobra mucho o poco sino también pensar en función de qué cobra.

  13. Ezequiel

    Excelente nota.
    Como estudiante de Economía e interesado en la seguridad social, me encantó.
    Ahora, unas puntualizaciones:
    -“Capaz un poco por costumbre, otro poco por esa tentadora idea de que a nosotros de esa forma nos irá mejor, e incluso porque tendemos a pensarlo como un ahorro personal: ‘merezco tanto como pagué’ (en este caso, tanto como coticé)”. A mí me sigue sorprendiendo la cantidad de gente que piensa que cuando se jubila está cobrando los mismos biletitos que depositó 30 años atrás. En serio, eh, literal. Me imagino que tendrá que ver con el sistema de capitalización y las AFJP de los 90 y principios del 2000 (aunque, obvio, ahí tampoco estaban cobrando los mismos billetitos).
    -La clave en todo esto, me parece, es que la jubilación es un porcentaje de los ingresos. Depende del trabajo. Con un mercado laboral inestable, una tasa de informalidad del 40% y las asimetrías de género, no sé si lo ideal es plantear que el derecho a la jubilación siga dependiendo de haber aportado tantos años, y que ese aporte esté atado a que hayas trabajado esos tantos años. En un mundo donde el pleno empleo era política de Estado eso tenía sentido. En el mundo actual, en el que el desempleo es visto como algo estructural y no vaya a ser que el Estado tenga déficit, no. En un país como el nuestro, con la precarización del mercado laboral, un desempleo del 7,6& y una informalidad altísima, quizás sea mejor probar otro sistema, en el que el haber no sea un sustituto del sueldo.
    Y Sol, sabelo, sos grossa. Todas tus notas y comentarios enriquecen la discusión y el debate.

    • Sol Minoldo

      Hola Ezequiel! muchas gracias por leer y por el comentario! Es tal cual como lo señalás, la clave está en cuestionarnos si las jubilaciones deben estar atadas a una historia de contribuciones y a un nivel de sueldos, cuando tenemos muchísimos trabajadores fuera del trabajo formal, y muchísimas inequidades entre trabajadores. En realidad en América Latina nunca tuvimos ese escenario ideal de empleo pleno formal. La informalidad es muy endémica en la región. Y el trabajo femenino antes se concentraba aun mas fuera de la esfera mercantil, con lo cual la segmentación de género estuvo desde el principio.
      Pero si es cierto que el sistema resulta cada vez más limitado, como quedó a la vista con lo que pasó con la cobertura antes de las moratorias. Que es un sistema más injusto cuanta mayor desigualdad haya en las oportunidades de acceso al mercado de trabajo formal estable y bien remunerado, y cuanta mas desigualdad haya en la valoración de los diferentes esfuerzos laborales. Porque esa desigualdad es la que, en parte, se termina reflejando en la seguridad social si lo que contamos son años de aportes y nivel de sueldo.

  14. Sergio Ariel Felperin

    “ningún asalariado vip se ve forzado a financiar solidariamente el sistema: si un sueldo está por arriba del máximo monto que puede agregar pesos a su futura jubilación, los aportes y contribuciones sólo se hacen sobre ese monto máximo, y el resto del sueldo lo cobra sin descuentos previsionales.” masomenos. el monto del salario que no paga de jubilacion paga ganancias (dado que estas hablando de ingresos “altos”. la tasa es 35%, porque siendo asalariado esta en la cuarta categoria y no puede descontar casi nada de la base de ganancias). o sea, no financia una parte del sistema pero financia otra parte.

    • Sergio Ariel Felperin

      siendo un asalariado vip, con lo que recibe puede a) consumirlo (paga 21% de iva) o b) ahorrarlo (salvo que compre bonos del estado, paga bienes personales de alrededor del 0.7% por cada año que los ahorre. si ahorra para jubilarse -17 años promedio- paga cerca del 15% sobre lo que ahorro mas el 35% sobre cualquier ganancia que la inversion haya generado). nadie no le paga al sistema, salvo los que evaden.

  15. Miguel

    Una cuestión que me parece que estaría bueno graficar, dado que tenés acceso a los datos. Probablemente sea fácil de demostrar este problema a partir de tomar como referencia la cantidad de mujeres vs hombres que poseen la jubilación mínima, o bien el reparto por deciles entre hombre y mujeres y como una distribución al 82% beneficiaría ampliamente a los varones CONTRA las mujeres. Creo que inclusive se podría hacer más corto tratando de ejemplificarlo con datos por ahí. qué base se usa para el calculo de la moratoria o bien va directo a “minima” y ya? Hay que ver cuantos datos larga la anses, pero a fin de cuentas la diferencia entre mujeres y hombres es a favor de los hombres con la distribución del 82% independientemente de que el financiamiento alcance supongamos con el triple de aportes patronales.

    • Sol Minoldo

      Hola Miguel, tengo los datos y también los resultados. Podés ver los gráficos (18, 19 y 20) en este texto: https://goo.gl/aOQgwC. Ahí están los cálculos de brechas para personas actualmente jubiladas (que se reducen a medida que la moratoria se implementa) y las proyecciones a futuro teniendo en cuenta las brechas entre actuales trabajadores.

      Tal como sugerís, este sistema reproduce brechas de género muy evidentes tanto a nivel cobertura como a nivel calidad de protección. Si no lo agregué es porque la nota ya era larguísima, como habrás notado. Pero estos sistemas fueron diseñados desde una mirada que naturalizaba la idea de que la mujer no era sujeto de derecho (porque no se la pensaba como trabajadora) y que no problematizaba el hecho de que su acceso al ingreso fuera indirecto (a través del ingreso de su pareja). Pero además, al ser un esquema que replica las desigualdades salariales, refleja bastante la brecha salarial.

      El cálculo de la moratoria depende de diferentes factores técnicos. No es que automáticamente se entre hacia la mínima, porque en realidad se certificaban años de trabajo y se compraban años de aporte, pero en los hechos la mayoría de las altas por moratoria terminó en el tramo mínimo. En septiembre de 2016 el informe de Anses comunicaba que el ingreso medio entre jubilados por moratoria era de $5.884, y en ese momento la mínima era de $5.661.

      Igual, algunas personas tienen también una pensión, con lo cual su verdadero ingreso es bastante mayor. En total total, hay 1 millón de personas que tienen jubilación + pensión, pero no sabemos (porque no tenemos los datos, lamentablemente) cuántas son jubiladas por moratoria, en qué tramos de haber se encuentran en cada beneficio, ni si son todas mujeres. Hay un total de 200 mil varones jubilados por pensión (del total de pensionados), así que si sabemos que como mínimo 800 mil mujeres son las que tienen doble beneficio. Eso suaviza levemente la desigualdad de género, levantando un poco la media femenina por encima de la mínima.

  16. Danilo

    Buenísimo el artículo, Sol.

    Creo que vendría bárbaro hacer un gráfico que muestre cómo se distribuye actualmente la plata del ANSES en jubilaciones y otros gráficos que muestren cómo podría elevarse la mínima bajando el techo.

    • Sol Minoldo

      Hola Dani. Gracias.
      Respecto a tu propuesta, medio que nos quedamos sin espacio, aunque la ilustración de Anita Morra más o menos vá en esa línea.
      Si tuviera que graficar las porciones que tocan a cada uno, basándome en lo que Anses informa sobre cantidad de beneficios en cada tramo de haber (en septiembre 2016), sería más o menos así:
      Imaginemos una torta con 8 porciones, y 8 jubilados (cada uno representando a más o menos 16% de los beneficios que paga el sistema). Redondeando grosero (porque no queda otra para que cierre la idea en porciones iguales):

      6 jubilados, recibirían 4 porciones entre todos (un 71,2% de los beneficios que reciben la mínima, se quedan con el 51,6% de los recursos).
      1 jubilado, recibiría una porción (un 15,9% de los beneficios reciben ingresos en torno al haber medio, y se quedan con el 15,9% de la torta)
      1 jubilado, recibiría 3 porciones (un 12,8% de los beneficios por arriba de la media se queda con el 32,4% de la torta)

      Ya si viéramos jubilados (y no beneficios) las proporciones cambian, porque hay personas que cobran dos beneficios. Si asumimos el escenario mas optimista y pensamos que son todos casos que cobran la mínima, quedaría así (de nuevo, redondeando grosero).

      4 jubilados, recibirían 2 porciones entre todos (un 46,6% de los beneficiarios que reciben la mínima, se quedarían con el 28,4% de los recursos).
      3 jubilados, recibirían 3 porciones (un 39,2% de los beneficiarios recibiría el 38% de la torta)
      1 jubilado, recibiría 3 porciones (un 15,3% de los beneficiarios se quedaría con el 32,4% de la torta)

      Pero no sabemos quiénes tienen los beneficios duplicados (porque no están los datos), y difícilmente la realidad sea como la mejor de las suposiciones.

  17. Martín

    Soy abogado y de paso trabajo en los tribunales federales como secretario previsional (traducido, resuelvo juicios de jubilados todo el tiempo). En tanto tal, casi que me basta el día a día para comprobar que este sistema no funciona. Pero esta nota Sol… es una piña al mentón. Felicitaciones por contribuir a la discusión desde el concepto y a la evaluación crítica de los “significantes vacíos”. Quien quiera oír que oiga.

  18. Martín

    Agrego algo que creo pertinente. Varios fallos están declarando la inconstitucionalidad de la deducción del impuesto a las ganancias para los haberes jubilatorios. ¿A qué decil pertenecen los jubilados que se benefician con esa decisión? La respuesta no lo sorprenderá.

  19. Matias

    Muy buena nota. No solo por el análisis, también por la explicación de como funciona el sistema que, estando a mitad de mi “vida” laboral, y como ya se dijo en varios comentarios, me da la impresión que debería haber sabido desde mucho antes.

    Me encantaría también un articulo que continue el tema, para entender no ya cual es el problema actual, sino cuales podrían ser los escenarios posibles para mejorarlo. Obviamente queda claro hacia donde debería apuntarse en este desarrollo pero -al menos para mi que soy un neófito en el tema- no tanto el como.
    A fin de cuentas no es que la clase política Argentina se vaya a tomar tantas molestias como Uds en entender y explicar el tema, mucho menos en dar opciones, pero si al menos para nosotros como habitantes y votantes nos da herramientas para decidir.

    Y gracias por seguir educándonos. :)


Publicar un nuevo comentario